Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

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¿Qué demora el contacto con extraterrestres?

Publicado por Gustavo Fernández en 17-06-2009

En homenaje al preclaro investigador sevillense Ignacio Darnaude Rojas y a su estudio titulado “Los motivos del no-contacto”, ante el cual los que abundamos en esta línea debemos honrarlo con humildad.

Enfocaré las reflexiones de este artículo hacia una cuestión que, quizás visceralmente, crea un cierto dejo de preocupación en todos quienes, por interés intelectual o simple afición, nos sentimos atraídos por la incógnita de la presencia de culturas alienígenas actuando o no en nuestro mundo. De hecho, la ausencia de un contacto (que, como bien señalan los participantes de los distintos programas de búsqueda extraterrestre, permite sostener que “la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia”) ya se trate de tripulantes de OVNIs como de respuestas a nuestros sondeos radioastronómicos, ha llevado a ciertos escépticos al extremo de afirmar que, precisamente, todo ello apunta a demostrar que nadie existe más allá de nuestras fronteras espaciales. Y sobre todo esto trata –y algo más- esta nota. En principio, es reiterativo pero necesario destacar que existen dos planos de discusión: uno, el que nuclea a los defensores de la hipótesis extraterrestre en torno a los OVNIs. Otro, para quienes sin expedirse sobre ese particular –y, en ocasiones, siendo claros refutadores de ella- en cambio piensan que sí pueden existir otras culturas alrededor de otras estrellas, imposibilitadas de contactarnos físicamente pero plausibles de detectar instrumentalmente. En lo personal –pienso que en toda mi actividad ello es manifiesto- soy un defensor del origen extraterrestre de los OVNIs. Sólo que tomo eso del “origen extraterrestre” en un contexto más amplio que el que normalmente se le asigna. Porque pienso que ciertas inteligencias –no todas- detrás de este fenómeno provienen también de otras dimensiones, un eufemismo para referirnos a un orden distinto de la Realidad. Es el concepto del OVNI –o del tripulante- como un “ente psicoide” que he desarrollado en otra oportunidad. Sin duda, los negadores de siempre afirmarán, con una sonrisa irónica, que estas reflexiones parten de un preconcepto equivocado, porque sostengo la existencia de algo no demostrado aún, y que el proceso analítico más simple indicaría precisamente lo contrario; el principio de economía de hipótesis (la un tanto oxidada “navaja de Occam”) sostiene que un fenómeno debe explicarse por la vía más sencilla, y sólo si esta no agota todas las manifestaciones del fenómeno pasarse a una de mayor complejidad, y así sucesivamente.

Desde ese enfoque, es más sencillo suponer que no existe vida extraterrestre que afirmar que sí la hay. Y, por ello, debemos hacer una digresión al margen de esta discusión.

¿Lo lógico es lo real?

Creo que uno de los errores del conocimiento moderno –sin que eso signifique alentar posiciones oscurantistas que nieguen sus verdaderos avances- es partir de axiomas tomados como verdades monolíticas como el peñasco de Gibraltar, construidas pacientemente a lo largo de siglos por referentes incuestionables de la sapiencia humana. Creo que el “principio de economía de hipótesis” es uno de ellos. Sostener que la Verdad está necesariamente más cerca de lo simple que de lo complejo, artificioso o confuso, suena a verdad propia de “Juan Salvador Gaviota” y, precisamente por ello, más digna de figurar como monserga espiritual que como herramienta de investigación. Pues sostengo que en muchas ocasiones “lo verdadero” no es lo sencillo. Por ejemplo: ¿qué sería más sencillo; suponer que en ciertas circunstancias una partícula que llamamos “fotón” –y sólo una- pasa simultáneamente por dos distintas aberturas, o suponer que quienes afirman ese dogma han cometido errores de interpretación o sus instrumentos no están diseñados para captar una específica realidad de los hechos?. Es más sencillo lo segundo; empero, sabemos que es cierto lo primero. La lógica del pensamiento científico se basa en un discutible sentido común, cuando afirma que no “es lógico” admitir las evidencias presentadas por los investigadores OVNI como pruebas de su origen extraterrestre ya que siempre podría acudirse a otras explicaciones (por la bendita “economía de hipótesis”) alternativa a esa, pero descree absolutamente de ese “sentido común” cuando enuncia el Principio de Incertidumbre. Haber pisado la Universidad y haberme movido muchos años en el terreno del Realismo Fantástico han hecho germinar en mí la desilusionada convicción que muchos hechos que aceptamos como “verdades científicas” son simplemente la repetición, como un sonsonete monocorde, de clichés de un paradigma dominante. Por la misma razón, muchos hechos que culturalmente se aceptan como “supersticiones” jamás han ameritado una sesuda, prolongada y bien subvencionada investigación científica. Por caso, sabemos que los científicos (especialmente los orientados en las “líneas duras” del pensamiento mecanicista) consideran que la Alquimia es una farsa (aún desconociendo el hecho fundamental que lo que buscaba el verdadero alquimista, el Iniciado –no el simple “soplador”- no era la transmutación de metales viles en oro, sino la Transmutación con mayúscula, la de su propio espíritu), pero también sabemos que jamás hubo una investigación de largo aliento sobre la misma para etiquetarla coherentemente como tal. Y, de hecho, las construcciones teóricas de cualquier químico o físico para justificar el porqué de la inutilidad de la misma parten necesariamente de preconceptos, que se transforman en prejuicios cuando uno descubre que sostienen sus pareceres sin haber estudiado, leído, documentado previamente sus opiniones sobre los centenarios textos de esa disciplina. Y yo, desde pequeño, siempre fui educado en el concepto que nada nos hace más fatuos, soberbios y tontos que opinar sobre cuestiones que desconocemos.

Claro que, sin haberlo querido, estoy a punto de contradecirme: porque si hay un tema que –por ahora- desconozco, es precisamente qué están pensando nuestros visitantes extraterrestres. Pero se me ocurren algunas hipótesis, y como tales las consideraremos.

El pánico al sufrimiento

Ocurre que cuando buscamos explicaciones respecto al porqué del “no contacto”, siempre solemos acudir a explicaciones que tienen que ver más bien con nosotros. Que nuestra cultura puede colapsar, que no estamos preparados para integrarnos a la familia cósmica, que… Pero, por una vez, me he preguntado si “ellos” no tendrán buenas razones personales para evitarnos. Y se me ocurre ésta. Una civilización tecnológicamente más avanzada, necesariamente, habrá extendido aún más su expectativa de vida. Veámoslo en nosotros mismos: hace dos mil años a los treinta ya se era anciano. A principios de siglo, el promedio de vida en el hombre era de 55 años, hoy es de unos 70. La evolución técnica, qué duda cabe, trae vida. También trae recursos para enfrentar el dolor y el sufrimiento: analgésicos, cirugías y toda una adecuada parafernalia. En consecuencia, cuando menos en los grandes núcleos urbanos, la muerte es menos cercana y el dolor físico más temido. Nuestros antepasados estaban más endurecidos: una mortalidad infantil muy alta los tenía lamentablemente acostumbrados desde siempre a sufrir la pérdida de seres queridos, muy queridos. La falta de tecnología médica los hacía sobrevivir con grandes sufrimientos; las pestes y guerras hacían de la Parca una visita frecuente y a la que estaban acostumbrados. Es más, no había demasiado tiempo para lamentarse: uno podía morir de mil maneras distintas en cualquier momento. Hoy en día, tenemos tantos recursos exteriores que hemos perdido los interiores: ante el menor dolor de muelas nos atiborramos de calmantes y ni por todo el oro del mundo enfrentaríamos a un león en las sabanas armados sólo con una lanza. Tememos a la muerte más, porque es menos común. Tememos al sufrimiento más, también porque es menos común.

Extrapolando, ¿qué puede llegar a sentir una cultura que ha logrado hacer descender el índice de mortalidad por violencia o enfermedad a cero, y que en virtud de su evolución alcanza centenares de años de existencia?. Con un inconsciente no racional, no analítico (pues nada impide que en ellos también anide) el miedo a la muerte y al dolor se transformaría en pánico. Y, por ende, en una necesidad visceral e irrefrenable (y justificable dialécticamente) de evitar toda situación que no presente un máximo de seguridad y un mínimo de imprevisibilidad. Conociendo a nuestra especie, siempre habría una excusa para dejar el contacto para más adelante.

Una tecnología no mucho mejor, sino distinta

Otro aspecto a tener en cuenta, y ya en el terreno de nuestros –hasta ahora- infructuosos intentos de comunicación con inteligencias extraterrestres, puede estar vinculado al hecho que su tecnología (quizás toda su “realidad”) opere en ámbitos que apenas intuimos. Así como cien años atrás el instrumental quirúrgico de entonces parecería a los ojos de cualquier cirujano de hoy en día algo más propio de matarifes, así como los tam – tam africanos serían ignorados en la ciudad más cercana por el mero hecho de ser sus sonidos ahogados por el fárrago del tráfico (mientras los indígenas, sudorosos, golpean los troncos ahuecados día tras día, año tras año, preguntándose cómo, desde esas luces lejanas donde sin embargo deben escucharles, nadie responde), así es posible que la tecnología empleada por esos seres esté a una distancia abismal respecto de la nuestra, al punto de resultar, con nuestro batifondo comunicacional, apenas significativos dentro del ruido cósmico. Así, millones de dólares gastados en programas SETI estarían condenados al fracaso no porque esa inteligencia no existe ni sea suficientemente avanzada, sino, precisamente porque está tan avanzada que somos indistinguibles de una casualidad natural. Es un golpe para el ego humano, pero igualmente cierto, que resulta ridículo suponer que los habitantes de las estrellas se verían obligados a pensar como nosotros; pero no otra cosa hacemos cuando damos por sentado que deberían estar emitiendo sus señales en la banda del hidrógeno estelar que es lo que justamente harían nuestros científicos. Empeñados en un faraónico proyecto de búsqueda, proponen el juego de “emisor” y “receptor”. Ellos emiten año tras año como náufragos desesperados, nosotros somos los de oídos elegidos. Claro, dirían los burócratas que defienden estas inversiones, nosotros también emitidos; televisión, por ejemplo. Y a una cultura tan avanzada debería resultarle extraordinariamente sencillo captar nuestras señales, darse un golpe en la cabeza con uno de sus múltiples tentáculos y decir algo así como: “¡Hey,, Pepe!. ¡Aquí hay unos vecinos diciendo algo a los gritos! , para acto seguido pulsar unos botones (o lo que fuera) y enviarnos unos saluditos. Pero, ¿qué pasaría (recuerden los pobres africanos que todavía siguen sudando) si de pronto la televisión y otras formas de comunicación electromagnética les resultaran tan arcaicas que quizás las hayan olvidado o sean sólo curiosidades de museo?. Extrapolen lo que la ciencia, nuestra ciencia, ha avanzado en doscientos años y proyéctenla, digamos, un millón de años en el futuro (con un Universo de por lo menos veinte mil millones, nada me impide pensar que pueda existir una civilización con ese adelanto). No sólo no nos entenderían. Habrían olvidado cosas tales como chips, circuitos y otras menudencias.

A veces me exaspera la incapacidad de nuestra especie de mirar verdaderamente hacia el futuro. O, en otra forma, de creer que los parámetros lógicos con que nos manejamos hoy en día seguirán siendo dominantes apenas unos milenios más. Y me asusta de cara al futuro. Piensen por ejemplo en esos centenares de depósitos subterráneos con desechos radiactivos que permanecerán letales durante diez mil, en algunos casos cien mil años. ¿Estamos haciendo las cosas a conciencia como para proteger, siquiera sea advirtiendo, a nuestros descendientes de su peligro?. Oh, sí, dirán ustedes, los lugares están bien perimetrados militarmente y hay anuncios en todos los idiomas hechos en toda clase de materiales. Pero lo que yo me pregunto es si en, digamos, treinta mil años, seguirá existiendo esta civilización y alguien recordará estos idiomas. Ya sé que ustedes piensan que a medida que pasen los siglos nuevas generaciones serán informadas y educadas por las que les precedieron, y el dato se conservará. Pero la historia cuenta cosas muy distintas. No en treinta mil, sino en cinco mil años, apenas, ascendieron y cayeron multitud de civilizaciones. Conocimientos que eran del dominio público se perdieron (sin ningún Apocalipsis en el medio) y tuvieron que volver a ser redescubiertos, reinventados, reelaborados. Creo que en veinte mil años desde ahora, no sólo nuestras lenguas estarán muertas (lo que tal vez no sea tanto problema, siempre habrá filólogos dispuestos a reconstruírlas) sino que también es posible que el sentido de las palabras (y los pensamientos que las gestaron) haya cambiado. Por ello, tal vez en el futuro remoto sí reconstruyan nuestros lenguajes, nuestros anuncios y advertencias pero… ¿sabrán interpretar el sentido que le hemos dado cuando en este presente los hemos hecho?. Se me ocurre que sólo figuras bizarras, horrorosas, líneas quebradas que imiten la destrucción arquetípica, tal vez rostros sufrientes serán los símbolos cuyos sentidos, por ser inconscientes, pervivirán por sobre los milenios. Y descubro que muchos científicos han advertido de este riesgo, de cara al futuro lejano, de pérdida del sentido de las señales y advertencias de los depósitos nucleares. En consecuencia, han sido ellos –no yo- quienes han propuesto rodear esas zonas con figuras que grafiquen escultóricamente el terror que duerme en las profundidades. Y me pregunto, mirando ahora hacia el pasado: ¿cuántas remotísimas alegorías, cuántas estatuas, monumentos, catafalcos, cuántos petroglifos prehistóricos nos han dejado los Antiguos con su simbología de horror, muerte y destrucción, y no hemos sabido ver en ellos más que “desechos de supersticiones”?. ¿Y si, como haremos nosotros pensando en el porvenir, ellos, desde el pasado, quisieron advertirnos de algo?. ¿Porqué los hombres del futuro deberán interpretar nuestros mensajes de manera distinta a como nosotros hemos interpretado los del pasado?.

Claro que algún lector podría aducir que, ciertamente, si esos mensajes que llegan desde las profundidades del tiempo advirtieran de algún peligro nuclear oculto, nuestra impune violación de esos lugares habría desatado el infierno sobre la Tierra. Pero es que no estoy pensando necesariamente en material radiactivo. Porque puede haber sustancias mucho más terroríficas e inclusive más sutiles en su desparramarse sobre el planeta. “Sustancias” (la palabra es en sí una contradicción) o “energías” ante las cuales la radioactividad sería primitiva. Bacilos espirituales, larvas astrales, venenos metafísicos, ante los cuales nuestra civilización carece de métodos de detección, como una cultura preatómica carecería de métodos para detectar a tiempo escapes radiactivos de un depósito abandonado por seres extraterrestres…

¿Somos un virus cósmico?

En otro orden, una de las explicaciones más populares para apuntar al porqué del no-contacto estriba en considerar a la especie humana potencialmente peligrosa para la ciudadanía cósmica. Claro que también es posible que la elección por el no-contacto de nuestros visitantes siderales encuentre su razón de ser en estrictas y asépticas razones científicas, como el poder observar en su medio natural y sin interferencias (más allá del inevitable “observador que modifica lo observado”) la evolución de las culturas de nuestro planeta. Pero también cae la ocasión de estar haciéndolo por nuestro propio bien: creo que nadie como el propio Darnaude (citado en la dedicatoria de este artículo) ha enlistado las desastrosas consecuencias (por lo menos, desastrosas para el omnímodo poder en las sombras) que tendrían para nuestra economía, geopolítica y religiones el contacto abierto y sin condiciones. Pero también podemos proponer esta otra lectura: una civilización ha seguido en algún remoto confín del espacio una evolución tan anticipada a la nuestra, que nos ve como nosotros vemos a las gallinas. Las usamos, nuestros hijos juguetean quizás cruelmente con ellas, pero a nadie se le ocurriría designar una embajada en el gallinero más cercano. Son, simplemente, útiles seres de escala inferior. Esto puede ser muy feroz para nuestro orgullo, pero si asignamos a nuestra especie una media de tres millones de años de existencia como homínidos, y si recordamos que el Universo –dicen quienes se supone que saben- tiene entre quince mil y veinte mil millones de años de antigüedad, hay una espacio abismal de tiempo donde otras culturas pudieron haberse desarrollado, colapsado, vuelto a renacer… y aventajarnos por millones de años. Si sabemos que nuestra estructura lógica sería inaprensible, digamos, para un Neandertal de hace unos ciento cincuenta mil años.. ¿cómo por ventura podemos suponer que seríamos indistinguibles de los primates para alguien que nos aventajara “sólo” unos diez o quince millones de años?. O bien considerar esta otra alternativa: que la línea evolutiva intelectual de esa humanidad, más que superior a la nuestra, haya seguido por derroteros distintos. Por ejemplo; ¿una química compleja basada no en el carbono, como nosotros, sino en el silicio, qué clase de mentalidad generaría?. Fascinante pregunta. O, más acabadamente aún: ¿porqué necesariamente la inteligencia tendría que estar constreñida a cuerpos, formas, sistemas biológicos como es esperable por nosotros?. ¿Qué ocurre si alguna forma de pensamiento puede construirse sobre otros sistemas, como los vegetales?.

El aporte de la Parapsicología a la comunicación con otras especies

De sobra son conocidos los trabajos del experto en polígrafos Clave Backster en el terreno de la detección de comportamientos y emociones –uno aún se resiste a hablar de “raciocinios” en plantas de todo tipo, por el sencillo y expeditivo método de conectar a algunos ejemplares botánicos sus equipos e interpretar sus resultados. Es interesante destacar que si bien los escépticos de siempre pueden estar en desacuerdo con las teorías de Backster, no pueden refutar los hechos, en tanto y en cuanto éstos son repetibles a voluntad. Extrañamente, entre el coro de risas refutadoras que a través de las últimas décadas se han levantado contra este investigador, ninguna de ellas ha apuntado a los eventos y sí a las conclusiones, y quienes han tratado de dar explicaciones “naturales” a sus experimentos lo hacen desde la mera especulación, sin intentar ollar las mismas sendas. Dicen que es una pérdida de tiempo. Pero sinceramente, bien poco científico me parece el sistema de criticar sin repetir la experiencia porque a priori se la supone un sinsentido. Bien, decía que se ha escrito mucho sobre los trabajos de este precursor y sus seguidores, pero poco se ha avanzado en buscar aplicaciones prácticas a su tarea. Traigo entonces a colación uno de sus resultados, porque viene a cuento de la teoría que trataré de exponer aquí. Ocurre que el bueno de Cleve, luego que William M. Bondurant, ejecutivo de la Mary Reynolds Babcock Foundation, de Winston – Salem, Carolina del Norte, le hiciera un donativo de diez mil dólares para avanzar en sus investigaciones, pudo acceder a equipo más sofisticado, entre ellos, un electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo. Estos equipos, que normalmente se usan para mensurar las emisiones eléctricas del corazón y el cerebro, tenían la ventaja de no hacer pasar corriente alguna a través de las plantas, porque se limitan a registrar la diferencia en el potencial que descargan. Esto es de suma importancia, porque cualquier reacción sensible inhibe la explicación mecanicista que las reacciones medidas por nuestro estudioso son “simples automatismos” generados por las descargas que otros aparatos pudieran imprimir a la planta objeto del experimento. El cardiógrafo permitió a Backster obtener lecturas diez veces más delicadas que el polígrafo, y el electroencefalógrafo le proporcionaba lecturas más sensibles todavía. Una contingencia fortuita condujo a Backster a otro campo totalmente distinto de investigación. Una noche, al prepararse a dar un huevo crudo a su fiel doberman observó que una de sus plantas conectadas al polígrafo reaccionó bruscamente en el momento de cascar el huevo. A la noche siguiente, volvió a observar el mismo fenómeno. Inducido por la curiosidad de averiguar qué pudiera “sentir” el huevo, lo conectó con un galvanómetro y observó todo con atención. Durante nueve horas estuvo obteniendo una grabación activa del huevo, correspondiente al ritmo de las palpitaciones cardíacas del embrión de pollo que posiblemente contenía, las cuales alcanzaban una frecuencia de 160 a 170 latidos por minuto, cabalmente los que corresponden a un embrión de tres a cuatro días. Pero ocurría que el huevo había sido comprado en una tienda local y no estaba fertilizado. Entonces, al abrirlo y observar su contenido, se quedó backster de una pieza al ver que en él no había estructura física circulatoria de ningún género que pudiese explicar la pulsación. Por lo visto, había descubierto una especie de campo de fuerzas no conocidas todavía en el nivel contemporáneo de la ciencia. Y si ustedes son perspicaces, habrán comprendido hacia dónde estamos orientados: si la materia viva en general posee un campo de fuerza, una radiación de vida que le es propia, cabe absolutamente la posibilidad que, por resonancia, podamos detectar a distancia –cualquier distancia- emisiones de esa radiación, con la única condición que entre aquél foco emisor y nosotros existan otras y sucesivas fuentes radiantes de vida. Que es tanto como decir que podríamos cuando menos medir los límites espaciales hacia los que la vida se extiende. El concepto de los “campos de vida” o “radiaciones V” no es nuevo; podemos rastrear su enunciación hasta la literatura parapsicológica de principios del siglo XX. No en otra cosa pensaba el barón De Rochás cuando formuló la idea de la “fuerza ódica” que, según escribió, parecía emanar de la punta de los dedos de ciertos sensitivos en condiciones de penumbra ambiental. De Rochás fue el primero en señalar el fenómeno de la “radiaciones mitogénicas”, un experimento en el cual, si dos plantas son cultivadas de manera que una de las prolongaciones de sus raíces se deslice a medida que se desarrolla dentro de un tubo de vidrio, y se cuida que la raíz “entubada” de la planta A esté dispuesta próxima y en situación perpendicular con la misma de la planta B, el desarrollo de ésta parece ser afectado a medida que dentro del tubo de su congénere progresa la raíz de la primera, al punto de mostrar extrañas deformaciones, como si del extremo de aquella emitiera algún tipo de “rayo” que hiciera colapsar un grupo de células de la “planta víctima”. Se me ocurre aquí preguntarme si el fenómeno de “sanación”, en ese sentido de razonamiento, más que corresponder (como siempre supuse) a un efecto psicoquinético del curador sobre la estructura patológica del enfermo no corresponderá más bien a un efecto de resonancia entre las “radiaciones de vida” de ambos. Existe una interesante –y agradable- experiencia que ustedes pueden hacer. Coloquen en su dormitorio –o donde les plazca- una buena cantidad de plantas, lozanas y vitales, preferentemente de largas hojas lanceoladas y algunas cuya savia parece tener un matiz lechoso (ignoro porqué con éstas el efecto es más significativo). Luego, mantengan relaciones sexuales en ese ambiente, y observen finalmente la reacción de las plantas. Repítanlo durante varios días. Dos efectos son sensibles. Uno, todas las plantas comienzan a exhalar un olor penetrante, una fragancia similar al del césped fresco cortado (cuiden de no caer durante el acto amatorio sobre las plantas, para no confundir los resultados, claro). Estoy tentado a decir que las plantas se “excitan”.

Dos –si repiten la experiencia unos cuantos días- hay un extraño tropismo (¿”Gonotropismo”?, ¿”sexotropismo”?, ¿”ferotropismo”?) de las plantas en dirección a la cama, aún a costa de alejarse de la luz natural. No creo que las plantas que he tenido el gusto de conocer sean particularmente lujuriosas, de manera que sospecho que la actividad sexual reactiva en la atmósfera una especie de energía sexual, al estilo de la “energía orgónica” –no orgánica- descubierta y descripta por el doctor Wilhem Reich y hermanada con la idea de que los antiguos ritos de la fertilidad, en el proceso de los cuales las personas tenían relaciones sexuales en campos recién sembrados, podrían haber estimulado el crecimiento de las plantas. Cierto día de fines de octubre de 1971, el ingeniero electrónico George Lawrence acompañado de un ayudante, se internó en un paraje próximo al poblado de Temecula, al sur de California, una zona libre de interferencias electromagnéticas –por lo menos en ese entonces- para un interesante experimento. Dedicado a experiencias similares a las de Backster, su aparato tenía una diferencia importante: incorporaba, en un baño de temperatura controlada, el tejido vegetal vivo protegido en un tubo Faraday, que filtra hasta las más leves interferencias electromagnéticas. Lawrence observó que el tejido vegetal vivo es capaz de percibir señales, mucho más sutilmente que los sensores electrónicos. Su teoría era que las radiaciones biológicas transmitidas por seres vivos se reciben mejor en un medio biológico. El equipo de Lawrence se diferenciaba además considerablemente del de los demás experimentadores, porque no requería electrodos aplicados a las plantas, si están suficientemente apartadas de sus vecinas para eliminar toda interferencia en las señales, como ocurre habitualmente en las áreas desérticas. Lawrence apuntaba a la planta elegida con un tubo sin lente y con una amplia abertura, cuyos ejes ópticos equivalían al eje de diseño del tubo Faraday. A distancias mayores, utilizaba un telescopio en lugar del tubo, y hace más visible la planta colgándole un trapo blanco. El tejido vivo de Lawrence podía captar una señal direccional a distancias de más de un kilómetro y medio. Para estimular las reacciones de las plantas objeto de su experimento, les infundía previamente una cantidad medida de electricidad, activando el estímulo a control remoto con un cronómetro que le permite regresar a pie o en auto a la estación que “siente”. Realizaba sus experimentos de exploración en las estaciones más frías, cuando la vegetación está dormida en su mayor parte, a fin de tener la seguridad de que señales procedentes de otras plantas no están alterando sus mediciones. Las perturbaciones en el tejido vivo de su aparato grabador no se detectan visualmente por medio de una aguja sino acústicamente, por medio de un silbido bajo, continuo e igual, similar al producido por un generador de ondas sinusoidales, que cambia en una serie de pulsaciones distintas cuando recibe señales de una planta. El día de su llegada al Oak Grove Park, Lawrence se sentó con su ayudante a tomar un bocadillo a últimas horas de la tarde, a unos diez metros de su instrumento, que quedó enfocado vagamente al cielo. Acababa de dar un mordisco a su lieberwurst (especie de salchichón judío fuertemente condimentado) cuando el silbido continuado procedente de su equipo fue interrumpido por una serie de pulsaciones claras. Lawrence, que todavía no había ingerido su embutido, pero que había hecho perfectamente la digestión del efecto Backster, creyó que aquellas señales podían haber sido producidas al haber matado algunas células del salchichón. Pero, pensándolo más serenamente, recordó que esas células estaban ya biológicamente muertas. Al comprobar el estado de sus instrumentos, la señal acústica se siguió produciendo, con gran asombro de su parte; una cadena de pulsaciones durante más de media hora, hasta que volvió el silbido continuado y monótono, indicio de que ya no iba a haber más señales. Estas tenían que proceder de alguna parte, y como el aparato había estado apuntando todo el tiempo hacia el cielo, asaltó a Lawrence la ida fantástica de que alguien o algo estaba transmitiendo desde el espacio exterior. Resistiéndose a llegar a una conclusión prematura (en el sentido de que hubiera captado una señal inteligente procedente de los abismos cósmicos a través del tejido de una planta) Lawrence pasó varios meses perfeccionando su equipo, para convertirlo en “una estación de campos biodinámicos con que recibir señales interestelares”, según sus propias palabras. En abril de 1972, ya estaba su equipo lo bastante perfeccionado para apuntar de nuevo en la misma dirección en que había obtenido la reacción extraña al morder su salchichón. Como especialista en rayos láser y autor del primer libro técnico sobre la materia que se publicó en Europa, Lawrence había tomado nota exacta de la dirección en que estaba apuntando su aparato en aquel momento, y observó que enfocaba a la Osa Mayor, constelación de siete estrellas situada en la región del Polo Norte celeste. Para estar seguro de que el equipo quedase distante de la mayor parte posible de formas de vida, Lawrence enfiló con su vehículo hacia el llamado Cráter de Pisgah, promontorio volcánico de setecientos metros de altura que se eleva en medio del árido desierto de Mojave. El cráter está rodeado de yacimientos de lava donde no brota un sola brizna de hierba. Enfocando su telescopio junto con el tubo Faraday, una cámara, un monitor electromagnético de interferencia y la cámara de tejido orgánico, a las coordenadas celestes que le daban la dirección general de la Osa Mayor, abrió su señal de audio. A los noventa minutos, su equipo volvió a captar un conjunto reconocible de señales, pero más breve que el de la vez anterior.

Según Lawrence, los períodos entre la serie rápida de pulsaciones fluctuaron entre tres y diez minutos aproximadamente durante un período de varias horas, mientras monitoreaba un solo lugar en el cielo. Habiendo repetido, pues, con éxito sus observaciones de 1971, empezó a pensar si no habría hecho accidentalmente un descubrimiento científico de proporciones extraordinarias. No tenía idea de cuál podría ser la procedencia de las señales, ni de quién o qué las estaba transmitiendo, pero le parecía sumamente posible que el desplazamiento galáctico tuviese algo que ver con su origen. “Las señales podrían estar esparciéndose desde el ecuador de la Vía Láctea, que tiene una densa población de estrellas”, calculaba Lawrence. “Tal vez estábamos recibiendo algo desde esa zona más bien que de la Osa Mayor”. Después de haber obtenido en el desierto de Mojave la confirmación de sus primeras observaciones, continuó las pruebas de laboratorio en su residencia, enfocando la máquina a las mismas coordenadas y dejándola en esa posición. Dice que tuvo que esperar semanas y hasta meses para que le llegasen señales, pero que, cuando por fin las capturaba, era indudable que algo extraño se recibía. Una de ellas producía una especie de pulsación, audible en forma de un “brrrrrrr-bip-bip” que, según Lawrence, no ha logrado ninguna entidad terrestre. Presionado para que diese alguna explicación de aquellas extrañas señales y su naturaleza, dijo: “No creo que estén dirigidas a seres de la Tierra. Creo que estamos ante transmisiones entre grupos de iguales, y como no sabemos nada de comunicaciones biológicas, quedamos sencillamente excluidos de estas “conversaciones””. Deduciendo que aquellos hallazgos podían ser de importancia trascendental y anunciar un nuevo sistema de comunicación no imaginado todavía siquiera, Lawrence mandó una copia de su cinta de octubre de 1971, junto con un informe de siete páginas, al Instituto Smithsoniano de Washington, donde se le custodia. El informe termina así: “Se ha observado un conjunto aparente de señales de comunicación interestelar, de origen y destino desconocidos. Como su intercepción fue hecha por sensores biológicos, cabe suponer que se trata de una transmisión de señales de tipo biológico. Los experimentos de prueba se realizaron en un área electromagnética de frontra profunda, con un equipo refractario a radiaciones electromagnéticas. En las pruebas subsiguientes no se revelaron defectos de equipo. Como no se están llevando a cabo experimentos continuados de escucha interestelar, presentamos la sugerencia de que se lleven a cabo en cualquier parte, si es posible a escala global, pruebas de verificación. El fenómeno es demasiado importante para pasarlo por alto”. Pruebas a escala global. Quizás, así al unísono, se reuniera la información suficiente para decodificar la pulsación de la vida en el cosmos. Y es cierto que sabemos poco, nada, de comunicaciones biológicas, aún cuando debería animarnos en su profundización, pues la comunicación biológica es a nuestra “moderna” comunicación electrónica, lo que ésta es a la mecánica, la de los viejos tiempos de semáforos fijos que elevaban y bajaban sus brazos, tubos neumáticos y silbatos. Pero extrañamente, los estudios de Lawrence han sido arrumbados en el olvido. Extrañamente, iba en la misma senda que el cirujano argentino, ya fallecido, doctor Enrique Briggiler, cuando postulaba (y experimentaba) una comunicación biológica con entidades a través del espacio (ver al respecto mi nota “El Cuarto Estado: Técnicas Bioelectrónicas de Comunicación Extraterrestre” en “Al Filo de la Realidad” número 15). Quizás no extrañamente, Briggiler falleció prematuramente y Lawrence, como tantos otros, él y su trabajo condenados al ostracismo. Pero volveremos sobre ello en otro trabajo.

Abundar en este campo fascinante de trabajo implica comenzar a familiarizarse no sólo con la idea de un campo radiante de vida que interpenetra el univero, sino con que el límite entre lo “no vivo” y lo “vivo” no sería tan claro como pareciese. En 1899, el científico hindú Chandra Bose observó el caso extraño de que un radioconductor mecánico para recibir las ondas de radio perdía sensibilidad cuando se le usaba continuamente, pero recuperaba su estado normal tras un período de descanso. Esto le llevó a la conclusión de que, por inconcebible que pareciese, los metales pueden ecuperarse de la “fatiga” de manera semejante a como recobran sus energías los animales e individuos cansados. Incidentalmente, es interesante hacer notar –sobre lo que podremos dar testimonio todos quienes hemos trabajado en “piramidología”, es decir, el uso de réplicas a escala de la pirámide Kufu- que luego de una cantidad cíclica y regular de días la pirámide también parece “resentirse” y mermar su efecto sobre los elementos a ella expuesta, pero que desorientándola (o descargándola) por veinticuatro horas o menos recupera todo su potencial inicial. Pero volviendo a Bose, esas observaciones lo llevaron a iniciar un estudio comparativo de las curvas de la reacción molecular en las sustancias inorgánicas con las de los tejidos animales vivos. Con gran asombro y sorpresa, advirtió que las curvas producidas por el óxido magnético de hierro ligeramente calentado se parecían notablemente a las de los músculos. En ambas disminuía la reacción y la recuperación con el exceso de trabajo y la fatiga consiguiente podía desaparecer en virtud de un masaje delicado, o de un baño con agua caliente. Otros componentes metálicos reaccionaban de manera parecida a los animales. Cuando se limpiaba una superficie metálica grabada con ácidos para eliminar hasta la última señal impresa en ella, mostraba reacciones en las partes tratadas por el ácido que no se advertían en las otras. Bose atribuía cierto tipo de memoria del tratamiento a las secciones afectadas. En el potasio observó que su poder de recuperación se perdía casi totalmente si se le trataba con diversas sustancias extrañas: esto parecía análogo a las reacciones del tejido muscular a los venenos. Aunque se cría que las plantas deseaban cantidades ilimitadas de anhídrido carbónico o dióxido de carbono, Bose averiguó que un volumen excesivo de este gas podía sofocarlas pero que, en ese caso, podía volvérseles a la vida con oxígeno, como a los animales. Lo mismo que los seres humanos, las plantas se intoxicaban al inyectárseles güisqui o ginebra, se tambaleaban como un borracho en una cantina, se desmayaban y volvían con el tiempo en sí, manifestando señales de una soberana resaca. Estos descubrimientos y centenares de datos diversos fueron publicados en dos gruesos volúmenes en los años 1906 y 1907, bajo el título de “La reacción de las plantas como medio para la investigación fisiológica”. Aún más, con un aparato de su invención que denominó “morógrafo”, y que era básicamente un “tester” adaptado, Bose detectó que en el momento de morir una planta proyecta una enorme fuerza eléctrica. Quinientos porotos verdes pueden desarrollar hasta quinientos voltios, suficientes para fritar al cocinero si no fuera porque raramente se conectan en serie los porotos. Esta difusa separación entre lo “vivo” y lo “no vivo” se potencia con la hipótesis de que hasta los cristales tiene vida. O, cuando menos, sexo, que no es poco. En 1928, Jovillet-Castelot consignó en sus “Estudios de Hiperquímica” una curiosa declaración hecha por el doctor Manuilov a la agencia Tass. En el curso de unos trabajos realizados con vistas a determinar el sexo de hombres, animales y plantas por medio de pruebas radiactivas, Manuilov tuvo la idea de hacer algunos ensayos con animales. “Me llamó la atención en primer lugar el hecho de que un sólo y mismo material tiene dos formas cristalizadas -por ejemplo, la de cubo y la de octaedro- absolutamente idénticas en cuanto a sus propiedades químicas. A fin de determinar el sexo, yo había sometido la sangre humana y la de los animales, así como los extractos de jugos de las plantas, a una reacción especial. Sometí igualmente a la misma reacción diferentes formas cristalizadas de una sola y misma especie de mineral. Hice este experimento empleando el mineral más típico, la pirita. La pirita, cristalizada en cubo, dio una decoloración de la sustancia en la que la había sumergido, es decir, una reacción típicamente masculina. Al sumergir la pirita cristalizada en octaedro en la misma sustancia, la coloreó, es decir, dio una reacción femenina típica. Repetí este experimento con once minerales diferentes, y obtuve siempre los mismos sorprendentes resultados.” “No me atrevo a afirmar que mis experimentos conduzcan a una conclusión definitiva e inmutable sobre la existencia de sexo en los minerales; me limito a confirmar un notable fenómeno, observado en un caso dado. Después de unos experimentos prolongados en este campo, espero poder demostrar la existencia de un sistema único y armónico de clasificación de todos los organismos del universo entero en categorías masculina y femenina, empezando por el hombre y descendiendo hasta la piedra”. Vida en la materia inerte. Aquí, golosamente, he detenido mi teclear en el ordenador y dedicado largos minutos a repasar lo poco que conozco de Alquimia. Y recuerdo que sempiternamente los alquimistas iniciados trataban a la materia como algo vivo, algo que nace y muere, que se reproduce, que aprende… pero no cederé a la fácil tentación de extenderme sobre esta profunda y sabia disciplina, lo que dejaré para otra ocasión. Pero encontrar esta relación estrecha entre todo lo vivo en el universo, y a su vez entre lo vivo y lo no vivo, permite entender la idea de unicidad que campea por todo el Ocultismo, lo que, cuando menos, explica a mis lectores el porqué de mi tediosa insistencia en hermanar reflexiones esotéricas a la investigación OVNI y mi empecinada convicción que será esta línea de aproximación la que cualitativamente nos permitirá, quizás, comprender algo nuevo de la fenomenología. Lo que sí debo ahondar, es mi teoría –que en buena medida ya enunciada por otros colegas- que me lleva a suponer que si las comunicaciones biológicas son algo factible y mucho más óptimo que las electrónicas (por lo menos, hasta tanto nuestra primitiva evolución nos haga asequibles quizás a las telepáticas que, después de todo, no dejan de ser una sutileza de las comunicaciones biológicas) y la biología de un punto cualquiera del cosmos puede resonar con otro cualquiera, es entonces muy posible que los agrogramas (ya saben, los “círculos en las cosechas”) sí sean ciertamente mensajes cósmicos. No inscriptos, impresos por tripulantes de un OVNI paseándose en las noches de los campos, sino quizás apenas “ecos” inteligibles y ordenados de un emisor vivo en algún lugar del espacio profundo. Su propia concentración en proximidades de megalitos y enclaves prehistóricos puede estar asociado a las líneas de fuerza que se han detectado fluyendo de estos puntos, como si la resonancia que les da forma y sentido se materializara en cercanías de aquellos sitios catalizadores de ese “campo universal de vida” (ver al respecto el artículo “Un enigma: las líneas “ley”” en “Al Filo de la Realidad” número 32). Sólo nos queda –casi nada- interpretar el mensaje.

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REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN EXTRADIMENSIONAL DE LOS OVNIs

Publicado por Gustavo Fernández en 19-05-2009

escribe: GUSTAVO FERNÁNDEZ

Debo comenzar este trabajo sentando dos posiciones, más por coherencia con el resto del artículo que por ser necesariamente válidas. La primera, uniformar algunos criterios respecto de los que giran alrededor del término “extradimensional”, lo que es lo mismo que definir qué entenderé, de aquí en más, por “otras dimensiones”. Expresión usada hasta el hartazgo en relatos de ciencia ficción, incluso definida –no demostrada– en geniales intuiciones matemáticas, campo fértil para todo tipo de desvaríos. Incluso el mío.

Una vez más, en necesario recordar –y explicar, para los recién llegados a estas discusiones– el ejemplo de “Flatland”, el planeta plano.

Imaginemos un cosmonauta cruzando el Universo en su nave espacial y encontrando, repentinamente, un mundo plano, o, mejor aún, un mundo de dos dimensiones. Lo que me obliga a escaparme otra vez por una de las ramas de este árbol metafísico para definir el concepto de “dimensión”.

Una dimensión, más allá –o más acá– de lo lúdico de la fantaciencia, es simplemente una forma de medida de las cosas. Nosotros nos desenvolvemos en un espacio de tres dimensiones: alto, ancho y largo (o profundidad). Cualquier objeto en el espacio en que vivimos puede ser ubicado y definido en término de esos tres parámetros. Ciertamente, y en respeto a Einstein y su genialidad, hablaríamos también de una cuarta dimensión: el tiempo.

Lo inextricable de la relación “espacio-tiempo”, lo indistinguible de uno en función del otro, es también una función de “medida”. Así que en ninguna forma es imposible –por lo menos, a los alcances didácticos– imaginar que un universo de cuatro dimensiones puede contener cualquiera de rango inferior, entre ellos, un mundo de dos dimensiones. Éste es Flatland, adonde arriba nuestro astronauta que, enterado de las particularidades del lugar y sus habitantes –ya que en un mundo plano podrían existir seres también planos, toda una civilización y una cultura quizás desarrollada pero bidimensional– y seguramente aburrido por un largo viaje en solitario, decide jugarles algunas bromas pesadas.

Por ejemplo, y valiéndose de un hipotético y gigantesco trépano, orada la superficie de ese planeta. Como sus aborígenes piensan y perciben en dos dimensiones, no podrían advertir que un trozo de la superficie de su mundo es perforado desde arriba por un objeto: simplemente, percibirían una zona de su mundo cambiando reiteradamente de forma y color. Y si por ese agujero cae uno de los chatos sujetos, los demás, involuntarios testigos, no verían a un congénere precipitándose al vacío sino desapareciendo en la nada.

Aún más; si debajo y paralelamente a ese Flatland hubiera un Flatland II, sobre el cual cayera el desgraciado individuo, los habitantes de este último no verían “caer” a alguien (el concepto de “caída” va necesariamente asociado al de “arriba-abajo” es decir, de “alto”, la tercera dimensión de que carecerían en esos mundos) sino que observarían, asombrados y asustados, cómo alguien como ellos sorpresivamente aparecería de la nada.

¿Cuántos testimonios, cuántas leyendas de todas las edades, cuántos relatos fiables nos han venido transmitiendo el recuerdo de sucesos similares ocurridos en nuestro propio mundo, gente que desaparece en la nada o que de la nada surge repentinamente, como si en nuestro planeta, este marco referencial de cuatro dimensiones, se precipitara algo o alguien desde un universo de “n” dimensiones más allá de las nuestras? Porque si un espacio de cuatro dimensiones puede en teoría contener un cuerpo de dos, un universo de, digamos, veinte dimensiones, ¿cómo no comprendería con facilidad un ámbito de sólo cuatro?

Estamos en relación a ese universo como la buena gente de Flatland con respecto a nuestro universo. Claro que seguramente el lector exigirá entonces que uno –yo– le “explique” cómo es ese universo de, por ejemplo, veinte dimensiones. Y esto me es imposible. Porque una lógica –la nuestra– un precondicionamiento cultural –el nuestro– una estructura cerebral –la nuestra también– esquematizada, modelada, estructurada en cuatro dimensiones, no podría comprender analíticamente, racionalmente, el concepto de “n” planos. Y no por falta de inteligencia, ni de información, ni de profundidad de razonamiento. En todos los casos, sería una inteligencia de cuatro dimensiones, información de cuatro planos, razonamiento de cuatro niveles. Sólo una impredecible evolución (impredecible no en el sentido de si sucederá, ya que estoy persuadido de que indefectiblemente llegará, sino en el sentido de cómo y cuándo) puede producir el “salto cuántico” que nos lleve a integrarnos conceptualmente a ese Universo superior al que pertenecemos sin saberlo. O, tal vez, “otras” formas de conocimiento –¿la mística, quizás?– nos dará el conocimiento que la razón desconoce. Y una breve digresión aclarará el porqué de esta suposición.

Entiendo que en el organismo humano nada es innecesario, superfluo, descartable. Que todo cumple (ha cumplido-cumplirá) alguna función. Hasta al desacreditado apéndice, impunemente extirpable, se le sospecha funciones de filtro que hasta un tiempo atrás se le ignoraban. Y qué decir de las amígdalas: décadas de filosos bisturíes extrayéndolas privaron a generaciones de recursos inmunológicos redescubiertos recientemente. Es decir que, cumpliendo conocidas leyes –aplicables tanto a la física celeste como a la economía de mercado– la naturaleza busca el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. La eficiencia. Y en función de la supervivencia –de la especie o del individuo, lo mismo da– todo en la estructura del ser humano tiene que tender hacia el mismo fin. Bien. Aceptado esto, ¿qué necesaria función natural cumple el pensamiento mágico, irracional, intuitivo, místico, religioso? Alguna vez escribí que si la psiquis del hombre necesita de lo mágico, es porque en algún lugar hay algo que satisfacerá esa necesidad. Así como el pensamiento racional, analítico, es una indudable arma de supervivencia y progreso, así el pensamiento mágico también tendrá su lugar de acción, su puesto a cubrir. Y tal vez ese puesto sea el de catapultarnos a una forma trascendente de percibir una Realidad, también trascendente. Multidimensional.

Por otra parte, atisbo el concepto de “n” dimensiones como algo más definible como una Realidad que contenga nuestra realidad. Como si la realidad fuera una ventana, y mirando desde dentro del cuarto pensemos que lo que alcanzamos a ver por el rectángulo es todo cuanto existe. Y así como nuestros órganos sensorios nos permiten percibir lo físico dentro de una determinada “ventana” –no escuchamos infrasonidos ni ultrasonidos, pese a saber que existen, no vemos vibraciones del espectro infrarrojas o ultravioletas, pese también a saber que existen– la comprensión lógica está constreñida dentro de ese marco. Y la mística, tal vez, sea como asomarse por el alféizar y mirar hacia ambos lados de la pared, arriba y abajo.

La segunda postura necesitada de aclaración tiene que ver con el origen pretendidamente extraterrestre de los OVNIs. En absoluto descreo de ello: simplemente estructuro aquí una hipótesis para cierto número de manifestaciones del fenómeno.

Más aun: como explicaré en otra oportunidad, creo que entre la Inteligencia extradimensional y ciertas Inteligencias extraterrestres hay un conato de acuerdo. Pero eso será tema de otro trabajo.

Por extravagantes que sean los planteos que voy a esbozar aquí, trataré de acreditarlos con pensamientos científicos. Atención: dije científicos, no académicos. O, como es dominante en el campo de los doctorados, “pensamiento estadístico”; pensamiento reductible a una enunciación axiomática que no necesariamente refleja toda la realidad, lo que es, a mi criterio, una de las grandes falacias del así llamado “racionalismo” de nuestros tiempos: enuncia leyes que parecen aplicarse en todas las circunstancias y por ello ser generales, pero pocas veces reflejan los pequeños matices de la realidad de todos los días.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que tengo un cajón lleno de pequeñas piedras rodadas y después de sesudos estudios y complicados cálculos enuncio la siguiente proposición general: “El 95 % de las piedras de este cajón tiene un diámetro promedio de 3 cm”. Este es un típico ejemplo de enunciación académica. Sin embargo, si tomo un escalímetro y anoto el diámetro de piedra por piedra previamente numerada, será muy difícil encontrar simplemente una sola que tenga exactamente tres centímetros de diámetro. Este es un elemental caso de “pensamiento estadístico” que desea camuflarse de “pensamiento científico”. Y aún cuando lo logre, como se ve, no necesariamente refleja la realidad.

El OVNI como ente “psicoide”

El eminente psicólogo suizo Carl Gustav Jung definía a los “entes psicoides” como elementos a caballo entre una realidad psíquica y una física, como objetos de conocimiento que comparten presencia en esos dos mundos. Para él, el OVNI era uno de tales. Indiscutiblemente (y lo ratificó puntillosamente en su libro “Sobre cosas que se ven en el cielo”, Editorial Sur, Buenos Aires, 1961) tenía realidad física: dejaba marcas en sus aterrizajes, quemaba los campos, era detectado por el radar… pero también tenía una componente psicológica poderosísima; Jung pensaba que expresaba la idea de “mandala”, palabra sánscrita que significa “círculo”, que en Oriente remite a pinturas hechas para prácticas de meditación (generalmente afectando esa forma, aunque en ocasiones pueden ser cuadrados) con representaciones de acciones de dioses y semidioses, combates mitológicos y hechos históricos o legendarios) pero que también, siguiendo sus enseñanzas, se encontraría como un símbolo latente en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad, para expresar la necesidad de búsqueda de sí mismo, o, más exactamente, lo que él llamó la necesidad de realizar (hacer realidad) el Proceso de Individuación. El completarse uno en sí mismo.

Leemos en “Actas de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas” de Londres, Tomo 35, parte 94, F.E. Leaning, “Estudio introductorio de los fenómenos hipnagógicos”, 1925:

“Fui consciente de que algo se movía y giraba delante y encima de mi frente. Tomó la forma de un disco de unos cuatro pies (N. Del T.: aproximadamente un metro treinta centímetros) de diámetro. Dentro del disco estaba sentada una joven. Era una bella criatura, de rostro muy amistoso y encantador. Muy simpáticamente, me hizo señas con su cabeza. Le dije: “¿Quién eres?”. Me respondió: “Soy tu Auto-control”. En el libro del doctor Bramwell yo había leído que el objetivo principal de todo tratamiento hipnótico debe ser desarrollar el autocontrol del paciente, pero jamás se me había ocurrido la idea de que eso significaba desarrollar una joven”. “Advierte cuán real soy”, me dijo, y extendió hacia mí su brazo y su mano. Palmoteé sus dedos. Oí el ruido que esto provocó y sentí el contacto. Luego, en esa ocasión, advertí algo extraordinario: sentí su mano como si fuera la mía. O sea, sentí lo mismo como si yo estuviera tocando mi mano derecha con mi mano izquierda. Sin embargo, mis manos no se estaban tocando, sino que descansaban sobre el cobertor de lana”. “De inmediato, ella se dispuso a salir del disco. Sacó su pie. Todavía recuerdo la media de seda con bellos adornos. Yo podía ver cada punto de la seda. Por eso, directamente decidí que lo mejor era que ella se quedara allí, pues empecé a sentirme inquieto no fuera que algo se hubiera descompuesto (sic) en mi cerebro. Ella percibió de inmediato mi temor: lo pude ver en su cara. De modo que regresé a mi conciencia común y ella desapareció”.

Qué duda cabe que si este episodio, detalle más, detalle menos, en vez de ocurrir a principios de siglo dentro de una espaciosa habitación hubiera ocurrido decenios más tarde a campo abierto, tendríamos un típico cuasi aterrizaje de un OVNI.

Incluso, lo exiguo del “aparato” para transportar a su tripulante no deja de despertar ecos en mi memoria. ¿Nunca les llamó la atención las en ocasiones exiguas y estrechas proporciones de las “naves espaciales” en relación al tamaño de los tripulantes que luego parecen emerger de ellas?

Pero lo más importante es la identificación que de sí misma hace la aparición. Me recuerda otro caso, ocurrido en Zimbabwe, África, el 31 de mayo de 1974, cuando una joven pareja conduciendo de noche su automóvil por una carretera rural y despejada, fue interceptada por una poderosísima luz proveniente de lo alto: Peter, el conductor, pierde el control del vehículo que parece ser controlado a distancia, mientras la temperatura dentro del mismo desciende muchísimo (estaríamos aquí ante otro vínculo entre Parapsicología y OVNIs: los fenómenos de “termogénesis” o cambios bruscos de la temperatura ambiental por causas aparentemente no físicas) y protagonizan un episodio de “tiempo perdido”.

En hipnosis, él y su esposa, Frances, dicen lo siguiente:

“Dentro del auto, nos programaron… mi esposa se quedó dormida, o la radio, que tenía la voz de “ellos”, la hizo dormir, de modo que no puede recordar mucho de lo ocurrido dentro del auto. Una forma se filtró hacia el asiento trasero, estuvo allí sentada durante todo el viaje y me dijo que yo vería lo que quisiera ver. Si lo quería ver como un pato, entonces sería un pato; si lo quisiera ver como un monstruo entonces lo vería como un monstruo”.

En otras palabras: la entidad, la inteligencia se presenta a sí misma como proteiforme, como oportunamente enunciáramos.

Es evidente en Jung su deseo de no profundizar en los aspectos materiales del OVNI, simplemente porque como psicólogo le resultaría irreconciliable admitir una inteligencia extraterrestre –en el sentido de “fuera de lo humano”– cuando acababa de perfilar con tanta justeza una teoría inconsciente sobre estas observaciones.

Pero individuo honesto a rajatabla, no puede negar esa materialidad, aunque se limita a subrayarla en la introducción del trabajo ya citado. Aun más: en esos tardíos años ’50, la sola suposición de objetos extradimensionales, fuera del “pulp” de la ciencia ficción, era cosa de alucinados. Y no sería Jung quien en el ocaso de su vida arriesgara todo el prestigio que tan duramente se ganó proponiendo esta explicación.

Pero es obvio que cuando habla de los OVNIs como entes psicoides, esto es, objetos que tanto comparten una realidad física en el “allá afuera” del individuo como psicológica en el “aquí dentro” de su mente, seguramente estaba pensando en ello. Y, quién sabe, en las tremendas implicaciones. Porque si la realidad OVNI es psicoide, la evolución en las manifestaciones del fenómeno no habla sólo de un cambio en la exteriorización del mismo: habla también de una evolución en el psiquismo colectivo de la humanidad, ya sea porque el ovni produce el cambio psíquico o el psiquismo induce la evolución fenomenológica del ovni. Y esto es mucho más que un “salto cuántico” del Inconsciente Colectivo: es evolución, en un sentido biológico e histórico, lisa y llanamente.

Simplemente, porque la unidad en la acción significa unidad en la finalidad. Ciertamente, el genial psicólogo creía en los OVNIs como “símbolos”, pero entendiendo tal palabra no en un sentido peyorativo, de cosa ficticia, fetichista o imaginaria, sino como algo que representa lo vago, desconocido u oculto.

No podía aceptar que el OVNI fuera lo que aparentaba ser, básicamente porque él sabía mejor que nadie que hay aspectos inconscientes en nuestra percepción de la realidad, como el hecho de que, aun cuando los sentidos reaccionen ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad exterior al de la mente. Dentro de ella, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse, porque la psiquis no puede conocer su propia sustancia psíquica.

Por tanto, cada experiencia OVNI contiene un número ilimitado de factores desconocidos. Los OVNIs son absurdos como los sueños. Pero, como ellos, existen. Dejan huellas físicas pero violan permanentemente “sus” leyes, tal vez para recordarnos que en buena medida tampoco son físicos. Aunque sospecho que, en realidad, son hiperfísicos. El hecho es que muchos supuestos EBEs (Entidades Biológicas Extreterrestres) y ovnis presentan características anodinas (antenas en “V” los primeros, escalerita o faroles los segundos), que parecen más tomadas de la mente de los testigos que respondiendo al uso real que pudieran darle los ET.

Además, es más un ejemplo de conceptualización equivocada del futuro, que elementos de una civilización tecnológica. A veces tengo la sensación de que dentro de la interrelación del Fenómeno OVNI con la historia humana estamos a un paso de vivenciar una “profecía autocumplida”. Creo que la presencia de los OVNI nos está anunciando algo, pero temo que nos ocurra como cuando el oráculo de Delfos le dijo al rey Creso que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino; sólo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, luego de cruzar el río, fue cuando ese rey se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era el suyo propio.

Si los OVNIs tienen un componente “psicoide” que interactúa con el Inconsciente Colectivo de nuestra especie, pueden estar comportándose como los sueños del Inconsciente Personal o Individual que, a veces, anuncian ciertos sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad.

Muchas crisis de nuestra vida –sin que se trate aquí de premoniciones– tienen una larga historia inconsciente. Vamos hacia ellas paso a paso sin darnos cuenta de los peligros que se van acumulando. Pero lo que no conseguimos ver conscientemente, con frecuencia lo ve nuestro inconsciente que nos trasmite la información por medio de los sueños.

Si los OVNIs son sueños del Inconsciente Colectivo a caballo con la Realidad, están influyendo, interactuando, impulsándonos y advirtiéndonos. ¿De qué? Eso, trataremos de develarlo en este libro.

No quiero abusar del término “símbolo” sin abundar un poco sobre su significado. Puntualicemos en principio la diferencia entre “signo” y “símbolo”, ya que mientras el signo es siempre menor que el concepto que representa, el símbolo siempre significa algo más que su significado evidente e inmediato.

Los símbolos no sólo se producen en los sueños. Aparecen en toda clase de manifestación psíquica. Hay pensamientos y sentimientos simbólicos, situaciones y actos simbólicos. Frecuentemente, hasta los objetos inanimados cooperan con el inconsciente en la aportación de simbolismos.

En consecuencia, si el OVNI es símbolo además de su existencia física, lo es en tanto y en cuanto significa o remite a otra cosa. El enfoque jungiano puede aportar una clave inédita para entender al Fenómeno OVNI. No solamente por su aproximación revolucionaria –más aún, en la época en que fue formulado y mucho más, pues numerosos cultores del mismo ni siquiera lo han comprendido, o, parafraseando al maestro, están enfermos de “misoneísmo” (rechazo a lo novedoso)– de realidades psicoides, a horcajadas entre el mundo de la materia y el mundo de la mente, sino porque libera una vía alternativa, que no es la del pensamiento lineal sino la del pensamiento alternativo, para conocer su origen.

En “El hombre y sus símbolos” escribe así:

“…Estos cuatro tipos funcionales corresponden a los medios evidentes por los cuales obtiene la conciencia su orientación hacia la experiencia. La percepción (es decir, la percepción sensorial) nos dice que algo existe; el pensamiento nos dice lo que es; el sentimiento nos dice si es agradable o no lo es y la intuición nos dice de dónde viene y adonde va…”.

Quizás premonitoriamente, Carl Jung sembró nuestra inquietud de aunar una aproximación parapsicológica y esotérica al Fenómeno OVNI.

Mencioné líneas arriba cómo muchos seguidores de la escuela jungiana parecen tener pánico de extrapolar y profundizar sus consideraciones. Esto es más que evidente en torno al Fenómeno OVNI, donde se abusa hasta el hartazgo con la intención de reducirlo a la categoría de arquetipo. Pero en este y otros casos, el término “arquetipo” es comprendido mal, como si significara ciertos motivos o imágenes mitológicas determinadas. Éstos no son más que representaciones conscientes; sería absurdo suponer que tales representaciones variables fuesen hereditarias. Y, si son representaciones, y si el OVNI –o, mejor dicho, “la observación de ovnis”– es arquetípica, entonces es representación de algo. De qué, es tras lo que estamos.

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