Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

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EL FANTASMA DE LA GUARNICIÓN

Publicado por Gustavo Fernández en 19-09-2009

Durante 1979, me tocó cumplir mi período de servicio militar obligatorio en el ejército Argentino, siendo destinado a la Guarnición Militar Sarmiento, provincia de Chubut. Esta guarnición –a la fecha de los sucesos, la más importante del sur argentino- se encuentra ubicada a ocho kilómetros del pueblo homónimo, colonia Sarmiento, y a casi doscientos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Para una mejor ilustración, diremos que está ubicada en un punto situado en el centro de la meseta patagónica y prácticamente sobre la frontera con la provincia de Santa Cruz, en pleno desierto.
Es una región asaz extraña, casi lunar. Flanqueando la guarnición se encuentran dos lagos, sumamente extensos, conocidos uno como Colgué Huapí y otro como lago Musters, en honor al decimonónico explorador inglés de la Patagonia. Este segundo es el menor, pero el más insólito. Se desconoce su profundidad ya que los sondeos realizados no lograron uniformar las presunciones sobre el fondo real, e inclusive científicos japoneses que estuvieron trabajando allí afirman que está subterráneamente conectado con el mar, pues el reflujo de las aguas coincide con las pleamares y bajamares en la costa.

Tal vez ésta sea la explicación para los fantásticos y mortales remolinos que sorpresivamente se forman en su superficie, habitualmente tranquila, y que ya ha engullido muchos botes con sus tripulantes para sólo devolverlos a la superficie en contadas ocasiones.
Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso frente a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la calma chicha del comienzo, sin explicaciones aparentes. En esas oportunidades me he preguntado hasta qué punto serían ciertas las historias de los elementales del agua luchando en su profundidad.
Toda la zona es extraña, sí. A pocos kilómetros existen dos reservas naturales de bosques petrificados. Es relativamente sencillo encontrar, casi a flor de tierra, fósiles prehistóricos de imprecisa antigüedad (a decir verdad, tal abundancia superficial sólo lo he observado en otros dos puntos del país: el Valle de la Luna, o Ischigualasto, en San Juan, y los alrededores de la Caverna de las Brujas, en Mendoza). Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y recuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, observaron una formación de extraños objetos luminosos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el cenit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” comenzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enciando algún tipo de señales a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad imprecisa”. A estar siempre de sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches siguientes.

Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron el día 8 de agosto de 1979. En realidad deberíamos decir que comenzaron un par de días antes, cuando la “idea forma” empezó a gestarse, a partir de una leyenda que ronda en el lugar con visos de verosimilitud.
Para ambientar esta historia, debemos recordar que hasta principios de la década del ’60 Sarmiento era, por su aislamiento natural e inhospitalidad, lo que se denominaba una “guarnición de castigo”, donde eran enviados soldados, suboficiales y oficiales penados por la comisión de diversos delitos y faltas, insubordinación o deserción. Fue entonces cuando se construyó otra base militar, Cobunco, en la provincia de Neuquen, que a partir de entonces pasó a ser la nueva “guarnición de castigo”, y Sarmiento se integró al conjunto de destinos militares convencionales. Creció, hasta alcanzar un número de efectivos de tres mil hombres, con dos barrios de viviendas –de oficiales y suboficiales- más las respectivas familias allí asentadas. Extendió sus límites, pero permaneció fiel al trazado original, absolutamente rodeada por el desierto.
Allá por 1954, ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscripto destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de días francos y licencias –habida cuenta de que difícilmente las tienen quienes se encuentran castigados- sus encuentros debieron ser absolutamente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
El 8 de agosto de ese año, por la noche, al conscripto de referencia le correspondía tomar guardia. Ciertas averiguaciones previas le permitieron saber que había sido destinado a lo que aún hoy se conoce como 2puesto del cementerio”, una casilla que es llamada así por estar situada en el acceso al camino que conduce al cementerio local, común a la colonia y a la guarnición. Incluso desde aquél es posible observar lápidas y cruces de éste, apenas delimitado con un sencillo alambrado. Este camino se prolonga hasta el pueblo, pero por lo general –especialmente en horas de la noche y considerando el lugar por donde pasa- no es transitado en absoluto. Era ideal, entonces, para una cita a solas. El muchacho se las arregló para hacer saber a su chica del horario que cumpliría –las guardias son de dos horas, siendo muy difícil que alguien se aparezca en el ínterin, y el propio puesto está protegido por una hilera de árboles, a salvo de miradas indiscretas- y quedaron entonces de acuerdo en encontrarse en ese punto.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro punto, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.
A la hora acordada, la joven bajó caminando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era especialmente oscura. El soldado, ya de por sí nervioso –como declaró en las investigaciones posteriores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.
Según los reglamentos, el centinela debe repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.
Y cuenta entonces la leyenda que todos los nuevos aniversarios de la muerte de la chica, su fantasma regresa al lugar clamando por su amor perdido.
Esa historia nos había sido contada a la mayoría de los soldados por campesinos del lugar, viejos suboficiales y soldados de clases anteriores. Según ellos, el “fantasma” no aparecía exactamente todos los años, pero las veces que sí lo había hecho solía ocurrir en la fecha indicada.
Debe tenerse en cuenta la naturaleza de la idiosincrasia y nivel social de muchos de los soldados allí destinados. En nuestro caso, pertenecientes a la compañía de Ingenieros 9, sumábamos doscientos hombres, de los cuales éramos solamente veinte provenientes de la Capital Federal, unos ochenta de la provincia de Buenos Aires –la mayoría habitantes de la zona rural- mientras el resto lo hacía de distintas regiones de la misma Patagonia, muchos aún nativos de las estribaciones cordilleranas. Seres humanos algunos inmersos en un permanente primitivismo, que sólo contactaban a otras personas más allá de su grupo familiar o allegados inmediatos tal vez en una oportunidad cada varios meses, cuando exigencias de la vida laboral campestre los hacían bajar hacia los poblados.
Al bajo nivel cultural y social, se sumaba en todos los casos una religiosidad rayana en las creencias más supersticiosas. Arrancados de su hábitat, se mostraban ante este nuevo y hostil mundo que comenzaban a conocer con una credulidad ingenua. Imaginen ustedes el típico perfil obtenible a partir de estos datos y comprenderán con cuánta facilidad habría de llegar a prender en estos muchachos el fuerte contenido emocional de ésta y otras historias.
El 8 de agosto de 1979, nuestra compañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en ooído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles…

Indolentemente caminaba yo por los alrededores del puesto principal de guardia, descansando de las tareas del día y hojeando distraídamente una novelita de ciencia ficción (y que con vergüenza recuerdo –para quienes me consideran un aburrido intelectual- que su título era algo así como “La Princesa Virgen de Marte Contra Los Monstruos de Ultratumba”) cuando una reflexión, digamos sociológica, me detuvo en seco: frente a mí, en uno de los camiones destinados al transporte de tropas, comenzaban a ser introducidos los soldados que irían a ocupar los distintos destinos de ronda. Todos los rostros, invariablemente, mostraban una preocupación que trataban de ocultar detrás de sonrisas forzadas por los inútiles chistes de rigor. Uno de ellos, un chubutense pequeño y moreno, habitante de las solitarias mesetas del Alto Río Senguer, fabricaba, con manos trémulas, dos trozos de madera y un piolín, un burdo crucifijo. Yo aún no lo sabía, pero en ese pequeño y simbólico gesto estaba preanunciando lo que ocurriría horas después…
Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía. Durante mi servicio militar odié, como todo otro conscripto, los toques de “diana” y de “retreta”, pero mi particular posición me permitía disfrutar de ese modesto placer que consistía en poder permanecer hasta horas avanzadas leyendo, escribiendo o tomando un café en absoluta soledad, mientras el resto de mis compañeros ya estaba durmiendo. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, camino al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.
Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escuchar nuevamente, pero ahora bastante más cerca. En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafarrancho era total. Imaginen ustedes doscientas personas, distribuídas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nadaq nos expondría tanto a ser blanco como encender las hileras de luces fluorescentes. Dos disparos levemente aislados se escucharon nuevamente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos cincuenta metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo… y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levantaba su fusil en nuestra dirección.

Rápidamente se reunió a los tres autores de los disparos y se les confinó en cuartos aislados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de éstos. Sabíamos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impidió, en primera instancia, conocer los pormenores.
Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: Exactamente a la hora 22:25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicentro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En realidad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.
El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos doscientos metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.
A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacudirse unos pajonales próximos a él, de donde surgió una forma que, munido de mayor tranquilidad, pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se repetirían en las noches siguientes: “Imaginá -me comentaba al día siguiente, en la cantina de soldados- un cono levemente truncado en la parte superior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos setenta centímetros de ancho en la base, flotando a unos treinta centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rápidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía… vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire caliente”. La aparición era demasiado clara –y sobrecogedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y continuó su ronda a la guarnición (empero, no fue observado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.

La opinión de los miliatares profesionales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a colación la cuestión de la “leyenda”) y la inexperiencia y el miedo de los otros hizo el resto.
Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo recomenzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las tres de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes… y ser mandados nuevamente a dormir.
Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejeros alemanes a cargo de nuestra compañía. Me cupo la responsabilidad de haber sido quien sugiriera, al mayor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedicación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó. Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –como opinaban ciertos hombres de armas metidos a psicólogos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sencillo que se asustaran mutuamente. Un perro carece de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaraciones, aparecía el ente, también es cierto que el miedo (o la ansiedad de ver algo) hacía que los soldados dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutardas” (gran ave de color blanco y hábitos nocturnos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.
Pero no eran únicamente soldados inexpertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos conscriptos a “tirar primero y preguntar después”. Algunos episodios fueron antológicos. Como aquella noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con ttres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los ochenta kilómetros por hora- y se desvió hacia unos matorrales que costean al lago Colgué huapí, desapareciendo de la vista.
Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia frente a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muyh próximo a una de sus paredes. El conductor del camión encendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a disparar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la seguridad de un zanjón) hasta que tomaron sus armas y asomados a una ventana, tirotearon las luces que se aproximaban. Fueron necesarios fuertes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicerfía, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.
De todas estas descripciones podemos extraer algunas conclusiones interesantes.
En primer lugar, hay cierta “materialidad” en el ente. Si bien las balas parecen no afectarle –un proyectil calibre 7.65 a pocos metros de distancia no es algo despreciable- recordemos que este ser desplazaba los pajonales y malezas a su avance. Por otro lado aparecía en los momentos de máxima tensión psicológica –de noche, en soledad y bajo la luna llena- y aún así, a lo largo de la misma se desintegraba aparentemente por momentos (recordemos que en la primera visión no fue observado en varios puntos del trayecto que debió haber recorrido) y, lo que es aún más llamativo, adquiría mayor definición cuando el perfil socio-psicológico del testigo era más bien bajo. Esto, sumado a una experiencia personal, me permite abundar en su verdadera naturaleza.
Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los suboficiales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue porque buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido voluntariamente en ninguna de las rondas de guardia.
Es así que allí estaba yo, con una temperatura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta veinte grados bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio ovejero alemán. Tomamos al animal y ambos, el suboficial y yo, nos dirigimos a paso lento directamente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las antiguas tumbas.
En determinado momento, nos sentamos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a lado, el militar y yo intercambiamos algunas palabras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.
Sorpresivamente, con un leve pero prolongado lamento, el animal irguió la cabeza y levantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.
El mismo pensamiento debe haber cruzado al unísono nuestras mentes porque, extrayendo rápidamente las pistolas de sus fundas, giramos ambos, buscando hacer puntería. Movimiento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.
Y desde esa p’osición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos veinte metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sorpresivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarswe y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.
Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuelta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado?.
Y asimismo me respondo: con toda seguridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.

Se me ocurre una hipótesis para explicar al fantasma de la guarnición: la idea-forma (ideoplastia) de un soldado –el primero- se corporizó, aunque sea esbozándose como involuntario protagonista de una ectocoloplasmosis (cuando mediante un mecanismo parapsicológico exudamos por los orificios naturales del cuerpo una sustancia –llamada “ectoplasma”- pero que adopta una forma definida), y vampirizando psíquicamente a muchos de los presentes adquirió cierta independencia psíquica durante un tiempo dado, el suficiente para que los humanos testigos se acostumbraran a sus paseos y en mayor o menor medida le perdieran el miedo –en ningún momento tuvo un comportamiento hostil- y dejara de ser permanentemente reforzado por quienes le visualizaban. Obsérvese un detalle para mí altamente significativo: cuando efectuaba una de sus habituales rondas, este ser era visto por aquellos individuos muy creyentes, crédulos o con personalidades hipersensibles (lo que también indica potenciales sensitivos extrasensoriales) y no por los soldados más escépticos o psicológicamente endurecidos (las “ovejas” y “cabras” de los experimentos parapsicológicos del doctor Rhine); aunque el trayecto del ser los tuviera como puntos de intersección de su camino. Pero aún hay más; mi análisis me permitió observar que quienes lo habían contactado de cerca, mostraban durante el día siguiente una extraña fatiga y cansancio, que no aparecía entre quienes no le habían visto (lo que no puede adjudicarse entonces al estrés que en ambos casos es similar) como si la energía psíquica de los mismos hubiera sido literalmente absorbida. En otras palabras, lo que los antiguos ocultistas medievales señalaban como característico de un egrégoro en formación.

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MÁS ALLÁ DEL UMBRAL: Abundando sobre la Vida después de la Muerte

Publicado por Gustavo Fernández en 28-05-2009

Mucho se ha venido especulando sobre la vida después de la muerte, las pruebas que pueden aportarse de su existencia, los conflictos religiosos dimanados de toda especulación cientificista sobre el particular y, en general, sobre bizarras aristas del tópico, más cercana a una bizantina discusión sobre el sexo de los ángeles que apuntadas al meollo de los miedos e inquietudes del hombre común de la calle. En otro trabajo mío (“Algunos apuntes sobre la Vida después de la Muerte”), ya he abundado en reflexiones sobre las argumentaciones –no sé si decir aún “pruebas”- que pueden presentarse sobre el concepto de la supervivencia a la muerte. En algún otro, oportunamente, enlistaré las evidencias, si se quiere experimentales, que hemos acumulado sobre el particular. De forma tal que considérese este trabajo como una especie de “aglutinante” entre ambos, una concatenación de ideas dispersas que trata, tal vez un poco anárquicamente, en constituirse en la médula espinal de nuevas aproximaciones a la cuestión. Las etapas del despertar en la muerte Seguramente algún lector, a la vista de las líneas siguientes, exigirá alguna demostración de mis afirmaciones. Sin embargo, quizás lo decepcionaré recordándole que siendo éste un trabajo considerable esotérico, lo es, no sólo en función de los temas tratados sino de las fuentes para acceder a su conocimiento. Demostración, en consecuencia, una tesis verificable, es propio del conocimiento exotérico, vale decir, transmisible oralmente. Y, como ya he explicado hasta el cansancio, ese es sólo uno de los caminos de aprehensión de la Realidad. Este otro, el iluminista, el perceptual, el intuitivo, el místico, si así lo prefieren, complementa –no contradice- al primero. De manera tal que si el lector ignora los fundamentos que justifican esa forma de conocimiento, pues es oportuno que detenga aquí su lectura hasta rehacer ese trayecto privativo de otros lectores tal vez, si no perseverantes, sí cuando menos históricos. No es empero tan difícil justificar aquello que llamamos “conocimiento esotérico”. No se trata de revelaciones trascendentes en medio del sonar de trompetas angelicales, no. O, por lo menos, no siempre. Digamos que consiste en acudir espontánea e involuntariamente a planos más sutiles de absorción de información. Sistemas de percepción más universales, en el sentido de abarcativos, que los cinco sentidos con los que toscamente creemos bastarnos para desenvolvernos en el mundo. Una frívola lectura psicologista puede erróneamente llevar a creer que, después de todo, no se trata más que de los siempre conocidos procesos cognoscitivos expresados de otra manera. Pero puede invertirse la carga de la prueba y decirse, también, que lo que suponemos procesos cognoscitivos inconscientes no son más que rótulos “á la mode” para definir el milenario conocimiento espiritual. ¿Dónde termina el espíritu y comienza la psiquis?. ¿Dónde termina la psiquis y comienza la materia?. Quien crea, con una sonrisa irónica, que es muy evidente la diferencia entre uno y otro, evidentemente nada ha entendido de la Ley del Mentalismo. Voy caminando por la calle y, en sentido opuesto, lo viene haciendo mi amigo Quique. El reconocerlo no es un acto lógico, en el sentido de “pensamientos lineales y encadenados para arribar a una conclusión”. La lógica es, por así decirlo, un proceso formalmente determinista, con un origen, un proceso y una conclusión. Pero mi conclusión (“ese-que-viene-caminando-es-Quique”) no es lógica. No percibo los ojos del viandante, luego su nariz, luego sus orejas, su cabello, su boca, su mentón y armo una estructura ordenada de pensamiento donde: ojos+nariz+orejas+cabello+boca+mentón= Quique. No. Mi reconocimiento (mi conclusión) es un acto espontáneo, involuntario, interactuante y de conocimiento holístico. Es intuitivo. Es esotérico. Lo esotérico no debe estar cubierto por el engañosos ropaje del teatro circense. No es aquello que aletea entre búhos y la densa humareda de las sahumaciones. Es tan común, tan cotidiano, que nos resistimos a aceptarlo, precisamente porque estamos a la expectativa de cierta “fantasticidad” en su naturaleza. Y por no saber reconocer las cosas simples, se nos escapa el verdadero Conocimiento. O para parafrasear a Ernesto Sábato, somos como el ictiólogo que por no saber hacer redes con mallas más cerradas para pescar los peces motivo del estudio de su ciencia, concluyó que todo pececillo que no pudiera ser atrapado por aquella no le cabía como objeto de estudio, ya que sencillamente serían peces metafísicos. Si bien los autores de fantasía y de ciencia-ficción se han adelantado décadas a la simple enunciación teórica de lo que soñaron, muchas de sus visiones forman parte de nuestra realidad cotidiana y ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello.

Tomen ustedes el ejemplo del “hiperespacio”, ese concepto tan caro a la fantasía científica, que terminaba de plano con lindezas molestas como la velocidad límite que nos imponía la luz, la contracción temporal y otras cositas menores. Simplemente, se abría un “agujero en la nada” y la nave espacial con nuestro héroe de turno recorría en tiempos mínimos la distancia entre dos puntos que en el espacio ordinario hubiera demandado toda una vida. Estos “atajos” por otras dimensiones fueron vistos con sorna por los mismos científicos que años después hablarían de “agujeros de gusano”, “supercuerdas” y otras cosas tan fáciles de comprender. Pero, en términos populares, la idea de un “hiperespacio” para muchos sigue sonando a fantasía. Y, sin embargo, nos movemos en el hiperespacio mientras leemos esta nota. Porque muchos conceptos ortodoxos sobre la distancia entre dos puntos saltaron por los aires con la llegada de Internet. Un espacio “virtual”, irreal si hay cortes de luz pero tangible por los sentidos si estamos conectados a la Web que, para colmo, abusa del hiperespacio. ¿Qué es sino lo que podría llamarse de tal manera cuando, en vez de recorrer una página linealmente, obedeciendo a un proceso que a lo largo de una flecha de tiempo nos dice que al punto (a) le sigue el (b), luego el (c), etcétera, decidimos alegremente tomar el atajo de un link, de un enlace, y “saltar” al medio, al final, a otra página o adonde nos lleve el mismo?. Yo puedo subir a la Web una página, con un comando al comienzo que me envíe directamente al párrafo 336 sin necesidad de pasar por los 335 anteriores. Esto es un atajo virtual. Esto es el hiperespacio. En el mismo orden de ideas, nada nos impide entender al ser humano (no la suma de desechos biológicos que, más o menos entrópicamente organizados, constituyen su cuerpo, sino a su esencia) como un paquete de información. De hecho, somos información: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que tocamos, no ingresa a nuestra conciencia en forma bruta sino transformada, nervios mediante, en pulsaciones electroquímicas que son decodificadas por un transductor que llamamos cerebro e interpretadas de acuerdo a un esquema perinatal y de aprendizaje de percepción de la realidad, lo que me lleva, en principio, a preguntarme si el mundo que me rodea, esta computadora, mi casa, ustedes, serán realmente como yo creo percibirlos o sólo un fantasma de mis sentidos… Yo mismo no soy más que un amasijo de átomos en enloquecida carrera entre nubes de energía, astronómicamente distanciados entre sí, apenas una probabilidad expresable matemáticamente. Soy información, y si creo ser algo diferente, digamos “materia”, es por ese condicionamiento original. A fin de cuentas, la materia es definible como únicamente una particularidad de la curvatura del espacio-tiempo. Así que al morir, es sólo ilusorio (“maya” dirían algunos) que lo más importante comience a desintegrarse, a desaparecer. No quisiera ser aburrido con comparaciones que a muchos de mis lectores les parecerán infantiles y precarias, pero me tienta suponer que la lectura materialista de la vida es como creer que la información de mi PC es esto que aparece en la pantalla, seguramente producto del ronroneante funcionar de sus partes físicas y que al, supongamos, estrellarla contra el piso en un arranque de furia, la he “matado” sin posibilidad de producir nuevas imágenes, ignorante que lo que verdaderamente servía no era la máquina en sí sino aquello que duerme en el disco rígido, tan inerte él, y que así seguirá si no tengo la perpiscacia de cargarlo en otra computadora… interesante analogía para plantear el tema de la Reencarnación. Por lo tanto, concluyo que la muerte es sólo “otro estado” de esa información que llamamos Yo, y que pasa por situaciones parecidas. Y es aquí donde mi experiencia con “paquetes de memoria” (ya saben, un término cuasitécnico para reemplazar al perimido de “fantasmas” y cuya razón de ser ya he explicado en otra oportunidad) me permite especular con los estados inmediatos más allá del umbral.

Básicamente, he detectado cuatro fases; dos sometidas al determinismo y dos sujetas al libre albedrío. Es interesante que así sea. Siempre dije que el bien más preciado que Dios le ha dado al ser humano es el libre albedrío, la capacidad de optar, de elegir. Y si bien ciertos hechos de nuestra vida están predestinados, otros, en cambio y en admirable equilibrio, están depositados en nuestras manos para que con ellos construyamos nuestro Karma, universal o mundano, acelerando o desacelerando las fases de crecimiento a través de los evos y los planos de manifestación. Inmediatamente después del óbito, el paquete de memoria se encuentra en un estado de comprensión. Debe hacerse cargo de su nueva situación, lo que no es tan inmediato y natural como podría suponerse. No olvidemos que con el desprendimiento las funciones de la conciencia, como procesadora de la percepción de los sentidos y las estructuras analíticas de pensamiento, cesa. Ya no hay sentidos que perciban. Ya el cerebro, que procesaba la información como el “darse cuenta” no sólo no funciona, sino que comienza a descomponerse. Lo que sobrevive, psíquicamente hablando y cuando menos en los tiempos inmediatos posteriores al fallecimiento (aunque el concepto de “tiempo” también es sumamente relativo, ya que el “paso del” es también una función de la mente conciente) es el inconciente, que comienza una reestructuración; es el primer paso, la primera señal de evolución a una nueva fase. Debe entonces comprender su nueva condición (algo relativamente sencillo si el individuo incorporó a lo largo de su vida biológica vivencias de aceptación de lo espiritual; algo muy difícil para un materialista que nunca creyó en la vida después de la muerte), y esta comprensión, más tarde o más temprano, indefectiblemente llega: es determinista. Pero no lo es la siguiente etapa; la aceptación. En efecto, es posible que el paquete de memoria se niegue a aceptar esta nueva situación. Por egoísmo o apegos (a las cosas o la gente) se empecina en querer “volver hacia atrás”, manifestarse en el plano de los vivos, sentir y ser sentido. Y como depende de la maduración que haga de la circunstancia el continuar adelante, es probable que quede largo tiempo atrapado en un plano que no es una trampa exterior, sino la prisión de su propia y equivocada actitud. Aún después de muertos, podemos seguir siendo prisioneros de nuestros propios errores… Pero si supera esta etapa, llega a la de aprendizaje. Cuando acepta su nueva condición, comienza a interactuar con ese plano, con las realidades de ese plano. Con las entidades que le han precedido. Y de esas relaciones, de esas interacciones, surgen conocimientos. Aprendizajes. Que, por desenvolverse precisamente en un medio espiritual, son espirituales. El paquete de memoria crece espiritualmente no porque necesariamente descubra que debe priorizar lo espiritual más que en su anterior vida física por ser más importante, sino, sencillamente, porque ese esw el medio en que se desenvolverá y, en un sentido de supervivencia, aprenderá aquello que le permita una mejor adaptación asl medio. Si somos abandonados en una jungla, deberemos sobrevivir, y descubriremos por nuestros medios o aprenderemos de los nativos técnicas de supervivencia física; lo espiritual deberá esperar. Si vivimos en la ciudad enloquecida por el consumismo, es posible que algunos deban adquirir destrezas para sobrevivir a los vaivenes financieros de los códigos de la vida contemporánea. Ingresados en el mundo espiritual, la supervivencia, la adaptación al medio, el desenvolvimiento del nuevo estado será entonces, por fuerza de las circunstancias, espiritual. Se aprenderá. Y deviene naturalmente, entonces, el cuarto estado: evolución. La entidad puede optar por aprender más, o aprender menos. Pero no puede evitar, en consonancia con su aprendizaje, crecer. Y entonces continúa hacia estadios superiores de manifestación.

Pero… ¿Podemos probarlo? Tenemos dos formas cuando menos de acercarnos a probar la sobrevivencia a la muerte. Con evidencias directas (psicofonías, psicoimágenes, transcomunicaciones que los escépticos siempre discutirán) o indirectas: si ciertos hechos fundamentan un correcto proceso de raciocinio, podemos suponer que sus conclusiones, si son lógicas (aunque increíbles) se correspondan a la verdad. Como decía Sherlock Holmes: “Buscando una respuesta, una vez que se descarta todo lo erróneo, lo que reste, aunque improbable, debe ser la verdad”. Voy a acercarme a la cuestión de la vida después de la muerte, entonces, desde otro ángulo. Tratemos de probar que existe algo como el “cuerpo astral”. De hecho, y entiendo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, si el “cuerpo astral”, como una contrapartida no física del cuerpo material existe, entonces toda especulación sobre la vida después de la muerte en otros sentidos (psíquico, espiritual energético) adquiere visos de verosimilitud. Lo que estoy diciendo es que si podemos probar que “algo” de nosotros puede abandonar nuestro cuerpo físico y seguir siendo “nosotros” en vida, algo de ello puede abandonarnos y seguir siendo el Yo después de muertos. ¿De acuerdo?. Sigamos. No voy a aquí a especular sobre la existencia de los “viajes astrales”, no porque no crea en ellos (de hecho, me encantan) sino porque algún contendiente intelectual sostendrían la improbabilidad (en el sentido de “no probable”) de mis afirmaciones. Puedo pasarme horas relatando casos de viajes astrales, propios y ajenos, y el escéptico seguiría lo más campante. Lo que voy a tratar de hacer, sin entrar en teorizaciones como las que supe hacer en otro lugar (ver mi ensayo “Fundamentos Científicos del Ocultismo”, cf. “Ley del Mentalismo”) a la búsqueda de razonar sobre la existencia de la materia astral, es, en cambio, exponer esta secuencia de ideas: si un experimento verificable, repetible en laboratorio, demuestra que algo (el cuerpo astral, la conciencia, el espíritu o lo que fuere) puede salir del cuerpo hasta, quizás, puntos alejados del espacio y regresar, toda la teoría de la vida después de la muerte es aceptable empíricamente. Y la prueba estriba en un experimento parapsicológico de los más sencillos, experimentables, casi diría que reconocido por muchos científicos: la premonición o precognición, así como su antítesis, la retrocognición o postcognición. La primera, el conocimiento por medios extrasensoriales de lo que ocurrirá en un futuro. La segunda, lo mismo de lo acaecido en el pasado. Sostengo que, si a gusto del inquisidor de turno, se demuestra la existencia de estas capacidades (que, en lo personal, creo demostradas más allá de toda duda razonable) está virtualmente demostrada la realidad de la proyección astral, mental o espiritual (tachar lo que no corresponda al criterio del lector). ¿Porqué?. Porque, por ejemplo, saber lo que pasó hace una semana en casa de mis cuñados no es sólo un viaje hacia atrás en el tiempo: es también un viaje en el espacio, no sólo porque según Einstein el concepto de espacio-tiempo es indistinguible uno del otro, sino sencillamente porque el martes de la semana pasada no sólo es una tiempo atrás en el calendario sino también, la Tierra, nuestra Tierra, ocupaba un punto remoto en el espacio (se desplaza a 16 km/seg, así que saquen ustedes la cuenta qué tan lejos estaba). Así que la proyección de la conciencia a ese momento (eso sería la retrocognición) implica también la proyección de la conciencia a ese lugar.

Alguien puede contradecirme diciendo que, tal vez, la retrocognición del ejemplo es como una ventana que se abrió a través del espacio tiempo pero vamos, la naturaleza de las retrocogniciones –siempre siguiendo el modelo- son más que “asomadas a la ventana”: la mente está allí, vive y siente lo que ocurre, es decir, salta por sobre el alféizar de la ventana y se ubica en ese lugar, insisto, remoto del tiempo y el espacio, mientras el cuerpo sigue aquí, de este lado de la ventana. De forma tal que, como anticipé, si yo estoy seguro que estas percepciones extrasensoriales existen, debo admitir que algo de mí “viaja” a ese momento del tiempo y el espacio, recoge información y regresa. Y si algo de mí puede hacer ese periplo, si algo de mí es “desprendible” de mi cuerpo físico, ese algo de mí, indefectiblemente, no está atado por las falencias del organismo físico llegado el momento final. A los interesados, les entrego, entonces, una forma de probar la probabilidad de la vida después de la muerte: demostrando la posibilidad científica de una percepción de hechos futuros o pasados, más allá de toda duda oponible. Línea directa con el otro lado Debo admitir que el tema de la así llamada “Transcomunicación Instrumental” me fascina particularmente. Posiblemente se deba a que no me creo dotado de percepciones sobre o preternaturales especiales como para confiar en la sutileza de mis sentidos para contactar con quienes existen en otros planos dimensionales, razón por la cual –hijo de la tecnología, al fin, a caballito entre la generación rehén de Bill Gates y la del destornillador y la llave inglesa- me gustaría confiar en una panoplia de instrumentos para establecer ese puente. Y, además, para cumular evidencias que hagan ver a otros la realidad. El poder registrar sus voces (“Psicofonías”) o intuir no ya sus rostros, sino la dramatización perceptual que “ellos” hacen de los mismos (“psicoimágenes”), tiene un no-sé-qué de posibilidad de control de la situaciones aledañas al encuentro. Pero quizás todo ello no sea más que una proyección, un pseudópodo infuso nacido de mis excrecencias inconscientes por lo que fue mi primera vivencia de transcomunicación instrumental. Que no fue ni mediante grabadora de voz o de imagen mediante, sino con un simple teléfono cuando, un ya remoto tórrido enero de 1980, al levantar el tubo del teléfono de mi hogar paterno escuché la voz de mi abuela Rosa, fallecida en agosto del año anterior, que me llamaba tres veces por mi apodo infantil antes de decir, en voz fuerte y clara, “estoy bien” y ser sucedida por un chirriar y el tono discordante de la línea junto a mi oído congelado de sorpresa y desconcierto. Aunque el acreditado investigador español Sinesio Darnell trate a las simples psicofonías con magnetófono como primitivas y se sumerja en un mundo virtual de ordenadores transcomunicacionales, sigo insistiendo (condicionado por la paupérrima situación económica de un país que no permite hacer grandes gastos del propio bolsillo por la pura investigación) con mis grabadores visitando cementerios, casas abandonadas, lugares históricos, como los que relatara en un anterior artículo mío (“Algunos apuntes sobre la vida después de la muerte”). Esos modestos trabajos me han permitido construir una convicción personal basada en lo experimental y descubrir, una vez más, que todos los escépticos de la vida en el más allá y de la posibilidad de comunicarse de esta manera, no sólo no han refutado (dije “refutado”, no “explicado”, que es otra cosa, cuando banalmente se “construye” una teoría que es lo posible, pero nunca lo demostrado) estos experimentos, sino que nunca lo han intentado siquiera. Y alimentan una conclusión que podríamos llamar, si nadie se opone, la cuarta Ley de Fernández: “Si la vida es campo propio de estudio de las ciencias naturales y físicas, la vida después de la vida, si existe, debe ser campo propio y excluyente también de las ciencias naturales y físicas”. Las religiones, históricamente dueñas del royalty para hablar de estas cuestiones, sólo deberían expedirse sobre los aspectos “morales” de la temática y sus abordajes. Pero, sin embargo, otra vez vemos cómo los científicos, intelectualmente únicos herederos dignos del derecho de investigar la supervivencia a la muerte, se alejan embarazados cuando las requisitorias los acorralan. Y no porque no haya evidencias: no puede decirse que no las hay si no se lo ha investigado plenamente, y si no, que les cuente la doctora Elizabeth Kübler-Ross. No. Otra, y otra vez, es simple misoneísmo: el bloqueo psicológico que impone miedo y rechazo a lo desconocido. Y, por más formación académica que se tenga, es siempre la misma, vieja historia. Es ampliamente sabido entre los científicos e igualmente los no científicos, que el propósito de las teorías científicas es explicar lo desconocido en términos de lo conocido. Conocemos ciertas cosas; pero debemos valernos de nuestra razón y de nuestras observaciones para conocer cosas que actualmente ignoramos. Esto puede ser una ajustada descripción de la “cronología” de nuestros descubrimientos pero es un falso análisis del conocimiento que obtenemos.

Porque las teorías científicas, como teorías, explican lo conocido en términos de lo desconocido. “Conocemos” nuestras observaciones; y las explicamos con teorías cuyos componentes básicos son “desconocidos”. Por ejemplo, la Ley de Gravitación de Newton explicó el movimiento de los cuerpos físicos en la Tierra –y el de los planetas del sistema solar- en términos de fuerzas que obedecen a determinadas leyes de atracción. Ahora bien, son precisamente estas fuerzas las que nos son desconocidas, y no los movimientos que ellas explican. Una de las máximas aspiraciones de los estudiosos de lo parapsicológico es obtener una explicación de los fenómenos en los cuales están interesados. Debe comprenderse que la explicación será en términos de “lo desconocido” en el sentido ya apuntado, y que por consiguiente será más extraña que las propias explicaciones que la inspiran, y no más familiar. La relación entre “lo conocido” y “lo desconocido” es un importante aspecto de la Lógica y su frecuente falsedad es una característica correspondientemente significativa de lo que la concepción popular tiene de racionalidad. Porque cuando se busca una explicación “racional” de la vida después de la muerte y sus manifestaciones asociadas, la racionalidad es concebida como el proceso de pasar de lo desconocido a lo conocido, de la ignorancia al conocimiento, del error a la certidumbre. Pero el argumento precedente expone un sentido en donde esta concepción de la racionalidad es errónea. Llamamos a esta perspectiva de la racionalidad, “dogmática”, significando no que ella afirme algún dogma particular, sino más bien que comparte con todos los dogmas una creencia en la infalibilidad de sus principios y en la certeza de sus deducciones. Por contraste, la visión de la racionalidad como un medio de descubrir nuevos desconocidos puede ser llamada “crítica”, acentuando su espíritu motivacional en la búsqueda de errores y efectos imprevistos. La racionalidad crítica mira a la racionalidad como una colección actual de expectativas habituales que pueden requerir una revisión inmediatamente después de su utilización. La racionalidad dogmática ve a la racionalidad como un sistema de criterios establecidos, desde cuyo standard deben abordarse todos los problemas. La racionalidad dogmática se perfila hacia el rechazo de las apariciones de fantasmas. Los presuntos fenómenos son “físicamente imposibles” (esto es, caen fuera del plano de nuestras experiencias probadas). Por tanto, los fantasmas no existen. Va de suyo que la conclusión puede ser verdadera; pero este tipo de argumento resulta insuficiente, porque confía en la corrección de la racionalidad dogmática, que en realidad ha sido algunas veces rebatidas por fenómenos físicos ordinarios. El carácter erróneo de la racionalidad no es ampliamente reconocido, al menos por la gente común cuya creencia en ella motiva su hostilidad hacia los informes de supuestos fantasmas.

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