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Ovnis, Civilizaciones Desaparecidas, Parapsicología y Esoterismo.

MÁS ALLÁ DEL UMBRAL: Abundando sobre la Vida después de la Muerte

Posted by Gustavo Fernández en 28-05-2009

Mucho se ha venido especulando sobre la vida después de la muerte, las pruebas que pueden aportarse de su existencia, los conflictos religiosos dimanados de toda especulación cientificista sobre el particular y, en general, sobre bizarras aristas del tópico, más cercana a una bizantina discusión sobre el sexo de los ángeles que apuntadas al meollo de los miedos e inquietudes del hombre común de la calle. En otro trabajo mío (“Algunos apuntes sobre la Vida después de la Muerte”), ya he abundado en reflexiones sobre las argumentaciones –no sé si decir aún “pruebas”- que pueden presentarse sobre el concepto de la supervivencia a la muerte. En algún otro, oportunamente, enlistaré las evidencias, si se quiere experimentales, que hemos acumulado sobre el particular. De forma tal que considérese este trabajo como una especie de “aglutinante” entre ambos, una concatenación de ideas dispersas que trata, tal vez un poco anárquicamente, en constituirse en la médula espinal de nuevas aproximaciones a la cuestión. Las etapas del despertar en la muerte Seguramente algún lector, a la vista de las líneas siguientes, exigirá alguna demostración de mis afirmaciones. Sin embargo, quizás lo decepcionaré recordándole que siendo éste un trabajo considerable esotérico, lo es, no sólo en función de los temas tratados sino de las fuentes para acceder a su conocimiento. Demostración, en consecuencia, una tesis verificable, es propio del conocimiento exotérico, vale decir, transmisible oralmente. Y, como ya he explicado hasta el cansancio, ese es sólo uno de los caminos de aprehensión de la Realidad. Este otro, el iluminista, el perceptual, el intuitivo, el místico, si así lo prefieren, complementa –no contradice- al primero. De manera tal que si el lector ignora los fundamentos que justifican esa forma de conocimiento, pues es oportuno que detenga aquí su lectura hasta rehacer ese trayecto privativo de otros lectores tal vez, si no perseverantes, sí cuando menos históricos. No es empero tan difícil justificar aquello que llamamos “conocimiento esotérico”. No se trata de revelaciones trascendentes en medio del sonar de trompetas angelicales, no. O, por lo menos, no siempre. Digamos que consiste en acudir espontánea e involuntariamente a planos más sutiles de absorción de información. Sistemas de percepción más universales, en el sentido de abarcativos, que los cinco sentidos con los que toscamente creemos bastarnos para desenvolvernos en el mundo. Una frívola lectura psicologista puede erróneamente llevar a creer que, después de todo, no se trata más que de los siempre conocidos procesos cognoscitivos expresados de otra manera. Pero puede invertirse la carga de la prueba y decirse, también, que lo que suponemos procesos cognoscitivos inconscientes no son más que rótulos “á la mode” para definir el milenario conocimiento espiritual. ¿Dónde termina el espíritu y comienza la psiquis?. ¿Dónde termina la psiquis y comienza la materia?. Quien crea, con una sonrisa irónica, que es muy evidente la diferencia entre uno y otro, evidentemente nada ha entendido de la Ley del Mentalismo. Voy caminando por la calle y, en sentido opuesto, lo viene haciendo mi amigo Quique. El reconocerlo no es un acto lógico, en el sentido de “pensamientos lineales y encadenados para arribar a una conclusión”. La lógica es, por así decirlo, un proceso formalmente determinista, con un origen, un proceso y una conclusión. Pero mi conclusión (“ese-que-viene-caminando-es-Quique”) no es lógica. No percibo los ojos del viandante, luego su nariz, luego sus orejas, su cabello, su boca, su mentón y armo una estructura ordenada de pensamiento donde: ojos+nariz+orejas+cabello+boca+mentón= Quique. No. Mi reconocimiento (mi conclusión) es un acto espontáneo, involuntario, interactuante y de conocimiento holístico. Es intuitivo. Es esotérico. Lo esotérico no debe estar cubierto por el engañosos ropaje del teatro circense. No es aquello que aletea entre búhos y la densa humareda de las sahumaciones. Es tan común, tan cotidiano, que nos resistimos a aceptarlo, precisamente porque estamos a la expectativa de cierta “fantasticidad” en su naturaleza. Y por no saber reconocer las cosas simples, se nos escapa el verdadero Conocimiento. O para parafrasear a Ernesto Sábato, somos como el ictiólogo que por no saber hacer redes con mallas más cerradas para pescar los peces motivo del estudio de su ciencia, concluyó que todo pececillo que no pudiera ser atrapado por aquella no le cabía como objeto de estudio, ya que sencillamente serían peces metafísicos. Si bien los autores de fantasía y de ciencia-ficción se han adelantado décadas a la simple enunciación teórica de lo que soñaron, muchas de sus visiones forman parte de nuestra realidad cotidiana y ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello.

Tomen ustedes el ejemplo del “hiperespacio”, ese concepto tan caro a la fantasía científica, que terminaba de plano con lindezas molestas como la velocidad límite que nos imponía la luz, la contracción temporal y otras cositas menores. Simplemente, se abría un “agujero en la nada” y la nave espacial con nuestro héroe de turno recorría en tiempos mínimos la distancia entre dos puntos que en el espacio ordinario hubiera demandado toda una vida. Estos “atajos” por otras dimensiones fueron vistos con sorna por los mismos científicos que años después hablarían de “agujeros de gusano”, “supercuerdas” y otras cosas tan fáciles de comprender. Pero, en términos populares, la idea de un “hiperespacio” para muchos sigue sonando a fantasía. Y, sin embargo, nos movemos en el hiperespacio mientras leemos esta nota. Porque muchos conceptos ortodoxos sobre la distancia entre dos puntos saltaron por los aires con la llegada de Internet. Un espacio “virtual”, irreal si hay cortes de luz pero tangible por los sentidos si estamos conectados a la Web que, para colmo, abusa del hiperespacio. ¿Qué es sino lo que podría llamarse de tal manera cuando, en vez de recorrer una página linealmente, obedeciendo a un proceso que a lo largo de una flecha de tiempo nos dice que al punto (a) le sigue el (b), luego el (c), etcétera, decidimos alegremente tomar el atajo de un link, de un enlace, y “saltar” al medio, al final, a otra página o adonde nos lleve el mismo?. Yo puedo subir a la Web una página, con un comando al comienzo que me envíe directamente al párrafo 336 sin necesidad de pasar por los 335 anteriores. Esto es un atajo virtual. Esto es el hiperespacio. En el mismo orden de ideas, nada nos impide entender al ser humano (no la suma de desechos biológicos que, más o menos entrópicamente organizados, constituyen su cuerpo, sino a su esencia) como un paquete de información. De hecho, somos información: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que tocamos, no ingresa a nuestra conciencia en forma bruta sino transformada, nervios mediante, en pulsaciones electroquímicas que son decodificadas por un transductor que llamamos cerebro e interpretadas de acuerdo a un esquema perinatal y de aprendizaje de percepción de la realidad, lo que me lleva, en principio, a preguntarme si el mundo que me rodea, esta computadora, mi casa, ustedes, serán realmente como yo creo percibirlos o sólo un fantasma de mis sentidos… Yo mismo no soy más que un amasijo de átomos en enloquecida carrera entre nubes de energía, astronómicamente distanciados entre sí, apenas una probabilidad expresable matemáticamente. Soy información, y si creo ser algo diferente, digamos “materia”, es por ese condicionamiento original. A fin de cuentas, la materia es definible como únicamente una particularidad de la curvatura del espacio-tiempo. Así que al morir, es sólo ilusorio (“maya” dirían algunos) que lo más importante comience a desintegrarse, a desaparecer. No quisiera ser aburrido con comparaciones que a muchos de mis lectores les parecerán infantiles y precarias, pero me tienta suponer que la lectura materialista de la vida es como creer que la información de mi PC es esto que aparece en la pantalla, seguramente producto del ronroneante funcionar de sus partes físicas y que al, supongamos, estrellarla contra el piso en un arranque de furia, la he “matado” sin posibilidad de producir nuevas imágenes, ignorante que lo que verdaderamente servía no era la máquina en sí sino aquello que duerme en el disco rígido, tan inerte él, y que así seguirá si no tengo la perpiscacia de cargarlo en otra computadora… interesante analogía para plantear el tema de la Reencarnación. Por lo tanto, concluyo que la muerte es sólo “otro estado” de esa información que llamamos Yo, y que pasa por situaciones parecidas. Y es aquí donde mi experiencia con “paquetes de memoria” (ya saben, un término cuasitécnico para reemplazar al perimido de “fantasmas” y cuya razón de ser ya he explicado en otra oportunidad) me permite especular con los estados inmediatos más allá del umbral.

Básicamente, he detectado cuatro fases; dos sometidas al determinismo y dos sujetas al libre albedrío. Es interesante que así sea. Siempre dije que el bien más preciado que Dios le ha dado al ser humano es el libre albedrío, la capacidad de optar, de elegir. Y si bien ciertos hechos de nuestra vida están predestinados, otros, en cambio y en admirable equilibrio, están depositados en nuestras manos para que con ellos construyamos nuestro Karma, universal o mundano, acelerando o desacelerando las fases de crecimiento a través de los evos y los planos de manifestación. Inmediatamente después del óbito, el paquete de memoria se encuentra en un estado de comprensión. Debe hacerse cargo de su nueva situación, lo que no es tan inmediato y natural como podría suponerse. No olvidemos que con el desprendimiento las funciones de la conciencia, como procesadora de la percepción de los sentidos y las estructuras analíticas de pensamiento, cesa. Ya no hay sentidos que perciban. Ya el cerebro, que procesaba la información como el “darse cuenta” no sólo no funciona, sino que comienza a descomponerse. Lo que sobrevive, psíquicamente hablando y cuando menos en los tiempos inmediatos posteriores al fallecimiento (aunque el concepto de “tiempo” también es sumamente relativo, ya que el “paso del” es también una función de la mente conciente) es el inconciente, que comienza una reestructuración; es el primer paso, la primera señal de evolución a una nueva fase. Debe entonces comprender su nueva condición (algo relativamente sencillo si el individuo incorporó a lo largo de su vida biológica vivencias de aceptación de lo espiritual; algo muy difícil para un materialista que nunca creyó en la vida después de la muerte), y esta comprensión, más tarde o más temprano, indefectiblemente llega: es determinista. Pero no lo es la siguiente etapa; la aceptación. En efecto, es posible que el paquete de memoria se niegue a aceptar esta nueva situación. Por egoísmo o apegos (a las cosas o la gente) se empecina en querer “volver hacia atrás”, manifestarse en el plano de los vivos, sentir y ser sentido. Y como depende de la maduración que haga de la circunstancia el continuar adelante, es probable que quede largo tiempo atrapado en un plano que no es una trampa exterior, sino la prisión de su propia y equivocada actitud. Aún después de muertos, podemos seguir siendo prisioneros de nuestros propios errores… Pero si supera esta etapa, llega a la de aprendizaje. Cuando acepta su nueva condición, comienza a interactuar con ese plano, con las realidades de ese plano. Con las entidades que le han precedido. Y de esas relaciones, de esas interacciones, surgen conocimientos. Aprendizajes. Que, por desenvolverse precisamente en un medio espiritual, son espirituales. El paquete de memoria crece espiritualmente no porque necesariamente descubra que debe priorizar lo espiritual más que en su anterior vida física por ser más importante, sino, sencillamente, porque ese esw el medio en que se desenvolverá y, en un sentido de supervivencia, aprenderá aquello que le permita una mejor adaptación asl medio. Si somos abandonados en una jungla, deberemos sobrevivir, y descubriremos por nuestros medios o aprenderemos de los nativos técnicas de supervivencia física; lo espiritual deberá esperar. Si vivimos en la ciudad enloquecida por el consumismo, es posible que algunos deban adquirir destrezas para sobrevivir a los vaivenes financieros de los códigos de la vida contemporánea. Ingresados en el mundo espiritual, la supervivencia, la adaptación al medio, el desenvolvimiento del nuevo estado será entonces, por fuerza de las circunstancias, espiritual. Se aprenderá. Y deviene naturalmente, entonces, el cuarto estado: evolución. La entidad puede optar por aprender más, o aprender menos. Pero no puede evitar, en consonancia con su aprendizaje, crecer. Y entonces continúa hacia estadios superiores de manifestación.

Pero… ¿Podemos probarlo? Tenemos dos formas cuando menos de acercarnos a probar la sobrevivencia a la muerte. Con evidencias directas (psicofonías, psicoimágenes, transcomunicaciones que los escépticos siempre discutirán) o indirectas: si ciertos hechos fundamentan un correcto proceso de raciocinio, podemos suponer que sus conclusiones, si son lógicas (aunque increíbles) se correspondan a la verdad. Como decía Sherlock Holmes: “Buscando una respuesta, una vez que se descarta todo lo erróneo, lo que reste, aunque improbable, debe ser la verdad”. Voy a acercarme a la cuestión de la vida después de la muerte, entonces, desde otro ángulo. Tratemos de probar que existe algo como el “cuerpo astral”. De hecho, y entiendo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, si el “cuerpo astral”, como una contrapartida no física del cuerpo material existe, entonces toda especulación sobre la vida después de la muerte en otros sentidos (psíquico, espiritual energético) adquiere visos de verosimilitud. Lo que estoy diciendo es que si podemos probar que “algo” de nosotros puede abandonar nuestro cuerpo físico y seguir siendo “nosotros” en vida, algo de ello puede abandonarnos y seguir siendo el Yo después de muertos. ¿De acuerdo?. Sigamos. No voy a aquí a especular sobre la existencia de los “viajes astrales”, no porque no crea en ellos (de hecho, me encantan) sino porque algún contendiente intelectual sostendrían la improbabilidad (en el sentido de “no probable”) de mis afirmaciones. Puedo pasarme horas relatando casos de viajes astrales, propios y ajenos, y el escéptico seguiría lo más campante. Lo que voy a tratar de hacer, sin entrar en teorizaciones como las que supe hacer en otro lugar (ver mi ensayo “Fundamentos Científicos del Ocultismo”, cf. “Ley del Mentalismo”) a la búsqueda de razonar sobre la existencia de la materia astral, es, en cambio, exponer esta secuencia de ideas: si un experimento verificable, repetible en laboratorio, demuestra que algo (el cuerpo astral, la conciencia, el espíritu o lo que fuere) puede salir del cuerpo hasta, quizás, puntos alejados del espacio y regresar, toda la teoría de la vida después de la muerte es aceptable empíricamente. Y la prueba estriba en un experimento parapsicológico de los más sencillos, experimentables, casi diría que reconocido por muchos científicos: la premonición o precognición, así como su antítesis, la retrocognición o postcognición. La primera, el conocimiento por medios extrasensoriales de lo que ocurrirá en un futuro. La segunda, lo mismo de lo acaecido en el pasado. Sostengo que, si a gusto del inquisidor de turno, se demuestra la existencia de estas capacidades (que, en lo personal, creo demostradas más allá de toda duda razonable) está virtualmente demostrada la realidad de la proyección astral, mental o espiritual (tachar lo que no corresponda al criterio del lector). ¿Porqué?. Porque, por ejemplo, saber lo que pasó hace una semana en casa de mis cuñados no es sólo un viaje hacia atrás en el tiempo: es también un viaje en el espacio, no sólo porque según Einstein el concepto de espacio-tiempo es indistinguible uno del otro, sino sencillamente porque el martes de la semana pasada no sólo es una tiempo atrás en el calendario sino también, la Tierra, nuestra Tierra, ocupaba un punto remoto en el espacio (se desplaza a 16 km/seg, así que saquen ustedes la cuenta qué tan lejos estaba). Así que la proyección de la conciencia a ese momento (eso sería la retrocognición) implica también la proyección de la conciencia a ese lugar.

Alguien puede contradecirme diciendo que, tal vez, la retrocognición del ejemplo es como una ventana que se abrió a través del espacio tiempo pero vamos, la naturaleza de las retrocogniciones –siempre siguiendo el modelo- son más que “asomadas a la ventana”: la mente está allí, vive y siente lo que ocurre, es decir, salta por sobre el alféizar de la ventana y se ubica en ese lugar, insisto, remoto del tiempo y el espacio, mientras el cuerpo sigue aquí, de este lado de la ventana. De forma tal que, como anticipé, si yo estoy seguro que estas percepciones extrasensoriales existen, debo admitir que algo de mí “viaja” a ese momento del tiempo y el espacio, recoge información y regresa. Y si algo de mí puede hacer ese periplo, si algo de mí es “desprendible” de mi cuerpo físico, ese algo de mí, indefectiblemente, no está atado por las falencias del organismo físico llegado el momento final. A los interesados, les entrego, entonces, una forma de probar la probabilidad de la vida después de la muerte: demostrando la posibilidad científica de una percepción de hechos futuros o pasados, más allá de toda duda oponible. Línea directa con el otro lado Debo admitir que el tema de la así llamada “Transcomunicación Instrumental” me fascina particularmente. Posiblemente se deba a que no me creo dotado de percepciones sobre o preternaturales especiales como para confiar en la sutileza de mis sentidos para contactar con quienes existen en otros planos dimensionales, razón por la cual –hijo de la tecnología, al fin, a caballito entre la generación rehén de Bill Gates y la del destornillador y la llave inglesa- me gustaría confiar en una panoplia de instrumentos para establecer ese puente. Y, además, para cumular evidencias que hagan ver a otros la realidad. El poder registrar sus voces (“Psicofonías”) o intuir no ya sus rostros, sino la dramatización perceptual que “ellos” hacen de los mismos (“psicoimágenes”), tiene un no-sé-qué de posibilidad de control de la situaciones aledañas al encuentro. Pero quizás todo ello no sea más que una proyección, un pseudópodo infuso nacido de mis excrecencias inconscientes por lo que fue mi primera vivencia de transcomunicación instrumental. Que no fue ni mediante grabadora de voz o de imagen mediante, sino con un simple teléfono cuando, un ya remoto tórrido enero de 1980, al levantar el tubo del teléfono de mi hogar paterno escuché la voz de mi abuela Rosa, fallecida en agosto del año anterior, que me llamaba tres veces por mi apodo infantil antes de decir, en voz fuerte y clara, “estoy bien” y ser sucedida por un chirriar y el tono discordante de la línea junto a mi oído congelado de sorpresa y desconcierto. Aunque el acreditado investigador español Sinesio Darnell trate a las simples psicofonías con magnetófono como primitivas y se sumerja en un mundo virtual de ordenadores transcomunicacionales, sigo insistiendo (condicionado por la paupérrima situación económica de un país que no permite hacer grandes gastos del propio bolsillo por la pura investigación) con mis grabadores visitando cementerios, casas abandonadas, lugares históricos, como los que relatara en un anterior artículo mío (“Algunos apuntes sobre la vida después de la muerte”). Esos modestos trabajos me han permitido construir una convicción personal basada en lo experimental y descubrir, una vez más, que todos los escépticos de la vida en el más allá y de la posibilidad de comunicarse de esta manera, no sólo no han refutado (dije “refutado”, no “explicado”, que es otra cosa, cuando banalmente se “construye” una teoría que es lo posible, pero nunca lo demostrado) estos experimentos, sino que nunca lo han intentado siquiera. Y alimentan una conclusión que podríamos llamar, si nadie se opone, la cuarta Ley de Fernández: “Si la vida es campo propio de estudio de las ciencias naturales y físicas, la vida después de la vida, si existe, debe ser campo propio y excluyente también de las ciencias naturales y físicas”. Las religiones, históricamente dueñas del royalty para hablar de estas cuestiones, sólo deberían expedirse sobre los aspectos “morales” de la temática y sus abordajes. Pero, sin embargo, otra vez vemos cómo los científicos, intelectualmente únicos herederos dignos del derecho de investigar la supervivencia a la muerte, se alejan embarazados cuando las requisitorias los acorralan. Y no porque no haya evidencias: no puede decirse que no las hay si no se lo ha investigado plenamente, y si no, que les cuente la doctora Elizabeth Kübler-Ross. No. Otra, y otra vez, es simple misoneísmo: el bloqueo psicológico que impone miedo y rechazo a lo desconocido. Y, por más formación académica que se tenga, es siempre la misma, vieja historia. Es ampliamente sabido entre los científicos e igualmente los no científicos, que el propósito de las teorías científicas es explicar lo desconocido en términos de lo conocido. Conocemos ciertas cosas; pero debemos valernos de nuestra razón y de nuestras observaciones para conocer cosas que actualmente ignoramos. Esto puede ser una ajustada descripción de la “cronología” de nuestros descubrimientos pero es un falso análisis del conocimiento que obtenemos.

Porque las teorías científicas, como teorías, explican lo conocido en términos de lo desconocido. “Conocemos” nuestras observaciones; y las explicamos con teorías cuyos componentes básicos son “desconocidos”. Por ejemplo, la Ley de Gravitación de Newton explicó el movimiento de los cuerpos físicos en la Tierra –y el de los planetas del sistema solar- en términos de fuerzas que obedecen a determinadas leyes de atracción. Ahora bien, son precisamente estas fuerzas las que nos son desconocidas, y no los movimientos que ellas explican. Una de las máximas aspiraciones de los estudiosos de lo parapsicológico es obtener una explicación de los fenómenos en los cuales están interesados. Debe comprenderse que la explicación será en términos de “lo desconocido” en el sentido ya apuntado, y que por consiguiente será más extraña que las propias explicaciones que la inspiran, y no más familiar. La relación entre “lo conocido” y “lo desconocido” es un importante aspecto de la Lógica y su frecuente falsedad es una característica correspondientemente significativa de lo que la concepción popular tiene de racionalidad. Porque cuando se busca una explicación “racional” de la vida después de la muerte y sus manifestaciones asociadas, la racionalidad es concebida como el proceso de pasar de lo desconocido a lo conocido, de la ignorancia al conocimiento, del error a la certidumbre. Pero el argumento precedente expone un sentido en donde esta concepción de la racionalidad es errónea. Llamamos a esta perspectiva de la racionalidad, “dogmática”, significando no que ella afirme algún dogma particular, sino más bien que comparte con todos los dogmas una creencia en la infalibilidad de sus principios y en la certeza de sus deducciones. Por contraste, la visión de la racionalidad como un medio de descubrir nuevos desconocidos puede ser llamada “crítica”, acentuando su espíritu motivacional en la búsqueda de errores y efectos imprevistos. La racionalidad crítica mira a la racionalidad como una colección actual de expectativas habituales que pueden requerir una revisión inmediatamente después de su utilización. La racionalidad dogmática ve a la racionalidad como un sistema de criterios establecidos, desde cuyo standard deben abordarse todos los problemas. La racionalidad dogmática se perfila hacia el rechazo de las apariciones de fantasmas. Los presuntos fenómenos son “físicamente imposibles” (esto es, caen fuera del plano de nuestras experiencias probadas). Por tanto, los fantasmas no existen. Va de suyo que la conclusión puede ser verdadera; pero este tipo de argumento resulta insuficiente, porque confía en la corrección de la racionalidad dogmática, que en realidad ha sido algunas veces rebatidas por fenómenos físicos ordinarios. El carácter erróneo de la racionalidad no es ampliamente reconocido, al menos por la gente común cuya creencia en ella motiva su hostilidad hacia los informes de supuestos fantasmas.

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7 comentarios to “MÁS ALLÁ DEL UMBRAL: Abundando sobre la Vida después de la Muerte”

  1. hector carcamo said

    cordial saludo,profesor gustavo estoy interesado en la leccion,angelica.gracia

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  2. Yo creo en la vida despues de la vida,no por fe,que tengo poca,sino por experiencias personales,y de personas que conozco fiables para mi.

    Me gustan tus articulos,aunque termino agotà……

    Saludos

    Elena

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  3. Holoa Elena!:
    No te enooooojes…..!!! habrás visto que he comenzado a escribir otros más breves, jajaja!!! (claro, no sé cuanto tiempo me durará).
    Un abrazo

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  4. 1guifetri said

    ¿Es posibe que un individuo que fallezca ,deje un resto energetico capaz de manifestar “personalidad?,ello seria equivalente a decir que la conciencia ,no requiere del cuerpo fisico para manifestarse,
    si es asi entonces”NO EXISTE MUERTE”,como disolucion final.
    Qiuen sabe que la conciencia sobrevive al cuerpo fisico,ni se preocupa por el tema ,tan solo observa las consecuencias de sus actos ,no es un santo ,tampoco un negador ,pero ha comprobado,
    que hay un despues,¿Que sucede en ese despues?, ese es el caso .
    A la parapsicologia le seria muy util, saber si el llamado
    “EFECTO FANTASMA DEL ADN ” es correcto o nó.

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  5. Luis said

    Gustavo, me considero buen lector, pero sin perjuicio de que puede haber mucho de verdad en tu larguisima exposicion, realmente tuve que hacer un titanico esfuerzo para terminarla de leer. Por favor amigo, desarrolla un poco el poder de sintesis. Caso contrario, tus articulos seran patentados como el remedio ideal contra el insomnio.

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