Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

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ESOTERISMO PARA OVNÍLOGOS: EL PARADIGMA DE HAMELIN

Publicado por Gustavo Fernández en 07-12-2009


“La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte. Si el mundo matematizable fuera el único mundo verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajes de la vigilia, la belleza de una fuga de Bach o por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona”.

Ernesto Sábato

Aun cuando entiendo y acepto que seguramente no seré comprendido por algunos de mis lectores (o, lo que es peor, seré mal comprendido) he decidido encarar con entusiasmo la redacción de estas líneas, convencido de que, cuanto menos, estas reflexiones, si bien no tienen la soberbia de aspirar a codificar la “verdad revelada” en torno al enigma de los OVNIs, sí constituirán en su defecto, un enfoque renovador para muchos, proponiendo –proponiéndoles– rever sus propias concepciones en torno a la temática. Si luego de esa revisión tales concepciones permanecen incólumes, esto también será un rédito positivo de este trabajo, pues por lo pronto habrá servido para poner a prueba –y en ese hipotético caso– reforzar las creencias preexistentes. De no ser así, su carácter revulsivo motivará a replantear enfoques que, por ende y hasta ese momento, habrán tenido más de anquilosadas que de razonadas.

Sé también que proponer este extraño maridaje entre Esoterismo y Ovnilogía escandalizará a muchos, aunque tal vez sea sólo una expresión de deseos de mi pedantería suponer que mis opiniones puedan escocer a más de uno; entonces, auguro para ellas el silencio de los indiferentes y el olvido de los frívolos. No importa; en el resbaladizo terreno que nos ocupa, la imperturbabilidad de una creencia a través del tiempo no es señal de la fortaleza de la misma sino, en todo caso, de la inseguridad psicológica de quien la sostiene, más afín a encerrarse entre los muros de la doctrina aceptada que a enfrentar el desolado valle de los cuestionamientos.

Porque va de suyo que en una época donde el paradigma dominante es el científico, donde, como escribí alguna vez, un individuo es creíble más por los oropeles académicos que presente que por la certeza, equilibrio o justicia de su pensamiento; donde el referente de lo cierto y creíble pasa por la exhibición cuantitativa de títulos –olvidando de manera demasiado sencilla que detrás del diploma y del guardapolvo yace una naturaleza humana con los viejos miedos y las pasiones de siempre de cualquier otro ser humano– y perdiendo la perspectiva histórica de que cada época tuvo su propio referente: (eclesiásticos en la Edad Media, políticos y militares hasta la segunda mitad del siglo XX, medios periodísticos con ínfulas de ángeles guardianes en la segunda mitad del mismo) en esta época, decía, el Esoterismo –palabra que muchos critican pero pocos estudian– retrotrae el pensamiento colectivo a épocas oscuras de ancianas espantosas revolviendo malolientes calderos. Tanto es así, que en una época como la nuestra, donde la información circula tan libremente que se supone que tenemos una visión panorámica bastante acertada de todas las cosas, al Esoterismo se lo asocia con supersticiones dignas de espíritus débiles, malignidades disfrazadas de hipocresías u oscuras manipulaciones de las vertientes más sangrientas del poder político.

Y bien sí. Es cierto que lo que los medios llaman “esoterismo”, a través de revistas planeadas inteligentemente para vender recetas mágicas a las masas (pero hechas por periodistas profesionales, no por ocultistas), personajes deleznables a la sombra de gobiernos autoritarios o sensacionalistas programas de televisión donde draculianas damiselas exóticamente sedientas de sangre dicen practicar las artes ocultas, todo esto, en fin, abona la perversa (en el sentido psicológico de la expresión: “desviado de lo correcto”) sensación de que lo brujeril, ocultista y necromántico es el residuo vergonzoso de la ignorancia de la humanidad. Y, con la misma certeza, sé que tratar de explicar que existe un esoterismo serio, responsable, filosófico, fundamentado, racional y que puede aportar interesantes concepciones para abordar el fenómeno OVNI, será mirado con sorna por los mismos espíritus críticamente racionalistas y echado al cesto de residuos. O la papelera de reciclaje de su PC. Y, como veremos en los párrafos siguientes, tal actitud no responde a la “fundamentación científica” de esa execración del Esoterismo, aunque se le disfrace de tal, sino a motivaciones más profundas, oscuras e incontrolables.

Porque si nos proponemos estudiar alguna relación entre Esoterismo y Ovnilogía, primero debemos entender a aquél. Y con ello comenzaremos.

Dije líneas atrás que la imagen popular que el vulgo reserva para el Esoterismo se encuentra más cercana a la lechuza en el hombro que a la del filósofo. Pero ello deviene sólo de una pauperización de lo que se filtró al público, a través de las épocas, sobre estas ciencias. Alguien diría que si así ocurrió, después de todo, es responsabilidad de los propios esoteristas. Y quizás no le falte razón: sólo puedo decir en descargo de aquellos que creían, históricamente, tener sus buenas razones para hacer del Esoterismo algo oculto, es que estaban alentados por la buena intención de evitar más dolores que alegrías a su prójimo. Como escribiera un viejo sabio chino: “Ten cuidado de que el conocimiento no caiga en manos de príncipes ni soldados. ¡Atención!. Que no haya una mosca en tu laboratorio mientras trabajas”.

Si alguien supone que el Esoterismo proponía una forma de aristocracia del conocimiento, estaría en lo correcto. Pero en el sentido etimológico de la palabra aristocracia: “gobierno de los mejores”. No en un sentido político, económico, de sangre o de poder; sino en una acepción intelectual y espiritual.

No es éste el lugar idóneo –aunque me gustaría hacerlo– para discutir si la “democratización del conocimiento”, más allá de sus evidentes beneficios, es necesariamente el camino hacia la perfección de la especie humana. Pero convengamos en que el conocimiento que en unas manos solidariza y apoya la vida humana, en otras la destruye. No debe deducirse, sin embargo, que el Esoterismo propugnaba una “elitización” de la ciencia, como algo sólo para unos pocos. El eterno dilema de “quién le pone el cascabel al gato” sobreviviría sin esfuerzos. Simplemente, los antiguos esoteristas proponían al sabio como un hombre universal; universal en sus conocimientos, un científico que emocionara al escribir poesía o música en sus ratos libres o viviera de acuerdo a la presencia divina en la naturaleza. Un Leonardo da Vinci, por caso: arquitecto, matemático, pintor, músico, astrólogo. Porque a poco que buceen ustedes en los textos –los serios, se entiende– de Esoterismo, descubrirán su Gran Secreto: lo que llevó a la humanidad a épocas de barbarie y desazón, de hambrunas y guerras, del mal imperando sobre la Tierra, ha sido la separación, el divorcio entre lo material y lo espiritual, entre lo científico y lo místico (evito decir ecleciástico: lo espiritual no es patrimonio exclusivo de alguna Iglesia), entre la mente y, a fin de cuentas, una especulación como el alma. Así que olvidando calderos y escobas, pentáculos y patas de conejo, podemos definir al Ocultismo como una forma de conocer la Realidad, aunando lo racional (ciencia), lo místico (espiritualidad) y lo estético (arte).

Porque tres, y estas tres son precisamente, las formas de aprehender la naturaleza que tiene el hombre: a través del análisis de las cosas, de descomponerla en sus partes menores, sean éstas materiales o tan eidéticas como puras matemáticas: a la rosa la puedo comprender como la suma de pistilo, tallo, pétalos y corola, pero también puedo emocionarme con ella, aceptarla como obra de un dios creador (espiritualidad) y entonces colijo que a la naturaleza puedo percibirla por vías iluministas, o bien describirlas en un lienzo, un poema o una melodía, transmitiendo las sensaciones que aquélla me inspira, y entonces podré escribir de cómo describo la naturaleza mediante el arte. Si la Realidad se parece más a lo que enseña el científico, el religioso o el artista, es sólo cuestión de paradigmas.

Pero, en todo caso, es un hecho que privilegiar una y sólo una de esas concepciones es una forma mutilada de conocer. En consecuencia, tan limitado era el sacerdote medieval que creía que la Iglesia enseñaba todo lo que valía la pena y lo que estaba fuera de ella o era inútil o era demoníaco, como el médico, físico, astrónomo o psiquiatra que de manera enciclopédica –y en ocasiones con un tinte de soberbia– pontifica que el conocimiento exotérico (esto es, el que se transmite de un dador a un receptor que acumula pasivamente información) es el único válido. Y mientras tanto, seguramente, el músico o el poeta mirará con suficiencia a ambos porque, después de todo, él es el único que transmite el “verdadero” conocimiento.

Cada época ha estado marcada por el paradigma dominante de una forma de conocer la Realidad. Lo escrito: lo religioso en el medioevo, lo científico positivista y materialista en el siglo XIX y buena parte del XX, el arte en los ’60. Pero como siempre el Todo es más que la suma de las partes, el verdadero conocimiento debe aunar todas esas vertientes. Y eso es lo que busca el Esoterismo.

Si lo hace con velas u oraciones, o en esos depósitos pétreos de sabiduría que han sido las catedrales, donde la ciencia de su construcción se suma a sus propósitos religiosos y al arte que conmueve aun a los ateos, es cosa de anecdotario. Lo científico no pasa por la computadora o el diploma y lo supersticioso por los sahumerios o talismanes: lo serio o ridículo de un tema nunca será el tema en sí, sino el método –o la falta de él– con que abordemos su estudio. Es más supersticioso, en el sentido de depender de una mentalidad “mágica” el estudiante universitario que repite como un sonsonete y doctoralmente las conclusiones dictadas por su académico profesor (conclusiones que difícilmente cuestionará durante su carrera, sino que se limitará a tratar de repetir y aplicar) que el shamán de la tribu empeñado en recoger ciertas hierbas en la jungla bajo determinadas aspectaciones astrológicas para ver si era cierto lo que el hechicero de la tribu de las montañas le prometió como resultados. Así que comprender qué es verdaderamente el Esoterismo –sin ceder a los estereotipos que naturalmente proponen ciertos medios– implica aceptar cambiar nuestros paradigmas mentales. Aceptar que tal vez la Ciencia detente el poder de la Verdad hoy en día pero, así como no tuvo su exclusividad en el pasado, nada asegura que la tenga en el futuro. Aceptar que “hacer ciencia” no es refutar casi por deporte, ni demandar “pruebas” cuando aun muchos de sus postulados podrían refutarse, usando esas mismas pruebas en sentido contrario. “Hacer ciencia” no es, como algunos periodistas metidos a divulgadores científicos repiten de memoria, “explicar lo desconocido en términos de lo conocido” sino precisamente lo contrario: explicar lo conocido en términos de lo desconocido. Porque se trata de explicar un hecho, que constatamos (lo conocido) pero cuyas causas ignoramos, buceando en originales e inéditas hipótesis (lo desconocido) que nos ayuden a avanzar un paso más en las tinieblas.

Veamos un simple (supongo que escandaloso) ejemplo de “inversión de la prueba”: el “efecto Doppler” (el corrimiento al rojo en las bandas espectrográficas) que observó Friedmann ya en 1922 alentó –hoy universalmente aceptada por la astronomía– la teoría de la expansión del Universo; una superburbuja cósmica en permanente dilatación. Estos son hechos; repetidamente constatables por la astronomía y la astrofísica. Después de todo, ¿quién no oyó hablar de la expansión del Universo?. Y yo no puedo negar los hechos. Sólo que, confieso que más con intención de bufón que de anarquista de la cultura, se me ocurre que si podemos decir que el Universo se expande con relación a nuestro planeta y nuestros cuerpos, también podemos afirmar que el Universo tiene un tamaño constante y es nuestro planeta y son nuestros cuerpos los que se están empequeñeciendo rápidamente. Y manejando sólo los fríos datos, si vemos aceptable lo primero y delirante lo segundo, no es como consecuencia de un conocimiento real sino porque en nuestro paradigma lo primero está incorporado y lo segundo no. Lado a lado, la expansión del Universo es, para la chiquita mente humana, tan absurda como la contracción de nuestros organismos. Y que un lector vea coherente lo primero y como locura lo segundo, no es un acto de pensamiento, sino de emoción. Lo que me lleva a la enunciación de la Segunda Ley de Fernández (para la Primera, busquen en otros trabajos míos: “La gente llama pensar a buscar desesperadamente argumentos para justificar sus creencias previas”.

“Si hay algo seguro en nuestros conocimientos es la verdad de que todos los conocimientos actuales son parcial o totalmente equivocados. Dentro de cien años parecerán monstruosas las operaciones cometidas por los médicos del siglo XX en los ulcerosos. En general, les parecerá bastante cómico el afán de las curaciones locales, tendencia del hombre ingenuo a dividir la realidad. La experiencia realizada hasta el presente ha mostrado que viejas teorías que constituían Dogmas apenas han resultado ser Equivocaciones. Este hecho melancólico debería hacer meditar a los médicos y en general a los científicos que dogmatizan. A menos que piensen, valerosamente, que ese proceso de transmutación de Dogma en Equivocación ya terminó y que ahora todo lo que dicen es inmutable. No veo, sin embargo, por qué ha de poder establecerse un límite entre el Dogma y la Equivocación que pase, justamente, por nuestro tiempo”.

Ernesto Sábato

Muchos ovnílogos están afectados de una forma extraña de solipsismo: creen que su disciplina merece un crédito científico injustamente ignorado por el academicismo, pero les repugna que desde esa académica óptica se les englobe en la difusa categoría de “pseudociencias”, sospechosamente vinculable a un amplio espectro de disciplinas consideradas como residuos supersticiosos, tales como la Astrología, el Tarot o la Parapsicología.

Cada uno de estos temas los suponemos independientes entre sí. Y digo “los suponemos” porque por economía de hipótesis sólo sabemos que es una presunción; con el mismo encadenamiento de escepticismo (no sé si escribir “lógica”) que me llevaría a afirmar que, por caso, el Tarot nada tiene que ver con los OVNIs, pero partiendo de premisas distintas puedo sostener exactamente lo contrario. Si pertenezco al “pelotón de tuercas y tornillos” deduzco lógicamente que es absurdo establecer cualquier relación entre naves extraterrestres que visitan nuestro planeta y la manifestación de fenómenos extrasensoriales a partir de la estimulación inconsciente con símbolos que aparezcan en combinaciones varias (que no otra cosa es el Tarot). Pero si mi preconcepto es que las manifestaciones OVNI pertenecen más al mundo espiritual que al de lo material (ambas teorías, a partir de la casuística de los últimos cincuenta años, son igualmente defendibles), entonces es muy sencillo, mediante un común denominador parapsicológico, establecer una conexión. Para los primeros, sonaría muy poco fiable abordar la investigación (sino del OVNI, cuanto menos la del testigo) echando los naipes sobre el asunto; para los segundos, en cambio, sólo con ese método creerían aportar algo más que con un análisis computarizado.

Creo que la Parapsicología y el Ocultismo, con sus herramientas carentes de “marketing institucional” mucho pueden aportar a la Ovnilogía. Porque después de cincuenta años, poco es lo que sabemos a conciencia, y mucho lo que elegimos fantasear. Pero mientras permanezcamos abroquelados en el corset cientificista como única vía para “aprehender la Realidad”, mientras algunos de nosotros no apostemos a la alternativa de indagar otras formas, astrales si se quiere, de adquirir información sobre lo que nos interesa, nuestra ignorancia seguirá viciada por el paradigma dominante. Aunque los científicos en general y los escépticos en particular miren con sorna nuestras enseñanzas milenarias. Aunque se nos trate de ridiculizar hablando del poco “cientificismo” (aunque siempre confundan “cientificismo” con “especialización”) del que hacemos gala porque, según ellos, poco profundos podemos ser en nuestros estudios si nos dedicamos a “todo”: OVNIs, parapsicología, astrología… Olvidando demasiado fácilmente que, en cambio, ellos sí se consideran preparados para negar todo; si ellos reúnen condiciones para expedirse negativamente sobre OVNIs, telepatía, homeopatía, tarot, runas, el yeti o la energía de las piedras… ¿porqué otros no podemos hacer exactamente lo contrario?.

Esta es una de las evidencias que me convencen de concluir que la argumentación en pro o en contra no depende tanto de las “pruebas” o la “investigación”, sino de la preexistencia de un determinado paradigma al que se pertenece.

Eso podría llevarme a cuestionar la existencia de un “libre albedrío” en la elección de la opinión personal. ¿Hasta dónde soy dueño de lo que elijo pensar y creer, no estando ese pensamiento predeterminado y condicionado por el marco cultural, la influencia mediática o las necesidades, angustias y carencias emocionales?. ¿Puede el joven nacido y criado en un ambiente de honestidad, donde desde pequeño observa los beneficios del correcto y justo proceder, realmente “elegir” entre el bien y el mal?. Seguro que sí, pero tanto a nivel consciente como inconsciente, existirán ya ciertas tendencias dominantes, y se requerirán vivencias traumáticas o personalidades desequilibradas para inclinarse hacia el mal. ¿Puede elegir un joven nacido y criado en un ambiente delictivo, amoral e inhumano, donde desde pequeño sólo observa que el “peor” (desde el punto de vista del honesto) o el “mejor” (desde el punto de vista criminal) es el que obtiene las mayores ventajas?. También seguro que sí, pero se requerirá una personalidad consolidada para ejecutar esa opción, una personalidad que sólo puede nacer de una voluntad puesta al servicio de la reflexión desapasionada. Porque detrás de “escépticos” y “creyentes” existe un sustrato común a su esencia aunque distinto en apariencia: las pasiones, la emocionalidad. Lo que enseña que, aunque se cubra de una pátina de intelectualidad, la gente es básicamente emocional, y su intelectualidad está “monitoreada” por el alter ego de las emociones. Por lo tanto, el paradigma cientificista de esta época no es la conclusión de un proceso de análisis colectivo: es apenas un estado de ánimo.

Por eso necesitamos otra forma de conocimiento: y esa forma es el Esoterismo.

“…Independientemente de cuáles sean sus resultados finales, puede que nunca lleguemos a aclarar por completo el misterio de los OVNIs, ya que siempre existirán unas mentes humanas sobre las cuales pueda actuar creativamente. Podría resultar ser una constante que se sucede a lo largo de los siglos, modificándose al nivel de cada época, localidad y habitante de este planeta. Si mantiene su actual estructura global, lo tendremos siempre corriendo delante de nosotros, tentando al hombre e incitándole a contemplar a su mundo con otros ojos, haciendo saltar nuevas ideas y estados de conciencia y llenando a la gente de sentimientos de asombro y respetuoso temor cada vez que observen a esos mensajeros de la luz atravesar los cielos de la Tierra…”

David Tansley

Finalmente, además de comprender que lo ocultista o esotérico es un método para conocer, debemos admitir que lo cognoscible, el OVNI, también requiere un abordaje más espiritualista sin negar su realidad física. En efecto, el tema OVNI gira hacia lo místico (¿quién podría negarlo?) y esto puede deberse sólo a dos razones:

a) porque el tema es de naturaleza mística.

b) Porque refleja el inconsciente de la gente. Pero la gente tiende al consumismo. Entonces refleja las represiones y las necesidades de esa misma gente. Mas entonces estamos atrapados en y por la oración (¿una tautología?). Si no útil para otra cosa, por lo menos esto demuestra la falacia de los argumentos psicologistas porque se puede construir una aparente explicación lógica que no implique necesariamente que eso sea así. Lo posible no es lo probable.

Como corolario, entre las risas de los escépticos que escucho a la distancia sobresale esta oposición: “Pero, ¿porqué siempre hay que buscar lo espiritual, lo divino, lo metafísico?”. Y levantando la voz (para que mi contendiente me escuche entre las risas de sus compañeros), repito aquello que hace años me convenció, en un orden más trascendente, de la existencia de una Divinidad: lo divino, lo místico y lo espiritual existen porque si para la mente hay una necesidad de ello es porque en algún lugar, de alguna forma, hay algo que la satisface.

Pero, en fin, temo que muchos y muchas preferirán, ante lo subversivo de estas aproximaciones, seguir los plañidos de algún vendedor de mensales revelados donde todas las preguntas tienen respuestas, siempre a gusto del consumidor. De ser así, será la hora de comprar una flauta.

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EL FANTASMA DE LA GUARNICIÓN

Publicado por Gustavo Fernández en 19-09-2009

Durante 1979, me tocó cumplir mi período de servicio militar obligatorio en el ejército Argentino, siendo destinado a la Guarnición Militar Sarmiento, provincia de Chubut. Esta guarnición –a la fecha de los sucesos, la más importante del sur argentino- se encuentra ubicada a ocho kilómetros del pueblo homónimo, colonia Sarmiento, y a casi doscientos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Para una mejor ilustración, diremos que está ubicada en un punto situado en el centro de la meseta patagónica y prácticamente sobre la frontera con la provincia de Santa Cruz, en pleno desierto.
Es una región asaz extraña, casi lunar. Flanqueando la guarnición se encuentran dos lagos, sumamente extensos, conocidos uno como Colgué Huapí y otro como lago Musters, en honor al decimonónico explorador inglés de la Patagonia. Este segundo es el menor, pero el más insólito. Se desconoce su profundidad ya que los sondeos realizados no lograron uniformar las presunciones sobre el fondo real, e inclusive científicos japoneses que estuvieron trabajando allí afirman que está subterráneamente conectado con el mar, pues el reflujo de las aguas coincide con las pleamares y bajamares en la costa.

Tal vez ésta sea la explicación para los fantásticos y mortales remolinos que sorpresivamente se forman en su superficie, habitualmente tranquila, y que ya ha engullido muchos botes con sus tripulantes para sólo devolverlos a la superficie en contadas ocasiones.
Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso frente a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la calma chicha del comienzo, sin explicaciones aparentes. En esas oportunidades me he preguntado hasta qué punto serían ciertas las historias de los elementales del agua luchando en su profundidad.
Toda la zona es extraña, sí. A pocos kilómetros existen dos reservas naturales de bosques petrificados. Es relativamente sencillo encontrar, casi a flor de tierra, fósiles prehistóricos de imprecisa antigüedad (a decir verdad, tal abundancia superficial sólo lo he observado en otros dos puntos del país: el Valle de la Luna, o Ischigualasto, en San Juan, y los alrededores de la Caverna de las Brujas, en Mendoza). Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y recuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, observaron una formación de extraños objetos luminosos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el cenit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” comenzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enciando algún tipo de señales a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad imprecisa”. A estar siempre de sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches siguientes.

Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron el día 8 de agosto de 1979. En realidad deberíamos decir que comenzaron un par de días antes, cuando la “idea forma” empezó a gestarse, a partir de una leyenda que ronda en el lugar con visos de verosimilitud.
Para ambientar esta historia, debemos recordar que hasta principios de la década del ’60 Sarmiento era, por su aislamiento natural e inhospitalidad, lo que se denominaba una “guarnición de castigo”, donde eran enviados soldados, suboficiales y oficiales penados por la comisión de diversos delitos y faltas, insubordinación o deserción. Fue entonces cuando se construyó otra base militar, Cobunco, en la provincia de Neuquen, que a partir de entonces pasó a ser la nueva “guarnición de castigo”, y Sarmiento se integró al conjunto de destinos militares convencionales. Creció, hasta alcanzar un número de efectivos de tres mil hombres, con dos barrios de viviendas –de oficiales y suboficiales- más las respectivas familias allí asentadas. Extendió sus límites, pero permaneció fiel al trazado original, absolutamente rodeada por el desierto.
Allá por 1954, ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscripto destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de días francos y licencias –habida cuenta de que difícilmente las tienen quienes se encuentran castigados- sus encuentros debieron ser absolutamente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
El 8 de agosto de ese año, por la noche, al conscripto de referencia le correspondía tomar guardia. Ciertas averiguaciones previas le permitieron saber que había sido destinado a lo que aún hoy se conoce como 2puesto del cementerio”, una casilla que es llamada así por estar situada en el acceso al camino que conduce al cementerio local, común a la colonia y a la guarnición. Incluso desde aquél es posible observar lápidas y cruces de éste, apenas delimitado con un sencillo alambrado. Este camino se prolonga hasta el pueblo, pero por lo general –especialmente en horas de la noche y considerando el lugar por donde pasa- no es transitado en absoluto. Era ideal, entonces, para una cita a solas. El muchacho se las arregló para hacer saber a su chica del horario que cumpliría –las guardias son de dos horas, siendo muy difícil que alguien se aparezca en el ínterin, y el propio puesto está protegido por una hilera de árboles, a salvo de miradas indiscretas- y quedaron entonces de acuerdo en encontrarse en ese punto.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro punto, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.
A la hora acordada, la joven bajó caminando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era especialmente oscura. El soldado, ya de por sí nervioso –como declaró en las investigaciones posteriores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.
Según los reglamentos, el centinela debe repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.
Y cuenta entonces la leyenda que todos los nuevos aniversarios de la muerte de la chica, su fantasma regresa al lugar clamando por su amor perdido.
Esa historia nos había sido contada a la mayoría de los soldados por campesinos del lugar, viejos suboficiales y soldados de clases anteriores. Según ellos, el “fantasma” no aparecía exactamente todos los años, pero las veces que sí lo había hecho solía ocurrir en la fecha indicada.
Debe tenerse en cuenta la naturaleza de la idiosincrasia y nivel social de muchos de los soldados allí destinados. En nuestro caso, pertenecientes a la compañía de Ingenieros 9, sumábamos doscientos hombres, de los cuales éramos solamente veinte provenientes de la Capital Federal, unos ochenta de la provincia de Buenos Aires –la mayoría habitantes de la zona rural- mientras el resto lo hacía de distintas regiones de la misma Patagonia, muchos aún nativos de las estribaciones cordilleranas. Seres humanos algunos inmersos en un permanente primitivismo, que sólo contactaban a otras personas más allá de su grupo familiar o allegados inmediatos tal vez en una oportunidad cada varios meses, cuando exigencias de la vida laboral campestre los hacían bajar hacia los poblados.
Al bajo nivel cultural y social, se sumaba en todos los casos una religiosidad rayana en las creencias más supersticiosas. Arrancados de su hábitat, se mostraban ante este nuevo y hostil mundo que comenzaban a conocer con una credulidad ingenua. Imaginen ustedes el típico perfil obtenible a partir de estos datos y comprenderán con cuánta facilidad habría de llegar a prender en estos muchachos el fuerte contenido emocional de ésta y otras historias.
El 8 de agosto de 1979, nuestra compañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en ooído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles…

Indolentemente caminaba yo por los alrededores del puesto principal de guardia, descansando de las tareas del día y hojeando distraídamente una novelita de ciencia ficción (y que con vergüenza recuerdo –para quienes me consideran un aburrido intelectual- que su título era algo así como “La Princesa Virgen de Marte Contra Los Monstruos de Ultratumba”) cuando una reflexión, digamos sociológica, me detuvo en seco: frente a mí, en uno de los camiones destinados al transporte de tropas, comenzaban a ser introducidos los soldados que irían a ocupar los distintos destinos de ronda. Todos los rostros, invariablemente, mostraban una preocupación que trataban de ocultar detrás de sonrisas forzadas por los inútiles chistes de rigor. Uno de ellos, un chubutense pequeño y moreno, habitante de las solitarias mesetas del Alto Río Senguer, fabricaba, con manos trémulas, dos trozos de madera y un piolín, un burdo crucifijo. Yo aún no lo sabía, pero en ese pequeño y simbólico gesto estaba preanunciando lo que ocurriría horas después…
Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía. Durante mi servicio militar odié, como todo otro conscripto, los toques de “diana” y de “retreta”, pero mi particular posición me permitía disfrutar de ese modesto placer que consistía en poder permanecer hasta horas avanzadas leyendo, escribiendo o tomando un café en absoluta soledad, mientras el resto de mis compañeros ya estaba durmiendo. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, camino al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.
Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escuchar nuevamente, pero ahora bastante más cerca. En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafarrancho era total. Imaginen ustedes doscientas personas, distribuídas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nadaq nos expondría tanto a ser blanco como encender las hileras de luces fluorescentes. Dos disparos levemente aislados se escucharon nuevamente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos cincuenta metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo… y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levantaba su fusil en nuestra dirección.

Rápidamente se reunió a los tres autores de los disparos y se les confinó en cuartos aislados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de éstos. Sabíamos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impidió, en primera instancia, conocer los pormenores.
Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: Exactamente a la hora 22:25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicentro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En realidad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.
El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos doscientos metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.
A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacudirse unos pajonales próximos a él, de donde surgió una forma que, munido de mayor tranquilidad, pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se repetirían en las noches siguientes: “Imaginá -me comentaba al día siguiente, en la cantina de soldados- un cono levemente truncado en la parte superior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos setenta centímetros de ancho en la base, flotando a unos treinta centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rápidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía… vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire caliente”. La aparición era demasiado clara –y sobrecogedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y continuó su ronda a la guarnición (empero, no fue observado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.

La opinión de los miliatares profesionales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a colación la cuestión de la “leyenda”) y la inexperiencia y el miedo de los otros hizo el resto.
Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo recomenzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las tres de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes… y ser mandados nuevamente a dormir.
Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejeros alemanes a cargo de nuestra compañía. Me cupo la responsabilidad de haber sido quien sugiriera, al mayor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedicación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó. Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –como opinaban ciertos hombres de armas metidos a psicólogos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sencillo que se asustaran mutuamente. Un perro carece de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaraciones, aparecía el ente, también es cierto que el miedo (o la ansiedad de ver algo) hacía que los soldados dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutardas” (gran ave de color blanco y hábitos nocturnos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.
Pero no eran únicamente soldados inexpertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos conscriptos a “tirar primero y preguntar después”. Algunos episodios fueron antológicos. Como aquella noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con ttres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los ochenta kilómetros por hora- y se desvió hacia unos matorrales que costean al lago Colgué huapí, desapareciendo de la vista.
Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia frente a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muyh próximo a una de sus paredes. El conductor del camión encendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a disparar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la seguridad de un zanjón) hasta que tomaron sus armas y asomados a una ventana, tirotearon las luces que se aproximaban. Fueron necesarios fuertes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicerfía, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.
De todas estas descripciones podemos extraer algunas conclusiones interesantes.
En primer lugar, hay cierta “materialidad” en el ente. Si bien las balas parecen no afectarle –un proyectil calibre 7.65 a pocos metros de distancia no es algo despreciable- recordemos que este ser desplazaba los pajonales y malezas a su avance. Por otro lado aparecía en los momentos de máxima tensión psicológica –de noche, en soledad y bajo la luna llena- y aún así, a lo largo de la misma se desintegraba aparentemente por momentos (recordemos que en la primera visión no fue observado en varios puntos del trayecto que debió haber recorrido) y, lo que es aún más llamativo, adquiría mayor definición cuando el perfil socio-psicológico del testigo era más bien bajo. Esto, sumado a una experiencia personal, me permite abundar en su verdadera naturaleza.
Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los suboficiales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue porque buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido voluntariamente en ninguna de las rondas de guardia.
Es así que allí estaba yo, con una temperatura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta veinte grados bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio ovejero alemán. Tomamos al animal y ambos, el suboficial y yo, nos dirigimos a paso lento directamente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las antiguas tumbas.
En determinado momento, nos sentamos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a lado, el militar y yo intercambiamos algunas palabras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.
Sorpresivamente, con un leve pero prolongado lamento, el animal irguió la cabeza y levantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.
El mismo pensamiento debe haber cruzado al unísono nuestras mentes porque, extrayendo rápidamente las pistolas de sus fundas, giramos ambos, buscando hacer puntería. Movimiento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.
Y desde esa p’osición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos veinte metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sorpresivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarswe y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.
Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuelta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado?.
Y asimismo me respondo: con toda seguridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.

Se me ocurre una hipótesis para explicar al fantasma de la guarnición: la idea-forma (ideoplastia) de un soldado –el primero- se corporizó, aunque sea esbozándose como involuntario protagonista de una ectocoloplasmosis (cuando mediante un mecanismo parapsicológico exudamos por los orificios naturales del cuerpo una sustancia –llamada “ectoplasma”- pero que adopta una forma definida), y vampirizando psíquicamente a muchos de los presentes adquirió cierta independencia psíquica durante un tiempo dado, el suficiente para que los humanos testigos se acostumbraran a sus paseos y en mayor o menor medida le perdieran el miedo –en ningún momento tuvo un comportamiento hostil- y dejara de ser permanentemente reforzado por quienes le visualizaban. Obsérvese un detalle para mí altamente significativo: cuando efectuaba una de sus habituales rondas, este ser era visto por aquellos individuos muy creyentes, crédulos o con personalidades hipersensibles (lo que también indica potenciales sensitivos extrasensoriales) y no por los soldados más escépticos o psicológicamente endurecidos (las “ovejas” y “cabras” de los experimentos parapsicológicos del doctor Rhine); aunque el trayecto del ser los tuviera como puntos de intersección de su camino. Pero aún hay más; mi análisis me permitió observar que quienes lo habían contactado de cerca, mostraban durante el día siguiente una extraña fatiga y cansancio, que no aparecía entre quienes no le habían visto (lo que no puede adjudicarse entonces al estrés que en ambos casos es similar) como si la energía psíquica de los mismos hubiera sido literalmente absorbida. En otras palabras, lo que los antiguos ocultistas medievales señalaban como característico de un egrégoro en formación.

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Carta abierta de un parapsicólogo

Publicado por Gustavo Fernández en 12-08-2009

En días que el tratamiento, ora seriamente preocupado, ora comercialmente desaprensivo, que ciertos medios de prensa hacen de lo esotérico, llama la atención que, pese a los amplios espacios dedicados a ello brille por su ausencia algún tímido intento de defensa de quienes creen haber encontrado en lo espiritualmente alternativo una forma lícita de reivindicar su albedrío. Para llenar ese vacío, y confiando -¿quizás ingenuamente?- en la tan mentada libertad de prensa que los argentinos supimos conseguir, es que escribí estas líneas.

No aliento siquiera la expectativa que cualquiera de los comunicadores sociales que lean estas reflexiones den a las mismas cabida en sus respectivos medios. Mentes más esclarecidas que la mía tendrán también mucho que opinar y, extrañamente, tal vez ellas mismas carezcan del espacio necesario. Por consiguiente, entiéndase esto como un tímido intento de llamar a la autorreflexión sobre lo que se ha teñido, de cara a la opinión pública, de amarillista frivolidad: lo esotérico.

Palabra de connotaciones mefistofélicas que, en realidad, sólo hace referencia a una forma distinta de percibir la realidad. Esoterismo, que proviene del griego “esoterykós” (“dejar salir”) es una forma de percepción de la Realidad, una filosofía que privilegia la intuición mística sin estar reñida con el conocimiento racional. Empero, se ha transformado en sinónimo de “sectario”, “manipulador” y –por qué no– satánico.

Muchos han aportado su granito de arena para que a la gente esto le suene así. Pseudosacerdotes o ministros de cultos varios que hallaron una jugosa manera de alimentar los fantasmas del vulgo para llevar agua a sus propios molinos, “especialistas en sectas” (¿Ah, sí?. ¿Y quién los especializa?) que encontraron en la convocatoria de los medios la oportunidad de decir lo suyo en medio del beneplácito generalizado, y ciertos periodistas más interesados en las orgías de escabrosas y sangrientas historias familiares, fronterizas con la locura, que en el correcto tratamiento de la información. Porque si así hubiera sido, el necesario “derecho a réplica” hubiera sido usufructuado por quienes nos sentimos espiritual e intelectualmente eclipsados por esta teatralidad del absurdo, esta frivolidad mediática.

Hablo como parapsicólogo, es decir, alguien que se ha dedicado de lleno, intelectual y laboralmente, a la investigación y aplicación, en la vida cotidiana de sus consultantes y alumnos, de hallazgos milenarios del campo de lo esotérico. Alguien que no reivindica para sí ilusorios poderes paranormales, sino que sólo entiende que en estas disciplinas, ridiculizadas pero también explotadas por los formadores de opinión cuando les conviene existe un reservorio de conocimientos que el hombre de la calle –lástima– se está perdiendo. Y como tal, la necesidad de protestar, quizás tímidamente, por el caótico manipuleo dado a este tema, es una imperiosa necesidad de coherencia.

Queda fuera de toda duda que en mi ámbito proliferan improvisados, delirantes y oportunistas. La razón es, precisamente, la zona crepuscular en que deambulamos desde el punto de vista del crédito social. La “intelligentzia” vernácula nos mira con sorna y las clases culturales –no necesariamente las socioeconómicas– más carenciadas acuden a nosotros en un extraño maridaje de necesidad y temor. Y ello, porque encuentran en el parapsicólogo, tarotista o lo que fuere, una alternativa espiritual, un orientador social que sienten carente en las instituciones religiosas convencionales. Y, desde éstas, en vez de buscar alternativas atractivas, simplemente se nos ataca. Se nos acusa desde “desviaciones del correcto camino tras la Verdad” (expresión levemente peyorativa de algunos teólogos católicos, convencidos que es bueno buscar a Dios siempre y cuando, obviamente, se acepte que su camino es el único correcto) y “ser instrumento de las fuerzas de Satanás” (al decir de los pentecostales). Por ejemplo, años atrás la forzada relación entre un centro alquímico de Buenos Aires y un sangriento crimen, sirve en bandeja ocasión para un festín troglodita. Que, por ser tal, es propio de ignorantes.

Porque suponer que la “práctica alquímica” induce al crimen –y la lectura subyacente, que debe ser prohibida– es algo tan tosco como afirmar que el fútbol induce al asesinato cuando, ciertamente, muere mucha más gente en la cancha y alrededor de ella que frecuentadores de centros esotéricos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido prohibir el fútbol. ¿Y acaso se ha prohibido la actividad de los pentecostales, después de la recordada matanza de Llonco-Luán, provincia de Neuquén, Argentina, en 1978?

¿Es lícito invitar a todo tipo de talk-shows, en exhibición infame, a un par de pobres neuróticos convencidos de tener “contactos con el más allá” manteniendo al margen a la pléyade de parapsicólogos serios e intelectualmente formados que trabajan en silencio?. ¿Por qué, sistemáticamente, se dice al público que “la parapsicología no es científica”, ocultándosele desde las cátedras universitarias que tocan el tema hasta el hecho que la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia reconoce desde 1976 a la Parapsicología como un lícito campo del conocimiento humano? ¿Por qué resulta tan fácil atacar al tarot, las runas, el I Ching, la Astrología, dejándoles en el menor de los casos un incómodo rincón como entretenimiento de frívolas reuniones sociales, en vez de estudiar en profundidad qué puede haber de cierto en ellas?

Existe un paradigma cultural dominante: aquél que afirma que lo serio es científico, y sólo lo científico es “serio”. Cuatrocientos años atrás, el paradigma dominante era el religioso, y sólo si el clero apoyaba algo podía considerarse digno de crédito. Treinta años atrás, la voz de mando entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto la tenían –obvio, cuando menos en Argentina– los militares. Y hace ochenta años, la respetabilidad de un tema era avalado si algún preclaro político de entonces le daba su espaldarazo. A veces me pregunto quiénes serán los depositarios de la verdad constituída, de aquí a quinientos años, a quiénes habremos entronizado como oráculos de-lo-que-debe-ser-creído… ¿Qué tal los poetas?

Quizás la cosa estribe no sólo en la falta de un adecuado control –en el sentido profiláctico y no represivo– de estas disciplinas (algo así supongo tendría la Organización Mundial de la Salud en cuenta cuando en 1987 propuso que se incorporara, en los países del Tercer Mundo, a los curanderos como parte de los programas de asistencia social) sino en la desunión en nuestras propias filas. Parapsicólogos que ansiosos de respetabilidad académica mirarán con desdén a las mancias adivinatorias, maestros metafísicos incómodos ante la posibilidad de ser sometidos a exámenes imparciales… Pero es aleccionador repasar la Historia y descubrir que en ocasiones, cuando una disciplina gana respetabilidad, no es a caballito de su seriedad académica sino de las adecuadas relaciones públicas que supieron hacer sus defensores. Aún hoy, cuando veo en televisión algún psicólogo pontificar sobre las etiologías de los “defensores de brujos” no puedo dejar de sonreír al recordar que nuestro país es uno de los últimos –como en tantas otras cosas– que aún mantienen al psicoanálisis freudiano en un pedestal, donde la Psicología, sin rendir demasiados exámenes científicos, entró a la universidad siendo más un arte que una ciencia. Y si no me creen, lean al epistemólogo Mario Bunge (“Pseudociencia e ideología”, Alianza Editorial, 1985): “… el psicoanálisis sigue haciendo estragos en la cultura popular y en las semiciencias sociales (…) no contiene modelos matemáticos, ni siquiera hace normalmente uso de la estadística (…) es un gran montón de conjeturas fantásticas, ninguna de las cuales ha sido confirmada concluyentemente al cabo de un siglo (…) El psicoanalista no cumple el mandamiento científico de “Buscarás leyes con el sudor de tu fente y las utilizarás para explicar y predecir”. Al psicoanálisis no se le debe una sola ley científica y ni una sola predicción certificada. En cambio, se anima a explicarlo todo, desde las fobias y los actos fallidos hasta el arte y la guerra. Y se atreve a entrometerse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales (…). Un auténtico quiste en la cultura contemporánea…”.

Seguramente más de un analista que lea esto tendrá algo que decir del inconsciente de Bunge (de la “mente inconsciente”, quiero decir) porque, como ya se sabe, el análisis tiene explicaciones para todo. Y Bunge también repartió gruesa munición contra los parapsicólogos. Pero esta mención basta para señalar cómo, dentro del propio ámbito científico, la Psicología –tan respetable ella– tiene una dudosa credibilidad.

De forma tal que cuando uno de sus representantes dictamina frente a las cámaras ante la mirada arrobada del periodista que tuvo la idea de invitarlo, estamos asistiendo a la dramatización de un paradigma, y no a una exposición consensuadamente científica.

Pero los parapsicólogos, y los espiritualistas, y los ocultistas (sí, los que nos sentimos más cerca de Dios/Diosa encendiendo nuestras velas y nuestros sahumerios, pronunciando nuestras oraciones en nuestros reductos místicos, en nada asimilables a las religiones constituídas) somos, si no presentamos tecnología, gráficos y un lenguaje florido, tildados como psicóticos o mercachifles. Y mientras en las prácticas de “magia blanca” oramos por el bien de los demás, nuestras voces y nuestras fragancias espantan a quienes sospechan que andamos en “algo raro”, los mismos que cada domingo, en la iglesia, también encienden velas, también pronuncian sus letanías, también queman incienso… también hacen su propio ritual de magia blanca. Pero poderosamente institucionalizado. Y allí parece resumirse todo. Porque mientras la gente confunda “religión” (“religare”: unirse con uno mismo) con “iglesia” (que viene del griego “ekklesía”, y significa “reunión de hombres”), seguirá pensando en nosotros como “herejes”. Y, en lo particular, me enorgullece serlo, ya que, etimológicamente, significa “el que elige”. El que elige su propio camino a la Divinidad, sin la necesidad de un Hermano Mayor orwelliano que me indique la dirección.

Quizás el día que parapsicólogos, tarotistas y otros facturemos ingentes sumas publicitarias en los medios de difusión, quizás ese día, sorpresivamente, la hipócrita ecuanimidad mediática anuncie su presencia. Mientras tanto, desplazados por una frivolidad conceptual, la de una muchedumbre que compra cualquier producto predigerido que se le ofrezca en la prensa sin analizarlo mucho, sólo nos queda, como módico consuelo, recordar las palabras de Chesterton:

Cuando las mentes prácticas nos inviten

a descubrir de qué frío maquinar

el mundo hecho está,

nuestras almas responderán en las sombras:

“Tal vez sí, pero hay otras cosas…”

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¿Qué demora el contacto con extraterrestres?

Publicado por Gustavo Fernández en 17-06-2009

En homenaje al preclaro investigador sevillense Ignacio Darnaude Rojas y a su estudio titulado “Los motivos del no-contacto”, ante el cual los que abundamos en esta línea debemos honrarlo con humildad.

Enfocaré las reflexiones de este artículo hacia una cuestión que, quizás visceralmente, crea un cierto dejo de preocupación en todos quienes, por interés intelectual o simple afición, nos sentimos atraídos por la incógnita de la presencia de culturas alienígenas actuando o no en nuestro mundo. De hecho, la ausencia de un contacto (que, como bien señalan los participantes de los distintos programas de búsqueda extraterrestre, permite sostener que “la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia”) ya se trate de tripulantes de OVNIs como de respuestas a nuestros sondeos radioastronómicos, ha llevado a ciertos escépticos al extremo de afirmar que, precisamente, todo ello apunta a demostrar que nadie existe más allá de nuestras fronteras espaciales. Y sobre todo esto trata –y algo más- esta nota. En principio, es reiterativo pero necesario destacar que existen dos planos de discusión: uno, el que nuclea a los defensores de la hipótesis extraterrestre en torno a los OVNIs. Otro, para quienes sin expedirse sobre ese particular –y, en ocasiones, siendo claros refutadores de ella- en cambio piensan que sí pueden existir otras culturas alrededor de otras estrellas, imposibilitadas de contactarnos físicamente pero plausibles de detectar instrumentalmente. En lo personal –pienso que en toda mi actividad ello es manifiesto- soy un defensor del origen extraterrestre de los OVNIs. Sólo que tomo eso del “origen extraterrestre” en un contexto más amplio que el que normalmente se le asigna. Porque pienso que ciertas inteligencias –no todas- detrás de este fenómeno provienen también de otras dimensiones, un eufemismo para referirnos a un orden distinto de la Realidad. Es el concepto del OVNI –o del tripulante- como un “ente psicoide” que he desarrollado en otra oportunidad. Sin duda, los negadores de siempre afirmarán, con una sonrisa irónica, que estas reflexiones parten de un preconcepto equivocado, porque sostengo la existencia de algo no demostrado aún, y que el proceso analítico más simple indicaría precisamente lo contrario; el principio de economía de hipótesis (la un tanto oxidada “navaja de Occam”) sostiene que un fenómeno debe explicarse por la vía más sencilla, y sólo si esta no agota todas las manifestaciones del fenómeno pasarse a una de mayor complejidad, y así sucesivamente.

Desde ese enfoque, es más sencillo suponer que no existe vida extraterrestre que afirmar que sí la hay. Y, por ello, debemos hacer una digresión al margen de esta discusión.

¿Lo lógico es lo real?

Creo que uno de los errores del conocimiento moderno –sin que eso signifique alentar posiciones oscurantistas que nieguen sus verdaderos avances- es partir de axiomas tomados como verdades monolíticas como el peñasco de Gibraltar, construidas pacientemente a lo largo de siglos por referentes incuestionables de la sapiencia humana. Creo que el “principio de economía de hipótesis” es uno de ellos. Sostener que la Verdad está necesariamente más cerca de lo simple que de lo complejo, artificioso o confuso, suena a verdad propia de “Juan Salvador Gaviota” y, precisamente por ello, más digna de figurar como monserga espiritual que como herramienta de investigación. Pues sostengo que en muchas ocasiones “lo verdadero” no es lo sencillo. Por ejemplo: ¿qué sería más sencillo; suponer que en ciertas circunstancias una partícula que llamamos “fotón” –y sólo una- pasa simultáneamente por dos distintas aberturas, o suponer que quienes afirman ese dogma han cometido errores de interpretación o sus instrumentos no están diseñados para captar una específica realidad de los hechos?. Es más sencillo lo segundo; empero, sabemos que es cierto lo primero. La lógica del pensamiento científico se basa en un discutible sentido común, cuando afirma que no “es lógico” admitir las evidencias presentadas por los investigadores OVNI como pruebas de su origen extraterrestre ya que siempre podría acudirse a otras explicaciones (por la bendita “economía de hipótesis”) alternativa a esa, pero descree absolutamente de ese “sentido común” cuando enuncia el Principio de Incertidumbre. Haber pisado la Universidad y haberme movido muchos años en el terreno del Realismo Fantástico han hecho germinar en mí la desilusionada convicción que muchos hechos que aceptamos como “verdades científicas” son simplemente la repetición, como un sonsonete monocorde, de clichés de un paradigma dominante. Por la misma razón, muchos hechos que culturalmente se aceptan como “supersticiones” jamás han ameritado una sesuda, prolongada y bien subvencionada investigación científica. Por caso, sabemos que los científicos (especialmente los orientados en las “líneas duras” del pensamiento mecanicista) consideran que la Alquimia es una farsa (aún desconociendo el hecho fundamental que lo que buscaba el verdadero alquimista, el Iniciado –no el simple “soplador”- no era la transmutación de metales viles en oro, sino la Transmutación con mayúscula, la de su propio espíritu), pero también sabemos que jamás hubo una investigación de largo aliento sobre la misma para etiquetarla coherentemente como tal. Y, de hecho, las construcciones teóricas de cualquier químico o físico para justificar el porqué de la inutilidad de la misma parten necesariamente de preconceptos, que se transforman en prejuicios cuando uno descubre que sostienen sus pareceres sin haber estudiado, leído, documentado previamente sus opiniones sobre los centenarios textos de esa disciplina. Y yo, desde pequeño, siempre fui educado en el concepto que nada nos hace más fatuos, soberbios y tontos que opinar sobre cuestiones que desconocemos.

Claro que, sin haberlo querido, estoy a punto de contradecirme: porque si hay un tema que –por ahora- desconozco, es precisamente qué están pensando nuestros visitantes extraterrestres. Pero se me ocurren algunas hipótesis, y como tales las consideraremos.

El pánico al sufrimiento

Ocurre que cuando buscamos explicaciones respecto al porqué del “no contacto”, siempre solemos acudir a explicaciones que tienen que ver más bien con nosotros. Que nuestra cultura puede colapsar, que no estamos preparados para integrarnos a la familia cósmica, que… Pero, por una vez, me he preguntado si “ellos” no tendrán buenas razones personales para evitarnos. Y se me ocurre ésta. Una civilización tecnológicamente más avanzada, necesariamente, habrá extendido aún más su expectativa de vida. Veámoslo en nosotros mismos: hace dos mil años a los treinta ya se era anciano. A principios de siglo, el promedio de vida en el hombre era de 55 años, hoy es de unos 70. La evolución técnica, qué duda cabe, trae vida. También trae recursos para enfrentar el dolor y el sufrimiento: analgésicos, cirugías y toda una adecuada parafernalia. En consecuencia, cuando menos en los grandes núcleos urbanos, la muerte es menos cercana y el dolor físico más temido. Nuestros antepasados estaban más endurecidos: una mortalidad infantil muy alta los tenía lamentablemente acostumbrados desde siempre a sufrir la pérdida de seres queridos, muy queridos. La falta de tecnología médica los hacía sobrevivir con grandes sufrimientos; las pestes y guerras hacían de la Parca una visita frecuente y a la que estaban acostumbrados. Es más, no había demasiado tiempo para lamentarse: uno podía morir de mil maneras distintas en cualquier momento. Hoy en día, tenemos tantos recursos exteriores que hemos perdido los interiores: ante el menor dolor de muelas nos atiborramos de calmantes y ni por todo el oro del mundo enfrentaríamos a un león en las sabanas armados sólo con una lanza. Tememos a la muerte más, porque es menos común. Tememos al sufrimiento más, también porque es menos común.

Extrapolando, ¿qué puede llegar a sentir una cultura que ha logrado hacer descender el índice de mortalidad por violencia o enfermedad a cero, y que en virtud de su evolución alcanza centenares de años de existencia?. Con un inconsciente no racional, no analítico (pues nada impide que en ellos también anide) el miedo a la muerte y al dolor se transformaría en pánico. Y, por ende, en una necesidad visceral e irrefrenable (y justificable dialécticamente) de evitar toda situación que no presente un máximo de seguridad y un mínimo de imprevisibilidad. Conociendo a nuestra especie, siempre habría una excusa para dejar el contacto para más adelante.

Una tecnología no mucho mejor, sino distinta

Otro aspecto a tener en cuenta, y ya en el terreno de nuestros –hasta ahora- infructuosos intentos de comunicación con inteligencias extraterrestres, puede estar vinculado al hecho que su tecnología (quizás toda su “realidad”) opere en ámbitos que apenas intuimos. Así como cien años atrás el instrumental quirúrgico de entonces parecería a los ojos de cualquier cirujano de hoy en día algo más propio de matarifes, así como los tam – tam africanos serían ignorados en la ciudad más cercana por el mero hecho de ser sus sonidos ahogados por el fárrago del tráfico (mientras los indígenas, sudorosos, golpean los troncos ahuecados día tras día, año tras año, preguntándose cómo, desde esas luces lejanas donde sin embargo deben escucharles, nadie responde), así es posible que la tecnología empleada por esos seres esté a una distancia abismal respecto de la nuestra, al punto de resultar, con nuestro batifondo comunicacional, apenas significativos dentro del ruido cósmico. Así, millones de dólares gastados en programas SETI estarían condenados al fracaso no porque esa inteligencia no existe ni sea suficientemente avanzada, sino, precisamente porque está tan avanzada que somos indistinguibles de una casualidad natural. Es un golpe para el ego humano, pero igualmente cierto, que resulta ridículo suponer que los habitantes de las estrellas se verían obligados a pensar como nosotros; pero no otra cosa hacemos cuando damos por sentado que deberían estar emitiendo sus señales en la banda del hidrógeno estelar que es lo que justamente harían nuestros científicos. Empeñados en un faraónico proyecto de búsqueda, proponen el juego de “emisor” y “receptor”. Ellos emiten año tras año como náufragos desesperados, nosotros somos los de oídos elegidos. Claro, dirían los burócratas que defienden estas inversiones, nosotros también emitidos; televisión, por ejemplo. Y a una cultura tan avanzada debería resultarle extraordinariamente sencillo captar nuestras señales, darse un golpe en la cabeza con uno de sus múltiples tentáculos y decir algo así como: “¡Hey,, Pepe!. ¡Aquí hay unos vecinos diciendo algo a los gritos! , para acto seguido pulsar unos botones (o lo que fuera) y enviarnos unos saluditos. Pero, ¿qué pasaría (recuerden los pobres africanos que todavía siguen sudando) si de pronto la televisión y otras formas de comunicación electromagnética les resultaran tan arcaicas que quizás las hayan olvidado o sean sólo curiosidades de museo?. Extrapolen lo que la ciencia, nuestra ciencia, ha avanzado en doscientos años y proyéctenla, digamos, un millón de años en el futuro (con un Universo de por lo menos veinte mil millones, nada me impide pensar que pueda existir una civilización con ese adelanto). No sólo no nos entenderían. Habrían olvidado cosas tales como chips, circuitos y otras menudencias.

A veces me exaspera la incapacidad de nuestra especie de mirar verdaderamente hacia el futuro. O, en otra forma, de creer que los parámetros lógicos con que nos manejamos hoy en día seguirán siendo dominantes apenas unos milenios más. Y me asusta de cara al futuro. Piensen por ejemplo en esos centenares de depósitos subterráneos con desechos radiactivos que permanecerán letales durante diez mil, en algunos casos cien mil años. ¿Estamos haciendo las cosas a conciencia como para proteger, siquiera sea advirtiendo, a nuestros descendientes de su peligro?. Oh, sí, dirán ustedes, los lugares están bien perimetrados militarmente y hay anuncios en todos los idiomas hechos en toda clase de materiales. Pero lo que yo me pregunto es si en, digamos, treinta mil años, seguirá existiendo esta civilización y alguien recordará estos idiomas. Ya sé que ustedes piensan que a medida que pasen los siglos nuevas generaciones serán informadas y educadas por las que les precedieron, y el dato se conservará. Pero la historia cuenta cosas muy distintas. No en treinta mil, sino en cinco mil años, apenas, ascendieron y cayeron multitud de civilizaciones. Conocimientos que eran del dominio público se perdieron (sin ningún Apocalipsis en el medio) y tuvieron que volver a ser redescubiertos, reinventados, reelaborados. Creo que en veinte mil años desde ahora, no sólo nuestras lenguas estarán muertas (lo que tal vez no sea tanto problema, siempre habrá filólogos dispuestos a reconstruírlas) sino que también es posible que el sentido de las palabras (y los pensamientos que las gestaron) haya cambiado. Por ello, tal vez en el futuro remoto sí reconstruyan nuestros lenguajes, nuestros anuncios y advertencias pero… ¿sabrán interpretar el sentido que le hemos dado cuando en este presente los hemos hecho?. Se me ocurre que sólo figuras bizarras, horrorosas, líneas quebradas que imiten la destrucción arquetípica, tal vez rostros sufrientes serán los símbolos cuyos sentidos, por ser inconscientes, pervivirán por sobre los milenios. Y descubro que muchos científicos han advertido de este riesgo, de cara al futuro lejano, de pérdida del sentido de las señales y advertencias de los depósitos nucleares. En consecuencia, han sido ellos –no yo- quienes han propuesto rodear esas zonas con figuras que grafiquen escultóricamente el terror que duerme en las profundidades. Y me pregunto, mirando ahora hacia el pasado: ¿cuántas remotísimas alegorías, cuántas estatuas, monumentos, catafalcos, cuántos petroglifos prehistóricos nos han dejado los Antiguos con su simbología de horror, muerte y destrucción, y no hemos sabido ver en ellos más que “desechos de supersticiones”?. ¿Y si, como haremos nosotros pensando en el porvenir, ellos, desde el pasado, quisieron advertirnos de algo?. ¿Porqué los hombres del futuro deberán interpretar nuestros mensajes de manera distinta a como nosotros hemos interpretado los del pasado?.

Claro que algún lector podría aducir que, ciertamente, si esos mensajes que llegan desde las profundidades del tiempo advirtieran de algún peligro nuclear oculto, nuestra impune violación de esos lugares habría desatado el infierno sobre la Tierra. Pero es que no estoy pensando necesariamente en material radiactivo. Porque puede haber sustancias mucho más terroríficas e inclusive más sutiles en su desparramarse sobre el planeta. “Sustancias” (la palabra es en sí una contradicción) o “energías” ante las cuales la radioactividad sería primitiva. Bacilos espirituales, larvas astrales, venenos metafísicos, ante los cuales nuestra civilización carece de métodos de detección, como una cultura preatómica carecería de métodos para detectar a tiempo escapes radiactivos de un depósito abandonado por seres extraterrestres…

¿Somos un virus cósmico?

En otro orden, una de las explicaciones más populares para apuntar al porqué del no-contacto estriba en considerar a la especie humana potencialmente peligrosa para la ciudadanía cósmica. Claro que también es posible que la elección por el no-contacto de nuestros visitantes siderales encuentre su razón de ser en estrictas y asépticas razones científicas, como el poder observar en su medio natural y sin interferencias (más allá del inevitable “observador que modifica lo observado”) la evolución de las culturas de nuestro planeta. Pero también cae la ocasión de estar haciéndolo por nuestro propio bien: creo que nadie como el propio Darnaude (citado en la dedicatoria de este artículo) ha enlistado las desastrosas consecuencias (por lo menos, desastrosas para el omnímodo poder en las sombras) que tendrían para nuestra economía, geopolítica y religiones el contacto abierto y sin condiciones. Pero también podemos proponer esta otra lectura: una civilización ha seguido en algún remoto confín del espacio una evolución tan anticipada a la nuestra, que nos ve como nosotros vemos a las gallinas. Las usamos, nuestros hijos juguetean quizás cruelmente con ellas, pero a nadie se le ocurriría designar una embajada en el gallinero más cercano. Son, simplemente, útiles seres de escala inferior. Esto puede ser muy feroz para nuestro orgullo, pero si asignamos a nuestra especie una media de tres millones de años de existencia como homínidos, y si recordamos que el Universo –dicen quienes se supone que saben- tiene entre quince mil y veinte mil millones de años de antigüedad, hay una espacio abismal de tiempo donde otras culturas pudieron haberse desarrollado, colapsado, vuelto a renacer… y aventajarnos por millones de años. Si sabemos que nuestra estructura lógica sería inaprensible, digamos, para un Neandertal de hace unos ciento cincuenta mil años.. ¿cómo por ventura podemos suponer que seríamos indistinguibles de los primates para alguien que nos aventajara “sólo” unos diez o quince millones de años?. O bien considerar esta otra alternativa: que la línea evolutiva intelectual de esa humanidad, más que superior a la nuestra, haya seguido por derroteros distintos. Por ejemplo; ¿una química compleja basada no en el carbono, como nosotros, sino en el silicio, qué clase de mentalidad generaría?. Fascinante pregunta. O, más acabadamente aún: ¿porqué necesariamente la inteligencia tendría que estar constreñida a cuerpos, formas, sistemas biológicos como es esperable por nosotros?. ¿Qué ocurre si alguna forma de pensamiento puede construirse sobre otros sistemas, como los vegetales?.

El aporte de la Parapsicología a la comunicación con otras especies

De sobra son conocidos los trabajos del experto en polígrafos Clave Backster en el terreno de la detección de comportamientos y emociones –uno aún se resiste a hablar de “raciocinios” en plantas de todo tipo, por el sencillo y expeditivo método de conectar a algunos ejemplares botánicos sus equipos e interpretar sus resultados. Es interesante destacar que si bien los escépticos de siempre pueden estar en desacuerdo con las teorías de Backster, no pueden refutar los hechos, en tanto y en cuanto éstos son repetibles a voluntad. Extrañamente, entre el coro de risas refutadoras que a través de las últimas décadas se han levantado contra este investigador, ninguna de ellas ha apuntado a los eventos y sí a las conclusiones, y quienes han tratado de dar explicaciones “naturales” a sus experimentos lo hacen desde la mera especulación, sin intentar ollar las mismas sendas. Dicen que es una pérdida de tiempo. Pero sinceramente, bien poco científico me parece el sistema de criticar sin repetir la experiencia porque a priori se la supone un sinsentido. Bien, decía que se ha escrito mucho sobre los trabajos de este precursor y sus seguidores, pero poco se ha avanzado en buscar aplicaciones prácticas a su tarea. Traigo entonces a colación uno de sus resultados, porque viene a cuento de la teoría que trataré de exponer aquí. Ocurre que el bueno de Cleve, luego que William M. Bondurant, ejecutivo de la Mary Reynolds Babcock Foundation, de Winston – Salem, Carolina del Norte, le hiciera un donativo de diez mil dólares para avanzar en sus investigaciones, pudo acceder a equipo más sofisticado, entre ellos, un electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo. Estos equipos, que normalmente se usan para mensurar las emisiones eléctricas del corazón y el cerebro, tenían la ventaja de no hacer pasar corriente alguna a través de las plantas, porque se limitan a registrar la diferencia en el potencial que descargan. Esto es de suma importancia, porque cualquier reacción sensible inhibe la explicación mecanicista que las reacciones medidas por nuestro estudioso son “simples automatismos” generados por las descargas que otros aparatos pudieran imprimir a la planta objeto del experimento. El cardiógrafo permitió a Backster obtener lecturas diez veces más delicadas que el polígrafo, y el electroencefalógrafo le proporcionaba lecturas más sensibles todavía. Una contingencia fortuita condujo a Backster a otro campo totalmente distinto de investigación. Una noche, al prepararse a dar un huevo crudo a su fiel doberman observó que una de sus plantas conectadas al polígrafo reaccionó bruscamente en el momento de cascar el huevo. A la noche siguiente, volvió a observar el mismo fenómeno. Inducido por la curiosidad de averiguar qué pudiera “sentir” el huevo, lo conectó con un galvanómetro y observó todo con atención. Durante nueve horas estuvo obteniendo una grabación activa del huevo, correspondiente al ritmo de las palpitaciones cardíacas del embrión de pollo que posiblemente contenía, las cuales alcanzaban una frecuencia de 160 a 170 latidos por minuto, cabalmente los que corresponden a un embrión de tres a cuatro días. Pero ocurría que el huevo había sido comprado en una tienda local y no estaba fertilizado. Entonces, al abrirlo y observar su contenido, se quedó backster de una pieza al ver que en él no había estructura física circulatoria de ningún género que pudiese explicar la pulsación. Por lo visto, había descubierto una especie de campo de fuerzas no conocidas todavía en el nivel contemporáneo de la ciencia. Y si ustedes son perspicaces, habrán comprendido hacia dónde estamos orientados: si la materia viva en general posee un campo de fuerza, una radiación de vida que le es propia, cabe absolutamente la posibilidad que, por resonancia, podamos detectar a distancia –cualquier distancia- emisiones de esa radiación, con la única condición que entre aquél foco emisor y nosotros existan otras y sucesivas fuentes radiantes de vida. Que es tanto como decir que podríamos cuando menos medir los límites espaciales hacia los que la vida se extiende. El concepto de los “campos de vida” o “radiaciones V” no es nuevo; podemos rastrear su enunciación hasta la literatura parapsicológica de principios del siglo XX. No en otra cosa pensaba el barón De Rochás cuando formuló la idea de la “fuerza ódica” que, según escribió, parecía emanar de la punta de los dedos de ciertos sensitivos en condiciones de penumbra ambiental. De Rochás fue el primero en señalar el fenómeno de la “radiaciones mitogénicas”, un experimento en el cual, si dos plantas son cultivadas de manera que una de las prolongaciones de sus raíces se deslice a medida que se desarrolla dentro de un tubo de vidrio, y se cuida que la raíz “entubada” de la planta A esté dispuesta próxima y en situación perpendicular con la misma de la planta B, el desarrollo de ésta parece ser afectado a medida que dentro del tubo de su congénere progresa la raíz de la primera, al punto de mostrar extrañas deformaciones, como si del extremo de aquella emitiera algún tipo de “rayo” que hiciera colapsar un grupo de células de la “planta víctima”. Se me ocurre aquí preguntarme si el fenómeno de “sanación”, en ese sentido de razonamiento, más que corresponder (como siempre supuse) a un efecto psicoquinético del curador sobre la estructura patológica del enfermo no corresponderá más bien a un efecto de resonancia entre las “radiaciones de vida” de ambos. Existe una interesante –y agradable- experiencia que ustedes pueden hacer. Coloquen en su dormitorio –o donde les plazca- una buena cantidad de plantas, lozanas y vitales, preferentemente de largas hojas lanceoladas y algunas cuya savia parece tener un matiz lechoso (ignoro porqué con éstas el efecto es más significativo). Luego, mantengan relaciones sexuales en ese ambiente, y observen finalmente la reacción de las plantas. Repítanlo durante varios días. Dos efectos son sensibles. Uno, todas las plantas comienzan a exhalar un olor penetrante, una fragancia similar al del césped fresco cortado (cuiden de no caer durante el acto amatorio sobre las plantas, para no confundir los resultados, claro). Estoy tentado a decir que las plantas se “excitan”.

Dos –si repiten la experiencia unos cuantos días- hay un extraño tropismo (¿”Gonotropismo”?, ¿”sexotropismo”?, ¿”ferotropismo”?) de las plantas en dirección a la cama, aún a costa de alejarse de la luz natural. No creo que las plantas que he tenido el gusto de conocer sean particularmente lujuriosas, de manera que sospecho que la actividad sexual reactiva en la atmósfera una especie de energía sexual, al estilo de la “energía orgónica” –no orgánica- descubierta y descripta por el doctor Wilhem Reich y hermanada con la idea de que los antiguos ritos de la fertilidad, en el proceso de los cuales las personas tenían relaciones sexuales en campos recién sembrados, podrían haber estimulado el crecimiento de las plantas. Cierto día de fines de octubre de 1971, el ingeniero electrónico George Lawrence acompañado de un ayudante, se internó en un paraje próximo al poblado de Temecula, al sur de California, una zona libre de interferencias electromagnéticas –por lo menos en ese entonces- para un interesante experimento. Dedicado a experiencias similares a las de Backster, su aparato tenía una diferencia importante: incorporaba, en un baño de temperatura controlada, el tejido vegetal vivo protegido en un tubo Faraday, que filtra hasta las más leves interferencias electromagnéticas. Lawrence observó que el tejido vegetal vivo es capaz de percibir señales, mucho más sutilmente que los sensores electrónicos. Su teoría era que las radiaciones biológicas transmitidas por seres vivos se reciben mejor en un medio biológico. El equipo de Lawrence se diferenciaba además considerablemente del de los demás experimentadores, porque no requería electrodos aplicados a las plantas, si están suficientemente apartadas de sus vecinas para eliminar toda interferencia en las señales, como ocurre habitualmente en las áreas desérticas. Lawrence apuntaba a la planta elegida con un tubo sin lente y con una amplia abertura, cuyos ejes ópticos equivalían al eje de diseño del tubo Faraday. A distancias mayores, utilizaba un telescopio en lugar del tubo, y hace más visible la planta colgándole un trapo blanco. El tejido vivo de Lawrence podía captar una señal direccional a distancias de más de un kilómetro y medio. Para estimular las reacciones de las plantas objeto de su experimento, les infundía previamente una cantidad medida de electricidad, activando el estímulo a control remoto con un cronómetro que le permite regresar a pie o en auto a la estación que “siente”. Realizaba sus experimentos de exploración en las estaciones más frías, cuando la vegetación está dormida en su mayor parte, a fin de tener la seguridad de que señales procedentes de otras plantas no están alterando sus mediciones. Las perturbaciones en el tejido vivo de su aparato grabador no se detectan visualmente por medio de una aguja sino acústicamente, por medio de un silbido bajo, continuo e igual, similar al producido por un generador de ondas sinusoidales, que cambia en una serie de pulsaciones distintas cuando recibe señales de una planta. El día de su llegada al Oak Grove Park, Lawrence se sentó con su ayudante a tomar un bocadillo a últimas horas de la tarde, a unos diez metros de su instrumento, que quedó enfocado vagamente al cielo. Acababa de dar un mordisco a su lieberwurst (especie de salchichón judío fuertemente condimentado) cuando el silbido continuado procedente de su equipo fue interrumpido por una serie de pulsaciones claras. Lawrence, que todavía no había ingerido su embutido, pero que había hecho perfectamente la digestión del efecto Backster, creyó que aquellas señales podían haber sido producidas al haber matado algunas células del salchichón. Pero, pensándolo más serenamente, recordó que esas células estaban ya biológicamente muertas. Al comprobar el estado de sus instrumentos, la señal acústica se siguió produciendo, con gran asombro de su parte; una cadena de pulsaciones durante más de media hora, hasta que volvió el silbido continuado y monótono, indicio de que ya no iba a haber más señales. Estas tenían que proceder de alguna parte, y como el aparato había estado apuntando todo el tiempo hacia el cielo, asaltó a Lawrence la ida fantástica de que alguien o algo estaba transmitiendo desde el espacio exterior. Resistiéndose a llegar a una conclusión prematura (en el sentido de que hubiera captado una señal inteligente procedente de los abismos cósmicos a través del tejido de una planta) Lawrence pasó varios meses perfeccionando su equipo, para convertirlo en “una estación de campos biodinámicos con que recibir señales interestelares”, según sus propias palabras. En abril de 1972, ya estaba su equipo lo bastante perfeccionado para apuntar de nuevo en la misma dirección en que había obtenido la reacción extraña al morder su salchichón. Como especialista en rayos láser y autor del primer libro técnico sobre la materia que se publicó en Europa, Lawrence había tomado nota exacta de la dirección en que estaba apuntando su aparato en aquel momento, y observó que enfocaba a la Osa Mayor, constelación de siete estrellas situada en la región del Polo Norte celeste. Para estar seguro de que el equipo quedase distante de la mayor parte posible de formas de vida, Lawrence enfiló con su vehículo hacia el llamado Cráter de Pisgah, promontorio volcánico de setecientos metros de altura que se eleva en medio del árido desierto de Mojave. El cráter está rodeado de yacimientos de lava donde no brota un sola brizna de hierba. Enfocando su telescopio junto con el tubo Faraday, una cámara, un monitor electromagnético de interferencia y la cámara de tejido orgánico, a las coordenadas celestes que le daban la dirección general de la Osa Mayor, abrió su señal de audio. A los noventa minutos, su equipo volvió a captar un conjunto reconocible de señales, pero más breve que el de la vez anterior.

Según Lawrence, los períodos entre la serie rápida de pulsaciones fluctuaron entre tres y diez minutos aproximadamente durante un período de varias horas, mientras monitoreaba un solo lugar en el cielo. Habiendo repetido, pues, con éxito sus observaciones de 1971, empezó a pensar si no habría hecho accidentalmente un descubrimiento científico de proporciones extraordinarias. No tenía idea de cuál podría ser la procedencia de las señales, ni de quién o qué las estaba transmitiendo, pero le parecía sumamente posible que el desplazamiento galáctico tuviese algo que ver con su origen. “Las señales podrían estar esparciéndose desde el ecuador de la Vía Láctea, que tiene una densa población de estrellas”, calculaba Lawrence. “Tal vez estábamos recibiendo algo desde esa zona más bien que de la Osa Mayor”. Después de haber obtenido en el desierto de Mojave la confirmación de sus primeras observaciones, continuó las pruebas de laboratorio en su residencia, enfocando la máquina a las mismas coordenadas y dejándola en esa posición. Dice que tuvo que esperar semanas y hasta meses para que le llegasen señales, pero que, cuando por fin las capturaba, era indudable que algo extraño se recibía. Una de ellas producía una especie de pulsación, audible en forma de un “brrrrrrr-bip-bip” que, según Lawrence, no ha logrado ninguna entidad terrestre. Presionado para que diese alguna explicación de aquellas extrañas señales y su naturaleza, dijo: “No creo que estén dirigidas a seres de la Tierra. Creo que estamos ante transmisiones entre grupos de iguales, y como no sabemos nada de comunicaciones biológicas, quedamos sencillamente excluidos de estas “conversaciones””. Deduciendo que aquellos hallazgos podían ser de importancia trascendental y anunciar un nuevo sistema de comunicación no imaginado todavía siquiera, Lawrence mandó una copia de su cinta de octubre de 1971, junto con un informe de siete páginas, al Instituto Smithsoniano de Washington, donde se le custodia. El informe termina así: “Se ha observado un conjunto aparente de señales de comunicación interestelar, de origen y destino desconocidos. Como su intercepción fue hecha por sensores biológicos, cabe suponer que se trata de una transmisión de señales de tipo biológico. Los experimentos de prueba se realizaron en un área electromagnética de frontra profunda, con un equipo refractario a radiaciones electromagnéticas. En las pruebas subsiguientes no se revelaron defectos de equipo. Como no se están llevando a cabo experimentos continuados de escucha interestelar, presentamos la sugerencia de que se lleven a cabo en cualquier parte, si es posible a escala global, pruebas de verificación. El fenómeno es demasiado importante para pasarlo por alto”. Pruebas a escala global. Quizás, así al unísono, se reuniera la información suficiente para decodificar la pulsación de la vida en el cosmos. Y es cierto que sabemos poco, nada, de comunicaciones biológicas, aún cuando debería animarnos en su profundización, pues la comunicación biológica es a nuestra “moderna” comunicación electrónica, lo que ésta es a la mecánica, la de los viejos tiempos de semáforos fijos que elevaban y bajaban sus brazos, tubos neumáticos y silbatos. Pero extrañamente, los estudios de Lawrence han sido arrumbados en el olvido. Extrañamente, iba en la misma senda que el cirujano argentino, ya fallecido, doctor Enrique Briggiler, cuando postulaba (y experimentaba) una comunicación biológica con entidades a través del espacio (ver al respecto mi nota “El Cuarto Estado: Técnicas Bioelectrónicas de Comunicación Extraterrestre” en “Al Filo de la Realidad” número 15). Quizás no extrañamente, Briggiler falleció prematuramente y Lawrence, como tantos otros, él y su trabajo condenados al ostracismo. Pero volveremos sobre ello en otro trabajo.

Abundar en este campo fascinante de trabajo implica comenzar a familiarizarse no sólo con la idea de un campo radiante de vida que interpenetra el univero, sino con que el límite entre lo “no vivo” y lo “vivo” no sería tan claro como pareciese. En 1899, el científico hindú Chandra Bose observó el caso extraño de que un radioconductor mecánico para recibir las ondas de radio perdía sensibilidad cuando se le usaba continuamente, pero recuperaba su estado normal tras un período de descanso. Esto le llevó a la conclusión de que, por inconcebible que pareciese, los metales pueden ecuperarse de la “fatiga” de manera semejante a como recobran sus energías los animales e individuos cansados. Incidentalmente, es interesante hacer notar –sobre lo que podremos dar testimonio todos quienes hemos trabajado en “piramidología”, es decir, el uso de réplicas a escala de la pirámide Kufu- que luego de una cantidad cíclica y regular de días la pirámide también parece “resentirse” y mermar su efecto sobre los elementos a ella expuesta, pero que desorientándola (o descargándola) por veinticuatro horas o menos recupera todo su potencial inicial. Pero volviendo a Bose, esas observaciones lo llevaron a iniciar un estudio comparativo de las curvas de la reacción molecular en las sustancias inorgánicas con las de los tejidos animales vivos. Con gran asombro y sorpresa, advirtió que las curvas producidas por el óxido magnético de hierro ligeramente calentado se parecían notablemente a las de los músculos. En ambas disminuía la reacción y la recuperación con el exceso de trabajo y la fatiga consiguiente podía desaparecer en virtud de un masaje delicado, o de un baño con agua caliente. Otros componentes metálicos reaccionaban de manera parecida a los animales. Cuando se limpiaba una superficie metálica grabada con ácidos para eliminar hasta la última señal impresa en ella, mostraba reacciones en las partes tratadas por el ácido que no se advertían en las otras. Bose atribuía cierto tipo de memoria del tratamiento a las secciones afectadas. En el potasio observó que su poder de recuperación se perdía casi totalmente si se le trataba con diversas sustancias extrañas: esto parecía análogo a las reacciones del tejido muscular a los venenos. Aunque se cría que las plantas deseaban cantidades ilimitadas de anhídrido carbónico o dióxido de carbono, Bose averiguó que un volumen excesivo de este gas podía sofocarlas pero que, en ese caso, podía volvérseles a la vida con oxígeno, como a los animales. Lo mismo que los seres humanos, las plantas se intoxicaban al inyectárseles güisqui o ginebra, se tambaleaban como un borracho en una cantina, se desmayaban y volvían con el tiempo en sí, manifestando señales de una soberana resaca. Estos descubrimientos y centenares de datos diversos fueron publicados en dos gruesos volúmenes en los años 1906 y 1907, bajo el título de “La reacción de las plantas como medio para la investigación fisiológica”. Aún más, con un aparato de su invención que denominó “morógrafo”, y que era básicamente un “tester” adaptado, Bose detectó que en el momento de morir una planta proyecta una enorme fuerza eléctrica. Quinientos porotos verdes pueden desarrollar hasta quinientos voltios, suficientes para fritar al cocinero si no fuera porque raramente se conectan en serie los porotos. Esta difusa separación entre lo “vivo” y lo “no vivo” se potencia con la hipótesis de que hasta los cristales tiene vida. O, cuando menos, sexo, que no es poco. En 1928, Jovillet-Castelot consignó en sus “Estudios de Hiperquímica” una curiosa declaración hecha por el doctor Manuilov a la agencia Tass. En el curso de unos trabajos realizados con vistas a determinar el sexo de hombres, animales y plantas por medio de pruebas radiactivas, Manuilov tuvo la idea de hacer algunos ensayos con animales. “Me llamó la atención en primer lugar el hecho de que un sólo y mismo material tiene dos formas cristalizadas -por ejemplo, la de cubo y la de octaedro- absolutamente idénticas en cuanto a sus propiedades químicas. A fin de determinar el sexo, yo había sometido la sangre humana y la de los animales, así como los extractos de jugos de las plantas, a una reacción especial. Sometí igualmente a la misma reacción diferentes formas cristalizadas de una sola y misma especie de mineral. Hice este experimento empleando el mineral más típico, la pirita. La pirita, cristalizada en cubo, dio una decoloración de la sustancia en la que la había sumergido, es decir, una reacción típicamente masculina. Al sumergir la pirita cristalizada en octaedro en la misma sustancia, la coloreó, es decir, dio una reacción femenina típica. Repetí este experimento con once minerales diferentes, y obtuve siempre los mismos sorprendentes resultados.” “No me atrevo a afirmar que mis experimentos conduzcan a una conclusión definitiva e inmutable sobre la existencia de sexo en los minerales; me limito a confirmar un notable fenómeno, observado en un caso dado. Después de unos experimentos prolongados en este campo, espero poder demostrar la existencia de un sistema único y armónico de clasificación de todos los organismos del universo entero en categorías masculina y femenina, empezando por el hombre y descendiendo hasta la piedra”. Vida en la materia inerte. Aquí, golosamente, he detenido mi teclear en el ordenador y dedicado largos minutos a repasar lo poco que conozco de Alquimia. Y recuerdo que sempiternamente los alquimistas iniciados trataban a la materia como algo vivo, algo que nace y muere, que se reproduce, que aprende… pero no cederé a la fácil tentación de extenderme sobre esta profunda y sabia disciplina, lo que dejaré para otra ocasión. Pero encontrar esta relación estrecha entre todo lo vivo en el universo, y a su vez entre lo vivo y lo no vivo, permite entender la idea de unicidad que campea por todo el Ocultismo, lo que, cuando menos, explica a mis lectores el porqué de mi tediosa insistencia en hermanar reflexiones esotéricas a la investigación OVNI y mi empecinada convicción que será esta línea de aproximación la que cualitativamente nos permitirá, quizás, comprender algo nuevo de la fenomenología. Lo que sí debo ahondar, es mi teoría –que en buena medida ya enunciada por otros colegas- que me lleva a suponer que si las comunicaciones biológicas son algo factible y mucho más óptimo que las electrónicas (por lo menos, hasta tanto nuestra primitiva evolución nos haga asequibles quizás a las telepáticas que, después de todo, no dejan de ser una sutileza de las comunicaciones biológicas) y la biología de un punto cualquiera del cosmos puede resonar con otro cualquiera, es entonces muy posible que los agrogramas (ya saben, los “círculos en las cosechas”) sí sean ciertamente mensajes cósmicos. No inscriptos, impresos por tripulantes de un OVNI paseándose en las noches de los campos, sino quizás apenas “ecos” inteligibles y ordenados de un emisor vivo en algún lugar del espacio profundo. Su propia concentración en proximidades de megalitos y enclaves prehistóricos puede estar asociado a las líneas de fuerza que se han detectado fluyendo de estos puntos, como si la resonancia que les da forma y sentido se materializara en cercanías de aquellos sitios catalizadores de ese “campo universal de vida” (ver al respecto el artículo “Un enigma: las líneas “ley”” en “Al Filo de la Realidad” número 32). Sólo nos queda –casi nada- interpretar el mensaje.

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MÁS ALLÁ DEL UMBRAL: Abundando sobre la Vida después de la Muerte

Publicado por Gustavo Fernández en 28-05-2009

Mucho se ha venido especulando sobre la vida después de la muerte, las pruebas que pueden aportarse de su existencia, los conflictos religiosos dimanados de toda especulación cientificista sobre el particular y, en general, sobre bizarras aristas del tópico, más cercana a una bizantina discusión sobre el sexo de los ángeles que apuntadas al meollo de los miedos e inquietudes del hombre común de la calle. En otro trabajo mío (“Algunos apuntes sobre la Vida después de la Muerte”), ya he abundado en reflexiones sobre las argumentaciones –no sé si decir aún “pruebas”- que pueden presentarse sobre el concepto de la supervivencia a la muerte. En algún otro, oportunamente, enlistaré las evidencias, si se quiere experimentales, que hemos acumulado sobre el particular. De forma tal que considérese este trabajo como una especie de “aglutinante” entre ambos, una concatenación de ideas dispersas que trata, tal vez un poco anárquicamente, en constituirse en la médula espinal de nuevas aproximaciones a la cuestión. Las etapas del despertar en la muerte Seguramente algún lector, a la vista de las líneas siguientes, exigirá alguna demostración de mis afirmaciones. Sin embargo, quizás lo decepcionaré recordándole que siendo éste un trabajo considerable esotérico, lo es, no sólo en función de los temas tratados sino de las fuentes para acceder a su conocimiento. Demostración, en consecuencia, una tesis verificable, es propio del conocimiento exotérico, vale decir, transmisible oralmente. Y, como ya he explicado hasta el cansancio, ese es sólo uno de los caminos de aprehensión de la Realidad. Este otro, el iluminista, el perceptual, el intuitivo, el místico, si así lo prefieren, complementa –no contradice- al primero. De manera tal que si el lector ignora los fundamentos que justifican esa forma de conocimiento, pues es oportuno que detenga aquí su lectura hasta rehacer ese trayecto privativo de otros lectores tal vez, si no perseverantes, sí cuando menos históricos. No es empero tan difícil justificar aquello que llamamos “conocimiento esotérico”. No se trata de revelaciones trascendentes en medio del sonar de trompetas angelicales, no. O, por lo menos, no siempre. Digamos que consiste en acudir espontánea e involuntariamente a planos más sutiles de absorción de información. Sistemas de percepción más universales, en el sentido de abarcativos, que los cinco sentidos con los que toscamente creemos bastarnos para desenvolvernos en el mundo. Una frívola lectura psicologista puede erróneamente llevar a creer que, después de todo, no se trata más que de los siempre conocidos procesos cognoscitivos expresados de otra manera. Pero puede invertirse la carga de la prueba y decirse, también, que lo que suponemos procesos cognoscitivos inconscientes no son más que rótulos “á la mode” para definir el milenario conocimiento espiritual. ¿Dónde termina el espíritu y comienza la psiquis?. ¿Dónde termina la psiquis y comienza la materia?. Quien crea, con una sonrisa irónica, que es muy evidente la diferencia entre uno y otro, evidentemente nada ha entendido de la Ley del Mentalismo. Voy caminando por la calle y, en sentido opuesto, lo viene haciendo mi amigo Quique. El reconocerlo no es un acto lógico, en el sentido de “pensamientos lineales y encadenados para arribar a una conclusión”. La lógica es, por así decirlo, un proceso formalmente determinista, con un origen, un proceso y una conclusión. Pero mi conclusión (“ese-que-viene-caminando-es-Quique”) no es lógica. No percibo los ojos del viandante, luego su nariz, luego sus orejas, su cabello, su boca, su mentón y armo una estructura ordenada de pensamiento donde: ojos+nariz+orejas+cabello+boca+mentón= Quique. No. Mi reconocimiento (mi conclusión) es un acto espontáneo, involuntario, interactuante y de conocimiento holístico. Es intuitivo. Es esotérico. Lo esotérico no debe estar cubierto por el engañosos ropaje del teatro circense. No es aquello que aletea entre búhos y la densa humareda de las sahumaciones. Es tan común, tan cotidiano, que nos resistimos a aceptarlo, precisamente porque estamos a la expectativa de cierta “fantasticidad” en su naturaleza. Y por no saber reconocer las cosas simples, se nos escapa el verdadero Conocimiento. O para parafrasear a Ernesto Sábato, somos como el ictiólogo que por no saber hacer redes con mallas más cerradas para pescar los peces motivo del estudio de su ciencia, concluyó que todo pececillo que no pudiera ser atrapado por aquella no le cabía como objeto de estudio, ya que sencillamente serían peces metafísicos. Si bien los autores de fantasía y de ciencia-ficción se han adelantado décadas a la simple enunciación teórica de lo que soñaron, muchas de sus visiones forman parte de nuestra realidad cotidiana y ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello.

Tomen ustedes el ejemplo del “hiperespacio”, ese concepto tan caro a la fantasía científica, que terminaba de plano con lindezas molestas como la velocidad límite que nos imponía la luz, la contracción temporal y otras cositas menores. Simplemente, se abría un “agujero en la nada” y la nave espacial con nuestro héroe de turno recorría en tiempos mínimos la distancia entre dos puntos que en el espacio ordinario hubiera demandado toda una vida. Estos “atajos” por otras dimensiones fueron vistos con sorna por los mismos científicos que años después hablarían de “agujeros de gusano”, “supercuerdas” y otras cosas tan fáciles de comprender. Pero, en términos populares, la idea de un “hiperespacio” para muchos sigue sonando a fantasía. Y, sin embargo, nos movemos en el hiperespacio mientras leemos esta nota. Porque muchos conceptos ortodoxos sobre la distancia entre dos puntos saltaron por los aires con la llegada de Internet. Un espacio “virtual”, irreal si hay cortes de luz pero tangible por los sentidos si estamos conectados a la Web que, para colmo, abusa del hiperespacio. ¿Qué es sino lo que podría llamarse de tal manera cuando, en vez de recorrer una página linealmente, obedeciendo a un proceso que a lo largo de una flecha de tiempo nos dice que al punto (a) le sigue el (b), luego el (c), etcétera, decidimos alegremente tomar el atajo de un link, de un enlace, y “saltar” al medio, al final, a otra página o adonde nos lleve el mismo?. Yo puedo subir a la Web una página, con un comando al comienzo que me envíe directamente al párrafo 336 sin necesidad de pasar por los 335 anteriores. Esto es un atajo virtual. Esto es el hiperespacio. En el mismo orden de ideas, nada nos impide entender al ser humano (no la suma de desechos biológicos que, más o menos entrópicamente organizados, constituyen su cuerpo, sino a su esencia) como un paquete de información. De hecho, somos información: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que tocamos, no ingresa a nuestra conciencia en forma bruta sino transformada, nervios mediante, en pulsaciones electroquímicas que son decodificadas por un transductor que llamamos cerebro e interpretadas de acuerdo a un esquema perinatal y de aprendizaje de percepción de la realidad, lo que me lleva, en principio, a preguntarme si el mundo que me rodea, esta computadora, mi casa, ustedes, serán realmente como yo creo percibirlos o sólo un fantasma de mis sentidos… Yo mismo no soy más que un amasijo de átomos en enloquecida carrera entre nubes de energía, astronómicamente distanciados entre sí, apenas una probabilidad expresable matemáticamente. Soy información, y si creo ser algo diferente, digamos “materia”, es por ese condicionamiento original. A fin de cuentas, la materia es definible como únicamente una particularidad de la curvatura del espacio-tiempo. Así que al morir, es sólo ilusorio (“maya” dirían algunos) que lo más importante comience a desintegrarse, a desaparecer. No quisiera ser aburrido con comparaciones que a muchos de mis lectores les parecerán infantiles y precarias, pero me tienta suponer que la lectura materialista de la vida es como creer que la información de mi PC es esto que aparece en la pantalla, seguramente producto del ronroneante funcionar de sus partes físicas y que al, supongamos, estrellarla contra el piso en un arranque de furia, la he “matado” sin posibilidad de producir nuevas imágenes, ignorante que lo que verdaderamente servía no era la máquina en sí sino aquello que duerme en el disco rígido, tan inerte él, y que así seguirá si no tengo la perpiscacia de cargarlo en otra computadora… interesante analogía para plantear el tema de la Reencarnación. Por lo tanto, concluyo que la muerte es sólo “otro estado” de esa información que llamamos Yo, y que pasa por situaciones parecidas. Y es aquí donde mi experiencia con “paquetes de memoria” (ya saben, un término cuasitécnico para reemplazar al perimido de “fantasmas” y cuya razón de ser ya he explicado en otra oportunidad) me permite especular con los estados inmediatos más allá del umbral.

Básicamente, he detectado cuatro fases; dos sometidas al determinismo y dos sujetas al libre albedrío. Es interesante que así sea. Siempre dije que el bien más preciado que Dios le ha dado al ser humano es el libre albedrío, la capacidad de optar, de elegir. Y si bien ciertos hechos de nuestra vida están predestinados, otros, en cambio y en admirable equilibrio, están depositados en nuestras manos para que con ellos construyamos nuestro Karma, universal o mundano, acelerando o desacelerando las fases de crecimiento a través de los evos y los planos de manifestación. Inmediatamente después del óbito, el paquete de memoria se encuentra en un estado de comprensión. Debe hacerse cargo de su nueva situación, lo que no es tan inmediato y natural como podría suponerse. No olvidemos que con el desprendimiento las funciones de la conciencia, como procesadora de la percepción de los sentidos y las estructuras analíticas de pensamiento, cesa. Ya no hay sentidos que perciban. Ya el cerebro, que procesaba la información como el “darse cuenta” no sólo no funciona, sino que comienza a descomponerse. Lo que sobrevive, psíquicamente hablando y cuando menos en los tiempos inmediatos posteriores al fallecimiento (aunque el concepto de “tiempo” también es sumamente relativo, ya que el “paso del” es también una función de la mente conciente) es el inconciente, que comienza una reestructuración; es el primer paso, la primera señal de evolución a una nueva fase. Debe entonces comprender su nueva condición (algo relativamente sencillo si el individuo incorporó a lo largo de su vida biológica vivencias de aceptación de lo espiritual; algo muy difícil para un materialista que nunca creyó en la vida después de la muerte), y esta comprensión, más tarde o más temprano, indefectiblemente llega: es determinista. Pero no lo es la siguiente etapa; la aceptación. En efecto, es posible que el paquete de memoria se niegue a aceptar esta nueva situación. Por egoísmo o apegos (a las cosas o la gente) se empecina en querer “volver hacia atrás”, manifestarse en el plano de los vivos, sentir y ser sentido. Y como depende de la maduración que haga de la circunstancia el continuar adelante, es probable que quede largo tiempo atrapado en un plano que no es una trampa exterior, sino la prisión de su propia y equivocada actitud. Aún después de muertos, podemos seguir siendo prisioneros de nuestros propios errores… Pero si supera esta etapa, llega a la de aprendizaje. Cuando acepta su nueva condición, comienza a interactuar con ese plano, con las realidades de ese plano. Con las entidades que le han precedido. Y de esas relaciones, de esas interacciones, surgen conocimientos. Aprendizajes. Que, por desenvolverse precisamente en un medio espiritual, son espirituales. El paquete de memoria crece espiritualmente no porque necesariamente descubra que debe priorizar lo espiritual más que en su anterior vida física por ser más importante, sino, sencillamente, porque ese esw el medio en que se desenvolverá y, en un sentido de supervivencia, aprenderá aquello que le permita una mejor adaptación asl medio. Si somos abandonados en una jungla, deberemos sobrevivir, y descubriremos por nuestros medios o aprenderemos de los nativos técnicas de supervivencia física; lo espiritual deberá esperar. Si vivimos en la ciudad enloquecida por el consumismo, es posible que algunos deban adquirir destrezas para sobrevivir a los vaivenes financieros de los códigos de la vida contemporánea. Ingresados en el mundo espiritual, la supervivencia, la adaptación al medio, el desenvolvimiento del nuevo estado será entonces, por fuerza de las circunstancias, espiritual. Se aprenderá. Y deviene naturalmente, entonces, el cuarto estado: evolución. La entidad puede optar por aprender más, o aprender menos. Pero no puede evitar, en consonancia con su aprendizaje, crecer. Y entonces continúa hacia estadios superiores de manifestación.

Pero… ¿Podemos probarlo? Tenemos dos formas cuando menos de acercarnos a probar la sobrevivencia a la muerte. Con evidencias directas (psicofonías, psicoimágenes, transcomunicaciones que los escépticos siempre discutirán) o indirectas: si ciertos hechos fundamentan un correcto proceso de raciocinio, podemos suponer que sus conclusiones, si son lógicas (aunque increíbles) se correspondan a la verdad. Como decía Sherlock Holmes: “Buscando una respuesta, una vez que se descarta todo lo erróneo, lo que reste, aunque improbable, debe ser la verdad”. Voy a acercarme a la cuestión de la vida después de la muerte, entonces, desde otro ángulo. Tratemos de probar que existe algo como el “cuerpo astral”. De hecho, y entiendo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, si el “cuerpo astral”, como una contrapartida no física del cuerpo material existe, entonces toda especulación sobre la vida después de la muerte en otros sentidos (psíquico, espiritual energético) adquiere visos de verosimilitud. Lo que estoy diciendo es que si podemos probar que “algo” de nosotros puede abandonar nuestro cuerpo físico y seguir siendo “nosotros” en vida, algo de ello puede abandonarnos y seguir siendo el Yo después de muertos. ¿De acuerdo?. Sigamos. No voy a aquí a especular sobre la existencia de los “viajes astrales”, no porque no crea en ellos (de hecho, me encantan) sino porque algún contendiente intelectual sostendrían la improbabilidad (en el sentido de “no probable”) de mis afirmaciones. Puedo pasarme horas relatando casos de viajes astrales, propios y ajenos, y el escéptico seguiría lo más campante. Lo que voy a tratar de hacer, sin entrar en teorizaciones como las que supe hacer en otro lugar (ver mi ensayo “Fundamentos Científicos del Ocultismo”, cf. “Ley del Mentalismo”) a la búsqueda de razonar sobre la existencia de la materia astral, es, en cambio, exponer esta secuencia de ideas: si un experimento verificable, repetible en laboratorio, demuestra que algo (el cuerpo astral, la conciencia, el espíritu o lo que fuere) puede salir del cuerpo hasta, quizás, puntos alejados del espacio y regresar, toda la teoría de la vida después de la muerte es aceptable empíricamente. Y la prueba estriba en un experimento parapsicológico de los más sencillos, experimentables, casi diría que reconocido por muchos científicos: la premonición o precognición, así como su antítesis, la retrocognición o postcognición. La primera, el conocimiento por medios extrasensoriales de lo que ocurrirá en un futuro. La segunda, lo mismo de lo acaecido en el pasado. Sostengo que, si a gusto del inquisidor de turno, se demuestra la existencia de estas capacidades (que, en lo personal, creo demostradas más allá de toda duda razonable) está virtualmente demostrada la realidad de la proyección astral, mental o espiritual (tachar lo que no corresponda al criterio del lector). ¿Porqué?. Porque, por ejemplo, saber lo que pasó hace una semana en casa de mis cuñados no es sólo un viaje hacia atrás en el tiempo: es también un viaje en el espacio, no sólo porque según Einstein el concepto de espacio-tiempo es indistinguible uno del otro, sino sencillamente porque el martes de la semana pasada no sólo es una tiempo atrás en el calendario sino también, la Tierra, nuestra Tierra, ocupaba un punto remoto en el espacio (se desplaza a 16 km/seg, así que saquen ustedes la cuenta qué tan lejos estaba). Así que la proyección de la conciencia a ese momento (eso sería la retrocognición) implica también la proyección de la conciencia a ese lugar.

Alguien puede contradecirme diciendo que, tal vez, la retrocognición del ejemplo es como una ventana que se abrió a través del espacio tiempo pero vamos, la naturaleza de las retrocogniciones –siempre siguiendo el modelo- son más que “asomadas a la ventana”: la mente está allí, vive y siente lo que ocurre, es decir, salta por sobre el alféizar de la ventana y se ubica en ese lugar, insisto, remoto del tiempo y el espacio, mientras el cuerpo sigue aquí, de este lado de la ventana. De forma tal que, como anticipé, si yo estoy seguro que estas percepciones extrasensoriales existen, debo admitir que algo de mí “viaja” a ese momento del tiempo y el espacio, recoge información y regresa. Y si algo de mí puede hacer ese periplo, si algo de mí es “desprendible” de mi cuerpo físico, ese algo de mí, indefectiblemente, no está atado por las falencias del organismo físico llegado el momento final. A los interesados, les entrego, entonces, una forma de probar la probabilidad de la vida después de la muerte: demostrando la posibilidad científica de una percepción de hechos futuros o pasados, más allá de toda duda oponible. Línea directa con el otro lado Debo admitir que el tema de la así llamada “Transcomunicación Instrumental” me fascina particularmente. Posiblemente se deba a que no me creo dotado de percepciones sobre o preternaturales especiales como para confiar en la sutileza de mis sentidos para contactar con quienes existen en otros planos dimensionales, razón por la cual –hijo de la tecnología, al fin, a caballito entre la generación rehén de Bill Gates y la del destornillador y la llave inglesa- me gustaría confiar en una panoplia de instrumentos para establecer ese puente. Y, además, para cumular evidencias que hagan ver a otros la realidad. El poder registrar sus voces (“Psicofonías”) o intuir no ya sus rostros, sino la dramatización perceptual que “ellos” hacen de los mismos (“psicoimágenes”), tiene un no-sé-qué de posibilidad de control de la situaciones aledañas al encuentro. Pero quizás todo ello no sea más que una proyección, un pseudópodo infuso nacido de mis excrecencias inconscientes por lo que fue mi primera vivencia de transcomunicación instrumental. Que no fue ni mediante grabadora de voz o de imagen mediante, sino con un simple teléfono cuando, un ya remoto tórrido enero de 1980, al levantar el tubo del teléfono de mi hogar paterno escuché la voz de mi abuela Rosa, fallecida en agosto del año anterior, que me llamaba tres veces por mi apodo infantil antes de decir, en voz fuerte y clara, “estoy bien” y ser sucedida por un chirriar y el tono discordante de la línea junto a mi oído congelado de sorpresa y desconcierto. Aunque el acreditado investigador español Sinesio Darnell trate a las simples psicofonías con magnetófono como primitivas y se sumerja en un mundo virtual de ordenadores transcomunicacionales, sigo insistiendo (condicionado por la paupérrima situación económica de un país que no permite hacer grandes gastos del propio bolsillo por la pura investigación) con mis grabadores visitando cementerios, casas abandonadas, lugares históricos, como los que relatara en un anterior artículo mío (“Algunos apuntes sobre la vida después de la muerte”). Esos modestos trabajos me han permitido construir una convicción personal basada en lo experimental y descubrir, una vez más, que todos los escépticos de la vida en el más allá y de la posibilidad de comunicarse de esta manera, no sólo no han refutado (dije “refutado”, no “explicado”, que es otra cosa, cuando banalmente se “construye” una teoría que es lo posible, pero nunca lo demostrado) estos experimentos, sino que nunca lo han intentado siquiera. Y alimentan una conclusión que podríamos llamar, si nadie se opone, la cuarta Ley de Fernández: “Si la vida es campo propio de estudio de las ciencias naturales y físicas, la vida después de la vida, si existe, debe ser campo propio y excluyente también de las ciencias naturales y físicas”. Las religiones, históricamente dueñas del royalty para hablar de estas cuestiones, sólo deberían expedirse sobre los aspectos “morales” de la temática y sus abordajes. Pero, sin embargo, otra vez vemos cómo los científicos, intelectualmente únicos herederos dignos del derecho de investigar la supervivencia a la muerte, se alejan embarazados cuando las requisitorias los acorralan. Y no porque no haya evidencias: no puede decirse que no las hay si no se lo ha investigado plenamente, y si no, que les cuente la doctora Elizabeth Kübler-Ross. No. Otra, y otra vez, es simple misoneísmo: el bloqueo psicológico que impone miedo y rechazo a lo desconocido. Y, por más formación académica que se tenga, es siempre la misma, vieja historia. Es ampliamente sabido entre los científicos e igualmente los no científicos, que el propósito de las teorías científicas es explicar lo desconocido en términos de lo conocido. Conocemos ciertas cosas; pero debemos valernos de nuestra razón y de nuestras observaciones para conocer cosas que actualmente ignoramos. Esto puede ser una ajustada descripción de la “cronología” de nuestros descubrimientos pero es un falso análisis del conocimiento que obtenemos.

Porque las teorías científicas, como teorías, explican lo conocido en términos de lo desconocido. “Conocemos” nuestras observaciones; y las explicamos con teorías cuyos componentes básicos son “desconocidos”. Por ejemplo, la Ley de Gravitación de Newton explicó el movimiento de los cuerpos físicos en la Tierra –y el de los planetas del sistema solar- en términos de fuerzas que obedecen a determinadas leyes de atracción. Ahora bien, son precisamente estas fuerzas las que nos son desconocidas, y no los movimientos que ellas explican. Una de las máximas aspiraciones de los estudiosos de lo parapsicológico es obtener una explicación de los fenómenos en los cuales están interesados. Debe comprenderse que la explicación será en términos de “lo desconocido” en el sentido ya apuntado, y que por consiguiente será más extraña que las propias explicaciones que la inspiran, y no más familiar. La relación entre “lo conocido” y “lo desconocido” es un importante aspecto de la Lógica y su frecuente falsedad es una característica correspondientemente significativa de lo que la concepción popular tiene de racionalidad. Porque cuando se busca una explicación “racional” de la vida después de la muerte y sus manifestaciones asociadas, la racionalidad es concebida como el proceso de pasar de lo desconocido a lo conocido, de la ignorancia al conocimiento, del error a la certidumbre. Pero el argumento precedente expone un sentido en donde esta concepción de la racionalidad es errónea. Llamamos a esta perspectiva de la racionalidad, “dogmática”, significando no que ella afirme algún dogma particular, sino más bien que comparte con todos los dogmas una creencia en la infalibilidad de sus principios y en la certeza de sus deducciones. Por contraste, la visión de la racionalidad como un medio de descubrir nuevos desconocidos puede ser llamada “crítica”, acentuando su espíritu motivacional en la búsqueda de errores y efectos imprevistos. La racionalidad crítica mira a la racionalidad como una colección actual de expectativas habituales que pueden requerir una revisión inmediatamente después de su utilización. La racionalidad dogmática ve a la racionalidad como un sistema de criterios establecidos, desde cuyo standard deben abordarse todos los problemas. La racionalidad dogmática se perfila hacia el rechazo de las apariciones de fantasmas. Los presuntos fenómenos son “físicamente imposibles” (esto es, caen fuera del plano de nuestras experiencias probadas). Por tanto, los fantasmas no existen. Va de suyo que la conclusión puede ser verdadera; pero este tipo de argumento resulta insuficiente, porque confía en la corrección de la racionalidad dogmática, que en realidad ha sido algunas veces rebatidas por fenómenos físicos ordinarios. El carácter erróneo de la racionalidad no es ampliamente reconocido, al menos por la gente común cuya creencia en ella motiva su hostilidad hacia los informes de supuestos fantasmas.

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