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Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

Posts Tagged ‘inconsciente colectivo’

(Audiolibro) Chamanes de las Estrellas: Prólogo

Posted by Quique Marzo en 15-11-2015

ebook y audiolibro Chamanes de las Estrellas

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Audiolibro: Chamanes de las Estrellas. Hacia una lectura esotérica y espiritual del Fenómeno OVNI

Autor y lectura: Gustavo Fernández

Capítulo: Comentarios previos del autor y Prólogo.

 

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¿QUÉ ES UN EGRÉGORO?

Posted by Gustavo Fernández en 18-01-2015

Situaciòn de posible formaciòn de un Egrégoro

Situaciòn de posible formaciòn de un Egrégoro

Observo con cierta sorpresa que en los últimos tiempos, mis charlas y disertaciones sobre Autodefensa Psíquica, Hermetismo y otras disciplinas encuentran un público ávido de profundizar en ciertos conceptos, a la vez que desinformado de nociones básicas que uno –equivocadamente- daba por establecidos en el ideario colectivo. Ello pasa, por caso, con el concepto de los “Egrégoros” de manera que he resucitado un viejo artículo de mi autoría y, “aggiornándolo”, lo pongo ahora a disposición de todos los interesados en profundizar estas analogías.
Uno de los conceptos más interesantes que la moderna Parapsicología (rescatando, en armoniosa simbiosis, antiguops conocimientos herméticos) ha venido a aportar para la comprensión de muchos fenómenos fronterizos que vivenciamos en estos terrenos, y que por otra parte aumenta la conceptualización que establece una relación de continuidad entre las antiguas doctrinas y enseñanzas esotéricas y ocultistas y lo que hoy se viste con el cientificista y postmoderno ropaje de “investigaciones metapsíquicas”, es el definible por el término, común a los ocultistas pero casi ignoto para muchos de nuestros contemporáneos interesados, de “egrégoro” (también “egregor”). Su definición y comprensión aporta una explicación satisfactoria a muchos fenómenos casi cotidianamente experimentados o discutidos dentro de las ciencias del espíritu.

Es casi una discusión clásica del espiritualismo si muchos de los eventos que apuntan a señalar la existencia de ciertas “presencias”, realmente se deben a manifestaciones inteligentes exteriores al o los testigos (espíritus de personas fallecidas, entidades de distinto nivel de manifestación, ángeles, extraterrestres…) o sólo se trata de expresiones parapsíquicas de los protagonistas, fenómenos producidos por sus propias mentes pero que en virtud del medio cultural en que se mueven o las creencias preexistentes se “dramatizan” como entes ajenos a quien cree percibirlos. Así, toda una corriente de la que se llama “Parapsicología científica” sostiene que no existirían los espíritus –o seres espirituales– como tales, sino que se tratarían de una constelación de fenómenos parapsicológicos producidos por individuos vivos, que, en virtud de sus expectativas, asumen las características que se espera de ellos como seres ajenos a sí mismos. A ello se opone una corriente “espiritualista” que tiende a ver, precisamente, la acción de esos seres aun detrás de episodios quizás más cercanos a las manifestaciones inconscientes del sujeto.

Este verdadero maniqueísmo olvida, entonces, el concepto de “egrégoro”, a mitad de camino entre ambos. Según este término, pueden producirse condensaciones de pensamientos grupales, que podrían llegar a adquirir cierta autonomía, cierta independencia psíquica, pero necesariamente existe sólo como una función de ese pensamiento grupal (aquí estoy empleando la palabra “función” en el sentido matemático que se le da a la expresión: una cifra variable en relación a otra). Para entender su génesis, deberíamos establecer un paralelismo con la idea de los “complejos”, tan cara a la moderna Psicología.

Un complejo es, básicamente, un conjunto de elementos psicológicos que adquieren una relación intrínseca dentro de la esfera psíquica de una persona, habitualmente disparado por un hecho traumático y que, aglutinando elementos de ese psiquismo –reales o imaginarios– alrededor del recuerdo conciente o inconsciente del hecho traumático, condiciona la personalidad, adquiriendo en ocasiones cierto control sobre la misma, pero, como un parásito, existe sólo a expensas de ella, pero no sin ella.

Tomemos un ejemplo sencillo. En el inconsciente colectivo de todos nosotros (para más información sobre Inconsciente Colectivo, remito a las obras de Carl Jung o, mucho más modestamente, a otros artículos de mi autoría) existe como arquetipo el temor a la oscuridad. Esto es innato e inherente a toda la especie humana (precisamente por eso es arquetípico), un atavismo que nos remite a épocas prehistóricas, particularmente anteriores al descubrimiento de métodos artificiales para producir fuego, en que el hombre primitivo, de día, dominaba las sabanas y praderas, era el cazador; pero al oscurecer, al caer la noche, la falta de luz le convertía en la presa, el cazado. Oscuridad fue, durante centenares de miles de años, sinónimo del peligro de los grandes carniceros nocturnos acechando en las sombras. Ese temor se imprimió en nuestros genes al punto que, como un reflejo condicionado, en estos tiempos de luminarias eléctricas y ciudades sin fieras (animales, cuanto menos) el miedo subsiste. Generalmente, en todos nosotros sublimado como el temor a lo desconocido, y también como el temor al cambio. (La ecuación sería: oscuridad = desconocido; cambio = desconocido). Si el temor a la oscuridad es tan evidente en los pequeños, lo es sólo en función de que los mecanismos de represión, de adaptación al medio y de racionalización no se encuentran tan desarrollados como en los adultos, que con ellos minimizan su manifestación.

Bien. A los efectos de nuestro ejemplo, supongamos que un niño, digamos, de once años, regresa una noche a su casa luego de jugar en la de un amiguito. En él late, aunque no lo sabe quizás, el “miedo a la oscuridad” arquetípico. Y supongamos también que un chusco pariente, por hacer una broma, espera agazapado su paso detrás de un árbol para darle un soberano susto. Si las condiciones psicológicas son propicias, este evento desencadenará un “trauma” en el niño que, si no es elaborado, persistirá. ¿De qué forma?. Pues, aglutinando (hablo en sentido figurado) a su alrededor, durante los años siguientes, todos los hechos formal o simbólicamente identificables con ese hecho traumático. Así, se va formando un “quiste” en el inconsciente, que engorda y crece con cada nueva experiencia cuya semiótica es afín al “miedo a la oscuridad = desconocido = cambio”. Ya adulto, este “complejo” (pues ello es lo que se ha formado) puede condicionar y “controlar” muchos aspectos de la vida del sujeto, desde el simple caso que desista de un empleo mucho mejor remunerado sólo porque implique horarios nocturnos, hasta el más sutil que le coarte la libertad de arriesgarse a nuevas oportunidades por aquella ya mencionada sublimación del miedo a la oscuridad. Este complejo ha pasado a “imponer” pautas en la vida del sujeto que no son producto de una elección conciente. Pero ese complejo, un parásito que se alimenta de sus vivencias y que hace que algunas personas con complejos sean en realidad complejos con personas, no puede ser independiente; obviamente, si el sujeto fallece, el complejo desaparece con él.

Es válido suponer, también, que el Inconsciente Colectivo de la Humanidad tiene sus propios sucedáneos de complejos, a los que, por caso, me he referido en mi curso sobre “Autodefensa Psíquica”. Escribí en esa oportunidad:

“A nivel de la psicología colectiva (espacial y temporalmente) también se generan complejos, cuando las razas y los pueblos sufren “traumas” que quedan fijados en el Inconsciente Colectivo. Hace algunos miles de años, determinadas circunstancias (nos extenderíamos innecesariamente detallándolas aquí) hicieron que la Ciencia y la Religión que hasta ese entonces habían formado un solo cuerpo (al punto que los sacerdotes eran también los científicos) se separaran abruptamente. Hoy todavía estamos sufriendo las consecuencias de ese hecho, pues muchos de los males del hombre contemporáneo nacen del divorcio de esas dos esferas imprescindibles en la realización física, mental y espiritual del hombre.

Lo cierto es que la Humanidad no pudo ignorar ese hecho, y algo quedó en sus substratos subliminales. Lo que llamamos “complejo arquetípico de San Jorge”, representa esa confrontación trascendental, donde el Dragón (que junto a la Serpiente, representa el Conocimiento Racional) cae abatido por el Santo, la Religión. Por supuesto, caben aquí dos consideraciones importantes: primero, tal confrontación es indudablemente muy anterior a la Edad Media (ambientación figurativa fácilmente observable en estatuillas y estampas) y si así aparece se debe exclusivamente a la costumbre típica de los imagineros de ese entonces que ambientaban “en presente” acontecimientos en algunos casos de la más remota antigüedad, sumada al sincretismo de la existencia histórica de San Jorge. Buen ejemplo de lo primero son los numerosos óleos existentes con representaciones del Antiguo y Nuevo Testamento donde los personajes protagónicos visten a la más pura usanza del siglo XIV.

Segundo, si el Santo aparece venciendo, es porque la versión es litúrgica. Si la ciencia ortodoxa, positivista, guardara recuerdo de este hecho, o dedicara parte de sus afanes y presupuesto a la alegoría, seguramente la versión sería muy distinta.”

Si el inconsciente colectivo de la Humanidad puede generar entidades no existentes previamente pero que adquieren después fuerza vital, cierto discernimiento y autonomía (algo así como un “parásito del inconsciente colectivo”), uno puede deducir dos conclusiones fundamentales: una, que quizás el gran secreto del Ocultismo sea el hecho de que no importa realmente si aquellas cosas en las que creemos realmente han existido originariamente o no, ya que el hecho de sostenerlas a través de los siglos terminó por hacerlas realidad.

La segunda, que un grupo de personas (una agrupación religiosa, un pueblo, un colectivo de sujetos), como parte microcósmica de ese inconsciente colectivo, formando lo que ya llamamos un “inconsciente grupal” puede generar sus propias “entidades parasitarias” o “entidades-complejo”, por definirlas de alguna forma. Debe comprenderse aquí que si bien los términos “parásito” y “complejo” generalmente adquieren connotaciones negativas, bien podemos aceptar que ese grupo de personas pueden generar, por el concurso de sus pensamientos, sus energías, el sostenimiento de las mismas a través del tiempo, entidades positivas, a las que seguiremos denominando con esas expresiones sólo por una cuestión de comodidad literaria.

Lo que sostenemos, concretamente, es esto: puedo reunirme con un grupo de personas (el número sería anecdótico, y tendría más que ver con los tiempos y la intensidad de las manifestaciones, pero no con la realidad del hecho en sí), “inventar” una entidad, dotarla de peculiaridades distinguibles, crearle una historia, una imagen y un poder, alimentarla psíquica o espiritualmente, y luego de un tiempo esa entidad “existirá”, autónomamente de nosotros, pero necesariamente dependiente de nuestras raíces. Si el grupo se desvincula, y otro no toma la “posta”, la entidad, el egrégoro se disolverá como el conjunto físico de sus partes constituitivas.

A resultas de lo cual, entonces, muchas de esas “entidades” que pululan por ahí, y sobre las que se discute si realmente existen fuera de la Humanidad o son solamente el producto de algunas mentes, bien podrían ser estas creaciones psíquicas que, debo repetirlo, no significa que sean “alucinatorias” e irreales, que sus acciones sean meras malinterpretaciones, juegos de nuestras mentes o fenómenos paranormales que producimos espontánea e involuntariamente y a los cuales les atribuímos una identidad equivocada. Existen por sí mismas, pero gracias a que han sido creadas por nosotros.

Las sesiones de Ouija (sobre las que volveremos en otra oportunidad), las invocaciones y la devoción de determinados santos, las “presencias”, en ocasiones con su carga de maldición sobre ciertas familias a través de los siglos serían ejemplos de egrégoros. Y los mismos, en ocasiones con lo que técnicamente en Parapsicología se denomina “ideoplastias” (las formas de pensamiento que los tibetanos conocen como tulpas), podrían establecer afortunadas simbiosis de recíproco beneficio: las materializaciones perceptibles de ciertas emociones o imágenes mentales alimentarían aún más al egrégoro el cual, a través de esa manifestación, se haría más “creíble” para las masas que reciclarían así su devoción o temor. Porque –esto debe ser evidente– una forma mental como el egrégoro se alimentará de materia mental: ideas intensas, sentimientos positivos o negativos, etc.

Entiéndase, entonces, al Egrégoro como un parásito del Inconsciente Colectivo o Grupal, una entidad en cierto modo autoconsciente y autárquica peor que no puede “desprenderse” de quienes le alimentan con su aporte de energía, y esta entidad, obviamente, no queda circunscripta a lo espiritual, religioso o esotérico. Un ejército puede tener su egrégoro (el tan mentado “sprit de corps”). Una hinchada de fútbol puede generar su egrégoro. Un partido político puede generar su egrégoro. Una familia puede generar su egrégoro…

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Podcast AFR Nº 84: El I Ching

Posted by Quique Marzo en 12-12-2011

Para escuchar, descargar y suscribirse al feed, pase por nuestro canal en iVoox. (Clic en la imagen)¿Qué es el libro chino de las mutaciones? ¿Sirve como consulta oracular? ¿Qué es el principio de Sincronicidad? ¿Podemos armonizar lo conciente con lo inconciente, lo intelectual con lo emocional? ¿Cómo preguntar al I Ching correctamente? ¿Sirve como herramienta para el psicoanálisis? Software gratuito para su consulta.

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CÓMO Y PORQUÉ FUNCIONA EL PÉNDULO EN RADIESTESIA

Posted by Gustavo Fernández en 08-11-2011

Una dilatada experiencia docente me ha enseñado que existen dos condiciones fundamentales para tener éxito en la práctica de las metodologías parapsicológicas en general y las radiestésicas en particular: la experimentación en sí misma y el conocimiento de los mecanismos por los cuales el fenómeno se produce. En efecto, he observado que por más que un alumno se entrene en los aspectos exclusivamente aplicables del péndulo u otra variante instrumental radiestésica, sus resultados siempre serán sensiblemente menores que aquellos que obtendrán quienes, quizás con menor entrenamiento, se han interiorizado, por el contrario, en conocer el “cómo” y el “porqué” además del “para qué”. La explicación es sencilla: proviene del terreno de la informática y la biología aplicada a la cibernética  y se denomina “retroalimentación”.
    Ya hemos hecho referencia en otro lugar a la inutilidad de buscar explicaciones meramente físicas para hacer entendibles las reacciones del péndulo; no se trata ya de suponer que interactúan fuerzas o energías de naturaleza electromagnética o similares, ni tampoco, obviamente, atribuir a “espíritus” o “inteligencias elementales” el movimiento de aquél. ¿Por qué no?. Por varias razones (que necesitarían de otro artículo para desarrollarse) entre las cuales no es la menor la aplicación de lo que en Epistemología  se conoce como “Navaja de Occam”, o “Principio de economía de hipótesis”: “Cuando existen varias posibles hipótesis para explicar un fenómeno, debe comenzarse por tomar la más sencilla; sólo en el caso de que ésta no explique todas las facetas del problema, se continuará con la que le siga en complejidad y así sucesivamente”. Evidentemente, una explicación espiritualista viola este principio por ser mucho más forzada que la parapsicológica que vamos a proponer.
    Como cualquier interesado en los estudios parapsicológicos sabe, es común a todos los seres humanos (formando parte así del llamado Inconsciente Colectivo de la humanidad) la capacidad de producir fenómenos paranormales, conformando lo que se ha dado en llamar la “Potencialidad Parapsicológica” del individuo. Debe comprenderse que tal capacidad es genéticamente innata en el ser humano, sí, pero su detentación no implica necesariamente la manifestación de la misma. Es posible, entonces, que existan personas que dejen transcurrir sus vidas sin protagonizar ningún fenómeno de tal índole (cosa bastante difícil: más bien podríamos decir que pasan sus vidas sin tomar conciencia o atribuyendo a “casualidades” tales hechos), ya que se requieren específicas circunstancias –tales como determinadas psicopatologías, infancias conflictivas, pubertades violentas o, en el otro extremo del espectro, un prolongado e intenso entrenamiento) para que cualquiera de esos fenómenos se ponga de relieve. Otras, tal vez, sean parte actuante en una que otra anécdota de este tipo y un pequeño grupo, finalmente, está conformado por aquellos que con asiduidad evidencian en el entorno de su realidad, tales capacidades.
    En tanto, las investigaciones han demostrado que existe, desde un abordaje estrictamente psicologista, una condición fundamental para la exteriorización –o no– de tales fenómenos: la mayor o menor rigidez de los Mecanismos de Defensa del Yo.
    Sin ánimo de convertir esta nota en un ensayo monotemáticamente psicológico, recordemos simplemente y a título orientativo que además de los niveles Conciente e Inconsciente (Individual y Colectivo) del ser humano existe, entre ellos dos, un crepuscular estado que conocemos con el nombre de “Preconciente”. Es imperativo recordar que en él se asientan los Mecanismos de Defensa del Yo, definibles como las instancias psíquicas –unas innatas, otras adquiridas vivencialmente– que actúan de “filtro” protegiendo el Inconsciente, por un lado, de múltiples y pequeñas agresiones, que no por ser cotidianas y de poca monta dejarían de producir, por acumulación, efectos perniciosos en nuestro carácter, conducta y personalidad. Por otro lado, esos mecanismos impiden que aflore al Conciente todo ese reservorio de imágenes, recuerdos, palabras, olores, números, sabores, placeres y pesares que duermen en nuestro Inconsciente. Como es natural comprender, cualquiera puede imaginar qué ocurriría si, por ejemplo, mientras me concentro en escribir estas líneas, mi atención conciente se viera inundada por todos los recuerdos acumulados en mis cuatro décadas de vida: no sólo me resultaría absolutamente imposible seguir trabajando sino que, muy probablemente, enloquecería rápidamente al desgarrarse mi capacidad de atención, tratando de focalizarse en miles de estímulos y sensaciones simultáneos. Así, mi Preconciente actúa como esos filtros unidireccionales que permiten, verbigracia, el paso de un fluido en una dirección pero lo inhiben de hacerlo en la contraria. En este caso, toda esa información psíquica pasa y es acumulada en mi Inconsciente, pero esa válvula que es el Preconsciente no permite, en cambio, que información depositada con anterioridad en el Inconsciente “salte a la conciencia” al menos, por supuesto, que sea a requerimiento de mi voluntad, cuando busco un dato en mi memoria en función de mis necesidades.
    Otra de las aptitudes del conjunto de estos mecanismos es la de “protegernos” contra factores circunstanciales que, por el aspecto estresante de su irrupción en nuestra vida mental, podrían ocasionar severos perjuicios. Algunos de esos mecanismos son los siguientes:
  • Negación: es la tendencia instintiva a no aceptar determinados hechos, aun cuando las evidencias estén a nuestro alcance, en tanto nuestro Inconsciente no lo asimile lentamente.
  • Racionalización: es explicar lo desconocido en términos de lo conocido.
  • Represión: es ocultar, al extremo de no recordar, excepto en particulares situaciones detonantes, específicos traumas sufridos en momentos variados de la vida.
  • Desplazamiento: es transferir a un objeto, individuo o situación, los contenidos inherentes a otro objeto, persona o situación.
  • Sublimación: ante la insatisfacción de un deseo reemplazarlo por la acción contraria.

     Pues bien, se ha observado que cuando un individuo tiene sus mecanismos de defensa del yo débiles, ya sea por problemáticas psicológicas, falta de educación  o flexibiliza los mismos por el esfuerzo consciente y voluntario de un prolongado entrenamiento, los contenidos inconscientes, naturalmente, no encuentran tantas barreras para “salir al exterior”, siendo ésta –entre otras– la causa de disfunciones mentales como las ya referidas. Se comprende así que, en tales personas, tal como emanan esos contenidos inconscientes también puede hacerlo la Potencialidad Parapsicológica, precisamente porque, como refiriera, su situación es la del área no consciente.

     En cambio, cuando un individuo ha rigidizado esos mecanismos, moldeado por el “corset intelectual” que implica una educación académica, por escepticismo a ultranza o, sencillamente, la falta de experiencias vivenciales en este terreno, esa Potencialidad Parapsicológica no fluye con libertad. En consecuencia, todos los fenómenos susceptibles de ser producidos por la misma, encuentran el mismo obstáculo.

     Uno de esos fenómenos es el llamado “clarividencia” que se define como el conocimiento de situaciones a las cuales no tenemos acceso con los sentidos físicos. Por ejemplo, casos de clarividencia son aquellos en los que “percibimos” cuál es el contenido de un cajón cerrado con llave, o sabemos qué está ocurriendo lejos con determinada persona. Cuando la clarividencia se efectúa sobre eventos futuros, la denominamos premonición, o, más precisamente, precognición, y cuando se ejecuta sobre el pasado, recibe el nombre de postcognición o retrocognición.

     En los temas objeto de prospección radiestésica, la clarividencia se manifestaría cuando, después de un esfuerzo mental más o menos exigido, simplemente “intuímos” o “sabemos” –por vías no racionales– la respuesta buscada, sea ésta la ubicación de una napa de agua o un documento extraviado en un punto ignorado de una amplia vivienda. Así, el clarividente refiere, motivado por instancias cuya etiología le es absolutamente desconocida pero sobre cuyo significado no tiene la menor duda, en qué punto de una ciudad o un país se encuentra la persona sobre la que es interrogado o, en una prospección premonitoria, el eventual resultado de una situación que se gestará en un futuro más o menos inmediato.

     Pero quien no es clarividente natural, aun contando potencialmente con esa facultad se verá necesitado de recurrir, si le interesa trabajar en este sentido, a un mecanismo sustituto. Así se vale del péndulo, por ejemplo, cumpliéndose el siguiente mecanismo:

 a)     La clarividencia, natural pero absolutamente inconsciente del sujeto, poco más o menos simultáneamente al momento de su formulación, ya conoce la respuesta a la pregunta planteada. Pero, por ser precisamente inconsciente, el sujeto no se da cuenta –es decir, no hace conciente– ese conocimiento subliminal. Dicho de otra forma, el Inconsciente le estaría gritando la respuesta al Conciente pero éste, ubicado detrás del muro del Preconsciente, no escucha.

b)     Entonces el Inconsciente, que continúa siendo presionado por la exigencia del operador en conocer una respuesta a su pregunta, debe efectuar un rodeo, buscar un medio alternativo de expresar la información que está tratando de transmitir y para ello ordena, primero al sistema nervioso central y luego al periférico la realización de una serie de contracciones musculares, inconscientes e involuntarias, que barren el brazo del sujeto.

c)      De esta manera el brazo, a instancias del Inconsciente, imprime al péndulo su giro en uno u otro sentido que el operador observándolo interpretará como respuestas.

Esquema de funcionamiento del péndulo según la explicación

Esquema de funcionamiento del péndulo según la explicación

  Si no se ha prestado debida atención a los procesos descriptos, se puede caer en el error de preguntar: “…si de una u otra forma es uno mismo quien da movimiento al péndulo, ¿qué valor puede tener la respuesta?…”. Pues, precisamente, el valor que le da el hecho de un origen inconsciente y, como tal, alimentado en la propia Potencialidad Parapsicológica. En última instancia, seamos pragmáticos: poco importa en realidad si el péndulo se mueve por nuestra fuerza inconsciente o porque algún fantasmita burlón lo agita, mientras sus respuestas sirvan para respondernos cuestiones que consideramos fundamentales.

Nota de la Dirección: mayor información en "El correcto uso del péndulo y la pirámide", libro de nuestro Director, editado por Siete Llaves Argentina, 1999, y que puede solicitarse escribiéndonos, así como este tema es ampliamente desarrollado –con ejercicios prácticos elementales y avanzados– en nuestro curso "Profesorado en Parapsicología aplicada"

Nota de la Dirección: mayor información en "El correcto uso del péndulo y la pirámide", libro de nuestro Director, editado por Siete Llaves Argentina, 1999, y que puede solicitarse escribiéndonos, así como este tema es ampliamente desarrollado –con ejercicios prácticos elementales y avanzados– en nuestro curso "Profesorado en Parapsicología aplicada"

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Podcast AFR Nº 78: Psicología Junguiana

Posted by Quique Marzo en 01-08-2011

Para escuchar, descargar y suscribirse al feed, pase por nuestro canal en iVoox. (Clic en la imagen)¿Quién fue Carl Gustav Jung? ¿Qué aportes hizo a la ciencia para comprender las paraciencias?

Con la conducción de Gustavo Fernández.

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UNA APROXIMACION ALTERNATIVA A LAS PROFECIAS DE NOSTRADAMUS

Posted by Gustavo Fernández en 07-03-2011

Desde hace décadas, quizás centurias, se busca afanosamente interpretar y reinterpretar las cuartetas del célebre astrólogo francés. Por cierto, no será éste el espacio destinado ni a repasar su obra ni las vicisitudes de su vida, proceso sólo apto para llenar renglones y que puede ser fácilmente suplido por cualquier enciclopedia virtual o no.

El punto es que abuso de la oportunidad para volcar una idea, peregrina seguramente, no en el sentido de errática sino consecuencia de viajar (la idea) y nutrirse por los complejos territorios de mis experiencias y aprendizajes, territorio que aún espera su mapa.

En sus “Centurias”, el vidente de Saint – Rémy escribe en alegorías y metáforas que, para algunos exégetas, son lo suficientemente ambiguas como para ser interpretadas de cualquier forma, y de allí devendría -según esa crítica- su “infalibilidad”, no más que un test Roscharch de la historia donde cada uno ve lo que quiere ver. Intuyo, sin embargo, un significado más profundo, y que es éste: Nostradamus acude a construcciones simbólicas, imágenes arquetípicas. Ahórreme otro, sin duda más versado que yo, una larga lista de enunciaciones: reyes y pájaros de fuego, diluvios ácidos y oscuridades repentinas no son más que expresiones verbales de símbolos arquetípicos del Inconsciente Colectivo. Allí están la Sombra, el Sabio, el Rey, la Torre, la Muerte, la Resurrección. Leer a Nostradamus remite, inevitablemente, a preguntarse si no podrìamos, por ejemplo, expresar esas cuartetas también en disposiciones más o menos complejas de los arcanos del Tarot.
Es aquí cuando desde algunos de esos remotos y no bien explorados rincones del territorio de mi mente, donde el mapa de los razonamientos queda en blanco y el dibujante vuelca dragones y otros monstruos, llega el eco de una vieja ensoñaciòn. Pasan los fantasmas de Shakespeare, de Borges, de Cortázar y me digo que cada monarca de la literatura es apenas el testaferro del inconsciente colectivo. En los tigres de Borges está el jaguar de las cosmogonías amerindias. En sus espejos, el Tezcatlipoca, el espejo de obsidiana humeado, de los mexikas. ¿Y qué decir de sus laberintos?. El Minotauro y la tumba del emperador Chin no le serían desconocidos a los miedos profundos del Hombre de la Esquina Rosada.
Así, en la hermeticidad de Nostradamus duerme otra interpretaciòn, muy de la mano del impacto cultural que su magro esfuerzo en esas épocas oscuras debería haber tenido: la riqueza de sus símbolos devela la percepciòn, no del futuro -como “Línea de tiempo”, como destino ineluctible- sino de lo que bulle y fermenta bajo la capa de la conciencia humana expresada en los hechos históricos. Entonces, las trae a la luz de la conciencia (de su conciencia que es cima de una minúscula isla de la especie pero que como todas ellas, hunde firmemente sus bases en un único estrato comun, universal y atemporal), las ordena, las sistematiza, las expresa. Les pone palabras, les da aliento vital. Y si “dios dijo”, y fue la luz, y si cada acto microcósmico es eco correspondiente de lo Macrocósmico, cualesquiera que tome el nigredo alquímico del inconsciente colectivo y lo queme y lo sublime y lo macere y lo vuelva a quemar el número necesario de veces dará vida a su propio huevo filosofal. Entonces, la Magna Obra de Nostradamus no es anticipar los hechos. Fue cristalizar un espejo en su atanor literario donde todos los terrores y miserias de la especie se vean reflejados. Por ello, cualesquiera, todas y cada una de las interpretaciones que se les de a sus versos será correcta, porque en la parte del todo se refleja el Todo. No escribió, insisto, con ínfulas premonitorias: lo hizo para abrir las puertas de nuestra percepciòn y llevarnos a formularnos preguntas. Si, como masa crítica, esas preguntas tienen más que ver con la postura sometida y determinista de querer “ver el futuro” para gozarlo o padecerlo o la actitud redentora de elegir (porque sólo se puede elegir cuando primero se conocen las opciones), está en cada uno, en cada una.

He hecho un ejercicio, que me ha fascinado. Todos, creo, hemos oído hablar del I Ching. Muchos, supongo, lo empleamos. Ya saben: determinamos, por el método que fuere, una sentencia, un dictamen, producto de un hexagrama. Pensamos en nuestro objetivo, o nuestro problema. Y leemos esas líneas que parecen poéticamente oscuras, aplicándolas a nuestro devenir personal. Va de suyo que de nada sirve que “otro” nos las interprete, pues eso sería la respuesta que esa persona tendría para “sus” problemas. Sólo nuestra propia lectura sirve, porque el efecto del I Ching no es “decir el futuro” (se advertirá ya el paralelismo que trato de proponer) sino buscar la concurrencia, la aproximaciòn entre lo que conscientemente quiero y lo que inconscientemente me permito.
Y es aquí donde llamo la atenciòn de mis lectores. Hemos leído las “Centurias” convencidos que anticipaban hechos sociales, continentales, mundiales. Quizás, como quizás deberíamos preguntarnos qué lectura haríamos de aplicar el Libro de los Cambios no a la vida personal sino en un orden colectivo. El ejercicio, la propuesta es, con el sistema que deseen, apliquen las cuartetas a sus propias instancias personales…
Y éste es el punto donde es prudente dejar de escribir. De poco sirve poner en palabras lo que debe ser vivido.

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LA EXPERIENCIA DE ABDUCCIÓN “EXTRATERRESTRE” COMO INICIACIÓN ESOTÉRICA (1)

Posted by Gustavo Fernández en 27-10-2009

La irrealidad de una fantasía no es enteramente tan absoluta como por lo general suponemos: si nuestra conducta, por ejemplo, es afectada por nuestro deseo fantástico de ganar el afecto de la persona amada, si modifica nuestra vida y tal vez afecta todo el curso de nuestras carreras, ¿podremos decir sensatamente que fue una causa irreal la que produjo estos efectos por demás reales? (tomado de Hillary Evans)

A lo largo de numerosos artículos y diversos ensayos, he venido proponiendo –ignoro con qué suerte- una nueva óptica de abordaje respecto de las causas tras el fenómeno OVNI; un abordaje equidistante de la interpretación materialista alienígena como de la psicologista que entiende estos fenómenos como subproductos alucinatorios de carencias o represiones emocionales. Una óptica que –resumo- entiende la presencia de una inteligencia exterior y ajena al testigo, pero que por razones que no abundaremos aquí (ya que ameritan un estudio por sí mismas) se disfraza, dramatiza y representa una puesta en escena de naves, astronautas, escalerillas, controles luminosos, camillas de quirófano, botas y cinturones fosforescentes, en fin, tuercas y tornillos. Una óptica que entiende que, sea esa inteligencia o inteligencias sencillamente extraterrestre o complicadamente extradimensional (cualquier cosa que fuere lo que entendamos por este término) “construye” situaciones no “reales” en sí mismas en el sentido de causa y efecto, sino verdaderas teatralizaciones enteléquicas, donde el episodio tiene otras razones de ser que aquellas que se le adjudican.

Un automovilista avanza en total soledad por una carretera de madrugada. Es sólo oscuridad y silencio, paz y quietud lo que lo rodea en una noche donde, quizás, él es el único motorista que ha pasado por allí. De pronto, de un costado de la ruta emana un poderosísimo haz luminoso y el hombre, estupefacto, ve de entre un bosquecillo elevarse, hasta entonces inadvertido, un destellante OVNI multicolor que en potentísimo despliegue acelera y se pierde en lontananza. Los ovnílogos conocemos un sinnúmero de casos de este tenor, y estoy seguro que cada uno que esté leyendo estas líneas no ha podido evitar el acto reflejo de asociarlo con algún episodio específico de su conocimiento. Y todo parece tan simple: una nave extraterrestre ha sido “casualmente” observada en su despegue por un circunstancial viandante. Tan sencillo como eso. O no. Porque, para molestar, se me ocurre una pregunta: ¿porqué tuvo el OVNI que despegar justo cuando pasaba el único automovilista de esa madrugada?. De haberlo querido, el despegar unos minutos antes o después lo hubiera mantenido en el anonimato (lo que, por otra parte y si uno se atiene a las periódicas “declaraciones” de estos pretendidos extraterrestres, o la propia historicidad del fenómeno, es lo que se reivindica permanentemente). Pero no. Es como si la inteligencia detrás del OVNI hubiera estado esperando ese momento. Como si lo hubiera hecho con toda intención de ser visto por ese solitario y desprevenido testigo. Pero sólo por un testigo. O bien, también en horario fuera de lo común, dos amas de casa de un suburbio ven descender con movimientos erráticos un OVNI junto al cual, segundos después, se posa otro. De ambos sale un grupo más o menos numeroso de aparentes tripulantes que se dedican, afanosa y ostensiblemente, a “reparar” al primero de los objetos, o por lo menos eso es lo que parece ser la naturaleza de sus actos. Manipulan objetos con aspecto de herramientas bajo y sobre la nave, acarrean cajas de variado tamaño de uno a otro lado, incluso, ¡oh, bizarro anacronismo!, la rutilante luminosidad de… puntos de soldadura es arrancada de su superficie. Hasta aquí, todo parecería absolutamente previsible, esperable y dentro de lo atípico de la circunstancia, “normal”. Pero sólo si no nos hacemos ciertas incómodas preguntas. Por ejemplo: ¿Porqué siempre resulta exitosa en tiempo y forma la reparación? (Alguien dirá que las historias de “OVNIs estrellados” demuestran que “no siempre” terminan satisfactoriamente; pero precisamente a eso me remito. O se estrellan, o salen airosos de la “panne”). ¿Porqué no queda ningún resto material de semejante bricolage?. Y, lo más importante, ¿porqué siempre la reparación termina justo a tiempo?. A tiempo antes del inminente amanecer; a tiempo antes que pase el primer bus de la mañana, a tiempo antes que el policía de ronda, la patrulla de caminos o el guardia privado acierte a pasar por el lugar. En suma, justo a tiempo antes que aparezcan otros testigos.

De lo que queremos hablar, es que la experiencia OVNI tiene, indudablemente, un componente físico: el OVNI (o lo que sea que opera detrás de él) existe, deja huellas en el terreno, altera motores, deja “blips” en las pantallas de radar. Pero sus manifestaciones, por un proceso que lentamente trataremos de ir desentrañando, tiene su realidad psicológica también. Pero una realidad psicológica que trasciende el ideario imaginativo como única causación. Dicho de otra forma; si bien sería muy sencillo explicar estas manifestaciones como de carácter alucinatorio simplemente (y, si se me permite la petición de principio, parto del supuesto que hemos previamente eliminado los posibles casos de fraude), existen ciertas preguntas que debemos hacernos, y que demuestran que, si bien la explicación psicologista resulta a priori culturalmente satisfactoria, es sólo el producto de un paradigma, y si parece satisfacer con prontitud el deseo de respuesta es sólo porque constituye una explicación coherente más, pero no la única. O no tan coherente, en tanto y en cuanto no responda a esos interrogantes fundamentales. Por ejemplo, la afirmación extendida de que ciertos autodenominados “testigos de encuentros cercanos” dramatizan un episodio de alucinación a partir del material que en el Inconsciente anida relacionado con ello (películas, relatos de diarios y revistas) es sólo digerible cuando sabemos que el sujeto acumula cierto bagaje informativo sobre el particular. Pero, ¿dónde deja eso a los miles de testigos analfabetos, marginales de la cultura que jamás han visto una película y menos sobre extraterrestres?. ¿Qué pasa con las descripciones cuando provienen, no sólo de avispados cosmopolitas, sino de trashumantes saharianos, bantúes, aldeanos del altiplano, indígenas chachapoias?. ¿Cuál sería en estos casos el “fundamento cultural” de sus percepciones?. Y, más aún, ¿qué pasa con los primeros testigos de los primeros tiempos, cualquiera que éstos hayan sido?.

Seguramente algún lector echará mano aquí al argumento del Inconsciente Colectivo, como gigantesca y atemporal “base de datos” de la humanidad y de cuyos arquetipos (estructuras eidéticas primarias) se alimentan todas las mitologías y, dirán nuestros detractores, lógicamente también la saga de los OVNI. Cuando Jung expresó la idea de que el OVNI, con su forma circular, era un “mandala”, símbolo de la totalidad, el reencuentro con sí mismo, abrió las compuertas a un aluvión de reduccionistas y simplistas: para ellos y desde entonces, el OVNI fue sólo la expresión inconsciente de la angustia existencial. Luego cerraron filas los freudianos, con su hipótesis de que los OVNIs con forma de cigarro eran… símbolos fálicos, emergentes de las carencias o represiones sexuales de la gente. No nos han dicho qué hacer con los OVNIs cúbicos, pentagonales, triangulares, pero no creo que haya problema: como ciertos psicólogos son capaces de explicar cualquier cosa, no dudo que no tardarán en construir una remanida estructura dialéctica a la que denominarán “explicación”.

Pero no nos alejemos del concepto de Inconsciente Colectivo y su arquetipo, el mandala. Sólo que creo que se trata de un excelente y estimulante concepto, sí, y no podemos desecharlo: tal vez los visitantes que llegan en naves en forma oval o esférica expresen la idea de totalidad, pero reconozcamos que hay que bucear en demasía para encontrar unos pocos componentes arquetípicos en el promedio de informes sobre OVNIs y, aunque los encontráramos, son más bien abstracciones intelectuales, improbables de inspirar una experiencia emocional vívida.

Ciencia ficción y OVNIs

La explicación más sencilla de un hombre no es la de otro hombre. Hace años, el folklorólogo Bertrand Méheust “demostró” la correlación existente entre las antiguas apariciones de OVNIs de los años ’40 y ’50 y relatos de ciencia ficción de principios de siglo. Esto parecía zanjarlo todo. Sólo que quedaba un problema que Méheust sugestivamente ignora: la absoluta improbabilidad que un campesino tejano de los ’50 hubiera leído, por caso, un relato de ciencia ficción publicado en alemán –y nunca traducido- en una revista de cuarenta años antes. Recuerdo un caso belga de 1954: “Una pálida luz les permitía distinguir lo que les rodeaba, y parecía no salir de ninguna parte”, detalle que sí tiene un antecedente en la narrativa fantástica francesa… de 1908: “Sobre ellos brillaba una luz verde difusa, pero, ¿de dónde venía?. Parecía formar parte del material mismo de la habitación…”. Algunas de estas reflexiones pueden ser extendidas también al campo de la abducción. Es difícil creer que las particulares descripciones concordantes de los secuestrados en cuanto a ser coincidentes en detalles de, por ejemplo, el instrumental quirúrgico que se empleó sobre sus cuerpos respondan a un arquetípico modelo de escalpelo cósmico. La avanzada psicologista, empero, se encoge de hombros y aduce la riqueza de recursos de la imaginación humana. Citan, en su concurso, los experimentos con voluntarios hipnotizados que fueron invitados a “imaginar” el secuestro a bordo de un OVNI, y la estrecha correspondencia de sus descripciones con los relatos dados como “reales”. De allí a deducir que los abducidos lo imaginan todo, hay sólo un paso.

Pero es un paso en falso. Porque, en primer lugar, puedo invertir la carga de la prueba de los mismos psicologistas y sostener que si se presupone que los testigos de apariciones OVNI toman el material de la cultura dominante para fraguar (aunque sea involuntariamente) sus “visiones”, pues con más razón pueden hacer lo mismo los voluntarios de estas experiencias (generalmente estudiantes universitarios deseosos de ganar unos dólares, amas de casa de mediana formación interesadas en ocupar sus tiempos libres en actividades estimulantes; pero nunca atareadísimos pastores montañeses), más aún, y como los mismos expertos saben, en un nivel profundo deseosos de complacer al controlador de la experiencia. Pero el segundo detalle significativo (concluímos aquí sobre el extenso trabajo de Alvin Lawson, John De Herrera y Walter McCall, sobre el que volveremos) es que las descripciones concomitantes surgen con individuos hipnotizados, y no con los que no lo están. Al margen de que aún desconocemos casi todos los mecanismos que operan en ese eclipse de la conciencia que es la hipnosis, a la cual los mismos críticos señalan como herramienta poco fiable en la investigación ufológica, es significativo que dicha correspondencia (entre la anécdota real y el trance inducido) ocurra precisamente en ese estado. Aunque también podríamos decir, que más que construir escenas irreales con material profundamente inconsciente, estos experimentos establecen incuestionablemente la aptitud de los sujetos hipnotizados para reproducir, no a grandes rasgos sino con intrincados pormenores, argumentos a los que no habrían tenido acceso por medios convencionales. En el estado de hipnosis –y es razonable conjeturar que otros estados pueden servir igualmente bien- los sujetos parecen poder obtener acceso a material por medios que no son físicos ni sensibles, y reestructurar luego ese material sobre una base creativa y selectiva, usándola para urdir un relato dramático, a la medida de lo que se les pide.

En un trabajo anterior (“La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los OVNIs”, publicado en distintos medios, entre ellos, en el número 9 de nuestra revista digital “Al Filo de la Realidad” ) me he extendido –cosa que no haré ahora para evitar ser repetitivo- entre las correspondencias que a mi entender existían entre esas dos disciplinas. Pero para la mejor comprensión de la teoría que expondré aquí, es necesario profundizar en ciertas interrelaciones. Aquí, me detendré particularmente en dos: la indiferenciación entre observaciones de OVNIs y de otro tipo de “entidades” (marianas, demoníacas, etc.) y la “selectividad” que el fenómeno manifiesta. Autores mucho más calificados que yo (Salvador Freixedo, Jacques Vallée, entre otros) abundaron en la investigación –especialmente abrevando en fuentes históricas- de “apariciones”, generalmente interpretadas dentro de un contexto religioso, pero que expurgadas de todo matiz cultural aparecían difícilmente desglosables de muchos aspectos, a veces centrales, a veces periféricos, del fenómeno OVNI. No voy a volver aquí sobre sus pasos. Simplemente (ante el clamor de muchos que seguramente sostendrán que cuando una señora campesina que “ve”a la Virgen esto es suficiente claro y taxativo como para no confundirla con un ET) repasar ciertos conceptos, el primero de ellos no perder de vista que no se puede ser a la vez juez y parte, lo que es tanto como decir que difícilmente yo pueda juzgar con equidad y objetividad una experiencia espontánea, emotiva y estresante como es la irrupción en la vida de cualquiera de uno de estos fenómenos. Como nadie es buen observador de sí mismo, que “yo concluya” que “mi” visión es tal o cual cosa es una petición de principio respetable, pero no aceptable. Lógicamente, muchas personas simples y sinceras están convencidas que han visto a la Virgen María o a tal o cual entidad espiritual porque así la misma se presenta, lo que, en todo caso, presupone asignarle a la entidad un grado de sinceridad que no se fundamenta más que en la necesidad de satisfacer las propias expectativas.

Pero si analizamos objetivamente los hechos –y un ejemplo contundente de ello es el trabajo del investigador lusitano Joaquim Fernándes respecto de las apariciones de la Virgen de Fátima- sólo un condicionamiento preexistente –o ciertos intereses posteriores- del perceptor o de personas o instituciones de fuerte influencia sobre él –las iglesias- llevan a transformar lo visto en una entidad sacra determinada, cuando lo que generalmente se ve es simplemente una “luz”, o, en el mejor de los casos, una entidad humanoide, pero ni siquiera remotamente parecida a la hagiografía con que se les conoce. A fin de cuentas, un evento de los pocos mistéricamente aceptados por el Vaticano (las apariciones en Lourdes a Bernardette Soubirous) responde a estas características: Bernardette declara tener sus primeros encuentros con una “señora” (a la que por otra parte, describe casi como una niña) que, aunque se presenta como la “Madre de Dios”, le despiertan tanto recelo que no duda en concurrir a una de las “entrevistas” munida de un frasco de agua bendita que sorpresivamente arroja sobre la entidad. Que una niña campesina, inculta y en un medio fuertemente religioso como el que rodeaba a Bernardette sea lo suficientemente suspicaz como para dudar de que se tratara realmente de la Virgen, demuestra hasta que grado la entidad, cuando menos en su aspecto –si no en sus palabras- dista de responder a los modelos clásicos del género. Así, los sacerdotes estimulan (abierta o solapadamente) las revelaciones marianas, mientras prefieren ignorar centenares de miles de testimonios de manifestaciones que, por no caer bajo su égida, quedan en el limbo; sucesivos médiums espiritistas no tienen empacho en aceptar la aparición de la querida y muy finada tía Clara pero se encogen de hombros ante las descripciones de visitas alienígenas, y contemporáneos ufólogos sostienen audaces teorías cósmicas pero consideran pura y simple superstición los relatos de Garabandal o San Nicolás. Pero en realidad esta división no nace tanto del fenómeno en sí (un triángulo luminoso se mantiene suspendido en un amanecer junto a un arroyo. Dos personas lo observan: una anciana campesina que salió a revisar su gallinero y, desde la autopista, un ingeniero que pasaba en su automóvil. ¿Alguien duda que la primera contará sobre una aparición “divina” o “demoníaca” y el segundo hablará sobre un “OVNI”?) sino de la diferenciación que nosotros presuponemos. Y diferenciar presupone que cada categoría es homogénea (“todos los OVNIs tienen en común algo fundamental”) y, segundo, que esta es distinta de otras categorías (“lo que los OVNIs tienen en común es distinto de lo que las apariciones marianas tienen en común”). Y eso implicaría que conocemos bastante acerca de OVNIs y apariciones marianas como para decir cuándo una aparición es lo uno o lo otro. Y habría que ser muy, pero muy pedante, para sostener que efectivamente, sí sabemos tanto. Así que en esta aproximación, un refuerzo a la conexión entre Parapsicología y Ovnilogía radica en la muchas veces difusa línea fronteriza que separa ambos fenómenos. Pero habíamos hablado de una segunda correspondencia. Y es lo que yo llamo selectividad. Como sabemos, el fenómeno Psi, cuando ocurre, no cumple muchas de las condiciones de las energías físicas. Eso lo he descripto en otro lugar y allí quedará. Pero llamo la atención sobre el particular que no cumple el efecto “de campo”: si yo enciendo una estufa y me paro al otro lado de la sala para percibir su calor, puedo estar seguro que cualquier punto entre la estufa y mi persona también será alcanzado por el calor, mayor cuanto más próximo a la fuente emisora esté. Pero en los fenómenos extrasensoriales esto no ocurre. Yo puedo protagonizar un episodio de telepatía con el señor que está al fondo del salón sin que nadie en los puntos intermedios perciba o interfiera con lo que estamos haciendo. O puedo actuar –es un decir, claro- telekinéticamente sobre la lapicera que tengo al otro lado del escritorio sin que resulten afectados, por caso, el ratón, el teclado, el teléfono, la pila de CDs o mi pipa que están entre esa lapicera y yo. La ingeniera Carolina Grashoff me propuso una explicación “sencilla”: un mecanismo de sintonía. Así, si movemos esa lapicera y no otra, si contacto telepáticamente con ese caballero y nadie más es que por alguna razón que se me escapa, hay una afinidad, una correspondencia, diría Carolina –ingeniera al fin- una capacidad de sintonización. Pero, en definitiva, ¿una sintonización con qué?. Y así, como el dial de la radio nos permite sintonizar distintas “frecuencias” –niveles- en las cuales se expresa un mundo diferente de sonidos, creo posible que esa capacidad de “sintonización” sea con un plano, una dimensión o un orden distinto de Realidad. Otra vez, el cerebro, entonces, no produciría el fenómeno, sino que, como transductor, lo calibraría. (integro aquí este concepto al que ya he expresado en mi artículo “Memoria: el archivo del Universo”, revista “Al Filo de la Realidad” número 10) Bien, hay, de todas formas, una selectividad. Y cuando en una aparición OVNI (aunque, después de los párrafos que he escrito, sé que el lector entenderá que el mismo razonamiento puede aplicarlo a una pléyade de entidades) es percibida por ciertas personas de un grupo y no por otras, creo que se cumple un principio de selectividad similar. Aún cuando muchos crean que es más cómodo acudir a una explicación alucinatoria. Pero el punto es que más a menudo se echa mano a las alucinaciones como explicación que la probabilidad que las mismas sean las responsables, en principio, porque los cuadros alucinatorios requieren de patologías muy específicas y nunca se producen una sola vez en la vida, sino que tienen una recurrencia muy particular. Así que cuando un testigo dice estar viendo un OVNI que no es percibido por un circunstancial compañero, estamos aquí ante otra coincidencia fenomenológica entre OVNIs y Parapsicología. Mi opinión personal es que Psi y OVNIs pertenecen, con matices, al mismo ámbito. Detrás de los OVNI deduzco la presencia de una Inteligencia o Inteligencias; detrás de los fenómenos Psi no, pero sí, por el contrario, la acción multifacética de fuerzas. Creo que en ese ámbito del que estaba hablando, las fuerzas que en él operan se manifiestan en el nuestro como fenómenos Psi, y las inteligencias que en él habitan se presentan en el nuestro con la mascarada OVNI. Creo que lo que llamamos “OVNI” es un ente proteiforme que se adapta a las necesidades emocionales de quien lo percibe. Y como toda conducta demuestra la presencia de una inteligencia, y asÍ como toda conducta tiene una motivación y un objetivo, el exacerbar las necesidades emocionales de los testigos tiene que tener también su razón de ser. Pero no nos apresuremos. Ese ámbito del que he hablado lo concibo como un orden distinto de Realidad. Un plano Trascendente a aquél en que ocupamos. Y así comenzará a tener sentido el título de este trabajo.

(continuará)

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