AL FILO DE LA REALIDAD .com.ar

Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

Posts Tagged ‘comechingones’

Podcast AFR Nº 179: Pueblo Encanto: Un enigma a las puertas del olvido

Posted by Quique Marzo en 27-01-2017

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Próximas actividades de G.F. en EE.UU. (julio). La Ley de Atracción. Nuestras creencias condicionan nuestras ideas (*ver infografía). Nueva página en Facebook sobre los Illuminati.
  • Muere Carlos Lusianzoff, “el guardián” de Pueblo Encanto. El Pucará del Uritorco, una construcción de 8.000 años y evidencia de una tecnología desconocida.
  • Luces descienden del cielo sobre el laberinto de cuarzo de Pueblo Encanto. Dos veces. La construcción del primer y único laberinto de cuarzo del mundo.
  • ¿Una futura pérdida para el patrimonio histórico de la humanidad?

 

 

Percepción de la realidad del ser humano.

* Infografía: Percepción de la realidad del ser humano.

 

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Ocho videos breves sobre el Pucará del Uritorco y el Castillo Esotérico de “Pueblo Encanto”

Posted by Gustavo Fernández en 21-08-2016

Queridos amigos:

En nuestro canal en Youtube hemos subido ocho breves videos donde nuestro Director, Gustavo Fernández, nos introduce en los enigmas del castillo del conde Estévez en Pueblo Encanto, Capilla del Monte, y nos explica los secretos del cercano Pucará del Uritorco. Para accesarlos, éstos son los enlaces:

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Podcast AFR Nº 168: Los orígenes esotéricos de Capilla del Monte

Posted by Quique Marzo en 17-05-2016

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Al pie del mítico Cerro Uritorco. Aspectos comprobadamente históricos de la traza fundacional. ¿Existe la ciudad de “Erks”? La “capilla neotemplaria”.
  • Respondiendo a los podescuchas: acerca del podcast anterior sobre religiones afrobrasileñas. Los medios masivos de comunicación están para desinformarnos. Iglesias mediáticas: Pare de Sufrir. Las incorporaciones y despachos de Quimbanda.

 

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LA CIVILIZACIÓN PERDIDA DEL URITORCO

Posted by Gustavo Fernández en 30-05-2014

El UritorcoComenzar este ensayo escribiendo algo como que los extraños giros del Destino nos llevan en direcciones impensadas trazando un camino que comenzó en la infancia y tiene un alto, sólo un alto, en la redacciòn de este artículo, sería una cursilería literaria si no fuese inevitablemente cierto. Porque cuando al reflexionar sobre las circunstancias que me llevan a teclear estas líneas se abreva no solamente en la investigación de campo que uno (el autor) ya madurito, ha realizado en el terreno, sino se nutre también de casi olvidadas anécdotas familiares que en su tiempo parecían carecer de relevancia es inevitable concluir que por más que les pese a los panrrefutadores militantes cierto ordenamiento inteligente se entreteje en la trama temporal de nuestras vidas. El Universo, la Conciencia Cósmica, Dios, Bhrama y un Arlequín cósmico jugando con nosotros; sea el lector quien elija la autoría metafísica. Yo sólo soy un mortal observador de su accionar.
Pertenezco a una familia que por tres generaciones cumplió espontáneamente un extraño ritual: cumplidos los once años de cada hijo varón –por línea paterna desde hace cuando menos cinco generaciones, sólo hemos nacido varones- éste asciende con su padre al mítico cerro Uritorco, sí, el mismo que concita el imaginario colectivo en torno a OVNIs y duendes, ciudades subterráneas y portales cósmicos, en la argentina provincia de Córdoba. Y no se trata que mi familia tenga un historial de brujas y hechiceros ni entusiasta pasiòn por lo oculto latente en heredadas bibliotecas familiares, no. Para bien o para mal, soy el primer Fernández (de ésta rama de los Fernández, habida cuenta que sumaremos algunos millones en el mundo) con profesional dedicaciòn a enigmas y misterios. Si sirve de algún parámetro, mi abuelo y mi padre, socialistas contumaces y proletarios que lograron ascender a puro esfuerzo en la escala social desde sus humildes orígenes, siempre vieron mi temprana vocaciòn por investigar “cosas raras” con una indisimulable mezcla de ternura y preocupación. De modo que esa costumbre casi arquetípica para nosotros de veranear en Capilla del Monte y que, cumplido sus once años, mi padre acompañara a mi abuelo a la cumbre del Uritorco, y que cumplidos mis once años hiciera lo mismo con mi progenitor (con mi único hermano, menor, aún discutimos la fecha exacta de su propia única ascensión; él no la recuerda, yo, por el mero hecho de mi mayoría de edad, la ubico alrededor de los mismos mágicos once años) siempre era visto por las mujeres de la familia como una curiosidad un poquitín extravagante. Hoy, desde mis cincuenta y seis años, veo en ello otra Mano, y era muy conciente cuando, siete años atrás, hice lo mismo con David, mi único hijo varón.

Aviso –quizás tardío- al lector: en este trabajo no encontrará canalizaciones cósmicas, mensajes mediumnímicos ni revelaciones supranaturales. Sólo, nada más –y nada menos- que investigación de campo. El resultado de visitar a través de los años ese mágico enclave y sus aledaños reuniendo datos, crónicas, testimonios; evaluando “in situ” las observaciones de terceros, abriéndome paso a punta de sudor entre peñas y matorrales sólo para salir de ciertas dudas. No le faltará al lector interesado decenas de publicaciones donde sus autores expondrán sus vivencias personales cuyo valor será funciòn matemática de la disposición de creer que tenga quien recorra esas páginas. Aquí hablaremos de otra cosa, de aquello que nutría una adolescencia quizás lejana pero siempre recordada: la pasiòn por preguntar, por indagar, por caminar. Recuperar más el espíritu del explorador que el del profeta. Aunque, claro, lo de “explorador” es una exageración en la bucólica sierra cordobesa donde el viandante pasea con relativa seguridad y comodidad.

En el "Valle de los Espíritus"

En el “Valle de los Espíritus”

Luego de aquel ascenso de 1969, con once años, llegué a la cima del Uritorco –hasta hoy- veintiún veces más. Varias de ellas en plan de investigación, algunas incluso en solitario. He pernoctado en la otrora “Pampita” devenida en “Valle de los Espíritus”. He visto las “luces del Uritorco”, también.
Recuerdo particularmente un ascenso del año 1986. El día era de por sí destemplado y la inminente tormenta no auguraba, precisamente, un final rutilante a la travesía. Pero munidos de irresponsable entusiasmo persistimos en la trepada, observando como algunos compañeros fumadores iban dejando pedacitos de pulmones regados por el camino para hallar, supongo, el camino de regreso.
El ascenso requiere voluntad y paciencia. Nada más. Dejando de lado el memorable paisaje, el paseo es francamente monótono y, salvo la oportunidad de un refrescante chapuzón en una vertiente, nada nos detiene hasta tocar la cruz sita en la cumbre, así como nada nos desaburre. ¿Nada?. Bueh, es un decir. En realidad debería haber aclarado nada anormal.
Porque si algo resulta gracioso en el Uritorco son sus visitantes. Recuerdo cuando ascendí por primera vez al cerro, hace casi cuarenta y cinco años, en que el grupo de tres personas del que formaba parte no encontrara ningún compañero de viaje por el camino. Hoy, a mitad del mismo, el Uritorco me recordó desagradablemente la porteña calle Florida entre Corrientes y Lavalle un lunes a las doce del mediodía. Y no con feriado bancario, precisamente.

Mieleros, buscadores de aventuras, familias con nenitos y el perro (¡Sí!. ¡Yo vi un can andinista con estos ojos cuando nadie me había convidado nada fuerte todavía!). Pero lo más, cómo decirlo… lo más ¿tierno, sería la palabra?, eran los místicos.
Me encontré ya durante el descenso y muy cerca de una explanada conocida como “la pampita” (lugar más que apto para acampar) con un parapsicólogo de la ciudad de Córdoba. El había tenido –según me contó- ciertas visiones noches anteriores de que un OVNI aparecería en la zona y de que hallaría –él, no el OVNI- una misteriosa caverna de acceso a reinos subterráneos que supongo de lovecraftiana antigüedad. Al OVNI lo había observado la noche anterior –no encontré ningún otro testigo que confirmara la especie- y la caverna también, allá lejos en un barranco. Traté de explicarle que se trataba de una fisura en la roca más que conocida por los lugareños –conclusión a la que llegué después de bajar un buen trecho por la vertiginosa ladera entre zarzas, piedras sueltas y no sé cuántas alimañas- pero el vidente, mirándome con la omnisciencia de la sabiduría divina, siguió convencido de su “revelación”.
Al día siguiente –dijo- entraría al mundo subterráneo. Hombre precavido, el parapsicólogo. Un revólver calibre 38 largo y una carabina con mira telescópica más una escopeta de doble caño del 12 y una pistola Beretta 22 lo acompañaban en su espiritual misión. Según comentó, un puma andaba rondando y yo, que algo escuché de pumas en mi vida, me pregunté que clase de felino era ése que ansiaba la compañía de seres humanos próximo a las ciudades en vez de la nutritiva complicidad de corrales monteses.
En fin, que después de convivir con tales personajes, sólo sobrevive una convicción: la de haberme encontrado con burgueses cosmopolitas que escapando de sus mediocridades cotidianas, quieren, aunque sólo fuera por un fin de semana, sentirse cercanos a Indiana Jones para tener algo que contar en las tertulias a su regreso. Como siempre, en el mar difuso de los enigmas sólo permanecen, inmarcesibles, los chiquitos temores de todos los días que soporta el hombre: su inseguridad ante lo Desconocido, su angustia existencial, su necesidad de que algo maravilloso le pase en la vida (“¡por favor, aunque sea una sola vez!”) y el erótico deseo de llamar la atención de quienes le rodeen. La vieja histeria.
Largas filas de meditantes de la “new age”. Flacos, barbudos, con cara de falopa o de “yo no fui” que trataban de trasuntar una discutible paz interior (¡anímense a cuestionarles a estos místicos sus creencias!). El “paz, hermano” marcaba cada encuentro entre las peñas, preludio de un breve diálogo donde a los gestos dispensadores de bondad, a las miradas resplandecientes de gozosa exaltación (o de fiebre) y a las declamaciones de encuentros cósmicos les seguían, inexorablemente, los eclécticos pechazos de comida, una frazada, algunos pesitos… porque en su devocional misión se habían largado con lo puesto y no era cuestión, claro, de andar molestando a los hermanos extraterrestres que tan diligentemente los habían instruido con necesidades tan vibratoriamente bajas como las de este reino material. Que para eso estábamos nosotros, después de todo, hombres del barro que no del cielo estrellado. O sea, spiritus promptum est, caro autem infirma. El espíritu está listo, pero la carne es débil.

De prestigio más próximo a lo metafísico que a lo histórico durante las últimas décadas, supuestas ”bases” de OVNIs, la leyenda de una mítica ciudad subterránea llamada Erks, pretendidos contactos extraterrestres y con entidades elementales (sobre cuya verosimilitud no debatiremos aquí) le han otorgado un protagonismo mediático a nivel internacional que seguramente no soñaron sus fundadores y consolidadotes urbanos a través de los últimos cuatrocientos años. El hecho relevante es que es tal el aluvión turístico –y el crecimiento demográfico, en brazos de personas que por razones espirituales en su mayoría, han elergido radicarse en Capilla del Monte, otrora somnoliento pueblito rumbo a convertirse en errática ciudad, sita al pie del mismo cerro- que se hace difícil suponer que allí mismo aún hoy, sobreviven evidencias de una civilización desconocida que, quizás no casualmente, eligió establecerse en los alrededores de este “radiofaro espiritual” para un segmento tan notoriamente marcado de la población. Esa misma relación quizás quite entidad científica a mi hallazgo, cosa que, si he de ser sincero, me importa muy poco: las huellas están ahí (por lo menos, a la fecha, esperando que la depredación del ser humano no acabe rápidamente con ellas) para quien quiera reverlas y dado que soy por naturaleza bastante indiferente a alabanzas y escarnios, me limito a exponer simplemente hechos. Tangibles. Inconmovibles. Tanto como la piedra de lo que están hechos.

Pero tengo la fuerte sensación que no es ajena la localización de esta civilización perdida donde hoy se establece la Meca de la Era de Acuario, no sólo para Argentina sino para un número creciente de “creyentes” provenientes de todas las latitudes del globo. Sostendré a lo largo de este trabajo que el lugar tiene una naturaleza que le hace especial, y que los mismos factores (seguramente rodeados de otra popularización) que hoy vehiculizan a tantos cosmopolitas a pasar sus vacaciones “místicas” en el lugar son radicalmente las mismas fuerzas que empujaron a ese pueblo ancestral a establecer en la zona sus centros ceremoniales. Que aún esperan, en parte confundidos bajo las construcciones impiadosas de un crecimiento urbanístico que por mucho que se abrogue una esencia de “reivindicación ancestral” los ignoró, seguramente con la inocencia del ignorante. Siguen allí, en ocasiones cubiertos por los amatorios “graffitis” de los inadaptados de siempre. Duermen un sueño de milenios bajo la mirada indiferente de turistas agobiados por el sol, y maravillados por un paisaje imponente que pasan frente a ellos con la aquiescencia de estar en presencia, solamente, de “extrañas formas rocosas”….

Extraña redacción la de este trabajo, aprovechando esperas vacías de otra propuesta saltando de avión en avión, volando de congreso a seminario, en las pausas de mi actividad de todos los días. Escribo de esta manera por razones si se quiere catárquicas y autoterapéuticas. Dejaré para la paz del hogar y el silencio recoleto del escritorio otras redacciones. Evocaré, a medida que mis dedos tamborileen sobre el teclado, mi propio sino avatárico alrededor del Uritorco. Invocaré las potestades familiares, llamaré a los espíritus de mis ancestros que tuvieron su cuota de responsabilidad en esto, y dejaré huella escrita de una vuelta de tuerca inesperada al enigma que el sagrado “Cerro Macho” viene imponiendo desde la profundidad de las eras geológicas.

En un principio estuve tentado de colocar el título entre signos de interrogación, más por respetar la objetividad investigativa que por convencimiento propio. Pero, finalmente y en lo personal, privan mis convicciones: las que dictan mi certeza de estar frente a las evidencias que, en la tan traída y llevada Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba, Argentina, sentó sus reales, quizás miles de años atrás, una cultura megalítica aún no reconocida por la Ciencia.
Si tuviera que encontrar el eco de algo conocido, todo me remite a Marcahuasi, en Perú. Allí, como aquí, un horizonte cultural (al que Daniel Ruzzo ha denominado “masma”) modificó el paisaje, aprovechando las formaciones rocosas de esa meseta para erigir ciclópeas representaciones figurativas. Sé que aquí (como allí) detractores y defensores dividirán rápidamente las aguas y formarán en ambas riberas. La confrontación, debo decirlo, me es indiferente: prefiero el juicio de ustedes, mis lectores.
Alguien –de aquellos que duermen la siesta enroscados en la pata de la cama- podrá decir que esto es una nueva vuelta de tuerca promocional al ya místico paraje, con una larga historia de leyendas, duendes, OVNIs y la inevitable caterva de reminiscencias neoespiritualistas. Rizando el rizo, podría entonces yo decir que Capilla del Monte resultó siempre atractiva porque el lugar, desde épocas pretéritas, cuenta con una condiciòn especial que atrae las manifestaciones

Mortero ritual en la cumbre del Uritorco

Mortero ritual en la cumbre del Uritorco

espirituales, elegida por ello por los antiguos, renovado el compromiso por nuestros contemporáneos. Por cierto, no es una especulación menor: sería

"Cueva del Útero"

“Cueva del Útero”

un interesante entronque entre lo antropológico y lo sociológico analizar porqué, respetando matices, un mismo lugar, saltando barreras históricas, es visceralmente

Antiguas perforaciones junto a la "Cueva del Útero"

Antiguas perforaciones junto a la “Cueva del Útero”

tan atractivo para la expresión espiritual de generaciones tan distantes entre sí en la línea del tiempo.

Otra roca con hoyos, señalando el camino a la "Cueva del Útero"

Otra roca con hoyos, señalando el camino a la “Cueva del Útero”

Pero remitámonos a las evidencias. Sin duda, el disparador de estas elucubraciones ha sido sentarme a reflexionar, en decenas de oportunidades ya, en el “Pucará del

"Morteros" frente a la "Cueva del Útero"

“Morteros” frente a la “Cueva del Útero”

Uritorco”, hallazgo aún –como todo este material- no debidamente considerado por los (ir)responsables de siempre, y sobre el cual ya he escrito aquí.

Cabeza de Cóndor

Cabeza de Cóndor

La zona presenta también otras evidencias concomitantes, y salgo otra vez al cruce de mis detractores. Imagino el argumento: “¿Cómo es posible que en una zona con tanta afluencia turística seas vos, Gustavo, quien descubre esto?”. Yo no me llamo “descubridor”; sólo observador (y, modestia aparte, en eso creo ser muy bueno). A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser el primero que reportó la “Cabeza de Cóndor” en el mismisimo Uritorco, junto al cual pasan miles de paseantes todos los años (para quien aún no la haya visto y quiera hacerlo en su próximo ascenso al cerro: unos cuatrocientos metros antes del “ojo de agua”, inmediatamente antes de “la pampita” (así la llamaban en mis mocedades, ahora la han bautizado más glamorosamente como “el valle de los espíritus”), a la derecha del camino y mirando hacia arriba (supongo que pocos lo habrán notado porque, a esa altura del paseo, el cansancio hace que uno avance penosamente con la cabeza gacha). O que los “morteros” de la cumbre son eminentemente rituales, con un “desagüe” para drenar líquidos en las ceremonias (de la misma manera que en el Pucará se encuentran inexplicables perforaciones que ascienden en forma sinuosa por dentro de la roca para salir por un punto superior, lo que hace suponer que los usaban para fumar algún tipo de enteógeno y así comulgar con la Pachamama, y el gran interrogante de que con qué técnica o herramienta pueden hacer una extensa perforación sinuosa por dentro del granito).

Las imágenes que quiero presentar fueron tomadas entre El Zapato y el dique El Cajón, en la meseta que se extiende al norte de éste. Son claramente discernibles:

Cabeza de lobo, perro.... o etc

Cabeza de lobo, perro…. o etc

a) la cabeza de lo que parece un lobo, con las orejas claramente echadas hacia atrás, visibles los ojos laterales, las fauces abiertas y la mandíbula inferior claramente articulada.
b) Dos “cabezas de lagarto” deterioradas pero reconocibles de apreciables dimensiones (compárese las proporciones), ambas igualmente orientadas al norte, lo que reduce las posibilidades de una formación natural.
c) “huellas de pies” y otras tallas del suelo rocoso
d) En los “aleros” que se sabe, luego tardíamente, los “henia – kâmiare” (mal llamados “comechingones”) usaban para largos períodos de ayuno y meditaciòn (y que miran hacia su cerro sagrado, el Uritorco) recortes en los mismos presumiblemente artificiosos.
e) Tres rocas –mostramos una de ellas- absolutamente naturales, claro, pero con la coincidencia que todas se apoyan sobre tres “pies” muy similares, como si se hubiera rebajado la roca para dejar esta particularidad expuesta.

Cabeza de Lagarto

Cabeza de Lagarto

Quiero sumar también dos observaciones: en Los Terrones (muy cerca del lugar de referencia) se encuentran rocas horadadas por lo que los lugareños (sin duda influidos por los académicos) denominan “morteros”, que se supone para la molienda de granos. Es risible que en ejemplos como los que muestro lo sean, toda vez que los orificios se encuentran en toda la superficie en derredor de la roca, para lo cual tendrían que haberla volteado en cada ocasiòn, teniendo tanta piedra disponible en sus alrededores…. Y, por otra parte, éstas se encuentran en el sendero que lleva a la “Cueva del Útero” que se presume sirvió para prácticas chamánicas ancestrales. Yo las supongo “mojones” de referencia simbólica.

También, recordemos que en Los Terrones se encuentran las dos columnas de roca que ilustro, absolutamente idénticas a otras dos que fotografié en Tepoztlán (Morelos, México) lugar que, por cierto, es un “eco” de Capilla del Monte.

Otra vista

Otra vista

 Ahora bien, ¿quiénes hicieron estas obras?. Como escribì, tengo la fuerte presunciòn que todo el conjunto, Pucará – Cabeza de Cóndor – Tallas de El Zapato pertenece al mismo horizonte y por lo tanto, la misma época, lo que de por sí nos sitúa unos 6.000 años A.C. Es probable que en la zona –las mismas estribaciones serranas, por caso- haya otras tallas de este tipo. Pero lo cierto es que, por definición, esto no pertenece a ninguna cultura conocida y tipificada por la ciencia académica. Y nos ubica más cerca de las leyendas arcaicas, de un Tiwanaku ancestral, del mismo Marcahuasi… Y ante la pregunta de: “¿porqué no se hallaron antes, y en otros puntos, algunas otras evidencias?” sospecho alguna catástrofe, vaya a saberse si natural o provocada, que borró todo otro vestigio más deletéreo de la faz de la tierra. Mis reflexiones me hacen sospechar esa hecatombe alrededor del 3.600 A.C. por un colectivo de razones que excede los límites de este artículo.

Como señalamos, allí están las evidencias, inevitablemente ya maltratadas por el turista desaprensivo. Esperemos, hagamos votos, para que

Otra vista

Otra vista

sean merecedoras de un estudio más acabado y su preservación antes que desaparezcan.

Pero hay algo quizás aún más interesantes. Si se proyecta imaginariamente una línea desde el pico hacia el fondo del cercano precipicio, quizás de unos cien metros, se observa lo que aparenta ser la entrada a una cueva, junto a cuyo acceso brota un raudo manatial, y señalada – o protegida- por una gran roca vertical ovoide.
Y aquí lo interesante de comentar. Señalé que nadie parece haber dado cuenta de la presencia de esta colosal cabeza, quizás de unos cuatro metros de altura. Pues tampoco, no hay registros de la cueva y, que se sepa, quien la haya explorado. Obvio es decir que ya está en nuestra agenda, y muy pronto trataremos de relevar en detalle la efigie y descender al profundo barranco. Pero queremos con este breve post dejar constancia del hallazgo, en funciòn de próximas actualizaciones.

¿Huella de "pies"?

¿Huella de “pies”?

En lo personal, no creo que hayan sido los “henia – kâmiare” sus hacedores. Estudiando en el terreno dicha cultura, he observado que desde lo tecnológico su naturaleza los llevaba a vivir de la manera más natural posible. De hecho, sus viviendas eran, en el mejor de los casos, chozas semisubterráneas (por eso los sanavirones, sus eternos enemigos, llamaron a las vizcacha “k’mchingon”, dado que ése era el grito de guerra de los henia – kâmiare -y significa “¡A muerte!”– y, una vez llamados esos roedores así, despectivamente y por analogía el término revirtió a la etnia que nos interesa por su costumbre de vivir bajo tierra o en cavernas). Aún más; su presencia es constatada desde aproximadamente el 3.000 antes de nuestra era, y ya tres mil años antes, es decir, en el 6.000 A.C. hay evidencia científica de la presencia de un pueblo aún desconocido pero capaz de grandes logros urbanísticos. La prueba es el Pucará de Pueblo Encanto datado en ese entonces por los depósitos de limonita en los orificios excavados artificialmente en el granito. Por la grandiosidad y magnificencia, estimo que la cabeza de cóndor debe haber sido obra de la misma cultura.

Aleros con apoyo

Aleros con apoyo

Muy posiblemente éste sí sea de factura comechingón, toda vez que sabemos sobradamente que este pueblo reverenciaba el lugar y ascendían al mismo con propósitos rituales. Así como muchos morteros de la zona sin duda no han tenido las aplicaciones agrícolas o culinarias que los arqueólogos académicos tratan de adjudicarle con tan poca imaginaciòn, éste en particular, con un visible drenaje, seguramente servía, por la vista impresionante de su ubicaciòn, para el consumo de hierbas o brebajes enteógenos con fines extáticos o chamánicos. Recordemos que estos pueblos tenían la costumbre de “fumar la piedra”, taladrando orificios y conductos en la roca -como las “pipas” del citado pucará- para quemar hierbas que inhalaban con fines rituales. A fin de cuentas, la práctica devocional de “fumar la piedra” que es también parte de la Pachamama así como copular con ella -otra práctica extendida por todo el orbe- pone de manifiesto el atributo humano y sensible que daban al orden natural.
Permítaseme señalar también en los cercanos Los Terrones una formaciòn, quizás natural pero con algo de… ¿portal?. Cada uno, cada una,

Columnas del "portal"

Columnas del “portal”

hágase cargo de sus suposiciones.

¿Un portal en Los Terrones?

Ante el esperable argumento que tenderá a minimizar el significado de estos hallazgos en funciòn de su casi “inserción cosmopolita” (no están en estribaciones perdidas de una cordillera o bajo las dunas de un desierto, sino allí mismo, donde pasean ancianos jubilados, familias de vacaciones, estudiantes en viaje de egresados) señalaremos que, precisamente, lo urbano actúa más como “enmascaramiento” de la extrañeza que como significante. Además, si hay lugares donde los arqueólogos menos se ven motivados a indagar en el terreno es, precisamente, en

Arriba, Los Terrones. Abajo, Tepoztlán

Arriba, Los Terrones. Abajo, Tepoztlán

zonas turísticas, generalmente bajo el exigüo pretexto que “si hubiera algo allí, ya habría sido catalogado”. Y la necesidad de reescribir la historia de Capilla del Monte –pero reescribirla en términos milenarios- demuestra lo errado de ese aserto.

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Templarios en América: la mentira filonazi de Terrera

Posted by Gustavo Fernández en 21-03-2014

Edición de Kier de un texto citado de TerreraEstá circulando desde hace unas tres décadas. Primero en  libros de escaso tiraje, editados en Argentina por la “Escuela Hermética Primordial de las Antípodas”, la organización esotérica que el profesor Guillermo Alfredo Terrera instituyó, parte en la provincia de Córdoba, parte entre sus adláteres en la ciudad de Buenos Aires. Luego, multiplicada por la Internet. Ahora, llega a aparecer en textos cuasi documentales de editoriales de gran porte.
Se trata de dos trozos supuestamente literarios. Uno, del mennisinger (trovador) Wolfram Von Echembach:
“En qué lejana cordillera podrá encontrar/ a la escondida Piedra de la Sabiduría Ancestral/ que mencionan los versos d elos veinte ancianos, de la isla Blanca y la Estrella Polar/ Sobre la Montaña del Sol con su triángulod e Luz! Surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armórica antigua que en el sur está./ Sólo Parsifal el ángel, por los mares irá/ con los tres caballeros del número impar/ en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo Grial/ por el Atlántico Océano un largo viaje realizará/ hasta las puertas secretas de un silencioso país/ que Argentum se llama y así siempre será/…. (…)  Oculto lo mantuvieron en Viarava los Dioses de la Tierra/ en un Monte Sagrado de la innombrable Viarava/ sonde Vultán le otorgara su mágico destino”.

Y más adelante, palabra más, palabra menos, los mismos conceptos pone Terrera en boca de Chrétien de Troyes, en su obra “Parsifal o el relato del Grial”.

guillermo_alfredo_terreraA los lectores no conocedores: Guillermo Alfredo Terrera, profesor en Derecho y Ciencias Sociales, graduado en la Universidad de Córdoba en 1954 (y no “antropólogo”, como gustaba presentarse, aunque quizás pueda ser considerado un autodidacta en ese sentido), poseedor del famoso “Bastón de Mando”, supuesto Toqui Lítico de extraterrestre origen, nacido en 1922 y fallecido en 1998, habría recibido en 1948 de manos de Orfelio Ulises Herrera, el “descubridor” de ese bastón o cetro de mando, originariamente símbolo de poder de un tal “cacique Vultán” de la etnia comechingón. Pero Terrera, iniciador de una corriente que denominó “Antropología Metafísica”, allegado personal de Ángel Cristo Acoglanis, el “guardián de Erks” es recordado también por su relaciòn estrechísima con el movimiento psicosocial que alimentó mitos y fábulas en la regiòn del Uritorco, y amigo del doctor Jacques de Mahieu y con él, defensor de la presencia de Templarios en América.
Incursionar en la investigación histórica, no sólo en conjunción con la investigación paranormal sino por simple curiosidad intelectual, puede deparar hallazgos sorprendentes de cuya lectura cada uno se hará responsable. Esto, quizás, ni amerita la extensión de un artículo. Es, apenas, un dato. Pero no menor.

De todos ustedes es conocida la relación entre nazismo, esoterismo y civilizaciones desaparecidas. En cualquier punto en que se esté del más dilatado espectro ideológico posible, y cualquiera sea la interpretación que el lector quiera darle a esa relación, es innegable que la misma existe. Y sin extenderme sobre el significado que yo pueda atribuirle, aporto aquí algo novedoso.
AVT2_Jacques-de-Mahieu_3527   Los interesados en estas temáticas han leído o, cuanto menos, oído hablar del doctor Jacques de Mahieu, nacido en París en 1915 y fallecido en Buenos Aires en 1990. Sus libros, como “La Agonía del dios Sol”, sus investigaciones sobre la presencia vikinga en América del Sur, en la fundación de Tiwanaku (o, si lo prefieren, Tiahuanaco) y los Templarios en esta parte del globo han merecido, incluso, la considerada atención de sus detractores, que los tuvo y muchos por la orientación “filoaria” en demasía de sus escritos.

Y esto es lo que averigüé. Jacques Marie de Mahieu, tal su nombre completo, integró desde 1948 a 1955 la “Comisión Peralta”, formada por orden expresa de la presidencia argentina y llamada así por estar integrada por el entonces Director de Migraciones Santiago Peralta. Su misión: recibir, alojar y dar apoyo a quienes, siguiendo la ruta ODESSA (es decir, miembros prominentes del Partido Nazi, en fuga tras la derrota militar) llegaban a Argentina. Esta comisión estaba integrada por una veintena de personas, Mahieu entre ellas. Y eso, porque nuestro personaje había sido oficial de la División Carlomagno de las Waffen SS.

Él mismo, sociólogo (y no “antropólogo” como se supone, cuanto menos, no por formación académica; parece que estos amigos tenían una especial fascinación por la Antropología) había llegado a nuestro país en 1945 (obsérvese cuán rápidamente escaló posiciones en el mundo intelectual de entonces, como tantos otros nazis) había sido en Francia profesor de la Escuela de Altos Estudios Corporativos y Sociales durante la ocupación alemana, en virtud de su grado militar. En la Argentina dictó clases en la Universidad de Buenos Aires (donde conoció a Terrera, de donde puede suponerse el origen de toda una corriente filonazi-esotérica muy fuerte en Argentina), en la Escuela Argentina de Periodismo y la Universidad de Cuyo. Escribió para la revista neonazi “Dinámica Social” (dirigida por el último secretario del partido fascista italiano, Carlo Scorza), trabajó en la logística local de la “ruta de las ratas” (donde es inobjetable el apoyo del Vaticano) y frecuentaba militares e intelectuales filonazis como Alberto Ottalagano (quien siendo muchos años después rector de la Universidad Nacional de La Plata nombrara entre otros, “Doctor Honoris Causa” al conocido “Reverendo Moon”, de la secta homónima) y Gabriel Ruiz de los Llanos, con quienes habría fundado el Instituto de Ciencias del Hombre, entidad que le permitió “justificar” los aportes privados para sus conocidas exploraciones.

Es importante destacar que nadie, a poco de sumergirse en la lectura de los trabajos y filosofías de estos hombres, puede ignorar la absoluta orientación filonazi de sus escritos: Terrera no hesita en describir a Hitler como un “avatar de la Nueva Humanidad”. Quizás yo aprendí a ser tolerante con quienes piensen distinto, aún tan distinto. Lo que me produce una sensación muy incómoda, empero, es que para propagar su ideología se “embarre” la información que da sustento a muchas especulaciones histórico – esotéricas y, más aún, que tantos se hagan eco de las mismas, confiesa o de forma encubierta simpatizantes de ese ideal.
En efecto, es tiempo de dejarnos de hipocresías: tantos admiradores de Terrera (allá cada uno con sus gustos literarios) tendrían que, cuando menos, tener la dignidad de reconocer el fascismo de sus lecturas. O, en su defecto, ser víctimas de una galopante ingenuidad que, por cierto, no los deja muy bien parados como “investigadores” de estos arcanos.

Quiero, en honor a la verdad, dejar fijada mi posición: me resulta intelectualmente fascinante el trasfondo esotérico del Nazismo. Estoy convencido que sus jerarcas tuvieron acceso a conocimientos de los mundo suprasensibles y, tal vez, operaban en contubernio con ciertas entidades no físicas. Pero este interés no rinde pleitesía a una política atroz, a sus muertos y el dolor que engendró. Tampoco, claro, soy tan ingenuo de comprar la historia de “buenos versus malos”. Adhiero con cierto cinismo (en el más obvio sentido filosófico de la expresiòn) a la versiòn de “malos versus malos”. Y sospecho que los jerarcas nazis adquirieron ese conocimiento a costa, precisamente, de la sangre que contribuyeron (como los aliados) a derramar.

¿Por qué digo esto?. Recordarán las frases de Eichembach y de Chrétien de Troyes que Terrera argumentaba para construir sus peregrinas torías. Ese Vultán, “cacique comechingón”, inevitable homófono a Wotan, el dios germano. Y de allí, a Thule, Hyperbórea y los arios….
Pues bien, no hay ninguna evidencia de un cacique Vultán en la etnia de referencia, excepto el texto de Echembach. Que no es de Wolfang von Eichembach, sino de Guillermo Alfredo Terrera.

En efecto: Terrera mintiò descaradamente (o deliró patológicamente) al adjudicar a los bardos medievales ese texto apócrifo. Quizás se pone en evidencia cuando en la introducción de su libro “Parsifal, Wolfgang Eichembach, Ulises” escribe: “… como es sabido, es imposible conseguir en Argentina y en castellano, la obra de Eichembach”.
Claro, escribiò ello a principios de los ’80. Nada auguraba Internet. Y con Internet, algunas cosas cambian.
Cambian cuando, ahora sí, podemos tener a nuestra disposición las obras del “mennisinger” y del poeta de Toulousse. En castellano. Y comprobamos que ni uno ni otro escribiò nada de lo que Terrera le adjudica. Y no acepten mis palabras: vayan al enlace al final del artículo, busquen los textos en la Biblioteca de nuestro portal (están allí, entre otros que, circunstancialmente, quizás puedan interesarles) y dediquen algunos días a leerlos, como hemos hecho, gracias a los buenos oficios de nuestro amigo Josep Bello quien descubriò esta contradicciòn y nos alertó sobre ella.

Tal vez lo más grave no sea que Terrera, en defensa de sus especulaciones, invente esos textos. Tal vez lo más grave es que tantos pretendidos “investigadores” del “Bastón de Mando”, del Uritorco, de los Templarios en América, den por sentado que la menciòn era correcta y no hayan tenido la prolijidad de ir a las fuentes. Porque una cosa es referir esta pretendida pertenencia en un coloquio informal o en un artículo episódico en un blog, y otra darle entidad al citarlo como referencia confiable en una pretendida investigación o, también, como “guiño histórico” en una novela que busca aunar hechos supuestamente reales con una trama ficticia, como algunas obras que están circulando, hoy, en el mercado nacional.

Porque preocupa como un tema tan digno de crédito sobre la posibilidad de la presencia Templaria en el Cono Sur Americano es bastardeado en aras de una ideología. Que de eso se trata. Terrera, Mahieu y algunos más –sobre quienes regresaremos en otra ocasiòn- aprovechan un tema de interés sensible (y de ecos arquetípicos, como es el Grial y los Templarios) para construir un andamiaje funcional a sus intereses, que no es otro que afirmar conceptos propios del pensamiento nacionalsocialista al cual han sido profundamente fieles toda su vida.

Para comprender porqué Terrera tenía un interés tan particular en consolidar el pensamiento de esa extracción disimulado bajo el ropaje presuntamente hermético en la provincia de Córdoba, es dable repasar algunos conceptos.
No es ninguna novedad que desde antes –y más acentuadamente después- de la Segunda Guerra Mundial la zona, junto con la paradisíaca San Carlos de Bariloche, en el sur argentino, fue elegida por una colonia de inmigrantes alemanes para establecer sus vidas. La mayoría de ellos laboriosos trabajadores que contribuyeron, y siguen haciéndolo, a una Argentina merecedora de mejores destinos. Pero otros –y a ellos se refiere este trabajo- fueron y son, como sus adláteres locales, oscuros sicarios de una esotérica historia.
Nadie, tampoco, ignora la pasión que el Ocultismo –o, deberíamos precisar, un ocultismo de negras raíces- despertó en los jerarcas y subalternos del nazismo. Sus estandartes, sus proclamas y cosmogonías están plagadas de referencias y connotaciones que remiten a una extraña y mítica edad de dominaciones arias –como si “arios” fueran únicamente los germanos- intentos de conquistar el Cielo por asalto, alianzas entre poderes espirituales en las sombras e instituciones terrenales, armas consagradas en rituales sangrientos. Y quienes con una sonrisa socarrona arguyan que ello poco le sirvió a Hitler para la victoria, ignoran peligrosamente lo cerca que estuvieron de la misma, y las no menos poderosas fuerzas que, desde el bando aliado, se pusieron en juego para contrarrestarlas. Algún día, espero, se escribirá sobre este lado cuidadosamente ignorado de la historia “oficial” de esa gigantesca e inhumana masacre.
Entre las pasiones hitlerianas, la búsqueda de objetos sagrados, para infundir a sus tropas de poderes desconocidos, no es seguramente la menor. Durante el desarrollo del conflicto, la Annenerbe , siniestra organización más conocida por sus experimentos dudosamente científicos con las víctimas de los campos de concentración, enviaba expediciones de arqueólogos y lingüistas a distintas partes del mundo ya sea para rescatar del polvo olvidadas ciudades, ya sea para realizar arcaicas liturgias en puntos geográficos de legendario poder, ya para reunir valiosas antigüedades a las que se les asignaban energías ocultas. Más aún; es un secreto a voces que estando Berlín sitiada por los aliados, en un último y desesperado intento lograron introducir en la destruida ciudad a un grupo de lamas tibetanos y sus “chelas” para evitar el inminente final.
Su presencia no era en vano. Desde hace centenares de años, circula la versión de que en algún lugar del Tibet y el Nepal se encuentra el acceso, ora físico, ora astral, de dos reinos del espíritu. Agharta, con su capital Aghadir, y Shamballa, con su ciudad Shampullah. De la primera, etérea, las milenarias tradiciones orientales dicen que es el asiento del “Rey del Mundo”, avatar cósmico que vela por los caminos del Bien en la Tierra. De la segunda, subterránea, se afirma con igual convicción que parten las huestes del Mal que negocian con los poderes tras los gobiernos títeres del mundo. Aún se comenta en cenáculos neonazis que Hitler habría pactado con esos antros que, de alcanzar el poder temporal, dejaría a su albedrío la dominación espiritual.
¿Simple leyenda o verdad no revelada?. Quién sabe. Lo cierto, lo que hace al espíritu de este trabajo, es que entonces y después miles de seguidores de la svástica levógira   creyeron fervorosamente esta historia y a esa creencia subordinaron sus esfuerzos y recursos. No es ocioso recordar aquí que durante el asedio a la ciudad de Nuremberg por parte de divisiones del ejército norteamericano, estos encontraron una inusitada resistencia por parte de comandos especiales de las SS en el Banco Alemán de esa ciudad. Desobedeciendo las órdenes de rendición, los SS lucharon furiosamente hasta el último hombre, y cuando los americanos accedieron al edificio, seguros de encontrar en sus bóvedas posiblemente enormes reservas de dinero o áureas que justificaran tamaño sacrificio, se sorprendieron al hallar, dentro de las mismas, una respetable pero para nada anormal cantidad de efectivo, efectivo que por imperio de la derrota poco valía ya, algunas obras de arte y una extraña caja forrada en plomo, de aproximadamente 1,40 metros de largo por unos veinte centímetros de lado. Abierta por expertos en arte e historia, en su interior hallaron otra caja, pero ésta de madera casi totalmente putrefacta, y en su interior un oxidado asta de hierro unido a restos aún más descompuestos de madera. La subsiguiente investigación certificó que lo hallado era la tal vez mitológica lanza (en realidad, un “pilum”, una lanza de mango corto) usada por el centurión Longinus, aquél que según el bíblico relato lo clavó en el costado del Cristo crucificado. De ser cierta esta especie, ello dotaba al objeto de un poder, un significado espiritual inestimable.

Esta anécdota pone de relieve el carácter mágico de la liturgia neonazi. Y nos introduce de lleno en la búsqueda desesperada que tras reivindicar espúreas raíces, los llevó a encontrar señales de la presencia de la Orden Templaria en todo el mundo, de cuyos caballeros teutones se creían herederos directos. Aquí, nuestra peregrinación entronca con la leyenda del Grial, la copa sagrada donde Jesús bebió en la Última Cena y donde también José de Arimatea recogió la sangre del Crucificado inmolado en la Cruz.
De los Templarios se ha escrito profusamente y no abundaremos aquí; baste recordar que se los suponía celosos poseedores de la Copa (En “Parsifal” y las leyendas artúricas, tan emparentadas con la esencia caballeresca que dio origen a la Orden del Temple pese en antecederle las segundas varios siglos, volvemos a encontrar el espíritu de ese deambular por el mundo buscando lo que en definitiva aparece sólo dentro de cada uno de nosotros) y no fueron pocos los detractores igualmente imbuidos de misticismo quienes sostuvieron que fue privándola al mundo cristiano, como monopólicos detentadores de un poder celestial, que los caballeros de la cruz de “ocho beatitudes” usufructaron sus cualidades para el enriquecimiento propio. Dueños de una magnífica fortuna que a la larga los condujo al desastre por ser la envidia del Rey de Francia y el Papa, sus ingentes cantidades de oro celosamente ocultas en las distintas “factorías” y “capítulos” de la Orden parecen señalar necesariamente en una dirección: América. Quizás no otro sea el origen del áureo metal templario, habida cuenta que los eximios servicios de espionaje de las naciones poderosas de entonces, tanto cristianas como musulmanas, nunca pudieron localizar en el mundo geográficamente conocido de entonces los yacimientos de los que se abastecían. Desde La Rochelle, su poderoso puerto de ultramar, los convoyes templarios partían durante meses, y actualmente existen confiables investigaciones que demuestran que para estos intrépidos caballeros América era territorio de visitas cotidianas. Una vez más, debemos recordar la extraña estatuilla encontrada por el explorador inglés Sir H. Fawcett en Brasil, con su atuendo típicamente medieval, o las pictografías del Cerro Colorado en Paraguay, o las denuncias de la existencia de ruinas de un puerto y un barco “fenicio” (?) cerca de la ciudad de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, Argentina, o el denominado “El Fuerte”, en Chubut, en plena Patagonia argentina, según ciertos estudiosos, últimos restos de un asentamiento templario, o…
¿O Capilla del Monte, provincia de Córdoba, Argentina?.

No seremos redundantes aquí respecto de la magia, el misterio pero también las gratuitas leyendas exageradas que corren sobre el lugar. Queremos centrar nuestra atención en un fenómeno que hemos observado en la región, extendido además a todo lo que se conoce como Valle de Punilla, desde Villa Carlos Paz hasta Cruz del Eje, comprendiendo Bialet Massé, Parque Siquiman, Cosquín, Los Cocos, La Cumbre, La Falda, Valle Hermoso, Villa Giardino, San Marcos Sierras, Charbonier, Ongamira, San Esteban, Huerta Grande, etc. Me estoy refiriendo a la creciente presencia neonazi en la región.
No se trata aquí de “cabezas rapadas” haciendo sus tropelías en la zona, no. Tampoco de abiertos desfiles de “camisas pardas” ondeando al viento sus estandartes con la cruz gamada. Se trata, peor aún, de un movimiento más solapado y sutil, que acude al reclamo esotérico, a invocar connotaciones pseudoespiritualistas en sus afirmaciones, alimentándose de manera parasitaria de la fascinación de esos lugares y sus enigmas.
capilla neotemplaria    Puntualicemos. En Capilla del Monte existe una iglesia, la actual construcción fechada a fines del siglo XIX pero levantada sobre las bases de una anterior, de fines del siglo XVI –y de cuyo aspecto no se guarda memoria- que es llamada con bastante justicia la “capilla neotemplaria”. Ello, en consonancia a su planta octogonal, que en todo el mundo sólo existe en iglesias de filiación de la Orden, comprensible en una Europa respetuosa de sus monumentos históricos de mil años o más, pero desconcertante en una joven Argentina y una más joven aún capilla levantada en un apartado pueblito serrano. La pregunta es: si arquitectónicamente es un hecho que la planta octogonal es privativa de edificaciones templarias, y habida cuenta que el estilo edilicio de una iglesia no queda librada al mero sentido estético de un constructor sino que debe nutrirse de la adecuada aprobación eclesiástica que en sus altos estamentos no es ignorante de aquella filiación, ¿qué extraño avatar del destino llevó a que ésta fuera identificada con la caballeresca sociedad?. Para que no quedemosaico capilla lugar a dudas, en el embaldosado –y original de sus primeros tiempos- piso se repiten dos símbolos, uno de ellos, ocho pequeños círculos dispuestos en octógono. El místico 8 templario, presente por todas partes.
El actual párroco de la iglesia se molesta sobremanera cuando alguien –uno mismo, por caso- se aproxima a señalar tales detalles. Acude a argumentos tan infantiles como que “era una moda de aquél entonces” o “es lo que había”, insistiendo en ese sentido cuando, con mirada asaz suspicaz, paseamos nuestra vista por las paredes, evidentemente refaccionadas una y otra vez: aquí se extrajo un vitral como rosetón para poner en su lugar inocuas figuras santorales; allá, el perfil facetado del frontispicio y el ábside, en sus gigantescos y antiguos ladrillos originales, fue “matizado” con un primoroso revestimiento curvo a la cal. Acullá, los enormes portones originales fueron retirados para ser reemplazados por hermosas y gigantescas pero más discretas puertas. Elevo la vista, y allí está el magnífico rosetón de la cúpula, a través del cual me baña la luz del día. Pero la bajo también, y entonces, la otra sorpresa.
Hablé de dos símbolos en el embaldosado del piso, pero sólo describí uno. Es el turno del otro: swástikas de brazos curvos. Miro con atención, comparo y ya no me quedan dudas: estamos ante una inacabable sucesión de cruces dextrógiras. ¿Qué hacen aquí?.
Afluyen los recuerdos de tantas lecturas. Una vez más: la svástica no es un invento nazi. Una vez más: el cabo Hitler, desocupado, viviendo en una mísera pensión de las pocas monedas que obtenía con la venta de sus aceptables acuarelas paisajísticas, comenzó a frecuentar las tertulias de una sociedad de ocultistas e iluminados, conocida como “Última Thule”, de  la cual llegó a ser secretario de actas. Pero ya en esta sociedad secreta se cocinaba la supremacía del ario, la luego famosa “cosmogonía del hielo cósmico”, las alianzas espirituales con “otros” seres, y en la portada de sus publicaciones ya se distinguía el símbolo que sólo desde 1928, con la fundación del Partido Nacional socialista, se erigiría en un símbolo político.
“Última Thule” supo ser filial –luego separada- de otra orden esotérica, esta inglesa, conocida como “Golden Dawn” (“Amanecer Dorado”), a la que pertenecieron, entre otros, Sir Arthur Conan Doyle, el poeta W.B. Yeats y Alestier Crowley, al cual nos hemos referido en extenso en otra oportunidad. Pero a su vez, era esta sociedad heredera directa de la “Sociedad del Vril”, una organización germano-británica que estaba a la búsqueda de un fluido vital universal (el “vril”) y su manipulación. Aquí seguimos la enseñanza de ese maestro de investigadores de lo insólito que es el argentino Héctor Picco, quien ha demostrado fehacientemente que ya a fines del siglo XVIII la incipiente Sociedad del Vril creía que la manipulación de esa fuerza cósmica les permitiría, entre otros logros, la conquista del espacio, en una época en que apenas los sueños de los Montgolfier apuntaban a los cielos.
Ominosamente, descubrimos en el exterior de la iglesia que alguien ha pintado una svástica hitleriana, como oscuro recordatorio que los nazis también están detrás de estas relaciones. Durante su apogeo, los miembros de la SS gustaban desfilar en Berlín con atuendo templario, pues se consideraban herederos directos de su mitología, historia y misión. Seguir los pasos del Temple a través del mundo, entonces, era una consecuencia necesaria y previsible.
terrera    En Capilla del Monte existe, por otra parte, una subcultura de neto corte fascista, no oriunda del lugar sino “importada” por esoteristas provenientes tanto de la ciudad de Buenos Aires como de otras partes del mundo, incluso. Están radicados allí muchos seguidores de Terrera, abierto admirador del jerarca alemán, quien por ejemplo escribe en su libro “La Svástica; Historia y Metafísica”: “El Führer, en uno de sus grandes discursos, pronunciado por 1937, había expresado con toda claridad: “Que el gran talento que poseen los hombres superiores, consiste en simplificar los problemas complejos y reducirlos a sus términos esenciales”. Esa habilidad intelectual es propia solo de los grandes hombres, quienes están dotados de un poder de síntesis, de comprensión y de asimilación que los convierte en únicos, en maestros, en estadistas. Son verdaderos Sidas, dioses del conocimiento tanto físico como metafísico…”.
Este libro en particular fue editado en junio de 1989 por la Editorial Patria Vieja, dependiente de la así llamada “Escuela Hermética Primordial de las Antípodas”, un grupo de reflexión y difusión no institucionalizado que opera fuertemente en la región, nucleando a pensadores de esa corriente. Durante un tiempo me pregunté a qué antípodas se refería, hasta que advertí que estos neonazis sostienen que el Valle de Punilla está en las antípodas del Tibet. Es sabido que, para esta particular concepción, las antípodas geográficas de un lugar sacro, o, deberíamos mejor escribir, un lugar “de poder” repite esa energía. Otra imprecisiòn más: las antípodas del Valle no es el Tibet, sino un área próxima a Shangai.
Se dice que en algún lugar de la zona los Templarios en fuga ocultaron el Santo Grial. Se sostiene que hace unos sesenta años el metafísico Orfelio Ulises, a su regreso de un viaje al Tibet, descubrió, guiado telepáticamente por sus maestros, el “toqui lítico” o “bastón de mando”, una fina y larga piedra, posiblemente de basalto, de aproximadamente un metro veinte de longitud, un cetro de fuerza cósmica celosamente oculta durante milenios por los aborígenes comechingones, preámbulo para preparar a la Humanidad para la recuperación del Grial. La citada “Escuela” entonces, realizó numerosos seminarios, retiros espirituales, charlas y cursos, apadrinó la publicación de muchos textos de Terrera y alimentó, a su manera, la saga. Actualmente, las gestiones semioficiosas de la Municipalidad de Capilla del Monte para recuperar ese objeto (en manos del heredero directo de Terrera, su hijo) para “entronizarlo” como un objeto de cuasi veneración en la idílica localidad lo transformaría, entonces, en Meca de peregrinaje de personas afines a esa ideología y su sola presencia retroalimentaría aún más la tradición aria de la postguerra.
El asunto, sin embargo se complica ante las versiones cada vez más firmes de que dicho “bastón de mando” sería en realidad un fraude perpetrado para darle identidad a una conspiración. Nuestro amigo Fernando Diz, periodista e investigador porteño radicado hace muchos años en el lugar, nos adelanta que ha logrado el testimonio de quienes estuvieron en su momento vinculados a la elaboración del mismo, prometiéndonos entrevistas exclusivas que no dudaremos en su momento en difundir.

La Falda: la caja chica de Hitler

la falda  A unos treinta kilómetros al sur de Capilla del Monte se levanta, bellamente recostada sobre la ladera de los cerros, la ciudad de La Falda. Sus catorce mil habitantes reciben un masivo turismo que prácticamente no ha decrecido desde la época de oro de los años ’40. Pero sus tortuosas callejuelas ocultan “otra historia”, a medias conocida.
A fines del siglo XIX –concretamente, en 1897- se levantó, a cierta distancia de lo que hoy es el casco urbano, un fastuoso hotel, verdadera joya del Nilo en ese entonces agreste paraje: el hotel Edén. Su imponente construcción y sus para entonces avanzadísimos detalles de confort atrajeron a lo más granado de las élites nacionales e internacionales, presidentes,hotel edén escritores y actores de renombre, filósofos de toda laya disfrutaron del paisaje y de su esmerada atención. Pero algo caracterizó al Edén –desde sus inicios, de propietarios alemanes- a partir de fines de la década del ’20: la filiación pronazi de sus titulares. En efecto, Roberto Blacke e Ida Eichorn, que compraron la propiedad a sus constructores originales alrededor de 1920, tenían amistad personal con Hitler: no sólo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial aún podía apreciarse en su frontispicio el águila rampante llevando en sus garras la svástika, sino participaron de manera asaz activa en el movimiento nacionalsocialista: está escrito en la historia del pueblo que el primer Mercedes Benz que paseó al Führer no fue un obsequio de la fábrica alemana sino que ésta entregó, por cuenta y orden de Blacke y Eichorn, el vehículo al jerarca. Más aún, el 15 de mayo de 1935 Hitler en persona, en salones del Reichtag, entregó a Ida Eichorn un diploma agradeciéndole su aporte económico que facilitó el ascenso de aquél a la Chancillería, en 1931. El dinero de marras provino de la venta de las fracciones de tierra, propiedad del Hotel Edén, sobre las cuales hoy se asienta la ciudad de La Falda. Cuando uno departe con sus habitantes y gana su confianza, muchos de ellos murmuran que parece pesar sobre la localidad una extraña maldición alimentada en mil y una leyendas locales; algunos, suponen, es la consecuencia kármica de aquellas nada inocentes transacciones comerciales.
einstein edénExisten, de hecho, dos ciudades. Una, la turística y comercial, abierta a todo público. Pero en los alrededores del Hotel –alrededores que sus taciturnos habitantes aún persisten en llamar “Villa Edén”, para diferenciarse formalmente del resto de La Falda- los nombres germanos de las calles y las residencias, sus cotos cerrados y la mirada inquisidora de sus pobladores señalan claramente a quienes, casi todos de ascendente alemán, se sienten diferentes al resto.

graf spee  Cuando a poco de comenzada la Guerra en la boca del Río de la Plata el comandante Lagüendorf decidió hundir al acorazado de bolsillo “Graf Spee”, suicidándose luego en un hotel de Buenos Aires, sus tripulantes fueron “internados” (en realidad, huéspedes de honor) hasta el fin de la contienda en el Hotel Edén. Luego, muchos de ellos se radicaron en nuestro país, algunos en ese lugar, otros en la no menos germana Villa Belgrano –siempre en la provincia de Córdoba- y otros más en la sureña Bariloche. La anécdota es que en el largo tiempo que estuvieron confinados, y seguramente para amenizar las semanas que devenían aburridas unas tras otras, los militares alemanes, todos los domingos, organizan desfiles, con uniformes y estandartes, por lo que hoy se llama “avenida Edén” en el pueblo, hasta culminar en las cercanías de las vías del ferrocarril, donde se aposentaba un busto del doctor Salomón Maudi, uno de los fundadores del pueblo de confesión judía. Uno a uno, los soldados pasaban desfilando frente al busto y los cubrían de escupitajos, domingo a domingo, todo ello ante las miradas complacientes de las “fuerzas vivas” de la ciudad.
Terminó la guerra y aparentemente el nazismo desapareció. El hotel Edén tuvo distintos dueños y terminó abandonado, saqueado y a merced de todo tipo de depredación. Hoy en su planta baja apenas alberga un reducto jazzístico, pero en sus alrededores crece toda una mitología pronazi que lo ensalza como otra estación en el Vía Crucis germano local. Es innecesario remarcar que en La Falda la actividad de aquella Escuela Hermética Primordial de las Antípodas ha encontrado otro caldo de cultivo.
Los estudiosos de la arquitectura local cuentan que constructores y posteriores propietarios alemanes se basaron no sólo en planos funcionales o estéticamente agradables, sino que tomaron en cuenta, en un sinnúmero de detalles –como las gárgolas que alguna vez jalonaron su frente- enseñanzas de tipo espiritualista. El mismo Einstein, aún sabida su postura antinazi, fue dilecto visitante del lugar, durante su visita a nuestro país y en extraña coincidencia con una crisis mística que sus biógrafos tratan de ocultar pero que él mismo refleja en sus escritos de la época. Tal vez sea casualidad, tal vez no; no puedo dejar de percibir los ecos del arcaico enfrentamiento entre Agharta y Shamballa cuando me entero que, pocos años después, un caballero de apellido Buitrago decide construir, no lejos del Edén, otro hotel (llamado “Petit Sierras”) basado estrictamente en arquitecturas sagradas hindúes., y demolido por un tal Jaime Lockman en 1963. (Todos estos datos pueden ser debidamente cotejados en el libro “El mundo y La Falda en el siglo XXI, Alberto Moro y Carlos Panizzo, 2001).

Pero la acciòn ideológica de Terrera no se limitó a publicaciones, sino fue acompañada de talleres, cursos y numerosas conferencias. Es una curiosidad este texto, que hallamos aquí: “Tribuna de periodistas”, nota, “La revista “Barcelona”, superada”: 

“Un incunable de 1975

    Corría octubre de 1975. Militaba en el Frente de Izquierda Popular y veíamos como el gobierno entraba en una pendiente que más allá de sus horrores, eran los escasos aciertos y el origen popular del mismo lo que provocarían el golpe. Se hablaba de pinochetazo. En la Argentina se conocía perfectamente lo que sucedía del otro lado de la cordillera. Con algunos compañeros concurrimos a una unidad básica donde se discutiría la situación. En unos de los grupos que conversaban antes que comenzara la reunión ubicamos a un señor alto de unos 60 años que nos informó que había formado parte de FORJA, aquella agrupación que fue el nexo entre el Irigoyenismo y el Peronismo. Nos informó que su libro “ El caballito criollo en la historia argentino” era de lectura obligatoria en el Colegio Militar. Estábamos escuchando a Guillermo Alfredo Terrera, cuando se acercó un joven peinado a la gomina quien nos entregó un libro de 46 páginas del año 1974 que en la segunda hoja dice “Curriculum Vitae” y en la tercera nos informaba: “Tercera edición ampliada de esta Bio- bibliografía Se terminó de imprimir en septiembre de 1974, en los talleres gráficos de Gráfica Pafernor S.R.L Cañuelas 274, Buenos Aires.”
    La situación era cuanto menos curiosa. Cuando con mi compañero empezamos a correr algunas hojas mientras Terrera seguía con su alocución, la necesidad de obturar primero la sonrisa y luego la risa pasó a ser un esfuerzo ciclópeo. El currículum era tan minucioso que sólo faltaba donde había hecho el jardín de infantes y en qué fecha se había aplicado las vacunas. Pero el personaje era un émulo de renacentista Pico de la Mirándola. Ahí figuraban cargos docentes, administrativos, instituciones culturales a las que pertenecía, Congresos, Premios obtenidos, cursos de especialización, trabajos de investigación y programas de estudio, publicaciones, conferencias pronunciadas, juicios emitidos sobre su obra y actuación política. En sus publicaciones escribía sobre historia y política, antropología cultural, sociología, lingüística, musicología, política universitaria, política agropecuaria, anteproyecto de leyes. Entre las conferencias pronunciadas figuran algunos títulos llamativos: “La única bandera de los argentinos: ni mercante ni de guerra” o “ El Hominidio como antecesor del Proto-Homo; “El Patrón Ambiente en reemplazo del Patrón –Oro; “Influencia del caballo en la formación del Ser Nacional” o “ El área cultural del caballo” Entre los comentarios sobre su obra pueden consignarse entre otros: “Déjame que te abrace muchacho, mi emoción no tiene límites. Tengo en mis manos como un escapulario tu libro, El Caballo Criollo en la Tradición Argentina…..iremos a Córdoba en peregrinación a rendirte el homenaje que te mereces…te llevaremos el aliento conmovedor de la argentinidad ( Del poeta escritor, legislador, y orador argentino Don Justiniano de la Fuente, La Plata 18-08-1947).
    “Siga Ud Trabajando sin miedo y sin descanso y tenga por seguro que la docta Córdoba, lo ha de anotar en el registro de sus próceres” Francisco Timpone, periodista y secretario del Senado de la Pcia de Buenos Aires 19-05-1950
    “Deseamos que nos visite de nuevo y nos deleite e ilustre con su maravillosa palabra” (Profesora Gumila Berrondo Catamarca 25-04-1970).
    “Siga adelante, somos una multitud los que necesitamos de su palabra y de su pluma” ( Ramón Miranda, escritor y jefe del Distrito de Correos y Telecomunicaciones San Isidro 8-03-1971)
    Son algunas de los múltiples elogios de ignotos. Tan insólitos como que su propuesta de Reforma Agraria fue publicada por la Sociedad Rural o que fuera candidato a Gobernador por Córdoba por la Unión Federalista Revolucionaria pero aclara no se presentó porque no obtuvieron la personería electoral en 1958. Un año antes, exiliado en Montevideo publicó el folleto: “ Las famosas persecuciones al Dr. Guillermo Alfredo Terrera”

¿Porqué traigo a colación este relato?. Porque mientras nos habla de un Terrera anterior a sus devaneos metafísicos –antropológicos, pone de relieve la ambiciòn autopromocional del hombre. Era esperable que una década más tarde, en el crédulo, pretendidamente “abierto” pero visceralmente reaccionario ambiente esotérico-espiritualista.-contactista encontraría otros espíritus dispuestos a creer sin las “tres R”: revisar, repasar, reflexionar…
Como ocurriò con el primitivo “Grupo IPEC” –sí, precisamente el mismo que fundé en 1985 y del que me alejé meses después cuando sus demás integrantes le dieron un inesperado y peligroso giro “contactista” (y que refundé en fecha reciente), que, en ocasiòn de un viaje a la zona, reexhibió instrucción y directivas (estuve tentado de escribir “adoctrinamiento” de parte del mismo Terrera- ¿Cómo –si no- debe interpretarse esta clasde de texto?:

“Grupo de Tareas Cóndor”_ Jefe de Grupo: xxxxxxx
Subjefe: xxxxx

A las 0900 horas se informó……

(del libro “Erks, el mundo subterráneo” de Dante Franch. Es sólo una línea, el texto está prácticamente plagado de entradas de ese tenor.)

Si no se observa la redacciòn absolutamente “paramilitar”…. Es que no se quiere observar.

Y, obviamente, sabemos claramente la molestia y el escozor que estas reflexiones despertarán en algunos. Unos, deseosos de creer sin más (allá ellos) pero tambiñén molestos si se cuestionan los argumentos que esgrimen como “evidencia” de sus creencias, olvidando que las creencias no necesitan ser “demostradas”. Otros, que consciente o inconscientemente han sido funcionales a esta mentira, y cuesta, en ocasiones, reveer las posturas.

Terrera ha muerto hace años. Paz para sus cenizas. Pero que el respeto debido a los muertos no avale una mentira tendenciosa, eco tardío y triste de autoritarismos perimidos…

Para acceder a la Biblioteca de “Al Filo de la Realidad” y leer/descargar los libros de Chrétien de Troyes y Wolfram Echembach,hacer click aquí.

Para escuchar un podcast de “Al Filo de la Realidad” con más informaciòn (“La verdad sobre la saga del Uritorco”), hacer click aquí.

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Podcast AFR Nº 101: La Civilización Perdida del Uritorco

Posted by Quique Marzo en 24-08-2012

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

Para ir a iVoox, clic en la imagen.

En esta ocasión, les traemos estos temas:

  • Agradecimientos y saludos. Para más info sobre conferencias, viajes y actividades, consultar: http://www.alfilodelarealidad.com.ar
  • ¿Una Civilización Perdida en el Cerro Uritorco, en Capilla del Monte, provincia de Córdoba, Argentina?
  • El Pucará de Pueblo Encanto, de 8.000 años de antigüedad (por el espesor de las capas de limonita).
  • Los mal llamados “Comechingones”.
  • Modificaron la orografía, incluyendo la trepanación zigzagueante del granito.
  • La Cabeza de Cóndor y la alineación con el Pucará.
  • Las gigantescas cabezas animales de la Meseta El Cajón.
  • Las sillas de los gigantes.
  • La “Muralla China” de los Comechingones.
  • ¿Quiénes eran, de dónde vinieron? ¿Indígenas que recibieron una “inyección” de conocimiento exterior que bajó del altiplano?

Siempre con la conducción de Gustavo Fernández.

Enlaces:

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Podcast AFR Nº 70: Capilla del Monte: enigmas y leyendas

Posted by Quique Marzo en 12-03-2011

Capilla del Monte (provincia de Córdoba, Argentina): ¿Un portal a otras dimensiones? ¿Un folclore en gestación? Sorprendentes anécdotas sucedidas en las cercanías del mítico Cerro Uritorco.

Narradas por: Gustavo Fernández.

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HALLAZGOS EN EL URITORCO

Posted by Gustavo Fernández en 27-02-2010

Ni siquiera sé si llamarlo “hallazgo”. “Descubrimiento”, sin duda, me queda demasiado grande.  Pero lo cierto es que no hemos encontrado referencias que nadie, antes, haya señalado lo que vamos a señalar aquí. Somos dueños, si no de encontrarlo, por lo menos de reparar y acentuar el grado de extrañeza de estos interesantes ítemes. Juzguen ustedes.

Era un grupo más al cual conducía, el pasado domingo 21 de febrero, hacia la cima del “cerro macho” de los mal llamados “comechingones”, verdaderamente los “henia – kâmiare”, en la cordobesa localidad de Capilla del Monte. Para mí, el ascenso número diecinueve, y juro que hacía sólo tres o cuatro ascensiones que estaba llamándome la atención esta particular configuración de las rocas, claramente visible desde el sendero que lleva a la cima, poco antes del famoso manantial

Desde el sendero, el perfil del cóndor

Desde el sendero, el perfil del cóndor

Pero fue con este inquieto y entusiasta grupo (conformado por Stella Maris Padvalskis, Mariela Astrada, Ana María Ranzani, Desirée Santa Cruz, Ricardo Robinson, Richard Granja, Albano Lazzarini y Sebastián Villaverde) que pude dedicarle a la efigie toda la atención que se merecía. ¿Es necesario que la describa?. Una cabeza de cóndor, claramente discernibles no sólo su pico y cresta, sino sus ojos e, incluso, las fosas nasales en la base del pico.

El rostro del cóndor

El rostro del cóndor

Pero hay algo quizás aún más interesantes. Si se proyecta imaginariamente una línea desde el pico hacia el fondo del cercano precipicio, quizás de unos cien metros, se observa lo que aparenta ser la entrada a una cueva, junto a cuyo acceso brota un raudo manantial, y señalada –o protegida– por una gran roca vertical ovoide.

Y aquí lo interesante de comentar. Señalé que nadie parece haber dado cuenta de la presencia de esta colosal cabeza, quizás de unos cuatro metros de altura. Pues tampoco, no hay registros de la cueva y, que se sepa, quien la haya explorado. Obvio es decir que ya está en nuestra agenda, y muy pronto trataremos de relevar en detalle la efigie y descender al profundo barranco. Pero queremos con este breve post dejar constancia del hallazgo, en función de próximas actualizaciones.

En lo personal, no creo que hayan sido los “henia – kâmiare” sus hacedores. Estudiando en el terreno dicha cultura, he observado que desde lo tecnológico su naturaleza los llevaba a vivir de la manera más natural posible. De hecho, sus viviendas eran, en el mejor de los casos, chozas semisubterráneas (por eso los sanavirones, sus eternos enemigos, llamaron a las vizcachas “k’mchingones”, dado que ése era el grito de guerra de los henia – kâmiare –y significa “¡A muerte!”— y, una vez llamados esos roedores así, despectivamente y por analogía el término revirtió a la etnia que nos interesa por su costumbre de vivir bajo tierra o en cavernas). Aún más; su presencia es constatada desde aproximadamente el 3000 antes de nuestra era, y ya tres mil años antes, es decir, en el 6000 A.C. hay evidencia científica de la presencia de un pueblo aún desconocido pero capaz de grandes logros urbanísticos. La prueba es el Pucará de Pueblo Encanto (ver aquí), datado en ese entonces por los depósitos de limonita en los orificios excavados artificialmente en el granito.  Por la grandiosidad y magnificencia, estimo que la cabeza de cóndor debe haber sido obra de la misma cultura.

Al fondo del barranco, la cueva mencionada

Al fondo del barranco, la cueva mencionada

Un detalle con el zoom: la cueva, el manantial y la piedra frente a ella, señalización, menhir ritual o protecciòn

Un detalle con el zoom: la cueva, el manantial y la piedra frente a ella, señalización, menhir ritual o protección

Un caso distinto es el del mortero ritual –tampoco descripto por nadie– que observé en la mera cumbre del Uritorco.

mortero en la cumbre del Uritorco

mortero en la cumbre del Uritorco

Muy posiblemente éste sí sea de factura comechingón, toda vez que sabemos sobradamente que este pueblo reverenciaba el lugar y ascendían al mismo con propósitos rituales. Así como muchos morteros de la zona sin duda no han tenido las aplicaciones agrícolas o culinarias que los arqueólogos académicos tratan de adjudicarle con tan poca imaginación, éste en particular, con un visible drenaje, seguramente servía, por la vista impresionante de su ubicación, para el consumo de hierbas o brebajes enteóigenos con fines extáticos o chamánicos. Recordemos que estos pueblos tenían la costumbre de “fumar la piedra”, taladrando orificios y conductos en la roca –como las “pipas” del citado pucará– para quemar hierbas que inhalaban con fines rituales. A fin de cuentas, la práctica devocional de “fumar la piedra” que es también parte de la Pachamama así como copular con ella –otra práctica extendida por todo el orbe– pone de manifiesto el atributo humano y sensible que daban al orden natural.

Permítaseme señalar también en los cercanos Los Terrones una formación, quizás natural pero con algo de… ¿portal? Cada uno, cada una, hágase cargo de sus suposiciones.

¿Un portal en Los Terrones?

¿Un portal en Los Terrones?

Y como guinda del postre, en varias de las fotografías del grupo (hacía tiempo que no ocurría) aparecieron extraños objetos, como el de la foto, en este caso a plena luz del día.

A la izquierda, ¿OVNIs diurnos?

A la izquierda, ¿OVNIs diurnos?

ampliación de los no identificados

Ampliación de los no identificados

NOTA IMPORTANTE: Nuestra organización, el CENTRO DE ARMONIZACIÓN INTEGRAL, está sumando personas interesadas en participar en nuestras investigaciones de terreno. Sólo hay un par de condiciones inexcusables: entusiasmo e interés en aprender y develar misterios. Conscientes de las limitaciones de cualquiera, en tiempos, disponibilidad económica y etcétera, invitamos a presentar su petición de sumarse a nosotros para acompañarnos en nuestras exploraciones e investigaciones. Volver a Capilla del Monte a la búsqueda de esta cueva y ese portal, esa efigie y otros misterios, es uno de los objetivos. Pero también iremos presentando otras metas a los interesados. Contáctenos a:

caintegral@yahoo.com.ar


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