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LA EXPERIENCIA DE ABDUCCIÓN COMO INICIACIÓN ESOTÉRICA

Publicado por Gustavo Fernández en 29-11-2010

La irrealidad de una fantasía no es enteramente tan absoluta como por lo general suponemos: si nuestra conducta, por ejemplo, es afectada por nuestro deseo fantástico de ganar el afecto de la persona amada, si modifica nuestra vida y tal vez afecta todo el curso de nuestras carreras, ¿podremos decir sensatamente que fue una causa irreal la que produjo estos efectos por demás reales?

Hillary Evans

 

A lo largo de numerosos artículos y diversos ensayos, he venido proponiendo –ignoro con qué suerte- una nueva óptica de abordaje respecto de las causas tras el fenómeno OVNI; un abordaje equidistante de la interpretación materialista alienígena como de la psicologista que entiende estos fenómenos como subproductos alucinatorios de carencias o represiones emocionales. Una óptica que –resumo- entiende la presencia de una inteligencia exterior y ajena al testigo, pero que por razones que no abundaremos aquí (ya que ameritan un estudio por sí mismas) se disfraza, dramatiza y representa una puesta en escena de naves, astronautas, escalerillas, controles luminosos, camillas de quirófano, botas y cinturones fosforescentes, en fin, tuercas y tornillos.

Una óptica que entiende que, sea esa inteligencia o inteligencias sencillamente extraterrestre o complicadamente extradimensional (cualquier cosa que fuere lo que entendamos por este término) “construye” situaciones no “reales” en sí mismas en el sentido de causa y efecto, sino verdaderas teatralizaciones enteléquicas, donde el episodio tiene otras razones de ser que aquellas que se le adjudican.

Un automovilista avanza en total soledad por una carretera de madrugada. Es sólo oscuridad y silencio, paz y quietud lo que lo rodea en una noche donde, quizás, él es el único motorista que ha pasado por allí. De pronto, de un costado de la ruta emana un poderosísimo haz luminoso y el hombre, estupefacto, ve de entre un bosquecillo elevarse, hasta entonces inadvertido, un destellante OVNI multicolor que en potentísimo despliegue acelera y se pierde en lontananza.

Los ovnílogos conocemos un sinnúmero de casos de este tenor, y estoy seguro que cada uno que esté leyendo estas líneas no ha podido evitar el acto reflejo de asociarlo con algún episodio específico de su conocimiento. Y todo parece tan simple: una nave extraterrestre ha sido “casualmente” observada en su despegue por un circunstancial viandante. Tan sencillo como eso. O no. Porque, para molestar, se me ocurre una pregunta: ¿porqué tuvo el OVNI que despegar justo cuando pasaba el único automovilista de esa madrugada?. De haberlo querido, el despegar unos minutos antes o después lo hubiera mantenido en el anonimato (lo que, por otra parte y si uno se atiene a las periódicas “declaraciones” de estos pretendidos extraterrestres, o la propia historicidad del fenómeno, es lo que se reivindica permanentemente). Pero no. Es como si la inteligencia detrás del OVNI hubiera estado esperando ese momento. Como si lo hubiera hecho con toda intención de ser visto por ese solitario y desprevenido testigo. Pero sólo por un testigo.

O bien, también en horario fuera de lo común, dos amas de casa de un suburbio ven descender con movimientos erráticos un OVNI junto al cual, segundos después, se posa otro. De ambos sale un grupo más o menos numeroso de aparentes tripulantes que se dedican, afanosa y ostensiblemente, a “reparar” al primero de los objetos, o por lo menos eso es lo que parece ser la naturaleza de sus actos. Manipulan objetos con aspecto de herramientas bajo y sobre la nave, acarrean cajas de variado tamaño de uno a otro lado, incluso, ¡oh, bizarro anacronismo!, la rutilante luminosidad de… puntos de soldadura es arrancada de su superficie. Hasta aquí, todo parecería absolutamente previsible, esperable y dentro de lo atípico de la circunstancia, “normal”. Pero sólo si no nos hacemos ciertas incómodas preguntas. Por ejemplo: ¿Porqué siempre resulta exitosa en tiempo y forma la reparación? (Alguien dirá que las historias de “OVNIs estrellados” demuestran que “no siempre” terminan satisfactoriamente; pero precisamente a eso me remito. O se estrellan, o salen airosos de la “panne”). ¿Porqué no queda ningún resto material de semejante bricolage?. Y, lo más importante, ¿porqué siempre la reparación termina justo a tiempo?. A tiempo antes del inminente amanecer; a tiempo antes que pase el primer bus de la mañana, a tiempo antes que el policía de ronda, la patrulla de caminos o el guardia privado acierte a pasar por el lugar. En suma, justo a tiempo antes que aparezcan otros testigos.

De lo que queremos hablar, es que la experiencia OVNI tiene, indudablemente, un componente físico: el OVNI (o lo que sea que opera detrás de él) existe, deja huellas en el terreno, altera motores, deja “blips” en las pantallas de radar. Pero sus manifestaciones, por un proceso que lentamente trataremos de ir desentrañando, tiene su realidad psicológica también. Pero una realidad psicológica que trasciende el ideario imaginativo como única causación. Dicho de otra forma; si bien sería muy sencillo explicar estas manifestaciones como de carácter alucinatorio simplemente (y, si se me permite la petición de principio, parto del supuesto que hemos previamente eliminado los posibles casos de fraude), existen ciertas preguntas que debemos hacernos, y que demuestran que, si bien la explicación psicologista resulta a priori culturalmente satisfactoria, es sólo el producto de un paradigma, y si parece satisfacer con prontitud el deseo de respuesta es sólo porque constituye una explicación coherente más, pero no la única. O no tan coherente, en tanto y en cuanto no responda a esos interrogantes fundamentales.

Por ejemplo, la afirmación extendida de que ciertos autodenominados “testigos de encuentros cercanos” dramatizan un episodio de alucinación a partir del material que en el Inconsciente anida relacionado con ello (películas, relatos de diarios y revistas) es sólo digerible cuando sabemos que el sujeto acumula cierto bagaje informativo sobre el particular. Pero, ¿dónde deja eso a los miles de testigos analfabetos, marginales de la cultura que jamás han visto una película y menos sobre extraterrestres?. ¿Qué pasa con las descripciones cuando provienen, no sólo de avispados cosmopolitas, sino de trashumantes saharianos, bantúes, aldeanos del altiplano, indígenas chachapoias?. ¿Cuál sería en estos casos el “fundamento cultural” de sus percepciones?. Y, más aún, ¿qué pasa con los primeros testigos de los primeros tiempos, cualquiera que éstos hayan sido?.

Seguramente algún lector echará mano aquí al argumento del Inconsciente Colectivo, como gigantesca y atemporal “base de datos” de la humanidad y de cuyos arquetipos (estructuras eidéticas primarias) se alimentan todas las mitologías y, dirán nuestros detractores, lógicamente también la saga de los OVNI. Cuando Jung expresó la idea de que el OVNI, con su forma circular, era un “mandala”, símbolo de la totalidad, el reencuentro con sí mismo, abrió las compuertas a un aluvión de reduccionistas y simplistas: para ellos y desde entonces, el OVNI fue sólo la expresión inconsciente de la angustia existencial. Luego cerraron filas los freudianos, con su hipótesis de que los OVNIs con forma de cigarro eran… símbolos fálicos, emergentes de las carencias o represiones sexuales de la gente. No nos han dicho qué hacer con los OVNIs cúbicos, pentagonales, triangulares, pero no creo que haya problema: como ciertos psicólogos son capaces de explicar cualquier cosa, no dudo que no tardarán en construir una remanida estructura dialéctica a la que denominarán “explicación”.

Pero no nos alejemos del concepto de Inconsciente Colectivo y su arquetipo, el mandala. Sólo que creo que se trata de un excelente y estimulante concepto, sí, y no podemos desecharlo: tal vez los visitantes que llegan en naves en forma oval o esférica expresen la idea de totalidad, pero reconozcamos que hay que bucear en demasía para encontrar unos pocos componentes arquetípicos en el promedio de informes sobre OVNIs y, aunque los encontráramos, son más bien abstracciones intelectuales, improbables de inspirar una experiencia emocional vívida.

Ciencia ficción y OVNIs

La explicación más sencilla de un hombre no es la de otro hombre. Hace años, el folklorólogo Bertrand Méheust “demostró” la correlación existente entre las antiguas apariciones de OVNIs de los años ’40 y ’50 y relatos de ciencia ficción de principios de siglo. Esto parecía zanjarlo todo. Sólo que quedaba un problema que Méheust sugestivamente ignora: la absoluta improbabilidad que un campesino tejano de los ’50 hubiera leído, por caso, un relato de ciencia ficción publicado en alemán –y nunca traducido- en una revista de cuarenta años antes. Recuerdo un caso belga de 1954: “Una pálida luz les permitía distinguir lo que les rodeaba, y parecía no salir de ninguna parte”, detalle que sí tiene un antecedente en la narrativa fantástica francesa… de 1908: “Sobre ellos brillaba una luz verde difusa, pero, ¿de dónde venía?. Parecía formar parte del material mismo de la habitación…”.

Algunas de estas reflexiones pueden ser extendidas también al campo de la abducción. Es difícil creer que las particulares descripciones concordantes de los secuestrados en cuanto a ser coincidentes en detalles de, por ejemplo, el instrumental quirúrgico que se empleó sobre sus cuerpos respondan a un arquetípico modelo de escalpelo cósmico.

La avanzada psicologista, empero, se encoge de hombros y aduce la riqueza de recursos de la imaginación humana. Citan, en su concurso, los experimentos con voluntarios hipnotizados que fueron invitados a “imaginar” el secuestro a bordo de un OVNI, y la estrecha correspondencia de sus descripciones con los relatos dados como “reales”. De allí a deducir que los abducidos lo imaginan todo, hay sólo un paso. Pero es un paso en falso.

Porque, en primer lugar, puedo invertir la carga de la prueba de los mismos psicologistas y sostener que si se presupone que los testigos de apariciones OVNI toman el material de la cultura dominante para fraguar (aunque sea involuntariamente) sus “visiones”, pues con más razón pueden hacer lo mismo los voluntarios de estas experiencias (generalmente estudiantes universitarios deseosos de ganar unos dólares, amas de casa de mediana formación interesadas en ocupar sus tiempos libres en actividades estimulantes; pero nunca atareadísimos pastores montañeses), más aún, y como los mismos expertos saben, en un nivel profundo deseosos de complacer al controlador de la experiencia.

Pero el segundo detalle significativo (concluímos aquí sobre el extenso trabajo de Alvin Lawson, John De Herrera y Walter McCall, sobre el que volveremos) es que las descripciones concomitantes surgen con individuos hipnotizados, y no con los que no lo están. Al margen de que aún desconocemos casi todos los mecanismos que operan en ese eclipse de la conciencia que es la hipnosis, a la cual los mismos críticos señalan como herramienta poco fiable en la investigación ufológica, es significativo que dicha correspondencia (entre la anécdota real y el trance inducido) ocurra precisamente en ese estado. Aunque también podríamos decir, que más que construir escenas irreales con material profundamente inconsciente, estos experimentos establecen incuestionablemente la aptitud de los sujetos hipnotizados para reproducir, no a grandes rasgos sino con intrincados pormenores, argumentos a los que no habrían tenido acceso por medios convencionales. En el estado de hipnosis –y es razonable conjeturar que otros estados pueden servir igualmente bien- los sujetos parecen poder obtener acceso a material por medios que no son físicos ni sensibles, y reestructurar luego ese material sobre una base creativa y selectiva, usándola para urdir un relato dramático, a la medida de lo que se les pide.

En un trabajo anterior (“La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los OVNIs”, publicado en distintos medios, entre ellos, en el número 9 de nuestra revista digital “Al Filo de la Realidad” – ) me he extendido –cosa que no haré ahora para evitar ser repetitivo- entre las correspondencias que a mi entender existían entre esas dos disciplinas. Pero para la mejor comprensión de la teoría que expondré aquí, es necesario profundizar en ciertas interrelaciones. Aquí, me detendré particularmente en dos: la indiferenciación entre observaciones de OVNIs y de otro tipo de “entidades” (marianas, demoníacas, etc.) y la “selectividad” que el fenómeno manifiesta.

Autores mucho más calificados que yo (Salvador Freixedo, Jacques Vallée, entre otros) abundaron en la investigación –especialmente abrevando en fuentes históricas- de “apariciones”, generalmente interpretadas dentro de un contexto religioso, pero que expurgadas de todo matiz cultural aparecían difícilmente desglosables de muchos aspectos, a veces centrales, a veces periféricos, del fenómeno OVNI. No voy a volver aquí sobre sus pasos. Simplemente (ante el clamor de muchos que seguramente sostendrán que cuando una señora campesina que “ve”a la Virgen esto es suficiente claro y taxativo como para no confundirla con un ET) repasar ciertos conceptos, el primero de ellos no perder de vista que no se puede ser a la vez juez y parte, lo que es tanto como decir que difícilmente yo pueda juzgar con equidad y objetividad una experiencia espontánea, emotiva y estresante como es la irrupción en la vida de cualquiera de uno de estos fenómenos. Como nadie es buen observador de sí mismo, que “yo concluya” que “mi” visión es tal o cual cosa es una petición de principio respetable, pero no aceptable. Lógicamente, muchas personas simples y sinceras están convencidas que han visto a la Virgen María o a tal o cual entidad espiritual porque así la misma se presenta, lo que, en todo caso, presupone asignarle a la entidad un grado de sinceridad que no se fundamenta más que en la necesidad de satisfacer las propias expectativas. Pero si analizamos objetivamente los hechos –y un ejemplo contundente de ello es el trabajo del investigador lusitano Joaquim Fernándes respecto de las apariciones de la Virgen de Fátima- sólo un condicionamiento preexistente –o ciertos intereses posteriores- del perceptor o de personas o instituciones de fuerte influencia sobre él –las iglesias- llevan a transformar lo visto en una entidad sacra determinada, cuando lo que generalmente se ve es simplemente una “luz”, o, en el mejor de los casos, una entidad humanoide, pero ni siquiera remotamente parecida a la hagiografía con que se les conoce. A fin de cuentas, un evento de los pocos mistéricamente aceptados por el Vaticano (las apariciones en Lourdes a Bernardette Soubirous) responde a estas características: Bernardette declara tener sus primeros encuentros con una “señora” (a la que por otra parte, describe casi como una niña) que, aunque se presenta como la “Madre de Dios”, le despiertan tanto recelo que no duda en concurrir a una de las “entrevistas” munida de un frasco de agua bendita que sorpresivamente arroja sobre la entidad. Que una niña campesina, inculta y en un medio fuertemente religioso como el que rodeaba a Bernardette sea lo suficientemente suspicaz como para dudar de que se tratara realmente de la Virgen, demuestra hasta que grado la entidad, cuando menos en su aspecto –si no en sus palabras- dista de responder a los modelos clásicos del género. Así, los sacerdotes estimulan (abierta o solapadamente) las revelaciones marianas, mientras prefieren ignorar centenares de miles de testimonios de manifestaciones que, por no caer bajo su égida, quedan en el limbo; sucesivos médiums espiritistas no tienen empacho en aceptar la aparición de la querida y muy finada tía Clara pero se encogen de hombros ante las descripciones de visitas alienígenas, y contemporáneos ufólogos sostienen audaces teorías cósmicas pero consideran pura y simple superstición los relatos de Garabandal o San Nicolás.

Pero en realidad esta división no nace tanto del fenómeno en sí (un triángulo luminoso se mantiene suspendido en un amanecer junto a un arroyo. Dos personas lo observan: una anciana campesina que salió a revisar su gallinero y, desde la autopista, un ingeniero que pasaba en su automóvil. ¿Alguien duda que la primera contará sobre una aparición “divina” o “demoníaca” y el segundo hablará sobre un “OVNI”?) sino de la diferenciación que nosotros presuponemos. Y diferenciar presupone que cada categoría es homogénea (“todos los OVNIs tienen en común algo fundamental”) y, segundo, que esta es distinta de otras categorías (“lo que los OVNIs tienen en común es distinto de lo que las apariciones marianas tienen en común”). Y eso implicaría que conocemos bastante acerca de OVNIs y apariciones marianas como para decir cuándo una aparición es lo uno o lo otro. Y habría que ser muy, pero muy pedante, para sostener que efectivamente, sí sabemos tanto.

Así que en esta aproximación, un refuerzo a la conexión entre Parapsicología y Ovnilogía radica en la muchas veces difusa línea fronteriza que separa ambos fenómenos. Pero habíamos hablado de una segunda correspondencia. Y es lo que yo llamo selectividad.

Como sabemos, el fenómeno Psi, cuando ocurre, no cumple muchas de las condiciones de las energías físicas. Eso lo he descripto en otro lugar y allí quedará. Pero llamo la atención sobre el particular que no cumple el efecto “de campo”: si yo enciendo una estufa y me paro al otro lado de la sala para percibir su calor, puedo estar seguro que cualquier punto entre la estufa y mi persona también será alcanzado por el calor, mayor cuanto más próximo a la fuente emisora esté. Pero en los fenómenos extrasensoriales esto no ocurre. Yo puedo protagonizar un episodio de telepatía con el señor que está al fondo del salón sin que nadie en los puntos intermedios perciba o interfiera con lo que estamos haciendo. O puedo actuar –es un decir, claro- telekinéticamente sobre la lapicera que tengo al otro lado del escritorio sin que resulten afectados, por caso, el ratón, el teclado, el teléfono, la pila de CDs o mi pipa que están entre esa lapicera y yo. La ingeniera Carolina Grashoff me propuso una explicación “sencilla”: un mecanismo de sintonía. Así, si movemos esa lapicera y no otra, si contacto telepáticamente con ese caballero y nadie más es que por alguna razón que se me escapa, hay una afinidad, una correspondencia, diría Carolina –ingeniera al fin- una capacidad de sintonización. Pero, en definitiva, ¿una sintonización con qué?. Y así, como el dial de la radio nos permite sintonizar distintas “frecuencias” –niveles- en las cuales se expresa un mundo diferente de sonidos, creo posible que esa capacidad de “sintonización” sea con un plano, una dimensión o un orden distinto de Realidad. Otra vez, el cerebro, entonces, no produciría el fenómeno, sino que, como transductor, lo calibraría. (integro aquí este concepto al que ya he expresado en mi artículo “Memoria: el archivo del Universo”, revista “Al Filo de la Realidad” número 10)

Bien, hay, de todas formas, una selectividad. Y cuando en una aparición OVNI (aunque, después de los párrafos que he escrito, sé que el lector entenderá que el mismo razonamiento puede aplicarlo a una pléyade de entidades) es percibida por ciertas personas de un grupo y no por otras, creo que se cumple un principio de selectividad similar. Aún cuando muchos crean que es más cómodo acudir a una explicación alucinatoria. Pero el punto es que más a menudo se echa mano a las alucinaciones como explicación que la probabilidad que las mismas sean las responsables, en principio, porque los cuadros alucinatorios requieren de patologías muy específicas y nunca se producen una sola vez en la vida, sino que tienen una recurrencia muy particular. Así que cuando un testigo dice estar viendo un OVNI que no es percibido por un circunstancial compañero, estamos aquí ante otra coincidencia fenomenológica entre OVNIs y Parapsicología.

Mi opinión personal es que Psi y OVNIs pertenecen, con matices, al mismo ámbito. Detrás de los OVNI deduzco la presencia de una Inteligencia o Inteligencias; detrás de los fenómenos Psi no, pero sí, por el contrario, la acción multifacética de fuerzas. Creo que en ese ámbito del que estaba hablando, las fuerzas que en él operan se manifiestan en el nuestro como fenómenos Psi, y las inteligencias que en él habitan se presentan en el nuestro con la mascarada OVNI. Creo que lo que llamamos “OVNI” es un ente proteiforme que se adapta a las necesidades emocionales de quien lo percibe. Y como toda conducta demuestra la presencia de una inteligencia, y asÍ como toda conducta tiene una motivación y un objetivo, el exacerbar las necesidades emocionales de los testigos tiene que tener también su razón de ser. Pero no nos apresuremos.

Ese ámbito del que he hablado lo concibo como un orden distinto de Realidad. Un plano Trascendente a aquél en que ocupamos. Y así comenzará a tener sentido el título de este trabajo.

Los que escuchan cosas del cielo

En esta época muy “newager”, quien más, quien menos, ha oído hablar de los shamanes indígenas y sus experiencias. Sólo una lectura superficial a este problema tan complejo podría llevar a creer que todo se reduce a una melánge de visiones provocadas por alucinógenos, creencias supersticiosas e ignorantes, estados estresantes de tortura física y mucho folklore. Todo antropólogo que haya seguido de cerca la experiencia shamánica sabe que ocurren sucesos que, por más positivista que sea su actitud, señalan que “algo” pasa, con “algo” se conecta el hechicero. Si las profundidades del Inconsciente, el mundo de los espíritus o dimensiones paralelas, es tema de discusión, pero las capacidades psicofísicas, los conocimientos premonitorios y clarividentes, las experiencias psicokinéticas, termogenéticas e hiloclásticas observadas no son tema de debate. Y, ciertamente, estos shamanes comparten un portal a un ámbito trascendente con los lamas del Tibet o los místicos occidentales en olor de santidad.

El primer paralelismo que encuentro entre la experiencia shamánica (quede claro que de aquí en más englobaré bajo este nombre un abanico muy amplio de experiencias y realizadores, donde categorizaré, sólo a título de simplificar, como “shamán” desde un Alce Negro hasta un San José de Cupertino) es la suspensión de la incredulidad. Durante la experiencia, los testigos de OVNIs aceptan como cosa común y corriente no sólo características de la aparición que resultarían chocantes con otra perspectiva, sino ciertas anécdotas que, devenidas dentro del episodio, no les llaman la atención: relojes que en sus muñecas corren “al revés”, falta de sombras o capacidad de hacer pasar cosas sólidas a través de otras son en ese contexto aceptadas como “normales”, aunque fuera de la experiencia llamen poderosamente la atención. Tomando en cuenta el arquetípico Miedo a lo Desconocido, tan propio del ser humano, experiencias que deberían ser psicológicamente terribles para cualquiera son aceptadas emocionalmente sin dificultad por los protagonistas. Aquí me pregunto si no estamos frente a otra conexión entre Parapsicología y Ovnilogía: la dicotomía “corderos” versus “cabras”.

 

Cuando la credulidad es una destreza

Fue el padre de la Parapsicología científica contemporánea, el biólogo norteamericano Joseph Banks Rhine quien allá en los años ’50 llevó a cabo una serie de experimentos muy interesantes. Separó un grupo de estudiantes universitarios según su actitud frente a lo paranormal: a los “creyentes”, los denominó “corderos”; a los escépticos, “cabras”. Y sometió ambos grupos a sus matemáticos y confiables tests de percepción extrasensorial. El resultado fue por demás sugestivo: sin posibilidad de subjetividad en la interpretación ni de proyección de creencias previas, definitivamente los “creyentes” obtuvieron, siempre, porcentajes de aciertos muy por encima del azar, mientras que las “cabras” rara vez alcanzaron ese piso. La conclusión era obvia: las creencias –diríamos, la emocionalidad- es como una espita que permite u obstruye la manifestación de fenómenos Psi. En consecuencia, proyectando estas conclusiones al terreno de los OVNIs, podemos afirmar que el hecho que los “creyentes” protagonicen más fenómenos que aquél incrédulo que sostiene gozoso que “nunca vio nada raro”, no se debe a actitudes pseudoalucinatorias del primero sino a un desenvolvimiento particular de las categorías descriptas de perceptores. En consecuencia, reconocemos aquí una parte de la mente del perceptor que actúa, ora como sintonizador, ora como perceptor, ora como amortiguador, ajeno a la conciencia del Ego. Un “yo” –en singular para diferenciarlo, por el momento, del Yo como Conciencia del Sí Mismo- que nos pone en contacto con el fenómeno, facilita su percepción –ajena a otras personas circunstanciales; no es, por tanto, la percepción física ordinaria- pero al mismo tiempo salvaguarda del efecto traumático del choque cultural que significaría darle ingreso a nuestra historia vivencial sin ”ajustarlo”.

 

Más acá de la mente

Es muy común –exageradamente común- leer con distinta suerte todo tipo de comentarios respecto a los “ilimitados” poderes de la mente, las maravillas de que es capaz (y que ignoramos) y sus sorprendentes recursos. Y sin menoscabar todo ello –no sería, por obvias razones, justamente yo quien lo haría- creo que es necesario en honor a la verdad poner ciertos límites y enmarcar dentro del sentido común algunas apreciaciones, por lo menos aquellas atinentes a las cuestiones que estamos abordando aquí.

Porque creo que se exagera gratuitamente la presunción de que cualquier evento “extraño” que un individuo protagonice puede ser atribuido a la mente, como si ésta fuera una galera de prestidigitador, como si por arte de birlibirloque la misma fuera capaz de las más extrañas evocaciones, mediante las cuales creemos poder reducir todo hecho insólito a la difusa categoría de “alucinación” o “visión” sin más preocupación, y sin, por lo visto, la sana reflexión respecto de si la mente ha sido después de todo realmente capaz de producir aquello que le atribuímos.

Rostros desconocidos acuden a mi mente durante un sueño, o en estado de “alucinación hipnagógica “ –la que ocurre cuando estamos por quedarnos dormidos- o “hipnopómpica” –la que acude apenas nos despertamos. Nos consolamos diciéndonos que, seguramente, es “una creación de mi mente”, por lo tanto falsa e ilusoria, y no le damos más importancia, seguros que nuestra mente nos ha jugado una mala pasada y que esos personajes no “existen”, en ningún plano de existencia del que estemos hablando. O soñamos que nos paseamos por una casa que sabemos que es “nuestra” casa, pero no se parece en lo más mínimo a la “real”, o visitamos una ciudad que, aunque reconocemos, no aparenta ser como sabemos en vigilia que es. Y nos despertamos, musitamos algo así como “pero qué cosas raras hace la mente” y pasamos a ocuparnos de tareas más terrestres. Y se nos acaba de escapar algo fundamental.

Porque si la mente “construye” los sueños y las alucinaciones –aceptemos la postura oficial de la Psicología- como dramatización de represiones, o eclosión de deseos, es decir, responde a la necesidad de satisfacer ciertas expectativas del Inconsciente, lo lógico es que lo construyera con material conocido y no desconocido. Si evoca rostros, por un principio de economía energética –válido también en la esfera psíquica, más aún si el escéptico detractor es un mecanicista y positivista- ¿no deberían ser rostros de personas conocidas ante que soberanos extraños?. Si para entretenerse durante el dormir la mente decide irse a pasear a cierta ciudad que conoce, ¿no sería lógico que la reprodujera más o menos como es en realidad?. Entonces, por aquél maltratado principio de economía de hipótesis, cabe preguntarse: si la mente se toma el trabajo de “representar” rostros desconocidos o lugares ajenos a su conocimiento, ¿no será que, por vías que escapan a los alcances de este trabajo, toma esa información de “otra” realidad?. Todo esto sugiere una decisión deliberada por parte de lo que construye los sueños, otra parte de la mente que no es la mente, un “yo” distinto a los otros “yoes” que venimos considerando, cuyo propósito se me escapa.

Reflexiones que pueden hacerse extensivas también a la casi innata actitud pública de considerar que quienes son testigos presenciales de apariciones fantasmales, en, pongamos como ejemplo, un antiguo castillo, son en definitiva víctimas también de las trampas de sus propias mentes. Pero la pregunta que me hago es: si las visiones de aparecidos, espectros y fantasmas son simplemente alucinatorias, ¿porqué distintas personas, generalmente desconocidas entre sí y en ocasiones en épocas temporales distintas, alucinan lo mismo?.

OVNIs y espiritualidad

Antes de continuar, intuyo que la manera de aproximarme al estudio de los OVNIs que aquí planteo resultará bizarra y extraña a la mayoría de los lectores (aunque sostendría que si han sobrevivido a la lectura hasta aquí vamos bien encaminados); en mi descargo sólo puedo decir que otras aproximaciones –intentadas en el pasado por muchos acreditados colegas y hasta por mí mismo- más cercanas al método de laboratorio –no quisiera decir “científico”- no han dado mejores resultados para entender al fenómeno. Y creo, sinceramente, que el método más seguro es el de estudiar siempre un fenómeno en su propio plano de referencia, sin perjuicio de integrar luego los resultados en una perspectiva más amplia. De manera que me he visto obligado a hacerme algunas preguntas (otras más) cuando acometí este análisis. Por ejemplo: ¿porqué el tema OVNI ha ido girando –algunos dirían “mutando”- en los últimos años de un tratamiento exclusivamente “cientista” o casuístico a una óptica pseudoreligiosa?. ¿Por qué la evolución del tema llevó a la opinión pública a llamar “expertos en OVNIs” hoy en día a quienes son lisa y llanamente “contactados”, mientras que décadas atrás ese rótulo se le endilgaba a quien sólo sometía al testigo y su relato a un cribado estudio estadístico?. ¿Porqué se “espiritualizó” de esa manera el tema?. Una de tantas posibles respuestas: ¿no será que se fue volviendo más “espiritual” porque precisamente esa era su naturaleza desde el principio?.

Tenemos que ser muy cuidadosos cuando incluímos la variable “espiritualidad”. Desde ya, no me estoy refiriendo a las religiones y, mucho menos, a las iglesias –del tenor que fueren- a las cuales, con todo respeto y sana disensión, sólo considero lo que su etimología griega (“ekklesía”) significa: “reunión de hombres”. Hablo de espiritualidad para referirme, ora a una dimensión inasible de la naturaleza humana, ora a una necesidad inconsciente, la necesidad religiosa o necesidad mágica, arquetípica en toda la especie humana. Sólo que no considero esta necesidad como un “chupete afectivo”. Ya expresé alguna vez que si nuestra naturaleza busca algo, es porque en algún lugar hay otro algo que la satisface. Dicho de otra manera, en la medida en que el inconsciente es el “cul de sac”, el precipitado de las innumerables situaciones límites vividas por el individuo, no puede dejar de parecerse a un universo mágico, ya que toda magia, aún la más elemental, es una ontología: revela el ser de las cosas y muestra lo que es realmente, creando así un marco de referencias que propone un Centro cada vez que nuestra existencia se ve amenazada de caer en el Caos. Por ello, la espiritualidad es la salida ejemplar de toda crisis existencial. La espiritualidad comienza allí donde hay revelación total de la realidad: revelación de lo sagrado a la vez –de lo que es por excelencia- y de las relaciones del hombre con lo sagrado, multiformes, cambiantes, muchas veces ambivalentes, pero que siempre sitúan al ser humano en el corazón mismo de la experiencia. Esta doble revelación abre al mismo tiempo la existencia humana a los valores del espíritu, por una parte lo sagrado constituye lo Otro por excelencia, lo “trascendente”, y por otra parte, lo sagrado tórnase ejemplar, en el sentido que instala modelos a seguir: trascendencia y ejemplaridad que fuerzan al hombre espiritualizado a salir de las situaciones personales, a sobrepasar la contingencia y lo particular y llegar a valores generales, a lo universal.

Esa metamorfosis viven muchos testigos de apariciones OVNI. Están en el centro episódico de una situación trascendente, que se manifiesta –se puede manifestar- de innúmeras formas: es proteiforme, ya lo dijimos. Pero después, la persona cambia: se abre a nuevos valores, nuevas creencias, y nuevos paradigmas de vida. Trasciende la estrechez de su cotidianeidad y, transmutado en contactado, testigo estrella o “ufólogo”, tiene algo que predicar al mundo.

De lo que estoy hablando es que supongo que el contactado tiene la potencialidad latente de “algo”, que se dispara con el contacto: si superioridad espiritual, ingenuidad a prueba de bombas o paranoia galopante, quién sabe. Pero la experiencia física afuera dispara algo adentro. Una conmoción sensorial puede despertar una personalidad distinta. Eso es absolutamente esotérico, duerme en los fundamentos de todo rito iniciático. Con frecuencia –aún fuera de los templos- se requiere la conmoción producida por una experiencia emotiva para hacer que la gente se despierte y ponga atención, vea más que mirar. En el siglo XIII, eso le pasó a Ramón Lllulio, quien, después de un largo asedio, consiguió una cita secreta con la dama de la que estaba enamorado. En la noche y a solas, ella, calladamente, se abrió el vestido y le mostró su pecho, carcomido por el cáncer. La conmoción cambió la vida del hasta entonces libertino Lllulio, quien con el tiempo llegó a ser un místico y teólogo eminente y uno de los más grandes misioneros de la iglesia católica. En el caso de un cambio tan repentino, se puede demostrar con frecuencia que un arquetipo ha estado operando por largo tiempo en el inconsciente, preparando hábilmente las circunstancias que conducirían a la crisis.

 

¿La salvación por el OVNI?

En líneas generales, todos los “contactados” transmiten el mensaje de que si esta sociedad no cambia a tiempo su destrucción es inminente: revelados estos mensajes o no por sus Maestros Extraterrestres, siempre serán unos pocos elegidos los salvados en el último momento. Y así uno no crea en Arcas de Noé interplanetarias evacuando la Tierra minutos antes del Apocalipsis, la presencia de los OVNI en nuestra cultura tiene la paternidad de la potestad divina. Porque es bien sabido que los malestares y las crisis de las sociedades modernas responden, en buena manera, a la ausencia de un mito –no como mentira, sino como ideal legendario- propio. Si consideramos el crecimiento intelectual y moral de un individuo como el de la ontogenia de la cual proviene, y si afirmamos que las crisis y caídas del adolescente lo son en buena manera por no tener una “imagen” paterna que ansíe imitar o emular, la ausencia de una “imagen paterna” en una sociedad cambiante como la moderna es la razón de sus desequilibrios y carencias. Por ende, la salvación del mundo moderno, en crisis después de su ruptura con los valores tradicionales, está en encontrar un nuevo mito, lo que le llevará a una nueva fuente espiritual y le devolverá las fuerzas creadoras. Pero si además ese mito también tiene una realidad física, y si esa realidad física también evidencia una Inteligencia detrás, tenemos un epifenómeno a caballo entre dos mundos: el de lo tangible cotidiano, y otro plano. Si dimensión paralela, mundo de los sueños, cielo o infierno, depende de la terminología a la que sea más afecto cada uno. Lo cierto es que el OVNI –y sus responsables- están aquí, y expresan nuestra necesidad de cambio.

¿Pero cambio de qué?. Es bastante obvio. Si tecnológicamente tenemos lo que queremos –sabemos que aún habrá más, pero nunca hemos estado en este sentido como ahora- si afectiva o sexualmente no tenemos represiones o se nos veda nada, si intelectualmente desde la enciclopedia en la biblioteca del barrio hasta Internet podemos acceder libremente a cualquier tema que nos interese, entonces nuestras carencias son estrictamente espirituales. Y si usted piensa en su alicaído bolsillo a consecuencia de una economía nacional pauperizada, permítame decirle que en última instancia eso también es espiritual. Sin negarle ni quitarle su derecho a ingresos más dignos, recuerde aquello de que “rico no es quien más tiene sino quien menos necesita”. Una actitud espiritual que puede aceptarse o no libremente, pero no deja de ser una actitud espiritual para enfrentar la crisis. Y una conclusión a la que he arribado es que, salvo escasas excepciones, el público afecto en forma más o menos comprometida con el tema OVNI en principio termina inclinándose, tarde o temprano, en búsquedas más espirituales: yoga, orientalismo, parapsicología, metafísica, angelología, o lo que sea. De donde el OVNI hace las veces de “portal”, de acceso (todavía no llegó el momento de hablar de iniciación). Y si de algo podemos estar seguros, es que la historia del pensamiento humano no hubiera sido la misma si no hubiera aparecido, sociológicamente, la variable OVNI.

 

La nueva guerra santa

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la emocionalidad subyacente detrás de la investigación OVNI. Difícilmente exista campo del interés humano donde entusiastas y detractores se enfrenten más empeñados en un combate cuerpo a cuerpo que en un sensato intercambio de ideas. Los insultos, los conatos de pugilato y las actitudes despectivas proliferan de ambos lados, y todos y cada uno creen tener una razón profunda, una verdad inalterable para proceder así. Gente sencilla y alegre, confiable y sensata, pragmática y querible, comerciantes, bancarios, ingenieros, periodistas, maestros de escuela, padres de familia y apreciados por quienes les conocen, se transforman en “explotadores de la credulidad ajena” o “reaccionarios mentirosos” a los ojos de sus contendientes intelectuales. Deberíamos entonces preguntarnos si esto –que no me animo a llamar “fanatismo”, porque éste se trata de una verdadera psicopatología con muchas otras características que por lo habitual los ovnílogos y escépticos militantes a los que me refiero no muestran- no tiene correlato con las actitudes intransigentes de cristianos y musulmanes propias de épocas pasadas, donde el combate contra el “enemigo ideológico” era una verdadera guerra santa por la Verdad.

Y uno de los matices colaterales de esta “emocionalidad” intrínseca a la actividad ovnilógica (y, al mismo tiempo, punto de quiebre entre los que reivindican una “objetividad científica” y aquellos a los que acusan de “demasiado subjetivismo en el tratamiento de la información”) es la actitud con que los ovnílogos tomamos nuestra actividad: es casi nuestra vida. Lo hacemos con pasión, con lágrimas y risas, con depresiones y éxtasis exultantes.

¿Porqué la ovnilogía nos motiva tanto?. Ciertamente pueden inventarse muchas explicaciones, pero creo que la mayoría no pasarán de ser simplemente eso: inventos. Que compensamos carencias infantiles, que satisfacemos necesidades mágicas, que alimentamos nuestro deteriorado ego con protagonismos insulsos, que reprimimos nuestro complejo de inferioridad… Tal vez en casos individuales algunos de estos enfoques reflejen la realidad, pero ciertamente aglutinar todos ellos para describir el porqué de tanta pasión en los ovnilógico –pasión que en calidad, no en signo, es compartida por igual por defensores y detractores- debe tener otros fundamentos. Y entiendo que estos fundamentos son esotéricos.

 

Tomemos un ejemplo paralelo para comprender este aserto. Y remitámonos a algo tan cotidiano como la actividad laboral, el trabajo nuestro de cada día. Y, de paso, comprender porqué “sufrimos” el vacío espiritual detrás de las actividades diarias, que es como decir descubrir porqué la vida, pese a tener a veces cuánto deseamos, aparece “sin sentido”. Si esta aproximación esotérica a la Ovnilogía nos permite, colateralmente, entender esa situación, creo que en cierta medida mi esfuerzo –aunque por razones ajenas a mi interés principal- se verá recompensado.

 

En las antiguas culturas tradicionales, la sacralidad, la espiritualidad estaba necesariamente presente en todos los órdenes de la vida. Era impuesta desde la niñez, y no se concebía, por ejemplo, abrir la tienda por la mañana sin abluciones, ni reunirse con amigos sin elevar ciertas preces. Cualquier gesto responsable de la tarea humana reproducía un modelo mítico, trascendente y, en consecuencia, se desenvolvía en un “tiempo” ajeno a la línea de temporalidad mortal, en un tiempo sagrado. El trabajo, los oficios, la guerra, el amor, eran sacramentos. Escribe Mircea Eliade: “Volver a vivir lo que los dioses habían vivido “in illo tempore” traducíase por una sacralización de la existencia humana que completaba de ese modo la sacralización del cosmos y de la vida. Esta existencia sacralizada, abierta sobre el Gran Tiempo, podía ser muchas veces penosa, mas no por ello dejaba de ser menos rica en significado; en todo caso, no estaba aplastada por el Tiempo. La verdadera “caída en el Tiempo” comienza con la desacralización del trabajo; sólo en las sociedades modernas ocurre que el hombre se siente prisionero de su oficio, por cuanto no puede escapar ya del Tiempo. Y es porque no puede “matar” su tiempo durante las horas de trabajo –esto es en el momento en que goza de su verdadera identidad social- por lo que se esfuerza por “salir del Tiempo” en sus horas libres; de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones modernas. En otros términos, las cosas ocurren precisamente al revés de lo que son en las sociedades tradicionales, donde las “distracciones” casi no existen, por cuanto la “salida del Tiempo” se obtiene por todo trabajo responsable. Es por esta razón que, como acabamos de verlo, para la mayoría de los individuos que no participan de una experiencia religiosa auténtica, el comportamiento mítico déjase descifrar, fuera de la actividad inconsciente de su psiquis (sueños, fantasías, nostalgias, etc.) en sus distracciones”.

De esto deduzco tres cosas:

 

-         La naturaleza mística del fenómeno OVNI dota a quienes lo hacen eje de sus tiempos de una sacralidad que (esto es importante señalarlo) no está en el observador – analista, sino en el fenómeno en sí. Esta “transferencia” del contenido feérico del objeto – símbolo al sujeto humano asume el carácter de una verdadera “emanación” en el sentido más cabalístico del término, lisa y llanamente una epifanía.

-         Es consecuencia esperable, lógica y hasta sana que la “investigación científica del fenómeno OVNI” devenga en una “espiritualidad del OVNI”. Una espiritualidad no religiosa, o, más bien, no eclesiástica. El problema –en todo caso, metafísico y teológico- es si podemos considerar divinizables a las entidades inteligentes que operan detrás del fenómeno, o si por el contrario el ámbito de lo metafísico debe abandonar el Parnaso intelectual para ser reducido a materia de discusión empírica. ¿Debemos hacer de las religiones una ciencia?. ¿Debemos retornar a una ciencia de las religiones?. ¿O no sería más sencillo comprender que estos ámbitos nos muestran las limitaciones que ciencia y religión acusan –no por falsas e incompletas, sino por insuficientes para este especial momento de la evolución humana- y por consiguiente debemos crear una nueva opción en el proceso de conocimiento de la Realidad, una opción que hermane la ciencia y la religión?.

-         Finalmente, la extrapolación natural de estos razonamientos nos enseña que a través de estas disciplinas de la Nueva Era (concepto que empleo en un sentido sociológico, desprovisto de toda connotación peyorativa) en general y de la aprehensión (más que de la comprensión; luego explicaré las sutiles diferencias entre ambos términos) se materializará el próximo salto evolutivo de la humanidad: que esta vez, no será biológico, intelectual ni tecnológico; será hacia una nueva espiritualidad. Y esa nueva espiritualidad debe construirse sobre los escombros de la espiritualidad reinante en el aquí y ahora. Esto es tanto como decir que, si el mundo estuviera sensatamente encauzado espiritualmente, no habría lugar para una nueva espiritualidad: ni sentiríamos la necesidad de buscarla, ni nos angustiaría que la anterior hubiera caducado –porque entonces no lo habría hecho-; cómodamente instalados en esa espiritualidad perenne, no sentiríamos las fuerzas que nos moverían a hacer ningún cambio. Precisamente porque la espiritualidad que conocimos se derrumba, es que surge la oportunidad del nacimiento de una nueva; pero también podríamos decirlo así: precisamente porque nacerá una espiritualidad nueva, debe primero derrumbarse la vieja. Y esa nueva espiritualidad no es ajena a las fuerzas que operando en –o desde- un campo Psi son monitoreadas por inteligencias ocultas detrás de lo que llamamos (o percibimos como) OVNIs.

 

Jung supo escribir: “… Se puede percibir la energía específica de los arquetipos cuando experimentamos la peculiar fascinación que los acompaña. Parecen tener un hechizo especial. Tal cualidad peculiar es también característica de los complejos personales; y así como los complejos personales tienen su historia individual, lo mismo les ocurre a los complejos sociales de carácter arquetípico. Pero mientras los complejos personales jamás producen más que una inclinación personal, los arquetipos crean mitos, religiones y filosofías que influyen y caracterizan a naciones enteras y a épocas de la historia”. Es innegable la colateralidad de este comentario al componente “emotivo” de los OVNIs. Y cualquier escéptico podrá, burlonamente, señalar que esa fuerza sentimental es lo que le quita seriedad a la investigación de los OVNIs en particular y a la vida de los ovnílogos en general, porque tal componente obnubila la razón, el análisis frío y desapasionado de los hechos, tiñéndolos más de un matiz religioso que científico. Pero el ovnílogo, frente al científico escéptico, tiene desde el vamos una postura ventajosa. Porque su emocionalidad ya le ha permitido ganar la más difícil de las batallas: el temor al sin sentido de la vida.

Todos necesitamos ideas y convicciones que le den sentido a nuestra vida y que nos permitan encontrar un lugar en el universo. Podemos soportar las más increíbles penalidades cuando estamos convencidos de que sirven para algo, y nos sentimos aniquilados cuando tenemos que admitir que estamos tomando parte en un cuento contado por un idiota. Una sensación de que la existencia tiene un significado más amplio es lo que eleva al hombre más allá del mero ganar y gastar. Si carece de esa sensación, se siente perdido y desgraciado. Si San Pablo hubiera estado convencido de que no era más que un tejedor ambulante de alfombras, con seguridad no hubiera sido el hombre que fue. Su verdadera y significativa vida reside en su íntima certeza de que él era el mensajero del Señor. Se le puede acusar de sufrir megalomanía, pero tal opinión palidece ante el testimonio de la historia y el juicio de las generaciones posteriores. El mito que se posesionó de él le convirtió en algo mucho más grande que un simple artesano.

 

El cielo en la carne

Ya hemos insinuado que existe, a nuestro criterio, ciertas características de las prácticas shamánicas (recordando el amplio espectro de aplicación que damos a esta palabra) que podrían introducirnos en un conocimiento más profundo de la experiencia OVNI. Para ello, es necesario, primero, que dediquemos cierto tiempo para comprender la naturaleza de algunas prácticas de estos malentendidos “hechiceros”.

Comencemos por el concepto del “vuelo” entre sus atribuciones. En tiempos históricos, está claro que este “vuelo” es espiritual. Ciertamente, fisiólogos y médicos dirán que se tratan de creaciones alucinatorias provocadas o bien por las sustancias alucinógenas a las que son tan afectos, o bien como consecuencia de las flagelaciones, torturas físicas y situaciones extremas a las que, como parte de su aprendizaje, someten cuerpo y mente. Una conducta masoquista que, en un todo, es coherente con sus creencias. Entre los hindúes, dice el Satapatha Bramana, en su Capítulo IV: “El sacrificio, en su conjunto, es la nave que lleva al cielo”. Pero concluir que sus percepciones son “alucinaciones” –en todo su sentido de ilusorio- creadas por el sufrimiento, el estrés de una situación límite o las drogas puede ser un enfoque equivocado de la situación. Es como las alucinaciones –ciertas alucinaciones- que acompañan los estados febriles o algunas enfermedades. Creemos que son una afección mental, un síntoma patológico que ocurre cuando padecemos ciertas crisis y que desaparecerán cuando estemos mejor. No parece que a la mayoría de los especialistas se les haya ocurrido que así como el contenido de los sueños es mucho más interesante e informativo que el hecho de que soñemos, el estudio más detallado de esas alucinaciones puede enseñarnos que no es la forma en que aparece, sino el hecho de la forma con que aparezca lo más interesante de ellas. El hecho de que una persona tenga una alucinación puede indicar que se encuentra en un estado mental anormal pero no necesariamente patológico. Más exactamente: las alucinaciones podrían no ser el resultado de la enfermedad por sí misma, sino del estado alterado de conciencia que es inducido por la enfermedad. Y ello sería perfectamente aplicable a la experiencia shamánica.

La segunda objeción que tendría que hacer es a la tendencia innata de médicos y psicólogos a explicar las visiones de shamanes y las descripciones de abducidos como regresiones a los primeros días de vida o a la etapa fetal. Y de esto se ha abusado mucho. Porque, por otro lado, los neurólogos saben perfectamente bien que el mecanismo cognoscitivo de un bebé de días –y no hablemos de un feto- apenas se encuentra burdamente desarrollado e incompleto, de donde es ilusorio aceptarle la capacidad de “grabar” vívidamente imágenes (los “cabezones” que se inclinan sobre su cuerpo, la luz al final del túnel… vaginal, el aspecto esférico del vientre materno) para reconstruirlo inconscientemente más tarde.

Pero además no es de ahora las explicaciones de los materialistas en busca de explicar episodios espirituales a través de la actividad de tal glándula, tal trauma infantil, tal situación embrionaria. Tal vez esas “explicaciones” de las realidades complejas –como es la del espíritu- resulten ilustrativas pero no son en absoluto explicaciones: solamente constatan –lo que nadie refutaría- que todo lo creado tiene un origen en el tiempo. Pero es evidente que el estado fetal no explica el modo de ser y sentir del adulto: un embrión sólo tiene significado en la medida en que está ordenado y relacionado con el adulto. No es el feto lo que “explica” al hombre, ya que el modo específico del hombre en el mundo se constituye justamente en la medida en que no goza ya de una existencia fetal. Los psicoanalistas hablan de regresiones psíquicas al estado fetal, pero se trata de una interpolación, ya que si bien es cierto que las “regresiones” son siempre posibles, ellas no significan nada más que afirmaciones del tipo siguiente: una materia viva regresa –por la muerte- al estado de simple materia, o una estatua es susceptible de regresar a su estado primero de naturaleza bruta si la reducimos a escombros a puro martillazo. Pero el problema es otro: ¿a partir de qué momento una estructura o un modo de ser es reputado como constituido?.

 

Conclusión: el “vuelo” místico tiene entidad propia, y hacia ella apuntaré ahora mis pasos. Y si bien comenzaré hablando del “vuelo” extático del shamán, terminaré haciéndolo sobre otro “vuelo”: el que llevó a tanta gente –en qué estado, es otro capítulo- al interior de un OVNI. Un OVNI que, ciertamente, no era el útero materno.

 

Malinterpretando a propósito: Lawson y la “conexión uterina”

Si en ocasiones algunos conocidos me acusan de resultar un tanto “conspiranoico” al evaluar las acciones de los demás, deberán aceptarme, cuando menos, que cuento con fundadas sospechas para ello. Por caso,  a través de años los escépticos han reivindicado los estudios de un supuesto biólogo llamado Alvin Lawson en el sentido que sus investigaciones con regresiones hipnóticas habrían demostrado que los supuestos “secuestros” no serían más que tardíos recuerdos intrauterinos. De esto, ya he escrito algo en páginas anteriores. Y si bien, ciertamente podríamos encogernos de hombros y decir que con el mismo argumento con que los escépticos critican la hipnosis para rescatar del olvido los sucesos protagonizados durante el “tiempo perdido” de estos testigos nosotros podríamos descreer de las conclusiones de tal investigación, lo cierto es que la concepción uterina de Lawson se ha transformado con el tiempo en un ícono de los negadores de siempre.

Pero –mira por dónde viene la cosa- casualmente tuve oportunidad de acudir a ciertas fuentes (el propio Lawson, en su conferencia “Raíces extraterrestres: seis tipos de entidades de los OVNIs y algunos posibles antepasados terrestres” en el Simposio del MUFON en California, 1979, y “La hipnosis de secuestrados en OVNIs imaginarios”, en Curtis Fuller, Actas del Primer Congreso Internacional sobre OVNIs, 1977 –Warner Books, Nueva York, 1980-) y no sólo vengo a descubrir que el “biólogo” era en realidad un profesor de inglés en la Universidad de California, sino que las afirmaciones del propio Lawson no tienen absolutamente nada que ver con que los escépticos profesionales han desparramado por ahí. Así que relataremos la historia como realmente ocurrió.

 

En 1975, un investigador del grupo norteamericano APRO (Aerial Phenomena Research Organization), John De Herrera, junto al profesor Lawson y el doctor W.C. McHall, diseñaron un interesante experimento. Por medios de anuncios en periódicos convocaron a un grupo de voluntarios para un experimento hipnótico no especificado. Se seleccionó a ocho que virtualmente nunca habían leído nada sobre OVNIs ni temas similares, y, en sesiones individuales, se les inducía a visualizarse –en estado de trance-en algún lugar, una playa, el desierto, etc., y se le “sugería” la aparición primero de un OVNI, el secuestro posterior y los experimentos que sobre ellos se realizarían eventualmente en su interior. Esto es muy importante señalar: no se trataba de sugerirles la aparición de un OVNI, sino que los testigos eran condicionados a pasar por todas las fases de la experiencia que describía el experimentador. Pero lo que sí se observó en las conclusiones es que el relato o, mejor dicho, las respuestas dadas por los sujetos del experimento, eran enormemente parecidas a las descripciones hechas por los protagonistas de secuestros, especialmente aquellos donde la descripción pormenorizada del interior del OVNI y de lo que allí había ocurrido había sido recuperada también bajo hipnosis. Esto llevó a los experimentadores a afirmar : A los fines de nuestra actual investigación, estos experimentos establecen incuestionablemente la aptitud de los sujetos hipnotizados para reproducir, no simplemente a grandes rasgos sino con intrincados pormenores, argumentos a los que no habrían tenido acceso por medios convencionales.”

Como se ve, algo a años luz de sostener que toda experiencia de abducción es una regresión uterina. De hecho y extrapolando, podemos decir junto a Evans (op.Cit.) que estas conclusiones señalan que en el estado de hipnosis –y es razonable conjeturar que otros estados pueden servir igualmente bien- los sujetos parecen poder obtener acceso a material por medios que no sin físicos ni sensibles, y reestructurar luego ese material sobre una base creativa y selectiva, usándola para urdir un relato dramático, circunstancial y persuasivamente coherente.

Esta impresión se acentúa cuando el equipo de Herrera, Lawson y McHall señaló, por otra parte, las diferencias entre los casos “reales” y los “imaginarios”, a saber:

-         los casos reales ocurrieron involuntariamente,

-         los testigos estaban frecuentemente asustados,

-         se denunció un “tiempo perdido”,

-         en algunos casos se advierten efectos físicos,

-         hubo efectos fisiológicos en el testigo,

-         sobrevino amnesia,

-         hubo secuelas psicológicas,

-         y hubo manifestaciones psíquicas y otros efectos emocionales.

 

De manera que todo esto concurre a abandonar el último bastión reduccionista de las explicaciones pseudopsicológicas y abordar el tratamiento de la abducción cuando menos en el sentido en que veníamos haciéndolo. La correspondencia entre los “aciertos” de los sujetos hipnotizados en el experimento y los protagonistas de episodios reales tiene, a mi criterio y continuando con mi línea de pensamiento, una explicación ajustada:

¿Qué habría ocurrido si en un experimento de esas características en vez de acudirse al “episodio – símbolo OVNI” se hubiera privilegiado cualquier otro estímulo?. El OVNI está tan incrustado en el Inconsciente Colectivo, que la escenificación y vivencia de un episodio de estas características puede haber “disparado” en esos ocho sujetos fenómenos de naturaleza parapsicológica, de conocimiento paranormal, v.gr, clarividencia, o bien, por simple “resonancia mórfica” (sigo aquí al biólogo Ruppert Sheldrake) se hizo “eco” en ellos, y en ese estado psíquico tan particular, lo que ya se ha incorporado al banco de imágenes de nuestra especie.

Berthold Schwarz  (“Una visita con gente del espacio”, en Curtis Fuller, op.cit) dice: “un contacto no es sólo un hecho aislado en la vida de un individuo, sino algo que debe verse en el contexto más amplio de su historia pasada y sus experiencias, actitudes y conducta posteriores al contacto. Muchos tienen personalidades disociativas, y en algunos casos hasta personalidades múltiples. Son susceptibles de estados de trance. Empero, llevan una vida normal, de responsabilidad, cumplen con su trabajo, están al frente de sus familias, se abstienen de una conducta antisocial. Pero, a menudo, eso cambia cuando tienen sus avistajes de OVNIs: estallan como un volcán en erupción. ¿Sus problemas psicológicos hicieron que imaginaran la experiencia, o una experiencia real llevó los problemas a la superficie?. Sencillamente, no lo sabemos. Ciertamente sabemos que, luego de esta supuesta experiencia, los protagonistas pueden experimentar alternativos estados de conciencia, entrando y saliendo de estados de trance, durante los cuales pueden canalizar mensajes de entidades de extraños nombres. En lo que concierne al contenido, estas imágenes carecen de valor. Empero, cualquiera que sea su causa, cualquiera que sea su origen, “ocurren”. Otra cosa que sucede es que, alrededor del perceptor, se desatan fenómenos Psi. Tal vez esto sea de esperar, puesto que los estados parecidos al trance inducen la producción de la Percepción Extrasensorial y la psicokinesis.”

“Quizás la experiencia OVNI sea un modo para que estas personas se realicen. A veces, resulta que el contacto con el OVNI sirve positivamente a lo que el perceptor necesita: otras veces resulta que no, y la persona termina peor que antes”. Y yo concluyo el pensamiento de Schawrz, sosteniendo que, entonces, el OVNI es un catalizador y “realiza” a la persona, cumpliendo así una función religiosa (“re-ligare”: unirse o encontrarse a sí mismo o con Dios) que no se alcanza por otro conducto. En consecuencia es natural, esperable y hasta lógico que se “sacralice” la experiencia. Si esto mejora la calidad de vida del individuo y sus semejantes, proyectándolo hacia un futuro de obras y sentido, o si lo hunde en la locura, la manipulación abyecta o la paranoia, tiene que ver con la capacidad tanto del mismo de “manejar” semejante información (quizás debería haber escrito “contenido espiritual”) en relación a la conducta (de rechazo y burla, de equilibrio y comprensión, de fanatismo exacerbado) que manifieste su entorno. Percibo aquí algo similar a lo descrito por shamanes y ocultistas de todas las épocas –en Oriente, especialmente entre los practicantes del Tantra- en el sentido que la “energía espiritual” que ciertas experiencias proveen pueden “consumir” al individuo, y entonces me planteo este interrogante: en el caso de quienes pierden el equilibrio mental, espiritual o moral a consecuencia de estas experiencias, lo pierden porque la experiencia es esencialmente amoral, o sea una consecuencia de su falta de, digamos, “evolución” para manejar la circunstancia?. Pero si la “inteligencia” que opera detrás de esos contactos –como hemos venido sugiriendo hasta aquí- tiene la necesaria “omnisciencia” para saber más del inminente protagonista que el protagonista mismo, es obvio que también se hará cargo de las consecuencias. De las favorables, y de las otras. Con lo que creo arribar a una conclusión provisoria: dentro del campo de esta lectura esotérica de inteligencias operantes detrás del OVNI, debe entonces necesariamente concluirse que existen una clara diferencia de intención, lo que es tanto como decir que mientras algunas inteligencias cuidarán que dicha experiencia resulta estimulante y de crecimiento, otras –por motivos sobre los que abundaré en el futuro- buscan exactamente lo contrario.

El miedo como prueba

Vamos entonces acercándonos al meollo de la cuestión: trato de enunciar la teoría de que la experiencia de abducción ocurre físicamente pero en un plano distinto de la Realidad al cual se accede a través de estados alterados de conciencia donde se “recrea”, se teatraliza una experiencia que es en sí “alucinatoria” y enmarcada dentro de los cánones culturales del protagonista tanto para hacerla perceptible como asimilable y reducir su efecto traumático. O, mejor aún, dejar libertad a la atención en focalizarse en los necesarios aspectos traumáticos de miedo y dolor de la experiencia, útiles a la consecución de los fines buscados por la o las inteligencias que se mueven detrás del episodio.

Y me baso en dos aspectos fundamentales: la sensación de terror y pánico de la experiencia (común y buscada adrede en las experiencias iniciáticas) y el dolor seguramente innecesario provocado en los “experimentos médicos” llevados a cabo.

 

Vuelo, miedo, dolor… tres constantes comunes a la experiencia de abducción y el éxtasis del shamán. La decadencia del shamanismo actual constituye un fenómeno histórico, que se explica en parte por la historia religiosa y cultural de los pueblos arcaicos. Pero en las tradiciones a las que hemos de aludir se remite a otra cosa, a saber, al mito de la decadencia del shamán, que no es lo mismo, por cuanto se pretende transmitir generacionalmente que en otros tiempos el shamán no volaba al cielo  en éxtasis, sino materialmente, la “ascensión” no se hacía en espíritu, sino en cuerpo. La actitud “espiritual” significa, pues, una caída en comparación con la situación anterior, donde el éxtasis no era preciso porque no existía posibilidad de separación entre el alma y el cuerpo, es decir que no existía muerte alguna. Es la aparición de la Muerte lo que ha roto la unidad del hombre integral, separando el alma del cuerpo y limitando la supervivencia únicamente al principio “espiritual”. En otros términos, para la ideología primitiva, la experiencia mística actual es inferior a las experiencia sensible del hombre primordial Esto habla claramente de que la naturaleza del hombre –o de algunos hombres- en ese entonces, en esa Edad de Oro era otra. Y si la Edad de Oro es asimilable al Paraíso, tal vez remita al recuerdo tergiversado y desvirtuado de un origen estelar. Porque de lo que hablan todos los antiguos mitos es que, detrás del estado de “perfección primigenia”, una catástrofe vino a interrumpir las comunicaciones entre el Cielo y la Tierra, y es desde entonces que data la condición actual del hombre quien, antes, convivía con los dioses. Si esos dioses eran físicos, con escafandra y trajes relucientes, o fuerzas inteligentes contactables en el aquí y ahora, es simplemente cuestión de opinión. Así lo enseña el folklore de todas las épocas. Y escribía René Guénon en “El Graal y la búsqueda iniciática”, Barcelona, España, 1985, citado en el especial sobre “El esoterismo del Grial” del Boletín “Templespaña”  : “Su concepción está estrechamente ligada a ciertos prejuicios modernos, y no insistiremos aquí en todo lo que hemos dicho al respecto en otras ocasiones. En realidad, cuando se trata, como ocurre casi siempre, de elementos tradicionales, en el verdadero sentido de la palabra, por más deformados, menguados o fragmentados que puedan estar a veces, y de cosas poseedoras de valor simbólico real, aunque, a menudo, disimulado bajo una apariencia más o menos «mágica» o «fantástica», todo esto, lejos de tener un origen popular, no es, en definitiva, ni siquiera de origen humano, porque la tradición se define precisamente, en su misma-esencia, por su carácter suprahumano. Lo que puede ser popular es únicamente el hecho de la «supervivencia», cuando estos elementos pertenecen a formas tradicionales desaparecidas; y, a este respecto, el término «folklore» adquiere un significado bastante próximo al de «paganismo», teniendo sólo en cuenta la etimología de este último y quitándole la intención polémica e injuriosa. El pueblo conserva así, sin comprenderlos, los residuos de tradiciones antiguas, que se remontan incluso a veces a un pasado tan lejano que sería imposible determinarlo exactamente y que nos contentamos con remitir, por esta razón, al terreno nebuloso de la «prehistoria»; llena en esto la función de una especie de memoria colectiva más o menos «subconsciente», cuyo contenido proviene manifiestamente de otra parte. Lo que puede parecer más asombroso es que, cuando se va al fondo de las cosas, se comprueba que lo que se ha conservado de ese modo contiene sobre todo, bajo una forma más o menos velada, una suma considerable de datos de orden propiamente esotérico, es decir, precisamente lo que es menos popular por naturaleza. De este hecho sólo existe una explicación plausible: cuando una forma tradicional está a punto de extinguirse, sus últimos representantes pueden muy bien confiar voluntariamente a este memoria colectiva de la que acabamos de hablar lo que de otro modo se perdería irremisiblemente; éste es, en suma, el único modo de salvar lo que puede serlo en una cierta medida; y, al mismo tiempo, la incomprensión natural de la masa es una garantía suficiente de que lo que poseía un carácter esotérico no por ello será desposeído de] mismo, permaneciendo solamente, como una especie de testimonio del pasado, para aquellos que, en otros tiempos, serán capaces de comprenderlo”.

 

Meses atrás releía una versión moderna del “Poema de Gilgamesh” –que algunos atribuyen al rey Uruk de la ciudad de Ur, actual Kuyurdik, escrito tal vez en el año 3.000 AC, con una primera versión cierta del 2.300 AC y la última casi mil setecientos años después- más concretamente el pasaje en que, luego de vencer a los hombres – escorpión de los montes Mashu, Gilgamesh y Enkidu festejan embriagándose su victoria en momentos en que la diosa Ishtar pido a su padre, el supremo dios Anu, la creación de un toro celeste que mate al héroe de la epopeya. Como dice la crónica, ambos amigos pueden matarlo y Enkidu, el hombre – mono (¿) arroja una parte de un león al rostro de la diosa, la cual, ofendida, clama venganza y suscita la muerte del audaz. Gilgamesh desciende entonces a la morada de Nergal, dios de la muerte, para negociar a su vez su desquite. Y fue en ese momento cuando advertí que todos los antiguos mitos, de cualquier origen étnico o religioso, repiten a gritos una verdad que parecemos querer ignorar: la de que los “dioses” no estaban en el cielo –excepto los “dioses padre”, pero aquí se aclara puntualmente- sino en el templo o entre los hombres, visibles y confrontables. Entonces, la proyección del cielo como lugar de origen de las divinidades es referente a un punto de procedencia, no de presencia.

 

En la línea de sus teorías sobre la ostentación de la soberanía, A. M. Hocart  (“Vuelos aéreos” en “Antigüedades de la India, 1923) consideraba la ideología del “vuelo mágico” solidaria, y en última instancia tributaria, de la institución de los reyes – dioses. Si los reyes del Asia suroriental y los de Oceanía eran llevados sobre las espaldas es porque, asimilados a los dioses, no debían tocar la tierra; como los dioses “volaban por los aires”. De donde es evidente que la tradición se refiere a un vuelo material, real en el sentido físico. Los sinólogos insisten en que tanto el “emperador amarillo” Hoang-ti como el emperador Chou aprendieron el “arte del vuelo” con magos cuya denominación era “sabios emplumados” (recordemos a los shamanes de tantos pueblos indígenas consustanciándose con animales, entre ellos, pájaros). “Ascender al Cielo volando” se dice en chino como: “por medio de plumas de pájaro, ha sido transformado y ha ascendido como un inmortal”. El camino era el Tao y la Alquimia. La Alquimia, porque sus obras otorgaban la condición de transustanciación. Pero si “ascender al Cielo” era transustanciarse (recuerden a Jesús ordenándole a su discípulo: “¡No me toques!”, como si el proceso de transmutación física pudiese ser abortado involuntariamente) me pregunto tanto como si de lo que estamos hablando es de desarrollar las técnicas de “vibrar en otras frecuencias” para desplazarnos en un nuevo cuerpo, o, el mismo cuerpo en otro orden de realidad, así como de las repetidas advertencias de tantos esoteristas y canalizadores en el sentido que cuando nuestro sistema solar atraviesa el famoso “anillo manásico” habrá un cambio evolutivo significativo de nuestra naturaleza, perceptible en forma de transmutaciones atómicas impensadas hasta ahora. Por lo menos, de eso es de lo que se habla.

Por lo pronto, el hecho de sobrepasar la condición humana con estas transformaciones no implica necesariamente la “divinización”. Los alquimistas chinos e hindúes, los yoguis, los sabios, los místicos tanto como los shamanes, aunque capaces de volar “en otros planos” no pretenden ser por ello dioses. Solamente, dicen compartir momentáneamente de condiciones propias de los “espíritus”. O adquirir la capacidad de penetrar en otros planos.

Que esas capacidades de “vuelo” implican necesariamente un crecimiento espiritual, una evolución, lo refiere las numerosísimas asociaciones entre el acto de volar y el de comprender. El Rig Veda, libro VI, capítulo 9, dice: “La inteligencia (manas) es el más rápido de los pájaros”, y el Pañcavimsa Brahamana, libro IV, capítulo 1, dice: “Aquél que comprende tiene alas”.

 

En cuanto al miedo y al dolor… sigamos a Mircea Eliade (op.cit) cuando escribe: “… esto se revela mejor todavía en una descripción que un misionero belga, Léo Bittremieux, nos ha dado de la sociedad secreta de los bakhimbas, en el Mayombé. Las pruebas iniciáticas duran de dos a cinco años, y la más importante consiste en una ceremonia de muerte y resurrección. El neófito debe ser “matado”. La escena tiene lugar durante la noche y los ancianos iniciados cantan, sobre el ritmo del tambor de danza, el lamento de la madre y de los parientes sobre los que van a “morir”. El candidato es flagelado y bebe por primera vez una bebida narcótica llamada “bebida de la muerte”, pero también come semillas de calabaza que simbolizan la inteligencia, detalle éste significativo, por cuanto indicaría que a través de la muerte se accede a la sabiduría. Después de haber bebido la “bebida de la muerte”, el candidato es tomado de la mano y uno de los ancianos lo hace dar vueltas sobre sí mismo hasta que cae al suelo. Entonces todos gritan: “¡Oh, alguien ha muerto!”. Un informante indígena dos da este detalle más preciso: que se hace rodar al muerto en tierra, en tanto que el coro entona un canto fúnebre: “¡Está bien muerto, él. Al khimba, ya no volveré a verlo jamás!”.

“Y de este modo, también en el pueblo lo lloran su madre, su hermano y demás deudos. De inmediato, los “muertos” son llevados en hombros por sus parientes ya iniciados y transportados a un recinto consagrado que se denomina el “patio de la resurrección”. Allí se depositan, totalmente desnudos, en un foso en forma de cruz, donde permanecen hasta el alba del día de la “conmutación” o de la “resurrección” que es el primer día de la semana indígena, que no cuenta sino con cuatro. A los neófitos se les rapa luego la cabeza, se los apalea, se los arroja al suelo y finalmente se los resucita dejándoles caer en los ojos y en las narices algunas gotas de un líquido muy picante. Pero antes de la “resurrección” deben prestar juramento de guardar el secreto más absoluto: “todo cuanto viere aquí no lo diré a nadie, ni a una mujer, ni a un hombre, ni a un profano, ni a un blanco; y si así lo hiciere, hazme hinchar, mátame”. Todo cuanto viere aquí, entonces, el neófito no ha visto todavía el verdadero misterio. Su iniciación –es decir, su muerte y resurrección rituales.- no es sino la condición sine qua non para poder asistir a las ceremonias secretas sobre las cuales estamos muy mal informados.”

“Nos resulta imposible hablar de otras sociedades secretas masculinas –las de Oceanía-. Por ejemplo, la del “dukhuk” particularmente, cuyos misterios y el terror que ejercían sobre los no iniciados han impresionado a los observadores; o las cofradías masculinas de la América del norte, célebres por sus torturas iniciáticas. Sabemos por ejemplo que entre los mandan –donde el rito iniciático tribal era a la vez el rito de entrada en la confraternidad secreta- la tortura sobrepasaba todo cuanto podíamos imaginar: dos hombres hundían cuchillos en los músculos del pecho y la espalda, hundían sus dedos en las heridas, pasaban una correa bajo los músculos, fijaban de inmediato las correas e izaban luego al neófito en el aire. Pero antes de izarlo, le metían clavijas en los músculos de los brazos y de las piernas, a las que eran atadas pesadas piedras y cabeza de búfalos. La manera como esos muchachos soportaban esa tremenda tortura llegaba a lo fabuloso: ningún rasgo de su semblante se contraía mientras los verdugos despedazaban sus carnes. Una vez suspendido en el aire, un hombre comenzaba a hacerlo dar vueltas rápidamente como un trompo, hasta que el desdichado perdiese el conocimiento y su cuerpo pendiese como dislocado”.

O, acoto yo, la costumbre entre los swahili del centro de África, de cortar el prepucio en la pubertad pero no con la técnica judía sino de una manera más sangrienta y dolorosa, pues consistía en arrastrar hasta la base del pene aquél, desprendiendo con una cuchilla de sílex las membranas que lo fijaban al tronco. Uno de los efectos buscados, según han sostenido los shamanes, era que esta carnicería combatía los “temores a superarse” del hombre: nuestros psicólogos traducirían por “inhibiciones”, “represiones” y “torturas”. Por ejemplo-vuelvo a los shamanes- el no saber que puede correrse tan rápido como un gamo (en una sociedad donde hay que perseguir al almuerzo todos los días). Y lo cierto es que, experimentalmente hablando, la velocidad de un corredor swahili supera con creces no sólo la de nuestros mejor entrenados atletas sino también casi hasta lo fisiológicamente posible para el ser humano. Y el miedo al dolor, que en nuestra cómoda y burguesa sociedad se ha transformado en el dolor del miedo, es seguramente el freno inconsciente a permitirnos liberar nuestra verdadera naturaleza superior.

 

En consecuencia, comparo con tantos testimonios de abducidos (Strieber, entre los más populares): recuerdo las descripciones del “instrumental médico” empleado por los hipotéticos extraterrestres: cuchillas de formas retorcidas, agudas puntas candentes que parecen penetrar en los ojos, tubos flexibles penetrando el ano, dolor y miedo. ¿Acaso no sería más esperable que una civilización tan adelantada tecnológicamente como para atravesar el universo sin grandes y elefantiásicos derroches de combustible y maquinaria pesada pudiese disponer de un instrumental absolutamente indoloro, sutil y casi invisible?. Comparen la evolución del instrumental médico de nuestro propio planeta en apenas un par de siglos. ¿No es evidente su “sutilización” –disculpen si abuso del término?. ¿Porqué deberían estos seres continuar usando herramientas casi decimonónicas sino no fuera que precisamente no es la consecuencia de sus intervenciones la búsqueda de un resultado fisiológico –como no lo es la del shamán que corta prepucios- sino generar un estado alterado de miedo y dolor que despierte a un nuevo orden de realidad?. Hasta el “secreto” que se le impone al iniciado es, en la moderna categoría de los abducidos, reemplazado por un secreto más seguro y convincente: el que estas entidades programan en la mentes de los protagonistas, evidenciándose en los episodios de “tiempo perdido”.

 

El huevo cósmico

Sería exageradamente reiterativo si pasara a citar las innúmeras fuentes, rastreables en casi todas las culturas, donde la Creación, el Génesis, el primer Parto Cósmico encuentra su símbolo en el Huevo Primordial: desde los incas al Indo, desde los alacalufes a los celtas, desde los pueblo hasta los normandos, el primer ser, el primer dios, la primera pareja eclosionaron de un huevo como símbolo de la Gran Obra: milenios después, los alquimistas se referirían al Huevo (o Piedra) Filosofal como el crisol de donde nace una materia sublimada, transmutada, es decir, elevada a un plano superior de naturaleza, no sólo por su constitución, sino así también por sus propiedades. Los primitivos sarcófagos, féretros y tumbas dramatizaban ese renacimiento. Y entonces uno se pregunta si la forma ovoidal de tantos OVNIs, más que estar hablándonos de una obvio rendimiento aerodinámico, no nos estará en realidad remitiendo simbólicamente a esa propiedad feérica del Huevo Primordial. No puedo dejar de pensar en ello cuando reflexiono sobre las incomodidades de un apiñado grupo de astronautas extraterrestres apretujados en el interior de tan escaso espacio disponible, como señalé cuando advertí sobre lo exiguas de las dimensiones de las presuntas naves en función de sus tripulantes (aún con la gracia de minúsculos motores propulsantes).

 

Alguien –y con razón- podría señalarme que a través del tiempo la forma de los OVNIs han ido sufriendo cambios. Y ya he aclarado que en lo personal no creo que se trate de nuevos estilo de diseño surgidos de la mente de un afiebrado Oreste Berta intergaláctico. Creo que la razón para el “cambio” es otra.

Si observamos nuestros sueños durante un período de años y estudiamos toda la serie, veremos que ciertos contenidos emergen, desaparecen y vuelven otra vez. Mucha gente incluso sueña repetidamente con las mismas figuras, paisajes o situaciones, y si los seguimos a lo largo de todas las series, veremos que cambian lenta pero perceptiblemente. Estos cambios pueden acelerarse si la actitud consciente del soñante está influída por una interpretación adecuada de los sueños y sus contenidos simbólicos.

Esta retroalimentación –que en el Inconsciente Colectivo de la humanidad ha sido la investigación y difusión OVNI- ha modificado el fenómeno. Dicho de otra manera, es la prueba que estamos más o menos en la vía correcta de interpretación (o cuando menos la interpretación que la Inteligencia operante detrás del fenómeno desea que tomemos como tal) ya que de no haberlo sido, de tratarse simplemente de una alucinación histórica de las masas, persistiríamos en las mismas imágenes, situaciones y contextos. O sea, la misma evolución del fenómeno habla de una mejor calidad de “sintonía” entre nosotros y las inteligencias que tras él se escudan.

Por supuesto, la primer resistencia a esta lectura provendrá seguramente de mis propios colegas de investigación (los detractores estarán a estas alturas despanzurrándose de la risa) quienes argumentarán que no puede ser correcta la exagerada “espiritualización” del tema, los mensajes de contenido mesiánico, las severas amonestaciones de “hermanos mayores”, la insistencia sobre la oración en vez de la cura para el cáncer. A lo cual opongo una demasiada elemental trinchera, sobre cuya validez ustedes juzgarán. Que podríamos sintetizar así: ¿Qué culpa tienen esas inteligencias, digámosle extraterrestres, si la naturaleza de los problemas acuciantes de la humanidad es esencialmente espiritual?. Porque estoy convencido que, sin la ayuda de nuestros visitantes, más tarde o más temprano la especie humana resolverá los grandes dilemas técnicos: la cura para el cáncer o el SIDA, la energía no renovable, las hambrunas, el recalentamiento global… tenemos, qué duda cabe, la inteligencia para ello. Pero, aparentemente, donde hemos desviado el camino es en lo espiritual: o lo ignoramos, o cuando queremos referirnos a ello lo dejamos acartonado entre los bastiones de instituciones dogmáticas centenarias, las religiones, a cuya supervisión confiamos los desvaríos místicos del prójimo. Y todos contentos. Así que mientras técnica y científicamente sólo estamos retrasados, creo que en lo espiritual estamos desviados. Y esto, qué duda cabe, es mucho más grave, por cuanto mayor tiempo pasa más nos aleja del punto en que es posible el reencauzamiento a una aproximación espiritual correcta. Así que si estas inteligencias deciden dirigir sus mensajes en esta dirección, es porque nos están hablando de lo que necesitamos y no de lo que esperamos. Cuando retamos a nuestros pequeños hijos o los sentamos seriamente frente a nosotros para hablarles de cosas que creemos son importantes que conozcan y disciernan, no nos preocupa tanto si ellos dan el mismo valor que nosotros a nuestros sermones: creemos que es importante para su evolución decírselos, y suficiente. El maestro no consulta a sus alumnos respecto a qué quieren estudiar tal año académico: simplemente, hace lo posible para que lo que deben aprender –si quieren continuar adelante- sea bien asimilado. En ese orden de ideas, entonces, ¿no es evidente que si a ciertas mentes intelectuales tanto les molesta el contenido espiritual de los mensajes podría ser porque indica precisamente de lo que carecen esas mismas mentes?.

 

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EN CONEXIÓN CON LAS ENERGÍAS TELÚRICAS

Publicado por Gustavo Fernández en 26-01-2010

Estamos en condiciones de afrontar un viaje. Un viaje en una doble dirección: hacia fuera, hacia ciertos lugares geográficos, y a la vez hacia adentro, al descubrimiento de potencialidades dormidas. Porque la invitación –una más, seguramente, de todas las motivadoras y estimulantes que a diario nos ofrece el mundo de lo espiritual, lo paranormal, lo alternativo; seguramente también no menos enriquecedora- nos llevará a descubrir los efectos de conectar con las tantas veces ponderadas, especuladas, aceptadas pero pocas veces experimentadas energías telúricas.

En numerosos ensayos he dejado constancia de dos certezas: que periódicamente se presentan ciertas deformaciones espacio temporales asociadas a entornos y lugares específicos que, circunstancialmente, conectan con lo que podemos llamar “otras dimensiones”, “mundos paralelos”, espacios y tiempos concomitantes con aquél en que nos desenvolvemos, origen y fuente hipotéticos de entidades y vectores que se manifiestan en nuestra Realidad cotidiana bajo una miríada de denominaciones, presencias históricas gestoras de religiones y mitologías, de conocimientos y literatura, de ensoñaciones y pesadillas. Pero así también, la existencia de potenciales energéticos, fuerzas asociadas a ciertos lugares. Cuando unos y otros coinciden, en latitud y longitud y en el almanaque, nuestra probabilidad de percibir esos planos y, casi como un regalo del Universo, experimentar transformaciones internas con efectos impactantes en nuestra vida cotidiana es inmediato e inevitable.

Lo escribo porque lo he vivido. Porque así como desde pequeño nunca me gustó hablar de lo que no conociera o experimentara en una siempre retroalimentada curiosidad que aún hoy tiene mucho de adolescente, es igualmente visceral mi necesidad de compartir experiencias. Algo políticamente incorrecto, según como se mire. En efecto; eso me ha granjeado una dudosa fama de “esotérico” (hubiera preferido “esoterista”) en ámbitos ávidos de etiquetas academicistas. En verdad, poco importa. Lo único, en un casi solipsismo intelectual, es que comparto lo que he percibido como real, y si eso es consecuencia que los márgenes de mi Realidad a través de estos años han excedido los de algunos congéneres, no es mi problema.

Pero también, ustedes saben, soy desconfiado del vacuo discurso del facilismo espiritualista, de la-apertura-de-su-portal-personalizado-en-la-comodidad-de-su-living-en-un-fin-de-semana. Como en la novela de Coelho, el destino que buscamos allá está también aquí pero jamás lo habríamos descubierto sin haber partido antes aunque tengamos que regresar, porque el camino es la meta.

Limitaré estos comentarios a un exiguo punto de la geografía argentina que conozco en profundidad: los alrededores del cerro Uritorco y el pueblo de Capilla del Monte, en la mediterránea provincia de Córdoba. Exigirán lectores de otras latitudes correspondencia con sus propios lugares sacros que, no dudo, compartirán o superarán en energía a éste. Pero hablo de lo que conozco y experimento, ya saben. Algún día (aunque la canción diga que “algún día nunca llega”) transitaré esas geografías y sobre ellas sabré escribir. Sirva esta tercermundista y vecinal experiencia sin embargo como excusa para hablar de otra cosa. Del impacto de lo macrocósmico de la Tierra en el microcosmos de este corpúsculo que llamamos ser humano.

Es interesante señalar que el “cómo” es mucho más infuso que el “dónde”. Es decir, cómo actúa ese impacto sobre cada uno es absolutamente aleatorio desde la minúscula perspectiva humana, y conforme a orden cósmico desde la omnipresente panorámica del Todo. A usted le afectará de manera distinta que a mí. Pero no tenga dudas que dejará su huella. ¿Que cómo me afectó a mí? Es personal, por lo tanto intransferible y obviamente privado, gracias por preguntar. Pero creo que he hecho una buena descripción en el “síndrome del pájaro pintado”.

La experiencia auna –si están actualizados con algunos de mis trabajos pero especialmente con la evolución de mi pensamiento, cosa no menor, ya que si mi pensamiento fuera fotocopiado del de años atrás, ¿de qué evolución podría estar hablando?– observaciones sobre Geometría Sagrada, Radiestesia y Radiaciones Telúricas. Tomando, como “laboratorio”, un particular “área energética”, que trasciende el mítico Uritorco y abarca al Cerro Uritorco, el cerro Pajarillo y el cerro Colchíqui (o cerro de “La Maldición”, en Ongamira), El último de estos cerros –el Colchiquí o Colchiquín– situado aproximadamente a 24 Km en dirección NE del Uritorco, ha sido desde el siglo XVI objeto de crónicas históricas por parte de los mismos colonizadores españoles que han referido legendarias concepciones mítico-religiosas por parte de los grupos comechingones (en puridad, “hênia – kamiaré”), pre y post conquista española, otorgando no sólo al cerro sino a sus próximas grutas (las Grutas de Ongamira) atributos de sacralidad que son reconocidos aún hoy. Enmarcado, pues, por estas tres formaciones, y conformando un triángulo, se emplaza la denominada popularmente Quebrada de Luna, singular planicie que muchos han dado en llamar Valle de los Espíritus o Valle de ERKS.  Otros autores (no discutiremos aquí el punto) llaman “Valle de los Espíritus” a lo que primigeniamente se conocía como “Hondonada del Buey”, más genéricamente como “La Pampita” y que se refiere a un área plana próxima a la cumbre del Uritorco, en realidad, el añejo y desaparecido (y cubierto por depósitos sedimentarios) cráter de ese arcaico volcán que supo, hace millones de años, ser el cerro.

Serían innúmeras las experiencias a que podría remitirme. La fotografía de lo que en otro contexto sería interpretado como “ovni fortuito” pero aquí prefiero circunscribirlo a la idea de estas “energías”, como este documento, que siempre se obtiene en un vértice concreto del triángulo indicado en el mapa final como (1).

Presencia energética

Presencia energética

Pero allí no terminan las sorpresas: sólo en otro vértice, pero esta vez del triángulo (2), se obtienen siempre luces con comportamiento inteligente en el cielo nocturno. Ésta fotografía, tomada por mí mismo, puede parecer pobre; la observación que la acompañó no lo fue, ya que esas “luces”, circunscriptas en el círculo amarillo, bailotearon durante… una hora ante mi estúpido rostro sorprendido.

luces en la noche

luces en la noche

Menos espectaculares, pero más intrigantes –cuando menos para mí– desde el punto de vista investigativo, fueron las prospecciones radiestésicas. Empleando un simple “péndulo de frecuencias” –cualquiera, a los que se le hacen divisiones proporcionales respetando la escala cromática, de hecho, en forma convencional– se comprueba que si nos situamos en los vértices del triángulo (1), comenzando mirando al Este, siempre girará sólo al alcanzar la frecuencia violeta, pero descenderá al añil al volver el rostro al Oeste, permaneciendo impertérrito tanto al Norte como al Sur. En cambio, al ubicarnos en los vértices del triángulo (2), comenzando mirando al Oeste girará sólo a alcanzar la frecuencia añil, y pasando al violeta cuando giramos hacia el Este, descendiendo al amarillo-anaranjado-rojo tanto al voltearnos al Norte como al Sur. Esto es muy extraño porque, si ustedes leyeron con atención, puestos en idénticos puntos el sentido de giro del péndulo dependerá en qué dirección estemos mirando, y no de ninguna otra variable (por ejemplo, el tipo de péndulo). Esto señala a gritos que la energía del lugar resuena en nosotros según nuestra orientación tanto con los campos geoelectromagnéticos como con las redes Hartmann, y abre un campo apasionante para la aplicación de técnicas Psicogeométricas en esos lugares.

A título ilustrativo, digamos que son vértices del triángulo (1) los cerros Pajarillo, Colchiquí y la “capilla neotemplaria” ubicada en el mismo poblado de Capilla del Monte, y del triángulo (2), ésta, el cerro Uritorco y el cerro Colchiquí.

péndulo de frecuencias

péndulo de frecuencias

mapa de la región

mapa d ela región

cerro Colchiquí

cerro Colchiquí

Construcción piramidal en sus proximidades, una delas tantas formas de aprovechar la energía del lugar

Construcción piramidal en sus proximidades, una delas tantas formas de aprovechar la energía del lugar

Cuevas de Ongamira

Cuevas de Ongamira

Entonces, ¿cómo no recordar aquellas dos “entidades”, humanoides y vestidas íntegramente de blanco, que aparecieron inopinadamente en una fotografía tomada por nuestros colaboradores en una ascensión a las cuevas de Ongamira, ya publicadas en AFR Nº 2? Están dentro del círculo amarillo. Ustedes alcanzan a ver a una integrante del grupo llegando a la oquedad, una ermita con la imagen de una virgen (siempre me preguntaba por qué esa compulsión católica de colocar en cualquier punto imágenes de su hagiografía; hoy sospecho que con el tipo de experiencias que los lugareños han convivido históricamente debe haber servido, en su ingenua ignorancia, casi como un exorcismo). Seamos redundantes: cuando revelo la fotografía es cuando aparecen… y nadie estaba allí.

entidades

Entidades

Esto, sin entrar en detalles de puntos como Los Terrones, los Gigantes, La Posta del Silencio… Una región donde quizás la única nota frívola debe ser la famosa “calle techada” de la ciudad.

Precisamente hablando de esa “capilla neotemplaria” –conocida así por su configuración octogonal– en su interior (experiencia que, huelga decirlo, tuve que realizar todas las veces a escondidas del párroco y sus fieles ayudantes, un poco hastiados de tanto cazador de anomalías y confundidos por las particularidades del templo que les tocó en suertes guardar y cuya Geometría Sagrada ignoran en absoluto (o hacen como que ignoran)– precisamente hablando de ella, decía, es interesante señalar dos cosas: (a) un péndulo de frecuencias siempre girará en su interior sólo en la frecuencia violeta o añil, sin excepción, y (b) cualquier meditación de Merkaba realizada en su interior provocará percepciones insólitas. La más habitual: “presencias” perceptibles o visibles en la columna de luz que, durante el día, desciende por el rosetón que culmina la capilla. Que le da nombre al pueblo, claro.

De paso, sería bueno atender a las baldosas que jalonan el piso. Todas muestran lo que muchos identifican con una swástica pero que creo más acertadamente un “triskelion”, un símbolo –como se ve en la gráfica que acompaña– absolutamente chamánico.

La capilla

La capilla

El embaldosado del piso

El embaldosado del piso

Escudo chamánico indígena, suele estar en los “kultrun”, tambores ceremoniales mapuches

Escudo chamánico indígena, suele estar en los “kultrun”, tambores ceremoniales mapuches

El rosetón

El rosetón

Al César lo que es del César… y a Guillermo Terrera lo que es de Guillermo Terrera. Cuando allá por los ’80 el fenecido metafísico, antropólogo, docente de la Universidad de Buenos Aires y abierto filonazi preconizaba la existencia de un “triángulo energético” en esta zona (que, pomposamente, bautizó como “triángulo de fuerzas de Terrera”) fuimos muchos –me incluyo– que lo consideramos un dislate. Pero no hace tanto tiempo escribí que algún día, en una caverna o la cima de alguna montaña, con un péndulo en una mano y un libro de geometría en la otra, iba a comenzar a encontrar algunas respuestas. Bien, creo que allí estoy, ahora. Porque relacionando las prácticas psicogeométricas con las áreas determinadas radiestésicamente dentro de perímetros bien definidos (el margen de aproximación para los vértices indicados es de +/- 2 kilómetros, disminuyendo la intensidad de las detecciones radiestésicas a medida que uno se aleja del punto “ideal”), queda demostrado, al reducirse todas las variables a precisas constantes, que son focos energéticos particularmente intensos y precisos. Que el efecto que “resuena” en nosotros es mensurable, al margen de cómo repercute en nuestra vida en los tiempos venideros.

mapa

mapa

triángulo

triángulo

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¿Qué demora el contacto con extraterrestres?

Publicado por Gustavo Fernández en 17-06-2009

En homenaje al preclaro investigador sevillense Ignacio Darnaude Rojas y a su estudio titulado “Los motivos del no-contacto”, ante el cual los que abundamos en esta línea debemos honrarlo con humildad.

Enfocaré las reflexiones de este artículo hacia una cuestión que, quizás visceralmente, crea un cierto dejo de preocupación en todos quienes, por interés intelectual o simple afición, nos sentimos atraídos por la incógnita de la presencia de culturas alienígenas actuando o no en nuestro mundo. De hecho, la ausencia de un contacto (que, como bien señalan los participantes de los distintos programas de búsqueda extraterrestre, permite sostener que “la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia”) ya se trate de tripulantes de OVNIs como de respuestas a nuestros sondeos radioastronómicos, ha llevado a ciertos escépticos al extremo de afirmar que, precisamente, todo ello apunta a demostrar que nadie existe más allá de nuestras fronteras espaciales. Y sobre todo esto trata –y algo más- esta nota. En principio, es reiterativo pero necesario destacar que existen dos planos de discusión: uno, el que nuclea a los defensores de la hipótesis extraterrestre en torno a los OVNIs. Otro, para quienes sin expedirse sobre ese particular –y, en ocasiones, siendo claros refutadores de ella- en cambio piensan que sí pueden existir otras culturas alrededor de otras estrellas, imposibilitadas de contactarnos físicamente pero plausibles de detectar instrumentalmente. En lo personal –pienso que en toda mi actividad ello es manifiesto- soy un defensor del origen extraterrestre de los OVNIs. Sólo que tomo eso del “origen extraterrestre” en un contexto más amplio que el que normalmente se le asigna. Porque pienso que ciertas inteligencias –no todas- detrás de este fenómeno provienen también de otras dimensiones, un eufemismo para referirnos a un orden distinto de la Realidad. Es el concepto del OVNI –o del tripulante- como un “ente psicoide” que he desarrollado en otra oportunidad. Sin duda, los negadores de siempre afirmarán, con una sonrisa irónica, que estas reflexiones parten de un preconcepto equivocado, porque sostengo la existencia de algo no demostrado aún, y que el proceso analítico más simple indicaría precisamente lo contrario; el principio de economía de hipótesis (la un tanto oxidada “navaja de Occam”) sostiene que un fenómeno debe explicarse por la vía más sencilla, y sólo si esta no agota todas las manifestaciones del fenómeno pasarse a una de mayor complejidad, y así sucesivamente.

Desde ese enfoque, es más sencillo suponer que no existe vida extraterrestre que afirmar que sí la hay. Y, por ello, debemos hacer una digresión al margen de esta discusión.

¿Lo lógico es lo real?

Creo que uno de los errores del conocimiento moderno –sin que eso signifique alentar posiciones oscurantistas que nieguen sus verdaderos avances- es partir de axiomas tomados como verdades monolíticas como el peñasco de Gibraltar, construidas pacientemente a lo largo de siglos por referentes incuestionables de la sapiencia humana. Creo que el “principio de economía de hipótesis” es uno de ellos. Sostener que la Verdad está necesariamente más cerca de lo simple que de lo complejo, artificioso o confuso, suena a verdad propia de “Juan Salvador Gaviota” y, precisamente por ello, más digna de figurar como monserga espiritual que como herramienta de investigación. Pues sostengo que en muchas ocasiones “lo verdadero” no es lo sencillo. Por ejemplo: ¿qué sería más sencillo; suponer que en ciertas circunstancias una partícula que llamamos “fotón” –y sólo una- pasa simultáneamente por dos distintas aberturas, o suponer que quienes afirman ese dogma han cometido errores de interpretación o sus instrumentos no están diseñados para captar una específica realidad de los hechos?. Es más sencillo lo segundo; empero, sabemos que es cierto lo primero. La lógica del pensamiento científico se basa en un discutible sentido común, cuando afirma que no “es lógico” admitir las evidencias presentadas por los investigadores OVNI como pruebas de su origen extraterrestre ya que siempre podría acudirse a otras explicaciones (por la bendita “economía de hipótesis”) alternativa a esa, pero descree absolutamente de ese “sentido común” cuando enuncia el Principio de Incertidumbre. Haber pisado la Universidad y haberme movido muchos años en el terreno del Realismo Fantástico han hecho germinar en mí la desilusionada convicción que muchos hechos que aceptamos como “verdades científicas” son simplemente la repetición, como un sonsonete monocorde, de clichés de un paradigma dominante. Por la misma razón, muchos hechos que culturalmente se aceptan como “supersticiones” jamás han ameritado una sesuda, prolongada y bien subvencionada investigación científica. Por caso, sabemos que los científicos (especialmente los orientados en las “líneas duras” del pensamiento mecanicista) consideran que la Alquimia es una farsa (aún desconociendo el hecho fundamental que lo que buscaba el verdadero alquimista, el Iniciado –no el simple “soplador”- no era la transmutación de metales viles en oro, sino la Transmutación con mayúscula, la de su propio espíritu), pero también sabemos que jamás hubo una investigación de largo aliento sobre la misma para etiquetarla coherentemente como tal. Y, de hecho, las construcciones teóricas de cualquier químico o físico para justificar el porqué de la inutilidad de la misma parten necesariamente de preconceptos, que se transforman en prejuicios cuando uno descubre que sostienen sus pareceres sin haber estudiado, leído, documentado previamente sus opiniones sobre los centenarios textos de esa disciplina. Y yo, desde pequeño, siempre fui educado en el concepto que nada nos hace más fatuos, soberbios y tontos que opinar sobre cuestiones que desconocemos.

Claro que, sin haberlo querido, estoy a punto de contradecirme: porque si hay un tema que –por ahora- desconozco, es precisamente qué están pensando nuestros visitantes extraterrestres. Pero se me ocurren algunas hipótesis, y como tales las consideraremos.

El pánico al sufrimiento

Ocurre que cuando buscamos explicaciones respecto al porqué del “no contacto”, siempre solemos acudir a explicaciones que tienen que ver más bien con nosotros. Que nuestra cultura puede colapsar, que no estamos preparados para integrarnos a la familia cósmica, que… Pero, por una vez, me he preguntado si “ellos” no tendrán buenas razones personales para evitarnos. Y se me ocurre ésta. Una civilización tecnológicamente más avanzada, necesariamente, habrá extendido aún más su expectativa de vida. Veámoslo en nosotros mismos: hace dos mil años a los treinta ya se era anciano. A principios de siglo, el promedio de vida en el hombre era de 55 años, hoy es de unos 70. La evolución técnica, qué duda cabe, trae vida. También trae recursos para enfrentar el dolor y el sufrimiento: analgésicos, cirugías y toda una adecuada parafernalia. En consecuencia, cuando menos en los grandes núcleos urbanos, la muerte es menos cercana y el dolor físico más temido. Nuestros antepasados estaban más endurecidos: una mortalidad infantil muy alta los tenía lamentablemente acostumbrados desde siempre a sufrir la pérdida de seres queridos, muy queridos. La falta de tecnología médica los hacía sobrevivir con grandes sufrimientos; las pestes y guerras hacían de la Parca una visita frecuente y a la que estaban acostumbrados. Es más, no había demasiado tiempo para lamentarse: uno podía morir de mil maneras distintas en cualquier momento. Hoy en día, tenemos tantos recursos exteriores que hemos perdido los interiores: ante el menor dolor de muelas nos atiborramos de calmantes y ni por todo el oro del mundo enfrentaríamos a un león en las sabanas armados sólo con una lanza. Tememos a la muerte más, porque es menos común. Tememos al sufrimiento más, también porque es menos común.

Extrapolando, ¿qué puede llegar a sentir una cultura que ha logrado hacer descender el índice de mortalidad por violencia o enfermedad a cero, y que en virtud de su evolución alcanza centenares de años de existencia?. Con un inconsciente no racional, no analítico (pues nada impide que en ellos también anide) el miedo a la muerte y al dolor se transformaría en pánico. Y, por ende, en una necesidad visceral e irrefrenable (y justificable dialécticamente) de evitar toda situación que no presente un máximo de seguridad y un mínimo de imprevisibilidad. Conociendo a nuestra especie, siempre habría una excusa para dejar el contacto para más adelante.

Una tecnología no mucho mejor, sino distinta

Otro aspecto a tener en cuenta, y ya en el terreno de nuestros –hasta ahora- infructuosos intentos de comunicación con inteligencias extraterrestres, puede estar vinculado al hecho que su tecnología (quizás toda su “realidad”) opere en ámbitos que apenas intuimos. Así como cien años atrás el instrumental quirúrgico de entonces parecería a los ojos de cualquier cirujano de hoy en día algo más propio de matarifes, así como los tam – tam africanos serían ignorados en la ciudad más cercana por el mero hecho de ser sus sonidos ahogados por el fárrago del tráfico (mientras los indígenas, sudorosos, golpean los troncos ahuecados día tras día, año tras año, preguntándose cómo, desde esas luces lejanas donde sin embargo deben escucharles, nadie responde), así es posible que la tecnología empleada por esos seres esté a una distancia abismal respecto de la nuestra, al punto de resultar, con nuestro batifondo comunicacional, apenas significativos dentro del ruido cósmico. Así, millones de dólares gastados en programas SETI estarían condenados al fracaso no porque esa inteligencia no existe ni sea suficientemente avanzada, sino, precisamente porque está tan avanzada que somos indistinguibles de una casualidad natural. Es un golpe para el ego humano, pero igualmente cierto, que resulta ridículo suponer que los habitantes de las estrellas se verían obligados a pensar como nosotros; pero no otra cosa hacemos cuando damos por sentado que deberían estar emitiendo sus señales en la banda del hidrógeno estelar que es lo que justamente harían nuestros científicos. Empeñados en un faraónico proyecto de búsqueda, proponen el juego de “emisor” y “receptor”. Ellos emiten año tras año como náufragos desesperados, nosotros somos los de oídos elegidos. Claro, dirían los burócratas que defienden estas inversiones, nosotros también emitidos; televisión, por ejemplo. Y a una cultura tan avanzada debería resultarle extraordinariamente sencillo captar nuestras señales, darse un golpe en la cabeza con uno de sus múltiples tentáculos y decir algo así como: “¡Hey,, Pepe!. ¡Aquí hay unos vecinos diciendo algo a los gritos! , para acto seguido pulsar unos botones (o lo que fuera) y enviarnos unos saluditos. Pero, ¿qué pasaría (recuerden los pobres africanos que todavía siguen sudando) si de pronto la televisión y otras formas de comunicación electromagnética les resultaran tan arcaicas que quizás las hayan olvidado o sean sólo curiosidades de museo?. Extrapolen lo que la ciencia, nuestra ciencia, ha avanzado en doscientos años y proyéctenla, digamos, un millón de años en el futuro (con un Universo de por lo menos veinte mil millones, nada me impide pensar que pueda existir una civilización con ese adelanto). No sólo no nos entenderían. Habrían olvidado cosas tales como chips, circuitos y otras menudencias.

A veces me exaspera la incapacidad de nuestra especie de mirar verdaderamente hacia el futuro. O, en otra forma, de creer que los parámetros lógicos con que nos manejamos hoy en día seguirán siendo dominantes apenas unos milenios más. Y me asusta de cara al futuro. Piensen por ejemplo en esos centenares de depósitos subterráneos con desechos radiactivos que permanecerán letales durante diez mil, en algunos casos cien mil años. ¿Estamos haciendo las cosas a conciencia como para proteger, siquiera sea advirtiendo, a nuestros descendientes de su peligro?. Oh, sí, dirán ustedes, los lugares están bien perimetrados militarmente y hay anuncios en todos los idiomas hechos en toda clase de materiales. Pero lo que yo me pregunto es si en, digamos, treinta mil años, seguirá existiendo esta civilización y alguien recordará estos idiomas. Ya sé que ustedes piensan que a medida que pasen los siglos nuevas generaciones serán informadas y educadas por las que les precedieron, y el dato se conservará. Pero la historia cuenta cosas muy distintas. No en treinta mil, sino en cinco mil años, apenas, ascendieron y cayeron multitud de civilizaciones. Conocimientos que eran del dominio público se perdieron (sin ningún Apocalipsis en el medio) y tuvieron que volver a ser redescubiertos, reinventados, reelaborados. Creo que en veinte mil años desde ahora, no sólo nuestras lenguas estarán muertas (lo que tal vez no sea tanto problema, siempre habrá filólogos dispuestos a reconstruírlas) sino que también es posible que el sentido de las palabras (y los pensamientos que las gestaron) haya cambiado. Por ello, tal vez en el futuro remoto sí reconstruyan nuestros lenguajes, nuestros anuncios y advertencias pero… ¿sabrán interpretar el sentido que le hemos dado cuando en este presente los hemos hecho?. Se me ocurre que sólo figuras bizarras, horrorosas, líneas quebradas que imiten la destrucción arquetípica, tal vez rostros sufrientes serán los símbolos cuyos sentidos, por ser inconscientes, pervivirán por sobre los milenios. Y descubro que muchos científicos han advertido de este riesgo, de cara al futuro lejano, de pérdida del sentido de las señales y advertencias de los depósitos nucleares. En consecuencia, han sido ellos –no yo- quienes han propuesto rodear esas zonas con figuras que grafiquen escultóricamente el terror que duerme en las profundidades. Y me pregunto, mirando ahora hacia el pasado: ¿cuántas remotísimas alegorías, cuántas estatuas, monumentos, catafalcos, cuántos petroglifos prehistóricos nos han dejado los Antiguos con su simbología de horror, muerte y destrucción, y no hemos sabido ver en ellos más que “desechos de supersticiones”?. ¿Y si, como haremos nosotros pensando en el porvenir, ellos, desde el pasado, quisieron advertirnos de algo?. ¿Porqué los hombres del futuro deberán interpretar nuestros mensajes de manera distinta a como nosotros hemos interpretado los del pasado?.

Claro que algún lector podría aducir que, ciertamente, si esos mensajes que llegan desde las profundidades del tiempo advirtieran de algún peligro nuclear oculto, nuestra impune violación de esos lugares habría desatado el infierno sobre la Tierra. Pero es que no estoy pensando necesariamente en material radiactivo. Porque puede haber sustancias mucho más terroríficas e inclusive más sutiles en su desparramarse sobre el planeta. “Sustancias” (la palabra es en sí una contradicción) o “energías” ante las cuales la radioactividad sería primitiva. Bacilos espirituales, larvas astrales, venenos metafísicos, ante los cuales nuestra civilización carece de métodos de detección, como una cultura preatómica carecería de métodos para detectar a tiempo escapes radiactivos de un depósito abandonado por seres extraterrestres…

¿Somos un virus cósmico?

En otro orden, una de las explicaciones más populares para apuntar al porqué del no-contacto estriba en considerar a la especie humana potencialmente peligrosa para la ciudadanía cósmica. Claro que también es posible que la elección por el no-contacto de nuestros visitantes siderales encuentre su razón de ser en estrictas y asépticas razones científicas, como el poder observar en su medio natural y sin interferencias (más allá del inevitable “observador que modifica lo observado”) la evolución de las culturas de nuestro planeta. Pero también cae la ocasión de estar haciéndolo por nuestro propio bien: creo que nadie como el propio Darnaude (citado en la dedicatoria de este artículo) ha enlistado las desastrosas consecuencias (por lo menos, desastrosas para el omnímodo poder en las sombras) que tendrían para nuestra economía, geopolítica y religiones el contacto abierto y sin condiciones. Pero también podemos proponer esta otra lectura: una civilización ha seguido en algún remoto confín del espacio una evolución tan anticipada a la nuestra, que nos ve como nosotros vemos a las gallinas. Las usamos, nuestros hijos juguetean quizás cruelmente con ellas, pero a nadie se le ocurriría designar una embajada en el gallinero más cercano. Son, simplemente, útiles seres de escala inferior. Esto puede ser muy feroz para nuestro orgullo, pero si asignamos a nuestra especie una media de tres millones de años de existencia como homínidos, y si recordamos que el Universo –dicen quienes se supone que saben- tiene entre quince mil y veinte mil millones de años de antigüedad, hay una espacio abismal de tiempo donde otras culturas pudieron haberse desarrollado, colapsado, vuelto a renacer… y aventajarnos por millones de años. Si sabemos que nuestra estructura lógica sería inaprensible, digamos, para un Neandertal de hace unos ciento cincuenta mil años.. ¿cómo por ventura podemos suponer que seríamos indistinguibles de los primates para alguien que nos aventajara “sólo” unos diez o quince millones de años?. O bien considerar esta otra alternativa: que la línea evolutiva intelectual de esa humanidad, más que superior a la nuestra, haya seguido por derroteros distintos. Por ejemplo; ¿una química compleja basada no en el carbono, como nosotros, sino en el silicio, qué clase de mentalidad generaría?. Fascinante pregunta. O, más acabadamente aún: ¿porqué necesariamente la inteligencia tendría que estar constreñida a cuerpos, formas, sistemas biológicos como es esperable por nosotros?. ¿Qué ocurre si alguna forma de pensamiento puede construirse sobre otros sistemas, como los vegetales?.

El aporte de la Parapsicología a la comunicación con otras especies

De sobra son conocidos los trabajos del experto en polígrafos Clave Backster en el terreno de la detección de comportamientos y emociones –uno aún se resiste a hablar de “raciocinios” en plantas de todo tipo, por el sencillo y expeditivo método de conectar a algunos ejemplares botánicos sus equipos e interpretar sus resultados. Es interesante destacar que si bien los escépticos de siempre pueden estar en desacuerdo con las teorías de Backster, no pueden refutar los hechos, en tanto y en cuanto éstos son repetibles a voluntad. Extrañamente, entre el coro de risas refutadoras que a través de las últimas décadas se han levantado contra este investigador, ninguna de ellas ha apuntado a los eventos y sí a las conclusiones, y quienes han tratado de dar explicaciones “naturales” a sus experimentos lo hacen desde la mera especulación, sin intentar ollar las mismas sendas. Dicen que es una pérdida de tiempo. Pero sinceramente, bien poco científico me parece el sistema de criticar sin repetir la experiencia porque a priori se la supone un sinsentido. Bien, decía que se ha escrito mucho sobre los trabajos de este precursor y sus seguidores, pero poco se ha avanzado en buscar aplicaciones prácticas a su tarea. Traigo entonces a colación uno de sus resultados, porque viene a cuento de la teoría que trataré de exponer aquí. Ocurre que el bueno de Cleve, luego que William M. Bondurant, ejecutivo de la Mary Reynolds Babcock Foundation, de Winston – Salem, Carolina del Norte, le hiciera un donativo de diez mil dólares para avanzar en sus investigaciones, pudo acceder a equipo más sofisticado, entre ellos, un electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo. Estos equipos, que normalmente se usan para mensurar las emisiones eléctricas del corazón y el cerebro, tenían la ventaja de no hacer pasar corriente alguna a través de las plantas, porque se limitan a registrar la diferencia en el potencial que descargan. Esto es de suma importancia, porque cualquier reacción sensible inhibe la explicación mecanicista que las reacciones medidas por nuestro estudioso son “simples automatismos” generados por las descargas que otros aparatos pudieran imprimir a la planta objeto del experimento. El cardiógrafo permitió a Backster obtener lecturas diez veces más delicadas que el polígrafo, y el electroencefalógrafo le proporcionaba lecturas más sensibles todavía. Una contingencia fortuita condujo a Backster a otro campo totalmente distinto de investigación. Una noche, al prepararse a dar un huevo crudo a su fiel doberman observó que una de sus plantas conectadas al polígrafo reaccionó bruscamente en el momento de cascar el huevo. A la noche siguiente, volvió a observar el mismo fenómeno. Inducido por la curiosidad de averiguar qué pudiera “sentir” el huevo, lo conectó con un galvanómetro y observó todo con atención. Durante nueve horas estuvo obteniendo una grabación activa del huevo, correspondiente al ritmo de las palpitaciones cardíacas del embrión de pollo que posiblemente contenía, las cuales alcanzaban una frecuencia de 160 a 170 latidos por minuto, cabalmente los que corresponden a un embrión de tres a cuatro días. Pero ocurría que el huevo había sido comprado en una tienda local y no estaba fertilizado. Entonces, al abrirlo y observar su contenido, se quedó backster de una pieza al ver que en él no había estructura física circulatoria de ningún género que pudiese explicar la pulsación. Por lo visto, había descubierto una especie de campo de fuerzas no conocidas todavía en el nivel contemporáneo de la ciencia. Y si ustedes son perspicaces, habrán comprendido hacia dónde estamos orientados: si la materia viva en general posee un campo de fuerza, una radiación de vida que le es propia, cabe absolutamente la posibilidad que, por resonancia, podamos detectar a distancia –cualquier distancia- emisiones de esa radiación, con la única condición que entre aquél foco emisor y nosotros existan otras y sucesivas fuentes radiantes de vida. Que es tanto como decir que podríamos cuando menos medir los límites espaciales hacia los que la vida se extiende. El concepto de los “campos de vida” o “radiaciones V” no es nuevo; podemos rastrear su enunciación hasta la literatura parapsicológica de principios del siglo XX. No en otra cosa pensaba el barón De Rochás cuando formuló la idea de la “fuerza ódica” que, según escribió, parecía emanar de la punta de los dedos de ciertos sensitivos en condiciones de penumbra ambiental. De Rochás fue el primero en señalar el fenómeno de la “radiaciones mitogénicas”, un experimento en el cual, si dos plantas son cultivadas de manera que una de las prolongaciones de sus raíces se deslice a medida que se desarrolla dentro de un tubo de vidrio, y se cuida que la raíz “entubada” de la planta A esté dispuesta próxima y en situación perpendicular con la misma de la planta B, el desarrollo de ésta parece ser afectado a medida que dentro del tubo de su congénere progresa la raíz de la primera, al punto de mostrar extrañas deformaciones, como si del extremo de aquella emitiera algún tipo de “rayo” que hiciera colapsar un grupo de células de la “planta víctima”. Se me ocurre aquí preguntarme si el fenómeno de “sanación”, en ese sentido de razonamiento, más que corresponder (como siempre supuse) a un efecto psicoquinético del curador sobre la estructura patológica del enfermo no corresponderá más bien a un efecto de resonancia entre las “radiaciones de vida” de ambos. Existe una interesante –y agradable- experiencia que ustedes pueden hacer. Coloquen en su dormitorio –o donde les plazca- una buena cantidad de plantas, lozanas y vitales, preferentemente de largas hojas lanceoladas y algunas cuya savia parece tener un matiz lechoso (ignoro porqué con éstas el efecto es más significativo). Luego, mantengan relaciones sexuales en ese ambiente, y observen finalmente la reacción de las plantas. Repítanlo durante varios días. Dos efectos son sensibles. Uno, todas las plantas comienzan a exhalar un olor penetrante, una fragancia similar al del césped fresco cortado (cuiden de no caer durante el acto amatorio sobre las plantas, para no confundir los resultados, claro). Estoy tentado a decir que las plantas se “excitan”.

Dos –si repiten la experiencia unos cuantos días- hay un extraño tropismo (¿”Gonotropismo”?, ¿”sexotropismo”?, ¿”ferotropismo”?) de las plantas en dirección a la cama, aún a costa de alejarse de la luz natural. No creo que las plantas que he tenido el gusto de conocer sean particularmente lujuriosas, de manera que sospecho que la actividad sexual reactiva en la atmósfera una especie de energía sexual, al estilo de la “energía orgónica” –no orgánica- descubierta y descripta por el doctor Wilhem Reich y hermanada con la idea de que los antiguos ritos de la fertilidad, en el proceso de los cuales las personas tenían relaciones sexuales en campos recién sembrados, podrían haber estimulado el crecimiento de las plantas. Cierto día de fines de octubre de 1971, el ingeniero electrónico George Lawrence acompañado de un ayudante, se internó en un paraje próximo al poblado de Temecula, al sur de California, una zona libre de interferencias electromagnéticas –por lo menos en ese entonces- para un interesante experimento. Dedicado a experiencias similares a las de Backster, su aparato tenía una diferencia importante: incorporaba, en un baño de temperatura controlada, el tejido vegetal vivo protegido en un tubo Faraday, que filtra hasta las más leves interferencias electromagnéticas. Lawrence observó que el tejido vegetal vivo es capaz de percibir señales, mucho más sutilmente que los sensores electrónicos. Su teoría era que las radiaciones biológicas transmitidas por seres vivos se reciben mejor en un medio biológico. El equipo de Lawrence se diferenciaba además considerablemente del de los demás experimentadores, porque no requería electrodos aplicados a las plantas, si están suficientemente apartadas de sus vecinas para eliminar toda interferencia en las señales, como ocurre habitualmente en las áreas desérticas. Lawrence apuntaba a la planta elegida con un tubo sin lente y con una amplia abertura, cuyos ejes ópticos equivalían al eje de diseño del tubo Faraday. A distancias mayores, utilizaba un telescopio en lugar del tubo, y hace más visible la planta colgándole un trapo blanco. El tejido vivo de Lawrence podía captar una señal direccional a distancias de más de un kilómetro y medio. Para estimular las reacciones de las plantas objeto de su experimento, les infundía previamente una cantidad medida de electricidad, activando el estímulo a control remoto con un cronómetro que le permite regresar a pie o en auto a la estación que “siente”. Realizaba sus experimentos de exploración en las estaciones más frías, cuando la vegetación está dormida en su mayor parte, a fin de tener la seguridad de que señales procedentes de otras plantas no están alterando sus mediciones. Las perturbaciones en el tejido vivo de su aparato grabador no se detectan visualmente por medio de una aguja sino acústicamente, por medio de un silbido bajo, continuo e igual, similar al producido por un generador de ondas sinusoidales, que cambia en una serie de pulsaciones distintas cuando recibe señales de una planta. El día de su llegada al Oak Grove Park, Lawrence se sentó con su ayudante a tomar un bocadillo a últimas horas de la tarde, a unos diez metros de su instrumento, que quedó enfocado vagamente al cielo. Acababa de dar un mordisco a su lieberwurst (especie de salchichón judío fuertemente condimentado) cuando el silbido continuado procedente de su equipo fue interrumpido por una serie de pulsaciones claras. Lawrence, que todavía no había ingerido su embutido, pero que había hecho perfectamente la digestión del efecto Backster, creyó que aquellas señales podían haber sido producidas al haber matado algunas células del salchichón. Pero, pensándolo más serenamente, recordó que esas células estaban ya biológicamente muertas. Al comprobar el estado de sus instrumentos, la señal acústica se siguió produciendo, con gran asombro de su parte; una cadena de pulsaciones durante más de media hora, hasta que volvió el silbido continuado y monótono, indicio de que ya no iba a haber más señales. Estas tenían que proceder de alguna parte, y como el aparato había estado apuntando todo el tiempo hacia el cielo, asaltó a Lawrence la ida fantástica de que alguien o algo estaba transmitiendo desde el espacio exterior. Resistiéndose a llegar a una conclusión prematura (en el sentido de que hubiera captado una señal inteligente procedente de los abismos cósmicos a través del tejido de una planta) Lawrence pasó varios meses perfeccionando su equipo, para convertirlo en “una estación de campos biodinámicos con que recibir señales interestelares”, según sus propias palabras. En abril de 1972, ya estaba su equipo lo bastante perfeccionado para apuntar de nuevo en la misma dirección en que había obtenido la reacción extraña al morder su salchichón. Como especialista en rayos láser y autor del primer libro técnico sobre la materia que se publicó en Europa, Lawrence había tomado nota exacta de la dirección en que estaba apuntando su aparato en aquel momento, y observó que enfocaba a la Osa Mayor, constelación de siete estrellas situada en la región del Polo Norte celeste. Para estar seguro de que el equipo quedase distante de la mayor parte posible de formas de vida, Lawrence enfiló con su vehículo hacia el llamado Cráter de Pisgah, promontorio volcánico de setecientos metros de altura que se eleva en medio del árido desierto de Mojave. El cráter está rodeado de yacimientos de lava donde no brota un sola brizna de hierba. Enfocando su telescopio junto con el tubo Faraday, una cámara, un monitor electromagnético de interferencia y la cámara de tejido orgánico, a las coordenadas celestes que le daban la dirección general de la Osa Mayor, abrió su señal de audio. A los noventa minutos, su equipo volvió a captar un conjunto reconocible de señales, pero más breve que el de la vez anterior.

Según Lawrence, los períodos entre la serie rápida de pulsaciones fluctuaron entre tres y diez minutos aproximadamente durante un período de varias horas, mientras monitoreaba un solo lugar en el cielo. Habiendo repetido, pues, con éxito sus observaciones de 1971, empezó a pensar si no habría hecho accidentalmente un descubrimiento científico de proporciones extraordinarias. No tenía idea de cuál podría ser la procedencia de las señales, ni de quién o qué las estaba transmitiendo, pero le parecía sumamente posible que el desplazamiento galáctico tuviese algo que ver con su origen. “Las señales podrían estar esparciéndose desde el ecuador de la Vía Láctea, que tiene una densa población de estrellas”, calculaba Lawrence. “Tal vez estábamos recibiendo algo desde esa zona más bien que de la Osa Mayor”. Después de haber obtenido en el desierto de Mojave la confirmación de sus primeras observaciones, continuó las pruebas de laboratorio en su residencia, enfocando la máquina a las mismas coordenadas y dejándola en esa posición. Dice que tuvo que esperar semanas y hasta meses para que le llegasen señales, pero que, cuando por fin las capturaba, era indudable que algo extraño se recibía. Una de ellas producía una especie de pulsación, audible en forma de un “brrrrrrr-bip-bip” que, según Lawrence, no ha logrado ninguna entidad terrestre. Presionado para que diese alguna explicación de aquellas extrañas señales y su naturaleza, dijo: “No creo que estén dirigidas a seres de la Tierra. Creo que estamos ante transmisiones entre grupos de iguales, y como no sabemos nada de comunicaciones biológicas, quedamos sencillamente excluidos de estas “conversaciones””. Deduciendo que aquellos hallazgos podían ser de importancia trascendental y anunciar un nuevo sistema de comunicación no imaginado todavía siquiera, Lawrence mandó una copia de su cinta de octubre de 1971, junto con un informe de siete páginas, al Instituto Smithsoniano de Washington, donde se le custodia. El informe termina así: “Se ha observado un conjunto aparente de señales de comunicación interestelar, de origen y destino desconocidos. Como su intercepción fue hecha por sensores biológicos, cabe suponer que se trata de una transmisión de señales de tipo biológico. Los experimentos de prueba se realizaron en un área electromagnética de frontra profunda, con un equipo refractario a radiaciones electromagnéticas. En las pruebas subsiguientes no se revelaron defectos de equipo. Como no se están llevando a cabo experimentos continuados de escucha interestelar, presentamos la sugerencia de que se lleven a cabo en cualquier parte, si es posible a escala global, pruebas de verificación. El fenómeno es demasiado importante para pasarlo por alto”. Pruebas a escala global. Quizás, así al unísono, se reuniera la información suficiente para decodificar la pulsación de la vida en el cosmos. Y es cierto que sabemos poco, nada, de comunicaciones biológicas, aún cuando debería animarnos en su profundización, pues la comunicación biológica es a nuestra “moderna” comunicación electrónica, lo que ésta es a la mecánica, la de los viejos tiempos de semáforos fijos que elevaban y bajaban sus brazos, tubos neumáticos y silbatos. Pero extrañamente, los estudios de Lawrence han sido arrumbados en el olvido. Extrañamente, iba en la misma senda que el cirujano argentino, ya fallecido, doctor Enrique Briggiler, cuando postulaba (y experimentaba) una comunicación biológica con entidades a través del espacio (ver al respecto mi nota “El Cuarto Estado: Técnicas Bioelectrónicas de Comunicación Extraterrestre” en “Al Filo de la Realidad” número 15). Quizás no extrañamente, Briggiler falleció prematuramente y Lawrence, como tantos otros, él y su trabajo condenados al ostracismo. Pero volveremos sobre ello en otro trabajo.

Abundar en este campo fascinante de trabajo implica comenzar a familiarizarse no sólo con la idea de un campo radiante de vida que interpenetra el univero, sino con que el límite entre lo “no vivo” y lo “vivo” no sería tan claro como pareciese. En 1899, el científico hindú Chandra Bose observó el caso extraño de que un radioconductor mecánico para recibir las ondas de radio perdía sensibilidad cuando se le usaba continuamente, pero recuperaba su estado normal tras un período de descanso. Esto le llevó a la conclusión de que, por inconcebible que pareciese, los metales pueden ecuperarse de la “fatiga” de manera semejante a como recobran sus energías los animales e individuos cansados. Incidentalmente, es interesante hacer notar –sobre lo que podremos dar testimonio todos quienes hemos trabajado en “piramidología”, es decir, el uso de réplicas a escala de la pirámide Kufu- que luego de una cantidad cíclica y regular de días la pirámide también parece “resentirse” y mermar su efecto sobre los elementos a ella expuesta, pero que desorientándola (o descargándola) por veinticuatro horas o menos recupera todo su potencial inicial. Pero volviendo a Bose, esas observaciones lo llevaron a iniciar un estudio comparativo de las curvas de la reacción molecular en las sustancias inorgánicas con las de los tejidos animales vivos. Con gran asombro y sorpresa, advirtió que las curvas producidas por el óxido magnético de hierro ligeramente calentado se parecían notablemente a las de los músculos. En ambas disminuía la reacción y la recuperación con el exceso de trabajo y la fatiga consiguiente podía desaparecer en virtud de un masaje delicado, o de un baño con agua caliente. Otros componentes metálicos reaccionaban de manera parecida a los animales. Cuando se limpiaba una superficie metálica grabada con ácidos para eliminar hasta la última señal impresa en ella, mostraba reacciones en las partes tratadas por el ácido que no se advertían en las otras. Bose atribuía cierto tipo de memoria del tratamiento a las secciones afectadas. En el potasio observó que su poder de recuperación se perdía casi totalmente si se le trataba con diversas sustancias extrañas: esto parecía análogo a las reacciones del tejido muscular a los venenos. Aunque se cría que las plantas deseaban cantidades ilimitadas de anhídrido carbónico o dióxido de carbono, Bose averiguó que un volumen excesivo de este gas podía sofocarlas pero que, en ese caso, podía volvérseles a la vida con oxígeno, como a los animales. Lo mismo que los seres humanos, las plantas se intoxicaban al inyectárseles güisqui o ginebra, se tambaleaban como un borracho en una cantina, se desmayaban y volvían con el tiempo en sí, manifestando señales de una soberana resaca. Estos descubrimientos y centenares de datos diversos fueron publicados en dos gruesos volúmenes en los años 1906 y 1907, bajo el título de “La reacción de las plantas como medio para la investigación fisiológica”. Aún más, con un aparato de su invención que denominó “morógrafo”, y que era básicamente un “tester” adaptado, Bose detectó que en el momento de morir una planta proyecta una enorme fuerza eléctrica. Quinientos porotos verdes pueden desarrollar hasta quinientos voltios, suficientes para fritar al cocinero si no fuera porque raramente se conectan en serie los porotos. Esta difusa separación entre lo “vivo” y lo “no vivo” se potencia con la hipótesis de que hasta los cristales tiene vida. O, cuando menos, sexo, que no es poco. En 1928, Jovillet-Castelot consignó en sus “Estudios de Hiperquímica” una curiosa declaración hecha por el doctor Manuilov a la agencia Tass. En el curso de unos trabajos realizados con vistas a determinar el sexo de hombres, animales y plantas por medio de pruebas radiactivas, Manuilov tuvo la idea de hacer algunos ensayos con animales. “Me llamó la atención en primer lugar el hecho de que un sólo y mismo material tiene dos formas cristalizadas -por ejemplo, la de cubo y la de octaedro- absolutamente idénticas en cuanto a sus propiedades químicas. A fin de determinar el sexo, yo había sometido la sangre humana y la de los animales, así como los extractos de jugos de las plantas, a una reacción especial. Sometí igualmente a la misma reacción diferentes formas cristalizadas de una sola y misma especie de mineral. Hice este experimento empleando el mineral más típico, la pirita. La pirita, cristalizada en cubo, dio una decoloración de la sustancia en la que la había sumergido, es decir, una reacción típicamente masculina. Al sumergir la pirita cristalizada en octaedro en la misma sustancia, la coloreó, es decir, dio una reacción femenina típica. Repetí este experimento con once minerales diferentes, y obtuve siempre los mismos sorprendentes resultados.” “No me atrevo a afirmar que mis experimentos conduzcan a una conclusión definitiva e inmutable sobre la existencia de sexo en los minerales; me limito a confirmar un notable fenómeno, observado en un caso dado. Después de unos experimentos prolongados en este campo, espero poder demostrar la existencia de un sistema único y armónico de clasificación de todos los organismos del universo entero en categorías masculina y femenina, empezando por el hombre y descendiendo hasta la piedra”. Vida en la materia inerte. Aquí, golosamente, he detenido mi teclear en el ordenador y dedicado largos minutos a repasar lo poco que conozco de Alquimia. Y recuerdo que sempiternamente los alquimistas iniciados trataban a la materia como algo vivo, algo que nace y muere, que se reproduce, que aprende… pero no cederé a la fácil tentación de extenderme sobre esta profunda y sabia disciplina, lo que dejaré para otra ocasión. Pero encontrar esta relación estrecha entre todo lo vivo en el universo, y a su vez entre lo vivo y lo no vivo, permite entender la idea de unicidad que campea por todo el Ocultismo, lo que, cuando menos, explica a mis lectores el porqué de mi tediosa insistencia en hermanar reflexiones esotéricas a la investigación OVNI y mi empecinada convicción que será esta línea de aproximación la que cualitativamente nos permitirá, quizás, comprender algo nuevo de la fenomenología. Lo que sí debo ahondar, es mi teoría –que en buena medida ya enunciada por otros colegas- que me lleva a suponer que si las comunicaciones biológicas son algo factible y mucho más óptimo que las electrónicas (por lo menos, hasta tanto nuestra primitiva evolución nos haga asequibles quizás a las telepáticas que, después de todo, no dejan de ser una sutileza de las comunicaciones biológicas) y la biología de un punto cualquiera del cosmos puede resonar con otro cualquiera, es entonces muy posible que los agrogramas (ya saben, los “círculos en las cosechas”) sí sean ciertamente mensajes cósmicos. No inscriptos, impresos por tripulantes de un OVNI paseándose en las noches de los campos, sino quizás apenas “ecos” inteligibles y ordenados de un emisor vivo en algún lugar del espacio profundo. Su propia concentración en proximidades de megalitos y enclaves prehistóricos puede estar asociado a las líneas de fuerza que se han detectado fluyendo de estos puntos, como si la resonancia que les da forma y sentido se materializara en cercanías de aquellos sitios catalizadores de ese “campo universal de vida” (ver al respecto el artículo “Un enigma: las líneas “ley”” en “Al Filo de la Realidad” número 32). Sólo nos queda –casi nada- interpretar el mensaje.

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REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN EXTRADIMENSIONAL DE LOS OVNIs

Publicado por Gustavo Fernández en 19-05-2009

escribe: GUSTAVO FERNÁNDEZ

Debo comenzar este trabajo sentando dos posiciones, más por coherencia con el resto del artículo que por ser necesariamente válidas. La primera, uniformar algunos criterios respecto de los que giran alrededor del término “extradimensional”, lo que es lo mismo que definir qué entenderé, de aquí en más, por “otras dimensiones”. Expresión usada hasta el hartazgo en relatos de ciencia ficción, incluso definida –no demostrada– en geniales intuiciones matemáticas, campo fértil para todo tipo de desvaríos. Incluso el mío.

Una vez más, en necesario recordar –y explicar, para los recién llegados a estas discusiones– el ejemplo de “Flatland”, el planeta plano.

Imaginemos un cosmonauta cruzando el Universo en su nave espacial y encontrando, repentinamente, un mundo plano, o, mejor aún, un mundo de dos dimensiones. Lo que me obliga a escaparme otra vez por una de las ramas de este árbol metafísico para definir el concepto de “dimensión”.

Una dimensión, más allá –o más acá– de lo lúdico de la fantaciencia, es simplemente una forma de medida de las cosas. Nosotros nos desenvolvemos en un espacio de tres dimensiones: alto, ancho y largo (o profundidad). Cualquier objeto en el espacio en que vivimos puede ser ubicado y definido en término de esos tres parámetros. Ciertamente, y en respeto a Einstein y su genialidad, hablaríamos también de una cuarta dimensión: el tiempo.

Lo inextricable de la relación “espacio-tiempo”, lo indistinguible de uno en función del otro, es también una función de “medida”. Así que en ninguna forma es imposible –por lo menos, a los alcances didácticos– imaginar que un universo de cuatro dimensiones puede contener cualquiera de rango inferior, entre ellos, un mundo de dos dimensiones. Éste es Flatland, adonde arriba nuestro astronauta que, enterado de las particularidades del lugar y sus habitantes –ya que en un mundo plano podrían existir seres también planos, toda una civilización y una cultura quizás desarrollada pero bidimensional– y seguramente aburrido por un largo viaje en solitario, decide jugarles algunas bromas pesadas.

Por ejemplo, y valiéndose de un hipotético y gigantesco trépano, orada la superficie de ese planeta. Como sus aborígenes piensan y perciben en dos dimensiones, no podrían advertir que un trozo de la superficie de su mundo es perforado desde arriba por un objeto: simplemente, percibirían una zona de su mundo cambiando reiteradamente de forma y color. Y si por ese agujero cae uno de los chatos sujetos, los demás, involuntarios testigos, no verían a un congénere precipitándose al vacío sino desapareciendo en la nada.

Aún más; si debajo y paralelamente a ese Flatland hubiera un Flatland II, sobre el cual cayera el desgraciado individuo, los habitantes de este último no verían “caer” a alguien (el concepto de “caída” va necesariamente asociado al de “arriba-abajo” es decir, de “alto”, la tercera dimensión de que carecerían en esos mundos) sino que observarían, asombrados y asustados, cómo alguien como ellos sorpresivamente aparecería de la nada.

¿Cuántos testimonios, cuántas leyendas de todas las edades, cuántos relatos fiables nos han venido transmitiendo el recuerdo de sucesos similares ocurridos en nuestro propio mundo, gente que desaparece en la nada o que de la nada surge repentinamente, como si en nuestro planeta, este marco referencial de cuatro dimensiones, se precipitara algo o alguien desde un universo de “n” dimensiones más allá de las nuestras? Porque si un espacio de cuatro dimensiones puede en teoría contener un cuerpo de dos, un universo de, digamos, veinte dimensiones, ¿cómo no comprendería con facilidad un ámbito de sólo cuatro?

Estamos en relación a ese universo como la buena gente de Flatland con respecto a nuestro universo. Claro que seguramente el lector exigirá entonces que uno –yo– le “explique” cómo es ese universo de, por ejemplo, veinte dimensiones. Y esto me es imposible. Porque una lógica –la nuestra– un precondicionamiento cultural –el nuestro– una estructura cerebral –la nuestra también– esquematizada, modelada, estructurada en cuatro dimensiones, no podría comprender analíticamente, racionalmente, el concepto de “n” planos. Y no por falta de inteligencia, ni de información, ni de profundidad de razonamiento. En todos los casos, sería una inteligencia de cuatro dimensiones, información de cuatro planos, razonamiento de cuatro niveles. Sólo una impredecible evolución (impredecible no en el sentido de si sucederá, ya que estoy persuadido de que indefectiblemente llegará, sino en el sentido de cómo y cuándo) puede producir el “salto cuántico” que nos lleve a integrarnos conceptualmente a ese Universo superior al que pertenecemos sin saberlo. O, tal vez, “otras” formas de conocimiento –¿la mística, quizás?– nos dará el conocimiento que la razón desconoce. Y una breve digresión aclarará el porqué de esta suposición.

Entiendo que en el organismo humano nada es innecesario, superfluo, descartable. Que todo cumple (ha cumplido-cumplirá) alguna función. Hasta al desacreditado apéndice, impunemente extirpable, se le sospecha funciones de filtro que hasta un tiempo atrás se le ignoraban. Y qué decir de las amígdalas: décadas de filosos bisturíes extrayéndolas privaron a generaciones de recursos inmunológicos redescubiertos recientemente. Es decir que, cumpliendo conocidas leyes –aplicables tanto a la física celeste como a la economía de mercado– la naturaleza busca el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. La eficiencia. Y en función de la supervivencia –de la especie o del individuo, lo mismo da– todo en la estructura del ser humano tiene que tender hacia el mismo fin. Bien. Aceptado esto, ¿qué necesaria función natural cumple el pensamiento mágico, irracional, intuitivo, místico, religioso? Alguna vez escribí que si la psiquis del hombre necesita de lo mágico, es porque en algún lugar hay algo que satisfacerá esa necesidad. Así como el pensamiento racional, analítico, es una indudable arma de supervivencia y progreso, así el pensamiento mágico también tendrá su lugar de acción, su puesto a cubrir. Y tal vez ese puesto sea el de catapultarnos a una forma trascendente de percibir una Realidad, también trascendente. Multidimensional.

Por otra parte, atisbo el concepto de “n” dimensiones como algo más definible como una Realidad que contenga nuestra realidad. Como si la realidad fuera una ventana, y mirando desde dentro del cuarto pensemos que lo que alcanzamos a ver por el rectángulo es todo cuanto existe. Y así como nuestros órganos sensorios nos permiten percibir lo físico dentro de una determinada “ventana” –no escuchamos infrasonidos ni ultrasonidos, pese a saber que existen, no vemos vibraciones del espectro infrarrojas o ultravioletas, pese también a saber que existen– la comprensión lógica está constreñida dentro de ese marco. Y la mística, tal vez, sea como asomarse por el alféizar y mirar hacia ambos lados de la pared, arriba y abajo.

La segunda postura necesitada de aclaración tiene que ver con el origen pretendidamente extraterrestre de los OVNIs. En absoluto descreo de ello: simplemente estructuro aquí una hipótesis para cierto número de manifestaciones del fenómeno.

Más aun: como explicaré en otra oportunidad, creo que entre la Inteligencia extradimensional y ciertas Inteligencias extraterrestres hay un conato de acuerdo. Pero eso será tema de otro trabajo.

Por extravagantes que sean los planteos que voy a esbozar aquí, trataré de acreditarlos con pensamientos científicos. Atención: dije científicos, no académicos. O, como es dominante en el campo de los doctorados, “pensamiento estadístico”; pensamiento reductible a una enunciación axiomática que no necesariamente refleja toda la realidad, lo que es, a mi criterio, una de las grandes falacias del así llamado “racionalismo” de nuestros tiempos: enuncia leyes que parecen aplicarse en todas las circunstancias y por ello ser generales, pero pocas veces reflejan los pequeños matices de la realidad de todos los días.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que tengo un cajón lleno de pequeñas piedras rodadas y después de sesudos estudios y complicados cálculos enuncio la siguiente proposición general: “El 95 % de las piedras de este cajón tiene un diámetro promedio de 3 cm”. Este es un típico ejemplo de enunciación académica. Sin embargo, si tomo un escalímetro y anoto el diámetro de piedra por piedra previamente numerada, será muy difícil encontrar simplemente una sola que tenga exactamente tres centímetros de diámetro. Este es un elemental caso de “pensamiento estadístico” que desea camuflarse de “pensamiento científico”. Y aún cuando lo logre, como se ve, no necesariamente refleja la realidad.

El OVNI como ente “psicoide”

El eminente psicólogo suizo Carl Gustav Jung definía a los “entes psicoides” como elementos a caballo entre una realidad psíquica y una física, como objetos de conocimiento que comparten presencia en esos dos mundos. Para él, el OVNI era uno de tales. Indiscutiblemente (y lo ratificó puntillosamente en su libro “Sobre cosas que se ven en el cielo”, Editorial Sur, Buenos Aires, 1961) tenía realidad física: dejaba marcas en sus aterrizajes, quemaba los campos, era detectado por el radar… pero también tenía una componente psicológica poderosísima; Jung pensaba que expresaba la idea de “mandala”, palabra sánscrita que significa “círculo”, que en Oriente remite a pinturas hechas para prácticas de meditación (generalmente afectando esa forma, aunque en ocasiones pueden ser cuadrados) con representaciones de acciones de dioses y semidioses, combates mitológicos y hechos históricos o legendarios) pero que también, siguiendo sus enseñanzas, se encontraría como un símbolo latente en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad, para expresar la necesidad de búsqueda de sí mismo, o, más exactamente, lo que él llamó la necesidad de realizar (hacer realidad) el Proceso de Individuación. El completarse uno en sí mismo.

Leemos en “Actas de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas” de Londres, Tomo 35, parte 94, F.E. Leaning, “Estudio introductorio de los fenómenos hipnagógicos”, 1925:

“Fui consciente de que algo se movía y giraba delante y encima de mi frente. Tomó la forma de un disco de unos cuatro pies (N. Del T.: aproximadamente un metro treinta centímetros) de diámetro. Dentro del disco estaba sentada una joven. Era una bella criatura, de rostro muy amistoso y encantador. Muy simpáticamente, me hizo señas con su cabeza. Le dije: “¿Quién eres?”. Me respondió: “Soy tu Auto-control”. En el libro del doctor Bramwell yo había leído que el objetivo principal de todo tratamiento hipnótico debe ser desarrollar el autocontrol del paciente, pero jamás se me había ocurrido la idea de que eso significaba desarrollar una joven”. “Advierte cuán real soy”, me dijo, y extendió hacia mí su brazo y su mano. Palmoteé sus dedos. Oí el ruido que esto provocó y sentí el contacto. Luego, en esa ocasión, advertí algo extraordinario: sentí su mano como si fuera la mía. O sea, sentí lo mismo como si yo estuviera tocando mi mano derecha con mi mano izquierda. Sin embargo, mis manos no se estaban tocando, sino que descansaban sobre el cobertor de lana”. “De inmediato, ella se dispuso a salir del disco. Sacó su pie. Todavía recuerdo la media de seda con bellos adornos. Yo podía ver cada punto de la seda. Por eso, directamente decidí que lo mejor era que ella se quedara allí, pues empecé a sentirme inquieto no fuera que algo se hubiera descompuesto (sic) en mi cerebro. Ella percibió de inmediato mi temor: lo pude ver en su cara. De modo que regresé a mi conciencia común y ella desapareció”.

Qué duda cabe que si este episodio, detalle más, detalle menos, en vez de ocurrir a principios de siglo dentro de una espaciosa habitación hubiera ocurrido decenios más tarde a campo abierto, tendríamos un típico cuasi aterrizaje de un OVNI.

Incluso, lo exiguo del “aparato” para transportar a su tripulante no deja de despertar ecos en mi memoria. ¿Nunca les llamó la atención las en ocasiones exiguas y estrechas proporciones de las “naves espaciales” en relación al tamaño de los tripulantes que luego parecen emerger de ellas?

Pero lo más importante es la identificación que de sí misma hace la aparición. Me recuerda otro caso, ocurrido en Zimbabwe, África, el 31 de mayo de 1974, cuando una joven pareja conduciendo de noche su automóvil por una carretera rural y despejada, fue interceptada por una poderosísima luz proveniente de lo alto: Peter, el conductor, pierde el control del vehículo que parece ser controlado a distancia, mientras la temperatura dentro del mismo desciende muchísimo (estaríamos aquí ante otro vínculo entre Parapsicología y OVNIs: los fenómenos de “termogénesis” o cambios bruscos de la temperatura ambiental por causas aparentemente no físicas) y protagonizan un episodio de “tiempo perdido”.

En hipnosis, él y su esposa, Frances, dicen lo siguiente:

“Dentro del auto, nos programaron… mi esposa se quedó dormida, o la radio, que tenía la voz de “ellos”, la hizo dormir, de modo que no puede recordar mucho de lo ocurrido dentro del auto. Una forma se filtró hacia el asiento trasero, estuvo allí sentada durante todo el viaje y me dijo que yo vería lo que quisiera ver. Si lo quería ver como un pato, entonces sería un pato; si lo quisiera ver como un monstruo entonces lo vería como un monstruo”.

En otras palabras: la entidad, la inteligencia se presenta a sí misma como proteiforme, como oportunamente enunciáramos.

Es evidente en Jung su deseo de no profundizar en los aspectos materiales del OVNI, simplemente porque como psicólogo le resultaría irreconciliable admitir una inteligencia extraterrestre –en el sentido de “fuera de lo humano”– cuando acababa de perfilar con tanta justeza una teoría inconsciente sobre estas observaciones.

Pero individuo honesto a rajatabla, no puede negar esa materialidad, aunque se limita a subrayarla en la introducción del trabajo ya citado. Aun más: en esos tardíos años ’50, la sola suposición de objetos extradimensionales, fuera del “pulp” de la ciencia ficción, era cosa de alucinados. Y no sería Jung quien en el ocaso de su vida arriesgara todo el prestigio que tan duramente se ganó proponiendo esta explicación.

Pero es obvio que cuando habla de los OVNIs como entes psicoides, esto es, objetos que tanto comparten una realidad física en el “allá afuera” del individuo como psicológica en el “aquí dentro” de su mente, seguramente estaba pensando en ello. Y, quién sabe, en las tremendas implicaciones. Porque si la realidad OVNI es psicoide, la evolución en las manifestaciones del fenómeno no habla sólo de un cambio en la exteriorización del mismo: habla también de una evolución en el psiquismo colectivo de la humanidad, ya sea porque el ovni produce el cambio psíquico o el psiquismo induce la evolución fenomenológica del ovni. Y esto es mucho más que un “salto cuántico” del Inconsciente Colectivo: es evolución, en un sentido biológico e histórico, lisa y llanamente.

Simplemente, porque la unidad en la acción significa unidad en la finalidad. Ciertamente, el genial psicólogo creía en los OVNIs como “símbolos”, pero entendiendo tal palabra no en un sentido peyorativo, de cosa ficticia, fetichista o imaginaria, sino como algo que representa lo vago, desconocido u oculto.

No podía aceptar que el OVNI fuera lo que aparentaba ser, básicamente porque él sabía mejor que nadie que hay aspectos inconscientes en nuestra percepción de la realidad, como el hecho de que, aun cuando los sentidos reaccionen ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad exterior al de la mente. Dentro de ella, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse, porque la psiquis no puede conocer su propia sustancia psíquica.

Por tanto, cada experiencia OVNI contiene un número ilimitado de factores desconocidos. Los OVNIs son absurdos como los sueños. Pero, como ellos, existen. Dejan huellas físicas pero violan permanentemente “sus” leyes, tal vez para recordarnos que en buena medida tampoco son físicos. Aunque sospecho que, en realidad, son hiperfísicos. El hecho es que muchos supuestos EBEs (Entidades Biológicas Extreterrestres) y ovnis presentan características anodinas (antenas en “V” los primeros, escalerita o faroles los segundos), que parecen más tomadas de la mente de los testigos que respondiendo al uso real que pudieran darle los ET.

Además, es más un ejemplo de conceptualización equivocada del futuro, que elementos de una civilización tecnológica. A veces tengo la sensación de que dentro de la interrelación del Fenómeno OVNI con la historia humana estamos a un paso de vivenciar una “profecía autocumplida”. Creo que la presencia de los OVNI nos está anunciando algo, pero temo que nos ocurra como cuando el oráculo de Delfos le dijo al rey Creso que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino; sólo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, luego de cruzar el río, fue cuando ese rey se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era el suyo propio.

Si los OVNIs tienen un componente “psicoide” que interactúa con el Inconsciente Colectivo de nuestra especie, pueden estar comportándose como los sueños del Inconsciente Personal o Individual que, a veces, anuncian ciertos sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad.

Muchas crisis de nuestra vida –sin que se trate aquí de premoniciones– tienen una larga historia inconsciente. Vamos hacia ellas paso a paso sin darnos cuenta de los peligros que se van acumulando. Pero lo que no conseguimos ver conscientemente, con frecuencia lo ve nuestro inconsciente que nos trasmite la información por medio de los sueños.

Si los OVNIs son sueños del Inconsciente Colectivo a caballo con la Realidad, están influyendo, interactuando, impulsándonos y advirtiéndonos. ¿De qué? Eso, trataremos de develarlo en este libro.

No quiero abusar del término “símbolo” sin abundar un poco sobre su significado. Puntualicemos en principio la diferencia entre “signo” y “símbolo”, ya que mientras el signo es siempre menor que el concepto que representa, el símbolo siempre significa algo más que su significado evidente e inmediato.

Los símbolos no sólo se producen en los sueños. Aparecen en toda clase de manifestación psíquica. Hay pensamientos y sentimientos simbólicos, situaciones y actos simbólicos. Frecuentemente, hasta los objetos inanimados cooperan con el inconsciente en la aportación de simbolismos.

En consecuencia, si el OVNI es símbolo además de su existencia física, lo es en tanto y en cuanto significa o remite a otra cosa. El enfoque jungiano puede aportar una clave inédita para entender al Fenómeno OVNI. No solamente por su aproximación revolucionaria –más aún, en la época en que fue formulado y mucho más, pues numerosos cultores del mismo ni siquiera lo han comprendido, o, parafraseando al maestro, están enfermos de “misoneísmo” (rechazo a lo novedoso)– de realidades psicoides, a horcajadas entre el mundo de la materia y el mundo de la mente, sino porque libera una vía alternativa, que no es la del pensamiento lineal sino la del pensamiento alternativo, para conocer su origen.

En “El hombre y sus símbolos” escribe así:

“…Estos cuatro tipos funcionales corresponden a los medios evidentes por los cuales obtiene la conciencia su orientación hacia la experiencia. La percepción (es decir, la percepción sensorial) nos dice que algo existe; el pensamiento nos dice lo que es; el sentimiento nos dice si es agradable o no lo es y la intuición nos dice de dónde viene y adonde va…”.

Quizás premonitoriamente, Carl Jung sembró nuestra inquietud de aunar una aproximación parapsicológica y esotérica al Fenómeno OVNI.

Mencioné líneas arriba cómo muchos seguidores de la escuela jungiana parecen tener pánico de extrapolar y profundizar sus consideraciones. Esto es más que evidente en torno al Fenómeno OVNI, donde se abusa hasta el hartazgo con la intención de reducirlo a la categoría de arquetipo. Pero en este y otros casos, el término “arquetipo” es comprendido mal, como si significara ciertos motivos o imágenes mitológicas determinadas. Éstos no son más que representaciones conscientes; sería absurdo suponer que tales representaciones variables fuesen hereditarias. Y, si son representaciones, y si el OVNI –o, mejor dicho, “la observación de ovnis”– es arquetípica, entonces es representación de algo. De qué, es tras lo que estamos.

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