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Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

Posts Tagged ‘extraterrestre’

Podcast AFR Nº 180: Influencias sobrenaturales en la geopolítica mundial

Posted by Quique Marzo en 08-02-2017

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Explicando el contexto de lo sobrenatural. La complejidad del fenómeno trasciende a lo extraterrestre. Las creencias tras la interpretación de la realidad. Las inteligencias no humanas. Todas las organizaciones vinculadas a los Illuminati realizan prácticas esotéricas iniciáticas. Agendas centenarias nos llevan a pensar en entidades no humanas.
  • El análisis se basará en dos contextos: 1) La influencia directa y explícita sobre los hechos o los personajes que digitan la geopolítica mundial. 2) La mirada sobrenatural sobre hechos, eventos y personajes de la geopolítica mundial. Consideraciones sobre el Papa Francisco y la Iglesia Católica. La situación en Oriente Medio. El “Libro del Conocimiento”. James Hurtak y el fundamentalismo.
  • Comentarios acerca de Donald Trump, actual presidente estadounidense. Portal Cobra. La Hermandad de la Estrella. La Hermandad de la Serpiente. El reverdecer de la Teoría de la Tierra Plana y otras, como campaña de desacreditación de movimientos alternativos de cambio de conciencia. El facilismo y la verdadera evolución espiritual.

 

 

 

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Podcast AFR Nº 118: Los Annunaki y el fascismo extraterrestre

Posted by Quique Marzo en 07-07-2013

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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Nuevamente estamos con otro podcast de “Al Filo de la Realidad”. Horita y cuarto para compartir con ustedes los siguientes temas, con la esperada conducción de Gustavo Fernández:

  • Agradecimientos y respuestas a los podescuchas: ¿Por qué los supuestos ET no contactan con nosotros? ¿Son ángeles caídos? ¿Qué inteligencias son las que realmente se manifiestan? ¿Visitantes de universos paralelos? ¿Viajeros del tiempo? Paleoastronautas. Sir Simon Newcomb y la demostración de la imposibilidad de volar. Los hermanos Wright. Juntan firmas para desclasificación OVNI. Café ufológico. Curanderos y elementales.
  • Los rasgos fascistas del “Libro de Urantia”. ¿Con qué contactan los “contactados” y “canalizadores”? (ver enlace al artículo al pie). La sangre azul: ¿una referencia a los extraterrestres? Los Annunaki. El mundo mesopotámico de Zecharia Sitchin. ¿Era el oro necesario para los ETs?  Los reptilianos y los Illuminati. La extinción de los reptiles: ¿un hecho inducido? Las deformaciones craneanas y la falacia de la hipótesis de la hidrocefalia. ¿Fuimos creados los humanos por los ETs? La morfología de los ETs en décadas anteriores. Un discurso fuertemente espiritualista y con simpatías “nazionalistas”.

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Podcast AFR Nº 103: GF entrevistado en Expediente Oculto

Posted by Quique Marzo en 16-10-2012

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En esta ocasión, les traemos un podcast de hora y media, con una entrevista que le realizaran a Gustavo Fernández en “Expediente Oculto”, en su reciente visita a Perú. Aquí enunciamos algunos de los temas abordados:

  • ¿Es “real” el Fenómeno OVNI? ¿Qué es? ¿Qué entendemos por “realidad”? ¿Cuál es la naturaleza del Fenómeno OVNI? ¿Es extraterrestre o hay otras explicaciones?
  • ¿Qué piensa el común de la gente en relación al Fenómeno OVNI y a los investigadores?
  • ¿Y qué opinión le merecen los “contactados”? ¿Con qué contactan? ¿Los manipulan?
  • Comisión OVNI en Argentina: La falacia de la desclasificación.
  • Mutilaciones de Ganado: ¿Biólogos de otros planetas? En Argentina: Oleada de 2002 es diferente. Experimentos de guerra bacteriológica en Azul (Pcia.Bs.As.)
  • Caral (ciudad más antigua de América, en Perú; 5.000 años de antigüedad según método del Carbono 14). La pedantería de la Arqueología. Los sacrificios humanos.
  • Los Mayas y el 2012. No tenían profecías sino calendarios. Los cambios de conciencia.
  • Intercambios culturales en la Antigüedad.
  • ¿Por qué Gustavo Fernández hace lo que hace?

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Podcast AFR Nº 98: Mutilaciones de Ganado: A Pasos de la Verdad

Posted by Quique Marzo en 26-06-2012

En un programa de casi dos horas, Gustavo Fernández entrevista a Daniel Padilla, un investigador de campo sobre Mutilaciones de Ganado. Sus hallazgos y observaciones.

  • “Linda”: el extraordinario caso de la vaca que sobrevivió a la mutilación. ¿Dónde está el Estado? El caso de la investigación judicial en Rosario del Tala. ¿Hay mutilaciones en Argentina solamente o también las hay en otros países? ¿Aumentaron los casos de mutilaciones o aumentó la exposición mediática? ¿Qué es lo que produce las mutilaciones? ¿Es inteligente? ¿Aparece en períodos del mes o del año determinados? ¿Es un fenómeno similar al chupacabras? ¿Y qué hay de las mutilaciones humanas? ¿Por qué se mutila siempre en las mismas zonas corporales? ¿Qué opinión le merece a Daniel Padilla la actuación de la comisión oficial argentina de investigación del fenómeno ovni?
  • ¿Qué nos permite concluir hasta ahora la evidencia reunida? La opinión de Gustavo Fernández.

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Podcast AFR Nº 88: Los “Expedientes X” del Vaticano (primera parte)

Posted by Quique Marzo en 10-02-2012

Para escuchar, descargar y suscribirse al feed, pase por nuestro canal en iVoox. (Clic en la imagen)En esta primera parte, Gustavo Fernández nos introduce en algunos de los misterios que rodean al Vaticano:

  • El cronovisor.
  • Los archivos secretos.
  • La Sagrada Congregación para la Causa de los Santos.
  • La Institución de la Obra Religiosa y el Banco del Espíritu Santo.
  • La Congregación para la Doctrina de la Fe. La Santa Alianza. El Soladitum Pianum. El Rusicum.
  • La orden de los Jesuitas. Falun Dafa, Falun Gong. El Club Bilderberg.
  • El Derecho Canónico. La transmutación de la energía sexual en intelectual y espiritual.
  • La construcción de un Estado Jesuita independiente en América del Sur. El Rito Escocés masón. Los Caballeros de Colón.

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Podcast AFR Nº 83: Alerta Global Psicofónica 2011

Posted by Quique Marzo en 06-12-2011

Para escuchar, descargar y suscribirse al feed, pase por nuestro canal en iVoox. (Clic en la imagen)El 02-09-2011 se llevó a cabo la Alerta Global Psicofónica, un experimento con más de doscientos participantes alrededor del mundo. El mismo fue organizado por Martín Rey (Misterios en la Web) y Gustavo Fernández (Al Filo de la Realidad). En este podcast, el habitual conductor nos comenta sus propias conclusiones, elaborando más que interesantes reflexiones. Para empezar: ¿Con qué o quién contactamos?

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¿Qué demora el contacto con extraterrestres?

Posted by Gustavo Fernández en 17-06-2009

En homenaje al preclaro investigador sevillense Ignacio Darnaude Rojas y a su estudio titulado “Los motivos del no-contacto”, ante el cual los que abundamos en esta línea debemos honrarlo con humildad.

Enfocaré las reflexiones de este artículo hacia una cuestión que, quizás visceralmente, crea un cierto dejo de preocupación en todos quienes, por interés intelectual o simple afición, nos sentimos atraídos por la incógnita de la presencia de culturas alienígenas actuando o no en nuestro mundo. De hecho, la ausencia de un contacto (que, como bien señalan los participantes de los distintos programas de búsqueda extraterrestre, permite sostener que “la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia”) ya se trate de tripulantes de OVNIs como de respuestas a nuestros sondeos radioastronómicos, ha llevado a ciertos escépticos al extremo de afirmar que, precisamente, todo ello apunta a demostrar que nadie existe más allá de nuestras fronteras espaciales. Y sobre todo esto trata –y algo más- esta nota. En principio, es reiterativo pero necesario destacar que existen dos planos de discusión: uno, el que nuclea a los defensores de la hipótesis extraterrestre en torno a los OVNIs. Otro, para quienes sin expedirse sobre ese particular –y, en ocasiones, siendo claros refutadores de ella- en cambio piensan que sí pueden existir otras culturas alrededor de otras estrellas, imposibilitadas de contactarnos físicamente pero plausibles de detectar instrumentalmente. En lo personal –pienso que en toda mi actividad ello es manifiesto- soy un defensor del origen extraterrestre de los OVNIs. Sólo que tomo eso del “origen extraterrestre” en un contexto más amplio que el que normalmente se le asigna. Porque pienso que ciertas inteligencias –no todas- detrás de este fenómeno provienen también de otras dimensiones, un eufemismo para referirnos a un orden distinto de la Realidad. Es el concepto del OVNI –o del tripulante- como un “ente psicoide” que he desarrollado en otra oportunidad. Sin duda, los negadores de siempre afirmarán, con una sonrisa irónica, que estas reflexiones parten de un preconcepto equivocado, porque sostengo la existencia de algo no demostrado aún, y que el proceso analítico más simple indicaría precisamente lo contrario; el principio de economía de hipótesis (la un tanto oxidada “navaja de Occam”) sostiene que un fenómeno debe explicarse por la vía más sencilla, y sólo si esta no agota todas las manifestaciones del fenómeno pasarse a una de mayor complejidad, y así sucesivamente.

Desde ese enfoque, es más sencillo suponer que no existe vida extraterrestre que afirmar que sí la hay. Y, por ello, debemos hacer una digresión al margen de esta discusión.

¿Lo lógico es lo real?

Creo que uno de los errores del conocimiento moderno –sin que eso signifique alentar posiciones oscurantistas que nieguen sus verdaderos avances- es partir de axiomas tomados como verdades monolíticas como el peñasco de Gibraltar, construidas pacientemente a lo largo de siglos por referentes incuestionables de la sapiencia humana. Creo que el “principio de economía de hipótesis” es uno de ellos. Sostener que la Verdad está necesariamente más cerca de lo simple que de lo complejo, artificioso o confuso, suena a verdad propia de “Juan Salvador Gaviota” y, precisamente por ello, más digna de figurar como monserga espiritual que como herramienta de investigación. Pues sostengo que en muchas ocasiones “lo verdadero” no es lo sencillo. Por ejemplo: ¿qué sería más sencillo; suponer que en ciertas circunstancias una partícula que llamamos “fotón” –y sólo una- pasa simultáneamente por dos distintas aberturas, o suponer que quienes afirman ese dogma han cometido errores de interpretación o sus instrumentos no están diseñados para captar una específica realidad de los hechos?. Es más sencillo lo segundo; empero, sabemos que es cierto lo primero. La lógica del pensamiento científico se basa en un discutible sentido común, cuando afirma que no “es lógico” admitir las evidencias presentadas por los investigadores OVNI como pruebas de su origen extraterrestre ya que siempre podría acudirse a otras explicaciones (por la bendita “economía de hipótesis”) alternativa a esa, pero descree absolutamente de ese “sentido común” cuando enuncia el Principio de Incertidumbre. Haber pisado la Universidad y haberme movido muchos años en el terreno del Realismo Fantástico han hecho germinar en mí la desilusionada convicción que muchos hechos que aceptamos como “verdades científicas” son simplemente la repetición, como un sonsonete monocorde, de clichés de un paradigma dominante. Por la misma razón, muchos hechos que culturalmente se aceptan como “supersticiones” jamás han ameritado una sesuda, prolongada y bien subvencionada investigación científica. Por caso, sabemos que los científicos (especialmente los orientados en las “líneas duras” del pensamiento mecanicista) consideran que la Alquimia es una farsa (aún desconociendo el hecho fundamental que lo que buscaba el verdadero alquimista, el Iniciado –no el simple “soplador”- no era la transmutación de metales viles en oro, sino la Transmutación con mayúscula, la de su propio espíritu), pero también sabemos que jamás hubo una investigación de largo aliento sobre la misma para etiquetarla coherentemente como tal. Y, de hecho, las construcciones teóricas de cualquier químico o físico para justificar el porqué de la inutilidad de la misma parten necesariamente de preconceptos, que se transforman en prejuicios cuando uno descubre que sostienen sus pareceres sin haber estudiado, leído, documentado previamente sus opiniones sobre los centenarios textos de esa disciplina. Y yo, desde pequeño, siempre fui educado en el concepto que nada nos hace más fatuos, soberbios y tontos que opinar sobre cuestiones que desconocemos.

Claro que, sin haberlo querido, estoy a punto de contradecirme: porque si hay un tema que –por ahora- desconozco, es precisamente qué están pensando nuestros visitantes extraterrestres. Pero se me ocurren algunas hipótesis, y como tales las consideraremos.

El pánico al sufrimiento

Ocurre que cuando buscamos explicaciones respecto al porqué del “no contacto”, siempre solemos acudir a explicaciones que tienen que ver más bien con nosotros. Que nuestra cultura puede colapsar, que no estamos preparados para integrarnos a la familia cósmica, que… Pero, por una vez, me he preguntado si “ellos” no tendrán buenas razones personales para evitarnos. Y se me ocurre ésta. Una civilización tecnológicamente más avanzada, necesariamente, habrá extendido aún más su expectativa de vida. Veámoslo en nosotros mismos: hace dos mil años a los treinta ya se era anciano. A principios de siglo, el promedio de vida en el hombre era de 55 años, hoy es de unos 70. La evolución técnica, qué duda cabe, trae vida. También trae recursos para enfrentar el dolor y el sufrimiento: analgésicos, cirugías y toda una adecuada parafernalia. En consecuencia, cuando menos en los grandes núcleos urbanos, la muerte es menos cercana y el dolor físico más temido. Nuestros antepasados estaban más endurecidos: una mortalidad infantil muy alta los tenía lamentablemente acostumbrados desde siempre a sufrir la pérdida de seres queridos, muy queridos. La falta de tecnología médica los hacía sobrevivir con grandes sufrimientos; las pestes y guerras hacían de la Parca una visita frecuente y a la que estaban acostumbrados. Es más, no había demasiado tiempo para lamentarse: uno podía morir de mil maneras distintas en cualquier momento. Hoy en día, tenemos tantos recursos exteriores que hemos perdido los interiores: ante el menor dolor de muelas nos atiborramos de calmantes y ni por todo el oro del mundo enfrentaríamos a un león en las sabanas armados sólo con una lanza. Tememos a la muerte más, porque es menos común. Tememos al sufrimiento más, también porque es menos común.

Extrapolando, ¿qué puede llegar a sentir una cultura que ha logrado hacer descender el índice de mortalidad por violencia o enfermedad a cero, y que en virtud de su evolución alcanza centenares de años de existencia?. Con un inconsciente no racional, no analítico (pues nada impide que en ellos también anide) el miedo a la muerte y al dolor se transformaría en pánico. Y, por ende, en una necesidad visceral e irrefrenable (y justificable dialécticamente) de evitar toda situación que no presente un máximo de seguridad y un mínimo de imprevisibilidad. Conociendo a nuestra especie, siempre habría una excusa para dejar el contacto para más adelante.

Una tecnología no mucho mejor, sino distinta

Otro aspecto a tener en cuenta, y ya en el terreno de nuestros –hasta ahora- infructuosos intentos de comunicación con inteligencias extraterrestres, puede estar vinculado al hecho que su tecnología (quizás toda su “realidad”) opere en ámbitos que apenas intuimos. Así como cien años atrás el instrumental quirúrgico de entonces parecería a los ojos de cualquier cirujano de hoy en día algo más propio de matarifes, así como los tam – tam africanos serían ignorados en la ciudad más cercana por el mero hecho de ser sus sonidos ahogados por el fárrago del tráfico (mientras los indígenas, sudorosos, golpean los troncos ahuecados día tras día, año tras año, preguntándose cómo, desde esas luces lejanas donde sin embargo deben escucharles, nadie responde), así es posible que la tecnología empleada por esos seres esté a una distancia abismal respecto de la nuestra, al punto de resultar, con nuestro batifondo comunicacional, apenas significativos dentro del ruido cósmico. Así, millones de dólares gastados en programas SETI estarían condenados al fracaso no porque esa inteligencia no existe ni sea suficientemente avanzada, sino, precisamente porque está tan avanzada que somos indistinguibles de una casualidad natural. Es un golpe para el ego humano, pero igualmente cierto, que resulta ridículo suponer que los habitantes de las estrellas se verían obligados a pensar como nosotros; pero no otra cosa hacemos cuando damos por sentado que deberían estar emitiendo sus señales en la banda del hidrógeno estelar que es lo que justamente harían nuestros científicos. Empeñados en un faraónico proyecto de búsqueda, proponen el juego de “emisor” y “receptor”. Ellos emiten año tras año como náufragos desesperados, nosotros somos los de oídos elegidos. Claro, dirían los burócratas que defienden estas inversiones, nosotros también emitidos; televisión, por ejemplo. Y a una cultura tan avanzada debería resultarle extraordinariamente sencillo captar nuestras señales, darse un golpe en la cabeza con uno de sus múltiples tentáculos y decir algo así como: “¡Hey,, Pepe!. ¡Aquí hay unos vecinos diciendo algo a los gritos! , para acto seguido pulsar unos botones (o lo que fuera) y enviarnos unos saluditos. Pero, ¿qué pasaría (recuerden los pobres africanos que todavía siguen sudando) si de pronto la televisión y otras formas de comunicación electromagnética les resultaran tan arcaicas que quizás las hayan olvidado o sean sólo curiosidades de museo?. Extrapolen lo que la ciencia, nuestra ciencia, ha avanzado en doscientos años y proyéctenla, digamos, un millón de años en el futuro (con un Universo de por lo menos veinte mil millones, nada me impide pensar que pueda existir una civilización con ese adelanto). No sólo no nos entenderían. Habrían olvidado cosas tales como chips, circuitos y otras menudencias.

A veces me exaspera la incapacidad de nuestra especie de mirar verdaderamente hacia el futuro. O, en otra forma, de creer que los parámetros lógicos con que nos manejamos hoy en día seguirán siendo dominantes apenas unos milenios más. Y me asusta de cara al futuro. Piensen por ejemplo en esos centenares de depósitos subterráneos con desechos radiactivos que permanecerán letales durante diez mil, en algunos casos cien mil años. ¿Estamos haciendo las cosas a conciencia como para proteger, siquiera sea advirtiendo, a nuestros descendientes de su peligro?. Oh, sí, dirán ustedes, los lugares están bien perimetrados militarmente y hay anuncios en todos los idiomas hechos en toda clase de materiales. Pero lo que yo me pregunto es si en, digamos, treinta mil años, seguirá existiendo esta civilización y alguien recordará estos idiomas. Ya sé que ustedes piensan que a medida que pasen los siglos nuevas generaciones serán informadas y educadas por las que les precedieron, y el dato se conservará. Pero la historia cuenta cosas muy distintas. No en treinta mil, sino en cinco mil años, apenas, ascendieron y cayeron multitud de civilizaciones. Conocimientos que eran del dominio público se perdieron (sin ningún Apocalipsis en el medio) y tuvieron que volver a ser redescubiertos, reinventados, reelaborados. Creo que en veinte mil años desde ahora, no sólo nuestras lenguas estarán muertas (lo que tal vez no sea tanto problema, siempre habrá filólogos dispuestos a reconstruírlas) sino que también es posible que el sentido de las palabras (y los pensamientos que las gestaron) haya cambiado. Por ello, tal vez en el futuro remoto sí reconstruyan nuestros lenguajes, nuestros anuncios y advertencias pero… ¿sabrán interpretar el sentido que le hemos dado cuando en este presente los hemos hecho?. Se me ocurre que sólo figuras bizarras, horrorosas, líneas quebradas que imiten la destrucción arquetípica, tal vez rostros sufrientes serán los símbolos cuyos sentidos, por ser inconscientes, pervivirán por sobre los milenios. Y descubro que muchos científicos han advertido de este riesgo, de cara al futuro lejano, de pérdida del sentido de las señales y advertencias de los depósitos nucleares. En consecuencia, han sido ellos –no yo- quienes han propuesto rodear esas zonas con figuras que grafiquen escultóricamente el terror que duerme en las profundidades. Y me pregunto, mirando ahora hacia el pasado: ¿cuántas remotísimas alegorías, cuántas estatuas, monumentos, catafalcos, cuántos petroglifos prehistóricos nos han dejado los Antiguos con su simbología de horror, muerte y destrucción, y no hemos sabido ver en ellos más que “desechos de supersticiones”?. ¿Y si, como haremos nosotros pensando en el porvenir, ellos, desde el pasado, quisieron advertirnos de algo?. ¿Porqué los hombres del futuro deberán interpretar nuestros mensajes de manera distinta a como nosotros hemos interpretado los del pasado?.

Claro que algún lector podría aducir que, ciertamente, si esos mensajes que llegan desde las profundidades del tiempo advirtieran de algún peligro nuclear oculto, nuestra impune violación de esos lugares habría desatado el infierno sobre la Tierra. Pero es que no estoy pensando necesariamente en material radiactivo. Porque puede haber sustancias mucho más terroríficas e inclusive más sutiles en su desparramarse sobre el planeta. “Sustancias” (la palabra es en sí una contradicción) o “energías” ante las cuales la radioactividad sería primitiva. Bacilos espirituales, larvas astrales, venenos metafísicos, ante los cuales nuestra civilización carece de métodos de detección, como una cultura preatómica carecería de métodos para detectar a tiempo escapes radiactivos de un depósito abandonado por seres extraterrestres…

¿Somos un virus cósmico?

En otro orden, una de las explicaciones más populares para apuntar al porqué del no-contacto estriba en considerar a la especie humana potencialmente peligrosa para la ciudadanía cósmica. Claro que también es posible que la elección por el no-contacto de nuestros visitantes siderales encuentre su razón de ser en estrictas y asépticas razones científicas, como el poder observar en su medio natural y sin interferencias (más allá del inevitable “observador que modifica lo observado”) la evolución de las culturas de nuestro planeta. Pero también cae la ocasión de estar haciéndolo por nuestro propio bien: creo que nadie como el propio Darnaude (citado en la dedicatoria de este artículo) ha enlistado las desastrosas consecuencias (por lo menos, desastrosas para el omnímodo poder en las sombras) que tendrían para nuestra economía, geopolítica y religiones el contacto abierto y sin condiciones. Pero también podemos proponer esta otra lectura: una civilización ha seguido en algún remoto confín del espacio una evolución tan anticipada a la nuestra, que nos ve como nosotros vemos a las gallinas. Las usamos, nuestros hijos juguetean quizás cruelmente con ellas, pero a nadie se le ocurriría designar una embajada en el gallinero más cercano. Son, simplemente, útiles seres de escala inferior. Esto puede ser muy feroz para nuestro orgullo, pero si asignamos a nuestra especie una media de tres millones de años de existencia como homínidos, y si recordamos que el Universo –dicen quienes se supone que saben- tiene entre quince mil y veinte mil millones de años de antigüedad, hay una espacio abismal de tiempo donde otras culturas pudieron haberse desarrollado, colapsado, vuelto a renacer… y aventajarnos por millones de años. Si sabemos que nuestra estructura lógica sería inaprensible, digamos, para un Neandertal de hace unos ciento cincuenta mil años.. ¿cómo por ventura podemos suponer que seríamos indistinguibles de los primates para alguien que nos aventajara “sólo” unos diez o quince millones de años?. O bien considerar esta otra alternativa: que la línea evolutiva intelectual de esa humanidad, más que superior a la nuestra, haya seguido por derroteros distintos. Por ejemplo; ¿una química compleja basada no en el carbono, como nosotros, sino en el silicio, qué clase de mentalidad generaría?. Fascinante pregunta. O, más acabadamente aún: ¿porqué necesariamente la inteligencia tendría que estar constreñida a cuerpos, formas, sistemas biológicos como es esperable por nosotros?. ¿Qué ocurre si alguna forma de pensamiento puede construirse sobre otros sistemas, como los vegetales?.

El aporte de la Parapsicología a la comunicación con otras especies

De sobra son conocidos los trabajos del experto en polígrafos Clave Backster en el terreno de la detección de comportamientos y emociones –uno aún se resiste a hablar de “raciocinios” en plantas de todo tipo, por el sencillo y expeditivo método de conectar a algunos ejemplares botánicos sus equipos e interpretar sus resultados. Es interesante destacar que si bien los escépticos de siempre pueden estar en desacuerdo con las teorías de Backster, no pueden refutar los hechos, en tanto y en cuanto éstos son repetibles a voluntad. Extrañamente, entre el coro de risas refutadoras que a través de las últimas décadas se han levantado contra este investigador, ninguna de ellas ha apuntado a los eventos y sí a las conclusiones, y quienes han tratado de dar explicaciones “naturales” a sus experimentos lo hacen desde la mera especulación, sin intentar ollar las mismas sendas. Dicen que es una pérdida de tiempo. Pero sinceramente, bien poco científico me parece el sistema de criticar sin repetir la experiencia porque a priori se la supone un sinsentido. Bien, decía que se ha escrito mucho sobre los trabajos de este precursor y sus seguidores, pero poco se ha avanzado en buscar aplicaciones prácticas a su tarea. Traigo entonces a colación uno de sus resultados, porque viene a cuento de la teoría que trataré de exponer aquí. Ocurre que el bueno de Cleve, luego que William M. Bondurant, ejecutivo de la Mary Reynolds Babcock Foundation, de Winston – Salem, Carolina del Norte, le hiciera un donativo de diez mil dólares para avanzar en sus investigaciones, pudo acceder a equipo más sofisticado, entre ellos, un electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo. Estos equipos, que normalmente se usan para mensurar las emisiones eléctricas del corazón y el cerebro, tenían la ventaja de no hacer pasar corriente alguna a través de las plantas, porque se limitan a registrar la diferencia en el potencial que descargan. Esto es de suma importancia, porque cualquier reacción sensible inhibe la explicación mecanicista que las reacciones medidas por nuestro estudioso son “simples automatismos” generados por las descargas que otros aparatos pudieran imprimir a la planta objeto del experimento. El cardiógrafo permitió a Backster obtener lecturas diez veces más delicadas que el polígrafo, y el electroencefalógrafo le proporcionaba lecturas más sensibles todavía. Una contingencia fortuita condujo a Backster a otro campo totalmente distinto de investigación. Una noche, al prepararse a dar un huevo crudo a su fiel doberman observó que una de sus plantas conectadas al polígrafo reaccionó bruscamente en el momento de cascar el huevo. A la noche siguiente, volvió a observar el mismo fenómeno. Inducido por la curiosidad de averiguar qué pudiera “sentir” el huevo, lo conectó con un galvanómetro y observó todo con atención. Durante nueve horas estuvo obteniendo una grabación activa del huevo, correspondiente al ritmo de las palpitaciones cardíacas del embrión de pollo que posiblemente contenía, las cuales alcanzaban una frecuencia de 160 a 170 latidos por minuto, cabalmente los que corresponden a un embrión de tres a cuatro días. Pero ocurría que el huevo había sido comprado en una tienda local y no estaba fertilizado. Entonces, al abrirlo y observar su contenido, se quedó backster de una pieza al ver que en él no había estructura física circulatoria de ningún género que pudiese explicar la pulsación. Por lo visto, había descubierto una especie de campo de fuerzas no conocidas todavía en el nivel contemporáneo de la ciencia. Y si ustedes son perspicaces, habrán comprendido hacia dónde estamos orientados: si la materia viva en general posee un campo de fuerza, una radiación de vida que le es propia, cabe absolutamente la posibilidad que, por resonancia, podamos detectar a distancia –cualquier distancia- emisiones de esa radiación, con la única condición que entre aquél foco emisor y nosotros existan otras y sucesivas fuentes radiantes de vida. Que es tanto como decir que podríamos cuando menos medir los límites espaciales hacia los que la vida se extiende. El concepto de los “campos de vida” o “radiaciones V” no es nuevo; podemos rastrear su enunciación hasta la literatura parapsicológica de principios del siglo XX. No en otra cosa pensaba el barón De Rochás cuando formuló la idea de la “fuerza ódica” que, según escribió, parecía emanar de la punta de los dedos de ciertos sensitivos en condiciones de penumbra ambiental. De Rochás fue el primero en señalar el fenómeno de la “radiaciones mitogénicas”, un experimento en el cual, si dos plantas son cultivadas de manera que una de las prolongaciones de sus raíces se deslice a medida que se desarrolla dentro de un tubo de vidrio, y se cuida que la raíz “entubada” de la planta A esté dispuesta próxima y en situación perpendicular con la misma de la planta B, el desarrollo de ésta parece ser afectado a medida que dentro del tubo de su congénere progresa la raíz de la primera, al punto de mostrar extrañas deformaciones, como si del extremo de aquella emitiera algún tipo de “rayo” que hiciera colapsar un grupo de células de la “planta víctima”. Se me ocurre aquí preguntarme si el fenómeno de “sanación”, en ese sentido de razonamiento, más que corresponder (como siempre supuse) a un efecto psicoquinético del curador sobre la estructura patológica del enfermo no corresponderá más bien a un efecto de resonancia entre las “radiaciones de vida” de ambos. Existe una interesante –y agradable- experiencia que ustedes pueden hacer. Coloquen en su dormitorio –o donde les plazca- una buena cantidad de plantas, lozanas y vitales, preferentemente de largas hojas lanceoladas y algunas cuya savia parece tener un matiz lechoso (ignoro porqué con éstas el efecto es más significativo). Luego, mantengan relaciones sexuales en ese ambiente, y observen finalmente la reacción de las plantas. Repítanlo durante varios días. Dos efectos son sensibles. Uno, todas las plantas comienzan a exhalar un olor penetrante, una fragancia similar al del césped fresco cortado (cuiden de no caer durante el acto amatorio sobre las plantas, para no confundir los resultados, claro). Estoy tentado a decir que las plantas se “excitan”.

Dos –si repiten la experiencia unos cuantos días- hay un extraño tropismo (¿”Gonotropismo”?, ¿”sexotropismo”?, ¿”ferotropismo”?) de las plantas en dirección a la cama, aún a costa de alejarse de la luz natural. No creo que las plantas que he tenido el gusto de conocer sean particularmente lujuriosas, de manera que sospecho que la actividad sexual reactiva en la atmósfera una especie de energía sexual, al estilo de la “energía orgónica” –no orgánica- descubierta y descripta por el doctor Wilhem Reich y hermanada con la idea de que los antiguos ritos de la fertilidad, en el proceso de los cuales las personas tenían relaciones sexuales en campos recién sembrados, podrían haber estimulado el crecimiento de las plantas. Cierto día de fines de octubre de 1971, el ingeniero electrónico George Lawrence acompañado de un ayudante, se internó en un paraje próximo al poblado de Temecula, al sur de California, una zona libre de interferencias electromagnéticas –por lo menos en ese entonces- para un interesante experimento. Dedicado a experiencias similares a las de Backster, su aparato tenía una diferencia importante: incorporaba, en un baño de temperatura controlada, el tejido vegetal vivo protegido en un tubo Faraday, que filtra hasta las más leves interferencias electromagnéticas. Lawrence observó que el tejido vegetal vivo es capaz de percibir señales, mucho más sutilmente que los sensores electrónicos. Su teoría era que las radiaciones biológicas transmitidas por seres vivos se reciben mejor en un medio biológico. El equipo de Lawrence se diferenciaba además considerablemente del de los demás experimentadores, porque no requería electrodos aplicados a las plantas, si están suficientemente apartadas de sus vecinas para eliminar toda interferencia en las señales, como ocurre habitualmente en las áreas desérticas. Lawrence apuntaba a la planta elegida con un tubo sin lente y con una amplia abertura, cuyos ejes ópticos equivalían al eje de diseño del tubo Faraday. A distancias mayores, utilizaba un telescopio en lugar del tubo, y hace más visible la planta colgándole un trapo blanco. El tejido vivo de Lawrence podía captar una señal direccional a distancias de más de un kilómetro y medio. Para estimular las reacciones de las plantas objeto de su experimento, les infundía previamente una cantidad medida de electricidad, activando el estímulo a control remoto con un cronómetro que le permite regresar a pie o en auto a la estación que “siente”. Realizaba sus experimentos de exploración en las estaciones más frías, cuando la vegetación está dormida en su mayor parte, a fin de tener la seguridad de que señales procedentes de otras plantas no están alterando sus mediciones. Las perturbaciones en el tejido vivo de su aparato grabador no se detectan visualmente por medio de una aguja sino acústicamente, por medio de un silbido bajo, continuo e igual, similar al producido por un generador de ondas sinusoidales, que cambia en una serie de pulsaciones distintas cuando recibe señales de una planta. El día de su llegada al Oak Grove Park, Lawrence se sentó con su ayudante a tomar un bocadillo a últimas horas de la tarde, a unos diez metros de su instrumento, que quedó enfocado vagamente al cielo. Acababa de dar un mordisco a su lieberwurst (especie de salchichón judío fuertemente condimentado) cuando el silbido continuado procedente de su equipo fue interrumpido por una serie de pulsaciones claras. Lawrence, que todavía no había ingerido su embutido, pero que había hecho perfectamente la digestión del efecto Backster, creyó que aquellas señales podían haber sido producidas al haber matado algunas células del salchichón. Pero, pensándolo más serenamente, recordó que esas células estaban ya biológicamente muertas. Al comprobar el estado de sus instrumentos, la señal acústica se siguió produciendo, con gran asombro de su parte; una cadena de pulsaciones durante más de media hora, hasta que volvió el silbido continuado y monótono, indicio de que ya no iba a haber más señales. Estas tenían que proceder de alguna parte, y como el aparato había estado apuntando todo el tiempo hacia el cielo, asaltó a Lawrence la ida fantástica de que alguien o algo estaba transmitiendo desde el espacio exterior. Resistiéndose a llegar a una conclusión prematura (en el sentido de que hubiera captado una señal inteligente procedente de los abismos cósmicos a través del tejido de una planta) Lawrence pasó varios meses perfeccionando su equipo, para convertirlo en “una estación de campos biodinámicos con que recibir señales interestelares”, según sus propias palabras. En abril de 1972, ya estaba su equipo lo bastante perfeccionado para apuntar de nuevo en la misma dirección en que había obtenido la reacción extraña al morder su salchichón. Como especialista en rayos láser y autor del primer libro técnico sobre la materia que se publicó en Europa, Lawrence había tomado nota exacta de la dirección en que estaba apuntando su aparato en aquel momento, y observó que enfocaba a la Osa Mayor, constelación de siete estrellas situada en la región del Polo Norte celeste. Para estar seguro de que el equipo quedase distante de la mayor parte posible de formas de vida, Lawrence enfiló con su vehículo hacia el llamado Cráter de Pisgah, promontorio volcánico de setecientos metros de altura que se eleva en medio del árido desierto de Mojave. El cráter está rodeado de yacimientos de lava donde no brota un sola brizna de hierba. Enfocando su telescopio junto con el tubo Faraday, una cámara, un monitor electromagnético de interferencia y la cámara de tejido orgánico, a las coordenadas celestes que le daban la dirección general de la Osa Mayor, abrió su señal de audio. A los noventa minutos, su equipo volvió a captar un conjunto reconocible de señales, pero más breve que el de la vez anterior.

Según Lawrence, los períodos entre la serie rápida de pulsaciones fluctuaron entre tres y diez minutos aproximadamente durante un período de varias horas, mientras monitoreaba un solo lugar en el cielo. Habiendo repetido, pues, con éxito sus observaciones de 1971, empezó a pensar si no habría hecho accidentalmente un descubrimiento científico de proporciones extraordinarias. No tenía idea de cuál podría ser la procedencia de las señales, ni de quién o qué las estaba transmitiendo, pero le parecía sumamente posible que el desplazamiento galáctico tuviese algo que ver con su origen. “Las señales podrían estar esparciéndose desde el ecuador de la Vía Láctea, que tiene una densa población de estrellas”, calculaba Lawrence. “Tal vez estábamos recibiendo algo desde esa zona más bien que de la Osa Mayor”. Después de haber obtenido en el desierto de Mojave la confirmación de sus primeras observaciones, continuó las pruebas de laboratorio en su residencia, enfocando la máquina a las mismas coordenadas y dejándola en esa posición. Dice que tuvo que esperar semanas y hasta meses para que le llegasen señales, pero que, cuando por fin las capturaba, era indudable que algo extraño se recibía. Una de ellas producía una especie de pulsación, audible en forma de un “brrrrrrr-bip-bip” que, según Lawrence, no ha logrado ninguna entidad terrestre. Presionado para que diese alguna explicación de aquellas extrañas señales y su naturaleza, dijo: “No creo que estén dirigidas a seres de la Tierra. Creo que estamos ante transmisiones entre grupos de iguales, y como no sabemos nada de comunicaciones biológicas, quedamos sencillamente excluidos de estas “conversaciones””. Deduciendo que aquellos hallazgos podían ser de importancia trascendental y anunciar un nuevo sistema de comunicación no imaginado todavía siquiera, Lawrence mandó una copia de su cinta de octubre de 1971, junto con un informe de siete páginas, al Instituto Smithsoniano de Washington, donde se le custodia. El informe termina así: “Se ha observado un conjunto aparente de señales de comunicación interestelar, de origen y destino desconocidos. Como su intercepción fue hecha por sensores biológicos, cabe suponer que se trata de una transmisión de señales de tipo biológico. Los experimentos de prueba se realizaron en un área electromagnética de frontra profunda, con un equipo refractario a radiaciones electromagnéticas. En las pruebas subsiguientes no se revelaron defectos de equipo. Como no se están llevando a cabo experimentos continuados de escucha interestelar, presentamos la sugerencia de que se lleven a cabo en cualquier parte, si es posible a escala global, pruebas de verificación. El fenómeno es demasiado importante para pasarlo por alto”. Pruebas a escala global. Quizás, así al unísono, se reuniera la información suficiente para decodificar la pulsación de la vida en el cosmos. Y es cierto que sabemos poco, nada, de comunicaciones biológicas, aún cuando debería animarnos en su profundización, pues la comunicación biológica es a nuestra “moderna” comunicación electrónica, lo que ésta es a la mecánica, la de los viejos tiempos de semáforos fijos que elevaban y bajaban sus brazos, tubos neumáticos y silbatos. Pero extrañamente, los estudios de Lawrence han sido arrumbados en el olvido. Extrañamente, iba en la misma senda que el cirujano argentino, ya fallecido, doctor Enrique Briggiler, cuando postulaba (y experimentaba) una comunicación biológica con entidades a través del espacio (ver al respecto mi nota “El Cuarto Estado: Técnicas Bioelectrónicas de Comunicación Extraterrestre” en “Al Filo de la Realidad” número 15). Quizás no extrañamente, Briggiler falleció prematuramente y Lawrence, como tantos otros, él y su trabajo condenados al ostracismo. Pero volveremos sobre ello en otro trabajo.

Abundar en este campo fascinante de trabajo implica comenzar a familiarizarse no sólo con la idea de un campo radiante de vida que interpenetra el univero, sino con que el límite entre lo “no vivo” y lo “vivo” no sería tan claro como pareciese. En 1899, el científico hindú Chandra Bose observó el caso extraño de que un radioconductor mecánico para recibir las ondas de radio perdía sensibilidad cuando se le usaba continuamente, pero recuperaba su estado normal tras un período de descanso. Esto le llevó a la conclusión de que, por inconcebible que pareciese, los metales pueden ecuperarse de la “fatiga” de manera semejante a como recobran sus energías los animales e individuos cansados. Incidentalmente, es interesante hacer notar –sobre lo que podremos dar testimonio todos quienes hemos trabajado en “piramidología”, es decir, el uso de réplicas a escala de la pirámide Kufu- que luego de una cantidad cíclica y regular de días la pirámide también parece “resentirse” y mermar su efecto sobre los elementos a ella expuesta, pero que desorientándola (o descargándola) por veinticuatro horas o menos recupera todo su potencial inicial. Pero volviendo a Bose, esas observaciones lo llevaron a iniciar un estudio comparativo de las curvas de la reacción molecular en las sustancias inorgánicas con las de los tejidos animales vivos. Con gran asombro y sorpresa, advirtió que las curvas producidas por el óxido magnético de hierro ligeramente calentado se parecían notablemente a las de los músculos. En ambas disminuía la reacción y la recuperación con el exceso de trabajo y la fatiga consiguiente podía desaparecer en virtud de un masaje delicado, o de un baño con agua caliente. Otros componentes metálicos reaccionaban de manera parecida a los animales. Cuando se limpiaba una superficie metálica grabada con ácidos para eliminar hasta la última señal impresa en ella, mostraba reacciones en las partes tratadas por el ácido que no se advertían en las otras. Bose atribuía cierto tipo de memoria del tratamiento a las secciones afectadas. En el potasio observó que su poder de recuperación se perdía casi totalmente si se le trataba con diversas sustancias extrañas: esto parecía análogo a las reacciones del tejido muscular a los venenos. Aunque se cría que las plantas deseaban cantidades ilimitadas de anhídrido carbónico o dióxido de carbono, Bose averiguó que un volumen excesivo de este gas podía sofocarlas pero que, en ese caso, podía volvérseles a la vida con oxígeno, como a los animales. Lo mismo que los seres humanos, las plantas se intoxicaban al inyectárseles güisqui o ginebra, se tambaleaban como un borracho en una cantina, se desmayaban y volvían con el tiempo en sí, manifestando señales de una soberana resaca. Estos descubrimientos y centenares de datos diversos fueron publicados en dos gruesos volúmenes en los años 1906 y 1907, bajo el título de “La reacción de las plantas como medio para la investigación fisiológica”. Aún más, con un aparato de su invención que denominó “morógrafo”, y que era básicamente un “tester” adaptado, Bose detectó que en el momento de morir una planta proyecta una enorme fuerza eléctrica. Quinientos porotos verdes pueden desarrollar hasta quinientos voltios, suficientes para fritar al cocinero si no fuera porque raramente se conectan en serie los porotos. Esta difusa separación entre lo “vivo” y lo “no vivo” se potencia con la hipótesis de que hasta los cristales tiene vida. O, cuando menos, sexo, que no es poco. En 1928, Jovillet-Castelot consignó en sus “Estudios de Hiperquímica” una curiosa declaración hecha por el doctor Manuilov a la agencia Tass. En el curso de unos trabajos realizados con vistas a determinar el sexo de hombres, animales y plantas por medio de pruebas radiactivas, Manuilov tuvo la idea de hacer algunos ensayos con animales. “Me llamó la atención en primer lugar el hecho de que un sólo y mismo material tiene dos formas cristalizadas -por ejemplo, la de cubo y la de octaedro- absolutamente idénticas en cuanto a sus propiedades químicas. A fin de determinar el sexo, yo había sometido la sangre humana y la de los animales, así como los extractos de jugos de las plantas, a una reacción especial. Sometí igualmente a la misma reacción diferentes formas cristalizadas de una sola y misma especie de mineral. Hice este experimento empleando el mineral más típico, la pirita. La pirita, cristalizada en cubo, dio una decoloración de la sustancia en la que la había sumergido, es decir, una reacción típicamente masculina. Al sumergir la pirita cristalizada en octaedro en la misma sustancia, la coloreó, es decir, dio una reacción femenina típica. Repetí este experimento con once minerales diferentes, y obtuve siempre los mismos sorprendentes resultados.” “No me atrevo a afirmar que mis experimentos conduzcan a una conclusión definitiva e inmutable sobre la existencia de sexo en los minerales; me limito a confirmar un notable fenómeno, observado en un caso dado. Después de unos experimentos prolongados en este campo, espero poder demostrar la existencia de un sistema único y armónico de clasificación de todos los organismos del universo entero en categorías masculina y femenina, empezando por el hombre y descendiendo hasta la piedra”. Vida en la materia inerte. Aquí, golosamente, he detenido mi teclear en el ordenador y dedicado largos minutos a repasar lo poco que conozco de Alquimia. Y recuerdo que sempiternamente los alquimistas iniciados trataban a la materia como algo vivo, algo que nace y muere, que se reproduce, que aprende… pero no cederé a la fácil tentación de extenderme sobre esta profunda y sabia disciplina, lo que dejaré para otra ocasión. Pero encontrar esta relación estrecha entre todo lo vivo en el universo, y a su vez entre lo vivo y lo no vivo, permite entender la idea de unicidad que campea por todo el Ocultismo, lo que, cuando menos, explica a mis lectores el porqué de mi tediosa insistencia en hermanar reflexiones esotéricas a la investigación OVNI y mi empecinada convicción que será esta línea de aproximación la que cualitativamente nos permitirá, quizás, comprender algo nuevo de la fenomenología. Lo que sí debo ahondar, es mi teoría –que en buena medida ya enunciada por otros colegas- que me lleva a suponer que si las comunicaciones biológicas son algo factible y mucho más óptimo que las electrónicas (por lo menos, hasta tanto nuestra primitiva evolución nos haga asequibles quizás a las telepáticas que, después de todo, no dejan de ser una sutileza de las comunicaciones biológicas) y la biología de un punto cualquiera del cosmos puede resonar con otro cualquiera, es entonces muy posible que los agrogramas (ya saben, los “círculos en las cosechas”) sí sean ciertamente mensajes cósmicos. No inscriptos, impresos por tripulantes de un OVNI paseándose en las noches de los campos, sino quizás apenas “ecos” inteligibles y ordenados de un emisor vivo en algún lugar del espacio profundo. Su propia concentración en proximidades de megalitos y enclaves prehistóricos puede estar asociado a las líneas de fuerza que se han detectado fluyendo de estos puntos, como si la resonancia que les da forma y sentido se materializara en cercanías de aquellos sitios catalizadores de ese “campo universal de vida” (ver al respecto el artículo “Un enigma: las líneas “ley”” en “Al Filo de la Realidad” número 32). Sólo nos queda –casi nada- interpretar el mensaje.

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EL MIEDO VISTE DE NEGRO

Posted by Gustavo Fernández en 24-05-2009

Martes, 12 de septiembre de 1978


En una época en que, cuando menos en mi país, Argentina, aún no se habían popularizado PC hogareñas, banco de datos comerciales ni otras lindezas, ciertos trabajos, como el de reunir información sobre la solvencia financiera de aquellos interesados en préstamos o créditos bancarios, eran sufragados por empresas privadas conocidas como “de informes comerciales”. Pesquisas por derecho propio de la confianza monetaria del prójimo, representaban, a mis ya lejanos veinte años, la única posibilidad cierta de un trabajo estable. Acababa de abandonar la carrera de Ingeniería Aeronáutica en una época oscura para la universidad nacional después de algunas amargas experiencias en los ámbitos académicos de la ciudad de La Plata con las autoridades uniformadas de entonces, y en parte por mi carácter, en parte por mi pasado adolescente de militante fervoroso, era mejor por un tiempo alejarme de las aulas y buscar un trabajo para solventarme. De todas formas, la Ovnilogía en particular y las paraciencias en general seguirían siendo mi válvula de escape intelectual. Así que, con unas modestas habilidades con la máquina de escribir como todo currículum, conseguí un eclipsado puesto en una de esas empresas, situada sobre calle Alsina en Buenos Aires. Y durante un año tipeé páginas y más páginas respecto de pasivos, deudas impagas y ganancias y pérdidas. Fue el único año de mi vida que trabajé bajo relación de dependencia.
El año 1978 había comenzado pleno de actividad ovnilógica para mí: en febrero entregué a la desaparecida Editorial “Cielosur”, de Buenos Aires, los originales del que fuera mi segundo libro, “Triángulo Mortal en Argentina” –tema que se reiterará a lo largo de este artículo- participé en numerosas conferencias y viajes de investigación. Pero para junio, las obligaciones de mi incipiente trabajo me habían alejado completamente de la gesta ufológica, excepto por la salida, los primeros días de agosto, al público de “Triángulo…”. Y aún así, todo se limitaba a responder las esperables llamadas telefónicas de los amigos, algún que otro comentario en la Editorial y poco más. Es más: la única vez que mi trabajo y los OVNIs se encontraron fue cuando a mi escritorio de “redactor comercial” llegó un expediente sobre “Cuarta Dimensión S.R.L.” y pasé a ser de los pocos que saben que Fabio Zerpa no se llama realmente así sino Fabio Pedro Allés. Apenas una anécdota de color.
Por eso, cuando al atardecer de ese día regresé a mi casa –aún vivía con mis padres- me sorprendió encontrar una nota de puño y letra de mi madre sobre la mesa del comedor. Decía algo así como “por nada del mundo le abras la puerta a nadie. Hubo gente rara buscándote. Cuando regresemos te contamos”.
El principio de la historia lo conocí en realidad no por mis padres, sino por la encargada del edificio, quien al sospechar que había regresado no pudo frenar su profesional curiosidad de contar y enterarse. Contar que, a media tarde, dos policías uniformados acompañados de un tercero que llevaba sujeto de la correa un perro pastor (¿) y que permaneció dentro del automóvil ( un Ford Falcon negro) habíanse introducido en el edificio, secuestrado parte de la correspondencia diaria que por ese entonces solía llegarme y tocado timbre en los departamentos contiguos de mi piso, inquiriendo a los sorprendidos ocupantes respecto de mis hábitos de vida, ocupaciones, visitas, etc. La encargada me dijo que a ella le preguntaron sobre los países de procedencia de las cartas que recibía, además de presionarla respecto a cierto “segundo juego de llaves” que “seguramente” ella debía tener, a lo que la susodicha se negó rotundamente. Hecho esto, y con un velado comentario –a todos- de un prometido regreso, se fueron.
Eso me contó la encargada. Y claro, esperaba algo a cambio, como por ejemplo saber porqué me buscaban. Algo que yo también habría querido saber. Un tanto alejado como estaba de la ovnilogía, me pregunté si se debería a mis antecedentes estudiantiles, o quizás algo vinculado a mi trabajo. Con veinte años, la situación, no me molesta admitirlo, me provocaba mucho miedo. Si lo hubiera vinculado a la ovnilogía, tal vez el miedo hubiera sido mayor.
Esa misma noche mi padre se comunicaba con la seccional de policía a la que correspondía mi domicilio, donde no sólo le manifestaron que no había ninguna solicitud de información respecto de mi persona sino asimismo se mostraron muy extrañados por un procedimiento, aunque fuera perteneciente a alguna otra área de nuestra benemérita Policía Federal, que no les hubiera sido anticipado. Al día siguiente llegué a mi trabajo muy temprano; había recordado que un gerente de la firma tenía fluidos contactos con estamentos superiores de la Policía, y tal vez él pudiera averiguar algo. Negativo. Después de un par de semanas –y me consta que el hombre hizo el mejor esfuerzo, llegando hasta la Superintendencia de la Policía Federal, la ex Coordinación Federal de triste memoria- nadie sabía quiénes eran los policías con auto negro y perro.
Eran épocas oscuras de dictadura militar sin derechos civiles ni “hábeas corpus”. Viví –vivimos- con temor un par de semanas. Cierto día, un viernes, cuando la encargada salía a hacer ciertos quehaceres cerca del mediodía, encontró frente al tablero de los “porteros eléctricos” a uno de los policías de la visita anterior. Ahora, quizás menos nerviosa que la vez pasada, me lo pudo describir en detalle: no muy alto (le calculó alrededor de 1,65 m.), muy delgado (sus palabras fueron “el uniforme le quedaba como tres talles por demás grande, y de la gorra, ¡ni hablar!”), la piel oscura, extrañamente cetrina, ojos negros y nariz demasiado ganchuda. Le llamó la atención no distinguir otros uniformados, ni el auto ni, por supuesto, el enigmático can. Dijo que el hombre sólo la miró y en voz baja, casi sibilando, espetó:
-¡No contestan en el “5ºA”! –(tal el piso y departamento que ocupábamos entonces).
– Lógico. No hay nadie. Están trabajando –argumentó previsiblemente la empleada.
– Entonces dígale a ese pendejo que se aleje de los OVNIs.– fue cuando el auto negro, con un solo policía manejando (y sin perro) apareció por una esquina, sobre él subió el extraño hombre de la ley, y desaparecieron.
Jamás regresaron.

Tal vez ustedes no me crean si les cuento que fue una nimiedad, una sola palabra en esta respuesta, lo que me hizo sentir incómodo. Pregunté y repregunté a la pobre mujer el sentido exacto de las palabras empleadas y todas las veces, muy segura, me repitió exactamente las mismas. ¿Policías molestos con un investigador de OVNIs?. Absurdo. ¿Con una mascota?. Anacrónico. ¿Un auto negro?. Fantástico. Pero había un elemento más para estar seguro que no eran policías. Y si bien el vocablo “pendejo” les sería muy propio, en los giros idiomáticos usuales en nuestros regionalismos se diría “que la acabe con los OVNIs”, “que la corte con los OVNIs”, “que la termine con los OVNIs” pero nunca “que se aleje de los OVNIs”. Demasiado estudiado.
Y si ustedes alguna vez leyeron “Triángulo Mortal en la Argentina” (si no lo hicieron; bueno, es una lástima), la aparición inopinada de caballeros vestidos de policías que no son policías en un auto negro y siempre –casi una constante- con algún detalle bizarro y absurdo (aquí el perro) les haría cerrar la ecuación con una sola expresión: MIBs. “Men in Black”. U Hombres de Negro, si lo prefieren.

Un sainete cósmico
Ya lo comenté en otro artículo sobre este mismo tema: dos cosas absolutamente ilógicas parecen signar todas las apariciones de MIBs. La primera, que nunca son los investigadores de primera línea los visitados por ellos. En este sentido, mi anécdota, vista fríamente, más que ensalzar mi ego tendería a deprimirlo: si recibí su visita fue precisamente porque no era tan importante, después de todo. Por supuesto, la tendencia instintiva es a descreer los relatos de desconocidos o semi desconocidos en cuanto a las apariciones de estos seres. Alguna vez, yo mismo creí (hasta que me ocurrió, lógicamente) que se trataban de seguidillas de hechos más o menos casuales vinculantes de personalidades un tanto paranoicas con cuanto loco anda suelto por ahí. Hoy en día, y debo admitir que en buena medida a instancias de las reflexiones que me surgieron a raíz del episodio que viví tan de cerca, sospecho otra cosa: si bien no estoy en condiciones de afirmar que los MIBs sean necesariamente extraterrestres camuflados, todo me señala que forma parte inextricable del fenómeno OVNI, no sólo porque se arrogue tal relación sino por compartir simbólica y formalmente su misma estructura ontológica. El OVNI es un absurdo, qué duda cabe: su comportamiento en los cielos parece destinado a sacudir los fundamentos de las creencias mismas de la humanidad, y muchos autores han teorizado que la Inteligencia que se mueve detrás de ellos se comporta precisamente de forma tan absurda porque, a semejanza de un cósmico koan zen (un acertijo sin respuesta racional que destruye las creencias preestablecidas del estudiante), busca afectar al Inconsciente Colectivo de la humanidad para provocar un salto cuántico en la evolución de su mentalidad. Por ello, los OVNIs no aterrizan de una buena vez en las afueras de la Casa Blanca: porque su efecto demoledor de paradigmas sólo funciona actuando detrás de bambalinas, orillando la credulidad, moviéndose al filo de la realidad cotidiana, sospechosamente intuido pero nunca confirmado. La duda, la ansiedad intelectual, la emocionalidad subyacente que el fenómeno viene generando a través de las décadas es lo que genera el efecto buscado: una variable emotiva distinta en la línea del pensamiento histórico de nuestra especie. Lo que quiero decir es que, si la Inteligencia que se mueve detrás de los OVNIs más que netamente extraterrestre es extradimensional, lo que equivale a hablar de entes de una Realidad paralela, y si a nuestra percepción esos entes no son distintos a lo que históricamente conocemos como “entes espirituales”, a esa Inteligencia le será más fructífero a sus fines un cambio gradual pero evidente en la psicología de las masas que en el hecho físico, anecdótico y mediático de aparecerse a las puertas de la ONU. El “para qué” será motivo de otro trabajo.
Y es evidente que el fenómeno MIB comparte esta “ilogicidad” con todo el fenómeno OVNI: al igual que él, no se aparece a los personajes principales del teatro universal, sino a los actores secundarios de los sainetes pueblerinos. No se hace visible ante un presidente que a golpe de decreto puede cambiar la forma de pensar de las masas; se aparece a decenas, a miles de Juanes o Marías cotidianos que en sus relatos, sus sueños subsiguientes y sus creencias aglutinarán en una o dos generaciones un nuevo molde de ideas, a caballo quizás entre lo religioso y lo lógico, entre el demonio y los marcianos.
Esa “absurdidad” de los MIBs campea en sus mensajes, en los aspectos ridículos de los episodios (recuerden al “hombre del cable verde”, quienes ya me han leído en otra ocasión), en el vago toque “retro” y hasta “kitsch” de sus personajes, como escapados de una mala película norteamericana de los ’50 con estereotipados gángsters, para colmo en ocasiones de rasgos orientales (que siempre hicieron el papel de “malos” en esas películas) mezclados, en quién sabe que confusa recepción satelital de nuestras remotas transmisiones de TV, con reportajes en vivo desde el “Coven 13” de MTV.
El informe típico sobre MIBs es más o menos como sigue: poco después de haber observado un OVNI, el sujeto recibe una visita (recuerden los “cuatro hombres de negro” que el 29 de abril de 1996, casi cuatro meses después de ocurridos los sucesos iniciales, visitaron a la familia de las principales testigos del “caso Varginha”, en Brasil). Con frecuencia, esto ocurre tan pronto que todavía no se ha concluido ninguna investigación oficial y, en muchas ocasiones, sin estar siquiera precedida por la denuncia del caso. Dicho en otras palabras: los visitantes no pueden haber obtenido de forma normal la información que poseen, sobre todo cuando en esas entrevistas suelen remitirse a experiencias o circunstancias de la vida privada del testigo, en ocasiones remotas en el tiempo y que no son siquiera de conocimiento de sus más cercanos familiares.
La víctima está, casi siempre, sola en el momento de la visita, generalmente en su propia casa. Sus visitantes, que suelen ser tres, llegan en un coche negro. En Estados Unidos, un Cadillac; aquí en Argentina –y es sabido que los MIBs en muchas ocasiones cambian sus atuendos por uniformes militares- en un Ford Falcon, automóvil de triste recuerdo para la memoria colectiva, claro que no color verde como los que acostumbraban cometer tropelías en tiempos de las dictaduras militares, sino negro. Al mismo tiempo, aunque se trata de un automóvil antiguo, lo más frecuente es que esté en perfectas condiciones, que esté escrupulosamente limpio por dentro y reluciente por fuera, y que presente incluso el inconfundible olor a “coche nuevo”. Si el sujeto anota el número de matrícula y lo investiga, descubre siempre que se trata de un número inexistente.
Los visitantes son casi siempre hombres; muy raramente aparece una mujer, pero nunca más de una. Su aspecto se ajusta a la imagen estereotipada de un agente de la CIA o de los servicios secretos: llevan trajes oscuros, sombreros oscuros -¡aún en esta época!- zapatos y calcetines negros, camisas blancas. Los testigos comentan a menudo su aspecto impecable: toda la ropa que llevan parece recién comprada.
Los rostros de los visitantes son descriptos generalmente como vagamente extranjeros, casi siempre, como dijimos, “orientales”; muchas descripciones hablan de ojos almendrados. Cuando su piel no es oscura, suelen estar alternativamente muy tostados o exageradamente blancuzcos. A veces aparecen toques extraños, en varios casos, ¡labios pintados!. Vagamente amenazantes, sus insinuaciones parecen ser de aquellas que tantos gustan a los guionistas mediocres de Hollywood: “¡Caramba, señor X, me temo que no me está diciendo la verdad!”, o “Si quiere que su esposa siga siendo bonita, le conviene darme esas fotografías”.
Todo esto provoca la “sensación imitativa extraterrestre”. Unos alienígenas bastante chuscos, decididos a impedir que nuestros heroicos ciudadanos pasen sobre las formalidades burocráticas del gobierno y desvelen el misterio de los OVNIs, deciden infiltrarse entre la población para llevar adelante sus cometidos. Pero, extraterrestres al fin, interpretan de manera confusa una de sus pocas fuentes de información remota sobre nuestra civilización: la películas de TV que, como se saben, viajan a caballo de ondas electromagnéticas hasta los mismos confines de nuestra Galaxia. Allí aprenden cómo deben vestirse los malos, pero, claro, la película le llega con unos cuarenta años de retraso e ignorantes de la frívola modificación de la moda temporada tras temporada, nada les hace sospechar que las costumbres de vestuario han cambiado. Así que se fabrican esas pilchas y de paso unos automóviles a la misma usanza, y quizás por medios extrasensoriales obtienen la información que desean sobre el testigo y su entorno. Se materializan entonces casi a las puertas de su domicilio y progresan con su cometido. Pero en el camino cometen ciertos errores: algún lejano episodio de “Viaje a las Estrellas” les sugiere la conveniencia de algunos detalles como cables que entren y salgan del cuerpo: cautivados por los labios sensuales de tanta actriz de teleteatro, se preguntan porqué, en aras de verosimilitud, no añadir este toque de rouge también. Y en cuanto al lenguaje, si su fuente de información –siempre hipotéticamente- son nuestros medios masivos de comunicación, no sólo es comprensible que sea tan forzadamente estereotipado: sólo espero que no empiecen, en los próximos encuentros, a proferir las barbaridades que escuchamos todos los días.
Más evidencias de estilos pasados de moda: cuando en 1972 el investigador Frank Marne, domiciliado en Pittsburg, Estados Unidos, recibió la visita de tres supuestos militares interesados por sus investigaciones, una de las cosas que más llamó la atención de Marne fue la extrema pulcritud de sus uniformes de gala del Ejército norteamericano… pero con el estilo de la guerra de Corea, unos veinte años antes.
En setiembre de 1976, el doctor Herbert Hopkins, médico e hipnólogo de 58 años de edad, trabajaba como consultor en un caso de teleportación en Maine (Estados Unidos). Una noche en que su esposa e hijos habían salido dejándole solo, sonó el teléfono y un hombre que se identificó a sí mismo como vicepresidente de la Organización de Investigaciones OVNI de New Jersey solicitó entrevistarse con él para discutir el caso. El doctor Hopkins aceptó, pues en aquél momento le pareció lo más natural. Se dirigió a la puerta trasera para encender la luz para que el visitante pudiera encontrar el camino desde el estacionamiento, y vio al hombre que ya estaba subiendo los escalones de la entrada. “No vi ningún coche, pero aunque lo hubiera tenido es imposible que llegara a mi casa con tanta rapidez desde ningún teléfono”, comentó más tarde asombrado (es obvio que no eran tiempos de teléfonos celulares).
Pero en aquél momento el doctor Hopkins no experimentó sorpresa alguna, y acogió al visitante. El hombre vestía traje negro, sombrero, zapatos y corbata negros y camisa blanca. Pensó que su aspecto era el de un empleado de una funeraria. Sus ropas eran impecables: el traje, sin arrugas, y la raya de los pantalones, perfecta. Al quitarse el sombreo vio que era completamente calvo, y que carecía de cejas y pestañas. Su palidez era cadavérica, y sus labios eran de un rojo brillante.
En el transcurso de la conversación se frotó los labios con un guante, de ante gris, y el doctor se sorprendió al comprobar que los llevaba pintados.
Sin embargo, fue más tarde cuando el doctor Hopkins reflexionó sobre lo extraño del aspecto y de la conducta de su visitante. En aquél momento siguió la conversación con toda naturalidad, considerando que el episodio formaba parte de su actividad profesional. Cuando concluyó la charla sobre el caso que motivaba la reunión, el visitante afirmó que el doctor tenía dos monedas en el bolsillo relacionadas con el episodio. Le pidió al doctor que pusiera una de las monedas en su mano y él así lo hizo. El extraño dijo al doctor que mirara la moneda, no a él; mientras lo hacía la moneda pareció desenfocarse y luego se desvaneció gradualmente. “Ni usted ni nadie más en este planeta volverá a ver esta moneda otra vez”, dijo el visitante.
Después de hablar un rato más de los tópicos acerca de los OVNIs, el doctor Hopkins advirtió que el visitante hablaba más despacio. El hombre se levantó tambaleándose y dijo muy despacio: “Mi energía se está agotando, debo irme ahora. Adiós”. Se encaminó vacilante hacia la puerta y bajó los peldaños con inseguridad, de uno en uno. Hopkins vio una luz brillante en la carretera, una luz blanco – azulada y de brillo distinto a la de los faros de un auto. En aquél momento, sin embargo, supuso que se trataba del coche del extraño, aun cuando ni lo vio ni oyó.
Más tarde, cuando regresó la familia del doctor, examinaron la carretera, encontrando señales que no podían pertenecer a un coche, pues estaban en el centro de la calzada. Al día siguiente, y aunque el camino no se había utilizado, las marcas ya no estaban.
El doctor Hopkins quedó sumamente alarmado por la visita, sobre todo desde que empezó a plantearse lo extraordinario de la conducta de su visitante. De ahí que siguiera al pie de la letra las instrucciones de aquel hombre; borró las cintas de las sesiones hipnóticas que estaba realizando en relación al caso que le ocupaba, y aceptó abandonar el mismo.
Tanto en casa del doctor Hopkins como en la de su hijo mayor, siguieron ocurriendo incidentes curiosos. Hopkins supuso que tenían alguna relación con la extraña visita, pero nunca supo nada más de su visitante. En cuanto a la Organización de Investigaciones OVNI de New Jersey, tal institución no existía.
El 24 de setiembre, pocos días después de la abracadabrante visita, su nuera Maureen recibió la llamada de un hombre que pretendía conocer a John, su esposo, y preguntó si les podía visitar con un acompañante.
John citó al hombre en un restaurante de la localidad y lo llevó a su casa con el acompañante del mismo, una mujer. Ambos parecían tener entre treinta y cuarenta años, y vestían prendas pasadas de moda. La mujer resultaba particularmente chocante: tenía los pechos muy bajos, y cuando se levantaba daba la impresión de que las articulaciones de sus caderas eran raras. Los dos extraños caminaban con pasos muy cortos, y avanzaban como si tuvieran miedo de caerse.
Aceptaron unas gaseosas, pero casi ni las probaron. Se sentaron torpemente el uno junto al otro en el mismo sofá, y el hombre disparó varias preguntas muy personales a John y Maureen: ¿veían mucha televisión?. ¿Qué clase de libros leían?. ¿De qué hablaban?. Continuamente el hombre manoseaba y acariciaba a su compañera, preguntando a John si todo eso estaba bien y si lo hacía correctamente.
John abandonó la sala por un momento y el hombre trató de persuadir a Maureen para que se sentara junto a él. También le preguntó “cómo estaba hecha”, y si tenía alguna foto de ella desnuda.
Poco después la mujer se levantó y dijo que deseaba marcharse. El hombre también se levantó, pero no hizo ningún movimiento para irse. Estaba entre la puerta y la mujer, y parecía que para ella el único camino para llegar a la puerta era andando en línea recta, directamente a través de él. Al final la mujer se volvió hacia John y le dijo: “Por favor, muévalo, yo no puedo”. De repente, el hombre se movió, seguido de la mujer; ambos caminaban en línea recta. No dijeron nada más; ni siquiera se despidieron.

¿Rostros orientales dijimos?.

Octubre de 1932. Poblado esquimal de Anjiku (mil millas al norte de la ciudad de Churchill, Canadá)

Luego de casi tres semanas de no haber recibido los pueblos mineros y pesqueros cercanos ninguna visita de esquimal alguno de esta aldea de menos de cincuenta habitantes (casi todos parientes, con abundancia de matrimonios intrafamiliares), una patrulla de la Policía Montada de Canadá se desplazó hasta la misma en la presunción que hubieran sido víctimas de alguna catástrofe, como una epidemia. Al llegar al lugar, encontraron la más absoluta desolación: la aldea estaba desierta, pero una gran huella de pisadas –que permitió calcular la desaparición en apenas unos días antes de la fecha- se dirigía rectamente hasta un páramo a algunos centenares de metros de la choza más alejada, como si todos los lugareños hubieran caminado en grupo, hasta detenerse y desplazarse, al parecer durante largo tiempo, en forma errática pero sin salir jamás de un círculo de unos cien metros de diámetro. No se halló cadáver alguno. Las armas estaban en sus lugares (ningún esquimal se alejaría de su vivienda sin su arpón, cuchillo y fusil). Los rescoldos del fuego y los calderos con restos descompuestos de comida señalaban que las mujeres habían abandonado en pleno sus quehaceres domésticos, impresión que se veía ratificada por los dos sacones de piel con agujas de hueso de foca aún atravesadas, en una costura abandonada imprevistamente a medio hacer. Los perros, desfallecientes y temerosos, seguían atados a sus cadenas, las canoas en sus apostaderos. Como en el Mary Celeste todo era como una postal congelada en el tiempo de la vida cotidiana, pero donde se hubiera suprimido a sus protagonistas.

Hombres de negro de tez aceitunada, narices ganchudas, orientales…

La conexión psíquica
Si nos detenemos en este punto tendremos dos opciones: o tirar por la borda la totalidad de los testimonios (aún aquellos bien documentados y acreditados) por considerarlos un atado de sandeces sin sentido alguno; o preguntarnos si detrás de esa apariencia ridícula se esconde algo más. Obviamente, voy por esta segunda opción. Porque si bien es dable esperar que todo fraude, toda historia propia del día de los inocentes muestre la hilacha de ciertas características absurdas, la verdadera avalancha de tales matices en estos testimonios es precisamente y a mi juicio, lo que los hace más sugestivos: si sólo se tratara de una sarta de invenciones, se disimularían más fácilmente si sus aspectos fueran, digamos, más cotidianos. Esas concatenaciones de detalles ersatz es lo que me sugiere que hay una extraña realidad común detrás de todos ellos.
Y aquí regreso a lo enunciado párrafos atrás: su absurdidad es tan evidente que es parte de su naturaleza, una “pauta de comportamiento”, vamos. Una absurdidad que tiene más que ver con la naturaleza de las reacciones que provoca en los destinatarios que con la estructura del fenómeno en sí (¿recuerdan el ejemplo del “koan” zen?). Una absurdidad pletórica de componentes místicos: apariciones y desapariciones fantasmales, poltergeist sistemáticos (que acompañan los días de las víctimas inmediatamente posteriores a las visitas), objetos que aparecen y desaparecen (los estudiosos del budismo tibetano conocen de sobra las técnicas de “tulpas”, literalmente “formas de pensamiento”, mediante el cual los iniciados logran concentrarse tan intensamente en determinadas imágenes que terminan éstas haciéndose visibles y hasta tangibles incluso para observadores escépticos, objetivos y experimentados; verdaderos “fantasmas de la mente” que sobreviven en ocasiones durante días cuando sus creadores se han desentendido de ellas)…

Ya en 1976, el investigador argentino profesor 0scar Adolfo Uriondo, en un meduloso artículo inserto en la ya desaparecida revista “Ovnis: un desafío a la ciencia” señalaba la molesta –cuando menos para los integrantes del pelotón de tuercas y tornillos- pero irrebatible irrupción de la fenomenología parapsicológica dentro del campo de la casuística OVNI. Si bien no es muy procedente tratar de explicar un misterio mediante otro misterio, tampoco sería ético negar las implicancias paranormales que suelen ser el marco de las apariciones de estos objetos; negación que respondería más a un compulsivo deseo de evitar discusiones ríspidas con la ciencia mecanicista que alejara al ovnílogo aún más de ser aceptado en sus templos, que como una honra a la exactitud de la información. Porque cuando aún no se hablaba de channeling ni de maestros ascendidos, cuando Vallée apenas esbozaba tímidamente su teoría del monitoreo desde una Realidad Alternativa, ya entonces, decíamos era evidente un ámbito de superposición referente a ciertas pautas de comportamiento de las entidades asociadas a OVNIs, pautas asociadas a lo que se espera de “apariciones” o, vulgarmente, “fantasmas”. Mi razonamiento, a partir de allí, es el siguiente: si se admite la realidad casuística de fenomenología paranormal dentro del contexto de la temática OVNI, en testimonios de indiscutible verosimilitud, ¿quién estaría en condiciones de definir el límite exacto de ambos campos?. ¿Quién puede lícitamente arrogarse el derecho de decidir hasta qué punto se aceptan manifestaciones parapsicológicas dentro de lo ovnilógico y a partir de qué punto no, excepto cuando ese territorio desdibujado opaca, por su invasión, los juicios apriorísticos de quien, atado desde el vamos a ciertas hipótesis preestablecidas sobre su origen, ve así amenazada su creencia?.
Los investigadores de OVNIs y las personas que los han visto no son de ningún modo los únicos que reciben visitas de hombres vestido de negro. Quienes investigaron la resurrección religiosa de 1905 en el norte de Gales, describen las fantasmagóricas apariciones de tres hombres vestidos íntegramente de negro –en contadas ocasiones uno solo- en los (adivinen dónde) dormitorios de líderes religiosos de esas comunidades. Los mismos que relatan, avalados por numerosos testigos, que durante sus manifestaciones multitudinarias extrañas “luces” multicolores revoloteaban sobre la multitud. Una de las predicadoras más reconocidas, Mary Jones, relata en sus memorias como cierta noche, en que una de estas inquietantes visitas se apersonó en el vano de la puerta de su alcoba y le increpaba, una “luz” esférica, blanco azulada, se materializó sorpresivamente dentro de la habitación y descargó un “rayo” sobre el ser, vaporizándolo. Todo esto parece una fantasía delirante, si no fuera por el hecho de que existen evidencias probadas de algunos de los fenómenos relatados, muchos de los cuales fueron presenciados por varios testigos independientes, algunos de ellos abiertamente escépticos. A lo que apunto es que lo que sabemos acerca de las manifestaciones actuales de Hombres de Negro puede ayudarnos a comprender sus apariciones en el pasado, y viceversa. De una forma u otra, aparecen en el folklore de todos los países, y periódicamente pasan de la leyenda a la vida cotidiana. El 2 de junio de 1603 un joven campesino se confesó culpable, frente a un tribunal del sudoeste de Francia, de varios actos provocados por su transformación en lobo; había acabado secuestrando y comiendo a un niño. El “hombre lobo” afirmó que estaba actuando bajo las órdenes del Dios del Bosque, del cual era esclavo, un hombre alto y moreno, vestido todo de negro y montado en un caballo negro.
¿Y qué decir del silencioso y no menos misterioso visitante que golpeó a las puertas de la residencia de Mozart para encargarle un Réquiem, con una espléndida paga en efectivo y la consigna de no preguntar sobre su destinatario, réquiem que quedó inconcluso por la muerte del compositor, sospechoso en los últimos momentos que como una broma macabra el réquiem había sido encargado, precisamente, para él?. Y es obvio que si en la vida de Mozart debemos buscar razones para su acoso, las mismas seguramente no estarán en sus creaciones sino, quizás, en su filiación masónica.
Todos los evidentes elementos simbólicos en sus apariciones han llevado a algunos autores a postular que los Hombres de Negro no son criaturas de carne y hueso, sino construcciones mentales proyectadas desde la imaginación de quien la percibe, y que adoptan una forma que combina la leyenda tradicional con las imágenes contemporáneas. Sin embargo, no es tan simple como parece: la mayoría de los relatos aseguran que se trata de criaturas reales que se mueven en el mundo real y físico.
En diciembre de 1979, en la ciudad de la entonces Alemania occidental de Tirschenreuth, en el alto Palatinado, por varias semanas la gente no se atrevió a salir de noche de sus casas. Los padres prohibían a sus hijos que fueran por las calles una vez caído el sol; las mujeres, por motivos de seguridad, hacían que sus amigos o parientes fueran a buscarlas al lugar de trabajo. Y todo porque numerosos habitantes se vieron enfrentados a un fenómeno verdaderamente siniestro.
Una y otra vez, aterrorizados testigos acudían a la policía para denunciar el mismo hecho: de la oscuridad surgía repentinamente un coche con las cortinas en las ventanillas laterales, del cual descendían tres hombres vestidos de negro que, ante la mirada de los espeluznados transeúntes, abrían la portezuela trasera y extraían un féretro, abriéndolo en ocasiones. En este punto, los involuntarios testigos recuperaban el control de sus piernas y salían disparados, aunque algunos alcanzaban a atisbar en el interior del ataúd, totalmente vacío, lo que hacía aún más incomprensible y tétrica la actitud de los silenciosos individuos. Varias mujeres tuvieron que ser hospitalizadas en estado de shock, y un par de muchachos con presencia de ánimo para detenerse a algunas decenas de metros y mirar hacia atrás, manifestaron que el enigmático vehículo parecía “desaparecer fundiéndose con las sombras”.

Así que con estas anécdotas y estos parámetros, y puesto a hipotetizar sobre su origen, creo que puede circunscribirse su naturaleza a:

– agentes extraterrestres infiltrados en busca de silenciar testigos que entorpezcan sus ominosos planes para con nuestra Humanidad.
– Secuaces diabólicos de un inmarcesible Belcebú que usan al satánico fenómeno OVNI para vehiculizar sus innobles propósitos.
– Agentes federales, de organismos gubernamentales o militares, deseosos de monopolizar en aras de su belicismo innato los secretos que puedan llegar a arrancarse al OVNI.
– Una sociedad secreta.

La primera posibilidad es posible pero no probable. Ciertamente, lo que ha silenciado a la gente no han sido los Hombres de Negro sino el propio miedo de los destinatarios. Y en el caso de los que hicieron caso omiso (entre ellos, un servidor), bueno, aquí estamos y seguimos. La segunda opción, de neto corte fundamentalista, ha sido en realidad propuesta por grupos evangélicos –generalmente de filiación pentecostal- y está, a mi criterio, más emparentado con el usufructo del miedo a lo desconocido inherente a los bajos estratos sociales en función de un proselitismo ideológico, que a una cabal identificación de estos oscuros personajes. Para refutar esta posibilidad (que, como exótico renacimiento medieval, aún he escuchado en fechas cercanas- permítaseme señalar dos detalles: si de entidades espirituales demoníacas se tratara, toda esa parafernalia a lo Bugsy Malone carecería de sentido: simplemente, una vaporosa y sulfurosa aparición en la intimidad del destinatario de la amenaza y a otra cosa, mariposa. En segundo lugar –y le cabe el sayo de la hipótesis anterior- un demonio, por subalterno que fuere, que no materializara sus maléficos propósitos no sólo perdería autoridad; se expondría al ridículo, situación a la que, como es de público conocimiento, el Príncipe de las Tinieblas no es muy afecto.
¿La tercera opción?. ¿Federales o militares pintándose los labios, clavándose los extremos de un hilo de cobre en las pantorrillas, manoseando a sus parejas en público como para ser detenidos por ofensa al pudor o metiéndose en los detalles íntimos de quienes visitan –a quienes, generalmente, sólo amenazan al final de la entrevista- arriesgándose a un fenomenal puñetazo de un marido celoso.. o expuesto in fraganti delito?. Los que hemos vivido y padecido épocas de autoritarismo militar sabemos que los mismos, cuando así quieren proceder, no se andan con chiquitas, y si muchos testigos de las apariciones de MIBs no fueran de por sí individuos altamente confiables, personas honestas y respetadas en la comunidad, interlocutores válidos en cualquier instancia judicial, testigos creíbles para cualquier jurado, todo esto habría que echarlo por la borda de lo probable.

Me quedo, entonces, con la cuarta posibilidad: una sociedad secreta, que a través de centenares de años ha influido para evitar el avance del conocimiento de la humanidad sobre determinados temas: ayer, logros científicos. Hoy, el contacto abierto con fraternidades extragalácticas, contacto que necesariamente debe ir precedido de la aceptación pública del mismo.
Una sociedad que, por su naturaleza y desarrollo fuertemente emparentado con lo que conocemos como Ciencias Herméticas y Ocultas, le ha puesto en poder de determinadas facultades extrasensoriales o el acceso a fuentes de energías no físicas. Una sociedad secreta puesta al servicio de ciertas entidades –quizás más extradimensionales que extraterrestres- deseosas de impedir un salto cuántico en la evolución de esta Humanidad, y seguramente de otras también. Quizás por una simple cuestión de supervivencia…
Existe un movimiento, a través de la Historia y los gobiernos, que opera desde las sombras para impedirle a la Humanidad progresar demasiado velozmente o en determinadas direcciones, un poder particularmente deseoso de cercenarnos espectaculares progresos científicos y tecnológicos que en distintas confluencias de los tiempos pasados, remotos o cercanos, estuvieron casi al alcance de la mano y que hubieran provocado, de ser reconocidos y alentados, un “salto cuántico” en la historia de nuestra especie. Este Poder detrás del Poder, a quienes llamo los “Barones de las Tinieblas” –y que volveremos a encontrar inquietantemente afines a las motivaciones o aparentes objetivos de cierta clase de visitantes cósmicos- están en permanente conflicto con otra sociedad secreta –llamémosla los “Guardianes de la Luz”- afines a seres extraterrestres o extradimensionales benéficos para con la especie humana.

Sin embargo, sé que puede resultar una tarea ímproba y casi imposible demostrar, más allá de toda duda plausible, la existencia de esa “sociedad secreta”. Simplemente por el hecho que cuanto más fuerte y más clandestina es, menos evidencias habrá dejado de su paso, y ni que pensar en registros escritos u otras de similar tenor. O dicho de otra manera; cuánto más éxito haya tenido en permanecer secreta, aunque parezca una verdad de Perogrullo, más ímprobo resultará demostrar su existencia. Así que la pauta para probar su realidad dependerá de aplicar el razonamiento que si a través del tiempo podemos encontrar personas aunadas por idénticos procederes y objetivos, reivindicando intereses comunes, o eventos o personas, físicas o jurídicas, manipuladas por igualmente extrañas circunstancias que en todos los casos conlleven a consecuencias concomitantes con los objetivos de los sujetos mencionados en primer término, podrá entonces colegirse con bastante fundamentos que los segundos serán víctimas de las maniobras de los primeros, a su vez, hermanados en una mística común; la que sólo puede responder a la fraternización dentro de una organización unívoca.
Porque el accionar de los Barones de las Tinieblas ha apuntado, cíclica, persistentemente –y debo admitir que con éxito- a frenar la evolución de la especie humana. ¿Con qué fines?. Tal vez vayamos desvelándolos a lo largo de otras páginas, pero convengan conmigo que de suyo se impone el más obvio: una humanidad ignorante de sus potencialidades, alejada de descubrimientos que podrían provocar un “salto cuántico” en su evolución, es fácilmente manipulable. Distraídos de lo Trascendente, encolumnados detrás de espúreas metas ilusorias, recuerdan aquel comentario de Charles Fort: “¿Acaso las ovejas saben cuándo y cómo van al matadero?”.
Y precisamente porque su accionar ha sido exitoso, es que nos resulta muy difícil tomar conciencia de cuánto nos hemos alejado de un camino de crecimiento interior y exterior, cuán lejos podríamos estar en el camino a las estrellas si en ciertos quiebres de la historia, en ciertas curvas de la ruta, no se nos hubiese empujado a tomar desvíos que, en lugar de incómodos, traumáticos pero efectivos atajos, eran en realidad sofisticadas, atractivas y cómodas autopistas hacia la Nada.
De los ejemplos que he mencionado, está llena nuestra crónica. Sobre la que, si les interesa, sabremos regresar.
No obstante, permítanme un último comentario. La hipótesis de una sociedad secreta de origen milenario, dotadas de facultades supranaturales y con fines más psíquicos y espirituales que materiales, casa perfectamente con el modus operandi de los Hombres de Negro. Son necesariamente atemorizantes para el testigo y simultáneamente poco creíbles, de forma que el destinatario sienta hasta vergüenza de dar detalles de su odisea. Porque si fuesen mafiosos típicos o paramilitares puntillosos, la verosimilitud de la historia no sólo desencadenaría investigaciones policíacas y gubernamentales profundas sino que por carácter transitivo daría credibilidad al “episodio OVNI” de ese testigo. Pero si éste, ya sospechado de delirante por haber visto “platillos volantes”, encima declara haber sido visitado por seres vestidos de negro que aparecieron de la nada, con baterías que se descargan, una libido incontrolada, voyeuristas cósmicos de fotos desnudas de la esposa de usted o ese toque femenino de carmín, el delirio es total, el absurdo campea por sus dominios y el testigo es despedido entre risotadas y burlas crueles. Al igual que todo el fenómeno OVNI, es otra “koan”: están pero no se ven, influyen sin interferir, marcan la Consciencia Colectiva pero nadie ve a los manipuladores. Se mueven (no podría ser de otra forma) al filo de la realidad.

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