AJEDREZ: las claves iniciáticas

A mis amigos José Luis Giménez y Martín Arriarán Pérez, que en sus obras (el primero, “El legado de María Magdalena; jaque mate a la Inquisición” y el segundo en su novela “Tributo a Caissa”) al imbricar el ajedrez con la trama sugestiva de sus narrativas reavivaron en mí reflexiones ajedrecísticas.

 No aburriré a mis lectores relatando el nacimiento histórico de este solaz del intelecto, por el simple hecho que, si no es conocido por los mismos, se encuentra fácilmente “googleando”. Pero sí quiero extenderme sobre los aspectos más disimulados de una pasiòn que atrapa o rechaza –como deben serlo todas las pasiones-  el espíritu, y sus implicaciones esotéricas.

Parto del argumento que muchos de los “juegos” difundidos entre las sociedades han comenzado siendo herramientas de conocimiento metafísico. Cito, en apoyo de mi teoría, el propio Tarot, devenido en la baraja de naipes que tan popular ha sido a través de los siglos peor que parece iniciarse como el conjunto de láminas simbólicas que codificaban el conocimiento hermético del “tarah ha’ Thot” o “libro de Thot”, compendio de sabiduría intuitiva que el arquitecto, hierofante y sabio egipcio devenido apoteósicamente en el dios de cabeza de ibis, y helenizado como Hermes Trimegisto supo legar a las generaciones venideras. Avanzo, y cito que el Juego de la Oca, como demostré en un trabajo anterior, era iniciático (y casualmente de 64 casilleros, es realidad, 63 visibles y uno más “invisible” dedicado a dios). Y no puedo evitar recordar que así como el tablero de ajedrez tiene 64 casilleros o “escaques”, el I Ching, durante siglos devenido en “juego adivinatorio” (como las gitanas con la baraja española) y hoy recuperado como arcano de reflexiòn filosófica respetado por académicos y sinólogos, tiene el mismo número de hexagramas.

No es necesario tampoco extendernos demasiado en el propio sapiencial origen del juego, la historia o leyenda (pero, en cualquier caso, sumamente aleccionadora, lo que le da de por sí categoría de iniciática) que relata la saga de aquél hasta entonces ignoto sabio –unos dicen chino; otros, indio- que requerido por el rey por sus consejos y solicitado que estuvo de reclamar su paga, pidió un grano de arroz por el primer casillero del juego inventado para solaz del monarca, dos por el segundo, tres por el tercero, y lo que así parecía una magra recompensa por su carácter exponencial se transformó en todas las riquezas del imperio durante cien años. Pero sí debemos comenzar a detenernos en aspectos menos conocidos, como que el modelo indio de protoajedrez, llamado “Chaturanga”, coloca sus piezas en inequívoca disposición de cruz swástika, juego éste con la mitad de las piezas y el mismo número de casillas.

 Pero, en sentido estricto, ¿qué hace esotérico al ajedrez?. Aceptando que “eisoteo” es “abrir una puerta” (para que fluya un Conocimiento) lo es cuando sabemos que ciertos movimientos, ciertas características se extrapolan del juego a la vida. Es decir, que su razón de ser no es la mera imaginación de quienes le crearon o modificaron a través del tiempo sino se constituyen en la regla mnemotécnica de un saber espiritual. Así, si al jugarlo, además del acto mecánico del juego somos conscientes de su razón trascendente, estamos realizando un Rito Iniciático, como rito iniciático es cualquier liturgia o ceremonia con contenido trascendente que hacemos conciente.

             Explicado esto, enumeremos algunas de sus claves crípticas:

 –         Sus casillas son alternativamente blancas y negras (como el embaldosado del piso de las logias masónicas) para recordarnos que el el andar de la vida pasamos permanentemente de zonas de luz a zonas de oscuridad, a zonas de luz, y así por el resto de nuestros días.

–         Tiene susurros políticos. Parece absolutamente monárquico (Con sus clases sociales bien marcadas: los peones, la gleba, todos iguales, los militares (torres y caballos), el clero (el alfil, cuya forma remite a la boca de un pez y la mitra de los obispos), la nobleza (reina y rey) pero encierra un trasfondo revolucionario: el peón que “llega” al corazón del territorio enemigo se “corona”, es decir, se convierte en Reina. Señala que el más bajo de los siervos puede ascender al máximo escalafón social. También, expresa junguianamente el Arquetipo del Héroe pues muestra como el máximo heroísmo lleva a la máxima gloria.

–         La pieza más “fuerte” no es el Rey; es la Reina. Esto habla de un matriarcado (además, es la única pieza que en el mundo material hace todos los movimientos: el de peón, torre, alfil… pero no el del caballo, pues como veremos el de éste es de un plano de trascendencia tal que el poder mundano no puede alcanzar).

–         El Rey es en verdad el más débil: sólo puede desplazarse de a un casillero, no puede nunca hacer jaque mate pero así también no puede ser “comido” (sólo “ahogado” o “jaqueado”) lo que dice que no es necesario –tan inútil es- matarlo para anular su peligrosidad inexistente. El “susurro político” entonces, habla de una monarquìa constitucional…

–         El Caballo es el único “animal”, expresa, por tanto, algo “no humano”. Pero, ¿qué?. Veamos como se mueve: “salta”. Es decir, representa la Intuiciòn y la percepción clarividente que “saltea” los razonamientos lineales. Pero aún hay más, ¿cómo salta?. En escuadra masónica…

 Proponemos al lector reflexionar sobre las otras enseñanzas ocultas en el Ajedrez (que no develaremos aquì pues entonces traicionaríamos su esotérica razón de ser) y sugerirle matizar una de sus tardes repasando los “cuentos de la Alhambra” de Washington Irving para encontrar, en ese ajedrez talismánico que desde las torres controla los destinos militares del reino el eco de un Saber: el que enseña que sólo el pensamiento racional cargado de connotaciones simbólicas puede mantener el orden y equilibrio en nuestras vidas…

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