UN ENCUENTRO CON LAS CALAVERAS DE CRISTAL (Segunda parte)

Era ya ese momento en que la tarde se viste de noche cuando los taxis que llevaban a mi grupo trepidaban sobre las empedradas callejuelas del colonial centro de Puebla. Íbamos hacia el lugar pactado de encuentro donde esperaban “las calaveras” y hasta ese momento nada anticipaba las sorpresas que encontraría después. Como comenté en la primera parte de este artículo (https://alfilodelarealidad.wordpress.com/2013/02/23/un-encuentro-con-las-calaveras-de-cristal-primera-parte/ ) la primera parte de la reunión discurriò entre reflexiones y análisis que trataban de ser objetivos. Observando, por ejemplo, los marcados rasgos de primate de uno de los objetos, o especulando sobre la naturaleza del cráneo auténticamente humano recubierto de pedrería llamado “el Tlatoani”. Recuerdo que fue ya desde el principio que la denominada

"Quetzalcoatl"
“Quetzalcoatl”

“Quetzalcoatl” llamó poderosamente mi atención, porque la fidelidad de sus rasgos –que hablaban de una cuidadosa atención puesta en obra por el artista que la hizo- se contradecía con su tamaño desproporcionado, lo que me hizo preguntar si no remitiría a un “guiño” de origen extraterrestre. En efecto, si tan pulcros y puntillosos habían sido sus elaboradores en los detalles anatómicos, ¿por qué no ser igual de prolijos al respetar el tamaño?. E hipotetizo: porque el original –vivo o no- de donde se tomó el modelo tenía, precisamente, esas desmesuradas proporciones.

Una consideración similar podíamos tener con la denominada “la princesa”, es decir, la más pequeña. Y respecto a las otras, es oportuno señalar aquí que su custodia les da “nombres propios”. Por ejemplo y si la memoria no me falla, “Isamar” es el dado a la de cuarzo verde. Cuenta nuestra anfitriona que los mismos, asociados a particulares vivencias, ocurrieron en su vivienda en tiempos recientes de reunir las mismas, y aquí es donde la racionalidad objetiva debe tomarse un descanso.

 No soy yo quien pondría en duda las manifestaciones de la profesora Rivera Vázquez. Pero ustedes me conocen: fiel a mi espíritu que “no puede explicarse un enigma con otro misterio”, considero que las “canalizaciones”, “videncias” y otros fenómenos son plenamente dignos de consideración pero no me presentan evidencias palpables. Por lo que en ese momento, escuchaba con atención las palabras de nuestra amiga mientras –esto s importante- videogrababa a la misma. Hacía largos minutos que había comenzado a reportar todo en imágenes, hasta con los detalles formales de interrogar inicialmente a la paciente Susana en cuanto a sus propios datos filiatorios, circunstancias por las cuales las calaveras habían llegado a sus manos y un largo etcétera.

Me interumpo, pego un salto –breve- en el tiempo y comento: un par de horas más tarde, con toda amabilidad Susana me pediría que no difundiera abiertamente toda esa videograbaciòn, especialmente la parte que hacía excesivo foco en su persona. Se disculpó (innecesariamente, porque el impertinente soy yo) en que la “había tomado por sorpresa” (una delicadeza de su parte: en realidad, si he de ser sincero, tomé cámara en mano y filmando por asalto el lugar, atavismo de mis tiempos de periodista) y si bien no tenía inconveniente en que mostrara públicamente en Internet imágenes de corte general, todo lo “personalizado” sentía que debía hacerse ante públicos reducidos. Ese “sentir” para mí inexplicable cobraría luego otra dimensiòn.

El punto es que di mi palabra que el material completo lo presentaría en situaciones personales (conferencias, congresos) y no lo subiría a la Web, de forma que ustedes pueden acceder a una “sinopsis visual” aquí:

 

mientras reservo casi veinte minutos de reportaje para las presentaciones “en vivo” que se posibilite hacer en el futuro.

Las vivencias

 Susana nos propuso, simplemente, que tomáramos las calaveras y nos concentráramos en ellas, tratando de “conectarnos” y esperar “a cer qué pasa”. Primero lo hicimos individualmente –y sobre ello escribiré- Luego, tras una meditaciòn guiada, grupalmente. En cuanto a experiencias personales, sé que todos y todas –hablo de mi grupo: Mariela, Nora, Estela, David, Sebastián, Joaquín- tienen algo que contar pero por discreción no relataré lo que ellos me confiaron; sólo me remitiré a mis propias vivencias.

 Era quizás inevitable que la custodia de las calaveras me honrara indicándome ser el primero; así también era ciertamente inevitable que la situación me incomodara un tanto. Nunca me creí un buen canalizador de nada. No convivo con contactos preternaturales y mis convicciones, y las enseñanzas que transmito, no son el fruto de mensajes de otras dimensiones, sino del estudio, la investigación y la reflexión. Así que por educación y respeto acepté la incómoda situación, pero críticamente escéptico de que, por lo menos a mí, me pasara algo. De modo que mientras me levantaba de mi asiento y caminaba al frente, iba organizando mentalmente la excusa que daría al rato, conformando y no hiriendo susceptibilidades. Suelo ser bastante convincente, y mientras tomaba en mis manos la primera calavera –la más grande, la que llaman “Quetzalcoátl”- me dije que, después de todo, terminar la experiencia sugiriendo con una sonrisa que nada me había pasado además de evitar una “disparada” de misticismo del resto de los presentes que permanecían expectantes –mi gente y un nutrido grupo de allegados a la casa- conllevaba también la convicción que nadie es culpable de su abotagada mendiumnidad, y entonces

 “Nunca te alejarás de la Toltequidad”

             Demoré unos segundos en reaccionar. Lo había escuchado claramente; pero mirando los rostros atentos de la concurrencia era obvio que nadie de ellos había pronunciado la menor palabra. Miré la calavera frente a mí, y se estaba riendo. Se estaba riendo de mí. Tardé otro par de segundos en darme cuenta que la pétrea mueca de aquella en nada había cambiado y lo que ocurría es que estaba sintiendo que la calavera se reía de mí. No escribiré aquí la típica frase de escritores venidos a menos: “En ese momento pensé que estaba volviéndome loco”, quizás porque alguno diría que tal vez lo he estado siempre. Allá ellos: creo no estarlo y, por cierto, ni siquiera lo pensé en ese momento. Simplemente (¿simplemente?) la calavera me había hablado por medios no físicos y parecía divertida a costa mía. Sólo eso.

 En plena meditaciòn            La frase “escuchada” merece una explicación que deberá orillar cuestiones muy personales. Lo explico brevemente aquí, sepan disculpar la indiscreción, pero necesito que comprendan el contexto. Precisamente en esos días era tema recurrente, en lo personal y en diarias conversaciones con mi señora, la posibilidad de alejarme gradualmente de la Toltequidad y el Chamanismo, dándolo como un camino ya recorrido. Era la decantación de un proceso que comenzara unos tres años atrás, cuando un par de “jefes” de la Mexicanidad  llevados por mí a Argentina en contubernio con una patética mujer local traicionaron mi confianza y me estafaran económica y moralmente y, no conformes con ello –o tal vez temerosos que en alguna ocasiòn mi denuncia pública afectara sus oscuros intereses en mi misma ciudad, captando incautos ignorantes de que, nunca tan bien empleado, el hábito no hace al monje, con promesas de “espiritualidad indígena”- insistieran durante en algún tiempo en ponerme algunas piedras en el camino. No cederé aquí, por lo menos ahora, a la tentaciòn de desnudar sus miserias morales y personales; baste saber que fuera de las acciones legales que tengo en proceso mi poca paciencia se vio harta de tanta “toltequidad de cotillón”.

De modo que era un período de reflexiones personales que de una u otra manera se desenvolverían en esa direcciòn cuando llega esta calavera a mi vida y me dice lo que me dijo. Qué he decidido –si es que deba decidir algo- es harina de otro costal; regresemos ahora a esa noche tan especial.

            Dejé al irreverente Quetzalcoatl sobre la mesa tratando que mis facciones no delataran mi sorpresa y pasé a la siguiente, la simpática con cara de primate. Ahora no fue una frase textual lo que percibí, sino un “concepto” (no sé de qué otra forma definirlo): no debería preocuparme por mi mano. Quizás algunos de ustedes sepan que hace unos meses sufrí una muy grave quemadura en mi mano izquierda. Ha mejorado notablemente, pero tiene ciertas limitaciones y, para peor, soy zurdo. Íntimamente –ni siquiera se lo había confesado a mis seres queridos- temía en esos días que nunca se recuperara completamente su funcionalidad; es obvio que fuera lo que fuera que se expresaba a través de la misma opinaba distinto. Veremos con el tiempo qué sucede.

            Fue entonces el turno de la de cuarzo blanco. La levanté, la apoyé en mi frente con los ojos cerrados, en silencio. Abrí los ojos, perdiéndome en las profundidades de Meditandoesas cuencas vacías y entonces, sí, “oí” mentalmente, otra vez, una frase:

“Busca el lanzón”

 

Ni la menor idea entonces a qué se refería. La dejé en su lugar y continué con las demás sin que nada particular ocurriera. Se me ocurre que si fuera sólo juegos de mi imaginación, ésta es lo suficientemente creativa para que con las otras tuviera algo que contar. Tres sobre siete no es un buen promedio, pero la escasez de resultados, por otro lado, me convence que “algo”, exterior y objetivo, tuvo que ver con los mensajes.

             ¿De qué “lanzón” me hablaba?. Cuando finalicé la ronda comenté con todos los presentes lo sucedido, pensando que alguien podría darme alguna sugerencia sobre ese bendito lanzón –no tanto sobre los otros dos casos, que se explicaban solos- Todos, unánimemente, dimos por sentado que se refería a alguna lanza de gran tamaño, y recuerdo que alguna de las damas sugirió que quizás el “Tlatoani” –la calavera humana recubierta de obsidiana, jade y nácar- pedía que buscara algún arma de su pertenencia. Pero rápidamente descartamos esa posibilidad, toda vez que no me ocurriò con ducha calavera y por otro lado, ambas, la humana y la de cuarzo blanco, provenían de regiones geográficas e históricas bien diferenciadas.

             Al día siguiente visitamos el sitio arqueológico de Cacaxtla, donde aún se conservan frisos de tiempos teotihuacanos o toltecas. Mientras paseábamos por el templo mi gent eme llamó a los gritos para señalarme una de las figuras, un guerrero que enarbolaba una ostentosa lanza. Sugirieron que podría ser el “lanzón” del día anterior. No me convenciò.

            Al atardecer, de regreso a nuestro hotel, decidí lanzarme a una furibunda búsqueda por Internet –que la noche anterior no me había sido posible pues la tertulia terminó en una inolvidable cena entre amigos hasta horas muy tardías- No tuve que buscar mucho: fue cargar la frase “el lanzón” y dar “enter” para que apareciera esto:

 El-lanzon

   Lanzon_de_Chavin_Ancash

http://es.wikipedia.org/wiki/Lanz%C3%B3n_monol%C3%ADtico

             Estoy abierto a cualquier sugerencia en el sentido de otra interpretación para la expresión “el lanzón”. Pero por lo pronto, sé que mis pasos me llevarán a Chavín de Huantar, en Perú.

 ¿Qué son las calaveras?

             Trascendiendo estas experiencias personales, he invertido bastante tiempo en meditar exactamente “qué” son las calaveras. Es decir, cuál sería, específicamente su funciòn. Y mi conclusión es que los Ancestros, profundos conocedores del manejo d elos “planos sutiles” –como lo he demostrado en mis referencias a su conocimiento y empleo de las Energías Telúricas- las emplearon como “puntos de anclaje” en el más estricto sentido parapsicológico del término.

¿Qué es un “punto de anclaje”?

             En Parapsicología llamamos así al lugar, objeto o persona donde se “adhiere” –ancla” una cierta carga de energía psíquica. “Puntos de anclaje” son cooptados por los Paquetes de Memoria

            Adherimos aquí a la hipótesis del biólogo francés Jean Jacques Delpasse: sus “paquetes de memoria”.

     Delpasse habría demostrado que las moléculas de la consciencia sobreviven a la descomposición del tejido nervioso, base biológica de nuestros procesos mentales. Que esos “quantum” de energía que codifican la memoria, el yo, la personalidad (en suma, la consciencia) aglutinados como un racimo de letras que portarían toda la información adquirida a lo largo de toda una vida –no otra cosa sería nuestra entidad consciente– podrían seguir insertos en el Universo perpetuando nuestra existencia, no como un espíritu adimensional incapaz de interaccionar con la materia y, por lo tanto, incompatible con nuestros modelos físicos, mucho mejor elaborados que esos ingenuos esquemas teológicos, sino como glóbulos de energía condensada: los “paquetes de memoria”.

    En consecuencia, “ronda” aquello que permanece en su consciencia subliminal como última referencia espacio-temporal, el lugar donde reposan sus restos, o donde falleciera por enfermedad o accidente, su vivienda, objetos o sus seres queridos. A todos ellos los denominamos “puntos de anclaje”.

             Sospecho fuertemente que los antiguos habitantes de esas tierras anahuacanas, al igual que en casi paralelos momentos históricos otros antiguos, egipcios en este caso, conocían como crear objetos que sirvieran de “vasos comunicantes” entre entidades de planos sutiles y este plano tridimensional. Es posible que la “inteligencia” que se manifiesta a través de las calaveras sea el “paquete de memoria” (“espíritu”, para acudir a un término fácilmente entendible pero que no termina de convencerme en este contexto)  de alguien que habitó en envoltura carnal y ahora contacta desde “otro plano”. Es posible también que las calaveras vehiculicen una información que esté registrada en “planos akhásicos” y nuestra conciencia, a través de ese mecanismo de defensa yoico que es la Racionaloizaciòn, la reconstruya psíquicamente como un “discurso” y una carga emocional que le de “sentido” (de la misma manera que la interfase gráfica de su computadora le permite ver en forma de letras, dibujos, fotos, videos, lo que es sólo una inmensa avalancha de “bits”). Y también es posible que sean el interruptor que comunica dos momentos del Espacio-Tiempo, el “aquí y ahora” y el “allá” de seres que desde algún lugar comparte este momento. En lo personal, tiendo a adscribir más bien a la primera de estas tres hipótesis.

             Finalmente, sólo me resta esperar, en este hilo de Ariadna que me lleva por la vida “tropezando casualmente” (nótese la sutil ironía) con situaciones y objetos extraños, las sorpresas que no dudo aguardan su turno para maravillarme. Qué bueno es, a pesar de mis años (aunque más pesa el kilometraje que el modelo) haber descubierto que no soy capaz de colmar mi capacidad de asombro.

 

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9 comentarios sobre “UN ENCUENTRO CON LAS CALAVERAS DE CRISTAL (Segunda parte)

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  1. Gracias Gustavo por compartir todo este material y vivencias con tu público seguidor. Saludos

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  2. Gracias como siempre Gustavo por compartirnos tus experiencias de forma tan gráfica que es posible imaginarse que uno está ahi, por favor no dejes de compartir unca, leyendo este articulo tuyo, se me ocurre y bueno y ya conocemos que no solo el contenido es importante , sino tambien la forma, esto se ha comprobado con la energia piramidal y demas, que las formas son tan importantes como lo demas, entonces, que tal si nuestros cráneos, al igual que esos , necesiten esta forma que tenemos para ser repositorios de nuestro ser espiritual, de nnuestra memoria, y nuestros pensamientos, que los antiguos conocian esto y por eso como ya has explicado por acá antes los egipcios embalsamaban para conservar, y en consecuencias diferentes culturas ancestrales crearon estos craneos, tan bellos como enigmaticos para que su sabiduria llegase perdurara hasta nuestros tiempos y los que esten por venir, saludos de cuba

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  3. FANTASTICO TRABAJO GUSTAVO, El Wanka Lanzón y su cabeza zoomorfa representada en él……Chavin y su Cabezas Clavas, puede tener algún sentido la conexión entre las cabezas clavas de Chavín y las calaveras de cristal?

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