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SAN LA MUERTE: ¿ENTIDAD ESPIRITUAL, SUPERSTICIÓN O EGRÉGORO?

Posted by Gustavo Fernández en 19-05-2016

Introducción

Nuestro Director, Gustavo Fernández en 1994, frente a un altar de San La Muerte en el más popular "templo doméstico"de Barranqueras, ciudad de Resistencia, Chaco(Arg.).

Nuestro Director, Gustavo Fernández en 1994, frente a un altar de San La Muerte en el más popular “templo doméstico”de Barranqueras, ciudad de Resistencia, Chaco(Arg.).

Desde hace treinta y cinco años me vengo dedicando al estudio de lo parapsicológico. En ese tiempo, no sólo he tenido la oportunidad de acumular conocimientos teóricos, sino fundamentalmente –y esto es lo que trato de rescatar permanentemente– aplicaciones prácticas de esos conocimientos. He transitado desde la más rígida formación universitaria, que me impulsaba a rechazar con una sonrisa de falsa superioridad todo lo que se catalogara como “superstición”, hasta la humildad de saber escuchar al curandero, al manosanta o al brujo indígena que tanto tienen aún que enseñarnos a nosotros, autosuficientes hombres de ciudades.

He aprendido, sobre todo, que detrás de la palabra “superstición” se esconde una enorme sabiduría perdida. A fin de cuentas, superstición viene del latín “supérstite” (lo que sobrevive). Sin duda, lo que sobrevive de un saber perdido…

En todos estos años, muchas veces me he encontrado en una encrucijada que, hasta hoy, pude sortear con bastante fortuna. Si la Parapsicología es de por sí algo “maldito” en ciertos círculos, y a mí (como al resto de la gente) no me gusta que me miren socarronamente, ¿debía ampararme exclusivamente en lo “científico” –o en lo que la opinión pública entiende, a veces equivocadamente, como tal– y despreciar el saber popular, o arriesgarme al descrédito y la burla afirmando que en las creencias de la gente sencilla –y por eso, puras– había “algo” que merecía ser investigado?. Hasta hoy, decía, pude evitar enfrentarme a esta cuestión trascendental. Ya no.

 Porque andando muchos caminos –como cantara el catalán– conviviendo con campesinos bajo noches consteladas de estrellas donde el misterio linda la selva, uno tiene la sensación de que el autoritarismo displicente y el dedo digitador de quien pontifica desde un estrado o detrás de un escritorio, sin haberse embarrado jamás los zapatos, respecto a qué es “serio” y qué es “ridículo”, pierde consistencia y se diluye en la soberbia académica. Que lo “científicamente aceptable” adquiere otra dimensión. Y que para criticar las creencias populares, primero hay que haberlas conocido y practicado. Porque lo absurdo o lo ridículo –suelo escribir a menudo– nunca es el tema en sí. Lo absurdo o lo ridículo será el método –o la falta de él– con que encaremos su estudio. Así que voy a reivindicar el culto a San La Muerte. Pero con claras salvedades.

Así que encare la lectura con ánimo, amigo lector, porque, después de todo, “nullum essen librum tam mallum, ut non aliqua parte prodesset” (“no hay texto tan malo, que no tenga alguna parte aprovechable”).

Edificio del club de fútbol "Chaco for Ever" con los colores típicos de San La Muerte: negro y blanco

Edificio del club de fútbol “Chaco for Ever” con los colores típicos de San La Muerte: negro y blanco

Un “santo popular”, del cual, es necesario decirlo, nadie se ocupó realmente de hacerle mejor imagen pública. Su nombre y su figuración esquelética –producto de una sincretización que los indígenas absorbidos por las enseñanzas jesuíticas hicieron de un personaje descriptivo que de la muerte física hacían sus maestros con una deidad de su cuño, muy antigua– llevan gratuitamente a muchas personas a pensar que su devoción sólo acarrea desgracias –para el promesante o para el destinatario de sus odios y rencores– o que la entidad exige a cambio de sus “favores” morbosos pactos sangrientos. Nada de ello he podido encontrar en los miles de kilómetros que he recorrido investigando este culto (y que volqué en mi libro “San La Muerte: Tradición, Rituales y Oraciones, Ediciones Kan, 1997), y sí descubrir, para mi sorpresa, que esta creencia que sospechaba reservada a los escalones culturales más bajos de las sociedades de las provincias argentinas de Corrientes, Chaco, Formosa y San La MuerteMisiones, el Paraguay, parte de la República Oriental del Uruguay y sur del Brasil, también existe, aunque clandestinamente, entre intelectuales, gobernantes, profesionales de toda extracción… y hasta un popular equipo de fútbol (Chaco Forever) ha pintado el edificio central de sus instalaciones con los colores característicos del santo: blanco y negro, una obvia alusión a su simbolismo de complementariedad, de yin y yang.

Entre la realidad y la leyenda

En Corrientes, el sol ya puede ser impiadoso a mediados de octubre. El aire caliente reverberaba sobre el pajonal mustio y yo, apoyado en el alféizar de la única ventana de ese rancho, luchaba a brazo partido con la modorra que comenzaba a invadirme. El paréntesis de la siesta se hacía interminable y mientras descansaba la vista siguiendo el vuelo de un zumbón tábano, comencé a experimentar la incómoda sensación de haber sido burlado. Tres horas llevaba oteando el paraje, en realidad un gran lote baldío entre modestísimas viviendas dispersas donde el viejo curandero de la sonrisa burlona me prometió una experiencia insólita. Se trataba, nada menos, que de tomar contacto con el “pombero” (“yacíyareté también saben llamarlo, aunque algunos señalan que se trata de dos entidades distintas), ese duende pequeño, rubio, que silba en las siestas, secuestrando “gurises” (niños) y doncellas para liberarles días después y ayuda o perjudica al paisano, dependiendo una u otra cosa de la manera en que éste le trate o se refiera a aquél. Pero el pombero puede ser también “itirá”, esto es, un compañero invisible y omnipresente de quien se congracia con este personaje ¿mítico?. Para ello, a la hora señalada por el curandero, había que dejar en medio del campo un “charuto” , un cigarro encendido, un vaso con caña, aguardiente y miel y una cazuela de porotos negros fritos. Si el pombero se los lleva, es señal de que acepta la ofrenda y, a partir de entonces, el agraciado tiene un ángel de la guarda, claro que un poco ersatz.

Así que allí estaba yo, tratando de autoconvencerme de que nada iba a pasar y todo se reducía a un experimento folklórico, esperando –más bien, vigilando, porque no descartaba que la “ofrenda” fuera sustraída por algún colaborador del manosanta de marras, aunque nada me había cobrado; en nada iba a ganar el mismo– alguna “señal”, cuando la sarmentosa mano del anciano sobre mi hombro me sobresaltó. Dijo apenas:

Vamos, m’hijo. Ya es hora.

Y salimos caminando a campo traviesa.

 Que el charuto estuviese totalmente consumido no era de extrañar. Que el vaso estuviera vacío, ya lo era un tanto. ¿Evaporación?. Quizás. ¿Pero podía hacerlo el espeso brebaje en tres horas?. Y en cuanto a los porotos, ¿habría sido alguna alimaña, deslizándose tan a ras del piso que no hubiera podido verla desde mi atalaya, a cuarenta metros de distancia?. Con una rodilla en tierra, revisé el suelo a la búsqueda de alguna huella, humana o animal, que respondiera a mis interrogantes, tratando de no prestar atención a la mirada suspicaz y burlona del viejito. No encontré ninguna. ¿Hormigas?. Podrían haberlo sido, pero… mansas hormigas las que hubieran sido capaces de limpiar medio kilogramo de legumbres.

Me incorporé, observando a mi alrededor. Las explicaciones convencionales llevadas a un extremo podían servir, pero la duda flotaba como un nimbo sobre mi cabeza.

Nunca supe lo que pasó, si es que pasó algo. Pero desde esa oportunidad, hace unos catorce años, he pasado innumerables situaciones de riesgo físico, me he encontrado aislado en pueblos desconocidos sin un peso en los bolsillos y en todos los casos y en contra del cálculo de probabilidades, salí bien parado. Suerte, dicen mis amigos. “Itirá porá” (“compañero lindo”) dirían los correntinos y chaqueños.

Ese mismo día, el mismo curandero –expresión ésta que empleo en su más amplio contexto de respeto– asombrado, según dijera él mismo, por la prontitud de la respuesta del pombero, decidió iniciarme en otro de los misterios de la idiosincrasia guaranítica: el culto a San La Muerte. En esos momentos –en que aún no me había hecho las reflexiones sobre tarde tan extraña que sabría hacerme años después– decidí tomar concienzuda nota por un mero interés sociológico. Así, aprendí las oraciones y rituales para movilizar situaciones empantanadas a mi favor, o revertir depresiones económicas, o combatir a mis enemigos. Las anoté, decía, con fervor de bibliotecario, pero burlándome de la idea de usarlas alguna vez. Tiempo después, casi con desconfianza y mucha incredulidad, las apliqué. Y, para mi asombro, funcionaron.

San La Muerte. Señor de la Buena Muerte. Señor de la Paciencia. San La Paciencia. Señor La Muerte. San Justo Nuestro Señor de la Muerte. Nuestro Señor de Dios y la Muerte. San Esqueleto. Señor Que Lo Puede Todo. San Severo de la Muerte. O San, simplemente. Distintas denominaciones para una misma entidad arquetípica que –huelga decirlo– es sólo “santo” en la mentalidad simple pero profunda del pueblo, pues no lo registra el santoral católico. Cubierto con una capa negra y guadaña, con guadaña y sin capa, o en la versión más sugestiva de un esqueleto acuclillado y con las manos sosteniendo la barbilla, este payé o amuleto debe estar hecho preferentemente de plomo –mejor aún si es de la bala que mató o hirió a algún ser humano–, de hueso humano, o, en su defecto, madera o yeso. No debe tener más de quince centímetros de altura y si los sobrepasa, el altar que lo guarde no debe estar expuesto a miradas indiscretas.

Otra vista del altar. Arriba, al centro, la pequeña y centenaria imagen de oro macizo con ojos de rubíes de San La Muerte

Otra vista del altar. Arriba, al centro, la pequeña y centenaria imagen de oro macizo con ojos de rubíes de San La Muerte

De su origen recogemos dos versiones. Una, dice que hace mucho tiempo existía un cacique que administraba justicia en forma ejemplar. Cuando murió, Dios lo llamó a su lado para que lo ayudara en una difícil tarea. Le dijo Dios que habiendo sido tan justo en sus actos sobre la Tierra, le encomendaría el cuidado de la vida y la muerte de los humanos. Le condujo a un lugar del cielo donde le ofreció un trono, y alrededor del mismo se extendían hasta el infinito cantidades innumerables de velas, algunas recién encendidas y otras a punto de apagarse. Dios le dijo que las que estaban por terminar de arder eran de los hombres que debían morir y que él debía bajar a la Tierra para recoger sus almas. Así, por orden divina, se convirtió en el ayudante de Dios para controlar la existencia de los hombres.

 La otra versión es más –¿cómo decirlo?– aleccionadora. Es particularmente útil para explicar la imagen de cuclillas de San La Muerte, así como su denominación de Señor de la Paciencia. Y sapientísima, pues enseña que todo hombre cuenta con un arma –una sola, sí– poderosísima para trascender, aun frente al fracaso, la cobardía de su naturaleza carnal. Y que el mayor sacrificio –vencer al egoísmo frente a la propia muerte– puede transformar esa voluntad en una energía omnisciente y omnipotente. Dice la leyenda indígena que un brujo, un arandú (literalmente, “los que escuchan cosas del cielo”) se agachó cierto día junto a un curso de agua, prometiendo no levantarse hasta probarse, aun a riesgo de su vida, sus poderes adivinatorios, que todo lo que el pueblo reverenciaba y alababa tanto en él realmente merecía consideración.

            No lo logró.

¿Será un egrégoro?

En un artículo de mi autoría ya he desarrollado la posibilidad de que la mente colectiva, de la Humanidad o de un grupo dentro de esa Humanidad, genera cargas psíquicas autorreferentes pero parasitarias de ese inconsciente colectivo. Es decir, que así como el Inconsciente Personal tiene “complejos”, también los puede tener el Inconsciente Colectivo; grandes hechos traumáticos para el psiquismo de la humanidad que llevaron a expresar simbólicamente en figura de “dioses”, “santos”, etcétera, situaciones de gran carga afectiva. La escisión entre ciencia y religión, en un momento dado y por razones que sería largo enumerar aquí, está admirablemente expresada en lo que podríamos denominar “el arquetipo de San Jorge”, donde el “dragón” (en ciertas versiones, una “serpiente” que si se la vincula con el diablo es por una desviada interpretación del texto bíblico) o la serpiente que da de comer a Eva los frutos del Árbol de la Ciencia representa el pensamiento analítico, racional, contra la actitud meramente intuitiva, casi feérica, de los hasta entonces habitantes del Paraíso. Toda la historia humana expresa a la serpiente o el dragón como símbolo del pensamiento científico: los dragones celestes de China, Quetzalcóatl (la “serpiente emplumada”) de México, el caduceo de Hermes (aún hoy, símbolo histórico de la ciencia médica, sin que por eso a nadie en su sano juicio se le ocurra por ello considerarla satánica), donde el dragón y la serpiente, decíamos, son muertos de un lanzazo por el santo.

Y entonces, concluimos que más allá de la realidad histórica del santo del ejemplo –ya que esto no es realmente importante a estos fines– existe en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad un “reservorio” de energía psíquica al que llamamos “arquetipo de San Jorge”. Y como cada uno de nosotros reproduce en su psiquis la estructura holística de ese Inconsciente Colectivo, significa que yo puedo “conectarme” como si de una batería suplementaria de energía espiritual se tratara, a ese “complejo arquetípico” cuando necesito fuerza, consuelo o paz. Los rituales, las oraciones, son los “enchufes” para entrar en la red energética de los arquetipos colectivos. Esto, aun cuando el invocador no sea católico y solamente esté valiéndose, pragmáticamente, de una energía espiritual que, sin ser de esa confesión religiosa en particular, igualmente le corresponde por derecho de conciencia: el de ser humano.

Escribe nuestro amigo el doctor Antonio Las Heras (en su fundamental y de inexcusable lectura “Manual de Psicología Junguiana”): “… los arquetipos aparecen de manera particularmente apremiante en la religiosidad. Por lo tanto, la religiosidad es una actividad psíquica normal y hasta tiene un contenido equilibrador indispensable. La neurosis estaría vinculada a un debilitamiento o a una expresión unilateral o tergiversada de ella. Jung insiste en que la salud psíquica y la estabilidad del ser humano dependen de la correcta expresión de la función religiosa natural del hombre, y establece una interesante relación entre salud psicológica y verdadera religiosidad…”.

Debemos entender entonces que la relación que durante la invocación establecemos con un ente es sincrética; recordemos que fue precisamente Jung quien estableció la existencia de un “principio de sincronicidad”, es decir, la existencia de hechos simultáneos en esencia en puntos distintos del espacio-tiempo. Así, la telepatía se explicaría como dos imágenes mentales idénticas sin relación causal directa que se hacen presentes simultáneamente en dos psiquismos. Y una premonición, percepción de un hecho futuro, sería el evento práctico en sí que ocurre (ocurrirá) en un tiempo por venir, y su reflejo degradado ocupando el aquí temporal en nuestra mente.

En síntesis: el resultado de las invocaciones no hará “descender” al ente convocado, sino que producirá en nosotros las cualidades distintivas del mismo que, en este caso, serán los Arquetipos dormidos en el inconsciente colectivo de la Humanidad.

Además, ciertos inconscientes grupales (una etnia, una común ideología religiosa, artística, etc.) hasta un simple grupo de amigos pueden conformar su propio “mini” Inconsciente Colectivo y, voluntaria o involuntariamente, recrear sus propios arquetipos. Pero también, por extensión de aplicación de las leyes del Kybalion (de imprescindible lectura para los estudiosos de estas disciplinas) alimentar imágenes comunes hasta recrear una entidad psíquica, autónoma, pero que no subsiste más allá de la persistencia del grupo: un egrégoro. En tal sentido, San La Muerte puede ser un egrégoro del Inconsciente Colectivo guaranítico.

Y finalmente, que no importa si San La Muerte es “real” o no (ya que el mismo concepto de “realidad” es sumamente discutible). Lo que importa es que al paso de los siglos, generaciones crecientes de correntinos, chaqueños, formoseños, brasileros, paraguayos, misioneros, uruguayos, etc., creyeron en él, levantaron templos, lo alimentaron con sus angustias y sus devociones, crearon y forjaron un mito que perdura egregóricamente. Porque esa es la verdadera fuerza del Ocultismo: que no interesa realmente si estas cosas alguna vez existieron, ya que al sostenerlas, creerlas y extenderlas al paso del tiempo ello terminó haciéndolas realidad, con la fuerza indomable de la creencia folklórica, la intensidad del mito, la energía del arquetipo con el cual “sintonizamos” (y junto con él con su energía, su intensidad y su fuerza) mediante, según señalara, el ritual y la oración.

Las técnicas

 Los escépticos pueden desconfiar de la realidad de lo que a partir de ahora llamaré Arquetipo Protector así como de sus adaptaciones culturales (arcángeles, ángeles, santos, etc.) y seguramente explicarán tanto su presencia en el Inconsciente Individual así como en el sustrato cultural de un pueblo o un grupo de personas en base a argumentos psicologistas convencionales. Pero en este terreno, como en el de toda la religiosidad, debemos andarnos con cuidado.

 Leemos nuevamente a Las Heras: “… el sentimiento religioso tiene una génesis muy particular. Jung, por ejemplo, acepta inicialmente el punto de vista de Freud sobre el origen del sentimiento religioso: las representaciones de la divinidad tienen sus orígenes en la imagen del padre, que dotada de una fuerza extraordinaria influye desde el inicio de la vida psíquica del niño hasta su represión en el inconsciente al sucumbir al complejo de Edipo. Como consecuencia de la pérdida de la figura paterna, las virtudes se desplazan a la idea de un Dios Todopoderoso y los defectos a la idea del Diablo. Pero, ¿cómo encauza el niño esta energía?. ¿Cómo se forma la imagen de Dios?. Jung considera que el padre, singularmente considerado, no basta para explicar esta imagen, sino que es mucho más importante para ello el esquema inconsciente que la constituye. Detrás de los recuerdos sumergidos en los acontecimientos de la vida particular, hay un patrimonio de la especie que se manifiesta en imágenes arquetípicas. De esta manera, para Jung, se abre el camino para la concepción de Dios, no ya como sustituto del padre, sino por el contrario, es el padre físico el primer sustituto que el niño encuentra de Dios…”.

Como ya hemos visto, y basado en estas investigaciones, Jung concluye que el hombre posee una “función religiosa natural”, necesaria e inevitable expresión del dinamismo psíquico, cuya función es dar expresión conciente a los arquetipos.

Pero, ¿porqué ejercen efecto en el mundo material?. Porque, según hemos visto, tales arquetipos son vórtices psico-espirituales con un gran potencial de energía latente. El punto pasa, en consecuencia, por evaluar de qué forma ha de manifestarse esa energía.

Ya hemos analizado que si trabajamos sobre simples imágenes exteriores (estatuillas o estampas) o simplemente seguimos mecánicamente la oración del rito dirigido por un tercero, esa pasividad, esa falta de iniciativa generatriz personal puede ser considerada como dotada de aspectos thanáticos  en el sentido de que la pasividad significa involución, y veremos así reducidos sus verdaderos efectos. Pero (y atención a esto) si reconstruimos mentalmente el arquetipo concentrando nuestra atención en él y en su conducta, será tan poderosa la generación de energía mental que alcanzaremos, ampliamente, los objetivos que nos hemos propuesto.

Nótese que distintas escuelas de pensamiento oriental (incluídas algunas de Budismo Zen y Tantrismo) tienen, como parte de su entrenamiento, el pasar horas pensando, imaginando, reconstruyendo hipotéticamente combates con poderosos enemigos o monstruosos animales. La experiencia de siglos ha demostrado que ese trabajo mental (que puede sorprender a más de un occidental convencido de que el desarrollo psíquico está, cuanto menos formalmente, reñido con la violencia, aunque ésta sea imaginaria) desarrolla el “chakra” del entrecejo (vulgarmente conocido como “tercer ojo”) que pasa así a convertirse en el foco energético catalizador de nuestras intenciones.

Por otra parte, alguien puede cuestionar la realidad de la visión arquetípica, alegando que al modelarla con la imaginación carece de identidad objetiva. Pero, como he dicho, es tan ambigua la palabra “realidad” y tan discutible el concepto materialista que podemos tener de ella, que es cuanto menos observable que aquello que existe en nuestra mente no existe fuera de ella. Recuerden al poeta chino: “Anoche soñé que era una mariposa que volaba por el campo. Y hoy, no sé si soy un hombre que ha soñado con ser una mariposa, o una mariposa que sigue soñando que es un hombre”.

¿Qué es lo que nos asegura que nuestro estado de vigilia conciente es más real que el sueño?. ¿Acaso la materialidad?. Lo dudo. En nuestros sueños, los seres allí presentes (incluidos nosotros mismos) tenemos experiencias muy vívidas, aun sensorialmente hablando. Lloramos, sufrimos, gozamos, comemos, olemos, hacemos el amor… para comprobar, después, que todo ha sido un “sueño”. ¿Cómo puedo estar seguro de que en este mismo momento yo mismo –y ustedes– no somos el sueño de un ser infinitamente superior?. ¿Acaso la objetividad de las cosas que me rodean o la Historia pueden ser pruebas?. Racionalmente en absoluto, ya que las “cosas” de nuestros sueños son igualmente tangibles, y los seres que por ellos pululan tienen su propio pasado e incluso viven días o meses de sus vidas (hacen su Historia) en sólo segundos del tiempo objetivo del durmiente.

El hecho fundamental es éste al recrear mentalmente al Arquetipo (en este caso, San La Muerte, pero puede ser también cualquier otro de similar arraigo) latente en el Inconsciente Colectivo y nuestro Inconsciente Individual. Este reflejo conlleva la transferencia de un cierto potencial energético, por supuesto menor que el que anida en el original (de todas formas ninguna mente humana por sí sola podría almacenar siquiera un segundo toda la energía que duerme en un Arquetipo), de la misma forma que una imagen reflejada en un espejo lo es porque buena parte de la luz que enmarca al objeto se reflecta sobre aquél, perdiendo a su vez buena parte de su luminosidad original.

Por supuesto, a cualquiera puede ocurrírsele variar las características del arquetipo o del ritual, pero a tales experimentadores les comento que supongo que con ello sólo conseguirán agotar sus energías sin otro resultado: es la pureza del ritual la que asegura el mismo, porque es el ritual el que al conservarse y repetirse a través del tiempo activó como un feedback (un sistema de retroalimentación) el arquetipo, fortificándolo. El ritual será, entonces, algo así como un “transformador” que permitirá que la inmensa energía latente en el arquetipo pueda ser transferida a nuestra persona sin “fundir” nuestros sistemas.

Un hallazgo significativo

 Obsérvese que la “leyenda indígena” sobre el origen de la creencia era –hasta ahora y por lo menos para mí- sólo un “dato oral”. Ello, sin desmerecer (al contrario de lo que suelen hacer los academicistas) la validez de la transmisión generacional y oral, en tanto resignifica la tradición como “viva” y especialmente es un recurso hábil en horizontes culturales sin escritura. Pero habría de esperar varias décadas –más precisamente, hace pocos días atrás y que “dispara” la redacciòn de este artículo– para hallar una evidencia arqueológica.

La vitrina del museo con el hallazgo de referencia

La vitrina del museo con el hallazgo de referencia

Fue en ocasión de una visita a las minas de Wanda, en la provincia de Misiones. Las mismas cuentan en su predio con un pequeño pero interesante Museo, gemológico, paleontológico y arqueológico de hallazgos durante las excavaciones. Y allí, en una vitrina, junto a una etiqueta que decía “Hallado en un cementerio indígena de las proximidades”, un pequeño San La Muerte, de madera, en posición acuclillado.

El Museo no permite fotografías, de manera que la que ofrezco tuve que obtenerla a hurtadillas. Si bien no fecha la antigüedad del hallazgo, el hecho que haya sido en un osario indígena le da relevancia. ¿Porqué?. Porque ya en tiempos modernos –aún coloniales- los infdígenas aculturalizados eran sepultados en cementerios cristianos. Si es un cementerio indígena, pertenecía a un grupo étnico que ni se integró a la “civilización” ni –mucho menos- a las “reducciones” jesuíticas que supo haber en Misiones (aunque no en esos parajes). Es decir, aunque su antigüedad –especulando- sea de doscientos o trescientos años apenas, refleja por su virginidad cultural la idiosincrasia pura de esos ancestros. Y si sepultaron a uno de los suyos con esta imagen, es porque la creencia en esa entidad (que seguramente llamaban de otra manera) estaba plena y viva entonces. Más

Ampliación

Ampliación

aún la representación acuclillada, habida cuenta, como vimos, que la postura erecta del esqueleto con una guadaña sí es una “intoxicación cultural” que llegó con los jesuitas.

 La correspondencia mexicana

Nadie ignora la intensidad del culto a la Santa Muerte que existe en México. Sin entrar en hollar en el mismo, me pregunto si esta correspondencia –al igual que en el culto que nos ocupa, pueden rastrearse sus raíces hasta antes de la llegada de los españoles- se debe a una creencia que se difundiò por todo el continente en tiempos arcaicos o se trata de la expresión de un mismo Arquetipo Colectivo en contextos socioculturales e históricos absolutamente disímiles, pero más o menos simultáneos.

Addenda

 Recientemente cayó en mis manos, como parte de mis lecturas cotidianas, un “Ensayo sobre Budismo”. Y yo, que no creo en las casualidades sino en la causalidad, no puedo dejar de participar a los lectores de un pequeño pero sugestivo hallazgo en esas páginas que, tangencialmente, se vincula con el espíritu de San La Muerte.

Dice dicho tratado que Buda (más propiamente, el príncipe Siddharta Gautama, ya que ser “buddha” es una condición espiritual) después de buscar infructuosamente al maestro que le revelara el sentido último de la vida, supo tomar una drástica decisión: se sentó al pie de un árbol, jurando no levantarse hasta que la Suprema Verdad le fuera revelada.

 Uno no puede menos que admirarse de esta correlación con una de las dos leyendas que nos narran el origen de San La Muerte (ver aquella del sabio acuclillado a orillas del arroyo), con esa repetición arquetípica de la preeminencia de la voluntad hasta por encima de la propia vida.

Sólo que el Buda tuvo más suerte que el ente esquelético: la verdad le fue revelada al día siguiente.

 

 

 

 

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Podcast AFR Nº 168: Los orígenes esotéricos de Capilla del Monte

Posted by Quique Marzo en 17-05-2016

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

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En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Al pie del mítico Cerro Uritorco. Aspectos comprobadamente históricos de la traza fundacional. ¿Existe la ciudad de “Erks”? La “capilla neotemplaria”.
  • Respondiendo a los podescuchas: acerca del podcast anterior sobre religiones afrobrasileñas. Los medios masivos de comunicación están para desinformarnos. Iglesias mediáticas: Pare de Sufrir. Las incorporaciones y despachos de Quimbanda.

 

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RAPA NUI (ISLA DE PASCUA) CON GUSTAVO FERNÁNDEZ; Del 8 al 17 de febrero de 2017

Posted by Gustavo Fernández en 20-04-2016

1Una viaje Iniciático: acompaña a Gustavo Fernández a los sitios ceremoniales y sagrados de Rapa Nui. Conoce lo que esconden sus “ahus”, deslúmbrate con los enigmas de los “moais”, conoce la magia de sus volcanes, bucea en las aguas más transparentes del Pacífico, visita sus islotes donde el mito del “Hombre Pájaro” arroja desafíos al hombre y la mujer contemporáneos. Y participa activamente, diviértete en la “Tapati”, su fiesta anual, la más importante de la Polinesia.
 
Itinerario:
Día 1: salida desde Buenos Aires, escala en Santiago de Chile
Día 2: Recorrida por Hanga Roa, visita al Ahu Tahai, cementerio, Museo Antropológico. Por la noche, Tapati
Día 3: Visita a Puma Pau, Ahu Akivi, Hanga Ki’Oe. Noche libre (Tapati)
Día 4: Visita de día completo al volcán Rano Raraku (donde se tallaron los Moai) con su lago interno, Ahu Tongariki, Te Pito Te Kura y su misteriosa Piedra Sagrada Magnética y playa de Anakena.
Día 5: día completo en playa de Anakena (quien lo prefiera, día libre)
Día 6: Visita al volcán Rano Kau, la aldea Ceremonial de Orongo y Ahu Vinapú.
Día 7: Buceo (optativo). Por la tarde: visita náutica a los Motus (islotes).
Día 8: Libre. Por la mañana, sugerida caminata a Ana Kakenga -5 km- visita a Cueva Dos Ventanas. Tarde: Cierre de Tapati, sugerimos “producirse” de acuerdo a la cultura local.
Día 9: Regreso
 
IMPORTANTE: la organizaciòn se reserva adelantar (o retrasar) un máximo de 48 horas el esquema ya que puede ocurrir que los organizadores de la Tapati también hagan modificaciones de fechas. Tambi`´en, la redistribuciòn de la actividad de acuerdo al clima o disponibilidad de vehículos.
 
tahaiINCLUYE: pasaje en aviòn ida y regreso (si hay modificaciones de horarios por parte de la compañía aérea puede implicar una noche en Santiago), ocho noches de alojamiento en Hostal ATARIKI (en pleno centro de Hanga Roa) con desayuno incluido (o similar), Boleto Único de Acceso a Sitios Arqueológicos, transportes a sitios arqueológicos. Transfer in/out aeropuerto. Guía de Gustavo Fernández
Nota: el hostal Atariki no es de los más lujosos, pero siendo Isla de Pascua un destino turístico caro -tengan en cuenta que prácticamente todos los abastecimientos tiene que ser trasladado desde el continente- lo elegimos -como en anterior visita- por la cordialidad de sus propietarios, su inmejorable ubicaciòn y tener las comodidades suficientes y necesarias.
 
NO INCLUYE: otras comidas. Alojamiento en Santiago en caso modificaciones de horarios de vuelo obliguen a hacer noche, trtansfer in/out en este último caso desde y hacia aeropuerto. Seguro médico.
 
ARANCEL TOTAL: $ 28.000 (veintiocho mil pesos argentinos)
 
Concurrentes de otros países: deben gestionar por sus medios llegar a Isla de Pascua desde donde nos encargamos de la organizaciòn.
 
PASOS A SEGUIR: por estrictas cuestiones de organizaciòn, EL CIERRE DE INSCRIPCIÓN será el lunes 8 de agosto de 2016, con un único pago de $ 6.000 para reservar su plaza. Del saldo, el 60 % antes del 12 de setiembre (puede ser con tarjeta de crédito y en cuotas, este marcado anticipo del viaje es para congelar el precio del boleto aéreo). Saldo restante, al llegar a Rapa Nui.
La organizaciòn no se responsabiliza por modificaciones tarifarias de pasaje aéreo.
 
Desde Argentina:
Cuenta Banco Nación:
Caja de Ahorro
C.AH.: 2650-3907270516
CBU: 01103906 – 30039072705165
CUIL: 20-21512438/0
 
Desde el exterior:
Por Western Union a nombre de:
Apellido: Fernández
Nombres: Gustavo Mario
Doc de identidad: 12.154.716
Argentina
Enviando mail a: caintegral@yahoo.com.ar con nombre y apellido completos, fecha de nacimiento, teléfono personal, otro teléfono de referencia familiar, domicilio, número de documento o pasaporte, medicaciòn y posología (si se hace uso)
Para saber más:
 
 

Saludos cordiales

El Equipo de AFR

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EL MENSAJE DE LAS CALAVERAS DE CRISTAL (primera parte)

Posted by Gustavo Fernández en 14-04-2016

Sitio arqueológico de Chavín de Huantar

Sitio arqueológico de Chavín de Huantar

Inevitable escribir esta historia en dos partes. Porque una, la primera, ésta, tiene que ver con algo que fue. La segunda, con lo que vendrá en pocas semanas. Y no se explicaría la una sin la otra. De manera que invito a mis lectores a repasar esta historia (repasar, porque en buena medida ya la he contado) como necesario prolegómeno a la lectura que -paciencia mediante- deberá esperar a mi próximo viaje programado en julio a otro enigma para con él tratar de explicar este misterio: Chavín de Huántar. Insisto (porque nunca falta el distraído que pregunta lo obvio) : vuelvo a escribir sobre un tema que ya lo he hecho, sólo porque han pasado tres años (y apuesto doble contra sencillo que hasta quienes lo leyeron en su momento posiblemente lo han olvidado) y porque su desenlace en ese entonces tan infuso en la lejanía, hoy está muy próximo. Lo que me eximirá, cuando vuelva sobre este tema, a extenderme en prólogos e introducciones.

Soy plenamente conciente que mi razón de ser (cuán grande queda el término “misiòn”) en estos andares es la investigación. Y que la misma, si se precia de objetiva, debe tratar de tomar distancia de la propia emocionalidad vivencial aunque gracias al Principio de Indeterminaciòn uno (yo) experimenta cierto alivio cuando descubre que, después de todo, nunca se podrá dejar de ser subjetivo e interactuante.

Tres años atrás, un viaje. Uno de tantos otros, a México me permitió encontrarme con varias de las “calaveras de cristal” (así llamadas aunque no son necesariamente de esa sustancia), momentáneamente en custodia de la profesora Susana Rivera Vázquez en la ciudad de Puebla (gracias a la amabilidad de los queridos amigos Alma Briseida Álvarez Lomán y Christoph Motzet). Una vez más –aunque esto es sólo un comentario de color- tuve que volver a preguntarme, como alguna vez lo hiciera en tierras francesas en mi propia búsqueda del Grial, si había una sutil y casi jocosa fuerza oculta que me abría puertas y ponía en el camino de eventos sorpresivos para no permitir que jamás se agote mi capacidad de asombro.

Estudiando las calaveras de cristal

Estudiando las calaveras de cristal

 Para comprender el contexto, refiramos que la amiga Susana no es alguien desconocido y carente de representatividad intrínseca. Dirige la Escuela de Estudios Superiores en Medicinas Alternativas y Complementarias “Mashach”, (www.medicinasalternativas.edu.mx ) la primera institución en México reconocida oficialmente en el dictado de Terapias Holísticas, con Diplomaturas de validez oficial. Además de bellísima persona, tiene sobre sus espaldas el mérito y la responsabilidad de ser no solamente la cara visible más académica de estos abordajes complementarios sino el eje de inflexión entre los mismos y los estamentos educativos formales. Que no es poca cosa. Razones que –colijo e intuyo- pesaron lo suyo para que por distintas vías los objetos de nuestro interés llegaran a sus manos.

  Mencionemos un hecho no menor- este material es parte del patrimonio certificado por el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), la entidad oficiosa que en México tiene absoluta autoridad sobre cuestiones arqueológicas. Rivera Vázquez es entonces custodia, depositaria; no propietaria. Esto implica dos aristas interesantes: primero, que autentica la validez histórica del material, eliminando la posibilidad de fraude –o que haya sido víctima de alguno, y en segundo lugar, ubica las piezas en un contexto arqueológico, por lo tanto, ancestral.

Un siglo de preguntas

   Desde que en 1927 Mitchell-Hedges encontrara en Lubaatún el famoso cráneo –aunque el Museo Británico tiene otro en su colecciòn desde 1897- la polémica entre “creyentes” y “detractores” signó este misterio como a tantos otros. No abundaré aquì en la polémica por ser sencillo encontrar abundantísimos referencias en Internet; sólo permítaseme decir que los argumentos “en contra” me parecen forzados, más enfocados a buscar dibilidades en los argumentos “a favor” que en hechos concretos. Y ciertas “evidencias”, como el hallazgo de “residuos de abrasivos modernos” en la calavera del Museo Británico me parecen sospechosos. Primero, porque “ensucian” la credibilidad del artefacto pero no explican por sí mismos el misterio de su fabricación. Y segundo, porque tengo fuertes razones para sospechar que desde hace unas décadas a esta parte hay una verdadera “contraconspiraciòn” en ciertos ámbitos académicos para descalificar mediante robos, manipulaciones, etc., toda prueba de “ooparts” (“out of place artifacts: artefactos fuera de lugar”). Si esta “operación” es producto de la “intelligentzia” académica o hay una mano Illuminati detrás –o ambas, funcionales la primera a la segunda- es una reflexiòn que excede el ámbito de este artículo.

 Fue empero en años recientes que comenzó a circular la versiòn de la existencia de “otras” calaveras, y de alguna manera, todas vinculadas, si no en origen cuando menos en finalidad, entre sí.  Para bien o para mal, la última película de Indiana Jones abundó en ese contexto. Y si bien la exageración visual de la cinta enturbia la idea primigenia, ésta es correcta: el fin de la multitudinaria existencia de calaveras –porque existen cientos en todo el mundo- es ser reunidas para producir “algo”. Pero qué es ese “algo”, es materia de opinión.

O de vivencias.

El Tlatoani (frente)

El Tlatoani (frente)

 En puridad, no son todas de cristal. Las reunidas en Puebla, por ejemplo, son de cuarzo blanco, cuarzo verde, cuarzo café y ciertas formas de mármol. Una, incluso, apodada “el Tlatoani” (“máximo jefe”, en nahuatl) es un cráneo humano recubierto de obsidiana, malaquita, jade, nácar…). Según su custodia, estas siete en concreto deberán servir de “disparador”, de poder convocante de otras muchas, hasta más de quinientas, que deberáan encontrar la forma de reunirse.

  Aquí es donde debemos hacer un alto en un ámbito aún no agotado, y plantear preguntas claras como punto de partida.  Por ejemplo, su origen geográfico. Alguna, como la del Tlatoani, extraída de la zona del Templo Mayor de Tenochtitlan, en pleno México DF. Otras, provenientes de la zona maya. Históricamente, de un período en todo caso prehispánico y quizás, como la llamada “Quetzalcoátl”, de sospechados cuatro milenios. Por cierto y en el caso de esta última, además del interrogante de la belleza de su confecciòn en tiempos en que se supone las herramientas eran más que toscas –y obsérvese que casi

El Tlatoani (lateral)

El Tlatoani (lateral)

todas ellas tienen delicados trabajos en sobrerrelieve, con lo intrigante que resulta la dificultad del mismo frente al más sencillo bajorrelieve- cabe preguntarse: habida cuenta de la habilidad técnica de esos pueblos para reproducir con fidelidad patrones, medidas y configuraciones humanas, el gran tamaño de esta calavera…. ¿es una licencia del artista o representaba a un ser cuyo cráneo tenía precisamente esas proporciones?.

Ya saben hacia donde apunto. ¿Imaginería artística?. ¿Objetos de culto?. ¿O imágenes perennes de visitantes extraterrestres?.

   Y aquí viene el que fuera mi dilema. Estudiar las calaveras significaba ser permeable a la idea de experimentar con ellas. Era lo que me pedía Susana que hiciéramos, todo mi grupo  y yo mismo. Dejando de lados prejuicios a favor o en contra de experiencias místicas, había que permitírselo, por educación y respeto y por objetividad investigativa. Pero a sabiendas que cierto público siempre elogia mi supuesta objetividad analítica y no prestarme a “divagues” de tipo místico, hizo que luego de esa noche me preguntara si haría bien en comentarlo públicamente, porque cualquiera tendría el derecho de pensar que fuera invento mío. La duda me duró, debo admitirlo, sólo un rato. Luego me encogí de hombros y concluí que mi obligación, precisamente para con mis lectores, es contar la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Y que cada uno piense lo que desee.

"Quetzalcoatl"

“Quetzalcoatl”

 De modo que, solo, caminé frente a las calaveras y comencé a tomar una a una.

 “Quetzalcoatl” llamó poderosamente mi atención, porque la fidelidad de sus rasgos –que hablaban de una cuidadosa atención puesta en obra por el artista que la hizo- se contradecía con su tamaño desproporcionado, lo que me hizo preguntar si no remitiría a un “guiño” de origen extraterrestre. En efecto, si tan pulcros y puntillosos habían sido sus elaboradores en los detalles anatómicos, ¿por qué no ser igual de prolijos al respetar el tamaño?. E hipotetizo: porque el original –vivo o no- de donde se tomó el modelo tenía, precisamente, esas desmesuradas proporciones.

Una consideración similar podíamos tener con la denominada “la princesa”, es decir, la más pequeña. Y respecto a las otras, es oportuno señalar aquí que su custodia les da “nombres propios”. Por ejemplo y si la memoria no me falla, “Isamar” es el dado a la de cuarzo verde. Cuenta nuestra anfitriona que los mismos, asociados a particulares vivencias, ocurrieron en su vivienda en tiempos recientes de reunir las mismas, y aquí es donde la racionalidad objetiva debe tomarse un descanso.

 No soy yo quien pondría en duda las manifestaciones de la profesora Rivera Vázquez. Pero ustedes me conocen: fiel

"La princesa"

“La princesa”

a mi espíritu que “no puede explicarse un enigma con otro misterio”, considero que las “canalizaciones”, “videncias” y otros fenómenos son plenamente dignos de consideración pero no me presentan evidencias palpables. Por lo que en ese momento, escuchaba con atención las palabras de nuestra amiga mientras –esto s importante- videogrababa a la misma. Hacía largos minutos que había comenzado a reportar todo en imágenes, hasta con los detalles formales de interrogar inicialmente a la paciente Susana en cuanto a sus propios datos filiatorios, circunstancias por las cuales las calaveras habían llegado a sus manos y un largo etcétera.

Las vivencias

 Susana nos propuso, simplemente, que tomáramos las calaveras y nos concentráramos en ellas, tratando de “conectarnos” y esperar “a ver qué pasa”. Primero lo hicimos individualmente –y sobre ello escribiré- Luego, tras una meditaciòn guiada, grupalmente. En cuanto a experiencias personales, sé que todos y todas –hablo de mi grupo: Mariela, Nora, Estela, David, Sebastián, Joaquín- tienen algo que contar pero por discreción no relataré lo que ellos me confiaron; sólo me remitiré a mis propias vivencias.

"La princesa"

“La princesa”

 Era quizás inevitable que la custodia de las calaveras me honrara indicándome ser el primero; así también era ciertamente inevitable que la situación me incomodara un tanto. Nunca me creí un buen canalizador de nada. No convivo con contactos preternaturales y mis convicciones, y las enseñanzas que transmito, no son el fruto de mensajes de otras dimensiones, sino del estudio, la investigación y la reflexión. Así que por educación y respeto acepté la incómoda situación, pero críticamente escéptico de que, por lo menos a mí, me pasara algo. De modo que mientras me levantaba de mi asiento y caminaba al frente, iba organizando mentalmente la excusa que daría al rato, conformando y no hiriendo susceptibilidades. Suelo ser bastante convincente, y mientras tomaba en mis manos la primera calavera –la más grande, la que llaman “Quetzalcoátl”- me dije que, después de todo, terminar la experiencia sugiriendo con una sonrisa que nada me había pasado además de evitar una “disparada” de misticismo del resto de los presentes que permanecían expectantes –mi gente y un nutrido grupo de allegados a la casa- conllevaba también la convicción que nadie es culpable de su abotagada mendiumnidad, y entonces…

 “Nunca te alejarás de la Toltequidad”

Demoré unos segundos en reaccionar. Lo había escuchado claramente; pero mirando los rostros atentos de la

"Isamar"

“Isamar”

concurrencia era obvio que nadie de ellos había pronunciado la menor palabra. Miré la calavera frente a mí, y se estaba riendo. Se estaba riendo de mí. Tardé otro par de segundos en darme cuenta que la pétrea mueca de aquella en nada había cambiado y lo que ocurría es que estaba sintiendo que la calavera se reía de mí. No escribiré aquí la típica frase de escritores venidos a menos: “En ese momento pensé que estaba volviéndome loco”, quizás porque alguno diría que tal vez lo he estado siempre. Allá ellos: creo no estarlo y, por cierto, ni siquiera lo pensé en ese momento. Simplemente (¿simplemente?) la calavera me había hablado por medios no físicos y parecía divertida a costa mía. Sólo eso.

La frase “escuchada” merece una explicación que deberá orillar cuestiones muy personales. Lo explico brevemente aquí, sepan disculpar la indiscreción, pero necesito que comprendan el contexto. Precisamente en esos días era tema recurrente, en lo personal y en diarias conversaciones con mi señora, la posibilidad de alejarme gradualmente de la Toltequidad y el Chamanismo, dándolo como un camino ya recorrido. Era la decantación de un proceso que comenzara unos tres años atrás, cuando un par de “jefes” de la Mexicanidad  llevados por mí a Argentina en contubernio con una patética mujer local traicionaron mi confianza y me estafaran económica y moralmente y, no conformes con ello –o tal vez temerosos que en alguna ocasiòn mi denuncia pública afectara sus oscuros intereses en mi misma ciudad, captando incautos ignorantes de que, nunca tan bien empleado, el hábito no hace al monje, con promesas de “espiritualidad indígena”- insistieran durante en algún tiempo en ponerme algunas piedras en el camino. No cederé aquí, por lo menos ahora, a la tentaciòn de desnudar sus miserias morales y personales; baste saber que fuera de las acciones legales que tengo en proceso mi poca paciencia se vio harta de tanta “toltequidad de cotillón”.

"Isamar"

“Isamar”

De modo que era un período de reflexiones personales que de una u otra manera se desenvolverían en esa direcciòn cuando llega esta calavera a mi vida y me dice lo que me dijo. Tres años después, las consecuencias son para mí más que evidentes: no solamente no me he alejado de la Toltequidad, sino que he llevado la difusión de la misma a geografías impensadas, y nuestra Agrupaciòn Difusora de Sabiduría Ancestral “Casa del Cóndor”, con sede en Paraná, se ha transformado en un inevitable referente internacional sobre el tema.

      Dejé al irreverente Quetzalcoatl sobre la mesa tratando que mis facciones no delataran mi sorpresa y pasé a la siguiente, la simpática con cara de primate. Ahora no fue una frase textual lo que percibí, sino un “concepto” (no sé de qué otra forma definirlo): no debería preocuparme por mi mano. Quizás algunos de ustedes sepan que unos meses antes había sufrido una muy grave quemadura en mi mano izquierda. Había mejorado notablemente, pero tenía ciertas limitaciones y, para peor, soy zurdo. Íntimamente –ni siquiera se lo había confesado a mis seres queridos- temía en esos días que nunca se recuperara completamente su funcionalidad; es obvio que fuera lo que fuera que se expresaba a través de la misma opinaba distinto. Hoy he recuperado absolutamente su función.

   Fue entonces el turno de la de cuarzo blanco. La levanté, la apoyé en mi frente con los ojos cerrados, en silencio.

La de cuarzo blanco. De ella percibí la frase: "Busca el lanzón"

La de cuarzo blanco. De ella percibí la frase: “Busca el lanzón”

Abrí los ojos, perdiéndome en las profundidades de esas cuencas vacías y entonces, sí, “oí” mentalmente, otra vez, una frase:

 “Busca el lanzón”

Ni la menor idea entonces a qué se refería. La dejé en su lugar y continué con las demás sin que nada particular ocurriera. Se me ocurre que si fuera sólo juegos de mi imaginación, ésta es lo suficientemente creativa para que con las otras tuviera algo que contar. Tres sobre siete no es un buen promedio, pero la escasez de resultados, por otro lado, me convence que “algo”, exterior y objetivo, tuvo que ver con los mensajes.

       ¿De qué “lanzón” me hablaba?. Cuando finalicé la ronda comenté con todos los presentes lo sucedido, pensando que alguien podría darme alguna sugerencia sobre ese bendito lanzón –no tanto sobre los otros dos casos, que se explicaban solos- Todos, unánimemente, dimos por sentado que se refería a alguna lanza de gran tamaño, y recuerdo que alguna de las damas sugirió que quizás el “Tlatoani” –la calavera humana recubierta de obsidiana, jade y nácar- pedía que buscara algún arma de su pertenencia. Pero rápidamente descartamos esa posibilidad, toda vez que no me ocurriò con ducha calavera y por otro lado, ambas, la humana y la de cuarzo blanco, provenían de regiones geográficas e históricas bien diferenciadas.

  Al día siguiente visitamos el sitio arqueológico de Cacaxtla, donde aún se conservan frisos de tiempos teotihuacanos

Cuarzo café.

Cuarzo café.

o toltecas. Mientras paseábamos por el templo mi gent eme llamó a los gritos para señalarme una de las figuras, un guerrero que enarbolaba una ostentosa lanza. Sugirieron que podría ser el “lanzón” del día anterior. No me convenciò.

      Al atardecer, de regreso a nuestro hotel, decidí lanzarme a una furibunda búsqueda por Internet –que la noche anterior no me había sido posible pues la tertulia terminó en una inolvidable cena entre amigos hasta horas muy tardías- No tuve que buscar mucho: rápidamente, las primeras referencias me confirmaron lo que en el viaje de regreso del sitio arqueológico venía barruntando: que se refería a El Lanzón, monolito pétreo sumamente misterioso que se encuentra en las profundidades cavernosas bajo otro sitio arqueológico, éste en Perú: Chavín de Huántar.

 ¿Qué son las calaveras?

Cuarzo café. Inscripciones.

Cuarzo café. Inscripciones.

    Trascendiendo estas experiencias personales, he invertido bastante tiempo en meditar exactamente “qué” son las calaveras. Es decir, cuál sería, específicamente su funciòn. Y mi conclusión es que los Ancestros, profundos conocedores del manejo d elos “planos sutiles” –como lo he demostrado en mis referencias a su conocimiento y empleo de las Energías Telúricas- las emplearon como “puntos de anclaje” en el más estricto sentido parapsicológico del término.

¿Qué es un “punto de anclaje”?

  En Parapsicología llamamos así al lugar, objeto o persona donde se “adhiere” –ancla” una cierta carga de energía psíquica. “Puntos de anclaje” son cooptados por los Paquetes de Memoria

 Adherimos aquí a la hipótesis del biólogo francés Jean Jacques Delpasse: sus “paquetes de memoria”. Delpasse habría demostrado que las moléculas de la consciencia sobreviven a la descomposición del tejido nervioso, base biológica de nuestros procesos mentales. Que esos “quantum” de energía que codifican la memoria, el yo, la personalidad (en suma, la consciencia) aglutinados como un racimo de letras que portarían toda la información adquirida a lo largo de toda una vida –no otra cosa sería nuestra entidad consciente– podrían seguir insertos en el Universo perpetuando nuestra existencia, no como un espíritu adimensional incapaz de interaccionar con la materia y, por lo tanto, incompatible con nuestros modelos físicos, mucho mejor elaborados que esos ingenuos esquemas teológicos, sino como glóbulos de energía condensada: los “paquetes de memoria”.

  En consecuencia, “ronda” aquello que permanece en su consciencia subliminal como última referencia espacio-temporal, el lugar donde reposan sus restos, o donde falleciera por enfermedad o accidente, su vivienda, objetos o sus seres queridos. A todos ellos los denominamos “puntos de anclaje”.

De derecha a izquierda, mi mujer, Mariela, Susana Rivera Vázquez y un servidor

De derecha a izquierda, mi mujer, Mariela, Susana Rivera Vázquez y un servidor

  Sospecho fuertemente que los antiguos habitantes de esas tierras anahuacanas, al igual que en casi paralelos momentos históricos otros antiguos, egipcios en este caso, conocían como crear objetos que sirvieran de “vasos comunicantes” entre entidades de planos sutiles y este plano tridimensional. Es posible que la “inteligencia” que se manifiesta a través de las calaveras sea el “paquete de memoria” (“espíritu”, para acudir a un término fácilmente entendible pero que no termina de convencerme en este contexto)  de alguien que habitó en envoltura carnal y ahora contacta desde “otro plano”. Es posible también que las calaveras vehiculicen una información que esté registrada en “planos akhásicos” y nuestra conciencia, a través de ese mecanismo de defensa yoico que es la Racionaloizaciòn, la reconstruya psíquicamente como un “discurso” y una carga emocional que le de “sentido” (de la misma manera que la interfase gráfica de su computadora le permite ver en forma de letras, dibujos, fotos, videos, lo que es sólo una inmensa avalancha de “bits”). Y también es posible que sean el interruptor que comunica dos momentos del Espacio-Tiempo, el “aquí y ahora” y el “allá” de seres que desde algún lugar comparte este momento. En lo personal, tiendo a adscribir más bien a la primera de estas tres hipótesis.

 Finalmente, sólo me resta esperar, en este hilo de Ariadna que me lleva por la vida “tropezando casualmente” (nótese la sutil ironía) con situaciones y objetos extraños, las sorpresas que no dudo aguardan su turno para maravillarme. Qué bueno es, a pesar de mis años (aunque más pesa el kilometraje que el modelo) haber descubierto que no soy capaz de colmar mi capacidad de asombro.

En pocas semanas, estaré dirigiendo mis pasos a Chavín de Huantar, ese enclave que alguna vez se supuso de los más antiguos de América. Sitio de iniciación mística de un pueblo cuyas características aún permanecen en las sombras de la Historia, en sus profundidades, en el cruce de dos pasajes subterráneos, sigue durmiendo su sueño de milenios esta columna, cubierta de grifos, de sentido y razón de ser aún desconocido. Solo, penetraré en las profundidades de la tierra y con la mera compañía de la luz de mi linterna, iré a mirar de frente al Lanzón. Tal vez (sólo tal vez) encuentre alguna respuesta.

Será el momento, entonces, de compartirlo con ustedes.

Sinopsis visual de estas calaveras: https://www.youtube.com/watch?v=xoqE9uVHg-k

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Podcast AFR Nº 164: La Saga de Rapa Nui

Posted by Quique Marzo en 29-03-2016

Escuchá AFR, con Gustavo Fernández

Para ir a iVoox, clic en la imagen.

En este episodio de Al Filo de la Realidad…

  • Comentarios iniciales sobre la “Isla de Pascua”. ¿Qué más hay en la isla, además de los “mohais”? El “curanto”, vía de transmisión del “mana”. Los Incas llegaron a Rapa Nui. La totora, el camote y el “mataha”.
  • El mundo subterráneo de Rapa Nui. La cueva de las dos ventanas. ¿Cómo se formaban, trasladaban y montaban los “mohais”? ¿Son los “mohais” todos iguales? ¿Qué representan? Las cuatro rocas alrededor de la gran roca central. Una anécdota personal lindante con lo fantástico: el fantasma de la mujer y la cueva bajo el “ahu”.

 

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LA SAGA DE RAPA NUI (IV y final): DE CONQUISTAS Y EXTRATERRESTRES

Posted by Gustavo Fernández en 21-03-2016

Tal vez, en su sueño eterno, siga soñando con su casa, la mirada perdida vuelta hacia el camino recorrido tanto tiempo atrás...

Tal vez, en su sueño eterno, siga soñando con su casa, la mirada perdida vuelta hacia el camino recorrido tanto tiempo atrás…

He escrito estos días en distintos lugares que no deja de entusiasmarme las reacciones agresivas y casi insultantes de algunos lectores (me entusiasman también las proactivas pero eso, claro, es una obviedad). Y me entusiasman porque, todas, son absolutas críticas “ad hominem”, donde mis aportes y reflexiones sobre Rapa Nui en lugar de refutarse con argumentos son la excusa para una bocanada de epítetos sobre mi persona. Que invento (yo, que estuve allí, leyendo esto de personas que no han estado), que truco imágenes, que… El entusiasmo, lógicamente, nace de la convicción que si ése es el tipod e ataques, indudablemente voy po el buen camino. Como aquella oraciòn que hace años ya me enseñara el recordado abuelo Tlakaélel, mentor de la Toltequidad: “Gracias te doy, Gran Espíritu, por mis enemigos. Porque en ellos templo mi espíritu, cultivo mi paciencia, y es a través de ellos que sé que estoy en el camino correcto, pues no los tiene quien nada ha hecho en y de su vida”.

En esa tesitura sugiero a los mismos críticos (o a otros que puedan llegar) evitarse el reflujo ácido de leer, entonces, esta última entrega, porque verán más de lo mismo. O más, sin ser de lo mismo.

Este artículo será, apenas y entonces, una recopilación de algunos datos sueltos, algunos pensamientos, un par de divagaciones y poco más. Pálido telón, pero sólo telón de un acto de la obra.

La evidencia "ochentosa"

La evidencia “ochentosa”

Lo que ocultan los Rapa Nui. Escribí en su momento que tenía la certeza que, cuando menos algunos rapanui saben más de su historia, su pasado y sus enigmas que lo que aceptan comentar. Voy a una de las evidencias. En ocasiòn de llegar a Te Pito Kura, donde se encuentra esa roca esférica fuertemente “magnética” que, como dije, desvía las brújulas y –esto es lo sugestivo- rodeada de otras cuatro de menor tamaño perfectamente alineadas con los rumbos cardinales, tuvimos que escuchar a un guía turístico comentándole a un grupo que le acompañaba que esas cuatro rocas habían sido colocadas allí por otros turistas “el año pasado”. La historia era que muchos iban a no solamente apoyarse en la roca sino hasta subirse a ella y por esa razón dejaron que esos turistas colocaran esas rocas para luego levantar la barda de piedras alrededor “para que la gente no se acercara”. Dado que me había documentado (y mucho) desde hace años, ya sabía que era una mentira. Recién regresado, y cuando aún no había comenzado a ordenar todo el material, me escribe un conocido que estuvo en la isla en 2015, relatándome, sobre ese tema, que le habían dicho que las piedras “satélite” habían sido colocadas… “el año pasado”, es decir, 2014. Ustedes pueden argumentar que un año o dos no es tan importante, pero el punto que hacía tiempo que había leído sobre la existencia del conjunto de piedras. Puesto a buscar, encontré la foto que acompaño, de 1980. De un archivo muy confiable, “Memoria Chilena”. Treinta y seis años. Que ya no es un año o dos. Bien, ustedes dirán que eso no es importante; que lo que importa, en última instancia es si esas otras piedras fueron o no colocadas por los ancestros del lugar. Pero si comprobadamente son de tiempos “modernos”, ¿porqué no admitir, simplemente, que fueron colocadas hace treinta, cuarenta, cincuenta años?. ¿Porqué la mentira de “el año pasado”?. Mi opinión. Porque saben que no es contemporáneo(y sabiéndolo y mintiendo a partir de allí,, da lo mismo decir un año o dos décadas; suponen que nadie se tomará el trabajo de chequearlo).

La otra “reserva”: las cuevas subterráneas debajo de los “ahu”, tema de la nota anterior. Sumen un ejemplo con el otro y darán pábulo a mi convicción que saben más de lo que cuentan.

Relaciòn de tamaños de moai

Relaciòn de tamaños de moai

¿A quiénes representan?. Una discusión es “cómo” se hicieron los moai, y otra muy distinta “quiénes” representan. La historia oficial nos cuenta que la primera “oleada” ocupacional –la de Hotu Matua’a y su gente- habría llegado entre el 400 y el 600 de nuestra Era y unos cuatro siglos después otro pueblo –de origen desconocido- por cuya autoridad natural, conocimientos o fuerza militar se subordinaron los primeros, levantando esas imágenes bajo su direcciòn, hasta que por cuestiones ambientales o de relaciòn de poder estalló la guerra civil que exterminó al pueblo “tardío”. A unos, se les conoce como “Orejas Cortas”, o  “Hanau momoko” y los “Orejas Largas” o “Hanau eepe”. Se construye a partir de allí toda una explicación, como los moai muestra individuos de –aparentemente- largas orejas, ésos serían los “Orejas Largas” para quienes trabajaban los “Orejas Cortas”.

El problema comienza cuando avanzan los estudios filológicos y se descubre que “Hanau eepe” significa, en realidad, “gente corpulenta”. Como “Hanau momoko” significa “gente lagartija”, se supuso –otra vez “suponiendo- que se traducía como “gente delgada”. El problema es que la voz “momoko” define tanto a la lagartija como su comportamiento, así que también podría traducirse como “gente que se mueve como las lagartijas”… Toda presunciòn es posible, pero cito este ejemplo para señalar como la historia sencilla de relato infantil parece no tener nada que ver, por lo menos, con ciertas etimologías.

Así que nada demuestra que los moai, especialmente los de Rano Raraku (que, como ya señalamos y según algunos investigadores, serían anteriores a los de la costa –ya volveré sobre ello-) representen a los “Hanau eepe”. Y si no son ellos, entonces, ¿quiénes son?. Por qué no, “dioses” extraterrestres, que impactaron tan fuertemente el inconsciente colectivo de ese pueblo que los llevó a propiciar su regreso…

Lo he escrito antes: los moai de la costa nada tienen que ver con los del volcán Rano Raraku. Son más pequeños, más burdos y de distintas facciones. El “relato oficial” es que los moai se tallaban en la cantera del volcán, se llevaban a través de la isla y se ubicaban en los “ahu” de la costa. Cuando visitas el sitio, te muestran los tallados a medias (como el monumental “El Gigante” de veintidós metros de largo –o alto-), los situados en las laderas y te explican que de ahí en más se trasladaban hasta su ubicación final mientras por otro camino llegaba el “pukao”, o ¿cabellera?, ¿tocado?, ¿sombrero? Rojizo, cortados de la cantera de Puma Pau. Ahora bien, si esto era así y los pocos moai caídos a un centenar de metros del lugar de tallado se explican como “abandonados” en el proceso de carga, ¿no perdieron ninguno por el camino? (porque no vuelve a encontrarse moai “abandonados”, indicando que todos llegaron a su destino final). ¿Las complicaciones ocurrieron en esa “franja maldita” de un centenar de metros y luego no?. Poco creíble…

Moai Tuku Turi

Moai Tuku Turi

Incluso, el único moai que “desentona” en Rano Raraku es el “moai arrodillado”, o Tuku Turi. Otro porte, otra factura, seguramente otro significado. En Rano Raraku no se ve ningún moai del estilo de los de la costa, y esto es parte de la especulación que lleva a señalar que unos y otros no forman parte ni del mismo proceso de fabricación ni son los primero continuidad histórica de los segundos, suposición que se apoya sólo en el hecho que si unos están en la costa y otros no, “debe ser” que fueron hechos antes.

El “mana”. Todo un capítulo por derecho propio merece este concepto, que remite a un “poder espiritual” que radica en ciertas personas, lugares (como los “ahu”) o ceremonias. Como el “curanto”, comida típica que se bien se ha extendido al Chile continental (e incluso al sur de Argentina, llevada aquí sin duda por inmigrantes chilenos) ha perdido, en el continente todo su significado místico, que aquí explicaré, gracias a la cordialidad de un rapanui que me introdujo en este Conocimiento ancestral.

Básicamente, el “curanto” se prepara cavando en la tierra un hoyo, proporcional a la cantidad de alimento que se va a preparar, pero de aproximadamente unos setenta u ochenta centímetros de profundidad. Se calientan rocas al fuego durante una hora y media aproximadamente –un poco menos que ponerlas al rojo- y entonces se cubre el fondo del pozo con una capa de piedras. Sobre ellas, una capa de hojas verdes de plátano. Luego, la carne. Otra capa de hojas de plátano y más piedras calientes. Nuevamente, hojas de plátano y ahora el pollo, y se sigue con capas de hojas y piedras para el pescado y finalmente la verdura. Estas últimas luego de ser cubiertas a su vez por hojas, lo son también por una manta que se ajusta y se cubre todo con tierra. Así se deja durante otro par de horas, controlándose, primero, por la temperatura del suelo y luego, por el olorcillo que comienza a filtrarse. Otra hora y media más, se descubre y se sirve.

Bien, como escribiera, en Chile continental y sur de Argentina esto es simplemente una curiosidad gastronómica. Pero en Rapa Nui se afirma que el “curanto” transmite y comparte el “mana” particular del clan familiar que lo prepara. Eso explica que –a nuestra llegada- vimos distintos grupos que simultáneamente lo preparaban (en mi ingenuidad me preguntaba porqué no se reunían a hacer uno en común) y, salvo un “show” tontamente montado para turistas, no se invita a desconocidos a participar de los mismos. Por la misma razón, nadie va a un “curanto” si no confía plenamente en la familia que lo prepara, porque el alimento lo afectará o beneficiará espiritualmente de la misma manera, del mismo tenor espiritual que sean sus hacedores.

Tongariki

Tongariki

Es el “mana”, como nos dijeron todos, lo que hizo “caminar” a los moai hasta su ubicación final. Permítaseme repetir aquí que esa teoría explicativa que dice que fueron puestos de pie aprovechando sus bases romas y, atados con sogas, bamboleados hasta su destino es, estando en el terreno, absolutamente impracticable. El suelo es –lo escribí hasta el hartazgo- absolutamente irregular, quebrado, con aristas y depresiones, además de ser el conjunto orográfico totalmente accidentado. Y cuando hablan de “caminar”, los rapanui describen, en puridad, una levitaciòn a centímetros del suelo… Y si la roca de Te Pito Kura, a decir de ellos, tiene “mana”, entonces en definitiva el misterio de Rapa Nui remite al manejo de campos electromagnéticos. Tal vez esto pudiera haberlo testeado con eficiencia si -como comenté públicamente era mi intenciòn antes de viajar- hubiera podido relevar radiestésicamente los distinhtos sitios. Pero la férrea observancia del “tabú” de siquiera acercarse demasiado a los “ahu” (y no digamos a los moai mismos) hizo imposible ese objetivo. Empero, quiero poner de relevancia aquí dos detalles, quizás menores, quizás no:

  1. En Tongariki (el “ahu” de los quince moai, arrasados -éstos, no el “ahu”- por el maremoto de 1960, y luego vueltos a colocar en su lugar, revisando el lugar con mis “dualrods” o varillas radiestésicas mostró que los extremos del “ahu” coincidían perfectamente -y corrían longitudinalmente- con dos “líneas Hartmann”.
  2. Ahu Ahivi

    Ahu Ahivi

    Me permito señalar que la afirmaciòn instalada que “todos los moai miran hacia el interior de la isla” tiene una excepciòn: Ahu Ahivi. Aquí, los siete moai miran hacia el mar, más precisamente, hacia su lugar de origen. Que no es el Oeste como se publicita, sino el Oeste Sudoeste. Treinta grados al sur del Oeste, tomados con mi brújula. Si sobre un planisferio tiramos una línea en esa direcciòn (y admitiendo el decir ancestral que sostiene que señala exactamente su lugar de origen) la única tierra firme, allá lejos, son las islas Pitcairn las que están habitadas sólo desde fines del siglo XVIII. Y eso, porque sus primeros habitantes fueron los amotinados del HMS Bounty. Más allá (o más acá) sólo mar, lo que abona la historia de Hiva, la tierra que se hundió bajo las aguas…

Relevando radiestésicamente el entorno de Tongariki

Relevando radiestésicamente el entorno de Tongariki

Nos obliga el final de este artículo a dejar interrogantes abiertos. Pero qué es más estimulante que ello para el lector.

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LA SAGA DE RAPA NUI (III): La llegada de los Inkas

Posted by Gustavo Fernández en 07-03-2016

Ahu Vinapú. Mariela sirve de referencia de tamaño.

Ahu Vinapú. Mariela sirve de referencia de tamaño.

No puede negarse la fascinación que el “ahu” Vinapú ofrece. Es, aunque en menores dimensiones, la propia Sacsajhuamán presente. Esta plataforma ceremonial, ubicada al suresta de la isla, es un misterio dentro de otro enigma. Es otra plataforma ceremonial con moais sobre ella, sí. Pero el corte de las rocas y su encastre perfecto (la aburrida y ultracitada frase de “no cabe una hoja de papel en los intersticios” es rigurosamente cierta) remite a aquél otro sitio ceremonial atribuido (sé que erróneamente) a los inkas y, en todo caso, a una cultura anterior de la que éstos se nutrieron. La diferencia estribaen la menor magnificencia de los bloques. Pero el trabajo es perfecto.
Caminábamos por allí con mi mujer escuchando las explicaciones que una guía local daba a algunos visitantes. “Que se dice que es inka pero no lo es”, “que si fuera inka seríamos bajitos como ellos”, “que hablaríamos quechua”, “que…”. Este parecer es sostenido por muchos en la isla. Y parte del error conceptual de suponer que admitir un origen inka a estos restos significa por extensión adjudicar al poderoso pueblo sudamericano la colonización de la isla. Lo primero no implica lo segundo pero parece que en la resistencia (cultural, porque los rapanui se sienten fuertemente polinésicos y ajenos a América) a aceptar una presencia intelectual e histórica que no sea “pura” respecto de sus raíces es muy fuerte. Aquí aportamos algunas evidencias que tenderán a debilitarla.

Detalles

Detalles

Aclararlo es necesario: ciertamente, no creo en absoluto ni en una presencia “civilizadora” inka y, ni tan siquiera, una prolongada permanencia. Pero la escasa evidencia es inapelable. Primero, el ahu Vinapú. No solamente no hay otro con esa perfecciòn en toda la isla: no lo hay en toda la Polinesia. Para peor (o mejor, depende del lado que se mire) a unos escasos treinta metros se levanta otro “ahu”, el Tahira. Este, sí, es evidentemente rapanui, peor con una características que con humor típicamente “argento” nos obligaron a disimular nuestros comentarios frente a los demás para no herir susceptibilidades.
Me explico.
Cuando uno visita cualquier otro “ahu” (Te’peu, Tahai, Tongariki, Ahivi, etc.) el modelo se repite. Piedras, generalmente “roladas” (es decir, esferoides) acumuladas prolijamente en enormes cantidades y extensiones. Pero en el “ahu” Tahira (véanse las fotos) se trató (con pésimos resultados) de hacerse algo distinto: imitar al “ahu” Vinapú. Con grandes rocas planas puestas de muro al frente, vertical, y relleno de rocas menores, si el “ahu” Tahira hubiera estado en cualquier lejano punto de la isla quizás no habríamos reparado en ello. Pero allí, tan próximo al

Otra vista de Vinapú

Otra vista de Vinapú

Vinapú, la comparación era inevitable e irresistible. Tahira es una pésima imitación

Ahu Tahira

Ahu Tahira

de Vinapú. Con Mariela (perdón a los rapanui por la falta de respeto) nos imaginábamos tratando de copiar el modelo dejando por los inkas, mientras unos trataban de sostener las grandes moles en su lugar, otros iban y venían corriendo indicando dónde, a semejanza de los artífices sudamericanos, tenían que meter piedras mientras el grotesco conjunto, entre insultos y rascadas perplejas de cabeza, amenazaba con desmoronarse…
La comparación no solamente señala las diferencias. Aún apreciando el enorme esfuerzo que tienen que haber hecho los imitadores, es simplemente patética.

Ahora bien. ¿Qué hacían los inkas allí?. Aquí debemos recordar la bien documentada expedición marítima de Túpac Inka Yupanqui, décimo soberano sucesor de Pachacutec, en los comienzos del siglo XV. La famosísima expedición Kon Tiki, de Thor Heterdahl, demostró la factibilidad práctica de esa hipótesis según la cual la expedición inka habría llegado hasta Mangareva. En consecuencia, la hipótesis que sustentamos es que los inkas llegaron en esa expedición, permaneciendo un tiempo, para luego continuar su exploraciòn de la Polinesia.

El típico preciosismo inka

El típico preciosismo inka

Fuera de Ahu Vinapú, no hay muchas otras evidencias de esa presencia inka, lo que se

Otra vista de Tahira

Otra vista de Tahira

condice con la afirmación que no permanecieron mucho tiempo. Hay, sin embargo, dos huellas interesantes:

a) entre los rapanui y en tiempos tardíos se popularizó un “arma” que llamaban mata’a. Coloco “arma” entre comillas porque los fisiólogos han señalado que si bien, siendo de obsidiana, podría provocar heridad importantes, difícilmente fuera mortal, siendo, más posiblemente, un instrumento ceremonial. Y como demostramos aquí, la mata’a se parece extraordinariamente al “tumi” el cuchillo semicurvo ceremonial inka.
b) La otra evidencia es esta estatuilla, de apenas 40 centímetros de altura, de horizonte arqueológico inka y hoy en el

Una mata'a

Una mata’a

Museo del Oro de Bogotá, Colombia (recordemos que, siempre hablando de Túpac Inka

Un tumi

Un tumi

Yupanqui, sus numerosas –y exitosas- campañas militares llegaron al sur tan lejos como al río Maule en Chile, al Tucumán en Argentina y mucho más allá de Quito, Ecuador, al norte con lo que el hallazgo de elementos inkas en territorio colombiano no sería tan extraño). Y como es innecesario aclarar, la estatuilla reproduce en un todo a un “moai” rapanui.

¿Qué pudo haber pasado, entonces, para explicar un “ahu” inka y no otro tipo de construcciones o restos de ese origen en la isla?. Algo tan sencillo como esto. Llega a la isla la expedición inka. Y son recibidos no belicosamente, sino en buenos y solidarios términos por los locales,

La "estatuilla moai"

La “estatuilla moai”

que les proveen alimento, asistencia, todo tipo de ayuda. Y los inkas, hábiles además en cuestiones diplomáticas que sabían la necesidad de los buenos términos con ese refugio perdido en la inmensidad del océano, permanecen poco tiempo, el necesario para descansar, reabastecerse y reorientar sus pasos y parten dejando tras de sí, en señal de agradecimiento y tributo a la acogida, una única construcciòn funcionalmente ceremonial para los locales, algo que para ellos no sería tan difícil ni prolongado en el tiempo construir. Vinapú. Un modelo a escala reducida de tantas construcciones de similar tenor que jalonan su natal Q’osqo. Se me ocurre pensar, también, que la “inyecciòn” renovadora que significó la presencia inka pudo haber empujado a los rapanui a darle mayor magnificencia a sus plataformas ceremoniales, pasando de esos fundmentos basales de poco más de metro y medio a dos metros de altura sobre el suelo a erigir algunas plataformas realmente impresionantes, como la de Tahai, que en esta vista lateral, tomada descendiendo hasta el mar, muestra, con la pequeñez del moai sobre ella, su impresionante dimensiòn, poco común en otros “ahus”.

Plataforma basal del ahu Tahai

Plataforma basal del ahu Tahai

KODAK Digital Still Camera

KODAK Digital Still Camera

b

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LA SAGA DE RAPA NUI (II): EL MUNDO SUBTERRÁNEO Y UN EVENTO PARANORMAL

Posted by Gustavo Fernández en 22-02-2016

"El Gigante": 22 metros de largo

“El Gigante”: 22 metros de largo

Comentaba en mi artículo anterior ( “La Saga de Rapa Nui (I): Hechos y Presunciones” ) que la percepción que lo único, o lo más, interesante en la isla son sus moai es absolutamente errónea. Este hallazgo (la palabra “descubrimiento” me queda grande) que realicé poco antes de regresar lo pone de manifiesto.
Al referirme a “mundo subterráneo”, no hablaré, aquí y ahora, de las innúmeras cavernas, muchas de ellas completamente inexploradas, que recorren isla de Pascua como un queso “gruyère”. Dirán ustedes porqué me privé de investigarlo. Los motivos son la falta de tiempo en este primer (pero no último, seguramente) viaje, los recursos económicos para una investigación en serio y, fundamentalmente, porque las posibilidades de efectuar libremente investigaciones y exploraciones está fuertemente restringida. En efecto, mi intenciòn original, recordarán ustedes, de hacer una “prospección radiestésica” en la mayor extensión posible se vio impedida porque casi todos los sitios que hubieran sido de interés están, o absolutamente controlados y vedados para un libre acceso y desplazamiento –salvo que ustedes “investiguen” literalmente a buena distancia física- o peor aún, fueron reconstruidos, siendo evidente, por lo menos para mí, que esas “reconstrucciones” perdieron fidelidad, en forma y orientación, por el camino. Y el hecho que pasaré a relatar es un buen ejemplo de ello.

Por cierto, las agencias de turismo ofrecen excursiones (con un mínimo de doscientos noventa dólares por persona) a algunas cuevas. Las más conocidas, transitadas, habilitadas al viandante y, por esas mismas razones, absolutamente sin otro interés que el estético para la selfie. Sin ir más lejos, yo mismo me permití “ir por las mías” en la excursión en solitario que emprendí a cero costo y con idéntico resultado visual, si eso fuera un fin en sí mismo.

El páramo de la apariciòn y el hallazgo

El páramo de la apariciòn y el hallazgo

Empero, mi “hallazgo” sí se relaciona con cierta concepción del mundo subterráneo. Y paso a relatarlo.
Tenía especial interés en fotografiar el único moai con cuatro brazos que se conoce hasta el día de hoy. Es muy interesante destacar que la estatuaria de Rapa Nui no se limita a los moai o a petroglifos. Existen, además de maravillas como “El Gigante”, ese moai tallado (pero nunca extraído) de su cantera en Rano Raraku, el volcán que servía para la cincelaciòn de los mismos, de veintidós metros de altura (o de largo, ya que yace horizontal), efigies que rompen con toda lógica, como el moai arrodillado y barbado de ese mismo lugar u otro, de dos metros y medio de altura, hoy a las puertas de la Estaciòn de Bomberos, con un extraño rostro barbado ladeado y en una contorsionada postura física, más con reminiscencias griegas o asiáticas que pascuenses.

El moai de la estaciòn de bomberos

El moai de la estaciòn de bomberos

Bien, contaba entonces de mi interés de llegarme a ese moai con cuatro brazos, ubicado en lo que se conoce como “Ahu Te’peu”. Recordemos que la palabra “ahu” define a toda plataforma ceremonial, aquellas sobre las cuales se erigían los moai. El mismo se encuentra dentro de la reserva homónima, y averiguado que hube que no tenía excursión alguna grupal que se llegara al mismo, me planteé la posibilidad de hacer la travesía a pie. En el querible hostal donde nos alojábamos, me dijeron que estaba a unos tres kilómetros, una distancia nada significativa para un caminante contumaz como un servidor. De modo que temprano en una mañana, la última de nuestra estadía, me preparé con mi sombrero, agua en buena cantidad, el indispensable bloqueador solar (la isla recibe la mayor proporciòn de radiación ultravioleta del Pacífico), dejé a Mariela, mi mujer, descansando y partí hacia aquella.
No soy en absoluto afecto al fútbol; por ello, sirva esto de silencioso homenaje a Maradona y Messi, ya que al llegar –tres kilómetros de calurosa caminata después- al acceso a la reserva y dar mis datos al controlador del lugar (y descubrir que había dejado en el alojamiento el indispensable ticket oficial para acceder a los sitios arqueológicos de Te Pito O Te Henúa) fue mi condiciòn de argentino y la invocación de los santos nombres de Maradona y Messi lo que llevó al agente gubernamental, fanático de ese deporte, a hacer un gesto displicente y darme vía libre (en nombre de esos, que eran sus ídolos) paso al parque natural.
Entré con la alegre irresponsabilidad de no haber repreguntado a qué distancia se encontraba el moai. Tarde descubriría que los “tres kilómetros” de la amable propietaria del hostal no eran hasta el moai sino hasta la entrada a la reserva, y el maldito se encontraba seis o siete kilómetros más allá. Me enteré horas más tarde y de labios de un rapanui que cansinamente a lomos de su caballo pasara por allí, y nunca llegué a él. Pero ese “error” fue parte de lo que me llevó al hallazgo que describiré.

El "ahu" de la nota

El “ahu” de la nota

Así que allí estaba yo, completamente solo. Una hora hacía que había dejado atrás el acceso a la reserva y el camino atravesaba un páramo absolutamente desolado. No digo ya un ser humano; ningún animal siquiera rompía la monotonía del paisaje, montaña a lo lejos (el volcán Rano Aroi), acantilados sobre la mar cerca. El camino, con curva tras curva entre rocas, azotado por un viento creciente. Cuando me di cuenta que el moai no aparecía lo recorrido se había prolongado mucho. Pero, taurino al fin, y haciendo mías las palabras de aquél relato ancestral mexica, “okachi okachinepa” (“Un poco más. Un poco más, aún”) y consecuente con siempre exigirme “un poco más”, iba de tramo de camino en tramo, hasta la siguiente curva. Y allí ocurrió.
Estaba pensando si relatar el fenómeno de aparición paranormal que anticipé junto con la descripción del hallazgo no haría que los escépticos y racionalistas rechacen el segundo a causa del primero; luego, me di cuenta que la opinión de tales personas me importa, hoy, lo mismo que antes de viajar, es decir, nada. De manera que, hecha la salvedad, prosigo.
El punto es que levanto en un momento la vista del sendero al salir de una curva y alcanzo a divisar, tras la roca que unos treinta metros más allá indicaba la siguiente en sentido opuesto, la amplia, volátil falda de una mujer, que pensé era un “pareo” celeste y su espigada figura, cubierta por una sombrilla o parasol de color crema en el instante fugaz

La boca de la cámara subterránea

La boca de la cámara subterránea

que quedaba oculta de mi vista por la roca. “Una turista” –pensé. Quizás supiera darme una pista del moai perdido. Y como tengo buen paso, supuse que pronto la alcanzaría. Aceleré la marcha (huelga aclararlo; no estaba insolado ni deshidratado, y además de muy buen talante), rebasé esa curva siguiente, y la otra, y entré en un tramo recto del camino. En diagonal, a mi izquierda, y a una distancia no superior a sesenta o setenta metros, veo otra vez a la mujer. Acompañada de un perro de talla mediana, color marrón claro, su falda al viento (ahora, más que un “pareo” lo identifiqué como una volátil falda de muselina), una blusa color bordó, sin mangas. Delgada, alta, con ese parasol o sombrilla claramente de caña, de copa plana y tela, dije, color crema. Caminaba lánguidamente, presumiblemente quizás por algún sendero por ella conocido que atravesaba el pedregal (no se engañen por las fotos, las praderas de Rapa Nui no son campos de golf; el suelo está literalmente cubierto por filosa roca volcánica de todo tipo y tamaño donde crece aquí y allá briznas de hierba. Al caminar hay que estar atento dónde y cómo se pisa pues la caída siempre acecha). De modo que, como aún me parecía impropio comenzar a los gritos desde la distancia con mis preguntas, decidí buscar ese sendero para acercarme y consultarle.

Otra vista del "ahu"

Otra vista del “ahu”

Pero fue en vano. Avancé por el camino, teniéndola todavía a la vista, pero el sendero que supuestamente había tomado no existía. Y era imposible cortar camino a campo traviesa con ese desplazarse (tanto ella como su mascota) tan relajado, como flotando. Pero corría el riesgo de perderla, pues se alejaba prontamente, de modo que allá fui, caminando sobre piedra más piedra más piedra, en zigzag, mirando atentamente el suelo para no tropezar, avanzando en lo que presumía su direcciòn con toda la velocidad –que era poca- que el accidentado terreno me permitía. Levanté la vista una vez y estaba aún allá adelante, evidentemente ignorante de mi presencia, ya más alejada; estimé que próxima a los acantilados. Seguí caminando y al volver a buscarla con la mirada, había desaparecido.
Confundido, advertí a mi derecha un pequeño promontorio rocoso de fácil acceso. Trepé a él, con la esperanza de poder divisar a la mujer. Tenía una excelente visiòn de 360º, pero no hubo caso. Se había esfumado.
Fue allí, de pie en la soledad del páramo, que sentí por primera vez que no se trataba de una circunstancia “normal”. Durante un par de minutos traté de volver a encontrarla visualmente, a ella o al can, pero no hubo caso. Entonces, con cierta frustración, debí asumir que se había esfumado también la posibilidad de encontrar al moai y plantearme la decisiòn de regresar.

Deslizándome al interior

Deslizándome al interior

Es entonces cuando hecho una mirada panorámica a mi alrededor y me quedo paralizado de sorpresa. Allí, frente a mí, a una distancia no superior a unos treinta metros, había un “ahu” abandonado. Recuerden, la plataforma sobre la cual se levantaban los moai. Sólo podía verlo desde ese lugar. O, para decirlo de otra forma, no era visible desde el camino. Si no me hubiera desviado en persecución de la mujer, jamás lo habría visto.
Ahora bien. Debe saberse que los “ahu” son tan sagrados hoy como en el pasado. No se permite en absoluto tocar un moai o treparse a un “ahu” a nadie, y si alguien trata de hacerlo, escuchará no una, sino varias voces airadas exigiéndole que se retire. Todos los rapanui son, en defensa de esos sitios, una sola voz, y cualesquiera de ellos toma a su cargo la responsabilidad de preservar el “tabú” (tapu, en rapanui). Los funcionarios dicen que es para preservarlos por razones arqueológicas (si cada turista se llevara un trocito de roca, en décadas estarían desguazados). Sin duda es una razón, pero hay otra: se los considera peligrosos. Son el asiento del “Mana”, ese poder espiritual al que nos hemos referido y que los rapanui respetan tanto ayer como hoy.

Otra perspectiva

Otra perspectiva

Así que allí tenía yo, a mi disposición, un “ahu”. Sin moai, derruido, donde el prolijo superponer de capas de piedra que habíamos visto reconstruidos en otras aquí casi se reducía a un más o menos informe montón de rocas. Pero “ahu” al fin. Una cosa era cierta: la mujer, vamos, la “aparición”, me había llevado hasta allí.
Sorprendido y entusiasmado, descendí del promontorio y me acerqué al “ahu”. No había nadie, absolutamente nadie, en kilómetros a la redonda, pero no me aprovecharía de esa situación para violar el “tabú” (aunque admito que por un momento la idea cruzó mi cabeza), por respeto a esa ancestralidad a la que yo mismo en distintos contextos y tiempos, tanto me debo. De modo que tomé una buena cantidad de fotos (eso sí, insólitamente próximas) y lo rodeé por detrás. Me acerqué primero al borde mismo del acantilado, para ver si no existía, qué se yo, alguna escalerilla por donde la mujer (aún me resistía a considerarla “aparición” en toda la regla) hubiera descendido. Nada de nada. Entonces, sí, comencé a recorrer, observar y fotografiar el “ahu” por detrás.
Y ocurriò el hallazgo.
Porque, como muestra la imagen, muy cerca de uno de sus extremos se abría la boca de una caverna que penetraba en las profundidades y hacia dentro y hacia abajo del mismísimo “ahu”. Si quieren comprender mi conmociòn de entonces, piensen en estos dos hechos. Uno, que en ningún otro “ahu”, no solamente no aparece el acceso a ninguna cámara subterránea sino que no existe antecedente alguno, oral o escrito, que deje constancia que las hubiera. Aquí había uno. Y si hay uno en un “ahu” fuera de los circuitos turísticos una cámara subterránea, abandonado, donde muy poca gente pasa y eso generalmente por el camino (razón de más para que nadie lo haya advertido o, si alguien lo hizo, no lo considerara relevante) es lícito suponer que debe haber habido en otros. El porqué, entonces, se ocultan, es otra cosa, pero en sintonía con una presunciòn que conversábamos con mi mujer y que creciò en días previos: mucha gente rapanui sabe más de lo que cuenta.
Dos; a ustedes no se les escapará que muchísimos sitios ceremoniales de todas las culturas y todos los tiempos comparten esta particularidad: una secreta cámara subterránea bajo el visible sitio ceremonial. Lo esotérico bajo lo exotérico. Bajo Teotihuacán existe una ciudad subterránea. Bajo los templos de Teotihuacán una tercera parte de los mismos se abre a una cámara subterránea. En el Esoterismo milenario se enseña que el perfecto “occultum”, o lugar de prácticas mágicas, debe ser una construcciòn troncocónica con una tercera parte de su altura bajo el nivel del suelo (en tiempos modernos, sólo se sabe que Alesteir Crowley, en su abadía “Thelema”, tenía uno que respetaba esa indicaciòn). Bajo Silsbury, bajo Delphos, los sitios oraculares tenían un área frente a la cual asistía el pueblo lego y una cámara subterránea. Bajo Chavín de Huántar (donde encaminaré mis pasos en pocos meses para hilvanar más investigaciones). La propia “Cámara del Caos” bajo la pirámide de Khufu (Keops) con un pasillo de acceso independiente y labrada enla roca viva a una profundidad igual a la altura sobre el nivel del suelo que se encuentra la Cámara del Rey. Las “chinkanas” inkas bajo el Coricancha, en Cusco… los ejemplos son interminables. Esto habla, cuando menos, de una Sabiduría Universal que hasta en aspectos pragmáticos, funcionales, operativos, es compartida en horizontes culturales tan distantes en el Tiempo y el Espacio.

Hubo de pasar un rato muy largo hasta que emprendí el regreso. ¿Bajé a la cámara?. El estado era ruinoso e inestable, la boca de acceso reducida y rozar el cuerpo con las piedras de la entrada podía desencadenar un derrumbe. Estaba solo, recuerden, y si me pasaba algo podrían transcurrir días hasta que me hallaran. Por rápido que mi mujer avisara a la Policía, ¿en qué parte de la inmensa reserva habría estado?. ¿Por dónde buscar?. Hasta que alguien se le ocurriera acercarse al “ahu” y quizás rodearlo…  Era el último día de mi estadía en la isla, y no tengan dudas que retornar será lo primero que haré –supongo que con bastante compañía- cuando regrese. Pero algunos de ustedes, mis amigos, me conocen. Así que alllí me deslicé (sospecho que si Mariela lee este artículo voy a estar en problemas…). Pidiendo el necesario y respetuoso permiso de la Pachamama. No hasta el final, no. Sólo los primeros tres o cuatro metros; a la luz del “flash” (no había llevado linterna porque lo espeleológico no entraba en el plan del día)  vi que a unos tres o cuatro metros más un derrumbe cerraba el paso. Si era el final artificial de la cámara o esta continuaba y eso era, justamente, un derrumbe, no pude saberlo. Me tomé el tiempo para comprobar que la misma estaba totalmente vacía, y salí.

la Cueva de las Dos Ventanas. Lo brumoso es por la enorme humedad interior

la Cueva de las Dos Ventanas. Lo brumoso es por la enorme humedad interior

Y ya de camino de regreso, me di ese gusto, el de conocer una de las cuevas de la isla. La “Cueva de las Dos Ventanas”, llamada así porque el serpenteante trazo de chimenea se bifurca para abrirse en dos aberturas sobre el abismo del mar, la misma que, para visitarla, los “gringos” pagan buenas sumas en dólares. Sólo el placer momentáneo, que es más placer cuando cuesta nada. O si costó algo: como también la encontré “de casualidad” y penetré sin iluminaciòn y sin casco (ya preguntarán ustedes por la seguridad: aquí, cuando menos, descansaba fuera un grupo de turistas en caso de emergencia), el reptar a tientas en la oscuridad absoluta -algunos de ustedes sabrán de qué oscuridad espeleológica hablo- hasta llegar a la luz terminó con un simpático y sangrante corte en mi semicalva testa.
Quedará para otros artículos extenderme en otros enigmas. Sirva éste para entusiasmar a futuros visitantes a repetir mi caminata y generar las propias, reflexionar sobre esta correspondencia de sitios ceremoniales con cámaras subterráneas asociadas mientras el viento azote sus rostros como el mío cuando, tras cruzarme con el primer ser humano –ese hombre a caballo que me auguró muchos kilómetros más de caminata al moai que nunca llegué pero, claro, ya poco importaba- emprendía el regreso a Hanga Roa.

Una abertura

Una abertura

Otra abertura

Otra abertura

Los acantilados desde allí

Los acantilados desde allí

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