El egrégoro de la camioneta blanca

vanConfío que a esta altura de la existencia de “Al Filo de la Realidad” el lector (u oyente, si de los podcasts se tratare) tenga más o menos definido el concepto de Egrégoro, Egregor o Egrégora. Y evitaré la tentaciòn de repetirme explicándolo, toda vez que esa idea puede ocupar un tiempo (propio y del lector) que nos distraiga del título de referencia. Al neófito, entonces, encomino entusiastamente a la lectura o audición de esas referencias.

Escuchar aquí., o

Leer aquí.

Poco delicado rodeo que me permitirá entrar de lleno en la propuesta que nos concita hoy: sugerir –sospechar fuertemente, en realidad- que el “mito urbano” de la camioneta blanca que secuestra menores está adquiriendo proporciones egregóricas.
La historia es asaz conocida: una camioneta, van o “traffic” (como solemos llamarle en Argentina) inveteradamente blanca, con puertas deslizantes laterales, sin ventanillas o con las mismas opacadas y tripulada –según las versiones- por uno a tres hombres, recorre las calles de ciudades grandes y pequeñas, y hasta de pueblos, acechando la salida de niños y niñas de colegios. Según el lugar (y el momento) sus víctimas suelen ser pequeños o adolescentes femeninas. Y según los rumores, sus objetivos van desde la trata de personas hasta la extirpación de órganos para un infame mercado negro.
Es fácil constatar la historia en Argentina, Chile, Brasil, México, Perú, Colombia. Y en cada uno de esos países, en lugares tan disímiles como –en nuestro propio territorio- Río Gallegos, Buenos Aires, Paraná o Resistencia. Supongo que cada lector interesado en profundizar puede hacer un “barrido” semejante en su propio país hasta donde sé y por ahora, acotado al ámbito latinoamericano.

Los hechos son los siguientes:

– Las denuncias ya suman centenares en, hasta donde he relevado, seis países. Y en varios de ellos, distintas ciudades.
– No queda en la categoría de rumor, ya que las familias implicadas han presentado denuncias policiales y judiciales.
– Las distintas autoridades han iniciado las investigaciones correspondientes. Pero (nótese bien) no se ha podido proceder a una sola detenciòn.

Comprobado esto, la original presunciòn (la mentira inventada por algunos niños o adolescentes para disimular picardías) cae por el peso abrumador de la multiplicidad de denuncias. Entonces, cabría preguntarse: ¿estamos ante un caso de “psicosis colectiva”?. “Histeria de masas”, afirmaría algún psicólogo. Y sería posible pensar en una alucinación por contagio, si no existieran estos otros dos hechos:

– La psicosis colectiva requiere situaciones y marcos muy precisos. En primer y excluyente lugar, proximidad geográfica entre las víctimas, sometidas así a estímulos disparadores comunes. No se contagia por los diarios o por Internet.
– Y éste, particularmente relevante: existen numerosos testigos imparciales de la presencia de las “camionetas blancas”. Vecinos, compañeros de colegio, comerciantes de la zona. Totalmente fuera de la masa crítica de energía psíquica disparada en forma de histeria de masas. Ajenos a la misma. Esas “alucinaciones” no se contagian.

Entonces, ¿qué?.

Es importante recordar, antes de continuar, que un Egrégoro es, ante todo, una masa potencialmente intensa de energía psíquica. Organizada de manera autónoma, con sus propios “engramas” Y productor de, cómo no, sus propios fenómenos parapsicológicos. Entre ellos, el de “ideoplastia” (que puede ser fotografiada), “tulpas”, “formas de pensamiento”. Más aún, absorbe el psiquismo de sus víctimas, siendo uno con el mismo y, en consecuencia, lo que esté en aquél, está en éstas. Recordemos, sin ir más lejos, el caso del “experimento Phillip”.

Así que lo que propongo es esto: a partir de cierto momento, la idea –si real o supuesta, amerita una investigación que ya a estas alturas es casi histórica- de potenciales secuestradores en camioneta blanca traumó a un grupo etario dentro del espectro considerado, con tal intensidad que, relatado y compartido con sus pares, se alimentó de sus propios miedos y adquirió la “vida propia” de un Egrégoro. Y, a partir de allí, cada relato, cada noticia, cada plática de una madre temerosa con su hija, lo alimentó más, dándole esta continuidad que hoy padecen tantas familias de nuestro continente. Y que continuará creciendo, quizás mutando y adaptándose a nuevos “disfraces” mientras los temores radicales y basales no encuentren la férrea barrera de la sensatez y la prudencia racional.

Otro ejemplo (investigado por mí) de “egrégoro visible colectivamente”.

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12 comentarios sobre “El egrégoro de la camioneta blanca

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  1. Hola Gustavo, coincidencia encontré esto ayer…q explica la desaparicion de miles de ninios en EE.UU, y estamos hablando de un pais muy evolucionado en cuestion de seguridad…Ojala, no sea cierto, pero hay muchas cosas ocultas, todavia.

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  2. Estimado Gustavo
    no entiendo un punto. Acaso esta diciendo que este egregoro se materializa y secuestra niños?
    No entiendo claramente cual sería la forma de funcionar que propone. Puedo imaginar el egregoro de los estadios o de las marchas multitudunarias que recuerdo (bien o mal) de su podcast, pero no logro hacerme una idea de lo que ahora propone.
    ¿Acaso cada secuestro cierto o falso es usado por este egregoro para aparecer como camioneta blanca y ocultar los verdaderos hechos, o se funde con la intención del secuestrador para hacer que sólo use camionetas blancas?

    Saludos cordiales desde Santiago.

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  3. Buenas tardes Andrés:
    En absokuto dije que “secuestre niños”. Porque, en verdad, hay un hecho concreto: NO HAY UN SOLO SECUESTRO COMPROBADO (entié3ndase, de niños o adolescentes por (o con) la tan mentada camioneta blanca. Si los hubiera realmente, sin duda tu postulado que “se funde con…etc” sería el que me atraería, por posible.
    Pero sí creo que se “materializa” -el punto es complejo, porque habría que discernir en qué “orden de realidad” lo hace. – No “oculta verdaderos hechos” porque el hecho en sí sólo transcurre, insisto, en un orden de la realidad del percipiente (el niño o la adolescente que se cree en peligro) paralelo a la realidad en que se mueven, por ejemplo, otros transeúntes.
    Fuerte abrazo.

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