Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

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ESOTERISMO PARA OVNÍLOGOS: EL PARADIGMA DE HAMELIN

Publicado por Gustavo Fernández en 07-12-2009


“La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte. Si el mundo matematizable fuera el único mundo verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajes de la vigilia, la belleza de una fuga de Bach o por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona”.

Ernesto Sábato

Aun cuando entiendo y acepto que seguramente no seré comprendido por algunos de mis lectores (o, lo que es peor, seré mal comprendido) he decidido encarar con entusiasmo la redacción de estas líneas, convencido de que, cuanto menos, estas reflexiones, si bien no tienen la soberbia de aspirar a codificar la “verdad revelada” en torno al enigma de los OVNIs, sí constituirán en su defecto, un enfoque renovador para muchos, proponiendo –proponiéndoles– rever sus propias concepciones en torno a la temática. Si luego de esa revisión tales concepciones permanecen incólumes, esto también será un rédito positivo de este trabajo, pues por lo pronto habrá servido para poner a prueba –y en ese hipotético caso– reforzar las creencias preexistentes. De no ser así, su carácter revulsivo motivará a replantear enfoques que, por ende y hasta ese momento, habrán tenido más de anquilosadas que de razonadas.

Sé también que proponer este extraño maridaje entre Esoterismo y Ovnilogía escandalizará a muchos, aunque tal vez sea sólo una expresión de deseos de mi pedantería suponer que mis opiniones puedan escocer a más de uno; entonces, auguro para ellas el silencio de los indiferentes y el olvido de los frívolos. No importa; en el resbaladizo terreno que nos ocupa, la imperturbabilidad de una creencia a través del tiempo no es señal de la fortaleza de la misma sino, en todo caso, de la inseguridad psicológica de quien la sostiene, más afín a encerrarse entre los muros de la doctrina aceptada que a enfrentar el desolado valle de los cuestionamientos.

Porque va de suyo que en una época donde el paradigma dominante es el científico, donde, como escribí alguna vez, un individuo es creíble más por los oropeles académicos que presente que por la certeza, equilibrio o justicia de su pensamiento; donde el referente de lo cierto y creíble pasa por la exhibición cuantitativa de títulos –olvidando de manera demasiado sencilla que detrás del diploma y del guardapolvo yace una naturaleza humana con los viejos miedos y las pasiones de siempre de cualquier otro ser humano– y perdiendo la perspectiva histórica de que cada época tuvo su propio referente: (eclesiásticos en la Edad Media, políticos y militares hasta la segunda mitad del siglo XX, medios periodísticos con ínfulas de ángeles guardianes en la segunda mitad del mismo) en esta época, decía, el Esoterismo –palabra que muchos critican pero pocos estudian– retrotrae el pensamiento colectivo a épocas oscuras de ancianas espantosas revolviendo malolientes calderos. Tanto es así, que en una época como la nuestra, donde la información circula tan libremente que se supone que tenemos una visión panorámica bastante acertada de todas las cosas, al Esoterismo se lo asocia con supersticiones dignas de espíritus débiles, malignidades disfrazadas de hipocresías u oscuras manipulaciones de las vertientes más sangrientas del poder político.

Y bien sí. Es cierto que lo que los medios llaman “esoterismo”, a través de revistas planeadas inteligentemente para vender recetas mágicas a las masas (pero hechas por periodistas profesionales, no por ocultistas), personajes deleznables a la sombra de gobiernos autoritarios o sensacionalistas programas de televisión donde draculianas damiselas exóticamente sedientas de sangre dicen practicar las artes ocultas, todo esto, en fin, abona la perversa (en el sentido psicológico de la expresión: “desviado de lo correcto”) sensación de que lo brujeril, ocultista y necromántico es el residuo vergonzoso de la ignorancia de la humanidad. Y, con la misma certeza, sé que tratar de explicar que existe un esoterismo serio, responsable, filosófico, fundamentado, racional y que puede aportar interesantes concepciones para abordar el fenómeno OVNI, será mirado con sorna por los mismos espíritus críticamente racionalistas y echado al cesto de residuos. O la papelera de reciclaje de su PC. Y, como veremos en los párrafos siguientes, tal actitud no responde a la “fundamentación científica” de esa execración del Esoterismo, aunque se le disfrace de tal, sino a motivaciones más profundas, oscuras e incontrolables.

Porque si nos proponemos estudiar alguna relación entre Esoterismo y Ovnilogía, primero debemos entender a aquél. Y con ello comenzaremos.

Dije líneas atrás que la imagen popular que el vulgo reserva para el Esoterismo se encuentra más cercana a la lechuza en el hombro que a la del filósofo. Pero ello deviene sólo de una pauperización de lo que se filtró al público, a través de las épocas, sobre estas ciencias. Alguien diría que si así ocurrió, después de todo, es responsabilidad de los propios esoteristas. Y quizás no le falte razón: sólo puedo decir en descargo de aquellos que creían, históricamente, tener sus buenas razones para hacer del Esoterismo algo oculto, es que estaban alentados por la buena intención de evitar más dolores que alegrías a su prójimo. Como escribiera un viejo sabio chino: “Ten cuidado de que el conocimiento no caiga en manos de príncipes ni soldados. ¡Atención!. Que no haya una mosca en tu laboratorio mientras trabajas”.

Si alguien supone que el Esoterismo proponía una forma de aristocracia del conocimiento, estaría en lo correcto. Pero en el sentido etimológico de la palabra aristocracia: “gobierno de los mejores”. No en un sentido político, económico, de sangre o de poder; sino en una acepción intelectual y espiritual.

No es éste el lugar idóneo –aunque me gustaría hacerlo– para discutir si la “democratización del conocimiento”, más allá de sus evidentes beneficios, es necesariamente el camino hacia la perfección de la especie humana. Pero convengamos en que el conocimiento que en unas manos solidariza y apoya la vida humana, en otras la destruye. No debe deducirse, sin embargo, que el Esoterismo propugnaba una “elitización” de la ciencia, como algo sólo para unos pocos. El eterno dilema de “quién le pone el cascabel al gato” sobreviviría sin esfuerzos. Simplemente, los antiguos esoteristas proponían al sabio como un hombre universal; universal en sus conocimientos, un científico que emocionara al escribir poesía o música en sus ratos libres o viviera de acuerdo a la presencia divina en la naturaleza. Un Leonardo da Vinci, por caso: arquitecto, matemático, pintor, músico, astrólogo. Porque a poco que buceen ustedes en los textos –los serios, se entiende– de Esoterismo, descubrirán su Gran Secreto: lo que llevó a la humanidad a épocas de barbarie y desazón, de hambrunas y guerras, del mal imperando sobre la Tierra, ha sido la separación, el divorcio entre lo material y lo espiritual, entre lo científico y lo místico (evito decir ecleciástico: lo espiritual no es patrimonio exclusivo de alguna Iglesia), entre la mente y, a fin de cuentas, una especulación como el alma. Así que olvidando calderos y escobas, pentáculos y patas de conejo, podemos definir al Ocultismo como una forma de conocer la Realidad, aunando lo racional (ciencia), lo místico (espiritualidad) y lo estético (arte).

Porque tres, y estas tres son precisamente, las formas de aprehender la naturaleza que tiene el hombre: a través del análisis de las cosas, de descomponerla en sus partes menores, sean éstas materiales o tan eidéticas como puras matemáticas: a la rosa la puedo comprender como la suma de pistilo, tallo, pétalos y corola, pero también puedo emocionarme con ella, aceptarla como obra de un dios creador (espiritualidad) y entonces colijo que a la naturaleza puedo percibirla por vías iluministas, o bien describirlas en un lienzo, un poema o una melodía, transmitiendo las sensaciones que aquélla me inspira, y entonces podré escribir de cómo describo la naturaleza mediante el arte. Si la Realidad se parece más a lo que enseña el científico, el religioso o el artista, es sólo cuestión de paradigmas.

Pero, en todo caso, es un hecho que privilegiar una y sólo una de esas concepciones es una forma mutilada de conocer. En consecuencia, tan limitado era el sacerdote medieval que creía que la Iglesia enseñaba todo lo que valía la pena y lo que estaba fuera de ella o era inútil o era demoníaco, como el médico, físico, astrónomo o psiquiatra que de manera enciclopédica –y en ocasiones con un tinte de soberbia– pontifica que el conocimiento exotérico (esto es, el que se transmite de un dador a un receptor que acumula pasivamente información) es el único válido. Y mientras tanto, seguramente, el músico o el poeta mirará con suficiencia a ambos porque, después de todo, él es el único que transmite el “verdadero” conocimiento.

Cada época ha estado marcada por el paradigma dominante de una forma de conocer la Realidad. Lo escrito: lo religioso en el medioevo, lo científico positivista y materialista en el siglo XIX y buena parte del XX, el arte en los ’60. Pero como siempre el Todo es más que la suma de las partes, el verdadero conocimiento debe aunar todas esas vertientes. Y eso es lo que busca el Esoterismo.

Si lo hace con velas u oraciones, o en esos depósitos pétreos de sabiduría que han sido las catedrales, donde la ciencia de su construcción se suma a sus propósitos religiosos y al arte que conmueve aun a los ateos, es cosa de anecdotario. Lo científico no pasa por la computadora o el diploma y lo supersticioso por los sahumerios o talismanes: lo serio o ridículo de un tema nunca será el tema en sí, sino el método –o la falta de él– con que abordemos su estudio. Es más supersticioso, en el sentido de depender de una mentalidad “mágica” el estudiante universitario que repite como un sonsonete y doctoralmente las conclusiones dictadas por su académico profesor (conclusiones que difícilmente cuestionará durante su carrera, sino que se limitará a tratar de repetir y aplicar) que el shamán de la tribu empeñado en recoger ciertas hierbas en la jungla bajo determinadas aspectaciones astrológicas para ver si era cierto lo que el hechicero de la tribu de las montañas le prometió como resultados. Así que comprender qué es verdaderamente el Esoterismo –sin ceder a los estereotipos que naturalmente proponen ciertos medios– implica aceptar cambiar nuestros paradigmas mentales. Aceptar que tal vez la Ciencia detente el poder de la Verdad hoy en día pero, así como no tuvo su exclusividad en el pasado, nada asegura que la tenga en el futuro. Aceptar que “hacer ciencia” no es refutar casi por deporte, ni demandar “pruebas” cuando aun muchos de sus postulados podrían refutarse, usando esas mismas pruebas en sentido contrario. “Hacer ciencia” no es, como algunos periodistas metidos a divulgadores científicos repiten de memoria, “explicar lo desconocido en términos de lo conocido” sino precisamente lo contrario: explicar lo conocido en términos de lo desconocido. Porque se trata de explicar un hecho, que constatamos (lo conocido) pero cuyas causas ignoramos, buceando en originales e inéditas hipótesis (lo desconocido) que nos ayuden a avanzar un paso más en las tinieblas.

Veamos un simple (supongo que escandaloso) ejemplo de “inversión de la prueba”: el “efecto Doppler” (el corrimiento al rojo en las bandas espectrográficas) que observó Friedmann ya en 1922 alentó –hoy universalmente aceptada por la astronomía– la teoría de la expansión del Universo; una superburbuja cósmica en permanente dilatación. Estos son hechos; repetidamente constatables por la astronomía y la astrofísica. Después de todo, ¿quién no oyó hablar de la expansión del Universo?. Y yo no puedo negar los hechos. Sólo que, confieso que más con intención de bufón que de anarquista de la cultura, se me ocurre que si podemos decir que el Universo se expande con relación a nuestro planeta y nuestros cuerpos, también podemos afirmar que el Universo tiene un tamaño constante y es nuestro planeta y son nuestros cuerpos los que se están empequeñeciendo rápidamente. Y manejando sólo los fríos datos, si vemos aceptable lo primero y delirante lo segundo, no es como consecuencia de un conocimiento real sino porque en nuestro paradigma lo primero está incorporado y lo segundo no. Lado a lado, la expansión del Universo es, para la chiquita mente humana, tan absurda como la contracción de nuestros organismos. Y que un lector vea coherente lo primero y como locura lo segundo, no es un acto de pensamiento, sino de emoción. Lo que me lleva a la enunciación de la Segunda Ley de Fernández (para la Primera, busquen en otros trabajos míos: “La gente llama pensar a buscar desesperadamente argumentos para justificar sus creencias previas”.

“Si hay algo seguro en nuestros conocimientos es la verdad de que todos los conocimientos actuales son parcial o totalmente equivocados. Dentro de cien años parecerán monstruosas las operaciones cometidas por los médicos del siglo XX en los ulcerosos. En general, les parecerá bastante cómico el afán de las curaciones locales, tendencia del hombre ingenuo a dividir la realidad. La experiencia realizada hasta el presente ha mostrado que viejas teorías que constituían Dogmas apenas han resultado ser Equivocaciones. Este hecho melancólico debería hacer meditar a los médicos y en general a los científicos que dogmatizan. A menos que piensen, valerosamente, que ese proceso de transmutación de Dogma en Equivocación ya terminó y que ahora todo lo que dicen es inmutable. No veo, sin embargo, por qué ha de poder establecerse un límite entre el Dogma y la Equivocación que pase, justamente, por nuestro tiempo”.

Ernesto Sábato

Muchos ovnílogos están afectados de una forma extraña de solipsismo: creen que su disciplina merece un crédito científico injustamente ignorado por el academicismo, pero les repugna que desde esa académica óptica se les englobe en la difusa categoría de “pseudociencias”, sospechosamente vinculable a un amplio espectro de disciplinas consideradas como residuos supersticiosos, tales como la Astrología, el Tarot o la Parapsicología.

Cada uno de estos temas los suponemos independientes entre sí. Y digo “los suponemos” porque por economía de hipótesis sólo sabemos que es una presunción; con el mismo encadenamiento de escepticismo (no sé si escribir “lógica”) que me llevaría a afirmar que, por caso, el Tarot nada tiene que ver con los OVNIs, pero partiendo de premisas distintas puedo sostener exactamente lo contrario. Si pertenezco al “pelotón de tuercas y tornillos” deduzco lógicamente que es absurdo establecer cualquier relación entre naves extraterrestres que visitan nuestro planeta y la manifestación de fenómenos extrasensoriales a partir de la estimulación inconsciente con símbolos que aparezcan en combinaciones varias (que no otra cosa es el Tarot). Pero si mi preconcepto es que las manifestaciones OVNI pertenecen más al mundo espiritual que al de lo material (ambas teorías, a partir de la casuística de los últimos cincuenta años, son igualmente defendibles), entonces es muy sencillo, mediante un común denominador parapsicológico, establecer una conexión. Para los primeros, sonaría muy poco fiable abordar la investigación (sino del OVNI, cuanto menos la del testigo) echando los naipes sobre el asunto; para los segundos, en cambio, sólo con ese método creerían aportar algo más que con un análisis computarizado.

Creo que la Parapsicología y el Ocultismo, con sus herramientas carentes de “marketing institucional” mucho pueden aportar a la Ovnilogía. Porque después de cincuenta años, poco es lo que sabemos a conciencia, y mucho lo que elegimos fantasear. Pero mientras permanezcamos abroquelados en el corset cientificista como única vía para “aprehender la Realidad”, mientras algunos de nosotros no apostemos a la alternativa de indagar otras formas, astrales si se quiere, de adquirir información sobre lo que nos interesa, nuestra ignorancia seguirá viciada por el paradigma dominante. Aunque los científicos en general y los escépticos en particular miren con sorna nuestras enseñanzas milenarias. Aunque se nos trate de ridiculizar hablando del poco “cientificismo” (aunque siempre confundan “cientificismo” con “especialización”) del que hacemos gala porque, según ellos, poco profundos podemos ser en nuestros estudios si nos dedicamos a “todo”: OVNIs, parapsicología, astrología… Olvidando demasiado fácilmente que, en cambio, ellos sí se consideran preparados para negar todo; si ellos reúnen condiciones para expedirse negativamente sobre OVNIs, telepatía, homeopatía, tarot, runas, el yeti o la energía de las piedras… ¿porqué otros no podemos hacer exactamente lo contrario?.

Esta es una de las evidencias que me convencen de concluir que la argumentación en pro o en contra no depende tanto de las “pruebas” o la “investigación”, sino de la preexistencia de un determinado paradigma al que se pertenece.

Eso podría llevarme a cuestionar la existencia de un “libre albedrío” en la elección de la opinión personal. ¿Hasta dónde soy dueño de lo que elijo pensar y creer, no estando ese pensamiento predeterminado y condicionado por el marco cultural, la influencia mediática o las necesidades, angustias y carencias emocionales?. ¿Puede el joven nacido y criado en un ambiente de honestidad, donde desde pequeño observa los beneficios del correcto y justo proceder, realmente “elegir” entre el bien y el mal?. Seguro que sí, pero tanto a nivel consciente como inconsciente, existirán ya ciertas tendencias dominantes, y se requerirán vivencias traumáticas o personalidades desequilibradas para inclinarse hacia el mal. ¿Puede elegir un joven nacido y criado en un ambiente delictivo, amoral e inhumano, donde desde pequeño sólo observa que el “peor” (desde el punto de vista del honesto) o el “mejor” (desde el punto de vista criminal) es el que obtiene las mayores ventajas?. También seguro que sí, pero se requerirá una personalidad consolidada para ejecutar esa opción, una personalidad que sólo puede nacer de una voluntad puesta al servicio de la reflexión desapasionada. Porque detrás de “escépticos” y “creyentes” existe un sustrato común a su esencia aunque distinto en apariencia: las pasiones, la emocionalidad. Lo que enseña que, aunque se cubra de una pátina de intelectualidad, la gente es básicamente emocional, y su intelectualidad está “monitoreada” por el alter ego de las emociones. Por lo tanto, el paradigma cientificista de esta época no es la conclusión de un proceso de análisis colectivo: es apenas un estado de ánimo.

Por eso necesitamos otra forma de conocimiento: y esa forma es el Esoterismo.

“…Independientemente de cuáles sean sus resultados finales, puede que nunca lleguemos a aclarar por completo el misterio de los OVNIs, ya que siempre existirán unas mentes humanas sobre las cuales pueda actuar creativamente. Podría resultar ser una constante que se sucede a lo largo de los siglos, modificándose al nivel de cada época, localidad y habitante de este planeta. Si mantiene su actual estructura global, lo tendremos siempre corriendo delante de nosotros, tentando al hombre e incitándole a contemplar a su mundo con otros ojos, haciendo saltar nuevas ideas y estados de conciencia y llenando a la gente de sentimientos de asombro y respetuoso temor cada vez que observen a esos mensajeros de la luz atravesar los cielos de la Tierra…”

David Tansley

Finalmente, además de comprender que lo ocultista o esotérico es un método para conocer, debemos admitir que lo cognoscible, el OVNI, también requiere un abordaje más espiritualista sin negar su realidad física. En efecto, el tema OVNI gira hacia lo místico (¿quién podría negarlo?) y esto puede deberse sólo a dos razones:

a) porque el tema es de naturaleza mística.

b) Porque refleja el inconsciente de la gente. Pero la gente tiende al consumismo. Entonces refleja las represiones y las necesidades de esa misma gente. Mas entonces estamos atrapados en y por la oración (¿una tautología?). Si no útil para otra cosa, por lo menos esto demuestra la falacia de los argumentos psicologistas porque se puede construir una aparente explicación lógica que no implique necesariamente que eso sea así. Lo posible no es lo probable.

Como corolario, entre las risas de los escépticos que escucho a la distancia sobresale esta oposición: “Pero, ¿porqué siempre hay que buscar lo espiritual, lo divino, lo metafísico?”. Y levantando la voz (para que mi contendiente me escuche entre las risas de sus compañeros), repito aquello que hace años me convenció, en un orden más trascendente, de la existencia de una Divinidad: lo divino, lo místico y lo espiritual existen porque si para la mente hay una necesidad de ello es porque en algún lugar, de alguna forma, hay algo que la satisface.

Pero, en fin, temo que muchos y muchas preferirán, ante lo subversivo de estas aproximaciones, seguir los plañidos de algún vendedor de mensales revelados donde todas las preguntas tienen respuestas, siempre a gusto del consumidor. De ser así, será la hora de comprar una flauta.

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EL FANTASMA DE LA GUARNICIÓN

Publicado por Gustavo Fernández en 19-09-2009

Durante 1979, me tocó cumplir mi período de servicio militar obligatorio en el ejército Argentino, siendo destinado a la Guarnición Militar Sarmiento, provincia de Chubut. Esta guarnición –a la fecha de los sucesos, la más importante del sur argentino- se encuentra ubicada a ocho kilómetros del pueblo homónimo, colonia Sarmiento, y a casi doscientos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Para una mejor ilustración, diremos que está ubicada en un punto situado en el centro de la meseta patagónica y prácticamente sobre la frontera con la provincia de Santa Cruz, en pleno desierto.
Es una región asaz extraña, casi lunar. Flanqueando la guarnición se encuentran dos lagos, sumamente extensos, conocidos uno como Colgué Huapí y otro como lago Musters, en honor al decimonónico explorador inglés de la Patagonia. Este segundo es el menor, pero el más insólito. Se desconoce su profundidad ya que los sondeos realizados no lograron uniformar las presunciones sobre el fondo real, e inclusive científicos japoneses que estuvieron trabajando allí afirman que está subterráneamente conectado con el mar, pues el reflujo de las aguas coincide con las pleamares y bajamares en la costa.

Tal vez ésta sea la explicación para los fantásticos y mortales remolinos que sorpresivamente se forman en su superficie, habitualmente tranquila, y que ya ha engullido muchos botes con sus tripulantes para sólo devolverlos a la superficie en contadas ocasiones.
Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso frente a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la calma chicha del comienzo, sin explicaciones aparentes. En esas oportunidades me he preguntado hasta qué punto serían ciertas las historias de los elementales del agua luchando en su profundidad.
Toda la zona es extraña, sí. A pocos kilómetros existen dos reservas naturales de bosques petrificados. Es relativamente sencillo encontrar, casi a flor de tierra, fósiles prehistóricos de imprecisa antigüedad (a decir verdad, tal abundancia superficial sólo lo he observado en otros dos puntos del país: el Valle de la Luna, o Ischigualasto, en San Juan, y los alrededores de la Caverna de las Brujas, en Mendoza). Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y recuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, observaron una formación de extraños objetos luminosos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el cenit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” comenzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enciando algún tipo de señales a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad imprecisa”. A estar siempre de sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches siguientes.

Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron el día 8 de agosto de 1979. En realidad deberíamos decir que comenzaron un par de días antes, cuando la “idea forma” empezó a gestarse, a partir de una leyenda que ronda en el lugar con visos de verosimilitud.
Para ambientar esta historia, debemos recordar que hasta principios de la década del ’60 Sarmiento era, por su aislamiento natural e inhospitalidad, lo que se denominaba una “guarnición de castigo”, donde eran enviados soldados, suboficiales y oficiales penados por la comisión de diversos delitos y faltas, insubordinación o deserción. Fue entonces cuando se construyó otra base militar, Cobunco, en la provincia de Neuquen, que a partir de entonces pasó a ser la nueva “guarnición de castigo”, y Sarmiento se integró al conjunto de destinos militares convencionales. Creció, hasta alcanzar un número de efectivos de tres mil hombres, con dos barrios de viviendas –de oficiales y suboficiales- más las respectivas familias allí asentadas. Extendió sus límites, pero permaneció fiel al trazado original, absolutamente rodeada por el desierto.
Allá por 1954, ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscripto destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de días francos y licencias –habida cuenta de que difícilmente las tienen quienes se encuentran castigados- sus encuentros debieron ser absolutamente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
El 8 de agosto de ese año, por la noche, al conscripto de referencia le correspondía tomar guardia. Ciertas averiguaciones previas le permitieron saber que había sido destinado a lo que aún hoy se conoce como 2puesto del cementerio”, una casilla que es llamada así por estar situada en el acceso al camino que conduce al cementerio local, común a la colonia y a la guarnición. Incluso desde aquél es posible observar lápidas y cruces de éste, apenas delimitado con un sencillo alambrado. Este camino se prolonga hasta el pueblo, pero por lo general –especialmente en horas de la noche y considerando el lugar por donde pasa- no es transitado en absoluto. Era ideal, entonces, para una cita a solas. El muchacho se las arregló para hacer saber a su chica del horario que cumpliría –las guardias son de dos horas, siendo muy difícil que alguien se aparezca en el ínterin, y el propio puesto está protegido por una hilera de árboles, a salvo de miradas indiscretas- y quedaron entonces de acuerdo en encontrarse en ese punto.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro punto, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.
A la hora acordada, la joven bajó caminando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era especialmente oscura. El soldado, ya de por sí nervioso –como declaró en las investigaciones posteriores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.
Según los reglamentos, el centinela debe repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.
Y cuenta entonces la leyenda que todos los nuevos aniversarios de la muerte de la chica, su fantasma regresa al lugar clamando por su amor perdido.
Esa historia nos había sido contada a la mayoría de los soldados por campesinos del lugar, viejos suboficiales y soldados de clases anteriores. Según ellos, el “fantasma” no aparecía exactamente todos los años, pero las veces que sí lo había hecho solía ocurrir en la fecha indicada.
Debe tenerse en cuenta la naturaleza de la idiosincrasia y nivel social de muchos de los soldados allí destinados. En nuestro caso, pertenecientes a la compañía de Ingenieros 9, sumábamos doscientos hombres, de los cuales éramos solamente veinte provenientes de la Capital Federal, unos ochenta de la provincia de Buenos Aires –la mayoría habitantes de la zona rural- mientras el resto lo hacía de distintas regiones de la misma Patagonia, muchos aún nativos de las estribaciones cordilleranas. Seres humanos algunos inmersos en un permanente primitivismo, que sólo contactaban a otras personas más allá de su grupo familiar o allegados inmediatos tal vez en una oportunidad cada varios meses, cuando exigencias de la vida laboral campestre los hacían bajar hacia los poblados.
Al bajo nivel cultural y social, se sumaba en todos los casos una religiosidad rayana en las creencias más supersticiosas. Arrancados de su hábitat, se mostraban ante este nuevo y hostil mundo que comenzaban a conocer con una credulidad ingenua. Imaginen ustedes el típico perfil obtenible a partir de estos datos y comprenderán con cuánta facilidad habría de llegar a prender en estos muchachos el fuerte contenido emocional de ésta y otras historias.
El 8 de agosto de 1979, nuestra compañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en ooído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles…

Indolentemente caminaba yo por los alrededores del puesto principal de guardia, descansando de las tareas del día y hojeando distraídamente una novelita de ciencia ficción (y que con vergüenza recuerdo –para quienes me consideran un aburrido intelectual- que su título era algo así como “La Princesa Virgen de Marte Contra Los Monstruos de Ultratumba”) cuando una reflexión, digamos sociológica, me detuvo en seco: frente a mí, en uno de los camiones destinados al transporte de tropas, comenzaban a ser introducidos los soldados que irían a ocupar los distintos destinos de ronda. Todos los rostros, invariablemente, mostraban una preocupación que trataban de ocultar detrás de sonrisas forzadas por los inútiles chistes de rigor. Uno de ellos, un chubutense pequeño y moreno, habitante de las solitarias mesetas del Alto Río Senguer, fabricaba, con manos trémulas, dos trozos de madera y un piolín, un burdo crucifijo. Yo aún no lo sabía, pero en ese pequeño y simbólico gesto estaba preanunciando lo que ocurriría horas después…
Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía. Durante mi servicio militar odié, como todo otro conscripto, los toques de “diana” y de “retreta”, pero mi particular posición me permitía disfrutar de ese modesto placer que consistía en poder permanecer hasta horas avanzadas leyendo, escribiendo o tomando un café en absoluta soledad, mientras el resto de mis compañeros ya estaba durmiendo. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, camino al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.
Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escuchar nuevamente, pero ahora bastante más cerca. En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafarrancho era total. Imaginen ustedes doscientas personas, distribuídas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nadaq nos expondría tanto a ser blanco como encender las hileras de luces fluorescentes. Dos disparos levemente aislados se escucharon nuevamente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos cincuenta metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo… y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levantaba su fusil en nuestra dirección.

Rápidamente se reunió a los tres autores de los disparos y se les confinó en cuartos aislados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de éstos. Sabíamos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impidió, en primera instancia, conocer los pormenores.
Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: Exactamente a la hora 22:25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicentro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En realidad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.
El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos doscientos metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.
A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacudirse unos pajonales próximos a él, de donde surgió una forma que, munido de mayor tranquilidad, pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se repetirían en las noches siguientes: “Imaginá -me comentaba al día siguiente, en la cantina de soldados- un cono levemente truncado en la parte superior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos setenta centímetros de ancho en la base, flotando a unos treinta centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rápidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía… vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire caliente”. La aparición era demasiado clara –y sobrecogedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y continuó su ronda a la guarnición (empero, no fue observado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.

La opinión de los miliatares profesionales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a colación la cuestión de la “leyenda”) y la inexperiencia y el miedo de los otros hizo el resto.
Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo recomenzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las tres de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes… y ser mandados nuevamente a dormir.
Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejeros alemanes a cargo de nuestra compañía. Me cupo la responsabilidad de haber sido quien sugiriera, al mayor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedicación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó. Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –como opinaban ciertos hombres de armas metidos a psicólogos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sencillo que se asustaran mutuamente. Un perro carece de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaraciones, aparecía el ente, también es cierto que el miedo (o la ansiedad de ver algo) hacía que los soldados dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutardas” (gran ave de color blanco y hábitos nocturnos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.
Pero no eran únicamente soldados inexpertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos conscriptos a “tirar primero y preguntar después”. Algunos episodios fueron antológicos. Como aquella noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con ttres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los ochenta kilómetros por hora- y se desvió hacia unos matorrales que costean al lago Colgué huapí, desapareciendo de la vista.
Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia frente a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muyh próximo a una de sus paredes. El conductor del camión encendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a disparar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la seguridad de un zanjón) hasta que tomaron sus armas y asomados a una ventana, tirotearon las luces que se aproximaban. Fueron necesarios fuertes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicerfía, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.
De todas estas descripciones podemos extraer algunas conclusiones interesantes.
En primer lugar, hay cierta “materialidad” en el ente. Si bien las balas parecen no afectarle –un proyectil calibre 7.65 a pocos metros de distancia no es algo despreciable- recordemos que este ser desplazaba los pajonales y malezas a su avance. Por otro lado aparecía en los momentos de máxima tensión psicológica –de noche, en soledad y bajo la luna llena- y aún así, a lo largo de la misma se desintegraba aparentemente por momentos (recordemos que en la primera visión no fue observado en varios puntos del trayecto que debió haber recorrido) y, lo que es aún más llamativo, adquiría mayor definición cuando el perfil socio-psicológico del testigo era más bien bajo. Esto, sumado a una experiencia personal, me permite abundar en su verdadera naturaleza.
Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los suboficiales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue porque buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido voluntariamente en ninguna de las rondas de guardia.
Es así que allí estaba yo, con una temperatura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta veinte grados bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio ovejero alemán. Tomamos al animal y ambos, el suboficial y yo, nos dirigimos a paso lento directamente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las antiguas tumbas.
En determinado momento, nos sentamos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a lado, el militar y yo intercambiamos algunas palabras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.
Sorpresivamente, con un leve pero prolongado lamento, el animal irguió la cabeza y levantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.
El mismo pensamiento debe haber cruzado al unísono nuestras mentes porque, extrayendo rápidamente las pistolas de sus fundas, giramos ambos, buscando hacer puntería. Movimiento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.
Y desde esa p’osición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos veinte metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sorpresivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarswe y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.
Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuelta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado?.
Y asimismo me respondo: con toda seguridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.

Se me ocurre una hipótesis para explicar al fantasma de la guarnición: la idea-forma (ideoplastia) de un soldado –el primero- se corporizó, aunque sea esbozándose como involuntario protagonista de una ectocoloplasmosis (cuando mediante un mecanismo parapsicológico exudamos por los orificios naturales del cuerpo una sustancia –llamada “ectoplasma”- pero que adopta una forma definida), y vampirizando psíquicamente a muchos de los presentes adquirió cierta independencia psíquica durante un tiempo dado, el suficiente para que los humanos testigos se acostumbraran a sus paseos y en mayor o menor medida le perdieran el miedo –en ningún momento tuvo un comportamiento hostil- y dejara de ser permanentemente reforzado por quienes le visualizaban. Obsérvese un detalle para mí altamente significativo: cuando efectuaba una de sus habituales rondas, este ser era visto por aquellos individuos muy creyentes, crédulos o con personalidades hipersensibles (lo que también indica potenciales sensitivos extrasensoriales) y no por los soldados más escépticos o psicológicamente endurecidos (las “ovejas” y “cabras” de los experimentos parapsicológicos del doctor Rhine); aunque el trayecto del ser los tuviera como puntos de intersección de su camino. Pero aún hay más; mi análisis me permitió observar que quienes lo habían contactado de cerca, mostraban durante el día siguiente una extraña fatiga y cansancio, que no aparecía entre quienes no le habían visto (lo que no puede adjudicarse entonces al estrés que en ambos casos es similar) como si la energía psíquica de los mismos hubiera sido literalmente absorbida. En otras palabras, lo que los antiguos ocultistas medievales señalaban como característico de un egrégoro en formación.

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Carta abierta de un parapsicólogo

Publicado por Gustavo Fernández en 12-08-2009

En días que el tratamiento, ora seriamente preocupado, ora comercialmente desaprensivo, que ciertos medios de prensa hacen de lo esotérico, llama la atención que, pese a los amplios espacios dedicados a ello brille por su ausencia algún tímido intento de defensa de quienes creen haber encontrado en lo espiritualmente alternativo una forma lícita de reivindicar su albedrío. Para llenar ese vacío, y confiando -¿quizás ingenuamente?- en la tan mentada libertad de prensa que los argentinos supimos conseguir, es que escribí estas líneas.

No aliento siquiera la expectativa que cualquiera de los comunicadores sociales que lean estas reflexiones den a las mismas cabida en sus respectivos medios. Mentes más esclarecidas que la mía tendrán también mucho que opinar y, extrañamente, tal vez ellas mismas carezcan del espacio necesario. Por consiguiente, entiéndase esto como un tímido intento de llamar a la autorreflexión sobre lo que se ha teñido, de cara a la opinión pública, de amarillista frivolidad: lo esotérico.

Palabra de connotaciones mefistofélicas que, en realidad, sólo hace referencia a una forma distinta de percibir la realidad. Esoterismo, que proviene del griego “esoterykós” (“dejar salir”) es una forma de percepción de la Realidad, una filosofía que privilegia la intuición mística sin estar reñida con el conocimiento racional. Empero, se ha transformado en sinónimo de “sectario”, “manipulador” y –por qué no– satánico.

Muchos han aportado su granito de arena para que a la gente esto le suene así. Pseudosacerdotes o ministros de cultos varios que hallaron una jugosa manera de alimentar los fantasmas del vulgo para llevar agua a sus propios molinos, “especialistas en sectas” (¿Ah, sí?. ¿Y quién los especializa?) que encontraron en la convocatoria de los medios la oportunidad de decir lo suyo en medio del beneplácito generalizado, y ciertos periodistas más interesados en las orgías de escabrosas y sangrientas historias familiares, fronterizas con la locura, que en el correcto tratamiento de la información. Porque si así hubiera sido, el necesario “derecho a réplica” hubiera sido usufructuado por quienes nos sentimos espiritual e intelectualmente eclipsados por esta teatralidad del absurdo, esta frivolidad mediática.

Hablo como parapsicólogo, es decir, alguien que se ha dedicado de lleno, intelectual y laboralmente, a la investigación y aplicación, en la vida cotidiana de sus consultantes y alumnos, de hallazgos milenarios del campo de lo esotérico. Alguien que no reivindica para sí ilusorios poderes paranormales, sino que sólo entiende que en estas disciplinas, ridiculizadas pero también explotadas por los formadores de opinión cuando les conviene existe un reservorio de conocimientos que el hombre de la calle –lástima– se está perdiendo. Y como tal, la necesidad de protestar, quizás tímidamente, por el caótico manipuleo dado a este tema, es una imperiosa necesidad de coherencia.

Queda fuera de toda duda que en mi ámbito proliferan improvisados, delirantes y oportunistas. La razón es, precisamente, la zona crepuscular en que deambulamos desde el punto de vista del crédito social. La “intelligentzia” vernácula nos mira con sorna y las clases culturales –no necesariamente las socioeconómicas– más carenciadas acuden a nosotros en un extraño maridaje de necesidad y temor. Y ello, porque encuentran en el parapsicólogo, tarotista o lo que fuere, una alternativa espiritual, un orientador social que sienten carente en las instituciones religiosas convencionales. Y, desde éstas, en vez de buscar alternativas atractivas, simplemente se nos ataca. Se nos acusa desde “desviaciones del correcto camino tras la Verdad” (expresión levemente peyorativa de algunos teólogos católicos, convencidos que es bueno buscar a Dios siempre y cuando, obviamente, se acepte que su camino es el único correcto) y “ser instrumento de las fuerzas de Satanás” (al decir de los pentecostales). Por ejemplo, años atrás la forzada relación entre un centro alquímico de Buenos Aires y un sangriento crimen, sirve en bandeja ocasión para un festín troglodita. Que, por ser tal, es propio de ignorantes.

Porque suponer que la “práctica alquímica” induce al crimen –y la lectura subyacente, que debe ser prohibida– es algo tan tosco como afirmar que el fútbol induce al asesinato cuando, ciertamente, muere mucha más gente en la cancha y alrededor de ella que frecuentadores de centros esotéricos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido prohibir el fútbol. ¿Y acaso se ha prohibido la actividad de los pentecostales, después de la recordada matanza de Llonco-Luán, provincia de Neuquén, Argentina, en 1978?

¿Es lícito invitar a todo tipo de talk-shows, en exhibición infame, a un par de pobres neuróticos convencidos de tener “contactos con el más allá” manteniendo al margen a la pléyade de parapsicólogos serios e intelectualmente formados que trabajan en silencio?. ¿Por qué, sistemáticamente, se dice al público que “la parapsicología no es científica”, ocultándosele desde las cátedras universitarias que tocan el tema hasta el hecho que la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia reconoce desde 1976 a la Parapsicología como un lícito campo del conocimiento humano? ¿Por qué resulta tan fácil atacar al tarot, las runas, el I Ching, la Astrología, dejándoles en el menor de los casos un incómodo rincón como entretenimiento de frívolas reuniones sociales, en vez de estudiar en profundidad qué puede haber de cierto en ellas?

Existe un paradigma cultural dominante: aquél que afirma que lo serio es científico, y sólo lo científico es “serio”. Cuatrocientos años atrás, el paradigma dominante era el religioso, y sólo si el clero apoyaba algo podía considerarse digno de crédito. Treinta años atrás, la voz de mando entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto la tenían –obvio, cuando menos en Argentina– los militares. Y hace ochenta años, la respetabilidad de un tema era avalado si algún preclaro político de entonces le daba su espaldarazo. A veces me pregunto quiénes serán los depositarios de la verdad constituída, de aquí a quinientos años, a quiénes habremos entronizado como oráculos de-lo-que-debe-ser-creído… ¿Qué tal los poetas?

Quizás la cosa estribe no sólo en la falta de un adecuado control –en el sentido profiláctico y no represivo– de estas disciplinas (algo así supongo tendría la Organización Mundial de la Salud en cuenta cuando en 1987 propuso que se incorporara, en los países del Tercer Mundo, a los curanderos como parte de los programas de asistencia social) sino en la desunión en nuestras propias filas. Parapsicólogos que ansiosos de respetabilidad académica mirarán con desdén a las mancias adivinatorias, maestros metafísicos incómodos ante la posibilidad de ser sometidos a exámenes imparciales… Pero es aleccionador repasar la Historia y descubrir que en ocasiones, cuando una disciplina gana respetabilidad, no es a caballito de su seriedad académica sino de las adecuadas relaciones públicas que supieron hacer sus defensores. Aún hoy, cuando veo en televisión algún psicólogo pontificar sobre las etiologías de los “defensores de brujos” no puedo dejar de sonreír al recordar que nuestro país es uno de los últimos –como en tantas otras cosas– que aún mantienen al psicoanálisis freudiano en un pedestal, donde la Psicología, sin rendir demasiados exámenes científicos, entró a la universidad siendo más un arte que una ciencia. Y si no me creen, lean al epistemólogo Mario Bunge (“Pseudociencia e ideología”, Alianza Editorial, 1985): “… el psicoanálisis sigue haciendo estragos en la cultura popular y en las semiciencias sociales (…) no contiene modelos matemáticos, ni siquiera hace normalmente uso de la estadística (…) es un gran montón de conjeturas fantásticas, ninguna de las cuales ha sido confirmada concluyentemente al cabo de un siglo (…) El psicoanalista no cumple el mandamiento científico de “Buscarás leyes con el sudor de tu fente y las utilizarás para explicar y predecir”. Al psicoanálisis no se le debe una sola ley científica y ni una sola predicción certificada. En cambio, se anima a explicarlo todo, desde las fobias y los actos fallidos hasta el arte y la guerra. Y se atreve a entrometerse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales (…). Un auténtico quiste en la cultura contemporánea…”.

Seguramente más de un analista que lea esto tendrá algo que decir del inconsciente de Bunge (de la “mente inconsciente”, quiero decir) porque, como ya se sabe, el análisis tiene explicaciones para todo. Y Bunge también repartió gruesa munición contra los parapsicólogos. Pero esta mención basta para señalar cómo, dentro del propio ámbito científico, la Psicología –tan respetable ella– tiene una dudosa credibilidad.

De forma tal que cuando uno de sus representantes dictamina frente a las cámaras ante la mirada arrobada del periodista que tuvo la idea de invitarlo, estamos asistiendo a la dramatización de un paradigma, y no a una exposición consensuadamente científica.

Pero los parapsicólogos, y los espiritualistas, y los ocultistas (sí, los que nos sentimos más cerca de Dios/Diosa encendiendo nuestras velas y nuestros sahumerios, pronunciando nuestras oraciones en nuestros reductos místicos, en nada asimilables a las religiones constituídas) somos, si no presentamos tecnología, gráficos y un lenguaje florido, tildados como psicóticos o mercachifles. Y mientras en las prácticas de “magia blanca” oramos por el bien de los demás, nuestras voces y nuestras fragancias espantan a quienes sospechan que andamos en “algo raro”, los mismos que cada domingo, en la iglesia, también encienden velas, también pronuncian sus letanías, también queman incienso… también hacen su propio ritual de magia blanca. Pero poderosamente institucionalizado. Y allí parece resumirse todo. Porque mientras la gente confunda “religión” (“religare”: unirse con uno mismo) con “iglesia” (que viene del griego “ekklesía”, y significa “reunión de hombres”), seguirá pensando en nosotros como “herejes”. Y, en lo particular, me enorgullece serlo, ya que, etimológicamente, significa “el que elige”. El que elige su propio camino a la Divinidad, sin la necesidad de un Hermano Mayor orwelliano que me indique la dirección.

Quizás el día que parapsicólogos, tarotistas y otros facturemos ingentes sumas publicitarias en los medios de difusión, quizás ese día, sorpresivamente, la hipócrita ecuanimidad mediática anuncie su presencia. Mientras tanto, desplazados por una frivolidad conceptual, la de una muchedumbre que compra cualquier producto predigerido que se le ofrezca en la prensa sin analizarlo mucho, sólo nos queda, como módico consuelo, recordar las palabras de Chesterton:

Cuando las mentes prácticas nos inviten

a descubrir de qué frío maquinar

el mundo hecho está,

nuestras almas responderán en las sombras:

“Tal vez sí, pero hay otras cosas…”

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LA FUENTE INTELIGENTE TRAS LAS METACREENCIAS: una nueva aproximación a una Ovnilogía y Parapsicología comparadas

Publicado por Gustavo Fernández en 24-07-2009

Dedicado a tantos asistentes a mis conferencias que, bienintencionados, esperan relatos de extraterrestres, Apocalipsis cósmicos, embajadores de las estrellas, en fin… historias del inefable pelotón de tuercas y tornillos, y terminan retirándose con más preguntas que respuestas.

Si no queremos caer en un inútil estancamiento intelectual, debemos redefinir las Religiones y, aunque en principio nos parezca harina de otro costal, con ellas también la Ovnilogía y la Parapsicología. ¿Por qué?. Veamos el caso de esta última. Hay una Parapsicología “probable” (en el sentido que se puede probar, demostrar) y una “posible” (para no caer en la discusión de una “científica” y otra no, ya que lo “científico” no es el instrumental, el grado académico ni la terminología, sino los procedimientos y la actitud) ni una “experimental” y otra no (ya que si esta última fuera la segunda a la que quiero referirme, muchos de sus protagonistas dirían que ellos sí la “experimentan”, siendo entonces “experimental”). De cualquier manera, a la primera sí la podríamos llamar “estadística”, pues acumula historial cuantificable. Sin embargo, la consideración colectiva apunta a la segunda, y la primera, si bien progresa y profundiza, cada vez queda más oculta detrás del “ruido de fondo” de la otra, el de las creencias populares y la exposición mediática.

Lo mismo ocurre con la Ovnilogía. Está aquella que sus defensores abordan metodológicamente y la “otra”, la de los simples diletantes, que es también la considerada como tal frente a los masivos medios de comunicación. No perdamos de vista que hoy en día la opinión pública, si debe definir “Ovnilogía” seguramente apuntará a la segunda, la de contactados, mensajes más o menos mesiánicos y vivencias pseudoespirituales asociadas al fenómeno, no a la primera, de investigadores anónimos de campo, largos análisis históricos y sesudas estadísticas.

Entonces, el problema es que la Parapsicología y la Ovnilogía (con sus segundas definiciones) son “mitos”. El mito no es necesariamente algo falso. Es un relato o una explicación provisional de algo, cuando carecemos de un conocimiento cierto. La creencia en un mito no responde a una condición patológica —muchos de sus “creyentes” son personas jurídica y clínicamente fiables y equilibradas en cualquier otro contexto de la vida— sino más bien a una suspensión momentánea y voluntaria de la crítica. Es interesante profundizar cómo se llega a esto.

En el proceso de la “creencia”, debemos considerar la existencia de estos factores: (a) el creyente; (b) lo creído. La creído puede ser, como señala el investigador inglés H. Evans, (1) totalmente verdadero; (2) no totalmente verdadero; y (3) totalmente no verdadero. Si el creyente es una persona por lo demás en su sano juicio (dejando de lado las personalidades patológicas, un enorme número de “creyentes” supera con éxito los tests psicológicos —y desafío a demostrar que si sistemáticamente no los superaran, tampoco lo harían los escépticos sometidos a los mismos— su elección estaría dictada por la evidencia: (a) evidencia suficiente, o (b) evidencia insuficiente. Puesto que creyentes y escépticos no logran ponerse de acuerdo, debemos concluir en (b): evidencia insuficiente.

La creencia de tales personas en la evidencia insuficiente nace de la compulsiva necesidad inconsciente de racionalizar, es decir, explicar. Como esta explicación está construida sobre evidencia insuficiente, llena las “lagunas” con una especulación provisional: es un mito. Y es absolutamente sano y correcto aceptar mitos como explicaciones en tanto y en cuanto recordemos su naturaleza provisoria y estemos dispuestos, quizás mañana mismo, a cambiarla por otra. Parafraseando a Einstein, la única actitud que lleva correctamente al conocimiento es despertarse cada mañana poniendo en duda lo que se creía firmemente la noche anterior. Pero si se soslaya la naturaleza temporal y se lo usa como base de una creencia firme e inamovible, se transforma en rígido dogma y es cuando la aceptación de dicho dogma se convierte en requisito esencial para acceder al grupo de pertenencia de quienes creen en ese mito.

Así se institucionalizaron las religiones, todas. Perdieron de vista (o fueron intencionalmente manipuladas) su naturaleza de explicación circunstancial y lo fenoménico sirvió a la entelequia para consolidar una especulación metafísica. Lo mismo está ocurriendo con la Ovnilogía y la Parapsicología (en sus segundas acepciones). Es más, en la primera se observa cómo crece la proporción de “episodios contactistas” en relación a simple “casuística accidental”. El contactado dejó de ser un “elegido” (en términos estadísticos). De ello se puede deducir que la Ovnilogía y la Parapsicología (no las metodológicas, sino las “otras”) se están transformando en la mutación natural y necesaria de las viejas estructuras religiosas.

Ahora bien, a diferencia de otras creencias colectivas donde el Dogma se construye sobre la experiencia y anécdotas de unos pocos “elegidos” (Jesús, Mahoma, Buda, Moisés, etc.) en la actualidad estas metacreencias tienen en cada protagonista un dogma, una liturgia y una hagiografía. Pero las Viejas Grandes Creencias estaban (están) formadas por “colectivos pasivos” mientras que las Metacreencias están constituidas por “colectivos activos”. Los primeros son grandes grupos de personas que, devotas, aceptan los decires de sus Maestros, guías o sacerdotes, y tratan de alcanzar la Experiencia a través de las enseñanzas de otros. Los que integran un colectivo activo viven sus propias Experiencias, las cosas les pasan a ellos, construyen su propio sistema de creencias, que muta permanentemente.

De todo esto se infiere algo fundamental: los miembros del colectivo pasivo eligen acercarse a una Creencia y luego es posible (o no) que vivencien episodios afines a las mismas. Los miembros del Colectivo Activo viven sus Experiencias y luego se sienten integrados a una Metacreencia (aunque seguramente no lo dirían con estas palabras). Pero, como dije, las cosas les pasan, es decir, vienen de “afuera” de ellos, y generalmente de forma no deseada. Como suelen ser personas en su sano juicio y libre elección –esto lo señalé antes- es evidente la presencia de una Fuente exterior que les produce la Experiencia. Eso en lo individual. Pero, colectivamente, la suma de esas experiencias es lo que produce la mutación de las Creencias a las Metacreencias. Y, por definición, toda conducta que tiende a un fin, es inteligente. De allí que esa Fuente es Inteligente. El escalón siguiente sería definir de qué clase de inteligencia estamos hablando, pero de todas formas este razonamiento apunta, una vez más, a señalar que tras los episodios quizás mal llamados “parapsicológicos” y los mal llamados “ovnilógicos” hay una Fuente Inteligente común.

Otros artículos del mismo autor de lectura complementaria a este y también publicados en “Al Filo de la Realidad”

  • Aportes para un paradigma espiritual en la investigación ovni. (AFR Nº 72)
  • La experiencia de abducción como iniciación esotérica. (AFR Nº 52)
  • Contactados y revelaciones. (AFR Nº 64)
  • Introducción a la Sabiduría Antigua. (AFR Nº 99)
  • La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los ovnis. (AFR Nº 9)
  • Más allá del Umbral. (AFR Nº 40)
  • Percepciones modificadas de Otra Realidad. (AFR Nº 69)
  • Reflexiones sobre el origen extradimensional de los ovnis. (AFR Nº 67)

Si desea uno o varios de estos números, solicitarlos a: afreditor@gmail.com

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REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN EXTRADIMENSIONAL DE LOS OVNIs

Publicado por Gustavo Fernández en 19-05-2009

escribe: GUSTAVO FERNÁNDEZ

Debo comenzar este trabajo sentando dos posiciones, más por coherencia con el resto del artículo que por ser necesariamente válidas. La primera, uniformar algunos criterios respecto de los que giran alrededor del término “extradimensional”, lo que es lo mismo que definir qué entenderé, de aquí en más, por “otras dimensiones”. Expresión usada hasta el hartazgo en relatos de ciencia ficción, incluso definida –no demostrada– en geniales intuiciones matemáticas, campo fértil para todo tipo de desvaríos. Incluso el mío.

Una vez más, en necesario recordar –y explicar, para los recién llegados a estas discusiones– el ejemplo de “Flatland”, el planeta plano.

Imaginemos un cosmonauta cruzando el Universo en su nave espacial y encontrando, repentinamente, un mundo plano, o, mejor aún, un mundo de dos dimensiones. Lo que me obliga a escaparme otra vez por una de las ramas de este árbol metafísico para definir el concepto de “dimensión”.

Una dimensión, más allá –o más acá– de lo lúdico de la fantaciencia, es simplemente una forma de medida de las cosas. Nosotros nos desenvolvemos en un espacio de tres dimensiones: alto, ancho y largo (o profundidad). Cualquier objeto en el espacio en que vivimos puede ser ubicado y definido en término de esos tres parámetros. Ciertamente, y en respeto a Einstein y su genialidad, hablaríamos también de una cuarta dimensión: el tiempo.

Lo inextricable de la relación “espacio-tiempo”, lo indistinguible de uno en función del otro, es también una función de “medida”. Así que en ninguna forma es imposible –por lo menos, a los alcances didácticos– imaginar que un universo de cuatro dimensiones puede contener cualquiera de rango inferior, entre ellos, un mundo de dos dimensiones. Éste es Flatland, adonde arriba nuestro astronauta que, enterado de las particularidades del lugar y sus habitantes –ya que en un mundo plano podrían existir seres también planos, toda una civilización y una cultura quizás desarrollada pero bidimensional– y seguramente aburrido por un largo viaje en solitario, decide jugarles algunas bromas pesadas.

Por ejemplo, y valiéndose de un hipotético y gigantesco trépano, orada la superficie de ese planeta. Como sus aborígenes piensan y perciben en dos dimensiones, no podrían advertir que un trozo de la superficie de su mundo es perforado desde arriba por un objeto: simplemente, percibirían una zona de su mundo cambiando reiteradamente de forma y color. Y si por ese agujero cae uno de los chatos sujetos, los demás, involuntarios testigos, no verían a un congénere precipitándose al vacío sino desapareciendo en la nada.

Aún más; si debajo y paralelamente a ese Flatland hubiera un Flatland II, sobre el cual cayera el desgraciado individuo, los habitantes de este último no verían “caer” a alguien (el concepto de “caída” va necesariamente asociado al de “arriba-abajo” es decir, de “alto”, la tercera dimensión de que carecerían en esos mundos) sino que observarían, asombrados y asustados, cómo alguien como ellos sorpresivamente aparecería de la nada.

¿Cuántos testimonios, cuántas leyendas de todas las edades, cuántos relatos fiables nos han venido transmitiendo el recuerdo de sucesos similares ocurridos en nuestro propio mundo, gente que desaparece en la nada o que de la nada surge repentinamente, como si en nuestro planeta, este marco referencial de cuatro dimensiones, se precipitara algo o alguien desde un universo de “n” dimensiones más allá de las nuestras? Porque si un espacio de cuatro dimensiones puede en teoría contener un cuerpo de dos, un universo de, digamos, veinte dimensiones, ¿cómo no comprendería con facilidad un ámbito de sólo cuatro?

Estamos en relación a ese universo como la buena gente de Flatland con respecto a nuestro universo. Claro que seguramente el lector exigirá entonces que uno –yo– le “explique” cómo es ese universo de, por ejemplo, veinte dimensiones. Y esto me es imposible. Porque una lógica –la nuestra– un precondicionamiento cultural –el nuestro– una estructura cerebral –la nuestra también– esquematizada, modelada, estructurada en cuatro dimensiones, no podría comprender analíticamente, racionalmente, el concepto de “n” planos. Y no por falta de inteligencia, ni de información, ni de profundidad de razonamiento. En todos los casos, sería una inteligencia de cuatro dimensiones, información de cuatro planos, razonamiento de cuatro niveles. Sólo una impredecible evolución (impredecible no en el sentido de si sucederá, ya que estoy persuadido de que indefectiblemente llegará, sino en el sentido de cómo y cuándo) puede producir el “salto cuántico” que nos lleve a integrarnos conceptualmente a ese Universo superior al que pertenecemos sin saberlo. O, tal vez, “otras” formas de conocimiento –¿la mística, quizás?– nos dará el conocimiento que la razón desconoce. Y una breve digresión aclarará el porqué de esta suposición.

Entiendo que en el organismo humano nada es innecesario, superfluo, descartable. Que todo cumple (ha cumplido-cumplirá) alguna función. Hasta al desacreditado apéndice, impunemente extirpable, se le sospecha funciones de filtro que hasta un tiempo atrás se le ignoraban. Y qué decir de las amígdalas: décadas de filosos bisturíes extrayéndolas privaron a generaciones de recursos inmunológicos redescubiertos recientemente. Es decir que, cumpliendo conocidas leyes –aplicables tanto a la física celeste como a la economía de mercado– la naturaleza busca el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. La eficiencia. Y en función de la supervivencia –de la especie o del individuo, lo mismo da– todo en la estructura del ser humano tiene que tender hacia el mismo fin. Bien. Aceptado esto, ¿qué necesaria función natural cumple el pensamiento mágico, irracional, intuitivo, místico, religioso? Alguna vez escribí que si la psiquis del hombre necesita de lo mágico, es porque en algún lugar hay algo que satisfacerá esa necesidad. Así como el pensamiento racional, analítico, es una indudable arma de supervivencia y progreso, así el pensamiento mágico también tendrá su lugar de acción, su puesto a cubrir. Y tal vez ese puesto sea el de catapultarnos a una forma trascendente de percibir una Realidad, también trascendente. Multidimensional.

Por otra parte, atisbo el concepto de “n” dimensiones como algo más definible como una Realidad que contenga nuestra realidad. Como si la realidad fuera una ventana, y mirando desde dentro del cuarto pensemos que lo que alcanzamos a ver por el rectángulo es todo cuanto existe. Y así como nuestros órganos sensorios nos permiten percibir lo físico dentro de una determinada “ventana” –no escuchamos infrasonidos ni ultrasonidos, pese a saber que existen, no vemos vibraciones del espectro infrarrojas o ultravioletas, pese también a saber que existen– la comprensión lógica está constreñida dentro de ese marco. Y la mística, tal vez, sea como asomarse por el alféizar y mirar hacia ambos lados de la pared, arriba y abajo.

La segunda postura necesitada de aclaración tiene que ver con el origen pretendidamente extraterrestre de los OVNIs. En absoluto descreo de ello: simplemente estructuro aquí una hipótesis para cierto número de manifestaciones del fenómeno.

Más aun: como explicaré en otra oportunidad, creo que entre la Inteligencia extradimensional y ciertas Inteligencias extraterrestres hay un conato de acuerdo. Pero eso será tema de otro trabajo.

Por extravagantes que sean los planteos que voy a esbozar aquí, trataré de acreditarlos con pensamientos científicos. Atención: dije científicos, no académicos. O, como es dominante en el campo de los doctorados, “pensamiento estadístico”; pensamiento reductible a una enunciación axiomática que no necesariamente refleja toda la realidad, lo que es, a mi criterio, una de las grandes falacias del así llamado “racionalismo” de nuestros tiempos: enuncia leyes que parecen aplicarse en todas las circunstancias y por ello ser generales, pero pocas veces reflejan los pequeños matices de la realidad de todos los días.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que tengo un cajón lleno de pequeñas piedras rodadas y después de sesudos estudios y complicados cálculos enuncio la siguiente proposición general: “El 95 % de las piedras de este cajón tiene un diámetro promedio de 3 cm”. Este es un típico ejemplo de enunciación académica. Sin embargo, si tomo un escalímetro y anoto el diámetro de piedra por piedra previamente numerada, será muy difícil encontrar simplemente una sola que tenga exactamente tres centímetros de diámetro. Este es un elemental caso de “pensamiento estadístico” que desea camuflarse de “pensamiento científico”. Y aún cuando lo logre, como se ve, no necesariamente refleja la realidad.

El OVNI como ente “psicoide”

El eminente psicólogo suizo Carl Gustav Jung definía a los “entes psicoides” como elementos a caballo entre una realidad psíquica y una física, como objetos de conocimiento que comparten presencia en esos dos mundos. Para él, el OVNI era uno de tales. Indiscutiblemente (y lo ratificó puntillosamente en su libro “Sobre cosas que se ven en el cielo”, Editorial Sur, Buenos Aires, 1961) tenía realidad física: dejaba marcas en sus aterrizajes, quemaba los campos, era detectado por el radar… pero también tenía una componente psicológica poderosísima; Jung pensaba que expresaba la idea de “mandala”, palabra sánscrita que significa “círculo”, que en Oriente remite a pinturas hechas para prácticas de meditación (generalmente afectando esa forma, aunque en ocasiones pueden ser cuadrados) con representaciones de acciones de dioses y semidioses, combates mitológicos y hechos históricos o legendarios) pero que también, siguiendo sus enseñanzas, se encontraría como un símbolo latente en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad, para expresar la necesidad de búsqueda de sí mismo, o, más exactamente, lo que él llamó la necesidad de realizar (hacer realidad) el Proceso de Individuación. El completarse uno en sí mismo.

Leemos en “Actas de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas” de Londres, Tomo 35, parte 94, F.E. Leaning, “Estudio introductorio de los fenómenos hipnagógicos”, 1925:

“Fui consciente de que algo se movía y giraba delante y encima de mi frente. Tomó la forma de un disco de unos cuatro pies (N. Del T.: aproximadamente un metro treinta centímetros) de diámetro. Dentro del disco estaba sentada una joven. Era una bella criatura, de rostro muy amistoso y encantador. Muy simpáticamente, me hizo señas con su cabeza. Le dije: “¿Quién eres?”. Me respondió: “Soy tu Auto-control”. En el libro del doctor Bramwell yo había leído que el objetivo principal de todo tratamiento hipnótico debe ser desarrollar el autocontrol del paciente, pero jamás se me había ocurrido la idea de que eso significaba desarrollar una joven”. “Advierte cuán real soy”, me dijo, y extendió hacia mí su brazo y su mano. Palmoteé sus dedos. Oí el ruido que esto provocó y sentí el contacto. Luego, en esa ocasión, advertí algo extraordinario: sentí su mano como si fuera la mía. O sea, sentí lo mismo como si yo estuviera tocando mi mano derecha con mi mano izquierda. Sin embargo, mis manos no se estaban tocando, sino que descansaban sobre el cobertor de lana”. “De inmediato, ella se dispuso a salir del disco. Sacó su pie. Todavía recuerdo la media de seda con bellos adornos. Yo podía ver cada punto de la seda. Por eso, directamente decidí que lo mejor era que ella se quedara allí, pues empecé a sentirme inquieto no fuera que algo se hubiera descompuesto (sic) en mi cerebro. Ella percibió de inmediato mi temor: lo pude ver en su cara. De modo que regresé a mi conciencia común y ella desapareció”.

Qué duda cabe que si este episodio, detalle más, detalle menos, en vez de ocurrir a principios de siglo dentro de una espaciosa habitación hubiera ocurrido decenios más tarde a campo abierto, tendríamos un típico cuasi aterrizaje de un OVNI.

Incluso, lo exiguo del “aparato” para transportar a su tripulante no deja de despertar ecos en mi memoria. ¿Nunca les llamó la atención las en ocasiones exiguas y estrechas proporciones de las “naves espaciales” en relación al tamaño de los tripulantes que luego parecen emerger de ellas?

Pero lo más importante es la identificación que de sí misma hace la aparición. Me recuerda otro caso, ocurrido en Zimbabwe, África, el 31 de mayo de 1974, cuando una joven pareja conduciendo de noche su automóvil por una carretera rural y despejada, fue interceptada por una poderosísima luz proveniente de lo alto: Peter, el conductor, pierde el control del vehículo que parece ser controlado a distancia, mientras la temperatura dentro del mismo desciende muchísimo (estaríamos aquí ante otro vínculo entre Parapsicología y OVNIs: los fenómenos de “termogénesis” o cambios bruscos de la temperatura ambiental por causas aparentemente no físicas) y protagonizan un episodio de “tiempo perdido”.

En hipnosis, él y su esposa, Frances, dicen lo siguiente:

“Dentro del auto, nos programaron… mi esposa se quedó dormida, o la radio, que tenía la voz de “ellos”, la hizo dormir, de modo que no puede recordar mucho de lo ocurrido dentro del auto. Una forma se filtró hacia el asiento trasero, estuvo allí sentada durante todo el viaje y me dijo que yo vería lo que quisiera ver. Si lo quería ver como un pato, entonces sería un pato; si lo quisiera ver como un monstruo entonces lo vería como un monstruo”.

En otras palabras: la entidad, la inteligencia se presenta a sí misma como proteiforme, como oportunamente enunciáramos.

Es evidente en Jung su deseo de no profundizar en los aspectos materiales del OVNI, simplemente porque como psicólogo le resultaría irreconciliable admitir una inteligencia extraterrestre –en el sentido de “fuera de lo humano”– cuando acababa de perfilar con tanta justeza una teoría inconsciente sobre estas observaciones.

Pero individuo honesto a rajatabla, no puede negar esa materialidad, aunque se limita a subrayarla en la introducción del trabajo ya citado. Aun más: en esos tardíos años ’50, la sola suposición de objetos extradimensionales, fuera del “pulp” de la ciencia ficción, era cosa de alucinados. Y no sería Jung quien en el ocaso de su vida arriesgara todo el prestigio que tan duramente se ganó proponiendo esta explicación.

Pero es obvio que cuando habla de los OVNIs como entes psicoides, esto es, objetos que tanto comparten una realidad física en el “allá afuera” del individuo como psicológica en el “aquí dentro” de su mente, seguramente estaba pensando en ello. Y, quién sabe, en las tremendas implicaciones. Porque si la realidad OVNI es psicoide, la evolución en las manifestaciones del fenómeno no habla sólo de un cambio en la exteriorización del mismo: habla también de una evolución en el psiquismo colectivo de la humanidad, ya sea porque el ovni produce el cambio psíquico o el psiquismo induce la evolución fenomenológica del ovni. Y esto es mucho más que un “salto cuántico” del Inconsciente Colectivo: es evolución, en un sentido biológico e histórico, lisa y llanamente.

Simplemente, porque la unidad en la acción significa unidad en la finalidad. Ciertamente, el genial psicólogo creía en los OVNIs como “símbolos”, pero entendiendo tal palabra no en un sentido peyorativo, de cosa ficticia, fetichista o imaginaria, sino como algo que representa lo vago, desconocido u oculto.

No podía aceptar que el OVNI fuera lo que aparentaba ser, básicamente porque él sabía mejor que nadie que hay aspectos inconscientes en nuestra percepción de la realidad, como el hecho de que, aun cuando los sentidos reaccionen ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad exterior al de la mente. Dentro de ella, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse, porque la psiquis no puede conocer su propia sustancia psíquica.

Por tanto, cada experiencia OVNI contiene un número ilimitado de factores desconocidos. Los OVNIs son absurdos como los sueños. Pero, como ellos, existen. Dejan huellas físicas pero violan permanentemente “sus” leyes, tal vez para recordarnos que en buena medida tampoco son físicos. Aunque sospecho que, en realidad, son hiperfísicos. El hecho es que muchos supuestos EBEs (Entidades Biológicas Extreterrestres) y ovnis presentan características anodinas (antenas en “V” los primeros, escalerita o faroles los segundos), que parecen más tomadas de la mente de los testigos que respondiendo al uso real que pudieran darle los ET.

Además, es más un ejemplo de conceptualización equivocada del futuro, que elementos de una civilización tecnológica. A veces tengo la sensación de que dentro de la interrelación del Fenómeno OVNI con la historia humana estamos a un paso de vivenciar una “profecía autocumplida”. Creo que la presencia de los OVNI nos está anunciando algo, pero temo que nos ocurra como cuando el oráculo de Delfos le dijo al rey Creso que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino; sólo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, luego de cruzar el río, fue cuando ese rey se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era el suyo propio.

Si los OVNIs tienen un componente “psicoide” que interactúa con el Inconsciente Colectivo de nuestra especie, pueden estar comportándose como los sueños del Inconsciente Personal o Individual que, a veces, anuncian ciertos sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad.

Muchas crisis de nuestra vida –sin que se trate aquí de premoniciones– tienen una larga historia inconsciente. Vamos hacia ellas paso a paso sin darnos cuenta de los peligros que se van acumulando. Pero lo que no conseguimos ver conscientemente, con frecuencia lo ve nuestro inconsciente que nos trasmite la información por medio de los sueños.

Si los OVNIs son sueños del Inconsciente Colectivo a caballo con la Realidad, están influyendo, interactuando, impulsándonos y advirtiéndonos. ¿De qué? Eso, trataremos de develarlo en este libro.

No quiero abusar del término “símbolo” sin abundar un poco sobre su significado. Puntualicemos en principio la diferencia entre “signo” y “símbolo”, ya que mientras el signo es siempre menor que el concepto que representa, el símbolo siempre significa algo más que su significado evidente e inmediato.

Los símbolos no sólo se producen en los sueños. Aparecen en toda clase de manifestación psíquica. Hay pensamientos y sentimientos simbólicos, situaciones y actos simbólicos. Frecuentemente, hasta los objetos inanimados cooperan con el inconsciente en la aportación de simbolismos.

En consecuencia, si el OVNI es símbolo además de su existencia física, lo es en tanto y en cuanto significa o remite a otra cosa. El enfoque jungiano puede aportar una clave inédita para entender al Fenómeno OVNI. No solamente por su aproximación revolucionaria –más aún, en la época en que fue formulado y mucho más, pues numerosos cultores del mismo ni siquiera lo han comprendido, o, parafraseando al maestro, están enfermos de “misoneísmo” (rechazo a lo novedoso)– de realidades psicoides, a horcajadas entre el mundo de la materia y el mundo de la mente, sino porque libera una vía alternativa, que no es la del pensamiento lineal sino la del pensamiento alternativo, para conocer su origen.

En “El hombre y sus símbolos” escribe así:

“…Estos cuatro tipos funcionales corresponden a los medios evidentes por los cuales obtiene la conciencia su orientación hacia la experiencia. La percepción (es decir, la percepción sensorial) nos dice que algo existe; el pensamiento nos dice lo que es; el sentimiento nos dice si es agradable o no lo es y la intuición nos dice de dónde viene y adonde va…”.

Quizás premonitoriamente, Carl Jung sembró nuestra inquietud de aunar una aproximación parapsicológica y esotérica al Fenómeno OVNI.

Mencioné líneas arriba cómo muchos seguidores de la escuela jungiana parecen tener pánico de extrapolar y profundizar sus consideraciones. Esto es más que evidente en torno al Fenómeno OVNI, donde se abusa hasta el hartazgo con la intención de reducirlo a la categoría de arquetipo. Pero en este y otros casos, el término “arquetipo” es comprendido mal, como si significara ciertos motivos o imágenes mitológicas determinadas. Éstos no son más que representaciones conscientes; sería absurdo suponer que tales representaciones variables fuesen hereditarias. Y, si son representaciones, y si el OVNI –o, mejor dicho, “la observación de ovnis”– es arquetípica, entonces es representación de algo. De qué, es tras lo que estamos.

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