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Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

NAZIS A LA CAZA DEL GRIAL EN ARGENTINA

Posted by Gustavo Fernández en 23-06-2012

Nota introductoria: Originalmente, este trabajo es del año 2004. Lo republicamos en esta ocasiòn porque entronca directamente con nuestra investigaciòn sobre Templarios y el Santo Grial en España y Francia, siendo necesario, para quienes ya lo conocían, repasar algunos conceptos, y para lectores recientemente llegados, interiorizarse a fin de una mejor comprensiòn del contexto global de la investigación.

Toda luz existe siempre y cuando en algún lugar se produzca una sombra. Pero podríamos invertir los términos de la ecuación y sostener que, si algún lugar es cubierto con una sombra, es porque desde otra parte hay una luz que la produce. Y así podríamos liberar nuestra conciencia, amante de las bellezas paisajísticas y energéticas del Valle de Punilla, en la provincia de Córdoba, Argentina, del escozor percibido cuando comenzamos a profundizar algunos enigmas de la región.

         Trashumantes inveterados, exploradores de lo misterioso que jalona la ya mítica Capilla del Monte, San Marcos Sierras, Ongamira, Los Terrones, Los Gigantes y tantas otras bucólicas localidades adormecidas sobre las faldas de los cerros, nuestro deambular profesional nos ha llevado a convivir durante largas y enriquecedoras jornadas con los habitantes de la zona. Así, invertimos los ocios sobrantes no solamente en gastar suelas recorriendo las bellezas de la región, sino conociendo sus “otras” historias, celosamente eclipsadas por el piadoso manto de la vergüenza o el temor. Y en largas semanas de tales menesteres, comenzamos a descorrer el velo de relatos que merecen ser conocidos y compartidos desde estas páginas.

         No es ninguna novedad que desde antes –y más acentuadamente después- de la Segunda Guerra Mundial la zona, junto con la paradisíaca San Carlos de Bariloche, en el sur argentino, fue elegida por una colonia de inmigrantes alemanes para establecer sus vidas. La mayoría de ellos laboriosos trabajadores que contribuyeron, y siguen haciéndolo, a una Argentina merecedora quizás de mejores destinos. Pero otros –y a ellos se refiere este trabajo- fueron y son, como sus adláteres locales, oscuros sicarios de una esotérica historia.

         Nadie, tampoco, ignora la pasión que el Ocultismo –o, deberíamos precisar, un ocultismo de negras raíces- despertó en los jerarcas y subalternos del nazismo. Sus estandartes, sus proclamas y cosmogonías están plagadas de referencias y connotaciones que remiten a una extraña y mítica edad de dominaciones arias –como si “arios” fueran únicamente los germanos- intentos de conquistar el Cielo por asalto, alianzas entre poderes espirituales en las sombras e instituciones terrenales, armas consagradas en rituales sangrientos. Y quienes con una sonrisa socarrona arguyan que ello poco le sirvió a Hitler para la victoria, ignoran peligrosamente lo cerca que estuvieron de la misma, y las no menos poderosas fuerzas que, desde el bando aliado, se pusieron en juego para contrarrestarlas. Algún día, espero, se escribirá sobre este lado cuidadosamente ignorado de la historia “oficial” de esa gigantesca e inhumana masacre.

         Entre las pasiones hitlerianas, la búsqueda de objetos sagrados, para infundir a sus tropas de poderes desconocidos, no es seguramente la menor. Durante el desarrollo del conflicto, la Annenerbe , siniestra organización más conocida por sus experimentos dudosamente científicos con las víctimas de los campos de concentración, enviaba expediciones de arqueólogos y lingüistas a distintas partes del mundo ya sea para rescatar del polvo olvidadas ciudades, ya sea para realizar arcaicas liturgias en puntos geográficos de legendario poder, ya para reunir valiosas antigüedades a las que se les asignaban energías ocultas. Más aún; es un secreto a voces que estando Berlín sitiada por los aliados, en un último y desesperado intento lograron introducir en la destruida ciudad a un grupo de lamas tibetanos y sus “chelas” para evitar el inminente final.

         Su presencia no era en vano. Desde hace centenares de años, circula la versión de que en algún lugar del Tibet y el Nepal se encuentra el acceso, ora físico, ora astral, de dos reinos del espíritu. Agharta, con su capital Aghadir, y Shamballa, con su ciudad Shampullah. De la primera, etérea, las milenarias tradiciones orientales dicen que es el asiento del “Rey del Mundo”, avatar cósmico que vela por los caminos del Bien en la Tierra. De la segunda, subterránea, se afirma con igual convicción que parten las huestes del Mal que negocian con los poderes tras los gobiernos títeres del mundo. Aún se comenta en cenáculos neonazis que Hitler habría pactado con esos antros que, de alcanzar el poder temporal, dejaría a su albedrío la dominación espiritual.

         ¿Simple leyenda o verdad no revelada?. Quién sabe. Lo cierto, lo que hace al espíritu de este trabajo, es que entonces y después miles de seguidores de la svástica levógira [1] creyeron fervorosamente esta historia y a esa creencia subordinaron sus esfuerzos y recursos. No es ocioso recordar aquí que durante el asedio a la ciudad de Nuremberg por parte de divisiones del ejército norteamericano, estos encontraron una inusitada resistencia por parte de comandos especiales de las SS en el Banco Alemán de esa ciudad. Desobedeciendo las órdenes de rendición, los SS lucharon furiosamente hasta el último hombre, y cuando los americanos accedieron al edificio, seguros de encontrar en sus bóvedas posiblemente enormes reservas de dinero o áureas que justificaran tamaño sacrificio, se sorprendieron al hallar, dentro de las mismas, una respetable pero para nada anormal cantidad de efectivo, efectivo que por imperio de la derrota poco valía ya, algunas obras de arte y una extraña caja forrada en plomo, de aproximadamente 1,40 metros de largo por unos veinte centímetros de lado. Abierta por expertos en arte e historia, en su interior hallaron otra caja, pero ésta de madera casi totalmente putrefacta, y en su interior un oxidado asta de hierro unido a restos aún más descompuestos de madera. La subsiguiente investigación certificó que lo hallado era la tal vez mitológica lanza (en realidad, un “pilum”, una lanza de mango corto) usada por el centurión Longinus, aquél que según el bíblico relato lo clavó en el costado del Cristo crucificado. De ser cierta esta especie, ello dotaba al objeto de un poder, un significado espiritual inestimable.

         Esta anécdota pone de relieve el carácter mágico de la liturgia neonazi. Y nos introduce de lleno en la búsqueda desesperada que tras reivindicar espúreas raíces, los llevó a encontrar señales de la presencia de la Orden Templaria en todo el mundo, de cuyos caballeros teutones se creían herederos directos. Aquí, nuestra peregrinación entronca con la leyenda del Grial, la copa sagrada donde Jesús bebió en la Última Cena y donde también José de Arimatea recogió la sangre del Crucificado inmolado en la Cruz.

         Tras la crucifixión, la saga dice que José de Arimatea, posiblemente la misma María y Santiago el Menor, hermano de Jesús, huyeron hacia el Este, y después de muchas peripecias recalaron en lo que hoy conocemos como Francia y Gran Bretaña. Esto seguramente es más, mucho más que una mera leyenda, y de ello podríamos hablar en otra ocasión.

         Lo cierto es que muchos exégetas han reivindicado el carácter meramente simbólico del Grial. Quizás herejes contumaces o fieles discípulos de la verdad, esos autores sostienen que el Grial al que las leyendas se refieren no sería una copa, sino hijos del propio Jesús, tal vez nacidos de su matrimonio con la Magdalena. Recordemos las escenas de las bodas de Canaán, donde Jesús reparte el vino, el pan y la sal, atributos en la ortodoxia judía sólo del novio, y donde la familia de éste es siempre la encargada de servir las comidas, cosa que en el relato bíblico hace María con el concurso de otras mujeres. Pero no nos vayamos por las ramas; de todas maneras, si esta especulación es cierta y el hijo o los hijos de Jesús el Cristo “son” el Grial (en su sentido simbólico de “receptáculo de la sangre”) se explicaría el porque de la huída a lejanas y extrañas tierras casi inexploradas y hostiles, el porqué de que la dinastía merovingia reivindicara ser descendiente sanguínea del Mesías y las primeras iglesias cristianas de las que se conservan restos arqueológicos correspondientes al primer siglo D.C., cuando aún las mismas no sólo no existían en el resto del mundo romano sino que eran celosamente perseguidas.

         De los Templarios se ha escrito profusamente y no abundaremos aquí; baste recordar que se los suponía celosos poseedores de la Copa (En “Parsifal” y las leyendas artúricas, tan emparentadas con la esencia caballeresca que dio origen a la Orden del Temple pese en antecederle las segundas varios siglos, volvemos a encontrar el espíritu de ese deambular por el mundo buscando lo que en definitiva aparece sólo dentro de cada uno de nosotros) y no fueron pocos los detractores igualmente imbuidos de misticismo quienes sostuvieron que fue privándola al mundo cristiano, como monopólicos detentadores de un poder celestial, que los caballeros de la cruz de “ocho beatitudes” usufructaron sus cualidades para el enriquecimiento propio. Dueños de una magnífica fortuna que a la larga los condujo al desastre por ser la envidia del Rey de Francia y el Papa, sus ingentes cantidades de oro celosamente ocultas en las distintas “factorías” y “capítulos” de la Orden parecen señalar necesariamente en una dirección: América. Quizás no otro sea el origen del áureo metal templario, habida cuenta que los eximios servicios de espionaje de las naciones poderosas de entonces, tanto cristianas como musulmanas, nunca pudieron localizar en el mundo geográficamente conocido de entonces los yacimientos de los que se abastecían. Desde La Rochelle, su poderoso puerto de ultramar, los convoyes templarios partían durante meses, y actualmente existen confiables investigaciones 4 que demuestran que para estos intrépidos caballeros América era territorio de visitas cotidianas. Una vez más, debemos recordar la extraña estatuilla encontrada por el explorador inglés Sir H. Fawcett en Brasil, con su atuendo típicamente medieval, o las pictografías del Cerro Colorado en Paraguay, o las denuncias de la existencia de ruinas de un puerto y un barco “fenicio” (?) cerca de la ciudad de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, Argentina, o el denominado “El Fuerte”, en Chubut, en plena Patagonia argentina, según ciertos estudiosos, últimos restos de un asentamiento templario, o…

¿O Capilla del Monte, provincia de Córdoba, Argentina?.

         No seremos redundantes aquí respecto de la magia, el misterio pero también las gratuitas leyendas exageradas que corren sobre el lugar. Queremos centrar nuestra atención en un fenómeno que hemos observado en la región, extendido además a todo lo que se conoce como Valle de Punilla, desde Villa Carlos Paz hasta Cruz del Eje, comprendiendo Bialet Massé, Parque Siquiman, Cosquín, Los Cocos, La Cumbre, La Falda, Valle Hermoso, Villa Giardino, San Marcos Sierras, Charbonier, Ongamira, San Esteban, Huerta Grande, etc. Me estoy refiriendo a la creciente presencia neonazi en la región.

         No se trata aquí de “cabezas rapadas” haciendo sus tropelías en la zona, no. Tampoco de abiertos desfiles de “camisas pardas” ondeando al viento sus estandartes con la cruz gamada. Se trata, peor aún, de un movimiento más solapado y sutil, que acude al reclamo esotérico, a invocar connotaciones pseudoespiritualistas en sus afirmaciones, alimentándose de manera parasitaria de la fascinación de esos lugares y sus enigmas.

         Puntualicemos. En Capilla del Monte existe una iglesia, la actual construcción fechada a fines del siglo XIX pero levantada sobre las bases de una anterior, de fines del siglo XVI –y de cuyo aspecto no se guarda memoria- que es llamada con bastante justicia la “capilla neotemplaria”. Ello, en consonancia a su planta octogonal, que en todo el mundo sólo existe en iglesias de filiación de la Orden, comprensible en una Europa respetuosa de sus monumentos históricos de mil años o más, pero desconcertante en una joven Argentina y una más joven aún capilla levantada en un apartado pueblito serrano. La pregunta es: si arquitectónicamente es un hecho que la planta octogonal es privativa de edificaciones templarias, y habida cuenta que el estilo edilicio de una iglesia no queda librada al mero sentido estético de un constructor sino que debe nutrirse de la adecuada aprobación eclesiástica que en sus altos estamentos no es ignorante de aquella filiación, ¿qué extraño avatar del destino llevó a que ésta fuera identificada con la caballeresca sociedad?. Para que no quede lugar a dudas, en el embaldosado –y original de sus primeros tiempos- piso se repiten dos símbolos, uno de ellos, ocho pequeños círculos dispuestos en octógono. El místico 8 templario, presente por todas partes.

         El actual párroco de la iglesia se molesta sobremanera cuando alguien –uno mismo, por caso- se aproxima a señalar tales detalles. Acude a argumentos tan infantiles como que “era una moda de aquél entonces” o “es lo que había”, insistiendo en ese sentido cuando, con mirada asaz suspicaz, paseamos nuestra vista por las paredes, evidentemente refaccionadas una y otra vez: aquí se extrajo un vitral como rosetón para poner en su lugar inocuas figuras santorales; allá, el perfil facetado del frontispicio y el ábside, en sus gigantescos y antiguos ladrillos originales, fue “matizado” con un primoroso revestimiento curvo a la cal. Acullá, los enormes portones originales fueron retirados para ser reemplazados por hermosas y gigantescas pero más discretas puertas. Elevo la vista, y allí está el magnífico rosetón de la cúpula, a través del cual me baña la luz del día. Pero la bajo también, y entonces, la otra sorpresa.

         Hablé de dos símbolos en el embaldosado del piso, pero sólo describí uno. Es el turno del otro: swástikas de brazos curvos. Miro con atención, comparo y ya no me quedan dudas: estamos ante una inacabable sucesión de cruces dextrógiras. ¿Qué hacen aquí?.

         Afluyen los recuerdos de tantas lecturas. Una vez más: la svástica no es un invento nazi. Una vez más: el cabo Hitler, desocupado, viviendo en una mísera pensión de las pocas monedas que obtenía con la venta de sus aceptables acuarelas paisajísticas, comenzó a frecuentar las tertulias de una sociedad de ocultistas e iluminados, conocida como “Última Thule”, de  la cual llegó a ser secretario de actas. Pero ya en esta sociedad secreta se cocinaba la supremacía del ario, la luego famosa “cosmogonía del hielo cósmico”, las alianzas espirituales con “otros” seres, y en la portada de sus publicaciones ya se distinguía el símbolo que sólo desde 1928, con la fundación del Partido Nacional socialista, se erigiría en un símbolo político.

         “Última Thule” supo ser filial –luego separada- de otra orden esotérica, esta inglesa, conocida como “Golden Dawn” (“Amanecer Dorado”), a la que pertenecieron, entre otros, Sir Arthur Conan Doyle, el poeta W.B. Yeats y Alestier Crowley, al cual nos hemos referido en extenso en otra oportunidad. Pero a su vez, era esta sociedad heredera directa de la “Sociedad del Vril”, una organización germano-británica que estaba a la búsqueda de un fluido vital universal (el “vril”) y su manipulación. Aquí seguimos la enseñanza de ese maestro de investigadores de lo insólito que es el argentino Héctor Picco, quien ha demostrado fehacientemente que ya a fines del siglo XVIII la incipiente Sociedad del Vril creía que la manipulación de esa fuerza cósmica les permitiría, entre otros logros, la conquista del espacio, en una época en que apenas los sueños de los Montgolfier apuntaban a los cielos.

         Picco ha escrito que a través de los años las sumatorias de científicos esotéricos y exotéricos permitió, en 1928 –casualmente, cuando queda constituido el partido nazi- la construcción del “Hannebu”, un primer prototipo de disco volador de usaba la fuerza del vril, y a fines de la Segunda Guerra Mundial, el “Andrómeda”, del cual asegura tener evidencias que habrían concretado algún viaje al espacio. No bastó, sin embargo, para evitar la caída del Tercer Reich y siguiendo esta saga, su uso se subordinó a la instalación de una base secreta en la Antártida donde emigraron la flor y nata de los científicos germanos mientras una elite escapó quien sabe con qué siderales destinos. Es bueno acotar que apenas finalizada la guerra, los americanos realizaron una expedición “científica” al Polo Sur, que incluyó la movilización de 8.000 soldados, dos portaviones y una incontable lista de avituallamientos y pertrechos militares, impropios de una misión de estudio por límite que fuera pero consonante con una “task force” en pleno teatro de operaciones…

         ¿Sería ocioso recordar aquí la cantidad de submarinos alemanes que fueron detectados –y algunos desembarcados- en costas patagónicas en esos meses?. Consecuencia, dicen, de una evidente neutralidad del entonces gobierno argentino devenido aliado en los últimos tramos de la contienda. La predilección de los alemanes por nuestras pampas no es historia reciente.

Regresemos a Capilla del Monte. Ominosamente, descubrimos en el exterior de la iglesia que alguien ha pintado una svástica hitleriana, como oscuro recordatorio que los nazis también están detrás de estas relaciones. Durante su apogeo, los miembros de la SS gustaban desfilar en Berlín con atuendo templario, pues se consideraban herederos directos de su mitología, historia y misión. Seguir los pasos del Temple a través del mundo, entonces, era una consecuencia necesaria y previsible.

         En Capilla del Monte existe, por otra parte, una subcultura de neto corte fascista, no oriunda del lugar sino “importada” por esoteristas provenientes tanto de la ciudad de Buenos Aires como de otras partes del mundo, incluso. Están radicados allí muchos seguidores del recientemente fallecido doctor Guillermo Terrera, un antropólogo, de vasta y multifacética cultura y abierto admirador del jerarca alemán, quien por ejemplo escribe en su libro “La Svástica; Historia y Metafísica”: “El Führer, en uno de sus grandes discursos, pronunciado por 1937, había expresado con toda claridad: “Que el gran talento que poseen los hombres superiores, consiste en simplificar los problemas complejos y reducirlos a sus términos esenciales”. Esa habilidad intelectual es propia solo de los grandes hombres, quienes están dotados de un poder de síntesis, de comprensión y de asimilación que los convierte en únicos, en maestros, en estadistas. Son verdaderos Sidas, dioses del conocimiento tanto físico como metafísico…”.

         Este libro en particular fue editado en junio de 1989 por la Editorial Patria Vieja, dependiente de la así llamada “Escuela Hermética Primordial de las Antípodas”, un grupo de reflexión y difusión no institucionalizado que opera fuertemente en la región, nucleando a pensadores de esa corriente. Durante un tiempo me pregunté a qué antípodas se refería, hasta que advertí que estos neonazis sostienen que el Valle de Punilla está en las antípodas del Tibet. Es sabido que, para esta particular concepción, las antípodas geográficas de un lugar sacro, o, deberíamos mejor escribir, un lugar “de poder” repite esa energía. Si esto es así lo ignoramos, pero, evidentemente, le da sustrato y fundamento al particular interés que estas facciones muestran por el lugar.

         Se dice que en algún lugar de la zona los Templarios en fuga ocultaron el Santo Grial. Se sostiene que hace unos sesenta años el metafísico Orfelio Ulises, a su regreso de un viaje al Tibet, descubrió, guiado telepáticamente por sus maestros, el “toqui lítico” o “bastón de mando”, una fina y larga piedra, posiblemente de basalto, de aproximadamente un metro veinte de longitud, un cetro de fuerza cósmica celosamente oculta durante milenios por los aborígenes comechingones, preámbulo para preparar a la Humanidad para la recuperación del Grial. La citada “Escuela” entonces, realizó numerosos seminarios, retiros espirituales, charlas y cursos, apadrinó la publicación de muchos textos de Terrera y alimentó, a su manera, la saga. Actualmente, las gestiones semioficiosas de la Municipalidad de Capilla del Monte para recuperar ese objeto (en manos del heredero directo de Terrera, su hijo) para “entronizarlo” como un objeto de cuasi veneración en la idílica localidad lo transformaría, entonces, en Meca de peregrinaje de personas afines a esa ideología y su sola presencia retroalimentaría aún más la tradición aria de la postguerra.

         El asunto, sin embargo se complica ante las versiones cada vez más firmes de que dicho “bastón de mando” sería en realidad un fraude perpetrado para darle identidad a una conspiración. Nuestro amigo Fernando Diz, periodista e investigador porteño radicado hace muchos años en el lugar, nos adelanta que ha logrado el testimonio de quienes estuvieron en su momento vinculados a la elaboración del mismo, prometiéndonos entrevistas exclusivas que no dudaremos en su momento en difundir.

Einstein en su visita al Hotel Edén

Einstein en su visita al Hotel Edén

El libro de Terrera mencionado

El libro de Terrera mencionado

 Fernando Diz (izq.) nuestro amigo, colaborador en Capilla del Monte e investigador del “fraude” del “bastón de mando” junto a nuestro Director, Gustavo Fernández (derecha)

Acceso a la “capilla neotemplaria”

Acceso a la “capilla neotemplaria”

Frente del Hotel Edén

Frente del Hotel Edén

Una vista de La Falda

Una vista de La Falda

Embaldosado del piso de la capilla “neotemplaria”. Son visibles los octógonos y las svásticas.

Embaldosado del piso de la capilla “neotemplaria”. Son visibles los octógonos y las svásticas.

Típico rosetón templario en la bóveda de la capilla, con una versión deformada de la “cruz de ocho beatitudes”

Típico rosetón templario en la bóveda de la capilla, con una versión deformada de la “cruz de ocho beatitudes”

La Falda: la caja chica de Hitler

          A unos catorce kilómetros al sur de Capilla del Monte se levanta, bellamente recostada sobre la ladera de los cerros, la ciudad de La Falda. Sus catorce mil habitantes reciben un masivo turismo que prácticamente no ha decrecido desde la época de oro de los años ’40. Pero sus tortuosas callejuelas ocultan “otra historia”, a medias conocida.

         A fines del siglo XIX –concretamente, en 1897- se levantó, a cierta distancia de lo que hoy es el casco urbano, un fastuoso hotel, verdadera joya del Nilo en ese entonces agreste paraje: el hotel Edén. Su imponente construcción y sus para entonces avanzadísimos detalles de confort atrajeron a lo más granado de las élites nacionales e internacionales, presidentes, escritores y actores de renombre, filósofos de toda laya disfrutaron del paisaje y de su esmerada atención. Pero algo caracterizó al Edén –desde sus inicios, de propietarios alemanes- a partir de fines de la década del ’20: la filiación pronazi de sus titulares. En efecto, Roberto Blacke e Ida Eichorn, que compraron la propiedad a sus constructores originales alrededor de 1920, tenían amistad personal con Hitler: no sólo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial aún podía apreciarse en su frontispicio el águila rampante llevando en sus garras la svástika, sino participaron de manera asaz activa en el movimiento nacionalsocialista: está escrito en la historia del pueblo que el primer Mercedes Benz que paseó al Führer no fue un obsequio de la fábrica alemana sino que ésta entregó, por cuenta y orden de Blacke y Eichorn, el vehículo al jerarca. Más aún, el 15 de mayo de 1935 Hitler en persona, en salones del Reichtag, entregó a Ida Eichorn un diploma agradeciéndole su aporte económico que facilitó el ascenso de aquél a la Chancillería, en 1931. El dinero de marras provino de la venta de las fracciones de tierra, propiedad del Hotel Edén, sobre las cuales hoy se asienta la ciudad de La Falda. Cuando uno departe con sus habitantes y gana su confianza, muchos de ellos murmuran que parece pesar sobre la localidad una extraña maldición alimentada en mil y una leyendas locales; algunos, suponen, es la consecuencia kármica de aquellas nada inocentes transacciones comerciales.

Existen, de hecho, dos ciudades. Una, la turística y comercial, abierta a todo público. Pero en los alrededores del Hotel –alrededores que sus taciturnos habitantes aún persisten en llamar “Villa Edén”, para diferenciarse formalmente del resto de La Falda- los nombres germanos de las calles y las residencias, sus cotos cerrados y la mirada inquisidora de sus pobladores señalan claramente a quienes, casi todos de ascendente alemán, se sienten diferentes al resto.

         Cuando a poco de comenzada la Guerra en la boca del Río de la Plata el comandante Lagüendorf decidió hundir al acorazado de bolsillo “Graf Spee”, suicidándose luego en un hotel de Buenos Aires, sus tripulantes fueron “internados” (en realidad, huéspedes de honor) hasta el fin de la contienda en el Hotel Edén. Luego, muchos de ellos se radicaron en nuestro país, algunos en ese lugar, otros en la no menos germana Villa Belgrano –siempre en la provincia de Córdoba- y otros más en la sureña Bariloche. La anécdota es que en el largo tiempo que estuvieron confinados, y seguramente para amenizar las semanas que devenían aburridas unas tras otras, los militares alemanes, todos los domingos, organizan desfiles, con uniformes y estandartes, por lo que hoy se llama “avenida Edén” en el pueblo, hasta culminar en las cercanías de las vías del ferrocarril, donde se aposentaba un busto del doctor Salomón Maudi, uno de los fundadores del pueblo de confesión judía. Uno a uno, los soldados pasaban desfilando frente al busto y los cubrían de escupitajos, domingo a domingo, todo ello ante las miradas complacientes de las “fuerzas vivas” de la ciudad.

         Terminó la guerra y aparentemente el nazismo desapareció. El hotel Edén tuvo distintos dueños y terminó abandonado, saqueado y a merced de todo tipo de depredación. Hoy en su planta baja apenas alberga un reducto jazzístico, pero en sus alrededores crece toda una mitología pronazi que lo ensalza como otra estación en el Vía Crucis germano local. Es innecesario remarcar que en La Falda la actividad de aquella Escuela Hermética Primordial de las Antípodas ha encontrado otro caldo de cultivo.

         Los estudiosos de la arquitectura local cuentan que constructores y posteriores propietarios alemanes se basaron no sólo en planos funcionales o estéticamente agradables, sino que tomaron en cuenta, en un sinnúmero de detalles –como las gárgolas que alguna vez jalonaron su frente- enseñanzas de tipo espiritualista. El mismo Einstein, aún sabida su postura antinazi, fue dilecto visitante del lugar, durante su visita a nuestro país y en extraña coincidencia con una crisis mística que sus biógrafos tratan de ocultar pero que él mismo refleja en sus escritos de la época. Tal vez sea casualidad, tal vez no; no puedo dejar de percibir los ecos del arcaico enfrentamiento entre Agharta y Shamballa cuando me entero que, pocos años después, un caballero de apellido Buitrago decide construir, no lejos del Edén, otro hotel (llamado “Petit Sierras”) basado estrictamente en arquitecturas sagradas hindúes., y demolido por un tal Jaime Lockman en 1963. (Todos estos datos pueden ser debidamente cotejados en el libro “El mundo y La Falda en el siglo XXI, Alberto Moro y Carlos Panizzo, 2001).

Archivos del hotel Edén: Facsímil del FBI, ¿Hitler en el Edén?

Archivos del hotel Edén: Facsímil del FBI, ¿Hitler en el Edén?

         Pueden ustedes suponer que estas especulaciones son simples brotes conspiranoicos . Pero pueden ustedes también concederme la pitanza de considerar que estamos ante el germen incipiente de una cruzada místico política que busca, ora nutrirse de las energías inherentes del lugar (alguien ha escrito: “El valle tiene una energía especial, eso es indudable. Pero es una energía que amplifica tanto lo bueno como lo malo de las personas”), ora sembrar en el virgen inconsciente colectivo de los pobladores de la región una identificación mitológica, casi sacra, con un pasado oscuro que se presenta como portador de la Luz. Como –ya lo dice la etimología de su propio nombre- nuestro viejo conocido Lucifer.

Una vista del Hotel Edén

Una vista del Hotel Edén

Cerro Uritorco

Cerro Uritorco


[1] La cruz svástica o “swastika” no es un símbolo originario del nazismo. Está presente en una abundante iconografía hindú y del budismo tibetano y mahayánico, como emblema del Bien, lo que resulta más comprensible cuando observamos que milenariamente rota hacia la derecha, hacia el Este, de donde sale el Sol físico, signo visible del amanecer espiritual. El movimiento nacionalsocialista, sugestivamente, no optó por ésta (“dextrógira”) sino por aquella que rota hacia la izquierda (“levógira”) dirigiéndose entonces hacia el Oeste, el ocaso…

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17 comentarios to “NAZIS A LA CAZA DEL GRIAL EN ARGENTINA”

  1. Grace Argüelles said

    Querido Gustavo, gracias por la informacion que enviaste….ya te contaré cuando te vea en Baires, gracias
    Grace

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  2. Oscar said

    Te agradezco la publicación de este interesante artículo, el que volveré a leer con mayor atención ya que con este tema aún hay muchas cosas que contar.

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  3. Irene said

    Hola Gustavo:
    como siempre, muy interesante, ameno y completo lo que escribís… Gracias por tanta información.
    Y leyendo el texto, me vienen a la mente datos que recibí, años atrás, cuando en aquella época me radiqué en la provincia de Misiones, cerca de las Ruinas de San Ignacio… Como veo una gran similitud entre lo que comentás de Capilla del Monte y aquello que me llegó de San Ignacio, te transmito mi inquietud: ¿cuál es la antípodas de San Ignacio?… En Mísiones, la colectividad alemana inmigrante de post – guerra, también es muy grande.
    Abrazo cordial

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  4. Todo un tema, Irene. Las ruinas de San Ignacio tienen también una energía muy particular, y quizás no sea “casualidad” que la colonia alemana sea tan fuerte no sólo allí sino en Paraguay y del lado brasilero…. voy a ver si averigüo cuáles son las antípodas y te aviso, saludos cordiales.

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  5. Humberto Salazar said

    Hola Gustavo. Qué delicia leer tu artículo.Lo disfruté inmensamente. Yo particularmente no tengo dudas sobre el componente esotérico que tuvo el nazismo y la “plana mayor” de Hitler, las SS, así como lo cerca que estuvimos de que el Fhurer se hubiera tomado el mundo. Qué bueno poder saber bibliografía sobre el tema (aparte del famoso “Retorno de los Brujos” de la década de los sesenta). Hay otro libro “El misterio de Bellicena Vilca” que no sólo endiosa a Hitler, sino que cuenta su propia historia del nazismo y desde luego los libros del chileno Serrano. Hay algún libro serio que trate el trasfondo esotérico del nazismo?. Un abrazo y felicitaciones por el artículo.

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