ENTREVISTA A GUILLERMO AGUIRRE: OTRA VOZ PARA EL ENIGMA DE LA CAVERNA DE LOS TAYOS

Cuando leí la noticia, no pude evitar el relámpago retrospectivo: cómodamente apoltronado en un sillón, sosteniendo, entre asombrado  y desconfiado, cuatro “láminas de Los Tayos” en mis manos. Guillermo las tenía, porque yo las tuve en mi regazo. Una de cobre, dos de plata y una de oro. Estaba en gira de conferencias cuando la lectura circunstancial de mis correos me enteró del fallecimiento de Guillermo Aguirre, biógrafo autorizado del espeleológo y erudito argentino Julio Goyén Aguado y, como tal, alguien que tenía algo que contar sobre la Caverna de los Tayos. Tuve oportunidad de comenzar a reunirme cona Guillermo en el año 2005 gracias a los oficios de la amiga Débora Goldstern, y en los años siguients, fueron muchas las veces que cálidamente me recibiera en su coqueto apartamento de Avenida Callao, en la ciudad de Buenos Aires. Aún más; en 2007 con Débora, llevamos adelante una conferencia pública en la sede de la Asociaciòn Rosacruz, en el porteño barrio de Chacarita, conferencia a la que se sumara Guillermo y donde por primera vez se exhibieron -y permitieron observar libremente por el público

Guillermo Aguirre
Guillermo Aguirre

asistente- pretendidas láminas provenientes de la Biblioteca de la Caverna de Los Tayos. Entiéndase bien: cada uno podra opinar lo que quiera sobre la autenticidad (o no) de las citadas láminas, pero fue esa la primera ocasiòn en que se ofreciò algo más tangible que fotografías en las páginas de un libro.

Enterado tardíamente de la partida de Guillermo, he querido recuperar para este blog la entrevista que le hiciera y que oportunamente publicáramos en el número 176 de nuestra revista digital “Al Filo de la Realidad”, donde también presentamos crónica e imágenes de la citada conferencia y un enjudioso trabajo de Débora que conmino a leer. No será esta la ocasiòn en que me extenderé en mi propio parecer sobre la cuestiòn (es una de las asignaturas pendientes en mi vida) aunque sólo quisiera poner de manifiesto lo que a estas alturas no debe pasar desapercibido para nadie: sólo recordando la escasa concurrencia precisamente de quienes en espacios virtuales y públicos hacían predicamento de su “interés investigativo” por este tema, salta a la vista que las actitudesw corporativas, las mezquindades de celos y envidia siguen siendo el obstáculo más grave (y no los Illuminati) para el progreso de la investigaciòn en, por caso, los misterios del pasado.

Habrá quienes descalificarán el aporte de Guillermo, considerándole un “arribista”. Habrá quienes responderán con indiferencia seguros de tener data más precisa. Sirva esta publicaciòn para rendir homenaje a un buen tipo que tuvo la fortuna de ser observador de primera fila del relato de la historia por parte de uno de sus directos protagonistas.

Conocí a Guillermo Aguirre  en ocasión de una mesa redonda sobre OVNI en el marco de una de las habituales Ferias Internacionales del Libro realizadas en Buenos Aires. Sin embargo, no fue sino hasta dos años después que nos reencontramos, esta vez en su cálido domicilio, para introducirme él y nuestra amiga Débora Goldstern en la “otra” historia de la Caverna de los Tayos. Como amigo personal del espeleólogo argentino Julio Goyén Aguado, el imperio de las circunstancias llevaron a Guillermo a ser oído atento primero y luego gestor de algunos emprendimientos donde la multifacética personalidad de Goyén, un “uomo universale”, un ser casi renacentista, de infinita curiosidad por infinitos matices de la cultura universal, lo introdujeron en el mágico mundo de “el Vasco”, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, en obvia referencia a su terruño de nacimiento al que siempre le fue tan fiel como a su patria por adopción, Argentina. Pero aún más: casi como transmigrando una posta metafísica, así como Goyén fue el depositario por igual de confidencias y arcanos secretos de otro nacionalizado argentino, pero éste húngaro de nacimiento, Janos (o Juan) Moricz, Guillermo fue el recipiendario de Julio. Aún en vida de éste, comenzaron a acunar el sueño de una ímproba biografía que se cristalizó años después del luctuoso accidente que se llevó la vida del pionero espeleólogo.

Recientemente, Guillermo ha publicado en versión electrónica su libro, “Lírico y profundo: la vida de Julio Goyén Aguado”[1] (más información en http://www.elorodegoyen.com.ar) y el 14 de noviembre de 2007 en el marco de una conferencia  presentó en público por primera vez algunos de sus tesoros: correspondencia cruzada entre Goyén y Moricz y una de las “planchas”, en este caso de cobre, llegada desde Ecuador, en poder de Goyén y presuntamente originaria de la propia Cueva. La ocasión ameritaba una entrevista a quien, a juicio de un servidor, es quien ha proporcionado una perspectiva más sensata y documentada que cualquier otra que pulule por ahí sobre este apasionante enigma.

¿Cómo te sentís ante la certeza de que sos detentador de una ingente masa de material que, de ser fiable en su totalidad, pondría de cabeza al conocimiento admitido?

El haber conocido a Julio y ser compañeros de trabajo en la empresa de mi padre desde nuestra adolescencia me fue confiriendo el conocimiento permanente y sin reserva alguna de todas las vivencias de Julio. La amistad que así se fue forjando me convirtió en su confidente natural, y podría afirmar que exclusivo. Mucho tiempo después de aquellos tiempos iniciales, dado mi conocimiento de todas las vivencias del Basko (así prefería escribirlo él) y en posesión del material que él me había ido entregando a lo largo de casi cuatro décadas, se formalizó mi designación como su biógrafo. Debes entender, Gustavo, que el casi incomprensible vínculo que existió entre Juan y Julio, que implicaba un acuerdo de confidencialidad que ambos respetaron a ultranza, debió por fuerza ser reproducido por mí para no traicionar los secretos que se me confiaran.

El material, de por sí tan importante, iguala al venero de conocimientos que fui atesorando, la mayoría de los cuales Julio me autorizó a revelar en su biografía.

Respecto de esta biografía, que titulé “Lírico y Profundo” por las razones que con tanta perspicacia advertiste, comenzó, en vida de Julio, como una auto-biografía que yo debía redactar. Su muerte modificó el escenario. En cuanto a que la información podría poner de cabeza al conocimiento admitido, lo acepto apelando al recuerdo de un par de los más trascendentales episodios que modificaron el Pensamiento Académico fundamentalista de entonces: La Tierra redonda, y el Sol como centro del Sistema.

Una de las preguntas más suspicaces que se hacen algunos es cómo resistió Julio la “tentación” de explotar —en un sano sentido— el acervo de información, materiales y evidencias que Moricz puso en sus manos, especialmente tras la muerte de éste. ¿Qué matices de la personalidad de tu amigo dan acabada explicación de ese proceder?

Contestaré con una pregunta: ¿Puede alguien imaginar que personas que han descubierto o —como en el caso de Julio— comprobado la existencia de tesoros de la magnitud de los que se trata, divulgarían su ubicación exacta sin las prevenciones del caso? Si me permites la humorada: ¿Revelaría el pirata dónde escondió su tesoro?

Moricz y Goyén eran personalidades afines; eran “almas gemelas”. La capacidad de guardar un secreto de tamaña envergadura sólo puede atribuirse a individuos de un temperamento particular, capaces de conservarlo a buen recaudo y darlo a conocer solamente cuando se verificaran las condiciones que mutuamente convinieran (y que nunca se registraron).

A partir del momento en que Moricz condujo en 1968 a Goyén a las cámaras secretas, se produjo en éste un cambio fundamental, el mismo que debe de haberse producido en Carter y Carnarvon a partir del descubrimiento de la tumba de Tutankamon. La diferencia entre los personajes y sus circunstancias estuvo dada por la inevitable difusión que por fuerza tuvo el descubrimiento egipcio, imposible de ocultar. Las condiciones no son las mismas en las cuevas ecuatorianas.

En “Lírico y Profundo”, se superponen, a mi juicio de lector, dos “máscaras públicas” de Moricz. La de investigador serio, medido en sus afirmaciones, prudente en sus juicios, y la de un expositor de ideas casi fantásticas (o plenamente fantásticas), especialmente estas últimas en ocasión de las intentonas exploratorias de grupos en los que no tuvo participación directa. ¿Es posible que haya sido parte de una estrategia para quitarle credibilidad circunstancial a este tema y, por extensión, a quienes iban detrás de esos “tesoros” sin su completo apoyo?

Coincido con tu juicio. Hay dos Moriczs, como hay un antes y un después. Hubo un húngaro que motivado por las conclusiones de varios destacados académicos de su misma nacionalidad, estudiaba las coincidencias lingüísticas entre individuos de la antigua raza Magyar y otros cuya existencia se sospechaba, ubicados en recónditas regiones de la Amazonia Ecuatoriana. A los académicos húngaros, la exposición de tales teorías les acarreó la expulsión de las sociedades científicas a las que pertenecían. Moricz recogió las banderas y un día de 1965 partió hacia Ecuador, se internó en la selva y dio con la tribu de los Sala Sakas, con quienes habló… en magyar. Una lengua muerta, reputada como de origen centro-europeo.

Debo decirte, Gustavo, que cada vez que evoco tales circunstancias me embarga la emoción, como le sucedía a Julio.

Con sólo tal descubrimiento Moricz podría haberse dado por contento. Pero por el incomparable privilegio de considerarlo Enviado del Pasado, los Caciques lo pusieron en contacto con los jíbaros que habitaban la región… “de las cuevas de los tayos, sobre el río Coangos”, quienes honrando la recomendación de los Sala Sakas (“Colorados”, como se les conoce por su tez rojiza) condujeron al húngaro a unas cavernas, en una de las cuales, impulsado por su carácter temerario e intrépido y una dosis inusitada de la “suerte del descubridor”, Moricz encontró el Tesoro. El tesoro de cuya existencia se tenían indiscutibles evidencias y que los conquistadores españoles —por citar el más documentado de los ejemplos— tanto buscaron sin éxito.

A partir del descubrimiento, Moricz se encontró ante una encrucijada en la que se le planteaba cuál debería ser la conducta a seguir. Sin comentarlo con nadie, volvió a Buenos Aires y se lo reveló a Julio. Recién después de que en 1969 decidiera hacer público el descubrimiento y solicitara la reserva de los derechos a su nombre ante el Estado ecuatoriano, comenzó a hablar del tema públicamente, obligado a responder a los requerimientos de los medios. Aquí se empieza a formatear el otro Moricz.

En su nuevo rol de descubridor reconocido oficialmente y asumiendo la personalidad de investigador serio y congruente, comienza a exponer públicamente sus teorías, redactando incluso su “Origen Americano de Pueblos Europeos”, obra que —salvo por su limitadísima trascendencia— atendiendo a sus implicancias podría compararse con la revolución que causó la aparición del “Origen de las Especies” de Darwin.

Pero Moricz no era Darwin; no pertenecía a ninguna de las sociedades, entidades, academias, clubes, etcétera, como en las que militaba el inglés. Antes bien, se lo consideraba un estrafalario petardista; un advenedizo pretensioso sin títulos habilitantes, cuyas denuncias sensacionalistas despertaron toda suerte de reacciones en su contra.

Juan, quien fuera calificado por amigos y detractores como testarudo, irascible, obstinado, impaciente, arrogante y soberbio, decidió retirar de inmediato su obra de circulación y llamarse a silencio. Después de un tiempo de estudio e introspección formuló un patrón de condiciones que deberían observarse para seguir adelante; condiciones a cumplir por quienes él sabía que se presentarían, tarde o temprano, para instarlo a revelar sus secretos.

En apretada síntesis, diré que tales condiciones nunca se cumplieron y que con el paso del tiempo su conducta se rigió por su célebre: “no seré yo ni sería ésta la oportunidad para revelar los misterios. Si por tanto tiempo estuvieron guardados bien pueden seguir estándolo…”.

Y contesto a la última parte de tu pregunta opinando que sin duda alguna, Juan hizo todo lo que tuvo a su alcance para evitar que los tesoros cayeran en manos de los saqueadores y profanadores cuyo accionar se registró invariablemente a lo largo de la Historia.
 
Sos un crítico implacable de muchos que se dicen “expertos” en los Tayos y, aún más, reivindican haber penetrado en sus profundidades. ¿Por qué?

Lamentablemente, el falsario de Von Däniken, además de su relato, nos legó otras creaciones. Una de ellas es la creación de una escuela de devotos imitadores que saturan la Red con sus invenciones, aportando un elevado grado de corrupción intelectual a la verdadera historia de Los Tayos, de la cual no conocen nada. Escriben sus paparruchas y se proclaman detentores del conocimiento. A la par, otros muchos copian a los anteriores sin vergüenza alguna, llegando a reproducir textualmente párrafos completos de sus invenciones. Lo poco que conocen públicamente desde hace años merced a las primitivas declaraciones de Moricz lo vuelcan en sus páginas, confundidos, equivocados y desorientados. El macaneo es patológico, y sus personalidades abarcan un amplio espectro que comprende tanto a adoradores de Merlín como de Indiana Jones. Imagino que cautivan a buen número de desprevenidos entusiastas. Por supuesto, algunos logran vender algún servicio, como el de guías turísticos, por ejemplo, haciéndoles creer a los pobres (y no tan pobres) concurrentes, que conduciéndolos a UNA cueva de la región podrían llegar a descubrir las cámaras secretas y retornar con las alforjas llenas. Por cierto, retornan con las alforjas vacías de tesoros y de los dólares que les costó la excursión.

Puntualizar cada infundio, cada dislate, es tarea abrumadora. Pese a mis reiterados planteos, tales escribas no eliminan de sus textos flagrantes mentiras que me afectan personalmente, como la de que “obtuve mi material ayudando a la viuda de Goyén a ordenar sus archivos”, como difundió uno y reprodujeron varios, cuando en realidad sólo tomé contacto con ella cinco años después de la muerte de Julio, cuando ya había dispuesto de todo lo que pudo. Otro chiflado exhibe una lámina que afirma ser de Los Tayos. Otros dicen que la expedición británica fue financiada por los Mormones. Y otros lo repiten.

Al igual que el que difundió la noticia del párrafo anterior y nunca la rectificó pese a mis reiteradas intimaciones, tal conducta fue imitada por periódicos ecuatorianos y por revistas y radioemisoras españolas, que ignoraron mis legítimos reclamos. Aunque comprendo que —rogando que disculpes lo que puede caratularse como falsa modestia— ¿cómo podrían embarcarse en una discusión conmigo? ¿Con qué testimonios?

En cuanto a “penetrar en las profundidades”, me remito a lo dicho más arriba. Y, apelando nuevamente a un comentario humorístico, diré que si comparamos a los sistemas de cavernas de aquella región con el complejo de túneles del ferrocarril subterráneo de cualquier gran ciudad, esta gente se equivoca de línea y de estación.

¿Cómo comulga la honestidad rayana en lo monástico de Goyén con ciertas prácticas, cuando menos, jurídicamente observables, como aceptar ser tenedor de material arqueológico extraído por vías no transparentes de Ecuador o, por caso, los restos mortales de Constantino sin el acuerdo con sus herederos históricos y responsables patrimoniales?

La honestidad de Julio era a prueba de balas y de tentaciones, de lo que pueden dar fe todos cuantos lo conocieron y trataron. Su posición como tenedor de artículos que Moricz le fue entregando, designando a Julio como su heredero universal, puede compararse a la de todos los museos arqueológicos del planeta. Para el caso, si un Estado reclamara la restitución de determinados artículos, debería primero legitimarlos y reconocerlos como pertenecientes a su acervo, cosa que dudo que siquiera intente. ¿Y qué decir de otros artículos de diferentes orígenes y procedencias?

En cuanto a la conducta de Julio para con Florencio Constantino, afirmo que nadie tuvo más derecho que él para disponer que sus restos reposaran donde el tenor quería: en la Argentina. Y se encuentran en el Museo Constantino de Bragado, que Julio fundara y dirigiera hasta su muerte. Julio cumplió con los requerimientos legales mexicanos. Y me consta que los herederos de Constantino —su bisnieta, a quien conocí en Buenos Aires en 1997 y a quien acompañé a un acto de homenaje que le tributara al tenor la Municipalidad de Bragado— se encuentran totalmente satisfechos con el destino de los despojos. Para el caso: ¿los restos de Colón están en España o en Dominicana?

¿Qué creés que afectó más a Goyén: el no reconocimiento público de sus esfuerzos y los de Moricz por el sensato y mesurado conocimiento de Los Tayos o la “traición de las momias de Llullayllaco”?

La actitud de Julio respecto de Los Tayos fue de reserva y circunspección. Al igual que Moricz, Julio simplemente dejó de hablar del tema y de responder a las incesantes preguntas que se le formulaban. El último reportaje que concedió sobre el tema fue a una revista argentina y a una uruguaya a principios de los ochenta. Y en el trabajo que redactó por entonces, destinado eventualmente a su publicación nunca concretada, nada dice de su incursión secreta de 1968 con Juan. Consecuentemente, nunca

El autor, Débora Goldstern y Guillermo Aguirre
El autor, Débora Goldstern y Guillermo Aguirre

manifestó desazón alguna por la falta de reconocimiento de un suceso que él mismo procuraba ocultar.

Lo del Llullayllaco le molestó y lo decepcionó. Julio había encabezado varias expediciones al volcán, en cuyas cumbres afirmaba haber descubierto la civilización de altura más antigua del continente. De lo anterior pueden dar fe sus camaradas del Centro Argentino de Espeleología, entidad fundada por Julio en 1970 y dirigida por él hasta su muerte. Goyén anunció formalmente y con todo detalle el proyecto de la expedición a las autoridades de la Universidad Católica de Salta, mediante debida comunicación protocolar. Para su desencanto, días después se anunció públicamente, con bombos y platillos, el descubrimiento de unas momias incas por cuenta de Johan Reinhard, un expedicionario patrocinado por la National Geographic Society.

Nadie pudo quitarle de la mente la certeza de que Reinhard fue ayudado a apresurarse para ganarle de mano.

Tiempo después se comprobaría que lo de Reinhard era mentira.

¿No sentiste en algún momento de la tarea de redacción de tu libro que Los Tayos estaba eclipsando el “leit motiv” original, que era contar al mundo quién era Goyén?

La pregunta es pertinente. Desde siempre supe que el capítulo de Los Tayos ocuparía la mayor parte de la biografía, como puede comprobarse en “Lírico”. Por otra parte, te aseguro que procuré ser lo más testimonial posible, morigerando la irresistible tentación de extenderme en una historia cuyos detalles conozco en profundidad desde sus mismos orígenes.

Por otra parte, creo haber cumplido con el compromiso asumido ante Julio de dar a conocer debidamente, sin exageraciones ni estridencias, su vida, su personalidad y sus logros.
 
¿Cuál es tu sentimiento respecto al destino que debe tener el importante legado documental de Goyén? La diversidad temática, ¿no sentís que te excede?

Muchas veces he afirmado —entiendo que te consta— que le adjudico más valor a los documentos fidedignos irrefutables de “La verdadera Historia de la Cueva de Los Tayos”, que a otros elementos tangibles, cuya procedencia de las cuevas es dificultoso confirmar. No para mí sino para el Mundo. Lo que afirmo aquí es que procuraré imitar la conducta de Julio.

Acepto que la diversidad de temas superó mi conocimiento en materia de detalles que deberían, tal vez, haberse tratado con mayor extensión. Tal es lo que ocurrió en el capítulo relativo al C.A.E. y en el que titulé: “OVNIS”.

Reitero, porque te lo dije mientras lo redactaba, que la insistente convocatoria a protagonistas de ambos capítulos no aportó más que lo que se dice en el libro. Para el capítulo de la muerte de Julio recurrí a Gastón Villeneuve, quien relató el suceso con sus propias palabras.

Alguna vez Moricz pautó puntualmente cuáles eran sus condiciones no sólo para acceder a la prospección de “la biblioteca” y otros materiales de las cavernas sino incluso para la revelación de la totalidad de sus descubrimientos. Como esas pautas nunca le fueron atendidas, se llevó muchos secretos a la tumba. ¿Cuáles serían tus condiciones para permitir a los investigadores acceder a la totalidad de la documentación en tu poder?

El público asistente a la conferencia, examinando una de las láminas
El público asistente a la conferencia, examinando una de las láminas

Mucho me cuesta responder en este momento, por lo expresado antes sobre la conducta que debo observar, continuando con la de Juan y Julio. No puedo descartar que se produzca algún acontecimiento que me determine a cambiar de modo de pensar.

Cuando no fueron aceptadas las condiciones que planteó Moricz cuando Hall planeaba la Expedición Británico-Ecuatoriana de 1976, pese al cúmulo inconmensurable de ofrecimientos del escocés Juan “se retiró del mercado”, siendo la única persona viva que en aquellos tiempos conocía la manera de llegar a los tesoros. (Aprovecho la ocasión para aconsejarle a los actuales “guías de turismo” mencionados más arriba, que recuerden la frustración del Señor Hall en 1976, pese a los ingentes recursos de que dispuso y a las charlas previas que sostuvo con Moricz, gracias a las cuales se convenció de la veracidad de los dichos del húngaro y convenció a la Corona Británica para que armara la resonante expedición).

Quienes a la muerte de Moricz creyeron que podrían doblegar la voluntad de Julio fueron los integrantes de la “Buenos Aires Mission”, que en 1995 apelaron a insustanciales argumentos para torcerle el brazo, sin éxito.

Es un hecho que creés absoluta y plenamente en los dichos de Goyén. ¿Pero cuánta credibilidad adjudicás a Moricz?

A Moricz lo conocí en Buenos Aires en 1958, y lo volví a ver solamente tres veces más, en los ochentas. No fui su confidente. Todo lo que conozco de él lo sé por Julio, por las evidencias y testimonios que aportó y por su correspondencia privada. Difícilmente se podría creer en Julio si no se creyese en Juan. El húngaro demostró con su conducta que era un hombre cabal, honesto y respetable que nunca quiso lucrar con sus temas, pudiendo hacerlo con toda facilidad. Se ha dicho que cuando se convirtió en millonario perdió el entusiasmo por Las Cuevas. Todo lo contrario: lo que sucedió es que a partir de esa bonanza se dedicó a preservar lo secretos de la mejor manera que podía, contando ahora con los recursos necesarios.

Según tus reflexiones: ¿en qué consiste lo que hubo —o hay aún— allí?

Insistiré en mis conclusiones respecto de que la cámara de los tesoros es “la caja fuerte” de las civilizaciones andinas. Esos tesoros fueron acumulados y puestos a buen recaudo durante milenios. Lo extraño no es que existan; lo extraño sería que no existieran. Durante siglos se evidenció su existencia, y fue detrás de tal evidencia que aventureros de todo el mundo se embarcaron en la aventura del descubrimiento, dejando, a su vez, numerosos testimonios de sus andanzas por la zona.

Recordemos a Schliemann proclamando que los tesoros de Troya deberían existir. Y aunque los encontró (todavía se duda de que hayan pertenecido a Príamo) debieron transcurrir decenios para que al arqueólogo aficionado (¡horror!) se le reconociera la exactitud de sus teorías.

Según Julio, él vio unas tres mil láminas (Juan dijo: diez mil) de oro y de cobre con escrituras y con imágenes grabadas, del tamaño de una hoja de cuaderno. También vio planchas similares de medidas muy superiores. Y vio “un zoológico”: centenares de estatuas de oro con la forma de todo tipo de animales.

¿Temés a la “maldición de Los Tayos”?

Sí. Como Julio.
 
Alguna vez me comentaste que cumpliste con un “deber moral” al escribir la biografía de Julio. ¿La misión ha terminado?

Sí; la misión ha terminado. Muchas veces he jugado con la idea de escribir una novela histórica, liberado ya de la esclavitud a que la obligación de remitirme a testimonios fidedignos me sometió.

¿Cuáles son tus proyectos en el futuro inmediato?

La respuesta está implícita en la contestación a tu anterior pregunta. Lo que seguramente encararé es un ciclo de conferencias. Para finalizar, declaro que tu participación ha sido decisiva porque me demostraste que lo bien que afirmas los pies en la tierra es lo que te permite proyectar la mente a las regiones en que con tanta soltura te desenvuelves.

FICHA TÉCNICA

 lírico“Lírico y Profundo: la vida de Julio Goyén Aguado”

por Guillermo Aguirre
La obra se divide en:
I. DE NAVARRA A LA ARGENTINA: Nacimiento. Circunstancias que motivaron a sus padres a emigrar.
Infancia. Estudios.
II. LOS MORMONES: Doctrina. Historia de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Influencia.
III. LA OFICINA: Julio llega a la empresa. Conoce al autor. Casamiento. Vijananda. La Biblioteca Nacional.
Estudios Vascos.
IV. MORICZ: 1958: Julio conoce a Juan Moricz. Paralelismos. Teorías.
V. LA CUEVA DE LOS TAYOS: Moricz en Ecuador, 1965. Expedición Moricz-Goyén 1968. Expedición Moricz.
Denuncia oficial. Intromisión Inglesa. Erik von Däniken. Expedición Británica 1976; Neil Armstrong.
Informes oficiales, Británico y de las FF. AA. Ecuatorianas. Informe Mormón. El pacto secreto. Correspondencia confidencial Moricz/Goyén. La “giganta” del Perú. El tesoro de Atahualpa. Los diamantes.
VI. ESPELEOLOGÍA – EL C.A.E.: Fundación. Miembros. Exploraciones y descubrimientos. ¿Usurpaciones?
VII. OVNIS: Comisiones secretas de las FF. AA. Argentinas.
VIII. SAN MARTÍN: Los trabajos para determinar y valorizar su lugar de nacimiento.
IX. LOS VASCOS – LA BASKONIA: Julio y los baskos. Fundación Juan de Garay. Los archivos de La Baskonia; su re-edición. Descubrimiento de Florencio Constantino.
X. CONSTANTINO: Estudios, recopilaciones y redacción de la biografía del tenor basko. Grabaciones. El teatro de Bragado. Archivos. Los restos del tenor.
XI. ATENAS ANTEDILUVIANA: Determinación del sitio. La expedición fallida.
XII. MUERTE DE GOYÉN AGUADO: Expedición “Malargüe-Fin del Milenio”. Relato de Gastón Villeneuve. ¿Casualidades?
XIII. RECAPITULACIóN: El oro de Moricz. La herencia fabulosa. El legado secreto. Informe sobre las planchas “argentinas”. Implicancias. Derivaciones. La enigmática misión a Buenos Aires. La maldición de Los Tayos.

[1] Momento para hacerle “chapeau” a Guillermo: el título del libro, que quizás peque de poco atractivo en el pauperizado marketing editorial, es de una sutileza fascinante: lo “lírico” —el epítome de Constantino, tenor que fuera pasión de Goyén— de la personalidad idealista del espeleólogo se suma a lo “profundo” de sus inquietudes y por extrapolación es una referencia tangencial a su otro amor, la Espeleología.

Si usted desea recibir gratuitamente la ediciòn en PDF de “Lírico y Profundo”, escribirnos a:

caintegral@yahoo.com.ar

 

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2 comentarios sobre “ENTREVISTA A GUILLERMO AGUIRRE: OTRA VOZ PARA EL ENIGMA DE LA CAVERNA DE LOS TAYOS

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  1. Hola, he leído el libro en un día, es apasionante la historia de la Caverna tanto como las vidas de Juan y Julio. Como montañista de tantos años puedo sentir a la distancia en la historia la adrenalina del decubrimiento. Lo que mas me atrae y fascina es la posibilidad de reconocer estas cavernas u otras que se descubran a futuro, como partes integrantes de ese supuesto camino subtarraneo que se extiende debajo de los Andes.
    No logro entender como es que el gobierno de Ecuador, en este caso, no lleva a cabo campañas de exploración intensivas para seguir profundizando en el conocimiento de las cavernas.
    En cuanto al tesoro concuerdo plénamente con el pensamiento de Juan Moricz: si el ser humano todavía no está preparado para hacer buen uso de esos conocimientos ocultos, pues entonces que sea en otro momento, porque ya hemos demostrado lo que podemos hacer con el conocimiento mas dirigido y mal utilizado.
    Me atrajo particularmente la descipción sobre la honestidad de estas personas, Juan y Julio, y si realmente fueron personas con esa integridad, entonces me alegro que hayan sido ellos los descubridores y “guardianes” del conocimiento de esos tesoros.

    Ha sido un gusto la lectura del libro y aunque ya no esté felicito a Guillermo Aguirre por su obra.
    Atte.
    Horacio A. Sánchez

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