Carta abierta de un parapsicólogo

En días que el tratamiento, ora seriamente preocupado, ora comercialmente desaprensivo, que ciertos medios de prensa hacen de lo esotérico, llama la atención que, pese a los amplios espacios dedicados a ello brille por su ausencia algún tímido intento de defensa de quienes creen haber encontrado en lo espiritualmente alternativo una forma lícita de reivindicar su albedrío. Para llenar ese vacío, y confiando -¿quizás ingenuamente?- en la tan mentada libertad de prensa que los argentinos supimos conseguir, es que escribí estas líneas.

No aliento siquiera la expectativa que cualquiera de los comunicadores sociales que lean estas reflexiones den a las mismas cabida en sus respectivos medios. Mentes más esclarecidas que la mía tendrán también mucho que opinar y, extrañamente, tal vez ellas mismas carezcan del espacio necesario. Por consiguiente, entiéndase esto como un tímido intento de llamar a la autorreflexión sobre lo que se ha teñido, de cara a la opinión pública, de amarillista frivolidad: lo esotérico.

Palabra de connotaciones mefistofélicas que, en realidad, sólo hace referencia a una forma distinta de percibir la realidad. Esoterismo, que proviene del griego “esoterykós” (“dejar salir”) es una forma de percepción de la Realidad, una filosofía que privilegia la intuición mística sin estar reñida con el conocimiento racional. Empero, se ha transformado en sinónimo de “sectario”, “manipulador” y –por qué no– satánico.

Muchos han aportado su granito de arena para que a la gente esto le suene así. Pseudosacerdotes o ministros de cultos varios que hallaron una jugosa manera de alimentar los fantasmas del vulgo para llevar agua a sus propios molinos, “especialistas en sectas” (¿Ah, sí?. ¿Y quién los especializa?) que encontraron en la convocatoria de los medios la oportunidad de decir lo suyo en medio del beneplácito generalizado, y ciertos periodistas más interesados en las orgías de escabrosas y sangrientas historias familiares, fronterizas con la locura, que en el correcto tratamiento de la información. Porque si así hubiera sido, el necesario “derecho a réplica” hubiera sido usufructuado por quienes nos sentimos espiritual e intelectualmente eclipsados por esta teatralidad del absurdo, esta frivolidad mediática.

Hablo como parapsicólogo, es decir, alguien que se ha dedicado de lleno, intelectual y laboralmente, a la investigación y aplicación, en la vida cotidiana de sus consultantes y alumnos, de hallazgos milenarios del campo de lo esotérico. Alguien que no reivindica para sí ilusorios poderes paranormales, sino que sólo entiende que en estas disciplinas, ridiculizadas pero también explotadas por los formadores de opinión cuando les conviene existe un reservorio de conocimientos que el hombre de la calle –lástima– se está perdiendo. Y como tal, la necesidad de protestar, quizás tímidamente, por el caótico manipuleo dado a este tema, es una imperiosa necesidad de coherencia.

Queda fuera de toda duda que en mi ámbito proliferan improvisados, delirantes y oportunistas. La razón es, precisamente, la zona crepuscular en que deambulamos desde el punto de vista del crédito social. La “intelligentzia” vernácula nos mira con sorna y las clases culturales –no necesariamente las socioeconómicas– más carenciadas acuden a nosotros en un extraño maridaje de necesidad y temor. Y ello, porque encuentran en el parapsicólogo, tarotista o lo que fuere, una alternativa espiritual, un orientador social que sienten carente en las instituciones religiosas convencionales. Y, desde éstas, en vez de buscar alternativas atractivas, simplemente se nos ataca. Se nos acusa desde “desviaciones del correcto camino tras la Verdad” (expresión levemente peyorativa de algunos teólogos católicos, convencidos que es bueno buscar a Dios siempre y cuando, obviamente, se acepte que su camino es el único correcto) y “ser instrumento de las fuerzas de Satanás” (al decir de los pentecostales). Por ejemplo, años atrás la forzada relación entre un centro alquímico de Buenos Aires y un sangriento crimen, sirve en bandeja ocasión para un festín troglodita. Que, por ser tal, es propio de ignorantes.

Porque suponer que la “práctica alquímica” induce al crimen –y la lectura subyacente, que debe ser prohibida– es algo tan tosco como afirmar que el fútbol induce al asesinato cuando, ciertamente, muere mucha más gente en la cancha y alrededor de ella que frecuentadores de centros esotéricos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido prohibir el fútbol. ¿Y acaso se ha prohibido la actividad de los pentecostales, después de la recordada matanza de Llonco-Luán, provincia de Neuquén, Argentina, en 1978?

¿Es lícito invitar a todo tipo de talk-shows, en exhibición infame, a un par de pobres neuróticos convencidos de tener “contactos con el más allá” manteniendo al margen a la pléyade de parapsicólogos serios e intelectualmente formados que trabajan en silencio?. ¿Por qué, sistemáticamente, se dice al público que “la parapsicología no es científica”, ocultándosele desde las cátedras universitarias que tocan el tema hasta el hecho que la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia reconoce desde 1976 a la Parapsicología como un lícito campo del conocimiento humano? ¿Por qué resulta tan fácil atacar al tarot, las runas, el I Ching, la Astrología, dejándoles en el menor de los casos un incómodo rincón como entretenimiento de frívolas reuniones sociales, en vez de estudiar en profundidad qué puede haber de cierto en ellas?

Existe un paradigma cultural dominante: aquél que afirma que lo serio es científico, y sólo lo científico es “serio”. Cuatrocientos años atrás, el paradigma dominante era el religioso, y sólo si el clero apoyaba algo podía considerarse digno de crédito. Treinta años atrás, la voz de mando entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto la tenían –obvio, cuando menos en Argentina– los militares. Y hace ochenta años, la respetabilidad de un tema era avalado si algún preclaro político de entonces le daba su espaldarazo. A veces me pregunto quiénes serán los depositarios de la verdad constituída, de aquí a quinientos años, a quiénes habremos entronizado como oráculos de-lo-que-debe-ser-creído… ¿Qué tal los poetas?

Quizás la cosa estribe no sólo en la falta de un adecuado control –en el sentido profiláctico y no represivo– de estas disciplinas (algo así supongo tendría la Organización Mundial de la Salud en cuenta cuando en 1987 propuso que se incorporara, en los países del Tercer Mundo, a los curanderos como parte de los programas de asistencia social) sino en la desunión en nuestras propias filas. Parapsicólogos que ansiosos de respetabilidad académica mirarán con desdén a las mancias adivinatorias, maestros metafísicos incómodos ante la posibilidad de ser sometidos a exámenes imparciales… Pero es aleccionador repasar la Historia y descubrir que en ocasiones, cuando una disciplina gana respetabilidad, no es a caballito de su seriedad académica sino de las adecuadas relaciones públicas que supieron hacer sus defensores. Aún hoy, cuando veo en televisión algún psicólogo pontificar sobre las etiologías de los “defensores de brujos” no puedo dejar de sonreír al recordar que nuestro país es uno de los últimos –como en tantas otras cosas– que aún mantienen al psicoanálisis freudiano en un pedestal, donde la Psicología, sin rendir demasiados exámenes científicos, entró a la universidad siendo más un arte que una ciencia. Y si no me creen, lean al epistemólogo Mario Bunge (“Pseudociencia e ideología”, Alianza Editorial, 1985): “… el psicoanálisis sigue haciendo estragos en la cultura popular y en las semiciencias sociales (…) no contiene modelos matemáticos, ni siquiera hace normalmente uso de la estadística (…) es un gran montón de conjeturas fantásticas, ninguna de las cuales ha sido confirmada concluyentemente al cabo de un siglo (…) El psicoanalista no cumple el mandamiento científico de “Buscarás leyes con el sudor de tu fente y las utilizarás para explicar y predecir”. Al psicoanálisis no se le debe una sola ley científica y ni una sola predicción certificada. En cambio, se anima a explicarlo todo, desde las fobias y los actos fallidos hasta el arte y la guerra. Y se atreve a entrometerse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales (…). Un auténtico quiste en la cultura contemporánea…”.

Seguramente más de un analista que lea esto tendrá algo que decir del inconsciente de Bunge (de la “mente inconsciente”, quiero decir) porque, como ya se sabe, el análisis tiene explicaciones para todo. Y Bunge también repartió gruesa munición contra los parapsicólogos. Pero esta mención basta para señalar cómo, dentro del propio ámbito científico, la Psicología –tan respetable ella– tiene una dudosa credibilidad.

De forma tal que cuando uno de sus representantes dictamina frente a las cámaras ante la mirada arrobada del periodista que tuvo la idea de invitarlo, estamos asistiendo a la dramatización de un paradigma, y no a una exposición consensuadamente científica.

Pero los parapsicólogos, y los espiritualistas, y los ocultistas (sí, los que nos sentimos más cerca de Dios/Diosa encendiendo nuestras velas y nuestros sahumerios, pronunciando nuestras oraciones en nuestros reductos místicos, en nada asimilables a las religiones constituídas) somos, si no presentamos tecnología, gráficos y un lenguaje florido, tildados como psicóticos o mercachifles. Y mientras en las prácticas de “magia blanca” oramos por el bien de los demás, nuestras voces y nuestras fragancias espantan a quienes sospechan que andamos en “algo raro”, los mismos que cada domingo, en la iglesia, también encienden velas, también pronuncian sus letanías, también queman incienso… también hacen su propio ritual de magia blanca. Pero poderosamente institucionalizado. Y allí parece resumirse todo. Porque mientras la gente confunda “religión” (“religare”: unirse con uno mismo) con “iglesia” (que viene del griego “ekklesía”, y significa “reunión de hombres”), seguirá pensando en nosotros como “herejes”. Y, en lo particular, me enorgullece serlo, ya que, etimológicamente, significa “el que elige”. El que elige su propio camino a la Divinidad, sin la necesidad de un Hermano Mayor orwelliano que me indique la dirección.

Quizás el día que parapsicólogos, tarotistas y otros facturemos ingentes sumas publicitarias en los medios de difusión, quizás ese día, sorpresivamente, la hipócrita ecuanimidad mediática anuncie su presencia. Mientras tanto, desplazados por una frivolidad conceptual, la de una muchedumbre que compra cualquier producto predigerido que se le ofrezca en la prensa sin analizarlo mucho, sólo nos queda, como módico consuelo, recordar las palabras de Chesterton:

Cuando las mentes prácticas nos inviten

a descubrir de qué frío maquinar

el mundo hecho está,

nuestras almas responderán en las sombras:

“Tal vez sí, pero hay otras cosas…”

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12 comentarios sobre “Carta abierta de un parapsicólogo

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  1. ¡EXCELENTE!
    Gustavo plasmó en palabras lo que muchos (parapsicólogos o no) pensamos.
    Por mi parte me ha dolido siempre la excusa científica para denostar y denigrar mientras se ignora (con una orgullosa ignorancia) el método que hace que la ciencia sea lo que es.

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  2. Coincido con lo expuesto en vuestro artículo, pero cabe resaltar:

    Sin gran parte de la sociedad desacredita a la parasicología, se debe a que en ese ámbito “proliferan improvisados, delirantes y oportunistas”, con la única intención de obtener réditos económicos, sin importarle el ser humano que ha concurrido a consultarlo.

    Esto solo será posible cambiar cuando la parasicología deje de transitar esa zona crepuscular del crédito social” y esto solo podrá ser revertido cuando esta ciencia no sea ocultada en las cátedras universitarias y sea considerada como un campo licito del conocimiento humano, ¿Cuándo podrá llegar a que esto ocurra?

    No debemos olvidarnos que el ser humano siempre ha pretendido ser dueño de la “verdad absoluta” y esta verdad solo es privativa de Dios.

    Por egocentrismo, envidia u otros motivos, el hombre o cualquier comunidad científica o Religiosa, no entiende o no le conviene entender “que su verdad solo es relativa”, ya que la “verdad absoluta solo es de Dios” y no de los Hombres o de alguna ciencia, solo pongo un ejemplo: La Psicología.

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  3. Hola Néstor, cómo estás:
    Gracias por el aporte y una observaciòn: creo que es difícil que la Parapsicología, como la entendemos y practicamos, ingrese en la cátedera universitaria, en tanto ésta excluye todo aspecto interior, toda vivencia espiritual -relegándola al campo de lo religiosa- y sin la cual la Parapsicología es mera estadística.
    Saludos cordiales.

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  4. Sin excluir que algunos científicos, por opinar desde el prejuicio de la ignorancia, actúan más “mágicamente” que muchos “creyentes” que llegan a su certeza luego del estudio y la experimentaciòn….
    Un abrazo

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  5. Leyendo la interesante carta abierta de la pagina,indignada por toda la razon de Gustavo me dije-no forjaré comentario alguno,no vale la pena expresarme para que algunos ( muchos) ignorantes opinen sin siquiera tener el 1% del conocimiento que tiene el sr. Fernandez.
    No entiendo el porque de tanta explicacion,si quienes poseen las mentes tan cerradas por mas que lean este mensaje ( que demuestra lo inteligente e intructivamente informado sobre el tema que esta)no aceptaran ni accederán a darle la razon.
    Se sabe muy bien bien que en este país,pudiendo decir esta ciudad,esta plegada de personas que acuden a como quieran llamarlos,parapsicologos,tarotistas,curanderosclarividentes, (chantas,estafadores y mas….)a quienes conozcos: profesionales influyentes,politicos,personas de alto estatus social y hasta individuos de perfil en los medios.
    Enojada no me pude contener a realizarlo,quizás porque soy aficionada a este tema y tengo cierta percepcion de lo que habla o por tan solo consolidarme con el licenciado Fernandez a quien tengo el decoro de conocerlo personalmente y mi admiracion hacia el es bien fundada porque al contrario de ciertos personajes que se creen con la mas absoluta libertad de opinar sobre estos contenidos no podrian si quiera debatir el mas imperceptible argumento ya que seguramente no estan en lo mas mínimo informado,solo usan su cerebro y boca por no decir lengua a opinar sin razon.
    Me adhiero a todo lo reflejado por el responsable de este escrito y lo saludo comunicandole que cada vez que lo escucho y/o leo algún comentario,nota u observacion de su parte me afecta notablemente a razonar sobre todo lo dicho,escrito,escuchado o leido.

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