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Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

Posts Tagged ‘Incas’

Podcast AFR Nº 164: La Saga de Rapa Nui

Posted by Quique Marzo en 29-03-2016

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Comentarios iniciales sobre la “Isla de Pascua”. ¿Qué más hay en la isla, además de los “mohais”? El “curanto”, vía de transmisión del “mana”. Los Incas llegaron a Rapa Nui. La totora, el camote y el “mataha”.
  • El mundo subterráneo de Rapa Nui. La cueva de las dos ventanas. ¿Cómo se formaban, trasladaban y montaban los “mohais”? ¿Son los “mohais” todos iguales? ¿Qué representan? Las cuatro rocas alrededor de la gran roca central. Una anécdota personal lindante con lo fantástico: el fantasma de la mujer y la cueva bajo el “ahu”.

 

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DONDE LOS INKAS LLAMABAN A LOS DIOSES

Posted by Gustavo Fernández en 25-07-2014

kenkoEn algún artículo anterior, me he referido a Q’enko, en las proximidades de Cusco, como un sitio ceremonial de terapéutica chamánica basada en ritos a la Pachamama. Recientemente he tenido oportunidad de regresar con aún más detenimiento al lugar, contrastando mis observaciones en el terreno con las tradiciones ancestrales locales. Puntualmente, pude compartir algunas conversaciones con uno de los “pacos”, maestros del saber originario que aún sobreviven perdidos en las estribaciones cordilleranas.
Isidro Callorumán es uno de ellos. “Pampa Misayoc” –que es lo mismo que decir “maestro que comunica con los

Isidro Callorumán

Isidro Callorumán

espíritus” nos acompañó parte de nuestro deambular y en lo personal comenzó a enseñarme algunas –sólo unas pocas pero complejas- técnicas de “sanación chamánica” de las que él habitualmente echa mano. No es éste el lugar de abundar sobre las mismas. Sí, por el contrario, participarles que mis inquietudes sobre la naturaleza de Q’enko se las expuse con la

Sí, ya sé que mi imaginación puede ser calenturienta. Pero junto al "trono del inka", desde donde se observa Q'enko -como se explica en el texto- este extraño afloramiento rocoso... ¿no les hace divagar pensando en los restos fosilizados de una antiquísima nave espacial caída a tierra?

Sí, ya sé que mi imaginación puede ser calenturienta. Pero junto al “trono del inka”, desde donde se observa Q’enko -como se explica en el texto- este extraño afloramiento rocoso… ¿no les hace divagar pensando en los restos fosilizados de una antiquísima nave espacial caída a tierra?

satisfacción de comprobar que, cuando menos en la tradición popular, las “leyendas” apuntan a mis mismas conclusiones. Y, como sabemos, toda leyenda oculta un dejo de verosimilitud.

Recordemos que Q’enko significa, en quechua, “laberinto”. Y de hecho los pasillos conocidos entre las peñas –se sabe que hay más bajo tierra, aún no explorados, por las mismas razones presupuestarias que el 80 % de los sitios ceremoniales de toda América no lo han sido- conforman un ambular laberíntico donde los remotos sacerdotes realizaban una caminata de tipo iniciático. Aquí no puedo menos que traer a colación la universalidad de esta práctica, consistente en caminar en determinada “actitud” para, con la cadencia del movimiento y el estado meditativo que le acompañe, nutrirse de las energías del lugar y, a la vez, “activarlo” o “despertarlo”. Ignoro aún cómo sería ese “ritmo” en Q’enko. Por comparación, citaré que en Cholula, estado de Puebla, México, donde he participado en algunas, el mecanismo consiste en que quien guía la experiencia abre la marcha –en hilera- haciendo sonar un “atekokoli” o caracola, seguido de una “sahumadora” que con copal va despejando el camino, mientras el

El "trono del inka", de frente

El “trono del inka”, de frente

resto de los participantes caminamos encolumnados, con la vista en el suelo, siguiendo la direcciòn y la cadencia de los pasos del guía, quien se desplaza en tramos rectos, en tramos ondulantes, ora acelerando el paso, ora desacelerándolo. No me extrañaría que la técnica se repitiera aquí.
Ya he señalado, también en otra oportunidad, que estoy convencido que estas culturas no solamente conocían la existencia de las redes de “energías telúricas” (Hatmann, Cathie, etc.) tal como la antigua civilización china sabía de las “venas del Dragón” (fundamental en la disciplina del Feng Shui) sino que se valieron en su provecho de las mismas, como apunté en la modificaciòn del comportamiento de las líneas Hartmann en las “canchas de pelota” de Xochicalco y Cantona o para dinamización del agua corriente en los “baños” de Netzahualcoyotl, o el “laberinto” de la catedral de Chartres, o las danzas “en caracol” de Caravaca. Por lo tanto me es obvio que la erecciòn de sitios ceremoniales tenía que ver con la prematura detección de esos “untos de poder” y las actividades que se realizaran en los mismos –cito el caso de estas caminatas- permitiría “sintonizar” esas conexiones energéticas donde, entonces, la razón de ser de la interacciòn con la Pachamama, Tonantzintlalli o Madre Tierra sería la expresión intimista y sacra de esa funcionalidad energética.

Sobre el "trono del inka"

Sobre el “trono del inka”

Pero también dimanan otras aplicaciones para Q’enko. Lo dije: uno no puede recorrer este sitio sin dejar de evocar a Samaipata, en Bolivia. El mismo tallado en canaletas zigzag en las rocas. Las fosas que como conductos corren por la superficie d elas piedras y conver4gen en grafías casi simbólicas. Es fácil imaginar esas anfructuosidades artificiales rellenadas con grasa y aceite y, en las noches, encendidas con fuego, con jeroglíficos mensajes hacia lo Alto.

Ese empíreo Alto de los Dioses. Que eran demasiado “humanos”. Cuando algunos nos acusan de “facilismo intelectual” (al reducir el panteón metafísico de dioses ancestrales a visitas y contactos extraterrestres) se les escapa algunas consideraciones que, por prolijidad, enumeraré aquí:

– Se trata de “dioses” que necesitan comer, beber, tener lugares especiales y reservados para descansar. Incluso, se les ofrece el comercio carnal con humanos.

– Si algo caracteriza a una Deidad es su don de ubicuidad. Si tiene que ir de aquí a allá, simplemente, lo hace en un instante. Pero los dioses inkas, como los sumerios, los

Desde el "trono del inka", en Sacsajhuaman, Q'enko a la distancia

Desde el “trono del inka”, en Sacsajhuaman, Q’enko a la distancia

egipcios, los mixtecas, necesitan un tiempo dado –y no breve en ocasiones- para trasladarse. Los de aquí –“dioses civilizadores” como, por caso, Wiracocha- demoraban “un día” en dirigirse de Cusco a la costa del Pacífico. Eso habla de entidades físicas que se mueven en tres dimensiones.

– Por consiguiente, esas entidades literalmente “descienden del cielo”. Una deidad, con todos sus atributos, se te aparece a tu lado. Pero éstos, no. Van, de un punto “x” (“en lo Alto”) a un punto “z” (Aquí Abajo”). Wiracocha, recuerden, se va en balsa hacia la Polinesia al final de su paso por la regiòn.

– Los inkas hacían severo distingo entre los “Dioses Constructores del Universo” (Inti, Quilla) y los “dioses civilizadores” (el caso de Wiracocha, Tunupa, etc). Los atributos humanos los tenían los segundos, nunca los primeros, lo que pone de manifiesto que no se trata de una mera proyecciòn de la naturaleza humana a consecuencia de algún primitivismo en sus abstracciones teológicas (difícil de admitir, por otra parte, para cualquiera que se haya tomado el trabajo de conocer en profundidad la genialidad de la civilización inkaica) ya que, de ser así, no se señalaría esa distinción tan marcada. Y a propósito de Wiracocha: observen esta imagen del “dios” (actualmente en el Museo deArte América en Madrid), de época, donde se le muestra, tan “humano”.

Episódicamente, se enviaban mensajes a lo Alto desde Q’enko, por el método ya descripto. Y en esas ocasiones, ni el Inka podía estar presente. Debía contentarse con observar desde un kilómetro de distancia, más precisamente desde frente a las murallas de Sacsajhuaman, donde aún existe el “trono del inka” en el que, sentado, quizás alguno de ellos fue testigo de una nueva visita de los dioses. O quizás esperaron en vano un regreso que nunca fue. Sentado en él, yo también he meditado sobre esto, mirando hacia Q’enko…

Una recorrida visual por Q’enko, haciendo click aquí

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Podcast AFR Nº 106: Conferencia: “Mayas, Incas y Aztecas y el 21-12-2012”

Posted by Quique Marzo en 07-12-2012

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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Fruto de sus reiteradas investigaciones en México y Perú, Gustavo Fernández nos presenta aquí las respuestas a grandes preguntas:

¿Qué pasará el 21/12/2012? ¿Cuáles son los secretos que Mayas, Incas y Aztecas codificaron en sus templos, monumentos y códices para esta Humanidad? ¿Legaron instrucciones para mejorar la calidad de nuestra vida cotidiana, material, afectiva, intelectual y espiritual? ¿Cuál fue la fuente de sus fantásticos conocimientos?

Dictada por Gustavo Fernández en el Museo Histórico Martiniano Leguizamón de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina, el 16-11-2012.

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Disponible también en video (con ilustraciones):

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Video de la conferencia “Mayas, Aztecas, Incas y el 21 de diciembre de 2012”

Posted by Quique Marzo en 04-12-2012

Organizada por el Kalpulli y Temazcal “Casa del Cóndor” y “Al Filo de la Realidad” y tal como es de público conociomiento, el viernes 16 de noviembre realizamos el evento del título en instalaciones del Museo Histórico “Martiniano Leguizamón” de la ciudad de Paraná. En esa ocasión grabamos la misma, para ponerla a disposición del enorme número de amigas y amigos de todo el mundo potencialmente interesados. Si bien el audio no es óptimo -teniendo de fondo, incluso, el sonido retumbante de una manifestación política que se instaló en las cercanías del lugar- elegimos subirlo porque puede ser de valor documental para algunos. Esperamos la disfruten y gusten compartir

>> Si preferís sólo escuchar el audio

(aunque te perdés de las ilustraciones de la conferencia)

podés escuchar o descargar el podcast. <<

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Podcast AFR Nº 104: La civilización perdida de Caral y otros misterios del pasado sudamericano

Posted by Quique Marzo en 27-10-2012

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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Reflexiones iniciales.

Caral, una civilización desconocida con… ¡6.000 años de
antigüedad! Los Incas: ¿Tuvieron acceso a conocimientos extraterrestres?
Ollantaytambo. Sacsayhuamán. Tiahuanaco.

Los arqueólogos, soberbios, que enderezan las piedras porque… ¡deben ir de
cierta manera!

Como siempre, con la conducción de Gustavo Fernández.

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Gustavo Fernández en Caral

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Podcast AFR Nº 102: Monsanto y el Nuevo Orden Mundial

Posted by Quique Marzo en 16-09-2012

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En esta ocasión, les traemos un podcast de hora y media, con dos temas:

En la primera parte, y a pedido de los podescuchas, una charla sobre Los Cultos a la Madre Tierra.

En la segunda, el tema principal: Monsanto y el Nuevo Orden Mundial.

Para más detalles, los invitamos a ver las etiquetas de esta entrada.

Como siempre, con la conducción de Gustavo Fernández.

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SAMAIPATA: El místico paraíso perdido

Posted by Gustavo Fernández en 13-06-2010

Bajé del taxi que desde Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) me llevó a ese pequeño y mágico pueblo perdido en la sierra que es Samaipata, cubierto de polvo y con las articulaciones destrozadas. Era casi una constante en los viajes por la maravillosa geografía boliviana, donde conductores alegremente irresponsables hacen trucos y malabarismos con unidades dudosas que generalmente (claro que no siempre) les salen bien. Empero, el cansancio y desgaste bien valdría la pena si el objetivo era llegar a un místico paraíso perdido casi miltoniano.

En este lugar se encuentran las que se conocen como “ruinas de El Fuerte”, que de ruinas tienen poco y de Fuerte, nada. Mas bien, un centro ceremonial sobre el cual especularé mucho.

"El Fuerte"

"El Fuerte"

Quiero contarles, aunque parezca mesiánico, una “revelación” que tuve mientras deambulaba entre selva y cerro. Un sentido que hace encajar, a mi criterio, este desvelo del academicismo en la pesadilla de la historia oficial. Un lugar al que se supone “centro ceremonial” que es como decir poco.

Uno se detiene, lo observa, piensa que en cualquier otro momento si no fuera por las tardías modificaciones incaicas –que le agregaron hornacinas, viviendas, etc.– podría haber pasado como una “rareza geológica”, si no fueran los propios arqueólogos oficiales los que garantizan que es artificial. La revelación fue una palabra. Una palabra que remite a un lugar a 24º27′ de latitud Norte, estando El Fuerte a 18º30′ Sur, una diferencia mínima. Un lugar cuyo significado se nos escapa y que se suponía, creo que más en virtud de su localización que de su naturaleza, quizás natural, quizás artificial. La “revelación” fue preguntarme qué pensaríamos de ese lugar remoto si estuviera en la superficie y El Fuerte, bajo el agua.

Porque la palabra es Yonaguni.

Las preguntas sumergidas

La isla de Yonaguni pertenece al archipiélago japonés de Ryu Kyu. Bajo las aguas que la rodean se descubrieron en 1986 lo que algunos dicen que son las ruinas de una antigua civilización y otros creen que se trata solamente de formaciones naturales. El debate sobre su artificialidad (o no) no acabará aquí, aunque en honor a la sinceridad conste que para este autor, seguramente más por creencia que por evidencia (que es escasa y, por ahora, fuera de mi alcance de evaluación “in situ”) son obra de manos, vaya a saberse si humanas. En cuanto al enigma de Samaipata -del cual el insigne estudioso argentino Dick Edgar Ibarra Grasso no dudó en calificar obra de la cultura “mojocoya”, una aún más ignota cultura amazónica que al extenderse hacia los Andes la habría erigido como centro ceremonial- las preguntas sobre su origen -no su naturaleza, que nadie discute artificial- son de similar hondura.

Yonaguni

Yonaguni

A primer golpe de vista, es fácil distinguir tres períodos, tres culturas: la tardía incaica, a partir del 1.400 DC (fácilmente deducible tanto por el horizonte cultural como por los estudios de radiocarbono sobre los muros cementados con adobe), la que yo llamo la Era Petroglífica, anterior, quizás sí Mojocoya (circa año 0 de nuestra era), evidente en las hornacinas, pedestales, etc., y la primera, indeterminada en su dataciòn, que me permitirán llamar Era de los Macroformadores, aquella en que se le ha dado a la masa pétrea, de 220 metros de largo por sesenta de ancho, su particular aspecto escalonado, con terrazas, cisternas, canales y “acueductos”.

Otra vista de Yonaguni

Otra vista de Yonaguni

Objetos de atención

Obsérvese en la siguiente foto, por ejemplo, las acanaladuras rectas a los lados y en grecas zigzagueantes al centro, que tengo que reproducir de una lámina explicativa porque su ubicaciòn, al tope del morro y la imposibilidad por los vallados de acceder a las mismas me impedían un vista directa. Los arqueólogos definen a unas y otras como “acueductos”. “Acueductos” que no van a ninguna parte y que, como se sabe, resultan más sencillos de hacer en forma zigzagueante que recta. Propongo otra idea: imagínenlos rellenos de sebo y, en las noches, encendidos, para enviar simbólicos mensajes a los dioses…

Acanaladuras

Acanaladuras

Hubiera sido interesante poder recorrer, péndulo en mano, las anfractuosidades del cerro. Pero, como ya escribí, no se permite acceder al mismo. Desde las proximidades, empero, es fácil detectar líneas de energía telúrica que emanan del mismo. Rectas, delgadas, se sitúan al final de la proyecciòn de los “canales”, y no pude menos que recordar el “sendero de la serpiente” que en la cancha de pelota de Xochicalco supe observar hace un par de años.

"Cabeza del inca"

"Cabeza del inca"

Antes de arribar al lugar (de hecho, el más gigantesco petroglifo del mundo), a la derecha del camino de ascenso, una llamativa y gigantesca formaciòn pétrea conocida como “Cabeza del Inca”. El argumento instalado es que es de formación natural. Tengo mis dudas.

Algo que me llamó poderosamente la atenciòn. A todo alrededor de la masa pétrea, se encuentran unos ventiletes -aparentemente- rectangulares, que penetran rectos en la roca. Si “El Fuerte” es, como se dice, una gran roca tallada, maciza, ¿para qué esos “respiraderos” si no fuera porque quizás en el interior duerme el sueño de los siglos una cámara subterránea?

¿"Respiraderos" o "desagües" en la roca maciza?

¿"Respiraderos" o "desagües" en la roca maciza?

Y los relatos.

Relatos que hablan de dioses que en el pasado descendieron una noche de las estrellas para dar sus enseñanzas a los “chañé”, otra etnia a la que se supone responsable, si bien su grado conocido de elementaridad parecen desmentir esto. A los Mojocoyas, si se sostiene la teoría de Ibarra Grasso, se les supone también responsables de extrañas cuadrículas de hábitat y cultivos que se han detectado por aerofotografías en plena selva, unidas por rectilíneas carreteras de taludes elevados. Acoto aquí que guías del lugar me han comentado que hasta no hace muchos años, en el Beni y lo que se conoce como Chaco boliviano, existían todavía las “calzadas de los indios”, obra inteligente si lo hay. Para cruzar largas extensiones de selva, despejaban primero el terreno mediante la tala y el fuego, despejando trochas de hasta cuatro metros de ancho que atravesaban como una flecha la selva. Dado que la misma recupera en pocas semanas -si no días- esos espacios, sembraban un tipo de pastizal duro, bravío, que crecía muy lentamente y cuya naturaleza ahogaba y devoraba toda otra planta que trataba de avanzar en su espacio, con lo cual quedaban delimitadas así verdaderas “avenidas” en el monte tapizadas por un pasto corto y transitable que duraba décadas en excelentes condiciones. Así, “El Fuerte” sería a la vez lugar de encuentro cósmico primero, punto de contacto después y a través de los milenios, finalmente lugar devocional cuando se fueron perdiendo los recuerdos primigenios de ese contacto. Insistiendo a los locales, se arriesgan a situar ese momento en entre cinco y seis mil años atrás, lo que nos ubica en algún punto entre el 4.000 y 3.000 AC, momento sugestivo ya que en ese entonces hubo en todo el planeta una “explosiòn” de cultura y avance tecnológico, de Asia a América.

Hornacinas

Hornacinas.

La Chinkana

A tiro de piedra de la gran roca se abre en la tierra, ya en el monte cerrado, un orificio perfectamente circular, de cinto treinta centímetros de diámetro. ¿Profundidad?. Hoy, ocho metros, aunque en la década del ’40 se había censado 36 metros. Si bien algunos opinan que no era más que un “pozo de agua”, lo cierto es que otros sostienen que se desarrollaba luego en espiral en direcciòn al gigantesco petroglifo. Hice un rápido cálculo. Si la sedimentaciòn natural rellenó 28 metros en 60 años, y suponiéndole al lugar un cálculo conservador de 2.000 años -presumiendo de origen mojocoya-, un estimado promedio diría que en tiempos de Cristo la profundidad del mismo debería ser de imposibles 933 metros. Eso, si les considera en forma perpendicular. Si el pozo era mucho más corto y “lógico”, digamos, cuarenta metros -la profundidad estándar de un artesiano, si bien en el lugar y a esa altura las napas están aún mucho más profundas, pero considerando lo que podía un pueblo “primitivo” excavar- no se entiende como en dos milenios sólo se ciegan tantos metros aproximados como en las últimas cuatro décadas. Pero si suponemos el laberinto de marras, la cosa es perfectamente posible, toda vez que al cambiar su ángulo y continuar más o menos paralelo a la superficie, el rellenado por sedimentaciòn es necesariamente más lento. Así, bastarían quizás unos doscientos metros para cegarse en dos milenios, una extensiòn perfectamente factible aún para un pueblo pobre de conocimientos y tecnología. Mucho más sencillo, aún, para los desconocidos hacedores del  lugar

La boca de la chinkana

La boca de la chinkana

¿Y cuál sería su finalidad?. Quién sabe… El concepto de “chinkana” -lo veremos pronto- es omnipresente en la tradiciòn quechua y aymara. El recuerdo de ignotos espacios subterráneos, también. Remito, en este sentido, a los excelentes trabajos de mi amiga Débora Goldstern en su blog Crónica Subterránea.

Otra vista del acceso a la chinkana

Otra vista del acceso a la chinkana

Vuelvo a la “revelación”. Claro que ya conocía de Yonaguni. Así que, seguro (¿seguro?) fue sólo una trampa de mi inconsciente. Estaba de pie en el mirador más elevado, segundos después de tomar la foto que ilustra a continuaciòn, cuando creí escuchar esa voz. Estaba solo. Y desde atrás y a la izquierda -o al menos, eso me pareció- esa voz, que recuerdo femenina, lo dijo. “Yonaguni”. Giré y obvio, no había nadie allí. Así que sin duda (¿sin duda?) fue una dramatizaciòn de mi imaginativo inconsciente. Pero no sé que me hizo respingar más, si creer escuchar una voz o el golpe intelectual que ocupó mi mente al comparar, eidéticamente, las fotos tantas veces vista del misterio japonés con este lugar. Lo dicho: si Samaipata estuviera bajo aguas´, sin hornacinas y glifos, sólo por el ciclópeo trabajo de los Macroformadores, todavía discutiríamos si es artificial o natural. Si Yonaguni estuviera sobre una cumbre cualquiera, sin duda ya la asumiríamos como obra humana.

La foto tomada segundos antes...

La foto tomada segundos antes...

Dos misterios concordantes. Dos piezas de un gigantesco rompecabezas que intuímos pero cuyas dimensiones -y significado cabal- aún ignoramos. Pero, cuando menos, estas dos piezas encajan claramente entre sí.

Tardías construcciones incaicas frente al cerro

Tardías construcciones incaicas frente al cerro

"El Templo"

"El Templo"

Más restos incaicos

Más restos incaicos

Vea la secuencia completa de fotos de Samaipata en nuestra galería en Flickr

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EXISTEN PIRÁMIDES EN ARGENTINA

Posted by Gustavo Fernández en 25-04-2010

Las ásperas sogas ya mordían las carnes de mis muñecas y tobillos cuando traté de apoyar mejor mi espalda sobre la húmeda y extrañamente rojiza piedra. Acalambrado, sudoroso y con miedo, luché inútilmente una vez más, tratando de escapar de los nudos que me mantenían maniatado, antes de que el sol del amanecer asomara por entre los picos gemelos del oeste.
Sentía, más que escuchaba, la opresiva presencia de la multitud, expectante y festiva, aglomerada al pie de la escalinata de piedra y veinte metros por debajo del altar. El sol apareció entonces, y un rugido del pueblo recibió su presencia. Con la sangre golpeándome las sienes, tironeé una y otra vez mis ataduras mientras la sombra del sacerdote sacrificador, con el “tumi” –el cuchillo ceremonial de hoja filosa, semicircular– levantado en la diestra, ya caía sobre mi pecho. Sus ojos, febriles de “cebil”, la sagrada planta alucinógena, buscaban mi corazón para propiciar a Pachamama, la diosa de la fertilidad. Y con la velocidad del rayo descargó el golpe sobre mi cuerpo, mientras mi terror se fundía con el último grito.
Fue el grito –creo que no otra cosa– lo que me despertó, sentado en la bolsa de dormir y la frente y las manos perladas de sudor. Temblando, humedecí mi boca con un sorbo de agua de la caramañola y me incliné para abrir la entrada de la carpa. Afuera, la luna brillaba fantasmal sobre el ruinoso y desierto centro ceremonial indígena, en ese pequeño valle perdido entre montañas al noroeste de la provincia argentina de Catamarca, donde había acampado. El sueño –gracias a Dios, sólo se trataba de eso– había sido necesaria consecuencia de las sorpresas de las últimas horas: descubrir que en nuestro país, pirámides, prácticas con plantas enteógenas y portales a estados alterados de conciencia, también eran parte de nuestra historia. La pesadilla del sacrificio, claro, sólo el detritus de la (mala) educaciòn escolar.
¿Hubo una “civilización de las pirámides” sobre el planeta?

Cuando uno habla de pirámides, inexcusablemente se piensa en Egipto o en México que son, cuanto menos turísticamente, las conocidas por el común de la gente. Pero a poco de andar en estos temas, uno encuentra con sorpresa que pirámides –ciertamente, de distintas alturas y complejidades– las hubo sobre toda la faz del planeta: China, Perú, Tailandia, Islas Canarias, Mongolia, Zimbabwe… Incluso, se afirma que al norte del Brasil, en las espesuras vírgenes del Matto Grosso, observadores aéreos han divisado en medio de la selva tres gigantescas construcciones de este tipo.
El tema de las pirámides es en sí una caja de sorpresas. En contra de lo que popularmente se cree, por ejemplo, la pirámide más gigantesca no es egipcia –la de Keops– sino mexicana –la de Cholula–. Mientras que la primera tiene una altura de ciento cincuenta metros y doscientos metros de lado, su adláter americana tiene… doscientos cincuenta metros de altura y cuatrocientos cincuenta de lado. Monstruosa edificación que permitiría, prácticamente, colocar cuatro “Keops” en su interior, con el agravante de estar construída en una de las selvas más mortales del mundo.
El uso que les haya sido dado también es motivo de especulaciones. Una cosa es cierta: por lo general no fueron tumbas, el cual es otro de los mitos creados en torno a ellas. La de Keops, volviendo al caso, se llama así por –hipotéticamente y según la arqueología oficial– haber sido levantada durante el reinado de ese faraón y no por la suposición, sin mucho fundamento más allá del especulativo, de haber sido su tumba, la cual, precisamente, ha sido descubierta doscientos kilómetros más al sur. Gran biblioteca de piedra, observatorio astronómico o centro esotérico de iniciación, practicamente todas las hipótesis pueden aplicársele.
Finalmente, está el misterio –en realidad, una colección de ellos– de su ingeniería. Desde Herodoto –el así llamado “padre de la Historia”– hacia aquí, incontables generaciones de intelectuales se han devanado los sesos tratando de explicar cómo fueron hechas. Y al día de hoy, la mayoría de esas “explicaciones” siguen siendo improbables. El problema comienza cuando algún arqueólogo o historiador cree “descubrir” –yo diría “inventar”– una técnica de construcción piramidal, que parece muy simpática en el papel pero, dado que la mayoría de esos especialistas ignoran por completo física, matemática, cálculo de resistencia de materiales y un largo etcétera, sus respuestas no pasan nunca a demostrarse en la práctica.
Aquí están, éstas son

Los que desde hace años nos venimos dedicando al estudio de estos enigmas, tropezamos a veces con cosas curiosas; en mi caso, por ejemplo, advertir que en medios periodísticos desde 1989 estaba circulando la versión de que en el norte de nuestro país –más concretamente, en las localidades catamarqueñas de Santa María y Andalgalá– habrían sido descubiertas pirámides escalonadas, asociadas a centros de culto religiosos diaguitas, calchaquíes e incas y, en contra de lo que pareciera dictar el sentido común, ninguno de mis colegas se había tomado el trabajo de verificar la información. Pero mucha más sorpresa me causó comprobar la desidia, indiferencia o llámenle como quieran, de los mismos arqueólogos –o tal vez debería escribir “algunos arqueólogos”– que, conocedores de su existencia, minimizan su importancia o no incentivan a las autoridades responsables a explotar adecuadamente tales riquezas culturales de nuestra tierra.
En parte, quizás tengan razón. El turista es, casi por naturaleza, un depredador, y las visitas de contingentes con camisas floreadas, sombrillas y cámaras fotográficas a tales lugares podría acabar rápidamente con ellas (¿imaginan a cada visitante llevándose una piedrita de recuerdo?) además de dañar ecológicamente el delicado equilibrio de esos sistemas. Pero el turismo también genera ingresos que, sabiamente administrados -aunque se pone bravo este asunto con la corruptela imperante- pueden aplicarse a la preservación de esos lugares.
¿Sabían que en todo el NOA (Noroeste Argentino) hay más de trescientos (sí, 300) yacimientos arqueológicos?. ¿Sabían que en Catamarca existe una ciudadela entre las montañas que nada tiene que envidiarle al Machu Pichu peruano, excepto quizás la inteligente difusión dada a éste último?. ¿Aparece en nuestros libros de Historia que toda esa región, desde principios de nuestra era hasta la llegada –más que destructiva– de los conquistadores, fue el centro de una avanzada cultura, social, técnica y religiosamente hablando, con caminos, fortificaciones defensivas, plazas y mercados que reunían en las festividades a trescientas mil personas, hospitales públicos, médicos, funcionarios administrativos eficientes, granjas comunitarias, sistemas de riego gratuitos, observatorios astronómicos, escuelas?.
El Shincal. A la derecha, aún cubiertas las ruinas por el paso del tiempo

El Shincal. A la derecha, aún cubiertas las ruinas por el paso del tiempo

Nuestros indígenas, ciertamente, no eran “salvajes”. Y aún sus costumbres, que hoy pueden parecernos chocantes,  tienen su  explicación.   El consumo de plantas alucinógenas por ejemplo, no era un vicio social –como ocurre en nuestra orgullosa civilización– sino una práctica reservada a unos pocos hombres y mujeres preparados y en ocasiones especiales, para experimentar estados alterados de consciencia, acceder así a “otra” realidad y transformarse en portavoces de los dioses. También, la suposiciòn de prácticas aqntropofágicas tan “execrables” culturalmente hoy, pero que requieren de la apertura mental de no juzgar desde nuestro paradigma y ubicarse en el contexto de esas épocas.
El canibalismo no era simplemente la costumbre de masticarse al vecino. Se trataba de prisioneros de guerra, consagrados y tratados con sumo respeto durante un año –generalmente, caciques enemigos– a los que una vez sacrificados les eran extraídos cerebro, corazón y testículos, comidos éstos por los gobernantes. ¿La razón?. Más allá de la repugnancia que podemos sentir, seríamos injustos en no reconocer que se trataba de un verdadero homenaje al enemigo, porque lo que se buscaba era incorporar las cualidades de virilidad (testículos), coraje (corazón) e inteligencia (cerebro) del contrario. Pregunta: ¿quién es más respetuoso con el enemigo; aquellos antepasados nuestros que aún en la guerra reconocían así las virtudes del enemigo, o nosotros, en nuestras “guerras civilizadas” en que dejamos pudriéndose los cadáveres de los combatientes del otro bando y nos mofamos de ellos?.
Los grandes centros poblados de esas culturas tenían, todos, sus propios lugares de culto. Constituían agrupaciones de grandes piezas amuralladas (como las de Hualfín y Shincal) con habitaciones para los sacerdotes, despensa para los peregrinos y dormitorios, “cuartos de sudar” (una ocupación imprescindible como parte del proceso de purificación, y similares a nuestros baños sauna) oratorios y, finalmente, los “ñuñus”: pirámides escalonadas, de dos, tres y hasta cuatro niveles, construídas de tierra (similares, en ese sentido, a los “mounds” estadounidenses que imitan figuras animales de gigantescas proporciones) asentadas con lajas de piedra, de entre quince y veinte metros de altura, en la cima de las cuales se impetraba a los dioses o se sacrificaban prisioneros.
Andalgalá

Andalgalá

De una antigüedad de entre seiscientos y ochocientos años, quedan restos de ellas en las dos localidades ya citadas. Digo restos porque, a través del tiempo, fueron concienzudamente destruídas. Primero por “vasijeros” o buscadores de tesoros reales o imaginarios que las han venido excavando desde los tiempos de la conquista; luego por habitantes de la zona, puesteros y arrieros en su mayoría, que han retirado las grandes piedras que las cubrían para sus particulares necesidades dejándolas así expuestas a la acción erosionante de los vientos (que hay que verlos soplar en la región) y finalmente por algunos sacerdotes católicos celosos de su oficio que aplicaron el criterio de que destruyendo los lugares de reunión religiosa de los nativos, irían así destruyendo el corazón de sus propias creencias. Hoy en día de estos “ñuñus” o pirámides sólo sobreviven, en parte, los niveles inferiores. empero, la magnificencia de la superficie cubierta, la soledad y lo desértico del paisaje, la altura (donde hasta respirar se hace trabajoso, y cuánto más lo sería acarreando semejantes piedras) todo se conjuga para pasmar de admiración al viajero, ante la perseverancia, el tesón y la inteligencia de los aborígenes.
A modo de conclusión

reconstrucción quizás errónea

reconstrucción quizás errónea

¿Cuál es, más allá del antropológico, el verdadero valor de haber constatado la existencia de pirámides en Argentina?. Exactamente, romper con dos conceptos que parecen transpirar de los manuales escolares: que antes de la colonia y la organización política de nuestro país, estas tierras estaban sólo habitadas por indígenas primitivos, bárbaros y, si se quiere, hasta aislados culturalmente del mundo. Personalmente creo que tal concepto es uno más del imperialismo intelectual al que se ha visto reiteradamente sometida nuestra identidad; si lo aceptamos, en consecuencia todo lo que venga de afuera será mejor y si por “accidente” se pierde o destruye lo autóctono, bueno, las pérdidas no serán de lamentar.
Los “ñuñus” y sus cultos asociados demuestran otras cosas: quizás tardíamente sí, pero ya conocen aquello de “más vale tarde…”, nuestros pueblos precolombinos se integran a un intercambio de conocimientos que muchos siglos antes había comenzado en Asia, Africa, pasó luego a Mesoamérica (fíjense qué curioso; en el único lugar de Europa donde hay restos de pirámides es en las islas Canarias, según algunos investigadores vinculadas a América a través del desaparecido puente de la Atlántida) y de ahí a Sudamérica llegando a nuestras latitudes. Conocimientos que reflejaban en un tipo de construcción (las pirámides) toda una simbología común; el acceder a otras dimensiones mediante el shamanismo de la droga, el culto al tigre (el puma, asimilable al jaguar, en nuestras latitudes) y el dragón (aquí, la serpiente) algo que existe desde China hasta la Argentina primitiva, el conocimiento de que ciertos lugares geográficos en las montañas tienen una “energía especial”, una fuerza telúrica que los hace obvios puntos de concentración ceremonial: en este sentido, nos comentaba en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca el arqueólogo Nicolás de la Fuente que cerca de Ancasti él ha descubierto un centro religioso impresionante, con farallones de piedra cubiertos de miles de pinturas rupestres religiosas.
A muchos kilómetros de distancia desde donde estoy escribiendo estas líneas, y a mil metros de altura, en una pequeña meseta perdida entre montañas no lejos de Santa María, un centro ceremonial con su pirámide vuelve a dormir el sueño de milenios después de haber sido perturbado por unos pocos aventureros (como, si se quiere, es mi caso) que se atrevieron a llegar hasta allí bajo un sol achicharrante y sin una gota de agua en decenas de kilómetros a la redonda. El descubrimiento que en 1989 anunciara el historiador Rubén Quiroga, director del Museo Antropológico de Santa María, vuelve a ser cubierto por el manto del olvido. Pirámides, la experiencia psicodélica de la droga sagrada, desde el “peyote” mexicano hasta el “cebil” local, remembranzas de noches iluminadas por antorchas donde en la gran plaza un hombre con piel de jaguar y una mujer cubierta con los cueros de muchas serpientes bailan una hermética danza de guerra mitológica cuyos oscuros orígenes se pierden en la noche de los tiempos.
¿Qué significan esas “escaleras al cielo”?. ¿Qué quieren transmitirnos, aun hoy, los pocos sobrevivientes del culto al tigre y la serpiente (y no puedo dejar de pensar en los brazos quemados del “pequeño saltamontes” de la serie “Kung Fu”)?. ¿Qué puertas cósmicas habrían los alucinógenos ciertas noches del año en ciertos lugares de la montaña?. No lo sé. Sólo puedo decir que luego de varios días de caminar entre las ruinas y dormir solitario en el corazón de esos lugares, serán muchas las otras noches en que, como un mensaje cifrado llegando a través de las brumas del sueño, despertaré sintiendo la fragancisa penetrasnte del hongo psicotrópico, escuchando a la multitud, en comunión religiosa, murmurando plegarias muchos metros por debajo, y esperando el minuto último del primer rayo del sol asomando sobre el horizonte.

Posted in Arqueología Revisionista, General, Indigenismo | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | 11 Comments »

 
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