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Entidades espirituales o psíquicas, o “elementales” en la Caverna de las Brujas

Posted by Gustavo Fernández en 24-03-2017

Cuando en enero de 1983 pernocté –junto a los amigos e investigadores Alejandro Chionetti y Marcelo Bernasconi– varias noches en la Caverna de las Brujas (y no es gratuito que desde siempre los lugareños han conocido a este laberinto calcáreo que se extiende más de veinte kilómetros en un macizo rocoso próximo al pueblo de Bardas Blancas, en la provincia argentina de Mendoza, con ese nombre) nos sucedieron algunos hechos desconcertantes.

Recuerdo, por ejemplo, un sueño personal. Debido a la baja temperatura ambiental –con calores de 35º en el exterior, la interna nunca ascendía por encima de los 10º- durante la seudo noche señalada por nuestros relojes dormíamos dentro de nuestros sacos de dormir, unos próximos a otros para mantener algo más del calor que la permanente humedad impedía generar con fuego (tiempos aquellos en que, obviamente, no había aún la supervisiòn, vigilancia y control de guardaparques nacionales que hoy monitorean la presencia de turistas).

En determinado momento, sueño que rodaba por el interior de la caverna, siguiendo la pendiente natural de la misma en direcciòn a la salida mientras que en el mismo sueño creía percibir una nebulosa silueta humanoide de pie a la entrada de uno de los túneles laterales, señalándome con una mano la salida en forma imperativa. Soñaba yo que rodaba y rodaba, como si buscara salir de la caverna, cuando varias manos me sacudieron violentamente, obligándome a despertar.

Ocurriò que otro de los presentes, entre sueños, creyó percibir movimiento. A tientas buscó su linterna y, al encenderla, descubriò que yo ya no estaba a su lado. Frenéticamente barriò el amplio recinto subterráneo con la luz para descubrir que, dentro de mi saco y completamente dormido, en realidad yo rodaba hacia arriba de la pendiente, rotando hacia un lado… donde a no más de dos metros de mí se abría una grieta de peligrosa profundidad. Mi compañero despertó al otro de un grito y ambos se arrojaron sobre mi cuerpo deteniendo lo que sin duda hubiera sido una caída fatal.

Pero los sucesos extraños no terminaron allí. Comentábamos horas después esos extraños hechos y entonces tomamos consciencia grupal de algo infuso que nos había individualmente molestado todo el día previo: en cierta secciòn de los túneles –casualmente, donde en mi sueño creí percibir la figura humanoide- sentíamos la ansiedad de cierta presiòn psíquica, la inconfundible sensación de ser observados y vigilados y con cierta malsana intencionalidad que parecía ordenarnos que nos alejáramos, como si no fuésemos bienvenidos allí.

Al día siguiente esa sensación de opresiòn se reiteró pero, como respuesta a nuestras presunciones de sugestiòn o psicosis colectiva, esas sensaciones sólo se hacían presentes en determinado sector de los túneles, como si un pensamiento parasitario, maligno y denso se hubiera anclado allí. Las alucinaciones no son tan selectivas. Pero de alguna manera teníamos que terminar con las dudas.

Entonces, ideé el siguiente experimento: en la más absoluta oscuridad, con las linternas eléctricas apagadas, me desplacé hasta que la sensación de opresiòn mental alcanzó su punto máximo. A tientas, marqué entonces con un trozo de carbón el suelo y la pared, tras lo cual retorné junto a los otros. Otro compañero repitió lo mismo y así el tercero. La intenciòn era obvia: si se trataba de ilusiones, los trazos no coincidirían; ya dije que las alucinaciones no son selectivas y en la profunda negrura de la noche eterna de la cueva ninguno de nosotros podría adivinar donde los demás hicieron sus marcas. Finalmente, nos dirigimos en conjunto en busca de los trazos, y las luces revelaron lo que sospechábamos: todas las marcas estaban hechas en un a franja cuya anchura no era mayor a unas decenas de centímetros. Había allí, si cabe decirlo así, una verdadera “pared psíquica”.

La respuesta de los folklorólogos es simple: los “elementales” de la Caverna de las Brujas, que desde tiempo inmemorial ocupan las galerías subterráneas y sus alrededores, estaban molestos con nuestra presencia.

Recordemos que en esa época en la muy próxima Pampa de Palunco y el área de Las Vizcacheras fueron denunciadas las observaciones de “arañas gigantes” (no de unos treinta o cuarenta centímetros, como la expresión haría suponer, sino de… ¡dos metros de diámetro!) en campos petrolíferos de la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) no solamente por obreros –rápidamente desprestigiados por directivos de la empresa por la presunciòn de alcohólicos- sino también por técnicos, ingenieros y pilotos de aviones de la compañía.

Semanas después uno de ellos comentó a Chionetti, en la penumbra de un tugurio con pretensiones de bar a un lado de la ruta, que a propósito mintió en su informe el verdadero tamaño de una de estas arañas que observó correr desde unos doscientos metros de distancia, a la que atribuyó en su declaraciòn unos tres metros de diámetro ya que, sin duda, el apodo de delirante que se ganó entre sus superiores se habría visto acentuado si hubiera manifestado los diez metros que en realidad le atribuyó. Y no muy lejos de una zona tan “forteana”, los turistas aún hoy visitan el Pozo de las Ánimas, una enorme hoya volcánica llena de agua donde los huarpes (etnia indígena local) creían que las almas de los difuntos tenían su entrada al submundo, por lo común que era observar –quedan relatos escritos aún del siglo XIX- sobre su vertical evolucionar esferas luminosas sin orden ni concierto y de gran tamaño que terminaban precipitándose al fondo del “cenote”. ¿Colosal base submarina de OVNIs, quizás?.

¿Qué ocurriò con tales fenómenos en la regiòn?. Las “arañas” dejaron sorpresivamente de observarse. No es extraño: nunca creí que fueran realmente “físicas” (cuando menos, en un sentido biológico) y así como el “ukamar zupai” de Salta (el “yeti” argentino”, el propio “sasquatch”, el monstruo del lago Ness y tantos otros, son posiblemente más bien entidades de dimensiones paralelas que se manifiestan episódicamente. Y en cuanto a la Caverna de las Brujas, me pregunto si el aumento exponencial de visitas meramente turísticas al lugar, más la “parquizaciòn” del mismo –en tiempos de nuestra visita, estaba en estado plenamente silvestre- habrá terminado espantando a las entidades. Aunque, por cierto, me han llegado varios relatos de visitantes aterrorizados  por lo que han visto allí, jurando no regresar jamás…

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