LA FUERZA ARQUETÍPICA DEL MUNDO SUBTERRÁNEO

Siempre afirmo que existen alquimias espontáneas en la vida. Cuando de pronto, el lugar donde estés te dispara asociaciones de ideas (libres asociaciones, siempre lindantes con el riesgo de asociaciones ilícitas de pensamiento). Y alquímico en tanto y en cuanto deja en libre flotaciòn una espuma, una efervescencia, una levadura simbólica que hace catálisis (en el sentido químico de la expresión: lo que acelera un proceso) y te pone en un lugar, ahora metafísico, de cosmopercepciòn.

Me ocurriò hace aún apenas unos días, cuando exploraba, junto al amigo Julio Víctores y equipo, las Grutas de Tecampanotitla, en Texcoco, México, lugar de nacimiento de Iztlixochitl, abuelo de Netzahualcoyotl. Y también, lo que llamamos “el pozo del Gavilán”, una chimenea absolutamente artificial e inexplorada. He estado ya antes en numerosas cavernas –o, muy posiblemente, eso –el haber estado- alcanzó un “clímax” alquímico, producto de la acumulación de vivencias y el paso del tiempo, durante esta experiencia en particular- de manera que estas reflexiones nacen no del impacto novedoso de esta ocasiòn sino, precisamente, de una percepción global.

Porque lo que en mí puede verse como fascinación, curiosidad, hobby (el subir montañas y descender a cavernas) no solamente es atractivo (lo hagan o no) para millones en el mundo: es un paradigma cultural por sí mismo. Toda cultura (cuanto más ancestral, mejor) tiene en el Inframundo, el Mundo Subterráneo, su despositario de dioses y terrores, de seres queridos que han partido, de gnomos y dragones, es decir, de lo más humano y lo más cósmico que podemos concebir. Y como un retruécano del Universo empecinado en demostrarnos que la Dualidad coexiste en lo espiritual y lo material, y que lo que anida en lo profundo de la psiquis del ser humano está expresado sincrónicamente en la Naturaleza que lo rodea.

La atracción por los misterios del Mundo Subterráneo fascina al individuo por un lado porque le habla de lo que intuye pero desconoce que anida en lo profundo de sí mismo, y que la Autorrealizaciòn (o, para ser más exactos el propio Proceso de Individuaciòn) no acabará hasta que no escarbe allì, porque no hay “completitud” si se ignora alguna de sus partes. Pero ese Proceso es correr detrás de una zanahoria que cuelga por delante y de uno mismo, porque el abismo de lo Subterráneo Interno es infinito. O, más precisamente, es una flecha de Aquiles.

Por esta razón, así como cuando, buscando ascender montañas, participamos sin saberlo en un Trabajo Alquímico y espiritual (como expliqué en este artículo ), al descender a cavernas, creyendo hacerlo por la curiosidad de “saber qué hay allí”, lo que realmente nos anima es saber qué hay dentro de nosotros mismos. La montaña y la caverna son los hornos alquímicos del espíritu; el “Atanor”. Y, como enseña el erudito doctor Vicente Rubino,  “atanor” proviene de “A-Thánatos” (Sin Muerte): quien se “cuece” en el “atanor” de la experiencia (y toda experiencia humana es un “atanor” en tanto sea “experiencia consciente”, o sea, “evolución consciente”) trasciende el significante de la muerte física (la disolución en la Nada).

Una vieja enseñanza indígena dice: “Sólo quien conoce las profundidades de su Infierno personal puede encontrar el camino a su cielo”. El espíritu en toda persona es una energía en potencia, condensada en un Todo en el cual las luces y sombras no se encuentran diferenciadas. Es el movimiento de crecimiento (la evoluciòn, el sendero a su Realizaciòn) el que posiciona unas y otras. Pero, en el comienzo (un comienzo que no tiene que ver con la línea de vida cronológica, sino con el momento en que el individuo decide “comenzar”, palabra que viene del latín vulgar “cominitiare”, “iniciar en conjunto”. El verdadero comienzo es cuando integramos: fuerzas, ideas, situaciones, cuando hacemos algo uno de lo que antes eran partes separadas). Para completar, hay que comenzar.

Comenzado ese movimiento evolutivo, el espíritu abandona el seno de la Madre Terrible, el aspecto complementario del Arquetipo de la Gran Madre, su vertiente negativa, representada simbólicamente por una tumba, un sarcófago, una caverna; la Madre Ourobórica, cuya figura aparece metamorfoseada en figuras de animales mitológicos. Descender a la caverna a matar al dragón es “destruir” (en realidad, diluir) la sombra del arquetipo materno en cada uno de nosotros. Y un Ouroboros que se muerde la cola no repite, sin cesar y sin cambios, situaciones y procesos: se retroalimenta y enriquece a sí mismo.

Como se habrá advertido, rendimos aquí tributo a la mirada jungiana sobre la Realidad. Y como señalamos en un trabajo sobre Jung y los OVNIs, el aporte revolucionario de esta aproximación está en que comprenderlo, más que filosóficamente, metafísicamente, no significa negar su realidad objetiva. Nos esperan innúmeros hallazgos en las profundidades, hallazgos materiales, físicos, tangibles; pero lo que hoy nos ocupa es qué impacto, qué efecto provoca la búsqueda (más que el resultado) en quien la emprende. Y diré aún más; dado que en el Universo –y la psiquis humana es parte de él, por lo tanto, le competen y afectan las mismas leyes, una obviedad sobre la que muchos no parecen haber reflexionado- si desde lo profundo del Inconsciente Colectivo algo nos impulsa, en tanto individuos y culturas, a “buscar” el Mundo Subterráneo, por simple economía de energía (principio universal, donde nada existe y persiste si no cumple una funciòn o tiene un objeto de ser), es porque hay allí algo que nos llama, que nos espera, que aguarda.

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