Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

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ESOTERISMO PARA OVNÍLOGOS: EL PARADIGMA DE HAMELIN

Publicado por Gustavo Fernández en 07-12-2009


“La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte. Si el mundo matematizable fuera el único mundo verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajes de la vigilia, la belleza de una fuga de Bach o por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona”.

Ernesto Sábato

Aun cuando entiendo y acepto que seguramente no seré comprendido por algunos de mis lectores (o, lo que es peor, seré mal comprendido) he decidido encarar con entusiasmo la redacción de estas líneas, convencido de que, cuanto menos, estas reflexiones, si bien no tienen la soberbia de aspirar a codificar la “verdad revelada” en torno al enigma de los OVNIs, sí constituirán en su defecto, un enfoque renovador para muchos, proponiendo –proponiéndoles– rever sus propias concepciones en torno a la temática. Si luego de esa revisión tales concepciones permanecen incólumes, esto también será un rédito positivo de este trabajo, pues por lo pronto habrá servido para poner a prueba –y en ese hipotético caso– reforzar las creencias preexistentes. De no ser así, su carácter revulsivo motivará a replantear enfoques que, por ende y hasta ese momento, habrán tenido más de anquilosadas que de razonadas.

Sé también que proponer este extraño maridaje entre Esoterismo y Ovnilogía escandalizará a muchos, aunque tal vez sea sólo una expresión de deseos de mi pedantería suponer que mis opiniones puedan escocer a más de uno; entonces, auguro para ellas el silencio de los indiferentes y el olvido de los frívolos. No importa; en el resbaladizo terreno que nos ocupa, la imperturbabilidad de una creencia a través del tiempo no es señal de la fortaleza de la misma sino, en todo caso, de la inseguridad psicológica de quien la sostiene, más afín a encerrarse entre los muros de la doctrina aceptada que a enfrentar el desolado valle de los cuestionamientos.

Porque va de suyo que en una época donde el paradigma dominante es el científico, donde, como escribí alguna vez, un individuo es creíble más por los oropeles académicos que presente que por la certeza, equilibrio o justicia de su pensamiento; donde el referente de lo cierto y creíble pasa por la exhibición cuantitativa de títulos –olvidando de manera demasiado sencilla que detrás del diploma y del guardapolvo yace una naturaleza humana con los viejos miedos y las pasiones de siempre de cualquier otro ser humano– y perdiendo la perspectiva histórica de que cada época tuvo su propio referente: (eclesiásticos en la Edad Media, políticos y militares hasta la segunda mitad del siglo XX, medios periodísticos con ínfulas de ángeles guardianes en la segunda mitad del mismo) en esta época, decía, el Esoterismo –palabra que muchos critican pero pocos estudian– retrotrae el pensamiento colectivo a épocas oscuras de ancianas espantosas revolviendo malolientes calderos. Tanto es así, que en una época como la nuestra, donde la información circula tan libremente que se supone que tenemos una visión panorámica bastante acertada de todas las cosas, al Esoterismo se lo asocia con supersticiones dignas de espíritus débiles, malignidades disfrazadas de hipocresías u oscuras manipulaciones de las vertientes más sangrientas del poder político.

Y bien sí. Es cierto que lo que los medios llaman “esoterismo”, a través de revistas planeadas inteligentemente para vender recetas mágicas a las masas (pero hechas por periodistas profesionales, no por ocultistas), personajes deleznables a la sombra de gobiernos autoritarios o sensacionalistas programas de televisión donde draculianas damiselas exóticamente sedientas de sangre dicen practicar las artes ocultas, todo esto, en fin, abona la perversa (en el sentido psicológico de la expresión: “desviado de lo correcto”) sensación de que lo brujeril, ocultista y necromántico es el residuo vergonzoso de la ignorancia de la humanidad. Y, con la misma certeza, sé que tratar de explicar que existe un esoterismo serio, responsable, filosófico, fundamentado, racional y que puede aportar interesantes concepciones para abordar el fenómeno OVNI, será mirado con sorna por los mismos espíritus críticamente racionalistas y echado al cesto de residuos. O la papelera de reciclaje de su PC. Y, como veremos en los párrafos siguientes, tal actitud no responde a la “fundamentación científica” de esa execración del Esoterismo, aunque se le disfrace de tal, sino a motivaciones más profundas, oscuras e incontrolables.

Porque si nos proponemos estudiar alguna relación entre Esoterismo y Ovnilogía, primero debemos entender a aquél. Y con ello comenzaremos.

Dije líneas atrás que la imagen popular que el vulgo reserva para el Esoterismo se encuentra más cercana a la lechuza en el hombro que a la del filósofo. Pero ello deviene sólo de una pauperización de lo que se filtró al público, a través de las épocas, sobre estas ciencias. Alguien diría que si así ocurrió, después de todo, es responsabilidad de los propios esoteristas. Y quizás no le falte razón: sólo puedo decir en descargo de aquellos que creían, históricamente, tener sus buenas razones para hacer del Esoterismo algo oculto, es que estaban alentados por la buena intención de evitar más dolores que alegrías a su prójimo. Como escribiera un viejo sabio chino: “Ten cuidado de que el conocimiento no caiga en manos de príncipes ni soldados. ¡Atención!. Que no haya una mosca en tu laboratorio mientras trabajas”.

Si alguien supone que el Esoterismo proponía una forma de aristocracia del conocimiento, estaría en lo correcto. Pero en el sentido etimológico de la palabra aristocracia: “gobierno de los mejores”. No en un sentido político, económico, de sangre o de poder; sino en una acepción intelectual y espiritual.

No es éste el lugar idóneo –aunque me gustaría hacerlo– para discutir si la “democratización del conocimiento”, más allá de sus evidentes beneficios, es necesariamente el camino hacia la perfección de la especie humana. Pero convengamos en que el conocimiento que en unas manos solidariza y apoya la vida humana, en otras la destruye. No debe deducirse, sin embargo, que el Esoterismo propugnaba una “elitización” de la ciencia, como algo sólo para unos pocos. El eterno dilema de “quién le pone el cascabel al gato” sobreviviría sin esfuerzos. Simplemente, los antiguos esoteristas proponían al sabio como un hombre universal; universal en sus conocimientos, un científico que emocionara al escribir poesía o música en sus ratos libres o viviera de acuerdo a la presencia divina en la naturaleza. Un Leonardo da Vinci, por caso: arquitecto, matemático, pintor, músico, astrólogo. Porque a poco que buceen ustedes en los textos –los serios, se entiende– de Esoterismo, descubrirán su Gran Secreto: lo que llevó a la humanidad a épocas de barbarie y desazón, de hambrunas y guerras, del mal imperando sobre la Tierra, ha sido la separación, el divorcio entre lo material y lo espiritual, entre lo científico y lo místico (evito decir ecleciástico: lo espiritual no es patrimonio exclusivo de alguna Iglesia), entre la mente y, a fin de cuentas, una especulación como el alma. Así que olvidando calderos y escobas, pentáculos y patas de conejo, podemos definir al Ocultismo como una forma de conocer la Realidad, aunando lo racional (ciencia), lo místico (espiritualidad) y lo estético (arte).

Porque tres, y estas tres son precisamente, las formas de aprehender la naturaleza que tiene el hombre: a través del análisis de las cosas, de descomponerla en sus partes menores, sean éstas materiales o tan eidéticas como puras matemáticas: a la rosa la puedo comprender como la suma de pistilo, tallo, pétalos y corola, pero también puedo emocionarme con ella, aceptarla como obra de un dios creador (espiritualidad) y entonces colijo que a la naturaleza puedo percibirla por vías iluministas, o bien describirlas en un lienzo, un poema o una melodía, transmitiendo las sensaciones que aquélla me inspira, y entonces podré escribir de cómo describo la naturaleza mediante el arte. Si la Realidad se parece más a lo que enseña el científico, el religioso o el artista, es sólo cuestión de paradigmas.

Pero, en todo caso, es un hecho que privilegiar una y sólo una de esas concepciones es una forma mutilada de conocer. En consecuencia, tan limitado era el sacerdote medieval que creía que la Iglesia enseñaba todo lo que valía la pena y lo que estaba fuera de ella o era inútil o era demoníaco, como el médico, físico, astrónomo o psiquiatra que de manera enciclopédica –y en ocasiones con un tinte de soberbia– pontifica que el conocimiento exotérico (esto es, el que se transmite de un dador a un receptor que acumula pasivamente información) es el único válido. Y mientras tanto, seguramente, el músico o el poeta mirará con suficiencia a ambos porque, después de todo, él es el único que transmite el “verdadero” conocimiento.

Cada época ha estado marcada por el paradigma dominante de una forma de conocer la Realidad. Lo escrito: lo religioso en el medioevo, lo científico positivista y materialista en el siglo XIX y buena parte del XX, el arte en los ’60. Pero como siempre el Todo es más que la suma de las partes, el verdadero conocimiento debe aunar todas esas vertientes. Y eso es lo que busca el Esoterismo.

Si lo hace con velas u oraciones, o en esos depósitos pétreos de sabiduría que han sido las catedrales, donde la ciencia de su construcción se suma a sus propósitos religiosos y al arte que conmueve aun a los ateos, es cosa de anecdotario. Lo científico no pasa por la computadora o el diploma y lo supersticioso por los sahumerios o talismanes: lo serio o ridículo de un tema nunca será el tema en sí, sino el método –o la falta de él– con que abordemos su estudio. Es más supersticioso, en el sentido de depender de una mentalidad “mágica” el estudiante universitario que repite como un sonsonete y doctoralmente las conclusiones dictadas por su académico profesor (conclusiones que difícilmente cuestionará durante su carrera, sino que se limitará a tratar de repetir y aplicar) que el shamán de la tribu empeñado en recoger ciertas hierbas en la jungla bajo determinadas aspectaciones astrológicas para ver si era cierto lo que el hechicero de la tribu de las montañas le prometió como resultados. Así que comprender qué es verdaderamente el Esoterismo –sin ceder a los estereotipos que naturalmente proponen ciertos medios– implica aceptar cambiar nuestros paradigmas mentales. Aceptar que tal vez la Ciencia detente el poder de la Verdad hoy en día pero, así como no tuvo su exclusividad en el pasado, nada asegura que la tenga en el futuro. Aceptar que “hacer ciencia” no es refutar casi por deporte, ni demandar “pruebas” cuando aun muchos de sus postulados podrían refutarse, usando esas mismas pruebas en sentido contrario. “Hacer ciencia” no es, como algunos periodistas metidos a divulgadores científicos repiten de memoria, “explicar lo desconocido en términos de lo conocido” sino precisamente lo contrario: explicar lo conocido en términos de lo desconocido. Porque se trata de explicar un hecho, que constatamos (lo conocido) pero cuyas causas ignoramos, buceando en originales e inéditas hipótesis (lo desconocido) que nos ayuden a avanzar un paso más en las tinieblas.

Veamos un simple (supongo que escandaloso) ejemplo de “inversión de la prueba”: el “efecto Doppler” (el corrimiento al rojo en las bandas espectrográficas) que observó Friedmann ya en 1922 alentó –hoy universalmente aceptada por la astronomía– la teoría de la expansión del Universo; una superburbuja cósmica en permanente dilatación. Estos son hechos; repetidamente constatables por la astronomía y la astrofísica. Después de todo, ¿quién no oyó hablar de la expansión del Universo?. Y yo no puedo negar los hechos. Sólo que, confieso que más con intención de bufón que de anarquista de la cultura, se me ocurre que si podemos decir que el Universo se expande con relación a nuestro planeta y nuestros cuerpos, también podemos afirmar que el Universo tiene un tamaño constante y es nuestro planeta y son nuestros cuerpos los que se están empequeñeciendo rápidamente. Y manejando sólo los fríos datos, si vemos aceptable lo primero y delirante lo segundo, no es como consecuencia de un conocimiento real sino porque en nuestro paradigma lo primero está incorporado y lo segundo no. Lado a lado, la expansión del Universo es, para la chiquita mente humana, tan absurda como la contracción de nuestros organismos. Y que un lector vea coherente lo primero y como locura lo segundo, no es un acto de pensamiento, sino de emoción. Lo que me lleva a la enunciación de la Segunda Ley de Fernández (para la Primera, busquen en otros trabajos míos: “La gente llama pensar a buscar desesperadamente argumentos para justificar sus creencias previas”.

“Si hay algo seguro en nuestros conocimientos es la verdad de que todos los conocimientos actuales son parcial o totalmente equivocados. Dentro de cien años parecerán monstruosas las operaciones cometidas por los médicos del siglo XX en los ulcerosos. En general, les parecerá bastante cómico el afán de las curaciones locales, tendencia del hombre ingenuo a dividir la realidad. La experiencia realizada hasta el presente ha mostrado que viejas teorías que constituían Dogmas apenas han resultado ser Equivocaciones. Este hecho melancólico debería hacer meditar a los médicos y en general a los científicos que dogmatizan. A menos que piensen, valerosamente, que ese proceso de transmutación de Dogma en Equivocación ya terminó y que ahora todo lo que dicen es inmutable. No veo, sin embargo, por qué ha de poder establecerse un límite entre el Dogma y la Equivocación que pase, justamente, por nuestro tiempo”.

Ernesto Sábato

Muchos ovnílogos están afectados de una forma extraña de solipsismo: creen que su disciplina merece un crédito científico injustamente ignorado por el academicismo, pero les repugna que desde esa académica óptica se les englobe en la difusa categoría de “pseudociencias”, sospechosamente vinculable a un amplio espectro de disciplinas consideradas como residuos supersticiosos, tales como la Astrología, el Tarot o la Parapsicología.

Cada uno de estos temas los suponemos independientes entre sí. Y digo “los suponemos” porque por economía de hipótesis sólo sabemos que es una presunción; con el mismo encadenamiento de escepticismo (no sé si escribir “lógica”) que me llevaría a afirmar que, por caso, el Tarot nada tiene que ver con los OVNIs, pero partiendo de premisas distintas puedo sostener exactamente lo contrario. Si pertenezco al “pelotón de tuercas y tornillos” deduzco lógicamente que es absurdo establecer cualquier relación entre naves extraterrestres que visitan nuestro planeta y la manifestación de fenómenos extrasensoriales a partir de la estimulación inconsciente con símbolos que aparezcan en combinaciones varias (que no otra cosa es el Tarot). Pero si mi preconcepto es que las manifestaciones OVNI pertenecen más al mundo espiritual que al de lo material (ambas teorías, a partir de la casuística de los últimos cincuenta años, son igualmente defendibles), entonces es muy sencillo, mediante un común denominador parapsicológico, establecer una conexión. Para los primeros, sonaría muy poco fiable abordar la investigación (sino del OVNI, cuanto menos la del testigo) echando los naipes sobre el asunto; para los segundos, en cambio, sólo con ese método creerían aportar algo más que con un análisis computarizado.

Creo que la Parapsicología y el Ocultismo, con sus herramientas carentes de “marketing institucional” mucho pueden aportar a la Ovnilogía. Porque después de cincuenta años, poco es lo que sabemos a conciencia, y mucho lo que elegimos fantasear. Pero mientras permanezcamos abroquelados en el corset cientificista como única vía para “aprehender la Realidad”, mientras algunos de nosotros no apostemos a la alternativa de indagar otras formas, astrales si se quiere, de adquirir información sobre lo que nos interesa, nuestra ignorancia seguirá viciada por el paradigma dominante. Aunque los científicos en general y los escépticos en particular miren con sorna nuestras enseñanzas milenarias. Aunque se nos trate de ridiculizar hablando del poco “cientificismo” (aunque siempre confundan “cientificismo” con “especialización”) del que hacemos gala porque, según ellos, poco profundos podemos ser en nuestros estudios si nos dedicamos a “todo”: OVNIs, parapsicología, astrología… Olvidando demasiado fácilmente que, en cambio, ellos sí se consideran preparados para negar todo; si ellos reúnen condiciones para expedirse negativamente sobre OVNIs, telepatía, homeopatía, tarot, runas, el yeti o la energía de las piedras… ¿porqué otros no podemos hacer exactamente lo contrario?.

Esta es una de las evidencias que me convencen de concluir que la argumentación en pro o en contra no depende tanto de las “pruebas” o la “investigación”, sino de la preexistencia de un determinado paradigma al que se pertenece.

Eso podría llevarme a cuestionar la existencia de un “libre albedrío” en la elección de la opinión personal. ¿Hasta dónde soy dueño de lo que elijo pensar y creer, no estando ese pensamiento predeterminado y condicionado por el marco cultural, la influencia mediática o las necesidades, angustias y carencias emocionales?. ¿Puede el joven nacido y criado en un ambiente de honestidad, donde desde pequeño observa los beneficios del correcto y justo proceder, realmente “elegir” entre el bien y el mal?. Seguro que sí, pero tanto a nivel consciente como inconsciente, existirán ya ciertas tendencias dominantes, y se requerirán vivencias traumáticas o personalidades desequilibradas para inclinarse hacia el mal. ¿Puede elegir un joven nacido y criado en un ambiente delictivo, amoral e inhumano, donde desde pequeño sólo observa que el “peor” (desde el punto de vista del honesto) o el “mejor” (desde el punto de vista criminal) es el que obtiene las mayores ventajas?. También seguro que sí, pero se requerirá una personalidad consolidada para ejecutar esa opción, una personalidad que sólo puede nacer de una voluntad puesta al servicio de la reflexión desapasionada. Porque detrás de “escépticos” y “creyentes” existe un sustrato común a su esencia aunque distinto en apariencia: las pasiones, la emocionalidad. Lo que enseña que, aunque se cubra de una pátina de intelectualidad, la gente es básicamente emocional, y su intelectualidad está “monitoreada” por el alter ego de las emociones. Por lo tanto, el paradigma cientificista de esta época no es la conclusión de un proceso de análisis colectivo: es apenas un estado de ánimo.

Por eso necesitamos otra forma de conocimiento: y esa forma es el Esoterismo.

“…Independientemente de cuáles sean sus resultados finales, puede que nunca lleguemos a aclarar por completo el misterio de los OVNIs, ya que siempre existirán unas mentes humanas sobre las cuales pueda actuar creativamente. Podría resultar ser una constante que se sucede a lo largo de los siglos, modificándose al nivel de cada época, localidad y habitante de este planeta. Si mantiene su actual estructura global, lo tendremos siempre corriendo delante de nosotros, tentando al hombre e incitándole a contemplar a su mundo con otros ojos, haciendo saltar nuevas ideas y estados de conciencia y llenando a la gente de sentimientos de asombro y respetuoso temor cada vez que observen a esos mensajeros de la luz atravesar los cielos de la Tierra…”

David Tansley

Finalmente, además de comprender que lo ocultista o esotérico es un método para conocer, debemos admitir que lo cognoscible, el OVNI, también requiere un abordaje más espiritualista sin negar su realidad física. En efecto, el tema OVNI gira hacia lo místico (¿quién podría negarlo?) y esto puede deberse sólo a dos razones:

a) porque el tema es de naturaleza mística.

b) Porque refleja el inconsciente de la gente. Pero la gente tiende al consumismo. Entonces refleja las represiones y las necesidades de esa misma gente. Mas entonces estamos atrapados en y por la oración (¿una tautología?). Si no útil para otra cosa, por lo menos esto demuestra la falacia de los argumentos psicologistas porque se puede construir una aparente explicación lógica que no implique necesariamente que eso sea así. Lo posible no es lo probable.

Como corolario, entre las risas de los escépticos que escucho a la distancia sobresale esta oposición: “Pero, ¿porqué siempre hay que buscar lo espiritual, lo divino, lo metafísico?”. Y levantando la voz (para que mi contendiente me escuche entre las risas de sus compañeros), repito aquello que hace años me convenció, en un orden más trascendente, de la existencia de una Divinidad: lo divino, lo místico y lo espiritual existen porque si para la mente hay una necesidad de ello es porque en algún lugar, de alguna forma, hay algo que la satisface.

Pero, en fin, temo que muchos y muchas preferirán, ante lo subversivo de estas aproximaciones, seguir los plañidos de algún vendedor de mensales revelados donde todas las preguntas tienen respuestas, siempre a gusto del consumidor. De ser así, será la hora de comprar una flauta.

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¿Qué demora el contacto con extraterrestres?

Publicado por Gustavo Fernández en 17-06-2009

En homenaje al preclaro investigador sevillense Ignacio Darnaude Rojas y a su estudio titulado “Los motivos del no-contacto”, ante el cual los que abundamos en esta línea debemos honrarlo con humildad.

Enfocaré las reflexiones de este artículo hacia una cuestión que, quizás visceralmente, crea un cierto dejo de preocupación en todos quienes, por interés intelectual o simple afición, nos sentimos atraídos por la incógnita de la presencia de culturas alienígenas actuando o no en nuestro mundo. De hecho, la ausencia de un contacto (que, como bien señalan los participantes de los distintos programas de búsqueda extraterrestre, permite sostener que “la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia”) ya se trate de tripulantes de OVNIs como de respuestas a nuestros sondeos radioastronómicos, ha llevado a ciertos escépticos al extremo de afirmar que, precisamente, todo ello apunta a demostrar que nadie existe más allá de nuestras fronteras espaciales. Y sobre todo esto trata –y algo más- esta nota. En principio, es reiterativo pero necesario destacar que existen dos planos de discusión: uno, el que nuclea a los defensores de la hipótesis extraterrestre en torno a los OVNIs. Otro, para quienes sin expedirse sobre ese particular –y, en ocasiones, siendo claros refutadores de ella- en cambio piensan que sí pueden existir otras culturas alrededor de otras estrellas, imposibilitadas de contactarnos físicamente pero plausibles de detectar instrumentalmente. En lo personal –pienso que en toda mi actividad ello es manifiesto- soy un defensor del origen extraterrestre de los OVNIs. Sólo que tomo eso del “origen extraterrestre” en un contexto más amplio que el que normalmente se le asigna. Porque pienso que ciertas inteligencias –no todas- detrás de este fenómeno provienen también de otras dimensiones, un eufemismo para referirnos a un orden distinto de la Realidad. Es el concepto del OVNI –o del tripulante- como un “ente psicoide” que he desarrollado en otra oportunidad. Sin duda, los negadores de siempre afirmarán, con una sonrisa irónica, que estas reflexiones parten de un preconcepto equivocado, porque sostengo la existencia de algo no demostrado aún, y que el proceso analítico más simple indicaría precisamente lo contrario; el principio de economía de hipótesis (la un tanto oxidada “navaja de Occam”) sostiene que un fenómeno debe explicarse por la vía más sencilla, y sólo si esta no agota todas las manifestaciones del fenómeno pasarse a una de mayor complejidad, y así sucesivamente.

Desde ese enfoque, es más sencillo suponer que no existe vida extraterrestre que afirmar que sí la hay. Y, por ello, debemos hacer una digresión al margen de esta discusión.

¿Lo lógico es lo real?

Creo que uno de los errores del conocimiento moderno –sin que eso signifique alentar posiciones oscurantistas que nieguen sus verdaderos avances- es partir de axiomas tomados como verdades monolíticas como el peñasco de Gibraltar, construidas pacientemente a lo largo de siglos por referentes incuestionables de la sapiencia humana. Creo que el “principio de economía de hipótesis” es uno de ellos. Sostener que la Verdad está necesariamente más cerca de lo simple que de lo complejo, artificioso o confuso, suena a verdad propia de “Juan Salvador Gaviota” y, precisamente por ello, más digna de figurar como monserga espiritual que como herramienta de investigación. Pues sostengo que en muchas ocasiones “lo verdadero” no es lo sencillo. Por ejemplo: ¿qué sería más sencillo; suponer que en ciertas circunstancias una partícula que llamamos “fotón” –y sólo una- pasa simultáneamente por dos distintas aberturas, o suponer que quienes afirman ese dogma han cometido errores de interpretación o sus instrumentos no están diseñados para captar una específica realidad de los hechos?. Es más sencillo lo segundo; empero, sabemos que es cierto lo primero. La lógica del pensamiento científico se basa en un discutible sentido común, cuando afirma que no “es lógico” admitir las evidencias presentadas por los investigadores OVNI como pruebas de su origen extraterrestre ya que siempre podría acudirse a otras explicaciones (por la bendita “economía de hipótesis”) alternativa a esa, pero descree absolutamente de ese “sentido común” cuando enuncia el Principio de Incertidumbre. Haber pisado la Universidad y haberme movido muchos años en el terreno del Realismo Fantástico han hecho germinar en mí la desilusionada convicción que muchos hechos que aceptamos como “verdades científicas” son simplemente la repetición, como un sonsonete monocorde, de clichés de un paradigma dominante. Por la misma razón, muchos hechos que culturalmente se aceptan como “supersticiones” jamás han ameritado una sesuda, prolongada y bien subvencionada investigación científica. Por caso, sabemos que los científicos (especialmente los orientados en las “líneas duras” del pensamiento mecanicista) consideran que la Alquimia es una farsa (aún desconociendo el hecho fundamental que lo que buscaba el verdadero alquimista, el Iniciado –no el simple “soplador”- no era la transmutación de metales viles en oro, sino la Transmutación con mayúscula, la de su propio espíritu), pero también sabemos que jamás hubo una investigación de largo aliento sobre la misma para etiquetarla coherentemente como tal. Y, de hecho, las construcciones teóricas de cualquier químico o físico para justificar el porqué de la inutilidad de la misma parten necesariamente de preconceptos, que se transforman en prejuicios cuando uno descubre que sostienen sus pareceres sin haber estudiado, leído, documentado previamente sus opiniones sobre los centenarios textos de esa disciplina. Y yo, desde pequeño, siempre fui educado en el concepto que nada nos hace más fatuos, soberbios y tontos que opinar sobre cuestiones que desconocemos.

Claro que, sin haberlo querido, estoy a punto de contradecirme: porque si hay un tema que –por ahora- desconozco, es precisamente qué están pensando nuestros visitantes extraterrestres. Pero se me ocurren algunas hipótesis, y como tales las consideraremos.

El pánico al sufrimiento

Ocurre que cuando buscamos explicaciones respecto al porqué del “no contacto”, siempre solemos acudir a explicaciones que tienen que ver más bien con nosotros. Que nuestra cultura puede colapsar, que no estamos preparados para integrarnos a la familia cósmica, que… Pero, por una vez, me he preguntado si “ellos” no tendrán buenas razones personales para evitarnos. Y se me ocurre ésta. Una civilización tecnológicamente más avanzada, necesariamente, habrá extendido aún más su expectativa de vida. Veámoslo en nosotros mismos: hace dos mil años a los treinta ya se era anciano. A principios de siglo, el promedio de vida en el hombre era de 55 años, hoy es de unos 70. La evolución técnica, qué duda cabe, trae vida. También trae recursos para enfrentar el dolor y el sufrimiento: analgésicos, cirugías y toda una adecuada parafernalia. En consecuencia, cuando menos en los grandes núcleos urbanos, la muerte es menos cercana y el dolor físico más temido. Nuestros antepasados estaban más endurecidos: una mortalidad infantil muy alta los tenía lamentablemente acostumbrados desde siempre a sufrir la pérdida de seres queridos, muy queridos. La falta de tecnología médica los hacía sobrevivir con grandes sufrimientos; las pestes y guerras hacían de la Parca una visita frecuente y a la que estaban acostumbrados. Es más, no había demasiado tiempo para lamentarse: uno podía morir de mil maneras distintas en cualquier momento. Hoy en día, tenemos tantos recursos exteriores que hemos perdido los interiores: ante el menor dolor de muelas nos atiborramos de calmantes y ni por todo el oro del mundo enfrentaríamos a un león en las sabanas armados sólo con una lanza. Tememos a la muerte más, porque es menos común. Tememos al sufrimiento más, también porque es menos común.

Extrapolando, ¿qué puede llegar a sentir una cultura que ha logrado hacer descender el índice de mortalidad por violencia o enfermedad a cero, y que en virtud de su evolución alcanza centenares de años de existencia?. Con un inconsciente no racional, no analítico (pues nada impide que en ellos también anide) el miedo a la muerte y al dolor se transformaría en pánico. Y, por ende, en una necesidad visceral e irrefrenable (y justificable dialécticamente) de evitar toda situación que no presente un máximo de seguridad y un mínimo de imprevisibilidad. Conociendo a nuestra especie, siempre habría una excusa para dejar el contacto para más adelante.

Una tecnología no mucho mejor, sino distinta

Otro aspecto a tener en cuenta, y ya en el terreno de nuestros –hasta ahora- infructuosos intentos de comunicación con inteligencias extraterrestres, puede estar vinculado al hecho que su tecnología (quizás toda su “realidad”) opere en ámbitos que apenas intuimos. Así como cien años atrás el instrumental quirúrgico de entonces parecería a los ojos de cualquier cirujano de hoy en día algo más propio de matarifes, así como los tam – tam africanos serían ignorados en la ciudad más cercana por el mero hecho de ser sus sonidos ahogados por el fárrago del tráfico (mientras los indígenas, sudorosos, golpean los troncos ahuecados día tras día, año tras año, preguntándose cómo, desde esas luces lejanas donde sin embargo deben escucharles, nadie responde), así es posible que la tecnología empleada por esos seres esté a una distancia abismal respecto de la nuestra, al punto de resultar, con nuestro batifondo comunicacional, apenas significativos dentro del ruido cósmico. Así, millones de dólares gastados en programas SETI estarían condenados al fracaso no porque esa inteligencia no existe ni sea suficientemente avanzada, sino, precisamente porque está tan avanzada que somos indistinguibles de una casualidad natural. Es un golpe para el ego humano, pero igualmente cierto, que resulta ridículo suponer que los habitantes de las estrellas se verían obligados a pensar como nosotros; pero no otra cosa hacemos cuando damos por sentado que deberían estar emitiendo sus señales en la banda del hidrógeno estelar que es lo que justamente harían nuestros científicos. Empeñados en un faraónico proyecto de búsqueda, proponen el juego de “emisor” y “receptor”. Ellos emiten año tras año como náufragos desesperados, nosotros somos los de oídos elegidos. Claro, dirían los burócratas que defienden estas inversiones, nosotros también emitidos; televisión, por ejemplo. Y a una cultura tan avanzada debería resultarle extraordinariamente sencillo captar nuestras señales, darse un golpe en la cabeza con uno de sus múltiples tentáculos y decir algo así como: “¡Hey,, Pepe!. ¡Aquí hay unos vecinos diciendo algo a los gritos! , para acto seguido pulsar unos botones (o lo que fuera) y enviarnos unos saluditos. Pero, ¿qué pasaría (recuerden los pobres africanos que todavía siguen sudando) si de pronto la televisión y otras formas de comunicación electromagnética les resultaran tan arcaicas que quizás las hayan olvidado o sean sólo curiosidades de museo?. Extrapolen lo que la ciencia, nuestra ciencia, ha avanzado en doscientos años y proyéctenla, digamos, un millón de años en el futuro (con un Universo de por lo menos veinte mil millones, nada me impide pensar que pueda existir una civilización con ese adelanto). No sólo no nos entenderían. Habrían olvidado cosas tales como chips, circuitos y otras menudencias.

A veces me exaspera la incapacidad de nuestra especie de mirar verdaderamente hacia el futuro. O, en otra forma, de creer que los parámetros lógicos con que nos manejamos hoy en día seguirán siendo dominantes apenas unos milenios más. Y me asusta de cara al futuro. Piensen por ejemplo en esos centenares de depósitos subterráneos con desechos radiactivos que permanecerán letales durante diez mil, en algunos casos cien mil años. ¿Estamos haciendo las cosas a conciencia como para proteger, siquiera sea advirtiendo, a nuestros descendientes de su peligro?. Oh, sí, dirán ustedes, los lugares están bien perimetrados militarmente y hay anuncios en todos los idiomas hechos en toda clase de materiales. Pero lo que yo me pregunto es si en, digamos, treinta mil años, seguirá existiendo esta civilización y alguien recordará estos idiomas. Ya sé que ustedes piensan que a medida que pasen los siglos nuevas generaciones serán informadas y educadas por las que les precedieron, y el dato se conservará. Pero la historia cuenta cosas muy distintas. No en treinta mil, sino en cinco mil años, apenas, ascendieron y cayeron multitud de civilizaciones. Conocimientos que eran del dominio público se perdieron (sin ningún Apocalipsis en el medio) y tuvieron que volver a ser redescubiertos, reinventados, reelaborados. Creo que en veinte mil años desde ahora, no sólo nuestras lenguas estarán muertas (lo que tal vez no sea tanto problema, siempre habrá filólogos dispuestos a reconstruírlas) sino que también es posible que el sentido de las palabras (y los pensamientos que las gestaron) haya cambiado. Por ello, tal vez en el futuro remoto sí reconstruyan nuestros lenguajes, nuestros anuncios y advertencias pero… ¿sabrán interpretar el sentido que le hemos dado cuando en este presente los hemos hecho?. Se me ocurre que sólo figuras bizarras, horrorosas, líneas quebradas que imiten la destrucción arquetípica, tal vez rostros sufrientes serán los símbolos cuyos sentidos, por ser inconscientes, pervivirán por sobre los milenios. Y descubro que muchos científicos han advertido de este riesgo, de cara al futuro lejano, de pérdida del sentido de las señales y advertencias de los depósitos nucleares. En consecuencia, han sido ellos –no yo- quienes han propuesto rodear esas zonas con figuras que grafiquen escultóricamente el terror que duerme en las profundidades. Y me pregunto, mirando ahora hacia el pasado: ¿cuántas remotísimas alegorías, cuántas estatuas, monumentos, catafalcos, cuántos petroglifos prehistóricos nos han dejado los Antiguos con su simbología de horror, muerte y destrucción, y no hemos sabido ver en ellos más que “desechos de supersticiones”?. ¿Y si, como haremos nosotros pensando en el porvenir, ellos, desde el pasado, quisieron advertirnos de algo?. ¿Porqué los hombres del futuro deberán interpretar nuestros mensajes de manera distinta a como nosotros hemos interpretado los del pasado?.

Claro que algún lector podría aducir que, ciertamente, si esos mensajes que llegan desde las profundidades del tiempo advirtieran de algún peligro nuclear oculto, nuestra impune violación de esos lugares habría desatado el infierno sobre la Tierra. Pero es que no estoy pensando necesariamente en material radiactivo. Porque puede haber sustancias mucho más terroríficas e inclusive más sutiles en su desparramarse sobre el planeta. “Sustancias” (la palabra es en sí una contradicción) o “energías” ante las cuales la radioactividad sería primitiva. Bacilos espirituales, larvas astrales, venenos metafísicos, ante los cuales nuestra civilización carece de métodos de detección, como una cultura preatómica carecería de métodos para detectar a tiempo escapes radiactivos de un depósito abandonado por seres extraterrestres…

¿Somos un virus cósmico?

En otro orden, una de las explicaciones más populares para apuntar al porqué del no-contacto estriba en considerar a la especie humana potencialmente peligrosa para la ciudadanía cósmica. Claro que también es posible que la elección por el no-contacto de nuestros visitantes siderales encuentre su razón de ser en estrictas y asépticas razones científicas, como el poder observar en su medio natural y sin interferencias (más allá del inevitable “observador que modifica lo observado”) la evolución de las culturas de nuestro planeta. Pero también cae la ocasión de estar haciéndolo por nuestro propio bien: creo que nadie como el propio Darnaude (citado en la dedicatoria de este artículo) ha enlistado las desastrosas consecuencias (por lo menos, desastrosas para el omnímodo poder en las sombras) que tendrían para nuestra economía, geopolítica y religiones el contacto abierto y sin condiciones. Pero también podemos proponer esta otra lectura: una civilización ha seguido en algún remoto confín del espacio una evolución tan anticipada a la nuestra, que nos ve como nosotros vemos a las gallinas. Las usamos, nuestros hijos juguetean quizás cruelmente con ellas, pero a nadie se le ocurriría designar una embajada en el gallinero más cercano. Son, simplemente, útiles seres de escala inferior. Esto puede ser muy feroz para nuestro orgullo, pero si asignamos a nuestra especie una media de tres millones de años de existencia como homínidos, y si recordamos que el Universo –dicen quienes se supone que saben- tiene entre quince mil y veinte mil millones de años de antigüedad, hay una espacio abismal de tiempo donde otras culturas pudieron haberse desarrollado, colapsado, vuelto a renacer… y aventajarnos por millones de años. Si sabemos que nuestra estructura lógica sería inaprensible, digamos, para un Neandertal de hace unos ciento cincuenta mil años.. ¿cómo por ventura podemos suponer que seríamos indistinguibles de los primates para alguien que nos aventajara “sólo” unos diez o quince millones de años?. O bien considerar esta otra alternativa: que la línea evolutiva intelectual de esa humanidad, más que superior a la nuestra, haya seguido por derroteros distintos. Por ejemplo; ¿una química compleja basada no en el carbono, como nosotros, sino en el silicio, qué clase de mentalidad generaría?. Fascinante pregunta. O, más acabadamente aún: ¿porqué necesariamente la inteligencia tendría que estar constreñida a cuerpos, formas, sistemas biológicos como es esperable por nosotros?. ¿Qué ocurre si alguna forma de pensamiento puede construirse sobre otros sistemas, como los vegetales?.

El aporte de la Parapsicología a la comunicación con otras especies

De sobra son conocidos los trabajos del experto en polígrafos Clave Backster en el terreno de la detección de comportamientos y emociones –uno aún se resiste a hablar de “raciocinios” en plantas de todo tipo, por el sencillo y expeditivo método de conectar a algunos ejemplares botánicos sus equipos e interpretar sus resultados. Es interesante destacar que si bien los escépticos de siempre pueden estar en desacuerdo con las teorías de Backster, no pueden refutar los hechos, en tanto y en cuanto éstos son repetibles a voluntad. Extrañamente, entre el coro de risas refutadoras que a través de las últimas décadas se han levantado contra este investigador, ninguna de ellas ha apuntado a los eventos y sí a las conclusiones, y quienes han tratado de dar explicaciones “naturales” a sus experimentos lo hacen desde la mera especulación, sin intentar ollar las mismas sendas. Dicen que es una pérdida de tiempo. Pero sinceramente, bien poco científico me parece el sistema de criticar sin repetir la experiencia porque a priori se la supone un sinsentido. Bien, decía que se ha escrito mucho sobre los trabajos de este precursor y sus seguidores, pero poco se ha avanzado en buscar aplicaciones prácticas a su tarea. Traigo entonces a colación uno de sus resultados, porque viene a cuento de la teoría que trataré de exponer aquí. Ocurre que el bueno de Cleve, luego que William M. Bondurant, ejecutivo de la Mary Reynolds Babcock Foundation, de Winston – Salem, Carolina del Norte, le hiciera un donativo de diez mil dólares para avanzar en sus investigaciones, pudo acceder a equipo más sofisticado, entre ellos, un electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo. Estos equipos, que normalmente se usan para mensurar las emisiones eléctricas del corazón y el cerebro, tenían la ventaja de no hacer pasar corriente alguna a través de las plantas, porque se limitan a registrar la diferencia en el potencial que descargan. Esto es de suma importancia, porque cualquier reacción sensible inhibe la explicación mecanicista que las reacciones medidas por nuestro estudioso son “simples automatismos” generados por las descargas que otros aparatos pudieran imprimir a la planta objeto del experimento. El cardiógrafo permitió a Backster obtener lecturas diez veces más delicadas que el polígrafo, y el electroencefalógrafo le proporcionaba lecturas más sensibles todavía. Una contingencia fortuita condujo a Backster a otro campo totalmente distinto de investigación. Una noche, al prepararse a dar un huevo crudo a su fiel doberman observó que una de sus plantas conectadas al polígrafo reaccionó bruscamente en el momento de cascar el huevo. A la noche siguiente, volvió a observar el mismo fenómeno. Inducido por la curiosidad de averiguar qué pudiera “sentir” el huevo, lo conectó con un galvanómetro y observó todo con atención. Durante nueve horas estuvo obteniendo una grabación activa del huevo, correspondiente al ritmo de las palpitaciones cardíacas del embrión de pollo que posiblemente contenía, las cuales alcanzaban una frecuencia de 160 a 170 latidos por minuto, cabalmente los que corresponden a un embrión de tres a cuatro días. Pero ocurría que el huevo había sido comprado en una tienda local y no estaba fertilizado. Entonces, al abrirlo y observar su contenido, se quedó backster de una pieza al ver que en él no había estructura física circulatoria de ningún género que pudiese explicar la pulsación. Por lo visto, había descubierto una especie de campo de fuerzas no conocidas todavía en el nivel contemporáneo de la ciencia. Y si ustedes son perspicaces, habrán comprendido hacia dónde estamos orientados: si la materia viva en general posee un campo de fuerza, una radiación de vida que le es propia, cabe absolutamente la posibilidad que, por resonancia, podamos detectar a distancia –cualquier distancia- emisiones de esa radiación, con la única condición que entre aquél foco emisor y nosotros existan otras y sucesivas fuentes radiantes de vida. Que es tanto como decir que podríamos cuando menos medir los límites espaciales hacia los que la vida se extiende. El concepto de los “campos de vida” o “radiaciones V” no es nuevo; podemos rastrear su enunciación hasta la literatura parapsicológica de principios del siglo XX. No en otra cosa pensaba el barón De Rochás cuando formuló la idea de la “fuerza ódica” que, según escribió, parecía emanar de la punta de los dedos de ciertos sensitivos en condiciones de penumbra ambiental. De Rochás fue el primero en señalar el fenómeno de la “radiaciones mitogénicas”, un experimento en el cual, si dos plantas son cultivadas de manera que una de las prolongaciones de sus raíces se deslice a medida que se desarrolla dentro de un tubo de vidrio, y se cuida que la raíz “entubada” de la planta A esté dispuesta próxima y en situación perpendicular con la misma de la planta B, el desarrollo de ésta parece ser afectado a medida que dentro del tubo de su congénere progresa la raíz de la primera, al punto de mostrar extrañas deformaciones, como si del extremo de aquella emitiera algún tipo de “rayo” que hiciera colapsar un grupo de células de la “planta víctima”. Se me ocurre aquí preguntarme si el fenómeno de “sanación”, en ese sentido de razonamiento, más que corresponder (como siempre supuse) a un efecto psicoquinético del curador sobre la estructura patológica del enfermo no corresponderá más bien a un efecto de resonancia entre las “radiaciones de vida” de ambos. Existe una interesante –y agradable- experiencia que ustedes pueden hacer. Coloquen en su dormitorio –o donde les plazca- una buena cantidad de plantas, lozanas y vitales, preferentemente de largas hojas lanceoladas y algunas cuya savia parece tener un matiz lechoso (ignoro porqué con éstas el efecto es más significativo). Luego, mantengan relaciones sexuales en ese ambiente, y observen finalmente la reacción de las plantas. Repítanlo durante varios días. Dos efectos son sensibles. Uno, todas las plantas comienzan a exhalar un olor penetrante, una fragancia similar al del césped fresco cortado (cuiden de no caer durante el acto amatorio sobre las plantas, para no confundir los resultados, claro). Estoy tentado a decir que las plantas se “excitan”.

Dos –si repiten la experiencia unos cuantos días- hay un extraño tropismo (¿”Gonotropismo”?, ¿”sexotropismo”?, ¿”ferotropismo”?) de las plantas en dirección a la cama, aún a costa de alejarse de la luz natural. No creo que las plantas que he tenido el gusto de conocer sean particularmente lujuriosas, de manera que sospecho que la actividad sexual reactiva en la atmósfera una especie de energía sexual, al estilo de la “energía orgónica” –no orgánica- descubierta y descripta por el doctor Wilhem Reich y hermanada con la idea de que los antiguos ritos de la fertilidad, en el proceso de los cuales las personas tenían relaciones sexuales en campos recién sembrados, podrían haber estimulado el crecimiento de las plantas. Cierto día de fines de octubre de 1971, el ingeniero electrónico George Lawrence acompañado de un ayudante, se internó en un paraje próximo al poblado de Temecula, al sur de California, una zona libre de interferencias electromagnéticas –por lo menos en ese entonces- para un interesante experimento. Dedicado a experiencias similares a las de Backster, su aparato tenía una diferencia importante: incorporaba, en un baño de temperatura controlada, el tejido vegetal vivo protegido en un tubo Faraday, que filtra hasta las más leves interferencias electromagnéticas. Lawrence observó que el tejido vegetal vivo es capaz de percibir señales, mucho más sutilmente que los sensores electrónicos. Su teoría era que las radiaciones biológicas transmitidas por seres vivos se reciben mejor en un medio biológico. El equipo de Lawrence se diferenciaba además considerablemente del de los demás experimentadores, porque no requería electrodos aplicados a las plantas, si están suficientemente apartadas de sus vecinas para eliminar toda interferencia en las señales, como ocurre habitualmente en las áreas desérticas. Lawrence apuntaba a la planta elegida con un tubo sin lente y con una amplia abertura, cuyos ejes ópticos equivalían al eje de diseño del tubo Faraday. A distancias mayores, utilizaba un telescopio en lugar del tubo, y hace más visible la planta colgándole un trapo blanco. El tejido vivo de Lawrence podía captar una señal direccional a distancias de más de un kilómetro y medio. Para estimular las reacciones de las plantas objeto de su experimento, les infundía previamente una cantidad medida de electricidad, activando el estímulo a control remoto con un cronómetro que le permite regresar a pie o en auto a la estación que “siente”. Realizaba sus experimentos de exploración en las estaciones más frías, cuando la vegetación está dormida en su mayor parte, a fin de tener la seguridad de que señales procedentes de otras plantas no están alterando sus mediciones. Las perturbaciones en el tejido vivo de su aparato grabador no se detectan visualmente por medio de una aguja sino acústicamente, por medio de un silbido bajo, continuo e igual, similar al producido por un generador de ondas sinusoidales, que cambia en una serie de pulsaciones distintas cuando recibe señales de una planta. El día de su llegada al Oak Grove Park, Lawrence se sentó con su ayudante a tomar un bocadillo a últimas horas de la tarde, a unos diez metros de su instrumento, que quedó enfocado vagamente al cielo. Acababa de dar un mordisco a su lieberwurst (especie de salchichón judío fuertemente condimentado) cuando el silbido continuado procedente de su equipo fue interrumpido por una serie de pulsaciones claras. Lawrence, que todavía no había ingerido su embutido, pero que había hecho perfectamente la digestión del efecto Backster, creyó que aquellas señales podían haber sido producidas al haber matado algunas células del salchichón. Pero, pensándolo más serenamente, recordó que esas células estaban ya biológicamente muertas. Al comprobar el estado de sus instrumentos, la señal acústica se siguió produciendo, con gran asombro de su parte; una cadena de pulsaciones durante más de media hora, hasta que volvió el silbido continuado y monótono, indicio de que ya no iba a haber más señales. Estas tenían que proceder de alguna parte, y como el aparato había estado apuntando todo el tiempo hacia el cielo, asaltó a Lawrence la ida fantástica de que alguien o algo estaba transmitiendo desde el espacio exterior. Resistiéndose a llegar a una conclusión prematura (en el sentido de que hubiera captado una señal inteligente procedente de los abismos cósmicos a través del tejido de una planta) Lawrence pasó varios meses perfeccionando su equipo, para convertirlo en “una estación de campos biodinámicos con que recibir señales interestelares”, según sus propias palabras. En abril de 1972, ya estaba su equipo lo bastante perfeccionado para apuntar de nuevo en la misma dirección en que había obtenido la reacción extraña al morder su salchichón. Como especialista en rayos láser y autor del primer libro técnico sobre la materia que se publicó en Europa, Lawrence había tomado nota exacta de la dirección en que estaba apuntando su aparato en aquel momento, y observó que enfocaba a la Osa Mayor, constelación de siete estrellas situada en la región del Polo Norte celeste. Para estar seguro de que el equipo quedase distante de la mayor parte posible de formas de vida, Lawrence enfiló con su vehículo hacia el llamado Cráter de Pisgah, promontorio volcánico de setecientos metros de altura que se eleva en medio del árido desierto de Mojave. El cráter está rodeado de yacimientos de lava donde no brota un sola brizna de hierba. Enfocando su telescopio junto con el tubo Faraday, una cámara, un monitor electromagnético de interferencia y la cámara de tejido orgánico, a las coordenadas celestes que le daban la dirección general de la Osa Mayor, abrió su señal de audio. A los noventa minutos, su equipo volvió a captar un conjunto reconocible de señales, pero más breve que el de la vez anterior.

Según Lawrence, los períodos entre la serie rápida de pulsaciones fluctuaron entre tres y diez minutos aproximadamente durante un período de varias horas, mientras monitoreaba un solo lugar en el cielo. Habiendo repetido, pues, con éxito sus observaciones de 1971, empezó a pensar si no habría hecho accidentalmente un descubrimiento científico de proporciones extraordinarias. No tenía idea de cuál podría ser la procedencia de las señales, ni de quién o qué las estaba transmitiendo, pero le parecía sumamente posible que el desplazamiento galáctico tuviese algo que ver con su origen. “Las señales podrían estar esparciéndose desde el ecuador de la Vía Láctea, que tiene una densa población de estrellas”, calculaba Lawrence. “Tal vez estábamos recibiendo algo desde esa zona más bien que de la Osa Mayor”. Después de haber obtenido en el desierto de Mojave la confirmación de sus primeras observaciones, continuó las pruebas de laboratorio en su residencia, enfocando la máquina a las mismas coordenadas y dejándola en esa posición. Dice que tuvo que esperar semanas y hasta meses para que le llegasen señales, pero que, cuando por fin las capturaba, era indudable que algo extraño se recibía. Una de ellas producía una especie de pulsación, audible en forma de un “brrrrrrr-bip-bip” que, según Lawrence, no ha logrado ninguna entidad terrestre. Presionado para que diese alguna explicación de aquellas extrañas señales y su naturaleza, dijo: “No creo que estén dirigidas a seres de la Tierra. Creo que estamos ante transmisiones entre grupos de iguales, y como no sabemos nada de comunicaciones biológicas, quedamos sencillamente excluidos de estas “conversaciones””. Deduciendo que aquellos hallazgos podían ser de importancia trascendental y anunciar un nuevo sistema de comunicación no imaginado todavía siquiera, Lawrence mandó una copia de su cinta de octubre de 1971, junto con un informe de siete páginas, al Instituto Smithsoniano de Washington, donde se le custodia. El informe termina así: “Se ha observado un conjunto aparente de señales de comunicación interestelar, de origen y destino desconocidos. Como su intercepción fue hecha por sensores biológicos, cabe suponer que se trata de una transmisión de señales de tipo biológico. Los experimentos de prueba se realizaron en un área electromagnética de frontra profunda, con un equipo refractario a radiaciones electromagnéticas. En las pruebas subsiguientes no se revelaron defectos de equipo. Como no se están llevando a cabo experimentos continuados de escucha interestelar, presentamos la sugerencia de que se lleven a cabo en cualquier parte, si es posible a escala global, pruebas de verificación. El fenómeno es demasiado importante para pasarlo por alto”. Pruebas a escala global. Quizás, así al unísono, se reuniera la información suficiente para decodificar la pulsación de la vida en el cosmos. Y es cierto que sabemos poco, nada, de comunicaciones biológicas, aún cuando debería animarnos en su profundización, pues la comunicación biológica es a nuestra “moderna” comunicación electrónica, lo que ésta es a la mecánica, la de los viejos tiempos de semáforos fijos que elevaban y bajaban sus brazos, tubos neumáticos y silbatos. Pero extrañamente, los estudios de Lawrence han sido arrumbados en el olvido. Extrañamente, iba en la misma senda que el cirujano argentino, ya fallecido, doctor Enrique Briggiler, cuando postulaba (y experimentaba) una comunicación biológica con entidades a través del espacio (ver al respecto mi nota “El Cuarto Estado: Técnicas Bioelectrónicas de Comunicación Extraterrestre” en “Al Filo de la Realidad” número 15). Quizás no extrañamente, Briggiler falleció prematuramente y Lawrence, como tantos otros, él y su trabajo condenados al ostracismo. Pero volveremos sobre ello en otro trabajo.

Abundar en este campo fascinante de trabajo implica comenzar a familiarizarse no sólo con la idea de un campo radiante de vida que interpenetra el univero, sino con que el límite entre lo “no vivo” y lo “vivo” no sería tan claro como pareciese. En 1899, el científico hindú Chandra Bose observó el caso extraño de que un radioconductor mecánico para recibir las ondas de radio perdía sensibilidad cuando se le usaba continuamente, pero recuperaba su estado normal tras un período de descanso. Esto le llevó a la conclusión de que, por inconcebible que pareciese, los metales pueden ecuperarse de la “fatiga” de manera semejante a como recobran sus energías los animales e individuos cansados. Incidentalmente, es interesante hacer notar –sobre lo que podremos dar testimonio todos quienes hemos trabajado en “piramidología”, es decir, el uso de réplicas a escala de la pirámide Kufu- que luego de una cantidad cíclica y regular de días la pirámide también parece “resentirse” y mermar su efecto sobre los elementos a ella expuesta, pero que desorientándola (o descargándola) por veinticuatro horas o menos recupera todo su potencial inicial. Pero volviendo a Bose, esas observaciones lo llevaron a iniciar un estudio comparativo de las curvas de la reacción molecular en las sustancias inorgánicas con las de los tejidos animales vivos. Con gran asombro y sorpresa, advirtió que las curvas producidas por el óxido magnético de hierro ligeramente calentado se parecían notablemente a las de los músculos. En ambas disminuía la reacción y la recuperación con el exceso de trabajo y la fatiga consiguiente podía desaparecer en virtud de un masaje delicado, o de un baño con agua caliente. Otros componentes metálicos reaccionaban de manera parecida a los animales. Cuando se limpiaba una superficie metálica grabada con ácidos para eliminar hasta la última señal impresa en ella, mostraba reacciones en las partes tratadas por el ácido que no se advertían en las otras. Bose atribuía cierto tipo de memoria del tratamiento a las secciones afectadas. En el potasio observó que su poder de recuperación se perdía casi totalmente si se le trataba con diversas sustancias extrañas: esto parecía análogo a las reacciones del tejido muscular a los venenos. Aunque se cría que las plantas deseaban cantidades ilimitadas de anhídrido carbónico o dióxido de carbono, Bose averiguó que un volumen excesivo de este gas podía sofocarlas pero que, en ese caso, podía volvérseles a la vida con oxígeno, como a los animales. Lo mismo que los seres humanos, las plantas se intoxicaban al inyectárseles güisqui o ginebra, se tambaleaban como un borracho en una cantina, se desmayaban y volvían con el tiempo en sí, manifestando señales de una soberana resaca. Estos descubrimientos y centenares de datos diversos fueron publicados en dos gruesos volúmenes en los años 1906 y 1907, bajo el título de “La reacción de las plantas como medio para la investigación fisiológica”. Aún más, con un aparato de su invención que denominó “morógrafo”, y que era básicamente un “tester” adaptado, Bose detectó que en el momento de morir una planta proyecta una enorme fuerza eléctrica. Quinientos porotos verdes pueden desarrollar hasta quinientos voltios, suficientes para fritar al cocinero si no fuera porque raramente se conectan en serie los porotos. Esta difusa separación entre lo “vivo” y lo “no vivo” se potencia con la hipótesis de que hasta los cristales tiene vida. O, cuando menos, sexo, que no es poco. En 1928, Jovillet-Castelot consignó en sus “Estudios de Hiperquímica” una curiosa declaración hecha por el doctor Manuilov a la agencia Tass. En el curso de unos trabajos realizados con vistas a determinar el sexo de hombres, animales y plantas por medio de pruebas radiactivas, Manuilov tuvo la idea de hacer algunos ensayos con animales. “Me llamó la atención en primer lugar el hecho de que un sólo y mismo material tiene dos formas cristalizadas -por ejemplo, la de cubo y la de octaedro- absolutamente idénticas en cuanto a sus propiedades químicas. A fin de determinar el sexo, yo había sometido la sangre humana y la de los animales, así como los extractos de jugos de las plantas, a una reacción especial. Sometí igualmente a la misma reacción diferentes formas cristalizadas de una sola y misma especie de mineral. Hice este experimento empleando el mineral más típico, la pirita. La pirita, cristalizada en cubo, dio una decoloración de la sustancia en la que la había sumergido, es decir, una reacción típicamente masculina. Al sumergir la pirita cristalizada en octaedro en la misma sustancia, la coloreó, es decir, dio una reacción femenina típica. Repetí este experimento con once minerales diferentes, y obtuve siempre los mismos sorprendentes resultados.” “No me atrevo a afirmar que mis experimentos conduzcan a una conclusión definitiva e inmutable sobre la existencia de sexo en los minerales; me limito a confirmar un notable fenómeno, observado en un caso dado. Después de unos experimentos prolongados en este campo, espero poder demostrar la existencia de un sistema único y armónico de clasificación de todos los organismos del universo entero en categorías masculina y femenina, empezando por el hombre y descendiendo hasta la piedra”. Vida en la materia inerte. Aquí, golosamente, he detenido mi teclear en el ordenador y dedicado largos minutos a repasar lo poco que conozco de Alquimia. Y recuerdo que sempiternamente los alquimistas iniciados trataban a la materia como algo vivo, algo que nace y muere, que se reproduce, que aprende… pero no cederé a la fácil tentación de extenderme sobre esta profunda y sabia disciplina, lo que dejaré para otra ocasión. Pero encontrar esta relación estrecha entre todo lo vivo en el universo, y a su vez entre lo vivo y lo no vivo, permite entender la idea de unicidad que campea por todo el Ocultismo, lo que, cuando menos, explica a mis lectores el porqué de mi tediosa insistencia en hermanar reflexiones esotéricas a la investigación OVNI y mi empecinada convicción que será esta línea de aproximación la que cualitativamente nos permitirá, quizás, comprender algo nuevo de la fenomenología. Lo que sí debo ahondar, es mi teoría –que en buena medida ya enunciada por otros colegas- que me lleva a suponer que si las comunicaciones biológicas son algo factible y mucho más óptimo que las electrónicas (por lo menos, hasta tanto nuestra primitiva evolución nos haga asequibles quizás a las telepáticas que, después de todo, no dejan de ser una sutileza de las comunicaciones biológicas) y la biología de un punto cualquiera del cosmos puede resonar con otro cualquiera, es entonces muy posible que los agrogramas (ya saben, los “círculos en las cosechas”) sí sean ciertamente mensajes cósmicos. No inscriptos, impresos por tripulantes de un OVNI paseándose en las noches de los campos, sino quizás apenas “ecos” inteligibles y ordenados de un emisor vivo en algún lugar del espacio profundo. Su propia concentración en proximidades de megalitos y enclaves prehistóricos puede estar asociado a las líneas de fuerza que se han detectado fluyendo de estos puntos, como si la resonancia que les da forma y sentido se materializara en cercanías de aquellos sitios catalizadores de ese “campo universal de vida” (ver al respecto el artículo “Un enigma: las líneas “ley”” en “Al Filo de la Realidad” número 32). Sólo nos queda –casi nada- interpretar el mensaje.

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EL MIEDO VISTE DE NEGRO

Publicado por Gustavo Fernández en 24-05-2009

Martes, 12 de septiembre de 1978


En una época en que, cuando menos en mi país, Argentina, aún no se habían popularizado PC hogareñas, banco de datos comerciales ni otras lindezas, ciertos trabajos, como el de reunir información sobre la solvencia financiera de aquellos interesados en préstamos o créditos bancarios, eran sufragados por empresas privadas conocidas como “de informes comerciales”. Pesquisas por derecho propio de la confianza monetaria del prójimo, representaban, a mis ya lejanos veinte años, la única posibilidad cierta de un trabajo estable. Acababa de abandonar la carrera de Ingeniería Aeronáutica en una época oscura para la universidad nacional después de algunas amargas experiencias en los ámbitos académicos de la ciudad de La Plata con las autoridades uniformadas de entonces, y en parte por mi carácter, en parte por mi pasado adolescente de militante fervoroso, era mejor por un tiempo alejarme de las aulas y buscar un trabajo para solventarme. De todas formas, la Ovnilogía en particular y las paraciencias en general seguirían siendo mi válvula de escape intelectual. Así que, con unas modestas habilidades con la máquina de escribir como todo currículum, conseguí un eclipsado puesto en una de esas empresas, situada sobre calle Alsina en Buenos Aires. Y durante un año tipeé páginas y más páginas respecto de pasivos, deudas impagas y ganancias y pérdidas. Fue el único año de mi vida que trabajé bajo relación de dependencia.
El año 1978 había comenzado pleno de actividad ovnilógica para mí: en febrero entregué a la desaparecida Editorial “Cielosur”, de Buenos Aires, los originales del que fuera mi segundo libro, “Triángulo Mortal en Argentina” –tema que se reiterará a lo largo de este artículo- participé en numerosas conferencias y viajes de investigación. Pero para junio, las obligaciones de mi incipiente trabajo me habían alejado completamente de la gesta ufológica, excepto por la salida, los primeros días de agosto, al público de “Triángulo…”. Y aún así, todo se limitaba a responder las esperables llamadas telefónicas de los amigos, algún que otro comentario en la Editorial y poco más. Es más: la única vez que mi trabajo y los OVNIs se encontraron fue cuando a mi escritorio de “redactor comercial” llegó un expediente sobre “Cuarta Dimensión S.R.L.” y pasé a ser de los pocos que saben que Fabio Zerpa no se llama realmente así sino Fabio Pedro Allés. Apenas una anécdota de color.
Por eso, cuando al atardecer de ese día regresé a mi casa –aún vivía con mis padres- me sorprendió encontrar una nota de puño y letra de mi madre sobre la mesa del comedor. Decía algo así como “por nada del mundo le abras la puerta a nadie. Hubo gente rara buscándote. Cuando regresemos te contamos”.
El principio de la historia lo conocí en realidad no por mis padres, sino por la encargada del edificio, quien al sospechar que había regresado no pudo frenar su profesional curiosidad de contar y enterarse. Contar que, a media tarde, dos policías uniformados acompañados de un tercero que llevaba sujeto de la correa un perro pastor (¿) y que permaneció dentro del automóvil ( un Ford Falcon negro) habíanse introducido en el edificio, secuestrado parte de la correspondencia diaria que por ese entonces solía llegarme y tocado timbre en los departamentos contiguos de mi piso, inquiriendo a los sorprendidos ocupantes respecto de mis hábitos de vida, ocupaciones, visitas, etc. La encargada me dijo que a ella le preguntaron sobre los países de procedencia de las cartas que recibía, además de presionarla respecto a cierto “segundo juego de llaves” que “seguramente” ella debía tener, a lo que la susodicha se negó rotundamente. Hecho esto, y con un velado comentario –a todos- de un prometido regreso, se fueron.
Eso me contó la encargada. Y claro, esperaba algo a cambio, como por ejemplo saber porqué me buscaban. Algo que yo también habría querido saber. Un tanto alejado como estaba de la ovnilogía, me pregunté si se debería a mis antecedentes estudiantiles, o quizás algo vinculado a mi trabajo. Con veinte años, la situación, no me molesta admitirlo, me provocaba mucho miedo. Si lo hubiera vinculado a la ovnilogía, tal vez el miedo hubiera sido mayor.
Esa misma noche mi padre se comunicaba con la seccional de policía a la que correspondía mi domicilio, donde no sólo le manifestaron que no había ninguna solicitud de información respecto de mi persona sino asimismo se mostraron muy extrañados por un procedimiento, aunque fuera perteneciente a alguna otra área de nuestra benemérita Policía Federal, que no les hubiera sido anticipado. Al día siguiente llegué a mi trabajo muy temprano; había recordado que un gerente de la firma tenía fluidos contactos con estamentos superiores de la Policía, y tal vez él pudiera averiguar algo. Negativo. Después de un par de semanas –y me consta que el hombre hizo el mejor esfuerzo, llegando hasta la Superintendencia de la Policía Federal, la ex Coordinación Federal de triste memoria- nadie sabía quiénes eran los policías con auto negro y perro.
Eran épocas oscuras de dictadura militar sin derechos civiles ni “hábeas corpus”. Viví –vivimos- con temor un par de semanas. Cierto día, un viernes, cuando la encargada salía a hacer ciertos quehaceres cerca del mediodía, encontró frente al tablero de los “porteros eléctricos” a uno de los policías de la visita anterior. Ahora, quizás menos nerviosa que la vez pasada, me lo pudo describir en detalle: no muy alto (le calculó alrededor de 1,65 m.), muy delgado (sus palabras fueron “el uniforme le quedaba como tres talles por demás grande, y de la gorra, ¡ni hablar!”), la piel oscura, extrañamente cetrina, ojos negros y nariz demasiado ganchuda. Le llamó la atención no distinguir otros uniformados, ni el auto ni, por supuesto, el enigmático can. Dijo que el hombre sólo la miró y en voz baja, casi sibilando, espetó:
-¡No contestan en el “5ºA”! –(tal el piso y departamento que ocupábamos entonces).
- Lógico. No hay nadie. Están trabajando –argumentó previsiblemente la empleada.
- Entonces dígale a ese pendejo que se aleje de los OVNIs.- fue cuando el auto negro, con un solo policía manejando (y sin perro) apareció por una esquina, sobre él subió el extraño hombre de la ley, y desaparecieron.
Jamás regresaron.

Tal vez ustedes no me crean si les cuento que fue una nimiedad, una sola palabra en esta respuesta, lo que me hizo sentir incómodo. Pregunté y repregunté a la pobre mujer el sentido exacto de las palabras empleadas y todas las veces, muy segura, me repitió exactamente las mismas. ¿Policías molestos con un investigador de OVNIs?. Absurdo. ¿Con una mascota?. Anacrónico. ¿Un auto negro?. Fantástico. Pero había un elemento más para estar seguro que no eran policías. Y si bien el vocablo “pendejo” les sería muy propio, en los giros idiomáticos usuales en nuestros regionalismos se diría “que la acabe con los OVNIs”, “que la corte con los OVNIs”, “que la termine con los OVNIs” pero nunca “que se aleje de los OVNIs”. Demasiado estudiado.
Y si ustedes alguna vez leyeron “Triángulo Mortal en la Argentina” (si no lo hicieron; bueno, es una lástima), la aparición inopinada de caballeros vestidos de policías que no son policías en un auto negro y siempre –casi una constante- con algún detalle bizarro y absurdo (aquí el perro) les haría cerrar la ecuación con una sola expresión: MIBs. “Men in Black”. U Hombres de Negro, si lo prefieren.

Un sainete cósmico
Ya lo comenté en otro artículo sobre este mismo tema: dos cosas absolutamente ilógicas parecen signar todas las apariciones de MIBs. La primera, que nunca son los investigadores de primera línea los visitados por ellos. En este sentido, mi anécdota, vista fríamente, más que ensalzar mi ego tendería a deprimirlo: si recibí su visita fue precisamente porque no era tan importante, después de todo. Por supuesto, la tendencia instintiva es a descreer los relatos de desconocidos o semi desconocidos en cuanto a las apariciones de estos seres. Alguna vez, yo mismo creí (hasta que me ocurrió, lógicamente) que se trataban de seguidillas de hechos más o menos casuales vinculantes de personalidades un tanto paranoicas con cuanto loco anda suelto por ahí. Hoy en día, y debo admitir que en buena medida a instancias de las reflexiones que me surgieron a raíz del episodio que viví tan de cerca, sospecho otra cosa: si bien no estoy en condiciones de afirmar que los MIBs sean necesariamente extraterrestres camuflados, todo me señala que forma parte inextricable del fenómeno OVNI, no sólo porque se arrogue tal relación sino por compartir simbólica y formalmente su misma estructura ontológica. El OVNI es un absurdo, qué duda cabe: su comportamiento en los cielos parece destinado a sacudir los fundamentos de las creencias mismas de la humanidad, y muchos autores han teorizado que la Inteligencia que se mueve detrás de ellos se comporta precisamente de forma tan absurda porque, a semejanza de un cósmico koan zen (un acertijo sin respuesta racional que destruye las creencias preestablecidas del estudiante), busca afectar al Inconsciente Colectivo de la humanidad para provocar un salto cuántico en la evolución de su mentalidad. Por ello, los OVNIs no aterrizan de una buena vez en las afueras de la Casa Blanca: porque su efecto demoledor de paradigmas sólo funciona actuando detrás de bambalinas, orillando la credulidad, moviéndose al filo de la realidad cotidiana, sospechosamente intuido pero nunca confirmado. La duda, la ansiedad intelectual, la emocionalidad subyacente que el fenómeno viene generando a través de las décadas es lo que genera el efecto buscado: una variable emotiva distinta en la línea del pensamiento histórico de nuestra especie. Lo que quiero decir es que, si la Inteligencia que se mueve detrás de los OVNIs más que netamente extraterrestre es extradimensional, lo que equivale a hablar de entes de una Realidad paralela, y si a nuestra percepción esos entes no son distintos a lo que históricamente conocemos como “entes espirituales”, a esa Inteligencia le será más fructífero a sus fines un cambio gradual pero evidente en la psicología de las masas que en el hecho físico, anecdótico y mediático de aparecerse a las puertas de la ONU. El “para qué” será motivo de otro trabajo.
Y es evidente que el fenómeno MIB comparte esta “ilogicidad” con todo el fenómeno OVNI: al igual que él, no se aparece a los personajes principales del teatro universal, sino a los actores secundarios de los sainetes pueblerinos. No se hace visible ante un presidente que a golpe de decreto puede cambiar la forma de pensar de las masas; se aparece a decenas, a miles de Juanes o Marías cotidianos que en sus relatos, sus sueños subsiguientes y sus creencias aglutinarán en una o dos generaciones un nuevo molde de ideas, a caballo quizás entre lo religioso y lo lógico, entre el demonio y los marcianos.
Esa “absurdidad” de los MIBs campea en sus mensajes, en los aspectos ridículos de los episodios (recuerden al “hombre del cable verde”, quienes ya me han leído en otra ocasión), en el vago toque “retro” y hasta “kitsch” de sus personajes, como escapados de una mala película norteamericana de los ’50 con estereotipados gángsters, para colmo en ocasiones de rasgos orientales (que siempre hicieron el papel de “malos” en esas películas) mezclados, en quién sabe que confusa recepción satelital de nuestras remotas transmisiones de TV, con reportajes en vivo desde el “Coven 13” de MTV.
El informe típico sobre MIBs es más o menos como sigue: poco después de haber observado un OVNI, el sujeto recibe una visita (recuerden los “cuatro hombres de negro” que el 29 de abril de 1996, casi cuatro meses después de ocurridos los sucesos iniciales, visitaron a la familia de las principales testigos del “caso Varginha”, en Brasil). Con frecuencia, esto ocurre tan pronto que todavía no se ha concluido ninguna investigación oficial y, en muchas ocasiones, sin estar siquiera precedida por la denuncia del caso. Dicho en otras palabras: los visitantes no pueden haber obtenido de forma normal la información que poseen, sobre todo cuando en esas entrevistas suelen remitirse a experiencias o circunstancias de la vida privada del testigo, en ocasiones remotas en el tiempo y que no son siquiera de conocimiento de sus más cercanos familiares.
La víctima está, casi siempre, sola en el momento de la visita, generalmente en su propia casa. Sus visitantes, que suelen ser tres, llegan en un coche negro. En Estados Unidos, un Cadillac; aquí en Argentina –y es sabido que los MIBs en muchas ocasiones cambian sus atuendos por uniformes militares- en un Ford Falcon, automóvil de triste recuerdo para la memoria colectiva, claro que no color verde como los que acostumbraban cometer tropelías en tiempos de las dictaduras militares, sino negro. Al mismo tiempo, aunque se trata de un automóvil antiguo, lo más frecuente es que esté en perfectas condiciones, que esté escrupulosamente limpio por dentro y reluciente por fuera, y que presente incluso el inconfundible olor a “coche nuevo”. Si el sujeto anota el número de matrícula y lo investiga, descubre siempre que se trata de un número inexistente.
Los visitantes son casi siempre hombres; muy raramente aparece una mujer, pero nunca más de una. Su aspecto se ajusta a la imagen estereotipada de un agente de la CIA o de los servicios secretos: llevan trajes oscuros, sombreros oscuros -¡aún en esta época!- zapatos y calcetines negros, camisas blancas. Los testigos comentan a menudo su aspecto impecable: toda la ropa que llevan parece recién comprada.
Los rostros de los visitantes son descriptos generalmente como vagamente extranjeros, casi siempre, como dijimos, “orientales”; muchas descripciones hablan de ojos almendrados. Cuando su piel no es oscura, suelen estar alternativamente muy tostados o exageradamente blancuzcos. A veces aparecen toques extraños, en varios casos, ¡labios pintados!. Vagamente amenazantes, sus insinuaciones parecen ser de aquellas que tantos gustan a los guionistas mediocres de Hollywood: “¡Caramba, señor X, me temo que no me está diciendo la verdad!”, o “Si quiere que su esposa siga siendo bonita, le conviene darme esas fotografías”.
Todo esto provoca la “sensación imitativa extraterrestre”. Unos alienígenas bastante chuscos, decididos a impedir que nuestros heroicos ciudadanos pasen sobre las formalidades burocráticas del gobierno y desvelen el misterio de los OVNIs, deciden infiltrarse entre la población para llevar adelante sus cometidos. Pero, extraterrestres al fin, interpretan de manera confusa una de sus pocas fuentes de información remota sobre nuestra civilización: la películas de TV que, como se saben, viajan a caballo de ondas electromagnéticas hasta los mismos confines de nuestra Galaxia. Allí aprenden cómo deben vestirse los malos, pero, claro, la película le llega con unos cuarenta años de retraso e ignorantes de la frívola modificación de la moda temporada tras temporada, nada les hace sospechar que las costumbres de vestuario han cambiado. Así que se fabrican esas pilchas y de paso unos automóviles a la misma usanza, y quizás por medios extrasensoriales obtienen la información que desean sobre el testigo y su entorno. Se materializan entonces casi a las puertas de su domicilio y progresan con su cometido. Pero en el camino cometen ciertos errores: algún lejano episodio de “Viaje a las Estrellas” les sugiere la conveniencia de algunos detalles como cables que entren y salgan del cuerpo: cautivados por los labios sensuales de tanta actriz de teleteatro, se preguntan porqué, en aras de verosimilitud, no añadir este toque de rouge también. Y en cuanto al lenguaje, si su fuente de información –siempre hipotéticamente- son nuestros medios masivos de comunicación, no sólo es comprensible que sea tan forzadamente estereotipado: sólo espero que no empiecen, en los próximos encuentros, a proferir las barbaridades que escuchamos todos los días.
Más evidencias de estilos pasados de moda: cuando en 1972 el investigador Frank Marne, domiciliado en Pittsburg, Estados Unidos, recibió la visita de tres supuestos militares interesados por sus investigaciones, una de las cosas que más llamó la atención de Marne fue la extrema pulcritud de sus uniformes de gala del Ejército norteamericano… pero con el estilo de la guerra de Corea, unos veinte años antes.
En setiembre de 1976, el doctor Herbert Hopkins, médico e hipnólogo de 58 años de edad, trabajaba como consultor en un caso de teleportación en Maine (Estados Unidos). Una noche en que su esposa e hijos habían salido dejándole solo, sonó el teléfono y un hombre que se identificó a sí mismo como vicepresidente de la Organización de Investigaciones OVNI de New Jersey solicitó entrevistarse con él para discutir el caso. El doctor Hopkins aceptó, pues en aquél momento le pareció lo más natural. Se dirigió a la puerta trasera para encender la luz para que el visitante pudiera encontrar el camino desde el estacionamiento, y vio al hombre que ya estaba subiendo los escalones de la entrada. “No vi ningún coche, pero aunque lo hubiera tenido es imposible que llegara a mi casa con tanta rapidez desde ningún teléfono”, comentó más tarde asombrado (es obvio que no eran tiempos de teléfonos celulares).
Pero en aquél momento el doctor Hopkins no experimentó sorpresa alguna, y acogió al visitante. El hombre vestía traje negro, sombrero, zapatos y corbata negros y camisa blanca. Pensó que su aspecto era el de un empleado de una funeraria. Sus ropas eran impecables: el traje, sin arrugas, y la raya de los pantalones, perfecta. Al quitarse el sombreo vio que era completamente calvo, y que carecía de cejas y pestañas. Su palidez era cadavérica, y sus labios eran de un rojo brillante.
En el transcurso de la conversación se frotó los labios con un guante, de ante gris, y el doctor se sorprendió al comprobar que los llevaba pintados.
Sin embargo, fue más tarde cuando el doctor Hopkins reflexionó sobre lo extraño del aspecto y de la conducta de su visitante. En aquél momento siguió la conversación con toda naturalidad, considerando que el episodio formaba parte de su actividad profesional. Cuando concluyó la charla sobre el caso que motivaba la reunión, el visitante afirmó que el doctor tenía dos monedas en el bolsillo relacionadas con el episodio. Le pidió al doctor que pusiera una de las monedas en su mano y él así lo hizo. El extraño dijo al doctor que mirara la moneda, no a él; mientras lo hacía la moneda pareció desenfocarse y luego se desvaneció gradualmente. “Ni usted ni nadie más en este planeta volverá a ver esta moneda otra vez”, dijo el visitante.
Después de hablar un rato más de los tópicos acerca de los OVNIs, el doctor Hopkins advirtió que el visitante hablaba más despacio. El hombre se levantó tambaleándose y dijo muy despacio: “Mi energía se está agotando, debo irme ahora. Adiós”. Se encaminó vacilante hacia la puerta y bajó los peldaños con inseguridad, de uno en uno. Hopkins vio una luz brillante en la carretera, una luz blanco – azulada y de brillo distinto a la de los faros de un auto. En aquél momento, sin embargo, supuso que se trataba del coche del extraño, aun cuando ni lo vio ni oyó.
Más tarde, cuando regresó la familia del doctor, examinaron la carretera, encontrando señales que no podían pertenecer a un coche, pues estaban en el centro de la calzada. Al día siguiente, y aunque el camino no se había utilizado, las marcas ya no estaban.
El doctor Hopkins quedó sumamente alarmado por la visita, sobre todo desde que empezó a plantearse lo extraordinario de la conducta de su visitante. De ahí que siguiera al pie de la letra las instrucciones de aquel hombre; borró las cintas de las sesiones hipnóticas que estaba realizando en relación al caso que le ocupaba, y aceptó abandonar el mismo.
Tanto en casa del doctor Hopkins como en la de su hijo mayor, siguieron ocurriendo incidentes curiosos. Hopkins supuso que tenían alguna relación con la extraña visita, pero nunca supo nada más de su visitante. En cuanto a la Organización de Investigaciones OVNI de New Jersey, tal institución no existía.
El 24 de setiembre, pocos días después de la abracadabrante visita, su nuera Maureen recibió la llamada de un hombre que pretendía conocer a John, su esposo, y preguntó si les podía visitar con un acompañante.
John citó al hombre en un restaurante de la localidad y lo llevó a su casa con el acompañante del mismo, una mujer. Ambos parecían tener entre treinta y cuarenta años, y vestían prendas pasadas de moda. La mujer resultaba particularmente chocante: tenía los pechos muy bajos, y cuando se levantaba daba la impresión de que las articulaciones de sus caderas eran raras. Los dos extraños caminaban con pasos muy cortos, y avanzaban como si tuvieran miedo de caerse.
Aceptaron unas gaseosas, pero casi ni las probaron. Se sentaron torpemente el uno junto al otro en el mismo sofá, y el hombre disparó varias preguntas muy personales a John y Maureen: ¿veían mucha televisión?. ¿Qué clase de libros leían?. ¿De qué hablaban?. Continuamente el hombre manoseaba y acariciaba a su compañera, preguntando a John si todo eso estaba bien y si lo hacía correctamente.
John abandonó la sala por un momento y el hombre trató de persuadir a Maureen para que se sentara junto a él. También le preguntó “cómo estaba hecha”, y si tenía alguna foto de ella desnuda.
Poco después la mujer se levantó y dijo que deseaba marcharse. El hombre también se levantó, pero no hizo ningún movimiento para irse. Estaba entre la puerta y la mujer, y parecía que para ella el único camino para llegar a la puerta era andando en línea recta, directamente a través de él. Al final la mujer se volvió hacia John y le dijo: “Por favor, muévalo, yo no puedo”. De repente, el hombre se movió, seguido de la mujer; ambos caminaban en línea recta. No dijeron nada más; ni siquiera se despidieron.

¿Rostros orientales dijimos?.

Octubre de 1932. Poblado esquimal de Anjiku (mil millas al norte de la ciudad de Churchill, Canadá)

Luego de casi tres semanas de no haber recibido los pueblos mineros y pesqueros cercanos ninguna visita de esquimal alguno de esta aldea de menos de cincuenta habitantes (casi todos parientes, con abundancia de matrimonios intrafamiliares), una patrulla de la Policía Montada de Canadá se desplazó hasta la misma en la presunción que hubieran sido víctimas de alguna catástrofe, como una epidemia. Al llegar al lugar, encontraron la más absoluta desolación: la aldea estaba desierta, pero una gran huella de pisadas –que permitió calcular la desaparición en apenas unos días antes de la fecha- se dirigía rectamente hasta un páramo a algunos centenares de metros de la choza más alejada, como si todos los lugareños hubieran caminado en grupo, hasta detenerse y desplazarse, al parecer durante largo tiempo, en forma errática pero sin salir jamás de un círculo de unos cien metros de diámetro. No se halló cadáver alguno. Las armas estaban en sus lugares (ningún esquimal se alejaría de su vivienda sin su arpón, cuchillo y fusil). Los rescoldos del fuego y los calderos con restos descompuestos de comida señalaban que las mujeres habían abandonado en pleno sus quehaceres domésticos, impresión que se veía ratificada por los dos sacones de piel con agujas de hueso de foca aún atravesadas, en una costura abandonada imprevistamente a medio hacer. Los perros, desfallecientes y temerosos, seguían atados a sus cadenas, las canoas en sus apostaderos. Como en el Mary Celeste todo era como una postal congelada en el tiempo de la vida cotidiana, pero donde se hubiera suprimido a sus protagonistas.

Hombres de negro de tez aceitunada, narices ganchudas, orientales…

La conexión psíquica
Si nos detenemos en este punto tendremos dos opciones: o tirar por la borda la totalidad de los testimonios (aún aquellos bien documentados y acreditados) por considerarlos un atado de sandeces sin sentido alguno; o preguntarnos si detrás de esa apariencia ridícula se esconde algo más. Obviamente, voy por esta segunda opción. Porque si bien es dable esperar que todo fraude, toda historia propia del día de los inocentes muestre la hilacha de ciertas características absurdas, la verdadera avalancha de tales matices en estos testimonios es precisamente y a mi juicio, lo que los hace más sugestivos: si sólo se tratara de una sarta de invenciones, se disimularían más fácilmente si sus aspectos fueran, digamos, más cotidianos. Esas concatenaciones de detalles ersatz es lo que me sugiere que hay una extraña realidad común detrás de todos ellos.
Y aquí regreso a lo enunciado párrafos atrás: su absurdidad es tan evidente que es parte de su naturaleza, una “pauta de comportamiento”, vamos. Una absurdidad que tiene más que ver con la naturaleza de las reacciones que provoca en los destinatarios que con la estructura del fenómeno en sí (¿recuerdan el ejemplo del “koan” zen?). Una absurdidad pletórica de componentes místicos: apariciones y desapariciones fantasmales, poltergeist sistemáticos (que acompañan los días de las víctimas inmediatamente posteriores a las visitas), objetos que aparecen y desaparecen (los estudiosos del budismo tibetano conocen de sobra las técnicas de “tulpas”, literalmente “formas de pensamiento”, mediante el cual los iniciados logran concentrarse tan intensamente en determinadas imágenes que terminan éstas haciéndose visibles y hasta tangibles incluso para observadores escépticos, objetivos y experimentados; verdaderos “fantasmas de la mente” que sobreviven en ocasiones durante días cuando sus creadores se han desentendido de ellas)…

Ya en 1976, el investigador argentino profesor 0scar Adolfo Uriondo, en un meduloso artículo inserto en la ya desaparecida revista “Ovnis: un desafío a la ciencia” señalaba la molesta –cuando menos para los integrantes del pelotón de tuercas y tornillos- pero irrebatible irrupción de la fenomenología parapsicológica dentro del campo de la casuística OVNI. Si bien no es muy procedente tratar de explicar un misterio mediante otro misterio, tampoco sería ético negar las implicancias paranormales que suelen ser el marco de las apariciones de estos objetos; negación que respondería más a un compulsivo deseo de evitar discusiones ríspidas con la ciencia mecanicista que alejara al ovnílogo aún más de ser aceptado en sus templos, que como una honra a la exactitud de la información. Porque cuando aún no se hablaba de channeling ni de maestros ascendidos, cuando Vallée apenas esbozaba tímidamente su teoría del monitoreo desde una Realidad Alternativa, ya entonces, decíamos era evidente un ámbito de superposición referente a ciertas pautas de comportamiento de las entidades asociadas a OVNIs, pautas asociadas a lo que se espera de “apariciones” o, vulgarmente, “fantasmas”. Mi razonamiento, a partir de allí, es el siguiente: si se admite la realidad casuística de fenomenología paranormal dentro del contexto de la temática OVNI, en testimonios de indiscutible verosimilitud, ¿quién estaría en condiciones de definir el límite exacto de ambos campos?. ¿Quién puede lícitamente arrogarse el derecho de decidir hasta qué punto se aceptan manifestaciones parapsicológicas dentro de lo ovnilógico y a partir de qué punto no, excepto cuando ese territorio desdibujado opaca, por su invasión, los juicios apriorísticos de quien, atado desde el vamos a ciertas hipótesis preestablecidas sobre su origen, ve así amenazada su creencia?.
Los investigadores de OVNIs y las personas que los han visto no son de ningún modo los únicos que reciben visitas de hombres vestido de negro. Quienes investigaron la resurrección religiosa de 1905 en el norte de Gales, describen las fantasmagóricas apariciones de tres hombres vestidos íntegramente de negro –en contadas ocasiones uno solo- en los (adivinen dónde) dormitorios de líderes religiosos de esas comunidades. Los mismos que relatan, avalados por numerosos testigos, que durante sus manifestaciones multitudinarias extrañas “luces” multicolores revoloteaban sobre la multitud. Una de las predicadoras más reconocidas, Mary Jones, relata en sus memorias como cierta noche, en que una de estas inquietantes visitas se apersonó en el vano de la puerta de su alcoba y le increpaba, una “luz” esférica, blanco azulada, se materializó sorpresivamente dentro de la habitación y descargó un “rayo” sobre el ser, vaporizándolo. Todo esto parece una fantasía delirante, si no fuera por el hecho de que existen evidencias probadas de algunos de los fenómenos relatados, muchos de los cuales fueron presenciados por varios testigos independientes, algunos de ellos abiertamente escépticos. A lo que apunto es que lo que sabemos acerca de las manifestaciones actuales de Hombres de Negro puede ayudarnos a comprender sus apariciones en el pasado, y viceversa. De una forma u otra, aparecen en el folklore de todos los países, y periódicamente pasan de la leyenda a la vida cotidiana. El 2 de junio de 1603 un joven campesino se confesó culpable, frente a un tribunal del sudoeste de Francia, de varios actos provocados por su transformación en lobo; había acabado secuestrando y comiendo a un niño. El “hombre lobo” afirmó que estaba actuando bajo las órdenes del Dios del Bosque, del cual era esclavo, un hombre alto y moreno, vestido todo de negro y montado en un caballo negro.
¿Y qué decir del silencioso y no menos misterioso visitante que golpeó a las puertas de la residencia de Mozart para encargarle un Réquiem, con una espléndida paga en efectivo y la consigna de no preguntar sobre su destinatario, réquiem que quedó inconcluso por la muerte del compositor, sospechoso en los últimos momentos que como una broma macabra el réquiem había sido encargado, precisamente, para él?. Y es obvio que si en la vida de Mozart debemos buscar razones para su acoso, las mismas seguramente no estarán en sus creaciones sino, quizás, en su filiación masónica.
Todos los evidentes elementos simbólicos en sus apariciones han llevado a algunos autores a postular que los Hombres de Negro no son criaturas de carne y hueso, sino construcciones mentales proyectadas desde la imaginación de quien la percibe, y que adoptan una forma que combina la leyenda tradicional con las imágenes contemporáneas. Sin embargo, no es tan simple como parece: la mayoría de los relatos aseguran que se trata de criaturas reales que se mueven en el mundo real y físico.
En diciembre de 1979, en la ciudad de la entonces Alemania occidental de Tirschenreuth, en el alto Palatinado, por varias semanas la gente no se atrevió a salir de noche de sus casas. Los padres prohibían a sus hijos que fueran por las calles una vez caído el sol; las mujeres, por motivos de seguridad, hacían que sus amigos o parientes fueran a buscarlas al lugar de trabajo. Y todo porque numerosos habitantes se vieron enfrentados a un fenómeno verdaderamente siniestro.
Una y otra vez, aterrorizados testigos acudían a la policía para denunciar el mismo hecho: de la oscuridad surgía repentinamente un coche con las cortinas en las ventanillas laterales, del cual descendían tres hombres vestidos de negro que, ante la mirada de los espeluznados transeúntes, abrían la portezuela trasera y extraían un féretro, abriéndolo en ocasiones. En este punto, los involuntarios testigos recuperaban el control de sus piernas y salían disparados, aunque algunos alcanzaban a atisbar en el interior del ataúd, totalmente vacío, lo que hacía aún más incomprensible y tétrica la actitud de los silenciosos individuos. Varias mujeres tuvieron que ser hospitalizadas en estado de shock, y un par de muchachos con presencia de ánimo para detenerse a algunas decenas de metros y mirar hacia atrás, manifestaron que el enigmático vehículo parecía “desaparecer fundiéndose con las sombras”.

Así que con estas anécdotas y estos parámetros, y puesto a hipotetizar sobre su origen, creo que puede circunscribirse su naturaleza a:

- agentes extraterrestres infiltrados en busca de silenciar testigos que entorpezcan sus ominosos planes para con nuestra Humanidad.
- Secuaces diabólicos de un inmarcesible Belcebú que usan al satánico fenómeno OVNI para vehiculizar sus innobles propósitos.
- Agentes federales, de organismos gubernamentales o militares, deseosos de monopolizar en aras de su belicismo innato los secretos que puedan llegar a arrancarse al OVNI.
- Una sociedad secreta.

La primera posibilidad es posible pero no probable. Ciertamente, lo que ha silenciado a la gente no han sido los Hombres de Negro sino el propio miedo de los destinatarios. Y en el caso de los que hicieron caso omiso (entre ellos, un servidor), bueno, aquí estamos y seguimos. La segunda opción, de neto corte fundamentalista, ha sido en realidad propuesta por grupos evangélicos –generalmente de filiación pentecostal- y está, a mi criterio, más emparentado con el usufructo del miedo a lo desconocido inherente a los bajos estratos sociales en función de un proselitismo ideológico, que a una cabal identificación de estos oscuros personajes. Para refutar esta posibilidad (que, como exótico renacimiento medieval, aún he escuchado en fechas cercanas- permítaseme señalar dos detalles: si de entidades espirituales demoníacas se tratara, toda esa parafernalia a lo Bugsy Malone carecería de sentido: simplemente, una vaporosa y sulfurosa aparición en la intimidad del destinatario de la amenaza y a otra cosa, mariposa. En segundo lugar –y le cabe el sayo de la hipótesis anterior- un demonio, por subalterno que fuere, que no materializara sus maléficos propósitos no sólo perdería autoridad; se expondría al ridículo, situación a la que, como es de público conocimiento, el Príncipe de las Tinieblas no es muy afecto.
¿La tercera opción?. ¿Federales o militares pintándose los labios, clavándose los extremos de un hilo de cobre en las pantorrillas, manoseando a sus parejas en público como para ser detenidos por ofensa al pudor o metiéndose en los detalles íntimos de quienes visitan –a quienes, generalmente, sólo amenazan al final de la entrevista- arriesgándose a un fenomenal puñetazo de un marido celoso.. o expuesto in fraganti delito?. Los que hemos vivido y padecido épocas de autoritarismo militar sabemos que los mismos, cuando así quieren proceder, no se andan con chiquitas, y si muchos testigos de las apariciones de MIBs no fueran de por sí individuos altamente confiables, personas honestas y respetadas en la comunidad, interlocutores válidos en cualquier instancia judicial, testigos creíbles para cualquier jurado, todo esto habría que echarlo por la borda de lo probable.

Me quedo, entonces, con la cuarta posibilidad: una sociedad secreta, que a través de centenares de años ha influido para evitar el avance del conocimiento de la humanidad sobre determinados temas: ayer, logros científicos. Hoy, el contacto abierto con fraternidades extragalácticas, contacto que necesariamente debe ir precedido de la aceptación pública del mismo.
Una sociedad que, por su naturaleza y desarrollo fuertemente emparentado con lo que conocemos como Ciencias Herméticas y Ocultas, le ha puesto en poder de determinadas facultades extrasensoriales o el acceso a fuentes de energías no físicas. Una sociedad secreta puesta al servicio de ciertas entidades –quizás más extradimensionales que extraterrestres- deseosas de impedir un salto cuántico en la evolución de esta Humanidad, y seguramente de otras también. Quizás por una simple cuestión de supervivencia…
Existe un movimiento, a través de la Historia y los gobiernos, que opera desde las sombras para impedirle a la Humanidad progresar demasiado velozmente o en determinadas direcciones, un poder particularmente deseoso de cercenarnos espectaculares progresos científicos y tecnológicos que en distintas confluencias de los tiempos pasados, remotos o cercanos, estuvieron casi al alcance de la mano y que hubieran provocado, de ser reconocidos y alentados, un “salto cuántico” en la historia de nuestra especie. Este Poder detrás del Poder, a quienes llamo los “Barones de las Tinieblas” –y que volveremos a encontrar inquietantemente afines a las motivaciones o aparentes objetivos de cierta clase de visitantes cósmicos- están en permanente conflicto con otra sociedad secreta –llamémosla los “Guardianes de la Luz”- afines a seres extraterrestres o extradimensionales benéficos para con la especie humana.

Sin embargo, sé que puede resultar una tarea ímproba y casi imposible demostrar, más allá de toda duda plausible, la existencia de esa “sociedad secreta”. Simplemente por el hecho que cuanto más fuerte y más clandestina es, menos evidencias habrá dejado de su paso, y ni que pensar en registros escritos u otras de similar tenor. O dicho de otra manera; cuánto más éxito haya tenido en permanecer secreta, aunque parezca una verdad de Perogrullo, más ímprobo resultará demostrar su existencia. Así que la pauta para probar su realidad dependerá de aplicar el razonamiento que si a través del tiempo podemos encontrar personas aunadas por idénticos procederes y objetivos, reivindicando intereses comunes, o eventos o personas, físicas o jurídicas, manipuladas por igualmente extrañas circunstancias que en todos los casos conlleven a consecuencias concomitantes con los objetivos de los sujetos mencionados en primer término, podrá entonces colegirse con bastante fundamentos que los segundos serán víctimas de las maniobras de los primeros, a su vez, hermanados en una mística común; la que sólo puede responder a la fraternización dentro de una organización unívoca.
Porque el accionar de los Barones de las Tinieblas ha apuntado, cíclica, persistentemente –y debo admitir que con éxito- a frenar la evolución de la especie humana. ¿Con qué fines?. Tal vez vayamos desvelándolos a lo largo de otras páginas, pero convengan conmigo que de suyo se impone el más obvio: una humanidad ignorante de sus potencialidades, alejada de descubrimientos que podrían provocar un “salto cuántico” en su evolución, es fácilmente manipulable. Distraídos de lo Trascendente, encolumnados detrás de espúreas metas ilusorias, recuerdan aquel comentario de Charles Fort: “¿Acaso las ovejas saben cuándo y cómo van al matadero?”.
Y precisamente porque su accionar ha sido exitoso, es que nos resulta muy difícil tomar conciencia de cuánto nos hemos alejado de un camino de crecimiento interior y exterior, cuán lejos podríamos estar en el camino a las estrellas si en ciertos quiebres de la historia, en ciertas curvas de la ruta, no se nos hubiese empujado a tomar desvíos que, en lugar de incómodos, traumáticos pero efectivos atajos, eran en realidad sofisticadas, atractivas y cómodas autopistas hacia la Nada.
De los ejemplos que he mencionado, está llena nuestra crónica. Sobre la que, si les interesa, sabremos regresar.
No obstante, permítanme un último comentario. La hipótesis de una sociedad secreta de origen milenario, dotadas de facultades supranaturales y con fines más psíquicos y espirituales que materiales, casa perfectamente con el modus operandi de los Hombres de Negro. Son necesariamente atemorizantes para el testigo y simultáneamente poco creíbles, de forma que el destinatario sienta hasta vergüenza de dar detalles de su odisea. Porque si fuesen mafiosos típicos o paramilitares puntillosos, la verosimilitud de la historia no sólo desencadenaría investigaciones policíacas y gubernamentales profundas sino que por carácter transitivo daría credibilidad al “episodio OVNI” de ese testigo. Pero si éste, ya sospechado de delirante por haber visto “platillos volantes”, encima declara haber sido visitado por seres vestidos de negro que aparecieron de la nada, con baterías que se descargan, una libido incontrolada, voyeuristas cósmicos de fotos desnudas de la esposa de usted o ese toque femenino de carmín, el delirio es total, el absurdo campea por sus dominios y el testigo es despedido entre risotadas y burlas crueles. Al igual que todo el fenómeno OVNI, es otra “koan”: están pero no se ven, influyen sin interferir, marcan la Consciencia Colectiva pero nadie ve a los manipuladores. Se mueven (no podría ser de otra forma) al filo de la realidad.

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REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN EXTRADIMENSIONAL DE LOS OVNIs

Publicado por Gustavo Fernández en 19-05-2009

escribe: GUSTAVO FERNÁNDEZ

Debo comenzar este trabajo sentando dos posiciones, más por coherencia con el resto del artículo que por ser necesariamente válidas. La primera, uniformar algunos criterios respecto de los que giran alrededor del término “extradimensional”, lo que es lo mismo que definir qué entenderé, de aquí en más, por “otras dimensiones”. Expresión usada hasta el hartazgo en relatos de ciencia ficción, incluso definida –no demostrada– en geniales intuiciones matemáticas, campo fértil para todo tipo de desvaríos. Incluso el mío.

Una vez más, en necesario recordar –y explicar, para los recién llegados a estas discusiones– el ejemplo de “Flatland”, el planeta plano.

Imaginemos un cosmonauta cruzando el Universo en su nave espacial y encontrando, repentinamente, un mundo plano, o, mejor aún, un mundo de dos dimensiones. Lo que me obliga a escaparme otra vez por una de las ramas de este árbol metafísico para definir el concepto de “dimensión”.

Una dimensión, más allá –o más acá– de lo lúdico de la fantaciencia, es simplemente una forma de medida de las cosas. Nosotros nos desenvolvemos en un espacio de tres dimensiones: alto, ancho y largo (o profundidad). Cualquier objeto en el espacio en que vivimos puede ser ubicado y definido en término de esos tres parámetros. Ciertamente, y en respeto a Einstein y su genialidad, hablaríamos también de una cuarta dimensión: el tiempo.

Lo inextricable de la relación “espacio-tiempo”, lo indistinguible de uno en función del otro, es también una función de “medida”. Así que en ninguna forma es imposible –por lo menos, a los alcances didácticos– imaginar que un universo de cuatro dimensiones puede contener cualquiera de rango inferior, entre ellos, un mundo de dos dimensiones. Éste es Flatland, adonde arriba nuestro astronauta que, enterado de las particularidades del lugar y sus habitantes –ya que en un mundo plano podrían existir seres también planos, toda una civilización y una cultura quizás desarrollada pero bidimensional– y seguramente aburrido por un largo viaje en solitario, decide jugarles algunas bromas pesadas.

Por ejemplo, y valiéndose de un hipotético y gigantesco trépano, orada la superficie de ese planeta. Como sus aborígenes piensan y perciben en dos dimensiones, no podrían advertir que un trozo de la superficie de su mundo es perforado desde arriba por un objeto: simplemente, percibirían una zona de su mundo cambiando reiteradamente de forma y color. Y si por ese agujero cae uno de los chatos sujetos, los demás, involuntarios testigos, no verían a un congénere precipitándose al vacío sino desapareciendo en la nada.

Aún más; si debajo y paralelamente a ese Flatland hubiera un Flatland II, sobre el cual cayera el desgraciado individuo, los habitantes de este último no verían “caer” a alguien (el concepto de “caída” va necesariamente asociado al de “arriba-abajo” es decir, de “alto”, la tercera dimensión de que carecerían en esos mundos) sino que observarían, asombrados y asustados, cómo alguien como ellos sorpresivamente aparecería de la nada.

¿Cuántos testimonios, cuántas leyendas de todas las edades, cuántos relatos fiables nos han venido transmitiendo el recuerdo de sucesos similares ocurridos en nuestro propio mundo, gente que desaparece en la nada o que de la nada surge repentinamente, como si en nuestro planeta, este marco referencial de cuatro dimensiones, se precipitara algo o alguien desde un universo de “n” dimensiones más allá de las nuestras? Porque si un espacio de cuatro dimensiones puede en teoría contener un cuerpo de dos, un universo de, digamos, veinte dimensiones, ¿cómo no comprendería con facilidad un ámbito de sólo cuatro?

Estamos en relación a ese universo como la buena gente de Flatland con respecto a nuestro universo. Claro que seguramente el lector exigirá entonces que uno –yo– le “explique” cómo es ese universo de, por ejemplo, veinte dimensiones. Y esto me es imposible. Porque una lógica –la nuestra– un precondicionamiento cultural –el nuestro– una estructura cerebral –la nuestra también– esquematizada, modelada, estructurada en cuatro dimensiones, no podría comprender analíticamente, racionalmente, el concepto de “n” planos. Y no por falta de inteligencia, ni de información, ni de profundidad de razonamiento. En todos los casos, sería una inteligencia de cuatro dimensiones, información de cuatro planos, razonamiento de cuatro niveles. Sólo una impredecible evolución (impredecible no en el sentido de si sucederá, ya que estoy persuadido de que indefectiblemente llegará, sino en el sentido de cómo y cuándo) puede producir el “salto cuántico” que nos lleve a integrarnos conceptualmente a ese Universo superior al que pertenecemos sin saberlo. O, tal vez, “otras” formas de conocimiento –¿la mística, quizás?– nos dará el conocimiento que la razón desconoce. Y una breve digresión aclarará el porqué de esta suposición.

Entiendo que en el organismo humano nada es innecesario, superfluo, descartable. Que todo cumple (ha cumplido-cumplirá) alguna función. Hasta al desacreditado apéndice, impunemente extirpable, se le sospecha funciones de filtro que hasta un tiempo atrás se le ignoraban. Y qué decir de las amígdalas: décadas de filosos bisturíes extrayéndolas privaron a generaciones de recursos inmunológicos redescubiertos recientemente. Es decir que, cumpliendo conocidas leyes –aplicables tanto a la física celeste como a la economía de mercado– la naturaleza busca el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. La eficiencia. Y en función de la supervivencia –de la especie o del individuo, lo mismo da– todo en la estructura del ser humano tiene que tender hacia el mismo fin. Bien. Aceptado esto, ¿qué necesaria función natural cumple el pensamiento mágico, irracional, intuitivo, místico, religioso? Alguna vez escribí que si la psiquis del hombre necesita de lo mágico, es porque en algún lugar hay algo que satisfacerá esa necesidad. Así como el pensamiento racional, analítico, es una indudable arma de supervivencia y progreso, así el pensamiento mágico también tendrá su lugar de acción, su puesto a cubrir. Y tal vez ese puesto sea el de catapultarnos a una forma trascendente de percibir una Realidad, también trascendente. Multidimensional.

Por otra parte, atisbo el concepto de “n” dimensiones como algo más definible como una Realidad que contenga nuestra realidad. Como si la realidad fuera una ventana, y mirando desde dentro del cuarto pensemos que lo que alcanzamos a ver por el rectángulo es todo cuanto existe. Y así como nuestros órganos sensorios nos permiten percibir lo físico dentro de una determinada “ventana” –no escuchamos infrasonidos ni ultrasonidos, pese a saber que existen, no vemos vibraciones del espectro infrarrojas o ultravioletas, pese también a saber que existen– la comprensión lógica está constreñida dentro de ese marco. Y la mística, tal vez, sea como asomarse por el alféizar y mirar hacia ambos lados de la pared, arriba y abajo.

La segunda postura necesitada de aclaración tiene que ver con el origen pretendidamente extraterrestre de los OVNIs. En absoluto descreo de ello: simplemente estructuro aquí una hipótesis para cierto número de manifestaciones del fenómeno.

Más aun: como explicaré en otra oportunidad, creo que entre la Inteligencia extradimensional y ciertas Inteligencias extraterrestres hay un conato de acuerdo. Pero eso será tema de otro trabajo.

Por extravagantes que sean los planteos que voy a esbozar aquí, trataré de acreditarlos con pensamientos científicos. Atención: dije científicos, no académicos. O, como es dominante en el campo de los doctorados, “pensamiento estadístico”; pensamiento reductible a una enunciación axiomática que no necesariamente refleja toda la realidad, lo que es, a mi criterio, una de las grandes falacias del así llamado “racionalismo” de nuestros tiempos: enuncia leyes que parecen aplicarse en todas las circunstancias y por ello ser generales, pero pocas veces reflejan los pequeños matices de la realidad de todos los días.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que tengo un cajón lleno de pequeñas piedras rodadas y después de sesudos estudios y complicados cálculos enuncio la siguiente proposición general: “El 95 % de las piedras de este cajón tiene un diámetro promedio de 3 cm”. Este es un típico ejemplo de enunciación académica. Sin embargo, si tomo un escalímetro y anoto el diámetro de piedra por piedra previamente numerada, será muy difícil encontrar simplemente una sola que tenga exactamente tres centímetros de diámetro. Este es un elemental caso de “pensamiento estadístico” que desea camuflarse de “pensamiento científico”. Y aún cuando lo logre, como se ve, no necesariamente refleja la realidad.

El OVNI como ente “psicoide”

El eminente psicólogo suizo Carl Gustav Jung definía a los “entes psicoides” como elementos a caballo entre una realidad psíquica y una física, como objetos de conocimiento que comparten presencia en esos dos mundos. Para él, el OVNI era uno de tales. Indiscutiblemente (y lo ratificó puntillosamente en su libro “Sobre cosas que se ven en el cielo”, Editorial Sur, Buenos Aires, 1961) tenía realidad física: dejaba marcas en sus aterrizajes, quemaba los campos, era detectado por el radar… pero también tenía una componente psicológica poderosísima; Jung pensaba que expresaba la idea de “mandala”, palabra sánscrita que significa “círculo”, que en Oriente remite a pinturas hechas para prácticas de meditación (generalmente afectando esa forma, aunque en ocasiones pueden ser cuadrados) con representaciones de acciones de dioses y semidioses, combates mitológicos y hechos históricos o legendarios) pero que también, siguiendo sus enseñanzas, se encontraría como un símbolo latente en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad, para expresar la necesidad de búsqueda de sí mismo, o, más exactamente, lo que él llamó la necesidad de realizar (hacer realidad) el Proceso de Individuación. El completarse uno en sí mismo.

Leemos en “Actas de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas” de Londres, Tomo 35, parte 94, F.E. Leaning, “Estudio introductorio de los fenómenos hipnagógicos”, 1925:

“Fui consciente de que algo se movía y giraba delante y encima de mi frente. Tomó la forma de un disco de unos cuatro pies (N. Del T.: aproximadamente un metro treinta centímetros) de diámetro. Dentro del disco estaba sentada una joven. Era una bella criatura, de rostro muy amistoso y encantador. Muy simpáticamente, me hizo señas con su cabeza. Le dije: “¿Quién eres?”. Me respondió: “Soy tu Auto-control”. En el libro del doctor Bramwell yo había leído que el objetivo principal de todo tratamiento hipnótico debe ser desarrollar el autocontrol del paciente, pero jamás se me había ocurrido la idea de que eso significaba desarrollar una joven”. “Advierte cuán real soy”, me dijo, y extendió hacia mí su brazo y su mano. Palmoteé sus dedos. Oí el ruido que esto provocó y sentí el contacto. Luego, en esa ocasión, advertí algo extraordinario: sentí su mano como si fuera la mía. O sea, sentí lo mismo como si yo estuviera tocando mi mano derecha con mi mano izquierda. Sin embargo, mis manos no se estaban tocando, sino que descansaban sobre el cobertor de lana”. “De inmediato, ella se dispuso a salir del disco. Sacó su pie. Todavía recuerdo la media de seda con bellos adornos. Yo podía ver cada punto de la seda. Por eso, directamente decidí que lo mejor era que ella se quedara allí, pues empecé a sentirme inquieto no fuera que algo se hubiera descompuesto (sic) en mi cerebro. Ella percibió de inmediato mi temor: lo pude ver en su cara. De modo que regresé a mi conciencia común y ella desapareció”.

Qué duda cabe que si este episodio, detalle más, detalle menos, en vez de ocurrir a principios de siglo dentro de una espaciosa habitación hubiera ocurrido decenios más tarde a campo abierto, tendríamos un típico cuasi aterrizaje de un OVNI.

Incluso, lo exiguo del “aparato” para transportar a su tripulante no deja de despertar ecos en mi memoria. ¿Nunca les llamó la atención las en ocasiones exiguas y estrechas proporciones de las “naves espaciales” en relación al tamaño de los tripulantes que luego parecen emerger de ellas?

Pero lo más importante es la identificación que de sí misma hace la aparición. Me recuerda otro caso, ocurrido en Zimbabwe, África, el 31 de mayo de 1974, cuando una joven pareja conduciendo de noche su automóvil por una carretera rural y despejada, fue interceptada por una poderosísima luz proveniente de lo alto: Peter, el conductor, pierde el control del vehículo que parece ser controlado a distancia, mientras la temperatura dentro del mismo desciende muchísimo (estaríamos aquí ante otro vínculo entre Parapsicología y OVNIs: los fenómenos de “termogénesis” o cambios bruscos de la temperatura ambiental por causas aparentemente no físicas) y protagonizan un episodio de “tiempo perdido”.

En hipnosis, él y su esposa, Frances, dicen lo siguiente:

“Dentro del auto, nos programaron… mi esposa se quedó dormida, o la radio, que tenía la voz de “ellos”, la hizo dormir, de modo que no puede recordar mucho de lo ocurrido dentro del auto. Una forma se filtró hacia el asiento trasero, estuvo allí sentada durante todo el viaje y me dijo que yo vería lo que quisiera ver. Si lo quería ver como un pato, entonces sería un pato; si lo quisiera ver como un monstruo entonces lo vería como un monstruo”.

En otras palabras: la entidad, la inteligencia se presenta a sí misma como proteiforme, como oportunamente enunciáramos.

Es evidente en Jung su deseo de no profundizar en los aspectos materiales del OVNI, simplemente porque como psicólogo le resultaría irreconciliable admitir una inteligencia extraterrestre –en el sentido de “fuera de lo humano”– cuando acababa de perfilar con tanta justeza una teoría inconsciente sobre estas observaciones.

Pero individuo honesto a rajatabla, no puede negar esa materialidad, aunque se limita a subrayarla en la introducción del trabajo ya citado. Aun más: en esos tardíos años ’50, la sola suposición de objetos extradimensionales, fuera del “pulp” de la ciencia ficción, era cosa de alucinados. Y no sería Jung quien en el ocaso de su vida arriesgara todo el prestigio que tan duramente se ganó proponiendo esta explicación.

Pero es obvio que cuando habla de los OVNIs como entes psicoides, esto es, objetos que tanto comparten una realidad física en el “allá afuera” del individuo como psicológica en el “aquí dentro” de su mente, seguramente estaba pensando en ello. Y, quién sabe, en las tremendas implicaciones. Porque si la realidad OVNI es psicoide, la evolución en las manifestaciones del fenómeno no habla sólo de un cambio en la exteriorización del mismo: habla también de una evolución en el psiquismo colectivo de la humanidad, ya sea porque el ovni produce el cambio psíquico o el psiquismo induce la evolución fenomenológica del ovni. Y esto es mucho más que un “salto cuántico” del Inconsciente Colectivo: es evolución, en un sentido biológico e histórico, lisa y llanamente.

Simplemente, porque la unidad en la acción significa unidad en la finalidad. Ciertamente, el genial psicólogo creía en los OVNIs como “símbolos”, pero entendiendo tal palabra no en un sentido peyorativo, de cosa ficticia, fetichista o imaginaria, sino como algo que representa lo vago, desconocido u oculto.

No podía aceptar que el OVNI fuera lo que aparentaba ser, básicamente porque él sabía mejor que nadie que hay aspectos inconscientes en nuestra percepción de la realidad, como el hecho de que, aun cuando los sentidos reaccionen ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad exterior al de la mente. Dentro de ella, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse, porque la psiquis no puede conocer su propia sustancia psíquica.

Por tanto, cada experiencia OVNI contiene un número ilimitado de factores desconocidos. Los OVNIs son absurdos como los sueños. Pero, como ellos, existen. Dejan huellas físicas pero violan permanentemente “sus” leyes, tal vez para recordarnos que en buena medida tampoco son físicos. Aunque sospecho que, en realidad, son hiperfísicos. El hecho es que muchos supuestos EBEs (Entidades Biológicas Extreterrestres) y ovnis presentan características anodinas (antenas en “V” los primeros, escalerita o faroles los segundos), que parecen más tomadas de la mente de los testigos que respondiendo al uso real que pudieran darle los ET.

Además, es más un ejemplo de conceptualización equivocada del futuro, que elementos de una civilización tecnológica. A veces tengo la sensación de que dentro de la interrelación del Fenómeno OVNI con la historia humana estamos a un paso de vivenciar una “profecía autocumplida”. Creo que la presencia de los OVNI nos está anunciando algo, pero temo que nos ocurra como cuando el oráculo de Delfos le dijo al rey Creso que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino; sólo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, luego de cruzar el río, fue cuando ese rey se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era el suyo propio.

Si los OVNIs tienen un componente “psicoide” que interactúa con el Inconsciente Colectivo de nuestra especie, pueden estar comportándose como los sueños del Inconsciente Personal o Individual que, a veces, anuncian ciertos sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad.

Muchas crisis de nuestra vida –sin que se trate aquí de premoniciones– tienen una larga historia inconsciente. Vamos hacia ellas paso a paso sin darnos cuenta de los peligros que se van acumulando. Pero lo que no conseguimos ver conscientemente, con frecuencia lo ve nuestro inconsciente que nos trasmite la información por medio de los sueños.

Si los OVNIs son sueños del Inconsciente Colectivo a caballo con la Realidad, están influyendo, interactuando, impulsándonos y advirtiéndonos. ¿De qué? Eso, trataremos de develarlo en este libro.

No quiero abusar del término “símbolo” sin abundar un poco sobre su significado. Puntualicemos en principio la diferencia entre “signo” y “símbolo”, ya que mientras el signo es siempre menor que el concepto que representa, el símbolo siempre significa algo más que su significado evidente e inmediato.

Los símbolos no sólo se producen en los sueños. Aparecen en toda clase de manifestación psíquica. Hay pensamientos y sentimientos simbólicos, situaciones y actos simbólicos. Frecuentemente, hasta los objetos inanimados cooperan con el inconsciente en la aportación de simbolismos.

En consecuencia, si el OVNI es símbolo además de su existencia física, lo es en tanto y en cuanto significa o remite a otra cosa. El enfoque jungiano puede aportar una clave inédita para entender al Fenómeno OVNI. No solamente por su aproximación revolucionaria –más aún, en la época en que fue formulado y mucho más, pues numerosos cultores del mismo ni siquiera lo han comprendido, o, parafraseando al maestro, están enfermos de “misoneísmo” (rechazo a lo novedoso)– de realidades psicoides, a horcajadas entre el mundo de la materia y el mundo de la mente, sino porque libera una vía alternativa, que no es la del pensamiento lineal sino la del pensamiento alternativo, para conocer su origen.

En “El hombre y sus símbolos” escribe así:

“…Estos cuatro tipos funcionales corresponden a los medios evidentes por los cuales obtiene la conciencia su orientación hacia la experiencia. La percepción (es decir, la percepción sensorial) nos dice que algo existe; el pensamiento nos dice lo que es; el sentimiento nos dice si es agradable o no lo es y la intuición nos dice de dónde viene y adonde va…”.

Quizás premonitoriamente, Carl Jung sembró nuestra inquietud de aunar una aproximación parapsicológica y esotérica al Fenómeno OVNI.

Mencioné líneas arriba cómo muchos seguidores de la escuela jungiana parecen tener pánico de extrapolar y profundizar sus consideraciones. Esto es más que evidente en torno al Fenómeno OVNI, donde se abusa hasta el hartazgo con la intención de reducirlo a la categoría de arquetipo. Pero en este y otros casos, el término “arquetipo” es comprendido mal, como si significara ciertos motivos o imágenes mitológicas determinadas. Éstos no son más que representaciones conscientes; sería absurdo suponer que tales representaciones variables fuesen hereditarias. Y, si son representaciones, y si el OVNI –o, mejor dicho, “la observación de ovnis”– es arquetípica, entonces es representación de algo. De qué, es tras lo que estamos.

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