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Podcast AFR Nº 185: Egipto desconocido

Posted by Quique Marzo en 11-06-2017

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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Volvemos con la esperada emisión del podcast con la conducción de Gustavo Fernández, hoy con estos y otros temas:

  • Reflexiones sobre el reciente viaje a Egipto. Sejmet. La Gran Pirámide. El Arca de la Alianza. Abu Simbel. Templo de Filé. La Orden de los Caballeros de San Esteban. Moisés. Las creencias religiosas egipcias. El obelisco de Karnak. El esoterismo egipcio. Pitágoras. Las enseñanzas de Ptahhotep. Toth. El tarot egipcio. Sistema egipcio de predicción del sexo del bebé. Adelanto de un próximo podcast.

 

 

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LA GLOBALIZACIÓN EN UNA TIRADA DE TAROT

Posted by Gustavo Fernández en 01-03-2017

2017En diciembre de 2016, y como todos los fines de año, la prestigiosa revista “The Economist”, una patriarcal publicación inglesa (fue fundada en 1843) y que es hoy el “rostro público” de una de las familias más poderosas del planeta: los Rotschild, asombró al mundo (lego y especializado en economía) con una portada atípica: una tirada de Tarot, y una referencial tangencial al “planeta Trump”.

Diversos especialistas (o no tanto) en cuestiones herméticas han arrojado explicaciones tentativas de su significado. Navegando en Internet, uno encuentra muchas “lecturas”, algunas gratuitamente audaces, otras sugestivas. En unos casos, por estudiosos de este antiguo método oracular que es el Tarot; en otros casos, lisos y llanos “conspiranoicos” o vendedores de ilusiones buscando promociòn.

Querer hace una extrapolación geopolítica y macroeconómica nos excede, toda vez que no es nuestra formación. Pero como estudiosos del Esoterismo en general y el Tarot en particular, podemos tratar de inferir cuál es el “mensaje” enviado por los Rotschild a través de esta portada.

Y ello no es una afirmación gratuita. Todo apunta a señalar (yo mismo lo he volcado en numerosos trabajos) que esta poderosa familia se encuentra íntimamente ligada a lo que, simbólicamente, llamamos “los Illuminati”: un Poder en las Sombras, una organización, secreta y esotérica, que a través de los siglos (sin duda identificados con otro nombre porque, si ése fuera la denominación de esa sociedad secreta, ya no sería tan secreta), una alianza sanguínea y matrimonial de familias que manejan el mundo de manera que los “poderosos” visibles son apenas sus CEOs. Y continuando en esa línea, “The Economist” es “la voz” de los Rotschild, que es como decir entonces, la cara pública y “maquillada” de los Illuminati.

Algún exégeta podrá decir que la portada en cuestiòn es apenas una “licencia artística”, una forma un tanto “naif” de llamar la atención. Quien lo diga cometería el error de ignorar cómo proceden los Illuminati pero, más gravemente, de cómo procede “The Economist”. Y por si no fuera suficiente: la característica de esta revista es que sus artículos no son firmados, porque, todos, representan la opinión consensuada del Consejo de Administraciòn. Una vez más, de los Rotschild. Todo ello nos lleva a la conclusión que esta portada es un metamensaje, un mensaje críptico y simbólico no al “gran público” potencialmente comprador, sino a “quien tenga ojos para ver”. De allí, la importancia que asignamos a su interpretación.

Habrán observado que me he referido hasta aquí en primera persona del plural: “nosotros”. Porque éste no es un trabajo individual. Junto a Cristina Magno y Javier Paul, un servidor, en el seno del debate de la Logia “Ad Lucem Per Voluntatem” de la R . : Orden Hermética y Pitagórica a la que pertenecemos, sometimos a estudio, reflexiòn y meditaciòn (el triple arco de las herramientas iniciáticas) la mirada a esta Tirada. Y acercamos estas conclusiones proviusorias.

2017bLo primero que es evidente es que los ilustradores se inspiraron en el Tarot Raider Waite, de Oswald Wirth (1889), lo que no es un dato menor, pues el mismo pertenecía a la sociedad esotérica Golden Dawn a la que, por otras parte, habría pertenecido Walter Bagehot, yerno de James Wilson, fundador de The Economist, y director él mismo durante unos años de la publicación.

Luego, es aún más significativo que este Tarot ha sido modificado, señalándose estas observaciones:

-. La Torre parece indicar una clave: los intereses de los grupos económicos siempre sobreviven a las formas históricas que adquieran las estructuras sociales, políticas e institucionales sobre las que se sostengan. La imagen divide a la sociedad entre capitalismo y comunismo, o al menos, demonizando al comunismo, una forma moralizante de identificar a los “buenos” y a los “malos”.

– Sigue El Juicio con un Trump sentado en el trono como El Emperador, pero envestido de los atributos que corresponden a La Emperatriz. Una clara referencia a la defensa d elos propios intereses y el rol de “tercero en discordia” masculinizado aquí, que impone autoridad de manera expeditiva aún allí donde no se le pide, pero no sin antes “ordenar el frente interno” si es necesario con dureza. Empero, lo verdaderamente significativo es ese “Emperador” del mundo sobre la carta del Juicio que dice que el Emperador no sólo asume el poder mundano sino se arroga el poder moral. Y aún más, esta carta está inclinada respecto de la línea de cartas, lo que resalta su simbolismo: perversión, en el sentido de “desvío de lo correcto”.

– La siguiente, la Estrella, una carta habitualmente “espiritual” que aquí es degradada a condiciòn materialista por su sugerente similitud a los Oros de los Arcanos Menores y por su referencia numérica a la carta El Diablo. Los rostros anónimos podrían ser interpretados como la subordinación de lo personal a los intereses materiales.

– En las cartas originales de El Juicio y la Estrella los personajes aparecen desnudos, símbolo esotérico de verdades reveladas. Aquí no: vestidos, señalan que hay cosas que deben continuar permaneciendo “veladas”.

 – Entre estas dos cartas se desarrollan una serie de ideas secundarias que indicarían los medios necesarios para hacer efectiva una consigna: que el “valor económico” rutile en el cielo de la humanidad como único “valor”. Han cambiado las reglas del juego, pero el Juego seguirá siendo el mismo. El Bien y la Verdad corresponderán a las propias convicciones y los propios intereses, y cada vez se depreciará más el concepto de una “moral” y una “ética” como valores ponderables en sí mismos. En consecuencia, ya no será necesario el ocultamiento de las verdaderas intenciones, ya que estas terminarán no sólo siendo resignadamente aceptadas sino en un extraño giro del “síndrome de Estocolmo”, hasta deseables y admirables por parte de los sometidos. La rotura de acuerdos o alianzas ya consensuados que no se cumplirán (esto, de hecho, ha comenzado a ocurrir para cuando estamos redactando este artículo)  y vínculos que deberán interrumpirse en forma brusca sin importar las consecuencias.

– La carta de El Ermitaño muestra una “masa popular”, protestando, reclamando, pero inevitablemente conducidos por las estrechas márgenes de una quebrada o garganta: protestan buscando cambios, pero están condenados a moverse en una direcciòn prefijada. Desde la altura, el Ermitaño observa solitario la escena: sólo quien alcance la “luz” del discernimiento y se aparte del conjunto podrá tener una perspectiva objetiva de todo el escenario.

El Mago es todo un hallazgo: el Mago, manteniendo en alto el Cetro de Poder, “produce” en serie viviendas, mientras tiene la cabeza cubierta con un casco de… realidad virtual. El Mago es USTED, quien consulta esta tirada: su perspectiva de la Realidad es “virtual”, es Matrix, mientras creyendo ser “libre” (el Cetro en alto) oprime frenéticamente el botón de la maquinaria que da, a usted y los suyos, seguridad y estabilidad (¿hay alguna imagen más icónica –y engañosa a la vez- de seguridad que el “meme” de “la casa propia”?).

La Rueda de la Fortuna nos muestra a la Uniòn Europea y sus personajes prominentes, torturados y siempre al temor que “les parta un rayo”, sometidos al verdadero Poder, frente al cual, la “voz del pueblo” expresada en las urnas carece de significado alguno (obsérvese que los votos, en las urnas, están marcados con “X”, símbolo de anulaciòn).

El Mundo muestra, en esta “licencia”, libros abiertos y cerrados (el Conocimiento y el Saber será accesible a unos sí, a otros no) mientras en la tragedia de la vida (representada por los rostros de la Comedia y la Tragedia representados como máscaras), El Saber (universidad), la Religiòn (templo) y el Poder Oculto (pirámide) sientan las bases de los lazos que conectan e interrelacionan todos esos factores.

– Finalmente, esa Muerte, a caballo y acompañada de insectos (símbolo de Putrefacciòn) se acercan a un árbol que tiene mucho de hongo atómico. La Muerte, el temor a la Muerte Global, rondará, deberá hacerse rondar, pero no llegará.

Para concluir, de manera lineal: Es necesario acrecentar la divisiòn ilusoria de las ideologías, de la gente, para que amoralmente quien se haga de los “atributos” necesario imponga la “disciplina” del materialismo y los propios intereses, mientras férreamente se controla la información y la percepción de la Realidad, aceptando que siempre habrá “anomalías en la Matrix” (disculpen la inevitable referencia a la película homónima …. Si es que a ustedes s eles escapó el enorme simbolismo implícito en la misma). Todo ello deberá continuar a la sombra del Temor Permanente, buscando “entretener” al Mago (si el Mago está entretenido y distraído, olvida o desconoce sus poderes de Mago, es decvir, de quien puede cambiar “su” mundo a su sola voluntad) poniéndose la atención en mantener a la Uniòn Europea en un estado de zozobra constante, haciéndoles perder las oportunidad de recuperar un espacio de autoridad mundial que subvirtiera los intereses de… ya saben quiénes.

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EL TAROT Y LA ORIENTACIÓN ESPIRITUAL

Posted by Gustavo Fernández en 22-05-2016

 Tarot   Hay certezas de las que no se habla pero se imponen por su obviedad. Entre otras muchas, ésta: las artes mánticas en general y el Tarot en particular, más allá de displicencias jurídicas o censura de edictos policiales, existirá siempre y siempre encontrará la gente a quien acudir y dónde hacerlo. Suponer que una “educación científica”, estimulando el raciocinio y la intelectualizaciòn pondría coto al “pensamiento mágico” refleja sólo la ingenuidad (o el fundamentalismo académico) de quienes lo dicen. Es ignorar la enorme cantidad de intelectuales, profesionales, individuos vistos como “racionales y lógicos” por sus pares que acuden en las sombras a nuestros gabinetes. Es desconocer que cuanto más logicidad habrá más magicidad, porque a lo que te resistes, persiste.  Simplemente, es elegir haber quedado fuera de la luz del entendimiento. Porque las mancias son sistemas astrales de información. Y funcionan.
    Sin embargo, aún por largo tiempo (por más que creamos encontrarnos en umbrales cuánticos)  el Tarot (pues de él hablamos aquí, aunque la observación puede ser extensible a otras disciplinas, otras filosofías, otros saberes) seguirá deambulando en la umbrosa periferia de lo socialmente aceptado. Así, cuando entusiastas pero ingenuos colegas suponen inminente la intrusión universitaria de tales hermetismos, cometen el error conceptual de no comprender que toda disciplina que reivindique la intuición, la percepción extrasensorial, que sugiera la incidencia del espíritu no tiene lugar en las instituciones monopólicas de la educación. Salvo que acepten la etiqueta de “creencias y cultos” y, como tales, se subordinen a la mirada, ora compasiva ora disciplinatoria, de esas otras creencias, las institucionalizadas. Las religiones.

    A este pantano epistemológico contribuye –qué duda cabe- un número importante de “tarotistas”, más creídos en su “don especial” o en su necesidad de rapiñar unos billetes que en la credibilidad que le dan –o le quitan- al Tarot. Mercachifles ambulantes de la ilusiòn, son al arcano y respetable Esoterismo lo que un puesto callejero de pollo frito es a cualquier  nutricionista: intrusionismo desleal y un peligro social.
De resultas de esta “mèlange” nace la confusiòn de un público necesitado que duda a quien acudir y, fundamentalmente, para qué. Porque los motivos que él o ella crea tener para hacer una consulta de Tarot en ocasiones no son lo que realmente necesita saber en ese momento. Lo que nos enfrenta de lleno al espíritu de esta nota: la orientación espiritual.

    En efecto, ¿qué es el Tarot sino eso, entiéndase lo que se entienda como tal?. Sin duda la gente acuda por inquietudes pedestres e inmediatas: el ser amado, problemas laborales, un viaje, estudios. Al Tarot, como filosofía de vida, le importa un bledo si no pagas tu renta, te peleas con tu pareja o fracasas en tus estudios, pues todo ello es “maya”, ilusiòn efímera de la vida cotidiana. Pero esa misma filosofía entiende claramente que si no estás bien afectivamente, te angustia tu situación económica o te deprime no concretar proyectos, todo ello conspirará contra tu disposición de ánimo para la vida espiritual, porque es un hecho que la mayor parte de la gente no sabe nutrirse y aprender precisamente de las mejores lecciones que son los obstáculos. ¿Quién pensará en la ultrafísica del espíritu si no sabe si el dinero le permitirá llegar a fin de mes?.  Por lo tanto, el Tarot nos nutre de orientaciones pero siempre (cuando menos, deberían serlo) subordinadas al aprendizaje espiritual.
Por ende, el/la tarotista que sólo responde lo inmediato, lo funcional, flaco favor le hace al saber que dice amar. Porque toda orientación cotidiana honra al Tarot cuando el “tallador” (técnicamente, “quien echa las cartas”) emplea esa información sobre lo inmediato como trampolín para llevar la atención de consultante a los ecos espirituales de su vivencia material. Y es mentira que quien acude por mal de amores, dificultades financieras o disputas familiares le importa poco lo espiritual. Sin duda no tiene disposición para sentarse a escuchar una conferencia magistral pero siempre –siempre- se es sensible al eco metafísico, si sabemos llamar la atención sobre él. Día a día veo en el brillo de la mirada de mis consultantes la chispa del interés cuando el contexto pragmático se ilumina con la referencia trascendente. Que está en la capacidad de cada uno, de cada una, saber hacer resonar la cuerda adecuada.

    Hay un cierto matiz psicoanalítico en la entrevista de Tarot. Desde el hecho inevitable que una parte sustancial de los consultantes necesitan “alquilar por hora” un oído que les escuche, hasta la tranquilidad que les trae la mera reflexiòn desapasionada y momentáneamente distante (en la calma del gabinete del tarotista) de sus hechos. Pero no debemos subrogarnos una funciòn que no nos corresponde: muchos colegas carecen de la formación psicológica mínima y si a ello le sumamos la pedantería salvatífera de quien se cree “especial”, la tentaciòn de influir sobre la vida del otro es grande. Pero también reconozcamos una verdad que hiere la piel de psicólogos de toda laya: la gente que acude a un tarotista NO lo haría a un psicólogo. Con seguridad, no por no confiar en ellos, sino porque el consultante de Tarot lo es en tanto y en cuanto (salvo excepciones) el agua le llega al cuello. Necesita instrumentar acciones ya, ahora, mañana. Y no hay abordaje terapéutico que den pautas para el “ahora”. Y también porque –aunque algunos psicólogos más freudianos que Freud salten a mi yugular- la experiencia de tantos años me demuestra que en el momento en que el analista calla para que el analizando reflexione solo, el consultante de Tarot comienza: él necesita el dedo digitador, el consejo paternalista, que le respondan el “decime qué hago” demandante. Y es un hecho: no cualquiera necesita terapia en cualquier momento, y muchos y muchas si necesitan al hermano mayor.

    Por eso, por la necesidad de un hermano mayor, es improcedente (además de infantil) esperar que los y las tarotistas se formen e ilustren para el consejo y orientación psicológicos (pero soy improcedente e ingenuo: aspiro que mis colegas, todos, se obliguen a eso); pero deben, debemos, asumir, todos, nuestra responsabilidad moral. Espiritual. De escuchar a los hermanos menores y aconsejarles con afecto y contenciòn. Fraternidad que sólo tendrá su alquimia si cada uno, de este lado de las cartas, hace autocrítica de su propia vía espiritual.

 

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Fundamentación del proceso cognitivo en Tarot

Posted by Gustavo Fernández en 21-09-2015

tarotAlguna vez he escrito que tal vez hubiera sido cálidamente acogedor apoltronarme en el marco (ya que en algún momento de irresponsabilidad social decidí dedicar mi vida a la Parapsicología y disciplinas afines) de una “metapsíquica científica” o, también, en una “ovnilogía académica”, para nombrar sólo dos de mis pasiones. Mediáticamente cuando menos, un parapsicólogo que discurra entre estadísticas y gráficos computadorizados, es, cuando menos, más digerible para la “opinión publicada” –como dice un viejo periodista argentino, que no la “pública”- que aquél que disfruta de sahumerios, velas y, cuando no, las inefables cartas de Tarot.
Y bueno, sí. Me divierte jugar con las matemáticas, amo mi computadora, pero experimento algo visceral cuando estoy rodeado de mis sahumerios, mis velas… y mis cartas de Tarot. Y si bien las sensaciones son importantes para mí, para no parecer un sibarita del intelecto simplemente, dedicado más a disfrutar los qué en lugar de preguntarme los porqué y los cómo , me decidí a escribir este artículo para explicar porqué el Tarot es, a mi modesto saber y entender, algo más que –como supone cierta “inteligentzia” periodística que confunde comentarios incisivos con sarcasmos pedantes- una credulidad ingenua sin fundamento racional. Pues sostengo que lo tiene, y mucho. Y ese es el espíritu de esta nota.

No he de ser redundante con aquello de que un tema nunca es absurdo o serio por sí mismo, sino por el método –o la falta de él- con que es encarado su análisis. Y es un paradigma que, para la conciencia colectiva, ciertos temas son de suyo execrables del pensamiento científico más porque “aparentan” superstición o irracionalidad –o, a veces, por la que muestran sus afamados cultores- que porque necesariamente no la tengan. Incidentalmente, uno puede especular (aún corriendo el riesgo de transformar esto en un bizantino monólogo) que si de “pensamiento mágico” estamos hablando, aparece éste más en el estudiante universitario que aprende y repite como un sonsonete el axioma enseñado por su docto profesor (quizás sin pasar nunca por la verificabilidad del mismo) que el shamán que afanosamente recolecta ciertas hierbas en la luna propicia para probar la receta de aquél brebaje que en el último solsticio de invierno le enseñara su antecesor en la tribu. De forma que, a continuación, esbozaré mis especulaciones respecto a cuáles son los fundamentos operativos del Tarot.
La “adivinación” a través de las cartas no es un proceso incognoscible. Las cartas por sí mismas nunca “dicen” nada, en el sentido de “dictarnos” algún conocimiento. Son, a los efectos prácticos, trozos de cartón pintado. Es el agrupamiento de símbolos que encierran los que disparan algo en nosotros. Pues cada uno de sus personajes, eventos y situaciones descriptos tanto en arcanos mayores o menores, los que nos remiten a sucesivos arquetipos del Inconsciente. Es decir, entelequias psicológicas, engramas genéticos que, en la memoria racial y colectiva, codifican determinadas respuestas asociables a determinados estímulos.
En algún otro lugar me he referido extensamente a Arquetipos e Inconsciente Colectivo de la humanidad. Baste reseñar para el lego que un arquetipo es como el ladrillo psíquico de nuestra personalidad, pero un ladrillo que no pertenece a la superestructura levantada a lo largo de nuestra vida en función de las vivencias, sino que forma parte del fundamento basal del edificio de nuestra vida. A través de los siglos y los milenios, la repetición en el plano individual y colectivo de determinadas experiencias críticas ha marcado a fuego la genética de nuestra especie, y esos “recuerdos ancestrales” , transmitiéndose de generación en generación (especialmente cuando son olvidados o soterrados por la cultura imperante) aflorando como símbolos y signos que de lo colectivo, lo mitológico, se reflejan en el macrocosmos de nuestras experiencias cotidianas.
El Arlequín, Bufón o Loco, aquél que transgrede el “establishment”, destructivo en su irresponsabilidad pero motivador en sus pasiones; el Sabio, que avanza lenta y serenamente detrás de objetivos claros, apoyándose en el cayado de las experiencias e iluminando su camino con la luz de la Razón; la Rueda de la Fortuna, repitiendo los ciclos del ser a través de los tiempos; el sufrimiento expiatorio del Ahorcado; la Luna, expresando la consciencia sólo como un reflejo del inconsciente, todos símbolos emblemáticos, profundos en sabiduría, que encierran, en conjunto, las claves de nuestra naturaleza mortal. Personajes que representan el drama de la existencia humana, codificaciones fácilmente recordables de facetas de nuestro diamante interior, tallado a través de los evos por clivajes extraños en manos de un Ser superior.
De forma tal que las figuras que nos muestran las cartas no son el aleatorio producto de una mente desequilibrada o el afán iluminista de algún mercachifle de la alta Edad Media. Sus figuras, sus colores, cada uno de sus, en ocasiones, insólitos elementos asociados (las letras en el Carro, el número preciso de “lágrimas” que derrama el Sol o el pequeño pájaro negro a un costado de la Estrella, así como el Diablo sacando la lengua o tomando una espada sin empuñadura) tienen una interpretación precisa. Y, evocativamente, su contemplación meditativa (¿qué otra cosa hacemos cuando, con un cierto vacío expectante en nuestro tórax, observamos en silencio las cartas tratando de encontrar una respuesta a nuestras preguntas?) actúa en nuestro inconsciente, porque, precisamente, en nuestro inconsciente encuentra un eco, que es como decir, el retorno a la fuente de sus orígenes: el arquetipo dibujado en la carta no es más que, después de todo, un reflejo degradado del Arquetipo que duerme en las sombras de los lejanos recovecos de nuestra psiquis más profunda.
Y allí, en el Inconsciente, casi a caballito (es un decir meramente descriptivo, aclaro) entre el Inconsciente Personal y el Inconsciente Colectivo, se encuentra la Potencialidad Parapsicológica, es decir, la capacidad innata, latente en todos y cada uno de nosotros, de producir, voluntaria o involuntariamente, fenómenos parapsicológicos. Y esa asociación de ideas, de imágenes, esa correspondencia psicoide entre el dibujo en el mundo material y la pulsión despertada en lo mental detona esa Potencialidad.
Y en esa circunstancia y ese contexto, afloran ciertos fenómenos parapsicológicos.
Como el de la clarividencia, el conocimiento sin el uso de los sentidos físicos, de información en tiempo presente. Y le contamos al consultante “la otra historia” de su realidad, hoy.
O cuando esa clarividencia se ambienta en tiempos pasados (retrocognición o postcognición) o futuros (premonición o precognición) y hablamos de lo que ha sucedido (y nadie ha venido a contárnoslo) o lo que podrá suceder –obsérvese, ya veremos porqué, que he escrito “podrá suceder” y no “sucederá”- en el futuro.
Pero también es posible que, en ese instante de recogimiento, una misma imagen mental esté presente en dos psiquis simultáneamente; las del consultante y la mía, y hablaré, entonces de telepatía.
Para, finalmente, no olvidar que si en Parapsicología llamamos psicoquinesia a las “modificaciones que el psiquismo hace en un sistema físico en evolución” todo el proceso de barajado de las cartas conforma un sistema cerrado en evolución, y nuestra acción, inconsciente, puede canalizar una psicoquinesia que haga que, después de todo, no sea tan “azarosa” la disposición final de esas cartas.
Por supuesto, es posible que algún lector cuestione la validez de los fenómenos parapsicológicos aquí mencionados. Si es así, lo siento; tal ignorancia (no lo digo en un sentido ofensivo, sino en el estricto del diccionario) es problema suyo, no mío.

El segundo aspecto digno de ser considerado tiene que ver con lo que podemos esperar del Tarot. Soy consciente que pocas, muy pocas personas, acuden al mismo con la actitud espiritual e intelectual menester, esto es, haciendo de la entrevista una forma de adoptar, con tiempo, actitudes y caminos constructivos ante la vida, manteniendo en claro su discernimiento del absoluto libre albedrío que le compete con respecto a su futuro. Muchos son los que acuden al Tarot como último, desesperado intento de salvataje en la tormenta en que están naufragando sus vidas. Muchos, también, creen que las cartas reflejan un destino inexorable del que nadie, ni tirios ni troyanos, puede escapar. Y esbozar algunos razonamientos respecto a qué podemos esperar (y qué no) del Tarot es tan importante como aprender a echar correctamente las cartas.
Es tan vieja como la humanidad misma la discusión respecto a si existe el libre albedrío, si cada ser humano se encuentra frente al futuro como ante una página en blanco, o si toda está inexorablemente escrito en ella: la voluntad de elegir frente al determinismo tiene tantos adeptos como detractores. Y un ejercicio del razonamiento nos enfrenta a algunas paradojas: mientras por un lado yo puedo elegir entre, por ejemplo, seguir tipeando estas líneas o detenerme e ir a prepararme un café (a propósito, es una buena idea; ya regreso)…
… lo cual alentaría la ilusión que soy dueño del destino, no he podido elegir en mi vida, por caso, cuándo nacer, dónde hacerlo, en el seno de qué familia. Esto es parte de mi historia, que no es más que destino corriendo en un sentido negativo. Podemos ir más allá y preguntarnos hasta qué punto lo que llamamos “libre elección” es tal, como en el caso de optar entre el bien y el mal en mi conducta. Si he crecido en un marco de buenos ejemplos familiares o sociales, donde frecuentemente he visto en mí o en otros las favorables consecuencias de la honestidad y el recto accionar, o por el contrario mi infancia y adolescencia han transcurrido en un lumpen donde los malos hábitos, la infidelidad, la mentira eran moneda corriente, con el concepto de obtener pequeñas y cotidianas ventajas de cada desliz hecho con astucia; ¿puede ser entonces realmente tan libre mi elección?. Con razón Smiles escribió: “mucha gente no delinque no por virtud, sino por el temor de ser descubierta”. Yo, mucho antes de saber siquiera que este caballero existía, escribí alguna vez: “mucha gente es buena porque no tiene el coraje de ser mala y arriesgarse a las consecuencias.”
Creo, de todas formas, que el estudio del Esoterismo, como en tantos otros ámbitos, arroja un poco de luz sobre esta cuestión: existe tanto el determinismo como el libre albedrío. Hay cosas que podemos elegir, y otras en las cuáles sólo matizar sus efectos. Para describirlo gráficamente, mi vida es como una barca navegando por el río. Puedo dejarme arrastrar por la corriente (quizás velozmente a destino, quizás contra unas rocas que asoman) o puedo, a fuerza de remo y transpiración, acercarme a una orilla, a otra, anclar en el medio o remar en contra de la corriente. Pero este es el río de mi vida, y dentro de él, y sólo de él, me desenvuelvo.
Así que, parafraseando a Schrödinger y su gato, sostengo que el Tarot no muestra el futuro, sino hacia dónde llevan al consultante las tendencias dominantes, que es lo mismo que decir qué ha de ocurrir (agradable o desagradable) si él no hace nada por evitarlo. El viejo ejemplo: un señor, la noche antes de volar de Washington a Londres, sueña que su avión cae a poco de despegar y él fallece. A la mañana, asustado, cancela su reserva. El avión despega y cae. Todos mueren, menos él, que se quedó en su hotel. ¿Hubo o no hubo determinismo?. Depende de la lectura. No lo hubo cuando atendemos al hecho que el soñante no murió como su premonición parecía indicarle. Sí la hubo –para los demás-. Y esto transforma al Tarot en un arma formidable para construir nuestras vidas: no, como dicen sus detractores (ninguno de los cuales, creo, se dedicó algún tiempo a estudiarlo) un entretenimiento para espíritus débiles ansiosos de una guía paternalista que les ayude a superar su ansiedad frente a lo desconocido, no. Porque al Tarot, como filosofía esotérica que es, poco le interesa si su marido le mete los cuernos con la rubia platinada del edificio contiguo, o si su jefe le sonríe en estos días porque en secreto paladea el momento de anunciarle que por ahora (y unos cuantos años más) sus servicios son prescindibles; o si su suegra es la bruja maléfica que todos sabemos. Esas necesidades urgentes de todos los días le son indiferentes a una disciplina para la cual lo único significativo es su crecimiento espiritual. Pero así como usted no tendrá mucho ánimo de hablar de cosas espirituales si venció el alquiler y están por lanzarlo a la calle, o sus hijos andan con un calzado que ya no sabe cómo y con qué pegar para que las suelas permanezcan en su lugar, la filosofía subyacente al Tarot es pragmática: sólo a través de superar sus obstáculos cotidianos tendrá usted tiempo –y ganas- de preguntarse por las cosas del espíritu. Y si llegado el momento (y dadas las condiciones) no lo hace, problema suyo, amigo o amiga mía: su karma tomará debida nota de ello. Porque una persona que ignore los fundamentos espirituales de nuestra vida cotidiana, o que asfixiada por las angustias de todos los días no pueda reparar en esos mecanismos, es digna de consideración y de ayuda. Pero una persona que, habiendo tenido la oportunidad, desprecia (¿debería quizás haber escrito de-precia?) tales asuntos, es absolutamente responsable de las consecuencias, y a llorar a la iglesia más cercana.
Por eso es necesario aclararle al consultante que, en el caso de aparecer una mala noticia, esto no es necesariamente lo que, sí o sí, ha de ocurrir, sino lo que ha de ocurrir si no se hace a tiempo lo necesario para evitarlo. Y por ello, también, toda entrevista de Tarot debe profundizar las “alternativas” o “situaciones bisagra” que pongan en manos del consultante la decisión de qué caminos tomar. Pues el Tarot es un semáforo que nos advierte que debemos frenar antes del próximo cruce, porque existe el riesgo de un accidente. Si hacemos caso omiso del semáforo y apretamos el acelerador a fondo justo cuando está llegando un camión al cruce por nuestra derecha y no lo vemos, la responsabilidad de las consecuencias (¿adivinen qué?) es nuestra.
Por la misma razón, creo que toda mala noticia que aparezca expresada en los símbolos de las cartas debe ser dicha al consultante pues, si por prurito no lo hacemos, le quitamos de las manos la única posibilidad que tenía de hacer algo para evitarlo.
Finalmente, no creo que la razón de ser de una entrevista de Tarot sea deslumbrar a nuestro consultante con nuestras capacidades, la exactitud de nuestros aciertos o cómo somos capaces de saber de él lo que él ya sabía (una verdadera pérdida de tiempo y dinero, debo decir). Mucho menos, valernos de ello para inspirar una actitud reverencial en el consultante hacia nosotros, aconsejándole qué debe hacer, cuándo y cómo. Que hayamos desarrollado nuestras percepciones para profundizar intuitivamente en una situación no es sinónimo que hayamos ampliado nuestro sentido común para recomendar qué hacer, especialmente cuando uno descubre que un consejo es lo que uno haría de estar en esa circunstancia, pero ocurre que uno no es el consultante ni está en su circunstancia. Sí, en todo caso, ampliar su cosmovisión de la situación, enriquecer su evaluación con información accesoria, ayudarle a distinguir lo importante de lo urgente (ya que no son sinónimos) e, indirectamente, alimentar en él el sentimiento de que existen maneras correctas de ser y de hacer las cosas, aún cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor. Si usted descubre cómo el Tarot le ayuda a lograr esto, ¿no cree que es quizás más de lo que pueden prometerle las pitonisas de avisos clasificados?.
Un comentario final, que tiene que ver con el grado de aciertos esperable. El Tarot es un arte, no una ciencia, y menos exacta. Depende de muchos (e imponderables) factores: astrológicos, de salud física y mental, de “feeling” con quien viene a consulta, de lo que cenamos anoche… El porcentaje de aciertos ha de ser alto, pero nunca es total. Desconfíe, entonces, de quienes se autopromocionan como infalibles, y tampoco sea demasiado cruel con su buena tarotista que alguna vez erró un pronóstico, aunque ese yerro le haya costado a usted algunos pesos (o dólares, o lo que fuere) en la consulta: los metereólogos erran más, y los llaman científicos. Y, cada año, en cada país, con fondos privados o públicos, se invierten millones de dólares en “encuestas de opinión” o de “boca de urna”, que entre gráficos y estadísticas pronostican desde un resultado electoral hasta la evolución macroreconómica… con la misma habilidad con que después explican porqué sus resultados no se cumplieron. Y todos contentos.

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Taller presencial de Tarot Marsellés en Paraná

Posted by Gustavo Fernández en 28-08-2015

TarotSe dictará durante cinco sábados, a partir del 19 de setiembre, en el horario de 16 a 19 hs. El temario a tratar:

Historia del Tarot. Aspectos parapsicológicos. Lo simbólico y lo intuitivo.
Arcanos Mayores. Definición de cada arcano.
Tiradas: general o piramidal, económica, afectiva o intelectual, de salud, algebraica, por casas astrológicas.
Ejemplos y prácticas.

Profesor: Gustavo Fernández
Se entregará sin costo Diploma (aprobada la evaluaciòn final) y Apuntes (no cartas)
La actividad se realizará en el Centro De Armonización Integral, Alem 337, Paraná.
Inscripciones: con el 50 % del arancel hasta el martes 15 de setiembre (o hasta que se completen las vacantes)
SÓLO 15 VACANTES.
Arancel total: $ 800
Si se prefiere hacer transferencia bancaria, a esta cuenta:
Cuenta Banco Nación:
Caja de Ahorro
Alberto Enrique Marzo
C.AH.: 2650-3907270516
CBU: 01103906 – 30039072705165
CUIL: 20-21512438/0

Saludos cordiales.

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PERO, DESPUÉS DE TODO… ¿SIRVE PARA ALGO EL TAROT?

Posted by Gustavo Fernández en 03-08-2014

Tarot Alguna vez he escrito que tal vez hubiera sido cálidamente acogedor apoltronarme en el marco (ya que en algún momento de irresponsabilidad social decidí dedicar mi vida a la Parapsicología y disciplinas afines) de una “metapsíquica científica” o, también, en una “ovnilogía académica”, para nombrar sólo dos de mis pasiones. Mediáticamente cuando menos, un parapsicólogo que discurra entre estadísticas y gráficos computadorizados, es, cuando menos, más digerible para la “opinión publicada” –como decía un viejo periodista argentino, que no la “pública”- que aquél que disfruta de sahumerios, velas y, cuando no, las inefables cartas de Tarot.
Y bueno, sí. Me divierte jugar con las matemáticas, amo mi computadora, pero experimento algo visceral cuando estoy rodeado de mis sahumerios, mis velas… y mis cartas de Tarot. Y si bien las sensaciones son importantes para mí, para no parecer un sibarita del intelecto simplemente, dedicado más a disfrutar los qué en lugar de preguntarme los porqué y los cómo , me decidí a escribir este artículo para explicar porqué el Tarot es, a mi modesto saber y entender, algo más que –como supone cierta “inteligentzia” periodística que confunde comentarios incisivos con sarcasmos pedantes- una credulidad ingenua sin fundamento racional. Pues sostengo que lo tiene, y mucho. Y ese es el espíritu de esta nota.

No he de ser redundante con aquello de que un tema nunca es absurdo o serio por sí mismo, sino por el método –o la falta de él- con que es encarado su análisis. Y es un paradigma que, para la conciencia colectiva, ciertos temas son de suyo execrables del pensamiento científico más porque “aparentan” superstición o irracionalidad –o, a veces, por la que muestran sus afamados cultores- que porque necesariamente no la tengan. Incidentalmente, uno puede especular (aún corriendo el riesgo de transformar esto en un bizantino monólogo) que si de “pensamiento mágico” estamos hablando, aparece éste más en el estudiante universitario que aprende y repite como un sonsonete el axioma enseñado por su docto profesor (quizás sin pasar nunca por la verificabilidad del mismo) que el chamán que afanosamente recolecta ciertas hierbas en la luna propicia para probar la receta de aquél brebaje que en el último solsticio de invierno le enseñara su antecesor en la tribu. De forma que, a continuación, esbozaré mis especulaciones respecto a cuáles son los fundamentos operativos del Tarot.
La “adivinación” a través de las cartas no es un proceso incognoscible. Las cartas por sí mismas nunca “dicen” nada, en el sentido de “dictarnos” algún conocimiento. Son, a los efectos prácticos, trozos de cartón pintado. Es el agrupamiento de símbolos que encierran los que disparan algo en nosotros. Pues cada uno de sus personajes, eventos y situaciones descriptos tanto en arcanos mayores o menores, los que nos remiten a sucesivos arquetipos del Inconsciente. Es decir, entelequias psicológicas, engramas genéticos que, en la memoria racial y colectiva, codifican determinadas respuestas asociables a determinados estímulos.
En algún otro lugar me he referido extensamente a Arquetipos e Inconsciente Colectivo de la humanidad. Baste reseñar para el lego que un arquetipo es como el ladrillo psíquico de nuestra personalidad, pero un ladrillo que no pertenece a la superestructura levantada a lo largo de nuestra vida en función de las vivencias, sino que forma parte del fundamento basal del edificio de nuestra vida. A través de los siglos y los milenios, la repetición en el plano individual y colectivo de determinadas experiencias críticas ha marcado a fuego la genética de nuestra especie, y esos “recuerdos ancestrales” , transmitiéndose de generación en generación (especialmente cuando son olvidados o soterrados por la cultura imperante) aflorando como símbolos y signos que de lo colectivo, lo mitológico, se reflejan en el macrocosmos de nuestras experiencias cotidianas.

El Arlequín, Bufón o Loco, aquél que transgrede el “establishment”, destructivo en su irresponsabilidad pero motivador en sus pasiones; el Sabio, que avanza lenta y serenamente detrás de objetivos claros, apoyándose en el cayado de las experiencias e iluminando su camino con la luz de la Razón; la Rueda de la Fortuna, repitiendo los ciclos del ser a través de los tiempos; el sufrimiento expiatorio del Ahorcado; la Luna, expresando la consciencia sólo como un reflejo del inconsciente, todos símbolos emblemáticos, profundos en sabiduría, que encierran, en conjunto, las claves de nuestra naturaleza mortal. Personajes que representan el drama de la existencia humana, codificaciones fácilmente recordables de facetas de nuestro diamante interior, tallado a través de los evos por clivajes extraños en manos de un Ser superior.
De forma tal que las figuras que nos muestran las cartas no son el aleatorio producto de una mente desequilibrada o el afán iluminista de algún mercachifle de la alta Edad Media. Sus figuras, sus colores, cada uno de sus, en ocasiones, insólitos elementos asociados (las letras en el Carro, el número preciso de “lágrimas” que derrama el Sol o el pequeño pájaro negro a un costado de la Estrella, así como el Diablo sacando la lengua o tomando una espada sin empuñadura) tienen una interpretación precisa. Y, evocativamente, su contemplación meditativa (¿qué otra cosa hacemos cuando, con un cierto vacío expectante en nuestro tórax, observamos en silencio las cartas tratando de encontrar una respuesta a nuestras preguntas?) actúa en nuestro inconsciente, porque, precisamente, en nuestro inconsciente encuentra un eco, que es como decir, el retorno a la fuente de sus orígenes: el arquetipo dibujado en la carta no es más que, después de todo, un reflejo degradado del Arquetipo que duerme en las sombras de los lejanos recovecos de nuestra psiquis más profunda.
Y allí, en el Inconsciente, casi a caballito (es un decir meramente descriptivo, aclaro) entre el Inconsciente Personal y el Inconsciente Colectivo, se encuentra la Potencialidad Parapsicológica, es decir, la capacidad innata, latente en todos y cada uno de nosotros, de producir, voluntaria o involuntariamente, fenómenos parapsicológicos. Y esa asociación de ideas, de imágenes, esa correspondencia psicoide entre el dibujo en el mundo material y la pulsión despertada en lo mental detona esa Potencialidad.
Y en esa circunstancia y ese contexto, afloran ciertos fenómenos parapsicológicos.
Como el de la clarividencia, el conocimiento sin el uso de los sentidos físicos, de información en tiempo presente. Y le contamos al consultante “la otra historia” de su realidad, hoy.
O cuando esa clarividencia se ambienta en tiempos pasados (retrocognición o postcognición) o futuros (premonición o precognición) y hablamos de lo que ha sucedido (y nadie ha venido a contárnoslo) o lo que podrá suceder –obsérvese, ya veremos porqué, que he escrito “podrá suceder” y no “sucederá”- en el futuro.
Pero también es posible que, en ese instante de recogimiento, una misma imagen mental esté presente en dos psiquis simultáneamente; las del consultante y la mía, y hablaré, entonces de telepatía.
Para, finalmente, no olvidar que si en Parapsicología llamamos psicoquinesia a las “modificaciones que el psiquismo hace en un sistema físico en evolución” todo el proceso de barajado de las cartas conforma un sistema cerrado en evolución, y nuestra acción, inconsciente, puede canalizar una psicoquinesia que haga que, después de todo, no sea tan “azarosa” la disposición final de esas cartas.
Por supuesto, es posible que algún lector cuestione la validez de los fenómenos parapsicológicos aquí mencionados. Si es así, lo siento; tal ignorancia (no lo digo en un sentido ofensivo, sino en el estricto del diccionario) es problema suyo, no mío.

El segundo aspecto digno de ser considerado tiene que ver con lo que podemos esperar del Tarot. Soy consciente que pocas, muy pocas personas, acuden al mismo con la actitud espiritual e intelectual menester, esto es, haciendo de la entrevista una forma de adoptar, con tiempo, actitudes y caminos constructivos ante la vida, manteniendo en claro su discernimiento del absoluto libre albedrío que le compete con respecto a su futuro. Muchos son los que acuden al Tarot como último, desesperado intento de salvataje en la tormenta en que están naufragando sus vidas. Muchos, también, creen que las cartas reflejan un destino inexorable del que nadie, ni tirios ni troyanos, puede escapar. Y esbozar algunos razonamientos respecto a qué podemos esperar (y qué no) del Tarot es tan importante como aprender a echar correctamente las cartas.
Es tan vieja como la humanidad misma la discusión respecto a si existe el albedrío, si cada ser humano se encuentra frente al futuro como ante una página en blanco, o si toda está inexorablemente escrito en ella: la voluntad de elegir frente al determinismo tiene tantos adeptos como detractores. Y un ejercicio del razonamiento nos enfrenta a algunas paradojas: mientras por un lado yo puedo elegir entre, por ejemplo, seguir tipeando estas líneas o detenerme e ir a prepararme un café (a propósito, es una buena idea; ya regreso)…

… lo cual alentaría la ilusión que soy dueño del destino, no he podido elegir en mi vida, por caso, cuándo nacer, dónde hacerlo, en el seno de qué familia. Esto es parte de mi historia, que no es más que destino corriendo en un sentido negativo. Podemos ir más allá y preguntarnos hasta qué punto lo que llamamos “libre elección” es tal, como en el caso de optar entre el bien y el mal en mi conducta. Si he crecido en un marco de buenos ejemplos familiares o sociales, donde frecuentemente he visto en mí o en otros las favorables consecuencias de la honestidad y el recto accionar, o por el contrario mi infancia y adolescencia han transcurrido en un lumpen donde los malos hábitos, la infidelidad, la mentira eran moneda corriente, con el concepto de obtener pequeñas y cotidianas ventajas de cada desliz hecho con astucia; ¿puede ser entonces realmente tan libre mi elección?. Con razón Smiles escribió: “mucha gente no delinque no por virtud, sino por el temor de ser descubierta”. Yo, mucho antes de saber siquiera que este caballero existía, escribí alguna vez: “mucha gente es buena porque no tiene el coraje de ser mala y arriesgarse a las consecuencias.”
Creo, de todas formas, que el estudio del Esoterismo, como en tantos otros ámbitos, arroja un poco de luz sobre esta cuestión: existe tanto el determinismo como el albedrío. Hay cosas que podemos elegir, y otras en las cuáles sólo matizar sus efectos. Para describirlo gráficamente, mi vida es como una barca navegando por el río. Puedo dejarme arrastrar por la corriente (quizás velozmente a destino, quizás contra unas rocas que asoman) o puedo, a fuerza de remo y transpiración, acercarme a una orilla, a otra, anclar en el medio o remar en contra de la corriente. Pero este es el río de mi vida, y dentro de él, y sólo de él, me desenvuelvo.
Así que, parafraseando a Schrödinger y su gato, sostengo que el Tarot no muestra el futuro, sino hacia dónde llevan al consultante las tendencias dominantes, que es lo mismo que decir qué ha de ocurrir (agradable o desagradable) si él no hace nada por evitarlo. El viejo ejemplo: un señor, la noche antes de volar de Washington a Londres, sueña que su avión cae a poco de despegar y él fallece. A la mañana, asustado, cancela su reserva. El avión despega y cae. Todos mueren, menos él, que se quedó en su hotel. ¿Hubo o no hubo determinismo?. Depende de la lectura. No lo hubo cuando atendemos al hecho que el soñante no murió como su premonición parecía indicarle. Sí la hubo –para los demás-. Y esto transforma al Tarot en un arma formidable para construir nuestras vidas: no, como dicen sus detractores (ninguno de los cuales, creo, se dedicó algún tiempo a estudiarlo) un entretenimiento para espíritus débiles ansiosos de una guía paternalista que les ayude a superar su ansiedad frente a lo desconocido, no. Porque al Tarot, como filosofía esotérica que es, poco le interesa si su marido le mete los cuernos con la rubia platinada del edificio contiguo, o si su jefe le sonríe en estos días porque en secreto paladea el momento de anunciarle que por ahora (y unos cuantos años más) sus servicios son prescindibles; o si su suegra es la bruja maléfica que todos sabemos. Esas necesidades urgentes de todos los días le son indiferentes a una disciplina para la cual lo único significativo es su crecimiento espiritual. Pero así como usted no tendrá mucho ánimo de hablar de cosas espirituales si venció el alquiler y están por lanzarlo a la calle, o sus hijos andan con un calzado que ya no sabe cómo y con qué pegar para que las suelas permanezcan en su lugar, la filosofía subyacente al Tarot es pragmática: sólo a través de superar sus obstáculos cotidianos tendrá usted tiempo –y ganas- de preguntarse por las cosas del espíritu. Y si llegado el momento (y dadas las condiciones) no lo hace, problema suyo, amigo o amiga mía: su karma tomará debida nota de ello. Porque una persona que ignore los fundamentos espirituales de nuestra vida cotidiana, o que asfixiada por las angustias de todos los días no pueda reparar en esos mecanismos, es digna de consideración y de ayuda. Pero una persona que, habiendo tenido la oportunidad, desprecia (¿debería quizás haber escrito de-precia?) tales asuntos, es absolutamente responsable de las consecuencias, y a llorar a la iglesia más cercana.
Por eso es necesario aclararle al consultante que, en el caso de aparecer una mala noticia, esto no es necesariamente lo que, sí o sí, ha de ocurrir, sino lo que ha de ocurrir si no se hace a tiempo lo necesario para evitarlo. Y por ello, también, toda entrevista de Tarot debe profundizar las “alternativas” o “situaciones bisagra” que pongan en manos del consultante la decisión de qué caminos tomar. Pues el Tarot es un semáforo que nos advierte que debemos frenar antes del próximo cruce, porque existe el riesgo de un accidente. Si hacemos caso omiso del semáforo y apretamos el acelerador a fondo justo cuando está llegando un camión al cruce por nuestra derecha y no lo vemos, la responsabilidad de las consecuencias (¿adivinen qué?) es nuestra.
Por la misma razón, creo que toda mala noticia que aparezca expresada en los símbolos de las cartas debe ser dicha al consultante pues, si por prurito no lo hacemos, le quitamos de las manos la única posibilidad que tenía de hacer algo para evitarlo.
Finalmente, no creo que la razón de ser de una entrevista de Tarot sea deslumbrar a nuestro consultante con nuestras capacidades, la exactitud de nuestros aciertos o cómo somos capaces de saber de él lo que él ya sabía (una verdadera pérdida de tiempo y dinero, debo decir). Mucho menos, valernos de ello para inspirar una actitud reverencial en el consultante hacia nosotros, aconsejándole qué debe hacer, cuándo y cómo. Que hayamos desarrollado nuestras percepciones para profundizar intuitivamente en una situación no es sinónimo que hayamos ampliado nuestro sentido común para recomendar qué hacer, especialmente cuando uno descubre que un consejo es lo que uno haría de estar en esa circunstancia, pero ocurre que uno no es el consultante ni está en su circunstancia. Sí, en todo caso, ampliar su cosmovisión de la situación, enriquecer su evaluación con información accesoria, ayudarle a distinguir lo importante de lo urgente (ya que no son sinónimos) e, indirectamente, alimentar en él el sentimiento de que existen maneras correctas de ser y de hacer las cosas, aún cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor. Si usted descubre cómo el Tarot le ayuda a lograr esto, ¿no cree que es quizás más de lo que pueden prometerle las pitonisas de avisos clasificados?.
Un comentario final, que tiene que ver con el grado de aciertos esperable. El Tarot es un arte, no una ciencia, y menos exacta. Depende de muchos (e imponderables) factores: astrológicos, de salud física y mental, de “feeling” con quien viene a consulta, de lo que cenamos anoche… El porcentaje de aciertos ha de ser alto, pero nunca es total. Desconfíe, entonces, de quienes se autopromocionan como infalibles, y tampoco sea demasiado cruel con su buena tarotista que alguna vez erró un pronóstico, aunque ese yerro le haya costado a usted algunos pesos (o dólares, o lo que fuere) en la consulta: los metereólogos erran más, y los llaman científicos. Y, cada año, en cada país, con fondos privados o públicos, se invierten millones de dólares en “encuestas de opinión” o de “boca de urna”, que entre gráficos y estadísticas pronostican desde un resultado electoral hasta la evolución macroreconómica… con la misma habilidad con que después explican porqué sus resultados no se cumplieron. Y todos contentos.

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Podcast Especial – AFR Nº 79: Mentiras y Verdades de la Parapsicología

Posted by Quique Marzo en 13-08-2011

En este podcast especial, les presentamos la Conferencia en video dictada por Gustavo Fernández e ilustrada con imágenes y por otra parte, el audio de la misma para que lo puedan descargar o escuchar como podcast.

¿Qué puede –y qué no puede– hacer la Parapsicología por usted? ¿Existen los “hechizos” y “maleficios”? ¿Sabía que en muchos países la Parapsicología tiene reconocimiento oficial e incluso existen proyectos militares para la aplicación de la misma? Para ver otros temas tratados por Gustavo Fernández durante la conferencia pueden consultar las etiquetas de esta entrada.

Con amplia documentación y más de treinta años de trayectoria ininterrumpida, Gustavo Fernández, parapsicólogo, analista junguiano, escritor (con 17 libros publicados), Director del “Centro de Armonización Integral” y la revista digital “Al Filo de la Realidad”, presentará el resultado de su experiencia e investigaciones en esta nueva charla abierta a todo público y una vez más, de entrada libre y gratuita.

Escuche o descargue el podcast desde nuestro sitio en iVoox, o suscríbase al feed para enterarse al instante de la publicación de nuevos episodios (le recomendamos Google Reader).

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