Al Filo de la Realidad

Revista sobre Ovnis, Parapsicología y Ocultismo.

La experiencia de abducción “extraterrestre” como iniciación esotérica (5 y final)

Publicado por Gustavo Fernández en 13-11-2009

 

El miedo como prueba

Vamos entonces acercándonos al meollo de la cuestión: trato de enunciar la teoría de que la experiencia de abducción ocurre físicamente pero en un plano distinto de la Realidad al cual se accede a través de estados alterados de conciencia donde se “recrea”, se teatraliza una experiencia que es en sí “alucinatoria” y enmarcada dentro de los cánones culturales del protagonista tanto para hacerla perceptible como asimilable y reducir su efecto traumático. O, mejor aún, dejar libertad a la atención en focalizarse en los necesarios aspectos traumáticos de miedo y dolor de la experiencia, útiles a la consecución de los fines buscados por la o las inteligencias que se mueven detrás del episodio.

Y me baso en dos aspectos fundamentales: la sensación de terror y pánico de la experiencia (común y buscada adrede en las experiencias iniciáticas) y el dolor seguramente innecesario provocado en los “experimentos médicos” llevados a cabo.                                                                                               

Vuelo, miedo, dolor… tres constantes comunes a la experiencia de abducción y el éxtasis del shamán. La decadencia del shamanismo actual constituye un fenómeno histórico, que se explica en parte por la historia religiosa y cultural de los pueblos arcaicos. Pero en las tradiciones a las que hemos de aludir se remite a otra cosa, a saber, al mito de la decadencia del shamán, que no es lo mismo, por cuanto se pretende transmitir generacionalmente que en otros tiempos el shamán no volaba al cielo  en éxtasis, sino materialmente, la “ascensión” no se hacía en espíritu, sino en cuerpo. La actitud “espiritual” significa, pues, una caída en comparación con la situación anterior, donde el éxtasis no era preciso porque no existía posibilidad de separación entre el alma y el cuerpo, es decir que no existía muerte alguna. Es la aparición de la Muerte lo que ha roto la unidad del hombre integral, separando el alma del cuerpo y limitando la supervivencia únicamente al principio “espiritual”. En otros términos, para la ideología primitiva, la experiencia mística actual es inferior a las experiencia sensible del hombre primordial Esto habla claramente de que la naturaleza del hombre –o de algunos hombres- en ese entonces, en esa Edad de Oro era otra. Y si la Edad de Oro es asimilable al Paraíso, tal vez remita al recuerdo tergiversado y desvirtuado de un origen estelar. Porque de lo que hablan todos los antiguos mitos es que, detrás del estado de “perfección primigenia”, una catástrofe vino a interrumpir las comunicaciones entre el Cielo y la Tierra, y es desde entonces que data la condición actual del hombre quien, antes, convivía con los dioses. Si esos dioses eran físicos, con escafandra y trajes relucientes, o fuerzas inteligentes contactables en el aquí y ahora, es simplemente cuestión de opinión. Así lo enseña el folklore de todas las épocas. Y escribía René Guénon en “El Graal y la búsqueda iniciática”, Barcelona, España, 1985, citado en el especial sobre “El esoterismo del Grial” del Boletín “Templespaña” (templespana@TempleEmail.zzn.com) : “Su concepción está estrechamente ligada a ciertos prejuicios modernos, y no insistiremos aquí en todo lo que hemos dicho al respecto en otras ocasiones. En realidad, cuando se trata, como ocurre casi siempre, de elementos tradicionales, en el verdadero sentido de la palabra, por más deformados, menguados o fragmentados que puedan estar a veces, y de cosas poseedoras de valor simbólico real, aunque, a menudo, disimulado bajo una apariencia más o menos «mágica» o «fantástica», todo esto, lejos de tener un origen popular, no es, en definitiva, ni siquiera de origen humano, porque la tradición se define precisamente, en su misma-esencia, por su carácter suprahumano. Lo que puede ser popular es únicamente el hecho de la «supervivencia», cuando estos elementos pertenecen a formas tradicionales desaparecidas; y, a este respecto, el término «folklore» adquiere un significado bastante próximo al de «paganismo», teniendo sólo en cuenta la etimología de este último y quitándole la intención polémica e injuriosa. El pueblo conserva así, sin comprenderlos, los residuos de tradiciones antiguas, que se remontan incluso a veces a un pasado tan lejano que sería imposible determinarlo exactamente y que nos contentamos con remitir, por esta razón, al terreno nebuloso de la «prehistoria»; llena en esto la función de una especie de memoria colectiva más o menos «subconsciente», cuyo contenido proviene manifiestamente de otra parte. Lo que puede parecer más asombroso es que, cuando se va al fondo de las cosas, se comprueba que lo que se ha conservado de ese modo contiene sobre todo, bajo una forma más o menos velada, una suma considerable de datos de orden propiamente esotérico, es decir, precisamente lo que es menos popular por naturaleza. De este hecho sólo existe una explicación plausible: cuando una forma tradicional está a punto de extinguirse, sus últimos representantes pueden muy bien confiar voluntariamente a este memoria colectiva de la que acabamos de hablar lo que de otro modo se perdería irremisiblemente; éste es, en suma, el único modo de salvar lo que puede serlo en una cierta medida; y, al mismo tiempo, la incomprensión natural de la masa es una garantía suficiente de que lo que poseía un carácter esotérico no por ello será desposeído de] mismo, permaneciendo solamente, como una especie de testimonio del pasado, para aquellos que, en otros tiempos, serán capaces de comprenderlo”.

Meses atrás releía una versión moderna del “Poema de Gilgamesh” –que algunos atribuyen al rey Uruk de la ciudad de Ur, actual Kuyurdik, escrito tal vez en el año 3.000 AC, con una primera versión cierta del 2.300 AC y la última casi mil setecientos años después- más concretamente el pasaje en que, luego de vencer a los hombres – escorpión de los montes Mashu, Gilgamesh y Enkidu festejan embriagándose su victoria en momentos en que la diosa Ishtar pido a su padre, el supremo dios Anu, la creación de un toro celeste que mate al héroe de la epopeya. Como dice la crónica, ambos amigos pueden matarlo y Enkidu, el hombre – mono (¿) arroja una parte de un león al rostro de la diosa, la cual, ofendida, clama venganza y suscita la muerte del audaz. Gilgamesh desciende entonces a la morada de Nergal, dios de la muerte, para negociar a su vez su desquite. Y fue en ese momento cuando advertí que todos los antiguos mitos, de cualquier origen étnico o religioso, repiten a gritos una verdad que parecemos querer ignorar: la de que los “dioses” no estaban en el cielo –excepto los “dioses padre”, pero aquí se aclara puntualmente- sino en el templo o entre los hombres, visibles y confrontables. Entonces, la proyección del cielo como lugar de origen de las divinidades es referente a un punto de procedencia, no de presencia.

En la línea de sus teorías sobre la ostentación de la soberanía, A. M. Hocart  (“Vuelos aéreos” en “Antigüedades de la India, 1923) consideraba la ideología del “vuelo mágico” solidaria, y en última instancia tributaria, de la institución de los reyes – dioses. Si los reyes del Asia suroriental y los de Oceanía eran llevados sobre las espaldas es porque, asimilados a los dioses, no debían tocar la tierra; como los dioses “volaban por los aires”. De donde es evidente que la tradición se refiere a un vuelo material, real en el sentido físico. Los sinólogos insisten en que tanto el “emperador amarillo” Hoang-ti como el emperador Chou aprendieron el “arte del vuelo” con magos cuya denominación era “sabios emplumados” (recordemos a los shamanes de tantos pueblos indígenas consustanciándose con animales, entre ellos, pájaros). “Ascender al Cielo volando” se dice en chino como: “por medio de plumas de pájaro, ha sido transformado y ha ascendido como un inmortal”. El camino era el Tao y la Alquimia. La Alquimia, porque sus obras otorgaban la condición de transustanciación. Pero si “ascender al Cielo” era transustanciarse (recuerden a Jesús ordenándole a su discípulo: “¡No me toques!”, como si el proceso de transmutación física pudiese ser abortado involuntariamente) me pregunto tanto como si de lo que estamos hablando es de desarrollar las técnicas de “vibrar en otras frecuencias” para desplazarnos en un nuevo cuerpo, o, el mismo cuerpo en otro orden de realidad, así como de las repetidas advertencias de tantos esoteristas y canalizadores en el sentido que cuando nuestro sistema solar atraviesa el famoso “anillo manásico” habrá un cambio evolutivo significativo de nuestra naturaleza, perceptible en forma de transmutaciones atómicas impensadas hasta ahora. Por lo menos, de eso es de lo que se habla.

Por lo pronto, el hecho de sobrepasar la condición humana con estas transformaciones no implica necesariamente la “divinización”. Los alquimistas chinos e hindúes, los yoguis, los sabios, los místicos tanto como los shamanes, aunque capaces de volar “en otros planos” no pretenden ser por ello dioses. Solamente, dicen compartir momentáneamente de condiciones propias de los “espíritus”. O adquirir la capacidad de penetrar en otros planos.

Que esas capacidades de “vuelo” implican necesariamente un crecimiento espiritual, una evolución, lo refiere las numerosísimas asociaciones entre el acto de volar y el de comprender. El Rig Veda, libro VI, capítulo 9, dice: “La inteligencia (manas) es el más rápido de los pájaros”, y el Pañcavimsa Brahamana, libro IV, capítulo 1, dice: “Aquél que comprende tiene alas”.

En cuanto al miedo y al dolor… sigamos a Mircea Eliade (op.cit) cuando escribe: “… esto se revela mejor todavía en una descripción que un misionero belga, Léo Bittremieux, nos ha dado de la sociedad secreta de los bakhimbas, en el Mayombé. Las pruebas iniciáticas duran de dos a cinco años, y la más importante consiste en una ceremonia de muerte y resurrección. El neófito debe ser “matado”. La escena tiene lugar durante la noche y los ancianos iniciados cantan, sobre el ritmo del tambor de danza, el lamento de la madre y de los parientes sobre los que van a “morir”. El candidato es flagelado y bebe por primera vez una bebida narcótica llamada “bebida de la muerte”, pero también come semillas de calabaza que simbolizan la inteligencia, detalle éste significativo, por cuanto indicaría que a través de la muerte se accede a la sabiduría. Después de haber bebido la “bebida de la muerte”, el candidato es tomado de la mano y uno de los ancianos lo hace dar vueltas sobre sí mismo hasta que cae al suelo. Entonces todos gritan: “¡Oh, alguien ha muerto!”. Un informante indígena dos da este detalle más preciso: que se hace rodar al muerto en tierra, en tanto que el coro entona un canto fúnebre: “¡Está bien muerto, él. Al khimba, ya no volveré a verlo jamás!”.

“Y de este modo, también en el pueblo lo lloran su madre, su hermano y demás deudos. De inmediato, los “muertos” son llevados en hombros por sus parientes ya iniciados y transportados a un recinto consagrado que se denomina el “patio de la resurrección”. Allí se depositan, totalmente desnudos, en un foso en forma de cruz, donde permanecen hasta el alba del día de la “conmutación” o de la “resurrección” que es el primer día de la semana indígena, que no cuenta sino con cuatro. A los neófitos se les rapa luego la cabeza, se los apalea, se los arroja al suelo y finalmente se los resucita dejándoles caer en los ojos y en las narices algunas gotas de un líquido muy picante. Pero antes de la “resurrección” deben prestar juramento de guardar el secreto más absoluto: “todo cuanto viere aquí no lo diré a nadie, ni a una mujer, ni a un hombre, ni a un profano, ni a un blanco; y si así lo hiciere, hazme hinchar, mátame”. Todo cuanto viere aquí, entonces, el neófito no ha visto todavía el verdadero misterio. Su iniciación –es decir, su muerte y resurrección rituales.- no es sino la condición sine qua non para poder asistir a las ceremonias secretas sobre las cuales estamos muy mal informados.”

“Nos resulta imposible hablar de otras sociedades secretas masculinas –las de Oceanía-. Por ejemplo, la del “dukhuk” particularmente, cuyos misterios y el terror que ejercían sobre los no iniciados han impresionado a los observadores; o las cofradías masculinas de la América del norte, célebres por sus torturas iniciáticas. Sabemos por ejemplo que entre los mandan –donde el rito iniciático tribal era a la vez el rito de entrada en la confraternidad secreta- la tortura sobrepasaba todo cuanto podíamos imaginar: dos hombres hundían cuchillos en los músculos del pecho y la espalda, hundían sus dedos en las heridas, pasaban una correa bajo los músculos, fijaban de inmediato las correas e izaban luego al neófito en el aire. Pero antes de izarlo, le metían clavijas en los músculos de los brazos y de las piernas, a las que eran atadas pesadas piedras y cabeza de búfalos. La manera como esos muchachos soportaban esa tremenda tortura llegaba a lo fabuloso: ningún rasgo de su semblante se contraía mientras los verdugos despedazaban sus carnes. Una vez suspendido en el aire, un hombre comenzaba a hacerlo dar vueltas rápidamente como un trompo, hasta que el desdichado perdiese el conocimiento y su cuerpo pendiese como dislocado”.

O, acoto yo, la costumbre entre los swahili del centro de África, de cortar el prepucio en la pubertad pero no con la técnica judía sino de una manera más sangrienta y dolorosa, pues consistía en arrastrar hasta la base del pene aquél, desprendiendo con una cuchilla de sílex las membranas que lo fijaban al tronco. Uno de los efectos buscados, según han sostenido los shamanes, era que esta carnicería combatía los “temores a superarse” del hombre: nuestros psicólogos traducirían por “inhibiciones”, “represiones” y “torturas”. Por ejemplo-vuelvo a los shamanes- el no saber que puede correrse tan rápido como un gamo (en una sociedad donde hay que perseguir al almuerzo todos los días). Y lo cierto es que, experimentalmente hablando, la velocidad de un corredor swahili supera con creces no sólo la de nuestros mejor entrenados atletas sino también casi hasta lo fisiológicamente posible para el ser humano. Y el miedo al dolor, que en nuestra cómoda y burguesa sociedad se ha transformado en el dolor del miedo, es seguramente el freno inconsciente a permitirnos liberar nuestra verdadera naturaleza superior.

En consecuencia, comparo con tantos testimonios de abducidos (Strieber, entre los más populares): recuerdo las descripciones del “instrumental médico” empleado por los hipotéticos extraterrestres: cuchillas de formas retorcidas, agudas puntas candentes que parecen penetrar en los ojos, tubos flexibles penetrando el ano, dolor y miedo. ¿Acaso no sería más esperable que una civilización tan adelantada tecnológicamente como para atravesar el universo sin grandes y elefantiásicos derroches de combustible y maquinaria pesada pudiese disponer de un instrumental absolutamente indoloro, sutil y casi invisible?. Comparen la evolución del instrumental médico de nuestro propio planeta en apenas un par de siglos. ¿No es evidente su “sutilización” –disculpen si abuso del término?. ¿Porqué deberían estos seres continuar usando herramientas casi decimonónicas sino no fuera que precisamente no es la consecuencia de sus intervenciones la búsqueda de un resultado fisiológico –como no lo es la del shamán que corta prepucios- sino generar un estado alterado de miedo y dolor que despierte a un nuevo orden de realidad?. Hasta el “secreto” que se le impone al iniciado es, en la moderna categoría de los abducidos, reemplazado por un secreto más seguro y convincente: el que estas entidades programan en la mentes de los protagonistas, evidenciándose en los episodios de “tiempo perdido”.

El huevo cósmico

Sería exageradamente reiterativo si pasara a citar las innúmeras fuentes, rastreables en casi todas las culturas, donde la Creación, el Génesis, el primer Parto Cósmico encuentra su símbolo en el Huevo Primordial: desde los incas al Indo, desde los alacalufes a los celtas, desde los pueblo hasta los normandos, el primer ser, el primer dios, la primera pareja eclosionaron de un huevo como símbolo de la Gran Obra: milenios después, los alquimistas se referirían al Huevo (o Piedra) Filosofal como el crisol de donde nace una materia sublimada, transmutada, es decir, elevada a un plano superior de naturaleza, no sólo por su constitución, sino así también por sus propiedades. Los primitivos sarcófagos, féretros y tumbas dramatizaban ese renacimiento. Y entonces uno se pregunta si la forma ovoidal de tantos OVNIs, más que estar hablándonos de una obvio rendimiento aerodinámico, no nos estará en realidad remitiendo simbólicamente a esa propiedad feérica del Huevo Primordial. No puedo dejar de pensar en ello cuando reflexiono sobre las incomodidades de un apiñado grupo de astronautas extraterrestres apretujados en el interior de tan escaso espacio disponible, como señalé cuando advertí sobre lo exiguas de las dimensiones de las presuntas naves en función de sus tripulantes (aún con la gracia de minúsculos motores propulsantes).

Alguien –y con razón- podría señalarme que a través del tiempo la forma de los OVNIs han ido sufriendo cambios. Y ya he aclarado que en lo personal no creo que se trate de nuevos estilo de diseño surgidos de la mente de un afiebrado Oreste Berta intergaláctico. Creo que la razón para el “cambio” es otra.

Si observamos nuestros sueños durante un período de años y estudiamos toda la serie, veremos que ciertos contenidos emergen, desaparecen y vuelven otra vez. Mucha gente incluso sueña repetidamente con las mismas figuras, paisajes o situaciones, y si los seguimos a lo largo de todas las series, veremos que cambian lenta pero perceptiblemente. Estos cambios pueden acelerarse si la actitud consciente del soñante está influída por una interpretación adecuada de los sueños y sus contenidos simbólicos.

Esta retroalimentación –que en el Inconsciente Colectivo de la humanidad ha sido la investigación y difusión OVNI- ha modificado el fenómeno. Dicho de otra manera, es la prueba que estamos más o menos en la vía correcta de interpretación (o cuando menos la interpretación que la Inteligencia operante detrás del fenómeno desea que tomemos como tal) ya que de no haberlo sido, de tratarse simplemente de una alucinación histórica de las masas, persistiríamos en las mismas imágenes, situaciones y contextos. O sea, la misma evolución del fenómeno habla de una mejor calidad de “sintonía” entre nosotros y las inteligencias que tras él se escudan.

Por supuesto, la primer resistencia a esta lectura provendrá seguramente de mis propios colegas de investigación (los detractores estarán a estas alturas despanzurrándose de la risa) quienes argumentarán que no puede ser correcta la exagerada “espiritualización” del tema, los mensajes de contenido mesiánico, las severas amonestaciones de “hermanos mayores”, la insistencia sobre la oración en vez de la cura para el cáncer. A lo cual opongo una demasiada elemental trinchera, sobre cuya validez ustedes juzgarán. Que podríamos sintetizar así: ¿Qué culpa tienen esas inteligencias, digámosle extraterrestres, si la naturaleza de los problemas acuciantes de la humanidad es esencialmente espiritual?. Porque estoy convencido que, sin la ayuda de nuestros visitantes, más tarde o más temprano la especie humana resolverá los grandes dilemas técnicos: la cura para el cáncer o el SIDA, la energía no renovable, las hambrunas, el recalentamiento global… tenemos, qué duda cabe, la inteligencia para ello. Pero, aparentemente, donde hemos desviado el camino es en lo espiritual: o lo ignoramos, o cuando queremos referirnos a ello lo dejamos acartonado entre los bastiones de instituciones dogmáticas centenarias, las religiones, a cuya supervisión confiamos los desvaríos místicos del prójimo. Y todos contentos. Así que mientras técnica y científicamente sólo estamos retrasados, creo que en lo espiritual estamos desviados. Y esto, qué duda cabe, es mucho más grave, por cuanto mayor tiempo pasa más nos aleja del punto en que es posible el reencauzamiento a una aproximación espiritual correcta. Así que si estas inteligencias deciden dirigir sus mensajes en esta dirección, es porque nos están hablando de lo que necesitamos y no de lo que esperamos. Cuando retamos a nuestros pequeños hijos o los sentamos seriamente frente a nosotros para hablarles de cosas que creemos son importantes que conozcan y disciernan, no nos preocupa tanto si ellos dan el mismo valor que nosotros a nuestros sermones: creemos que es importante para su evolución decírselos, y suficiente. El maestro no consulta a sus alumnos respecto a qué quieren estudiar tal año académico: simplemente, hace lo posible para que lo que deben aprender –si quieren continuar adelante- sea bien asimilado. En ese orden de ideas, entonces, ¿no es evidente que si a ciertas mentes intelectuales tanto les molesta el contenido espiritual de los mensajes podría ser porque indica precisamente de lo que carecen esas mismas mentes?.

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La experiencia de “abducciòn extraterrestre” como iniciación esotérica (4)

Publicado por Gustavo Fernández en 09-11-2009

 

El cielo en la carne

Ya hemos insinuado que existe, a nuestro criterio, ciertas características de las prácticas shamánicas (recordando el amplio espectro de aplicación que damos a esta palabra) que podrían introducirnos en un conocimiento más profundo de la experiencia OVNI. Para ello, es necesario, primero, que dediquemos cierto tiempo para comprender la naturaleza de algunas prácticas de estos malentendidos “hechiceros”.

Comencemos por el concepto del “vuelo” entre sus atribuciones. En tiempos históricos, está claro que este “vuelo” es espiritual. Ciertamente, fisiólogos y médicos dirán que se tratan de creaciones alucinatorias provocadas o bien por las sustancias alucinógenas a las que son tan afectos, o bien como consecuencia de las flagelaciones, torturas físicas y situaciones extremas a las que, como parte de su aprendizaje, someten cuerpo y mente. Una conducta masoquista que, en un todo, es coherente con sus creencias. Entre los hindúes, dice el Satapatha Bramana, en su Capítulo IV: “El sacrificio, en su conjunto, es la nave que lleva al cielo”. Pero concluir que sus percepciones son “alucinaciones” –en todo su sentido de ilusorio- creadas por el sufrimiento, el estrés de una situación límite o las drogas puede ser un enfoque equivocado de la situación. Es como las alucinaciones –ciertas alucinaciones- que acompañan los estados febriles o algunas enfermedades. Creemos que son una afección mental, un síntoma patológico que ocurre cuando padecemos ciertas crisis y que desaparecerán cuando estemos mejor. No parece que a la mayoría de los especialistas se les haya ocurrido que así como el contenido de los sueños es mucho más interesante e informativo que el hecho de que soñemos, el estudio más detallado de esas alucinaciones puede enseñarnos que no es la forma en que aparece, sino el hecho de la forma con que aparezca lo más interesante de ellas. El hecho de que una persona tenga una alucinación puede indicar que se encuentra en un estado mental anormal pero no necesariamente patológico. Más exactamente: las alucinaciones podrían no ser el resultado de la enfermedad por sí misma, sino del estado alterado de conciencia que es inducido por la enfermedad. Y ello sería perfectamente aplicable a la experiencia shamánica.

La segunda objeción que tendría que hacer es a la tendencia innata de médicos y psicólogos a explicar las visiones de shamanes y las descripciones de abducidos como regresiones a los primeros días de vida o a la etapa fetal. Y de esto se ha abusado mucho. Porque, por otro lado, los neurólogos saben perfectamente bien que el mecanismo cognoscitivo de un bebé de días –y no hablemos de un feto- apenas se encuentra burdamente desarrollado e incompleto, de donde es ilusorio aceptarle la capacidad de “grabar” vívidamente imágenes (los “cabezones” que se inclinan sobre su cuerpo, la luz al final del túnel… vaginal, el aspecto esférico del vientre materno) para reconstruirlo inconscientemente más tarde.

Pero además no es de ahora las explicaciones de los materialistas en busca de explicar episodios espirituales a través de la actividad de tal glándula, tal trauma infantil, tal situación embrionaria. Tal vez esas “explicaciones” de las realidades complejas –como es la del espíritu- resulten ilustrativas pero no son en absoluto explicaciones: solamente constatan –lo que nadie refutaría- que todo lo creado tiene un origen en el tiempo. Pero es evidente que el estado fetal no explica el modo de ser y sentir del adulto: un embrión sólo tiene significado en la medida en que está ordenado y relacionado con el adulto. No es el feto lo que “explica” al hombre, ya que el modo específico del hombre en el mundo se constituye justamente en la medida en que no goza ya de una existencia fetal. Los psicoanalistas hablan de regresiones psíquicas al estado fetal, pero se trata de una interpolación, ya que si bien es cierto que las “regresiones” son siempre posibles, ellas no significan nada más que afirmaciones del tipo siguiente: una materia viva regresa –por la muerte- al estado de simple materia, o una estatua es susceptible de regresar a su estado primero de naturaleza bruta si la reducimos a escombros a puro martillazo. Pero el problema es otro: ¿a partir de qué momento una estructura o un modo de ser es reputado como constituido?.

Conclusión: el “vuelo” místico tiene entidad propia, y hacia ella apuntaré ahora mis pasos. Y si bien comenzaré hablando del “vuelo” extático del shamán, terminaré haciéndolo sobre otro “vuelo”: el que llevó a tanta gente –en qué estado, es otro capítulo- al interior de un OVNI. Un OVNI que, ciertamente, no era el útero materno.

Malinterpretando a propósito: Lawson y la “conexión uterina”

Si en ocasiones algunos conocidos me acusan de resultar un tanto “conspiranoico” al evaluar las acciones de los demás, deberán aceptarme, cuando menos, que cuento con fundadas sospechas para ello. Por caso,  a través de años los escépticos han reivindicado los estudios de un supuesto biólogo llamado Alvin Lawson en el sentido que sus investigaciones con regresiones hipnóticas habrían demostrado que los supuestos “secuestros” no serían más que tardíos recuerdos intrauterinos. De esto, ya he escrito algo en páginas anteriores. Y si bien, ciertamente podríamos encogernos de hombros y decir que con el mismo argumento con que los escépticos critican la hipnosis para rescatar del olvido los sucesos protagonizados durante el “tiempo perdido” de estos testigos nosotros podríamos descreer de las conclusiones de tal investigación, lo cierto es que la concepción uterina de Lawson se ha transformado con el tiempo en un ícono de los negadores de siempre.

Pero –mira por dónde viene la cosa- casualmente tuve oportunidad de acudir a ciertas fuentes (el propio Lawson, en su conferencia “Raíces extraterrestres: seis tipos de entidades de los OVNIs y algunos posibles antepasados terrestres” en el Simposio del MUFON en California, 1979, y “La hipnosis de secuestrados en OVNIs imaginarios”, en Curtis Fuller, Actas del Primer Congreso Internacional sobre OVNIs, 1977 –Warner Books, Nueva York, 1980-) y no sólo vengo a descubrir que el “biólogo” era en realidad un profesor de inglés en la Universidad de California, sino que las afirmaciones del propio Lawson no tienen absolutamente nada que ver con que los escépticos profesionales han desparramado por ahí. Así que relataremos la historia como realmente ocurrió.

En 1975, un investigador del grupo norteamericano APRO (Aerial Phenomena Research Organization), John De Herrera, junto al profesor Lawson y el doctor W.C. McHall, diseñaron un interesante experimento. Por medios de anuncios en periódicos convocaron a un grupo de voluntarios para un experimento hipnótico no especificado. Se seleccionó a ocho que virtualmente nunca habían leído nada sobre OVNIs ni temas similares, y, en sesiones individuales, se les inducía a visualizarse –en estado de trance-en algún lugar, una playa, el desierto, etc., y se le “sugería” la aparición primero de un OVNI, el secuestro posterior y los experimentos que sobre ellos se realizarían eventualmente en su interior. Esto es muy importante señalar: no se trataba de sugerirles la aparición de un OVNI, sino que los testigos eran condicionados a pasar por todas las fases de la experiencia que describía el experimentador. Pero lo que sí se observó en las conclusiones es que el relato o, mejor dicho, las respuestas dadas por los sujetos del experimento, eran enormemente parecidas a las descripciones hechas por los protagonistas de secuestros, especialmente aquellos donde la descripción pormenorizada del interior del OVNI y de lo que allí había ocurrido había sido recuperada también bajo hipnosis. Esto llevó a los experimentadores a afirmar : A los fines de nuestra actual investigación, estos experimentos establecen incuestionablemente la aptitud de los sujetos hipnotizados para reproducir, no simplemente a grandes rasgos sino con intrincados pormenores, argumentos a los que no habrían tenido acceso por medios convencionales.”

Como se ve, algo a años luz de sostener que toda experiencia de abducción es una regresión uterina. De hecho y extrapolando, podemos decir junto a Evans (op.Cit.) que estas conclusiones señalan que en el estado de hipnosis –y es razonable conjeturar que otros estados pueden servir igualmente bien- los sujetos parecen poder obtener acceso a material por medios que no sin físicos ni sensibles, y reestructurar luego ese material sobre una base creativa y selectiva, usándola para urdir un relato dramático, circunstancial y persuasivamente coherente.

Esta impresión se acentúa cuando el equipo de Herrera, Lawson y McHall señaló, por otra parte, las diferencias entre los casos “reales” y los “imaginarios”, a saber:

- los casos reales ocurrieron involuntariamente,

- los testigos estaban frecuentemente asustados,

- se denunció un “tiempo perdido”,

- en algunos casos se advierten efectos físicos,

- hubo efectos fisiológicos en el testigo,

- sobrevino amnesia,

- hubo secuelas psicológicas,

- y hubo manifestaciones psíquicas y otros efectos emocionales.

De manera que todo esto concurre a abandonar el último bastión reduccionista de las explicaciones pseudopsicológicas y abordar el tratamiento de la abducción cuando menos en el sentido en que veníamos haciéndolo. La correspondencia entre los “aciertos” de los sujetos hipnotizados en el experimento y los protagonistas de episodios reales tiene, a mi criterio y continuando con mi línea de pensamiento, una explicación ajustada:

¿Qué habría ocurrido si en un experimento de esas características en vez de acudirse al “episodio – símbolo OVNI” se hubiera privilegiado cualquier otro estímulo?. El OVNI está tan incrustado en el Inconsciente Colectivo, que la escenificación y vivencia de un episodio de estas características puede haber “disparado” en esos ocho sujetos fenómenos de naturaleza parapsicológica, de conocimiento paranormal, v.gr, clarividencia, o bien, por simple “resonancia mórfica” (sigo aquí al biólogo Ruppert Sheldrake) se hizo “eco” en ellos, y en ese estado psíquico tan particular, lo que ya se ha incorporado al banco de imágenes de nuestra especie.

Berthold Schwarz  (“Una visita con gente del espacio”, en Curtis Fuller, op.cit) dice: “un contacto no es sólo un hecho aislado en la vida de un individuo, sino algo que debe verse en el contexto más amplio de su historia pasada y sus experiencias, actitudes y conducta posteriores al contacto. Muchos tienen personalidades disociativas, y en algunos casos hasta personalidades múltiples. Son susceptibles de estados de trance. Empero, llevan una vida normal, de responsabilidad, cumplen con su trabajo, están al frente de sus familias, se abstienen de una conducta antisocial. Pero, a menudo, eso cambia cuando tienen sus avistajes de OVNIs: estallan como un volcán en erupción. ¿Sus problemas psicológicos hicieron que imaginaran la experiencia, o una experiencia real llevó los problemas a la superficie?. Sencillamente, no lo sabemos. Ciertamente sabemos que, luego de esta supuesta experiencia, los protagonistas pueden experimentar alternativos estados de conciencia, entrando y saliendo de estados de trance, durante los cuales pueden canalizar mensajes de entidades de extraños nombres. En lo que concierne al contenido, estas imágenes carecen de valor. Empero, cualquiera que sea su causa, cualquiera que sea su origen, “ocurren”. Otra cosa que sucede es que, alrededor del perceptor, se desatan fenómenos Psi. Tal vez esto sea de esperar, puesto que los estados parecidos al trance inducen la producción de la Percepción Extrasensorial y la psicokinesis.”

“Quizás la experiencia OVNI sea un modo para que estas personas se realicen. A veces, resulta que el contacto con el OVNI sirve positivamente a lo que el perceptor necesita: otras veces resulta que no, y la persona termina peor que antes”. Y yo concluyo el pensamiento de Schawrz, sosteniendo que, entonces, el OVNI es un catalizador y “realiza” a la persona, cumpliendo así una función religiosa (“re-ligare”: unirse o encontrarse a sí mismo o con Dios) que no se alcanza por otro conducto. En consecuencia es natural, esperable y hasta lógico que se “sacralice” la experiencia. Si esto mejora la calidad de vida del individuo y sus semejantes, proyectándolo hacia un futuro de obras y sentido, o si lo hunde en la locura, la manipulación abyecta o la paranoia, tiene que ver con la capacidad tanto del mismo de “manejar” semejante información (quizás debería haber escrito “contenido espiritual”) en relación a la conducta (de rechazo y burla, de equilibrio y comprensión, de fanatismo exacerbado) que manifieste su entorno. Percibo aquí algo similar a lo descrito por shamanes y ocultistas de todas las épocas –en Oriente, especialmente entre los practicantes del Tantra- en el sentido que la “energía espiritual” que ciertas experiencias proveen pueden “consumir” al individuo, y entonces me planteo este interrogante: en el caso de quienes pierden el equilibrio mental, espiritual o moral a consecuencia de estas experiencias, lo pierden porque la experiencia es esencialmente amoral, o sea una consecuencia de su falta de, digamos, “evolución” para manejar la circunstancia?. Pero si la “inteligencia” que opera detrás de esos contactos –como hemos venido sugiriendo hasta aquí- tiene la necesaria “omnisciencia” para saber más del inminente protagonista que el protagonista mismo, es obvio que también se hará cargo de las consecuencias. De las favorables, y de las otras. Con lo que creo arribar a una conclusión provisoria: dentro del campo de esta lectura esotérica de inteligencias operantes detrás del OVNI, debe entonces necesariamente concluirse que existen una clara diferencia de intención, lo que es tanto como decir que mientras algunas inteligencias cuidarán que dicha experiencia resulta estimulante y de crecimiento, otras –por motivos sobre los que abundaré en el futuro- buscan exactamente lo contrario.

(Continuará)

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La experiencia de abducción “extraterrestre”como iniciación esotérica (3)

Publicado por Gustavo Fernández en 01-11-2009

 

OVNIs y espiritualidad

Antes de continuar, intuyo que la manera de aproximarme al estudio de los OVNIs que aquí planteo resultará bizarra y extraña a la mayoría de los lectores (aunque sostendría que si han sobrevivido a la lectura hasta aquí vamos bien encaminados); en mi descargo sólo puedo decir que otras aproximaciones –intentadas en el pasado por muchos acreditados colegas y hasta por mí mismo- más cercanas al método de laboratorio –no quisiera decir “científico”- no han dado mejores resultados para entender al fenómeno. Y creo, sinceramente, que el método más seguro es el de estudiar siempre un fenómeno en su propio plano de referencia, sin perjuicio de integrar luego los resultados en una perspectiva más amplia. De manera que me he visto obligado a hacerme algunas preguntas (otras más) cuando acometí este análisis. Por ejemplo: ¿porqué el tema OVNI ha ido girando –algunos dirían “mutando”- en los últimos años de un tratamiento exclusivamente “cientista” o casuístico a una óptica pseudoreligiosa?. ¿Por qué la evolución del tema llevó a la opinión pública a llamar “expertos en OVNIs” hoy en día a quienes son lisa y llanamente “contactados”, mientras que décadas atrás ese rótulo se le endilgaba a quien sólo sometía al testigo y su relato a un cribado estudio estadístico?. ¿Porqué se “espiritualizó” de esa manera el tema?. Una de tantas posibles respuestas: ¿no será que se fue volviendo más “espiritual” porque precisamente esa era su naturaleza desde el principio?.

Tenemos que ser muy cuidadosos cuando incluímos la variable “espiritualidad”. Desde ya, no me estoy refiriendo a las religiones y, mucho menos, a las iglesias –del tenor que fueren- a las cuales, con todo respeto y sana disensión, sólo considero lo que su etimología griega (“ekklesía”) significa: “reunión de hombres”. Hablo de espiritualidad para referirme, ora a una dimensión inasible de la naturaleza humana, ora a una necesidad inconsciente, la necesidad religiosa o necesidad mágica, arquetípica en toda la especie humana. Sólo que no considero esta necesidad como un “chupete afectivo”. Ya expresé alguna vez que si nuestra naturaleza busca algo, es porque en algún lugar hay otro algo que la satisface. Dicho de otra manera, en la medida en que el inconsciente es el “cul de sac”, el precipitado de las innumerables situaciones límites vividas por el individuo, no puede dejar de parecerse a un universo mágico, ya que toda magia, aún la más elemental, es una ontología: revela el ser de las cosas y muestra lo que es realmente, creando así un marco de referencias que propone un Centro cada vez que nuestra existencia se ve amenazada de caer en el Caos. Por ello, la espiritualidad es la salida ejemplar de toda crisis existencial. La espiritualidad comienza allí donde hay revelación total de la realidad: revelación de lo sagrado a la vez –de lo que es por excelencia- y de las relaciones del hombre con lo sagrado, multiformes, cambiantes, muchas veces ambivalentes, pero que siempre sitúan al ser humano en el corazón mismo de la experiencia. Esta doble revelación abre al mismo tiempo la existencia humana a los valores del espíritu, por una parte lo sagrado constituye lo Otro por excelencia, lo “trascendente”, y por otra parte, lo sagrado tórnase ejemplar, en el sentido que instala modelos a seguir: trascendencia y ejemplaridad que fuerzan al hombre espiritualizado a salir de las situaciones personales, a sobrepasar la contingencia y lo particular y llegar a valores generales, a lo universal.

Esa metamorfosis viven muchos testigos de apariciones OVNI. Están en el centro episódico de una situación trascendente, que se manifiesta –se puede manifestar- de innúmeras formas: es proteiforme, ya lo dijimos. Pero después, la persona cambia: se abre a nuevos valores, nuevas creencias, y nuevos paradigmas de vida. Trasciende la estrechez de su cotidianeidad y, transmutado en contactado, testigo estrella o “ufólogo”, tiene algo que predicar al mundo.

De lo que estoy hablando es que supongo que el contactado tiene la potencialidad latente de “algo”, que se dispara con el contacto: si superioridad espiritual, ingenuidad a prueba de bombas o paranoia galopante, quién sabe. Pero la experiencia física afuera dispara algo adentro. Una conmoción sensorial puede despertar una personalidad distinta. Eso es absolutamente esotérico, duerme en los fundamentos de todo rito iniciático. Con frecuencia –aún fuera de los templos- se requiere la conmoción producida por una experiencia emotiva para hacer que la gente se despierte y ponga atención, vea más que mirar. En el siglo XIII, eso le pasó a Ramón Lllulio, quien, después de un largo asedio, consiguió una cita secreta con la dama de la que estaba enamorado. En la noche y a solas, ella, calladamente, se abrió el vestido y le mostró su pecho, carcomido por el cáncer. La conmoción cambió la vida del hasta entonces libertino Lllulio, quien con el tiempo llegó a ser un místico y teólogo eminente y uno de los más grandes misioneros de la iglesia católica. En el caso de un cambio tan repentino, se puede demostrar con frecuencia que un arquetipo ha estado operando por largo tiempo en el inconsciente, preparando hábilmente las circunstancias que conducirían a la crisis.

¿La salvación por el OVNI?

En líneas generales, todos los “contactados” transmiten el mensaje de que si esta sociedad no cambia a tiempo su destrucción es inminente: revelados estos mensajes o no por sus Maestros Extraterrestres, siempre serán unos pocos elegidos los salvados en el último momento. Y así uno no crea en Arcas de Noé interplanetarias evacuando la Tierra minutos antes del Apocalipsis, la presencia de los OVNI en nuestra cultura tiene la paternidad de la potestad divina. Porque es bien sabido que los malestares y las crisis de las sociedades modernas responden, en buena manera, a la ausencia de un mito –no como mentira, sino como ideal legendario- propio. Si consideramos el crecimiento intelectual y moral de un individuo como el de la ontogenia de la cual proviene, y si afirmamos que las crisis y caídas del adolescente lo son en buena manera por no tener una “imagen” paterna que ansíe imitar o emular, la ausencia de una “imagen paterna” en una sociedad cambiante como la moderna es la razón de sus desequilibrios y carencias. Por ende, la salvación del mundo moderno, en crisis después de su ruptura con los valores tradicionales, está en encontrar un nuevo mito, lo que le llevará a una nueva fuente espiritual y le devolverá las fuerzas creadoras. Pero si además ese mito también tiene una realidad física, y si esa realidad física también evidencia una Inteligencia detrás, tenemos un epifenómeno a caballo entre dos mundos: el de lo tangible cotidiano, y otro plano. Si dimensión paralela, mundo de los sueños, cielo o infierno, depende de la terminología a la que sea más afecto cada uno. Lo cierto es que el OVNI –y sus responsables- están aquí, y expresan nuestra necesidad de cambio.

¿Pero cambio de qué?. Es bastante obvio. Si tecnológicamente tenemos lo que queremos –sabemos que aún habrá más, pero nunca hemos estado en este sentido como ahora- si afectiva o sexualmente no tenemos represiones o se nos veda nada, si intelectualmente desde la enciclopedia en la biblioteca del barrio hasta Internet podemos acceder libremente a cualquier tema que nos interese, entonces nuestras carencias son estrictamente espirituales. Y si usted piensa en su alicaído bolsillo a consecuencia de una economía nacional pauperizada, permítame decirle que en última instancia eso también es espiritual. Sin negarle ni quitarle su derecho a ingresos más dignos, recuerde aquello de que “rico no es quien más tiene sino quien menos necesita”. Una actitud espiritual que puede aceptarse o no libremente, pero no deja de ser una actitud espiritual para enfrentar la crisis. Y una conclusión a la que he arribado es que, salvo escasas excepciones, el público afecto en forma más o menos comprometida con el tema OVNI en principio termina inclinándose, tarde o temprano, en búsquedas más espirituales: yoga, orientalismo, parapsicología, metafísica, angelología, o lo que sea. De donde el OVNI hace las veces de “portal”, de acceso (todavía no llegó el momento de hablar de iniciación). Y si de algo podemos estar seguros, es que la historia del pensamiento humano no hubiera sido la misma si no hubiera aparecido, sociológicamente, la variable OVNI.

La nueva guerra santa

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la emocionalidad subyacente detrás de la investigación OVNI. Difícilmente exista campo del interés humano donde entusiastas y detractores se enfrenten más empeñados en un combate cuerpo a cuerpo que en un sensato intercambio de ideas. Los insultos, los conatos de pugilato y las actitudes despectivas proliferan de ambos lados, y todos y cada uno creen tener una razón profunda, una verdad inalterable para proceder así. Gente sencilla y alegre, confiable y sensata, pragmática y querible, comerciantes, bancarios, ingenieros, periodistas, maestros de escuela, padres de familia y apreciados por quienes les conocen, se transforman en “explotadores de la credulidad ajena” o “reaccionarios mentirosos” a los ojos de sus contendientes intelectuales. Deberíamos entonces preguntarnos si esto –que no me animo a llamar “fanatismo”, porque éste se trata de una verdadera psicopatología con muchas otras características que por lo habitual los ovnílogos y escépticos militantes a los que me refiero no muestran- no tiene correlato con las actitudes intransigentes de cristianos y musulmanes propias de épocas pasadas, donde el combate contra el “enemigo ideológico” era una verdadera guerra santa por la Verdad.

Y uno de los matices colaterales de esta “emocionalidad” intrínseca a la actividad ovnilógica (y, al mismo tiempo, punto de quiebre entre los que reivindican una “objetividad científica” y aquellos a los que acusan de “demasiado subjetivismo en el tratamiento de la información”) es la actitud con que los ovnílogos tomamos nuestra actividad: es casi nuestra vida. Lo hacemos con pasión, con lágrimas y risas, con depresiones y éxtasis exultantes.

¿Porqué la ovnilogía nos motiva tanto?. Ciertamente pueden inventarse muchas explicaciones, pero creo que la mayoría no pasarán de ser simplemente eso: inventos. Que compensamos carencias infantiles, que satisfacemos necesidades mágicas, que alimentamos nuestro deteriorado ego con protagonismos insulsos, que reprimimos nuestro complejo de inferioridad… Tal vez en casos individuales algunos de estos enfoques reflejen la realidad, pero ciertamente aglutinar todos ellos para describir el porqué de tanta pasión en los ovnilógico –pasión que en calidad, no en signo, es compartida por igual por defensores y detractores- debe tener otros fundamentos. Y entiendo que estos fundamentos son esotéricos.

Tomemos un ejemplo paralelo para comprender este aserto. Y remitámonos a algo tan cotidiano como la actividad laboral, el trabajo nuestro de cada día. Y, de paso, comprender porqué “sufrimos” el vacío espiritual detrás de las actividades diarias, que es como decir descubrir porqué la vida, pese a tener a veces cuánto deseamos, aparece “sin sentido”. Si esta aproximación esotérica a la Ovnilogía nos permite, colateralmente, entender esa situación, creo que en cierta medida mi esfuerzo –aunque por razones ajenas a mi interés principal- se verá recompensado.

En las antiguas culturas tradicionales, la sacralidad, la espiritualidad estaba necesariamente presente en todos los órdenes de la vida. Era impuesta desde la niñez, y no se concebía, por ejemplo, abrir la tienda por la mañana sin abluciones, ni reunirse con amigos sin elevar ciertas preces. Cualquier gesto responsable de la tarea humana reproducía un modelo mítico, trascendente y, en consecuencia, se desenvolvía en un “tiempo” ajeno a la línea de temporalidad mortal, en un tiempo sagrado. El trabajo, los oficios, la guerra, el amor, eran sacramentos. Escribe Mircea Eliade: “Volver a vivir lo que los dioses habían vivido “in illo tempore” traducíase por una sacralización de la existencia humana que completaba de ese modo la sacralización del cosmos y de la vida. Esta existencia sacralizada, abierta sobre el Gran Tiempo, podía ser muchas veces penosa, mas no por ello dejaba de ser menos rica en significado; en todo caso, no estaba aplastada por el Tiempo. La verdadera “caída en el Tiempo” comienza con la desacralización del trabajo; sólo en las sociedades modernas ocurre que el hombre se siente prisionero de su oficio, por cuanto no puede escapar ya del Tiempo. Y es porque no puede “matar” su tiempo durante las horas de trabajo –esto es en el momento en que goza de su verdadera identidad social- por lo que se esfuerza por “salir del Tiempo” en sus horas libres; de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones modernas. En otros términos, las cosas ocurren precisamente al revés de lo que son en las sociedades tradicionales, donde las “distracciones” casi no existen, por cuanto la “salida del Tiempo” se obtiene por todo trabajo responsable. Es por esta razón que, como acabamos de verlo, para la mayoría de los individuos que no participan de una experiencia religiosa auténtica, el comportamiento mítico déjase descifrar, fuera de la actividad inconsciente de su psiquis (sueños, fantasías, nostalgias, etc.) en sus distracciones”.

De esto deduzco tres cosas:

- La naturaleza mística del fenómeno OVNI dota a quienes lo hacen eje de sus tiempos de una sacralidad que (esto es importante señalarlo) no está en el observador – analista, sino en el fenómeno en sí. Esta “transferencia” del contenido feérico del objeto – símbolo al sujeto humano asume el carácter de una verdadera “emanación” en el sentido más cabalístico del término, lisa y llanamente una epifanía.

- Es consecuencia esperable, lógica y hasta sana que la “investigación científica del fenómeno OVNI” devenga en una “espiritualidad del OVNI”. Una espiritualidad no religiosa, o, más bien, no eclesiástica. El problema –en todo caso, metafísico y teológico- es si podemos considerar divinizables a las entidades inteligentes que operan detrás del fenómeno, o si por el contrario el ámbito de lo metafísico debe abandonar el Parnaso intelectual para ser reducido a materia de discusión empírica. ¿Debemos hacer de las religiones una ciencia?. ¿Debemos retornar a una ciencia de las religiones?. ¿O no sería más sencillo comprender que estos ámbitos nos muestran las limitaciones que ciencia y religión acusan –no por falsas e incompletas, sino por insuficientes para este especial momento de la evolución humana- y por consiguiente debemos crear una nueva opción en el proceso de conocimiento de la Realidad, una opción que hermane la ciencia y la religión?.

- Finalmente, la extrapolación natural de estos razonamientos nos enseña que a través de estas disciplinas de la Nueva Era (concepto que empleo en un sentido sociológico, desprovisto de toda connotación peyorativa) en general y de la aprehensión (más que de la comprensión; luego explicaré las sutiles diferencias entre ambos términos) se materializará el próximo salto evolutivo de la humanidad: que esta vez, no será biológico, intelectual ni tecnológico; será hacia una nueva espiritualidad. Y esa nueva espiritualidad debe construirse sobre los escombros de la espiritualidad reinante en el aquí y ahora. Esto es tanto como decir que, si el mundo estuviera sensatamente encauzado espiritualmente, no habría lugar para una nueva espiritualidad: ni sentiríamos la necesidad de buscarla, ni nos angustiaría que la anterior hubiera caducado –porque entonces no lo habría hecho-; cómodamente instalados en esa espiritualidad perenne, no sentiríamos las fuerzas que nos moverían a hacer ningún cambio. Precisamente porque la espiritualidad que conocimos se derrumba, es que surge la oportunidad del nacimiento de una nueva; pero también podríamos decirlo así: precisamente porque nacerá una espiritualidad nueva, debe primero derrumbarse la vieja. Y esa nueva espiritualidad no es ajena a las fuerzas que operando en –o desde- un campo Psi son monitoreadas por inteligencias ocultas detrás de lo que llamamos (o percibimos como) OVNIs.

Jung supo escribir: “… Se puede percibir la energía específica de los arquetipos cuando experimentamos la peculiar fascinación que los acompaña. Parecen tener un hechizo especial. Tal cualidad peculiar es también característica de los complejos personales; y así como los complejos personales tienen su historia individual, lo mismo les ocurre a los complejos sociales de carácter arquetípico. Pero mientras los complejos personales jamás producen más que una inclinación personal, los arquetipos crean mitos, religiones y filosofías que influyen y caracterizan a naciones enteras y a épocas de la historia”. Es innegable la colateralidad de este comentario al componente “emotivo” de los OVNIs. Y cualquier escéptico podrá, burlonamente, señalar que esa fuerza sentimental es lo que le quita seriedad a la investigación de los OVNIs en particular y a la vida de los ovnílogos en general, porque tal componente obnubila la razón, el análisis frío y desapasionado de los hechos, tiñéndolos más de un matiz religioso que científico. Pero el ovnílogo, frente al científico escéptico, tiene desde el vamos una postura ventajosa. Porque su emocionalidad ya le ha permitido ganar la más difícil de las batallas: el temor al sin sentido de la vida.

Todos necesitamos ideas y convicciones que le den sentido a nuestra vida y que nos permitan encontrar un lugar en el universo. Podemos soportar las más increíbles penalidades cuando estamos convencidos de que sirven para algo, y nos sentimos aniquilados cuando tenemos que admitir que estamos tomando parte en un cuento contado por un idiota. Una sensación de que la existencia tiene un significado más amplio es lo que eleva al hombre más allá del mero ganar y gastar. Si carece de esa sensación, se siente perdido y desgraciado. Si San Pablo hubiera estado convencido de que no era más que un tejedor ambulante de alfombras, con seguridad no hubiera sido el hombre que fue. Su verdadera y significativa vida reside en su íntima certeza de que él era el mensajero del Señor. Se le puede acusar de sufrir megalomanía, pero tal opinión palidece ante el testimonio de la historia y el juicio de las generaciones posteriores. El mito que se posesionó de él le convirtió en algo mucho más grande que un simple artesano.

(Continuará)

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La experiencia de abducción “extraterrestre” como iniciación esotérica (2)

Publicado por Gustavo Fernández en 30-10-2009

Los que escuchan cosas del cielo

En esta época muy “newager”, quien más, quien menos, ha oído hablar de los shamanes indígenas y sus experiencias. Sólo una lectura superficial a este problema tan complejo podría llevar a creer que todo se reduce a una melánge de visiones provocadas por alucinógenos, creencias supersticiosas e ignorantes, estados estresantes de tortura física y mucho folklore. Todo antropólogo que haya seguido de cerca la experiencia shamánica sabe que ocurren sucesos que, por más positivista que sea su actitud, señalan que “algo” pasa, con “algo” se conecta el hechicero. Si las profundidades del Inconsciente, el mundo de los espíritus o dimensiones paralelas, es tema de discusión, pero las capacidades psicofísicas, los conocimientos premonitorios y clarividentes, las experiencias psicokinéticas, termogenéticas e hiloclásticas observadas no son tema de debate. Y, ciertamente, estos shamanes comparten un portal a un ámbito trascendente con los lamas del Tibet o los místicos occidentales en olor de santidad.

El primer paralelismo que encuentro entre la experiencia shamánica (quede claro que de aquí en más englobaré bajo este nombre un abanico muy amplio de experiencias y realizadores, donde categorizaré, sólo a título de simplificar, como “shamán” desde un Alce Negro hasta un San José de Cupertino) es la suspensión de la incredulidad. Durante la experiencia, los testigos de OVNIs aceptan como cosa común y corriente no sólo características de la aparición que resultarían chocantes con otra perspectiva, sino ciertas anécdotas que, devenidas dentro del episodio, no les llaman la atención: relojes que en sus muñecas corren “al revés”, falta de sombras o capacidad de hacer pasar cosas sólidas a través de otras son en ese contexto aceptadas como “normales”, aunque fuera de la experiencia llamen poderosamente la atención. Tomando en cuenta el arquetípico Miedo a lo Desconocido, tan propio del ser humano, experiencias que deberían ser psicológicamente terribles para cualquiera son aceptadas emocionalmente sin dificultad por los protagonistas. Aquí me pregunto si no estamos frente a otra conexión entre Parapsicología y Ovnilogía: la dicotomía “corderos” versus “cabras”.

Cuando la credulidad es una destreza

Fue el padre de la Parapsicología científica contemporánea, el biólogo norteamericano Joseph Banks Rhine quien allá en los años ’50 llevó a cabo una serie de experimentos muy interesantes. Separó un grupo de estudiantes universitarios según su actitud frente a lo paranormal: a los “creyentes”, los denominó “corderos”; a los escépticos, “cabras”. Y sometió ambos grupos a sus matemáticos y confiables tests de percepción extrasensorial. El resultado fue por demás sugestivo: sin posibilidad de subjetividad en la interpretación ni de proyección de creencias previas, definitivamente los “creyentes” obtuvieron, siempre, porcentajes de aciertos muy por encima del azar, mientras que las “cabras” rara vez alcanzaron ese piso. La conclusión era obvia: las creencias –diríamos, la emocionalidad- es como una espita que permite u obstruye la manifestación de fenómenos Psi. En consecuencia, proyectando estas conclusiones al terreno de los OVNIs, podemos afirmar que el hecho que los “creyentes” protagonicen más fenómenos que aquél incrédulo que sostiene gozoso que “nunca vio nada raro”, no se debe a actitudes pseudoalucinatorias del primero sino a un desenvolvimiento particular de las categorías descriptas de perceptores. En consecuencia, reconocemos aquí una parte de la mente del perceptor que actúa, ora como sintonizador, ora como perceptor, ora como amortiguador, ajeno a la conciencia del Ego. Un “yo” –en singular para diferenciarlo, por el momento, del Yo como Conciencia del Sí Mismo- que nos pone en contacto con el fenómeno, facilita su percepción –ajena a otras personas circunstanciales; no es, por tanto, la percepción física ordinaria- pero al mismo tiempo salvaguarda del efecto traumático del choque cultural que significaría darle ingreso a nuestra historia vivencial sin ”ajustarlo”.

Más acá de la mente

Es muy común –exageradamente común- leer con distinta suerte todo tipo de comentarios respecto a los “ilimitados” poderes de la mente, las maravillas de que es capaz (y que ignoramos) y sus sorprendentes recursos. Y sin menoscabar todo ello –no sería, por obvias razones, justamente yo quien lo haría- creo que es necesario en honor a la verdad poner ciertos límites y enmarcar dentro del sentido común algunas apreciaciones, por lo menos aquellas atinentes a las cuestiones que estamos abordando aquí.

Porque creo que se exagera gratuitamente la presunción de que cualquier evento “extraño” que un individuo protagonice puede ser atribuido a la mente, como si ésta fuera una galera de prestidigitador, como si por arte de birlibirloque la misma fuera capaz de las más extrañas evocaciones, mediante las cuales creemos poder reducir todo hecho insólito a la difusa categoría de “alucinación” o “visión” sin más preocupación, y sin, por lo visto, la sana reflexión respecto de si la mente ha sido después de todo realmente capaz de producir aquello que le atribuímos.

Rostros desconocidos acuden a mi mente durante un sueño, o en estado de “alucinación hipnagógica “ –la que ocurre cuando estamos por quedarnos dormidos- o “hipnopómpica” –la que acude apenas nos despertamos. Nos consolamos diciéndonos que, seguramente, es “una creación de mi mente”, por lo tanto falsa e ilusoria, y no le damos más importancia, seguros que nuestra mente nos ha jugado una mala pasada y que esos personajes no “existen”, en ningún plano de existencia del que estemos hablando. O soñamos que nos paseamos por una casa que sabemos que es “nuestra” casa, pero no se parece en lo más mínimo a la “real”, o visitamos una ciudad que, aunque reconocemos, no aparenta ser como sabemos en vigilia que es. Y nos despertamos, musitamos algo así como “pero qué cosas raras hace la mente” y pasamos a ocuparnos de tareas más terrestres. Y se nos acaba de escapar algo fundamental.

Porque si la mente “construye” los sueños y las alucinaciones –aceptemos la postura oficial de la Psicología- como dramatización de represiones, o eclosión de deseos, es decir, responde a la necesidad de satisfacer ciertas expectativas del Inconsciente, lo lógico es que lo construyera con material conocido y no desconocido. Si evoca rostros, por un principio de economía energética –válido también en la esfera psíquica, más aún si el escéptico detractor es un mecanicista y positivista- ¿no deberían ser rostros de personas conocidas ante que soberanos extraños?. Si para entretenerse durante el dormir la mente decide irse a pasear a cierta ciudad que conoce, ¿no sería lógico que la reprodujera más o menos como es en realidad?. Entonces, por aquél maltratado principio de economía de hipótesis, cabe preguntarse: si la mente se toma el trabajo de “representar” rostros desconocidos o lugares ajenos a su conocimiento, ¿no será que, por vías que escapan a los alcances de este trabajo, toma esa información de “otra” realidad?. Todo esto sugiere una decisión deliberada por parte de lo que construye los sueños, otra parte de la mente que no es la mente, un “yo” distinto a los otros “yoes” que venimos considerando, cuyo propósito se me escapa.

Reflexiones que pueden hacerse extensivas también a la casi innata actitud pública de considerar que quienes son testigos presenciales de apariciones fantasmales, en, pongamos como ejemplo, un antiguo castillo, son en definitiva víctimas también de las trampas de sus propias mentes. Pero la pregunta que me hago es: si las visiones de aparecidos, espectros y fantasmas son simplemente alucinatorias, ¿porqué distintas personas, generalmente desconocidas entre sí y en ocasiones en épocas temporales distintas, alucinan lo mismo?.

 

(Continuará)

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LA EXPERIENCIA DE ABDUCCIÓN “EXTRATERRESTRE” COMO INICIACIÓN ESOTÉRICA (1)

Publicado por Gustavo Fernández en 27-10-2009

La irrealidad de una fantasía no es enteramente tan absoluta como por lo general suponemos: si nuestra conducta, por ejemplo, es afectada por nuestro deseo fantástico de ganar el afecto de la persona amada, si modifica nuestra vida y tal vez afecta todo el curso de nuestras carreras, ¿podremos decir sensatamente que fue una causa irreal la que produjo estos efectos por demás reales? (tomado de Hillary Evans)

A lo largo de numerosos artículos y diversos ensayos, he venido proponiendo –ignoro con qué suerte- una nueva óptica de abordaje respecto de las causas tras el fenómeno OVNI; un abordaje equidistante de la interpretación materialista alienígena como de la psicologista que entiende estos fenómenos como subproductos alucinatorios de carencias o represiones emocionales. Una óptica que –resumo- entiende la presencia de una inteligencia exterior y ajena al testigo, pero que por razones que no abundaremos aquí (ya que ameritan un estudio por sí mismas) se disfraza, dramatiza y representa una puesta en escena de naves, astronautas, escalerillas, controles luminosos, camillas de quirófano, botas y cinturones fosforescentes, en fin, tuercas y tornillos. Una óptica que entiende que, sea esa inteligencia o inteligencias sencillamente extraterrestre o complicadamente extradimensional (cualquier cosa que fuere lo que entendamos por este término) “construye” situaciones no “reales” en sí mismas en el sentido de causa y efecto, sino verdaderas teatralizaciones enteléquicas, donde el episodio tiene otras razones de ser que aquellas que se le adjudican.

Un automovilista avanza en total soledad por una carretera de madrugada. Es sólo oscuridad y silencio, paz y quietud lo que lo rodea en una noche donde, quizás, él es el único motorista que ha pasado por allí. De pronto, de un costado de la ruta emana un poderosísimo haz luminoso y el hombre, estupefacto, ve de entre un bosquecillo elevarse, hasta entonces inadvertido, un destellante OVNI multicolor que en potentísimo despliegue acelera y se pierde en lontananza. Los ovnílogos conocemos un sinnúmero de casos de este tenor, y estoy seguro que cada uno que esté leyendo estas líneas no ha podido evitar el acto reflejo de asociarlo con algún episodio específico de su conocimiento. Y todo parece tan simple: una nave extraterrestre ha sido “casualmente” observada en su despegue por un circunstancial viandante. Tan sencillo como eso. O no. Porque, para molestar, se me ocurre una pregunta: ¿porqué tuvo el OVNI que despegar justo cuando pasaba el único automovilista de esa madrugada?. De haberlo querido, el despegar unos minutos antes o después lo hubiera mantenido en el anonimato (lo que, por otra parte y si uno se atiene a las periódicas “declaraciones” de estos pretendidos extraterrestres, o la propia historicidad del fenómeno, es lo que se reivindica permanentemente). Pero no. Es como si la inteligencia detrás del OVNI hubiera estado esperando ese momento. Como si lo hubiera hecho con toda intención de ser visto por ese solitario y desprevenido testigo. Pero sólo por un testigo. O bien, también en horario fuera de lo común, dos amas de casa de un suburbio ven descender con movimientos erráticos un OVNI junto al cual, segundos después, se posa otro. De ambos sale un grupo más o menos numeroso de aparentes tripulantes que se dedican, afanosa y ostensiblemente, a “reparar” al primero de los objetos, o por lo menos eso es lo que parece ser la naturaleza de sus actos. Manipulan objetos con aspecto de herramientas bajo y sobre la nave, acarrean cajas de variado tamaño de uno a otro lado, incluso, ¡oh, bizarro anacronismo!, la rutilante luminosidad de… puntos de soldadura es arrancada de su superficie. Hasta aquí, todo parecería absolutamente previsible, esperable y dentro de lo atípico de la circunstancia, “normal”. Pero sólo si no nos hacemos ciertas incómodas preguntas. Por ejemplo: ¿Porqué siempre resulta exitosa en tiempo y forma la reparación? (Alguien dirá que las historias de “OVNIs estrellados” demuestran que “no siempre” terminan satisfactoriamente; pero precisamente a eso me remito. O se estrellan, o salen airosos de la “panne”). ¿Porqué no queda ningún resto material de semejante bricolage?. Y, lo más importante, ¿porqué siempre la reparación termina justo a tiempo?. A tiempo antes del inminente amanecer; a tiempo antes que pase el primer bus de la mañana, a tiempo antes que el policía de ronda, la patrulla de caminos o el guardia privado acierte a pasar por el lugar. En suma, justo a tiempo antes que aparezcan otros testigos.

De lo que queremos hablar, es que la experiencia OVNI tiene, indudablemente, un componente físico: el OVNI (o lo que sea que opera detrás de él) existe, deja huellas en el terreno, altera motores, deja “blips” en las pantallas de radar. Pero sus manifestaciones, por un proceso que lentamente trataremos de ir desentrañando, tiene su realidad psicológica también. Pero una realidad psicológica que trasciende el ideario imaginativo como única causación. Dicho de otra forma; si bien sería muy sencillo explicar estas manifestaciones como de carácter alucinatorio simplemente (y, si se me permite la petición de principio, parto del supuesto que hemos previamente eliminado los posibles casos de fraude), existen ciertas preguntas que debemos hacernos, y que demuestran que, si bien la explicación psicologista resulta a priori culturalmente satisfactoria, es sólo el producto de un paradigma, y si parece satisfacer con prontitud el deseo de respuesta es sólo porque constituye una explicación coherente más, pero no la única. O no tan coherente, en tanto y en cuanto no responda a esos interrogantes fundamentales. Por ejemplo, la afirmación extendida de que ciertos autodenominados “testigos de encuentros cercanos” dramatizan un episodio de alucinación a partir del material que en el Inconsciente anida relacionado con ello (películas, relatos de diarios y revistas) es sólo digerible cuando sabemos que el sujeto acumula cierto bagaje informativo sobre el particular. Pero, ¿dónde deja eso a los miles de testigos analfabetos, marginales de la cultura que jamás han visto una película y menos sobre extraterrestres?. ¿Qué pasa con las descripciones cuando provienen, no sólo de avispados cosmopolitas, sino de trashumantes saharianos, bantúes, aldeanos del altiplano, indígenas chachapoias?. ¿Cuál sería en estos casos el “fundamento cultural” de sus percepciones?. Y, más aún, ¿qué pasa con los primeros testigos de los primeros tiempos, cualquiera que éstos hayan sido?.

Seguramente algún lector echará mano aquí al argumento del Inconsciente Colectivo, como gigantesca y atemporal “base de datos” de la humanidad y de cuyos arquetipos (estructuras eidéticas primarias) se alimentan todas las mitologías y, dirán nuestros detractores, lógicamente también la saga de los OVNI. Cuando Jung expresó la idea de que el OVNI, con su forma circular, era un “mandala”, símbolo de la totalidad, el reencuentro con sí mismo, abrió las compuertas a un aluvión de reduccionistas y simplistas: para ellos y desde entonces, el OVNI fue sólo la expresión inconsciente de la angustia existencial. Luego cerraron filas los freudianos, con su hipótesis de que los OVNIs con forma de cigarro eran… símbolos fálicos, emergentes de las carencias o represiones sexuales de la gente. No nos han dicho qué hacer con los OVNIs cúbicos, pentagonales, triangulares, pero no creo que haya problema: como ciertos psicólogos son capaces de explicar cualquier cosa, no dudo que no tardarán en construir una remanida estructura dialéctica a la que denominarán “explicación”.

Pero no nos alejemos del concepto de Inconsciente Colectivo y su arquetipo, el mandala. Sólo que creo que se trata de un excelente y estimulante concepto, sí, y no podemos desecharlo: tal vez los visitantes que llegan en naves en forma oval o esférica expresen la idea de totalidad, pero reconozcamos que hay que bucear en demasía para encontrar unos pocos componentes arquetípicos en el promedio de informes sobre OVNIs y, aunque los encontráramos, son más bien abstracciones intelectuales, improbables de inspirar una experiencia emocional vívida.

Ciencia ficción y OVNIs

La explicación más sencilla de un hombre no es la de otro hombre. Hace años, el folklorólogo Bertrand Méheust “demostró” la correlación existente entre las antiguas apariciones de OVNIs de los años ’40 y ’50 y relatos de ciencia ficción de principios de siglo. Esto parecía zanjarlo todo. Sólo que quedaba un problema que Méheust sugestivamente ignora: la absoluta improbabilidad que un campesino tejano de los ’50 hubiera leído, por caso, un relato de ciencia ficción publicado en alemán –y nunca traducido- en una revista de cuarenta años antes. Recuerdo un caso belga de 1954: “Una pálida luz les permitía distinguir lo que les rodeaba, y parecía no salir de ninguna parte”, detalle que sí tiene un antecedente en la narrativa fantástica francesa… de 1908: “Sobre ellos brillaba una luz verde difusa, pero, ¿de dónde venía?. Parecía formar parte del material mismo de la habitación…”. Algunas de estas reflexiones pueden ser extendidas también al campo de la abducción. Es difícil creer que las particulares descripciones concordantes de los secuestrados en cuanto a ser coincidentes en detalles de, por ejemplo, el instrumental quirúrgico que se empleó sobre sus cuerpos respondan a un arquetípico modelo de escalpelo cósmico. La avanzada psicologista, empero, se encoge de hombros y aduce la riqueza de recursos de la imaginación humana. Citan, en su concurso, los experimentos con voluntarios hipnotizados que fueron invitados a “imaginar” el secuestro a bordo de un OVNI, y la estrecha correspondencia de sus descripciones con los relatos dados como “reales”. De allí a deducir que los abducidos lo imaginan todo, hay sólo un paso.

Pero es un paso en falso. Porque, en primer lugar, puedo invertir la carga de la prueba de los mismos psicologistas y sostener que si se presupone que los testigos de apariciones OVNI toman el material de la cultura dominante para fraguar (aunque sea involuntariamente) sus “visiones”, pues con más razón pueden hacer lo mismo los voluntarios de estas experiencias (generalmente estudiantes universitarios deseosos de ganar unos dólares, amas de casa de mediana formación interesadas en ocupar sus tiempos libres en actividades estimulantes; pero nunca atareadísimos pastores montañeses), más aún, y como los mismos expertos saben, en un nivel profundo deseosos de complacer al controlador de la experiencia. Pero el segundo detalle significativo (concluímos aquí sobre el extenso trabajo de Alvin Lawson, John De Herrera y Walter McCall, sobre el que volveremos) es que las descripciones concomitantes surgen con individuos hipnotizados, y no con los que no lo están. Al margen de que aún desconocemos casi todos los mecanismos que operan en ese eclipse de la conciencia que es la hipnosis, a la cual los mismos críticos señalan como herramienta poco fiable en la investigación ufológica, es significativo que dicha correspondencia (entre la anécdota real y el trance inducido) ocurra precisamente en ese estado. Aunque también podríamos decir, que más que construir escenas irreales con material profundamente inconsciente, estos experimentos establecen incuestionablemente la aptitud de los sujetos hipnotizados para reproducir, no a grandes rasgos sino con intrincados pormenores, argumentos a los que no habrían tenido acceso por medios convencionales. En el estado de hipnosis –y es razonable conjeturar que otros estados pueden servir igualmente bien- los sujetos parecen poder obtener acceso a material por medios que no son físicos ni sensibles, y reestructurar luego ese material sobre una base creativa y selectiva, usándola para urdir un relato dramático, a la medida de lo que se les pide.

En un trabajo anterior (“La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los OVNIs”, publicado en distintos medios, entre ellos, en el número 9 de nuestra revista digital “Al Filo de la Realidad” ) me he extendido –cosa que no haré ahora para evitar ser repetitivo- entre las correspondencias que a mi entender existían entre esas dos disciplinas. Pero para la mejor comprensión de la teoría que expondré aquí, es necesario profundizar en ciertas interrelaciones. Aquí, me detendré particularmente en dos: la indiferenciación entre observaciones de OVNIs y de otro tipo de “entidades” (marianas, demoníacas, etc.) y la “selectividad” que el fenómeno manifiesta. Autores mucho más calificados que yo (Salvador Freixedo, Jacques Vallée, entre otros) abundaron en la investigación –especialmente abrevando en fuentes históricas- de “apariciones”, generalmente interpretadas dentro de un contexto religioso, pero que expurgadas de todo matiz cultural aparecían difícilmente desglosables de muchos aspectos, a veces centrales, a veces periféricos, del fenómeno OVNI. No voy a volver aquí sobre sus pasos. Simplemente (ante el clamor de muchos que seguramente sostendrán que cuando una señora campesina que “ve”a la Virgen esto es suficiente claro y taxativo como para no confundirla con un ET) repasar ciertos conceptos, el primero de ellos no perder de vista que no se puede ser a la vez juez y parte, lo que es tanto como decir que difícilmente yo pueda juzgar con equidad y objetividad una experiencia espontánea, emotiva y estresante como es la irrupción en la vida de cualquiera de uno de estos fenómenos. Como nadie es buen observador de sí mismo, que “yo concluya” que “mi” visión es tal o cual cosa es una petición de principio respetable, pero no aceptable. Lógicamente, muchas personas simples y sinceras están convencidas que han visto a la Virgen María o a tal o cual entidad espiritual porque así la misma se presenta, lo que, en todo caso, presupone asignarle a la entidad un grado de sinceridad que no se fundamenta más que en la necesidad de satisfacer las propias expectativas.

Pero si analizamos objetivamente los hechos –y un ejemplo contundente de ello es el trabajo del investigador lusitano Joaquim Fernándes respecto de las apariciones de la Virgen de Fátima- sólo un condicionamiento preexistente –o ciertos intereses posteriores- del perceptor o de personas o instituciones de fuerte influencia sobre él –las iglesias- llevan a transformar lo visto en una entidad sacra determinada, cuando lo que generalmente se ve es simplemente una “luz”, o, en el mejor de los casos, una entidad humanoide, pero ni siquiera remotamente parecida a la hagiografía con que se les conoce. A fin de cuentas, un evento de los pocos mistéricamente aceptados por el Vaticano (las apariciones en Lourdes a Bernardette Soubirous) responde a estas características: Bernardette declara tener sus primeros encuentros con una “señora” (a la que por otra parte, describe casi como una niña) que, aunque se presenta como la “Madre de Dios”, le despiertan tanto recelo que no duda en concurrir a una de las “entrevistas” munida de un frasco de agua bendita que sorpresivamente arroja sobre la entidad. Que una niña campesina, inculta y en un medio fuertemente religioso como el que rodeaba a Bernardette sea lo suficientemente suspicaz como para dudar de que se tratara realmente de la Virgen, demuestra hasta que grado la entidad, cuando menos en su aspecto –si no en sus palabras- dista de responder a los modelos clásicos del género. Así, los sacerdotes estimulan (abierta o solapadamente) las revelaciones marianas, mientras prefieren ignorar centenares de miles de testimonios de manifestaciones que, por no caer bajo su égida, quedan en el limbo; sucesivos médiums espiritistas no tienen empacho en aceptar la aparición de la querida y muy finada tía Clara pero se encogen de hombros ante las descripciones de visitas alienígenas, y contemporáneos ufólogos sostienen audaces teorías cósmicas pero consideran pura y simple superstición los relatos de Garabandal o San Nicolás. Pero en realidad esta división no nace tanto del fenómeno en sí (un triángulo luminoso se mantiene suspendido en un amanecer junto a un arroyo. Dos personas lo observan: una anciana campesina que salió a revisar su gallinero y, desde la autopista, un ingeniero que pasaba en su automóvil. ¿Alguien duda que la primera contará sobre una aparición “divina” o “demoníaca” y el segundo hablará sobre un “OVNI”?) sino de la diferenciación que nosotros presuponemos. Y diferenciar presupone que cada categoría es homogénea (“todos los OVNIs tienen en común algo fundamental”) y, segundo, que esta es distinta de otras categorías (“lo que los OVNIs tienen en común es distinto de lo que las apariciones marianas tienen en común”). Y eso implicaría que conocemos bastante acerca de OVNIs y apariciones marianas como para decir cuándo una aparición es lo uno o lo otro. Y habría que ser muy, pero muy pedante, para sostener que efectivamente, sí sabemos tanto. Así que en esta aproximación, un refuerzo a la conexión entre Parapsicología y Ovnilogía radica en la muchas veces difusa línea fronteriza que separa ambos fenómenos. Pero habíamos hablado de una segunda correspondencia. Y es lo que yo llamo selectividad. Como sabemos, el fenómeno Psi, cuando ocurre, no cumple muchas de las condiciones de las energías físicas. Eso lo he descripto en otro lugar y allí quedará. Pero llamo la atención sobre el particular que no cumple el efecto “de campo”: si yo enciendo una estufa y me paro al otro lado de la sala para percibir su calor, puedo estar seguro que cualquier punto entre la estufa y mi persona también será alcanzado por el calor, mayor cuanto más próximo a la fuente emisora esté. Pero en los fenómenos extrasensoriales esto no ocurre. Yo puedo protagonizar un episodio de telepatía con el señor que está al fondo del salón sin que nadie en los puntos intermedios perciba o interfiera con lo que estamos haciendo. O puedo actuar –es un decir, claro- telekinéticamente sobre la lapicera que tengo al otro lado del escritorio sin que resulten afectados, por caso, el ratón, el teclado, el teléfono, la pila de CDs o mi pipa que están entre esa lapicera y yo. La ingeniera Carolina Grashoff me propuso una explicación “sencilla”: un mecanismo de sintonía. Así, si movemos esa lapicera y no otra, si contacto telepáticamente con ese caballero y nadie más es que por alguna razón que se me escapa, hay una afinidad, una correspondencia, diría Carolina –ingeniera al fin- una capacidad de sintonización. Pero, en definitiva, ¿una sintonización con qué?. Y así, como el dial de la radio nos permite sintonizar distintas “frecuencias” –niveles- en las cuales se expresa un mundo diferente de sonidos, creo posible que esa capacidad de “sintonización” sea con un plano, una dimensión o un orden distinto de Realidad. Otra vez, el cerebro, entonces, no produciría el fenómeno, sino que, como transductor, lo calibraría. (integro aquí este concepto al que ya he expresado en mi artículo “Memoria: el archivo del Universo”, revista “Al Filo de la Realidad” número 10) Bien, hay, de todas formas, una selectividad. Y cuando en una aparición OVNI (aunque, después de los párrafos que he escrito, sé que el lector entenderá que el mismo razonamiento puede aplicarlo a una pléyade de entidades) es percibida por ciertas personas de un grupo y no por otras, creo que se cumple un principio de selectividad similar. Aún cuando muchos crean que es más cómodo acudir a una explicación alucinatoria. Pero el punto es que más a menudo se echa mano a las alucinaciones como explicación que la probabilidad que las mismas sean las responsables, en principio, porque los cuadros alucinatorios requieren de patologías muy específicas y nunca se producen una sola vez en la vida, sino que tienen una recurrencia muy particular. Así que cuando un testigo dice estar viendo un OVNI que no es percibido por un circunstancial compañero, estamos aquí ante otra coincidencia fenomenológica entre OVNIs y Parapsicología. Mi opinión personal es que Psi y OVNIs pertenecen, con matices, al mismo ámbito. Detrás de los OVNI deduzco la presencia de una Inteligencia o Inteligencias; detrás de los fenómenos Psi no, pero sí, por el contrario, la acción multifacética de fuerzas. Creo que en ese ámbito del que estaba hablando, las fuerzas que en él operan se manifiestan en el nuestro como fenómenos Psi, y las inteligencias que en él habitan se presentan en el nuestro con la mascarada OVNI. Creo que lo que llamamos “OVNI” es un ente proteiforme que se adapta a las necesidades emocionales de quien lo percibe. Y como toda conducta demuestra la presencia de una inteligencia, y asÍ como toda conducta tiene una motivación y un objetivo, el exacerbar las necesidades emocionales de los testigos tiene que tener también su razón de ser. Pero no nos apresuremos. Ese ámbito del que he hablado lo concibo como un orden distinto de Realidad. Un plano Trascendente a aquél en que ocupamos. Y así comenzará a tener sentido el título de este trabajo.

(continuará)

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¿Mengele aún vive?

Publicado por Gustavo Fernández en 13-10-2009

A quien pudiera resultarle “off topic” reflexiones e investigaciones –como la que ya hemos publicado- sobre el nazismo y sus implicancias en Sudamérica, sin duda ignora peligrosamente que no se trata de un mero “accidente” sociopolítico alemán que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Tratar de explicar una cosmovisión de la que Hitler fue sólo un instrumento únicamente en función del momento económico que atravesaba el pueblo germano a consecuencia de la Primera Guerra Mundial es poner el carro delante del caballo. Y estudiarlo en la suposición que es cosa sólo del pasado sería un error de principiantes. Pero, sobre todo, ignorar las profundas raíces esotéricas –y, como tal, las componentes que apuntan a señalar confrontaciones espirituales en consonancia con las mundanas- de aquél es no haber entendido nada.

Básicamente, el Nazismo expresa una psicología alternativa. Cuando muchos historiadores y sociólogos –formados en una escuela materialista de pensamiento- se preguntan cómo un pueblo con historia de racional y objetivo como el alemán pudo haber caído en las “supersticiones y fanatismos” de la filosofía nacionalsocialista, cometen dos errores de bultos: el primero, creer que se trata sólo de “supersticiones”, sin haber profundizado el estudio de éstas. Si así lo hicieren, descubrirían que son supersticiones sólo en el sentido etimológico de la palabra. “Supérstite”: lo que sobrevive. Y en segundo lugar, no advertir que si ese pueblo –pero no sólo ese pueblo- adhirió a él ha sido porque –en un contexto no moral ni inmoral, sino amoral- el sistema tenía una lógica propia. La lógica de una psicología no humana. Si el origen de esta psicología no es humano, entonces debemos preguntarnos cuál es. Y esto compete exclusivamente al Esoterismo.

Por supuesto, ustedes pueden persistir en la creencia que esta filosofía ha sido sólo una perversión (en el sentido psicológico de la expresión: “desviado de lo correcto”), mentes enfermas y fanáticamente empecinadas en la destrucción de ciertas etnias y sistemas socioeconómicos ajenos. Este es el problema: los enfermos no rescatan a un país de una depresión económica insoslayable. Los perversos suelen ser minoría, no mayoría aplastante. Los alucinados no aplastan militarmente a naciones enteras hasta que se requieran coaliciones internacionales para detenerles.

Thule e Hyperbórea, la conquista del espacio mediante una energía sutil llamada “vril” impulsando a naves sospechosamente parecidas a “platillos volantes”, un universo cóncavo, la búsqueda del Santo Grial, la Lanza de Longinus[1] o el Ojo de Khrisna, la supervisión astrológica constante podrían –sólo podrían- ser consideradas conductas erráticas de grupos minoritarios, quizás peligrosos pero no dominantes porque al poder se accede más bien con pactos y conformismos conservadores, adhiriendo al status quo impuesto por el verdadero poder mundano, material, que es el económico, y que opera desde las sombras. Obsérvese, a la luz de nuestros estudios sobre la trayectoria de los Illuminati –especialmente en los últimos doscientos años, según pone de manifiesto la larga serie de trabajos publicados en “Al Filo de la Realidad” al respecto- que el ascenso filosófico primero, económico después y político finalmente del nazismo es uno de los pocos casos –si no el único- en que se construyó una ingeniera político – económica – espiritual por fuera del cronograma Illuminati. Esto no lo reivindica para nada, ciertamente. Pero demuestra que, sin ser mejor, ni peor, fue algo distinto a lo programado para esta Humanidad. Quién –o qué- decidió orquestar la irrupción de ese “algo distinto” será tema de otros trabajos.

Sirva esto como introducción a algunas investigaciones que hemos de acercarles en esta ocasión. Admitámoslo: el título ha tenido algo de trampa. O tal vez; todo depende de a quién consideremos Méngele. ¿El Méngele original?. Sin duda, bien muerto y enterrado. Pero, ¿si se hubiera clonado a sí mismo?.

Suena cienciaficcionesco poner en manos de los nazis nuestras aún imperfectas técnicas de clonación. Pero solo es eso; cómo suena. Porque en innumerables campos científicos (desde la aviación y la cohetería al desarrollo biológico) los alemanes, especialmente entre los años 1922 y 1945, estuvieron muy por delante del resto de la humanidad en cuanto a desarrollo científico y técnico. De hecho, convengamos que no habría habido programas espaciales norteamericanos y soviéticos sin la simiente de cerebros alemanes. Y sólo el espionaje y campañas de hostigamiento y destrucción bien planificadas impidieron que el Tercer Reich se hiciera con la energía nuclear antes que el grupo de Los Álamos.

Méngele, esto es sabido, estaba obsesionado con la clonación. Si ustedes han leído la novela “Los niños del Brasil”, de Ira Levin –o visto la película protagonizada magníficamente por Gregory Peck- conocerán la historia: Méngele huye de la caída de Alemania por la “ruta de las ratas” y se radica en el interior del Brasil, donde realiza experimentos genéticos tratando de crear la “raza perfecta”. En el proceso logra “clonar” al mismo Hitler, en la personita de un niño sobre quien se tiene la expectativa de construir el Cuarto Reich.

Y todos creímos que se trataba de una novela edificada sobre rumores.

Pues bien, no. Los niños del Brasil existen. Sólo que ya no son tan niños.

Entre 1961 y 1965, Josef Méngele no sólo vivió en Paraguay –donde obtuvo carta de ciudadanía con su nombre original, prueba clara de la connivencia del régimen de Stroessner (de ascendencia alemana él también), como demuestra en exclusiva el facsímil facilitado por una fuente de ese país, colaboradora de “al Filo de la Realidad” y que debe permanecer por ahora anónima- sino también viajaba con frecuencia a Brasil –donde, en definitiva, falleciera en 1979- para realizar sus desarrollos experimentales. Éstos estaban orientados en la misma línea que propone la novela, y aún están allí. La ciudadanía del ex jefe médico nazi fue, de hecho, una protección del gobierno paraguayo tras un fallido intento de secuestro del mismo en el hotel “Tirol”, de la pequeña localidad de Hohenau, al sur de ese país. Aquí tenemos todo un tema interesante: pese a ser su ubicación ampliamente conocida por sus perseguidores, Méngüele se mueve con total seguridad. No elige el anonimato –como otros nazis “caídos en desgracia” que sí tuvieron que hasta mudar de identidades, lo que elimina la simple “simpatía ideológica” de algunos gobernantes como explicación para su protección y remite más aún a la necesidad de proteger otros intereses más oscuros- y tampoco grandes ciudades donde pasar desapercibido (Honenau tiene, hoy, unos 7.000 habitantes apenas). Elige una región fuertemente codiciada por germanos desde fines del siglo XIX, no lejos de donde Jacques de Mahieu descubriera en su momento pistas ciertas de presencia germana en tiempos precolombinos (ver nuestro artículo “Un dato no menor” en AFR). Una región que nada tiene que ver con la Sajonia de donde procedían[2], y sí con otras huellas remotas de la historia…

Mengele

carta de ciudadanía paraguaya de Mengele


El pueblo fuera de lugar

Cándido Godoy es una pequeña localidad de no más de 8.000 habitantes, en el estado brasilero de Río Grande do Sul, a apenas 30 kilómetros de la provincia argentina de Misiones y muy cerca, por extensión, del Paraguay. Allí se sabe de la presencia cotidiana de Méngüele entre l961 y 1965, donde habría “asistido” a numerosas mujeres de raíz germana en sus partos de entonces, dada la carencia, en aquellos años, de centros asistenciales eficientes. Y es sabida la obsesión de Méngüele con los mellizos. Pues bien: Cándido Godoy tiene el más alto porcentaje del mundo de nacimiento de mellizos desde 1963, fecha de su “fundación” formal (mientras que en cualquier lugar del planeta nacen mellizos sólo en 1 cada 20 partos, en Cándido Godoy ha sido 1 cada 5) hasta 1968: 50 pares de mellizos, todos, exclusivamente, de padres arios.

Es interesante y complementario comprender la estructura social de este pueblo. El 80 % de sus pobladores son alemanes, hijos o nietos de alemanes. Hay un 15 % de polacos (o descendientes) y sólo un 5 % de brasileros autóctonos (conocidos allí como “peloduros”). El idioma dominante no es el portugués, no siquiera el “portuñol”, tan común en localidades fronterizas a países hispanoparlantes, sino un dialecto de la región de Hunsbrück (Alemania). De actividad eminentemente agrícola, con un alto nivel de vida, Cándido Godoy es literalmente gobernada por una gran cooperativa que, entre otros servicios, provee económica y eficientemente de electricidad pero claro, únicamente a quienes son de origen ario.

Cándido Godoi

Cándido Godoi

Estaremos de acuerdo que esta curiosidad estadística no demuestra por sí sola la intervención de Méngüele y sus experimentos: pero convengamos que sería ingenuo suponer que este colectivo de causalidades (la colonia aria, la novela de Levin, la certeza que Méngüele siguió adelante con sus experimentos en su etapa sudamericana) no tiene un hilo conductor. Y así como sus experimentos genéticos le pudieron haber llevado a perfeccionar un criterio de selectividad racial, son igualmente funcionales a la clonación. Si no de Hitler -¿cosa que podemos descartar?- cuando menos de sí mismo, una obsesión no ajena a la casi patológica relación de los nazis con la muerte.

Compulsión con la muerte

Si decimos que el nazismo es la expresión de una psicología distinta inficionada desde fuera, es sugestivo y aleccionador tratar de insertar en esta cosmovisión ciertos descubrimientos menores. Uno de ellos, seguramente, el que proponemos aquí: la necesidad del pensamiento nazi de optar por la muerte como solución radical a los problemas –destruir para construir- en lugar de re-construir sobre lo pre existente.

Un ejemplo de lo dicho es lo que participamos aquí. En 1987 muere en Buenos Aires Walter Kutschmann, ex Jefe de la Gestapo y uno de los artífices técnicos de la “solución final”. Revelador, pero nada nuevo: muchos nazis de alto rango huyeron y fallecieron en nuestro país, con la colaboración no sólo el gobierno que los dejó ingresar, sino de todos los posteriores que les permitieron seguir desenvolviéndose con total impunidad. Bien, analicemos ahora este hallazgo. Con motivo de celebrarse el “Día del Animal”, el 29 de abril de 1991 la Asociación Amigos de los Animales de la provincia de Buenos Aires difunde el siguiente comunicado periodístico: “… nos complace dirigirnos a la población con motivo del día del Animal y por este medio destacar las ventajas obtenidas por los Amigos de los Animales en los Centros Antirrábicos de la provincia de Buenos Aires. Cámaras de gas enfriado y medicamentos para sacrificio eutanásico de animales, tanques completos para gas enfriado, puertas herméticas y materiales para la construcción de dichas cámaras de gas en los Centros Antirrábicos … ( … )…. “Un animal debe morir dignamente y por eso la Asociaciòn Amigos de los Animales no apoya ningún grupo de protectores que por medio de cooperadoras instalan dentro de los Centros Antirrábicos refugios para albergar animales abandonados ( … ) “Gracias a nuestras donaciones para la implementación de métodos eutanásicos, ya se aprecia una reducción del 70 % (en la población callejera de animales)”. La eutanasia de los animales como “solución final” al problema de los perros callejeros antes que campañas de prevención, esterilización o refugios suena extraña en boca de quienes dicen amar a los animales. Pero quizás lo comprenderemos mejor cuando sepamos que esta asociación fue fundada por ….Geralda Baemüller (viuda) de Kutschmann..

¿Por qué esta obsesión por la muerte?.

Escribí párrafos atrás que no podremos avanzar en la comprensión de esta ideología si obviamos la parte esotérica. De manera que esta compulsión puede ser interpretada de dos formas:

a) Es deformación patológica de la ideología (¡pero de judíos a animales!).

b) Es para cumplir objetivos energéticos

Lo segundo parece infuso, pero cuando una filosofía –y los hechos históricos de esa filosofía- están plagados de “señales”, a los investigadores con experiencia sólo nos queda admitir resignadamente que lo que no será admitido –ni siquiera comprendido- por una opinión pública ya pre condicionada por “clichés” meméticos[3], es las más de las veces el emergente de la verdadera historia. Y muchas de esas señales son las “causalidades” que plagan la línea del tiempo nazi post derrota. Por ejemplo: el citado W. Kutschmann supo ser una vez detenido –en el contexto de la investigación de asociaciones de derechos humanos- en Sucre 2907, de Buenos Aires, un edificio en el frente del cual figura como constructor un tal Lázaro Goldstein Este señor Goldstein realmente existió. Pero casualmente “Lázaro Goldstein” fue el seudónimo que eligió Martin Bormann cuando subrepticiamente llegó a Bs As el 17 de mayo de 1948. Y Bormann nunca supo de la existencia de aquél Goldstein, el constructor judío….

Deberemos en el futuro proponer otras indagaciones, por irracionales que parezcan. Cuando uno repasa la historia conocida (o que creemos conocer) de la Humanidad, y ve la presencia reiterada de dioses que claman por sangre en tantas culturas, ¿no se tiene acaso la sensación que el movimiento nazi tardío y su ingeniería racial es apenas la continuación histórica de los sacrificios rituales masivos, de las guerras contra pueblos sólo generadas para obtener víctimas propiciatorias?.


[1] Ver nuestro artículo, “Nazis a la caza del Grial” en AFR

[2] Para quienes dicen que los lugares seleccionados por los alemanes se parecían a sus terruños de origen, lo que sí es válido para Bariloche y Córdoba en Argentina, pero en absoluto para el caso paraguayo.

[3] Para una mejor comprensión del uso de esta expresión en función de nuestra investigación, ver “Memética e Illuminati

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COOPER SUDACA. La bizarra historia de Eduardo Fuentealba. ¿Un mitómano paranoico u otra víctima de la Oscuridad?

Publicado por Gustavo Fernández en 11-10-2009

La muerte

Dicen que el antiguo capataz estaba celoso porque el forastero llegado de la gran ciudad entre gallos y medianoche le había arrebatado el empleo. Y algo más, también. Cuestión de polleras, dicen; Fuentealba tenía fama de mujeriego y pese a haber llegado a esa estancia en la provincia de San Luis con esposa e hijita, parecía haber tenido en algún fugaz viaje anterior, alguna excesiva cortesía con la muy joven mujer del capataz. Dicen también, por supuesto, que este último fue el idiota útil al que costó poco motivar para desembarazarse de un investigador molesto. Pero dicen tantas cosas… Lo único cierto es que todo terminó con el brillo de relámpago de un facón hiriendo la mañana al hundirse en la carne. El cosmopolita cayó, paralizado más por la sorpresa que por el dolor, los dedos hincados en la tierra, ahora roja, que pensó fecundar con su sudor y no con su sangre. Daba bronca morir. Morir así, con ese sol…

Debo a la amabilidad del investigador argentino Mario Biscione no sólo conocer la extraña historia de este personaje (que confieso ignorar hasta entonces) sino muy especialmente poder acceder a las grabaciones (concretamente, tres cassettes que, como fuente documental, sin edición de ningún tipo, ponemos a su disposición (vía Wuala) haciendo clic aquí , donde dice “AFR 146 – cassettes”) donde, aún en vida, Fuentealba narra segmentos de su historia. Una primera lectura (o audición) puede llevar a la errónea conclusión de estar ante un gratuito relato delirante: la reflexión sobre otros elementos de esta crónica, por el contrario, permiten suponer que algo oscuro se agita en la bruma de la desinformación.

La historia de Eduardo Fuentealba nos retrotrae a la de William Cooper, un ex suboficial del ejército estadounidense y ferviente comprador y difusor de toda historia conspiranoica: bases subterráneas de “grises” donde se tejían alianzas con el complejo militar-industrial terrestre, implantes de la CIA para monitorear experimentos genéticos desarrollados por alienígenas y cuanta historia bizarra corriera por ahí tenía en este personaje no sólo un atento oyente sino todo un proclamador. Habitual visitante de espacios radiales nocturnos de costa a costa, en los últimos años parecía, al decir de algunos conocedores, haber radicalizado su postura al punto que se lo sindicaba muy cercano a las tristemente célebres milicias paramilitares. De hecho, fue aparentemente su relación con las mismas y ciertos ilícitos cometidos los que llevaron al FBI a librar orden de captura y unos cinco años atrás, como consecuencia de ello, terminar acribillado a balazos en un enfrentamiento caminero con agentes de la ley. Al igual que éste, Fuentealba estaba vinculado a grupos paramilitares, a espacios radiales nocturnos, a investigaciones sobre OVNIs y a umbrosas relaciones políticas. Básicamente, fue un ex agente de la SI (Secretaría de Inteligencia, ex SIDE, el servicio de inteligencia del Estado argentino), posiblemente apenas un “informante” (agente civil adscripto a recabar información) devenido luego en periodista radiofónico especializado en OVNIs. Mudándose constantemente —vivió en los alrededores de Buenos Aires, en Lago Puelo (Chubut), en Córdoba, en Santa Fe y finalmente en San Luis, donde murió asesinado—, genera y consume alimento conspiranoico. Los allegados a SEPRIN (“Servicio Privado de Información”, ex agentes de la SI, policías en actividad o retirados) lo reconocían también como una fuente de noticias.

Veamos algunas de sus afirmaciones:

- Sostuvo que el idílico poblado de Lago Puelo tenía “la mayor densidad de sectas satánicas” del país, y señala las correspondencias con la localidad de El Bolsón (paraíso de “hippies”) y Las Lajas (¡años antes que en esta localidad surgiera la agrupación sectaria de abuso infantil conocida como “La Familia”!). – Junto a Fernando López Diu (su mano derecha tanto investigativa como laboral, pues lo seguía por toda la geografía) propaló (sin presentar evidencias) que en el paraje Lelequé (a setenta kilómetros de aquél pueblo, sobre la ruta a Esquel) existía una zona rica en uranio en terrenos controlados por la Comisión Nacional de Energía Atómica con el concurso de “marines” y comandos israelíes y británicos, bajo la asistencia técnica del complejo industrial argentino Pérez Companc, pues tanto allí como en las zonas conocidas como “La Pampa de Doña” y Paso del Sapo se habrían producido caídas de OVNIs, quizás procedentes de bases subterráneas bajo el cerro Tres Picos y la Roca del Tiempo (parece que no omitió ningún ingrediente).

- Empero, cita eventuales testigos de sus dichos que podrían ser rastreados: un “doctor Benzano” y el guardaparques Oscar González, quienes no sólo ratificaban las leyendas sobre los “enanos malditos” que corren por el valle del Río Turbio sino que testificarían, junto con una “familia Vigueiras”, la presencia de “macrocéfalos asesinos” en la zona. – Acusa al conocido y ya fallecido Pedro Romaniuk de haber fungido como agente de la CIA y testaferro en el lavado de dinero procedente de estupefacientes. La acusación es directa: los viajes al exterior de don Pedro, sus emprendimientos inmobiliarios, la edición de sus libros (es sabido que la “Editorial Lanín” que siempre lo prohijó, es ficticia y esconde las “ediciones de autor”. A propósito, Lanín es el nombre de un conocido volcán de la región y, por lo tanto, no ajeno a esta área de andanzas de Fuentealba y, según éste, Romaniuk también). Volveremos luego a considerar en detalle una interesante observación de Fuentealba en este contexto.

- Sostiene que en los años 1991 y 1992 estuvo investigando exhaustivamente los fenómenos OVNI en Victoria (Entre Ríos). Como es éste un tema que conozco en profundidad, me consta de sus afirmaciones que conoce en detalle la zona. Claro que de allí a avalar sus desaforadas pretensiones hay un paso que no daré. Empero, escuchemos sus argumentos:

- En instancias previas a sus investigaciones en Victoria, habría tomado contacto con el Ministerio del Interior (del que dependen varias fuerzas de seguridad, así como la citada SI) pero este contacto con ex camaradas sólo habría servido para que los sabuesos se pusieran tras sus pasos, incluso —dice— “poniendo en peligro su vida”.

- Asegura que en la zona operarían “dracos” (extraterrestres reptiloides de muy mal genio), que muchos monjes benedictinos de la famosa abadía de la zona serían en realidad “marines” y agentes encubiertos de la CIA y el NSA apostados allí para custodiar y vigilar al mismo tiempo un intrincado e ignoto laberinto de pasadizos subterráneos sobre la vertical de los cuales se encontraría el edificio religioso construido —según sus decires— como búnker de guardianes de un lovecraftiano umbral.

- Y en cuanto a mundos subterráneos en Victoria no se detiene allí, pues señala explícitamente a las investigadoras locales Silvia y Andrea Simondini como cabales conocedoras de “cuevas y oquedades” que pulularían por allí.[1] No se detiene: sostiene que el CITEFA (Centro de Investigaciones Técnicas de las Fuerzas Armadas) estaba particularmente interesado en tales hipotéticas cavernas y aquí, sin quizás saberlo, pone al descubierto otra interesante circunstancia sobre la que volveremos después. En síntesis, y pese a ser un “anticontactista” que ridiculiza y menosprecia a los “devotos de los hermanos cósmicos”, Fuentealba dibuja una clara antinomia: Victoria, foco de extraterrestres “negativos”, en oposición a un cerro Uritorco pletórico de “salvadores de las estrellas”. Cuando se escuchan las pocas grabaciones que Fuentealba dejó sobre sus andanzas, se tiene la clara impresión, ante el lenguaje liviano y casi distraído que, por respetar un buen argentinismo, el susodicho “se está mandando la parte” (que es como decir exagerar y quizás mentir con tal de resultar llamativo). Noches insomnes entre arbustos espinosos para terminar escapando (sin llegar antes a nada concluyente) instantes antes que los reflectores fisgones pasen por sobre el punto donde EF y su fiel amigo Toro, perdón, López Diu, habíanse arrastrado tiene demasiado tufillo a Expedientes X. Que sepamos, Fuentealba prometió fotografías, videos y otras “pruebas” que no nos consta que existan. Pero también, como dije, sentó observaciones interesantes que merecerían ser consideradas. Por ejemplo, ¿son fruto de su imaginación sus épicos relatos, especialmente los referidos a su etapa sureña?. ¿O hay en ellos algún viso de verosimilitud?. Asimismo, ¿hizo acusaciones temerarias e infundadas o accedió a información privilegiada?.

OVNIs y lavado de dinero

Fue dicho: Fuentealba fue el primero en argüir que los grupos “contactistas” podrían estar lavando dinero procedente del narcotráfico. Acusó de ello abiertamente a Romaniuk, y va de suyo que no nos consta en absoluto (aunque cierto es que nunca nos quedó en claro de qué vivió don Pedro a lo largo de toda su vida, y eso que le conozco personalmente desde mis ya lejanos quince años de mozalbete). Así que salteemos esta anécdota y veamos cómo se construye esta hipótesis que hoy, sin la audacia de EF pero con algo más de información técnica, nosotros también sospechamos. Como sabemos, el método más sencillo de lavado de dinero es éste: contando con una suma X que deseamos “blanquear” (es decir, ingresar al circuito financiero legal), se selecciona a un testaferro A. Éste (entre otras cosas, sin antecedentes negativos comerciales o penales) abre uno o varios comercios, empresas, etc. Su ganancia estará en la propiedad de mercaderías, bienes y útiles, vehículos, maquinarias, luego propiedades, y las ventas o facturaciones reales, que esos emprendimientos produzcan. Hasta allí, todo bien. Pero el punto es que se “inflan” exageradamente (y ficticiamente) esas facturaciones y ventas, en número y concepto. Así, B o C, “socios capitalistas” de estos negocios “lícitos” reciben como “liquidación societaria” la parte que les corresponde de esas irreales ganancias para invertir en inmuebles, otras actividades, etc., y que no es más que su propio dinero original que regresa así al mercado totalmente “limpio”. Pero las mascaradas comerciales pueden ser auditadas, vigiladas, inspeccionadas. Un juez puede ordenar el control de clientes que ingresen a un comercio, sus boletas o facturas, recibos. Pero con las “fundaciones”, las “asociaciones civiles sin fines de lucro” y los “cultos” ello no pasa. Son perfectos, merced a un recurso lícito y constitucional: las donaciones voluntarias y anónimas. En efecto, ¿quién puede cuestionar a un pastor que asegura haber abierto la alcancía dominical en busca del modesto óbolo que asegurara el sustento para encontrarse con un sobre con miles de dólares?. Milagro del Señor, seguro. ¿De qué puede acusarse al gurú que recibe en su cuenta bancaria centenares de modestas transferencias procedentes de las Islas Salomón, algún banco perdido en Kamchatka o Macao?. ¿No es acaso prueba contumaz de la intervención de algún Maestro Ascendido que llegue al ashram en Navidad una encomienda de remitente anónimo con un lingote de oro?. A fin de cuentas, el Universo siempre provee… Si respeta los estatutos y rinde sus cuentas anualmente (sin siquiera tributar al fisco, pues en casi todos los países del mundo las instituciones mencionadas están exentas), como es lógico, ningún magistrado, ningún comisionado de policía ni autoridad política alguna puede ordenarle a un líder espiritual, Consejo Directivo de fundación o asociación civil en qué invertir el dinero recaudado en donaciones. Y allí, el círculo perfecto termina por cerrarse.

Victoria, y ¿túneles?

Como dijimos, EF contó una historia con ribetes novelescos sobre sus aventuras en Victoria. Pero llama la atención (por lo menos, la nuestra) en algo. Sin dar nombres personales, relata que miembros del ya citado CITEFA anduvieron por allí. Y a estar de sus decires, éstos estaban más interesados en los hipotéticos “túneles” antes que en los OVNIs mismos. Bien, ¿qué es lo llamativo?. Que poco tiempo antes en el seno de esa institución se había creado una Comisión de Investigaciones OVNI. Y para la implementación de la misma (y, literalmente, casi para su conducción) se convoca, no a un reconocido ovnílogo, no a un experimentado aviador, no a un académico, sino a Julio Goyén Aguado, el más reconocido espeleólogo de la Argentina. Como se sabe, la Espeleología investiga cavernas. No OVNIs. Y Goyén Aguado no había tenido hasta entonces más experiencia como ovnílogo —aunque algunos colegas traten de reunir argumentos arrastrados por los cabellos— que la de un servidor con moscas y mosquitos: el hecho de exterminarlos en mi hogar cada verano no me hace entomólogo. Algún día, espero, podré dar por cumplido un pacto de honor que tengo con terceros y hablar libremente de muchos aspectos extraños en la vida de Goyén, pero ciertamente no será el campo de los OVNIs uno de esos aspectos.

¿Qué podría, entonces, estar haciendo un espeleólogo al frente de una comisión cívico-militar de ovnilogía?. ¿Tenía relación con ese interés del CITEFA con los “túneles” de Victoria (o de tantos otros lugares)?. La muerte de Eduardo Fuentealba hasta dio inicio a una acotada pero macabra leyenda: la de la maldición que cae sobre quienes husmean demasiado en Victoria. Porque poco tiempo antes, otro conspiranoico, Guillermo Romeu, ex pastor pentecostal y factótum del grupo Radar Uno (que con vestimenta paramilitar y discreto armamento andaban por aquella localidad entrerriana a la caza de “grises”, una oscura réplica de las milicias WASP[2] de todo Estados Unidos), vestido íntegramente de fajina y con su pistola al cinto, se hizo presente en el cumpleaños de un familiar, gallardamente se cuadró y se descerrajó un tiro en la sien.

[1] Pero las mismas y a través de distintos medios, no sólo han desmentido esto, sino que afirman haber tratado de seguir la pista de las investigaciones de EF para sólo hallar improbabilidades y mentiras.

[2] Sigla de White Anglosaxon and Protestant: blanco, anglosajón y protestante, que señala a la clase fundadora del país y por ende la élite.

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EL FANTASMA DE LA GUARNICIÓN

Publicado por Gustavo Fernández en 19-09-2009

Durante 1979, me tocó cumplir mi período de servicio militar obligatorio en el ejército Argentino, siendo destinado a la Guarnición Militar Sarmiento, provincia de Chubut. Esta guarnición –a la fecha de los sucesos, la más importante del sur argentino- se encuentra ubicada a ocho kilómetros del pueblo homónimo, colonia Sarmiento, y a casi doscientos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Para una mejor ilustración, diremos que está ubicada en un punto situado en el centro de la meseta patagónica y prácticamente sobre la frontera con la provincia de Santa Cruz, en pleno desierto.
Es una región asaz extraña, casi lunar. Flanqueando la guarnición se encuentran dos lagos, sumamente extensos, conocidos uno como Colgué Huapí y otro como lago Musters, en honor al decimonónico explorador inglés de la Patagonia. Este segundo es el menor, pero el más insólito. Se desconoce su profundidad ya que los sondeos realizados no lograron uniformar las presunciones sobre el fondo real, e inclusive científicos japoneses que estuvieron trabajando allí afirman que está subterráneamente conectado con el mar, pues el reflujo de las aguas coincide con las pleamares y bajamares en la costa.

Tal vez ésta sea la explicación para los fantásticos y mortales remolinos que sorpresivamente se forman en su superficie, habitualmente tranquila, y que ya ha engullido muchos botes con sus tripulantes para sólo devolverlos a la superficie en contadas ocasiones.
Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso frente a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la calma chicha del comienzo, sin explicaciones aparentes. En esas oportunidades me he preguntado hasta qué punto serían ciertas las historias de los elementales del agua luchando en su profundidad.
Toda la zona es extraña, sí. A pocos kilómetros existen dos reservas naturales de bosques petrificados. Es relativamente sencillo encontrar, casi a flor de tierra, fósiles prehistóricos de imprecisa antigüedad (a decir verdad, tal abundancia superficial sólo lo he observado en otros dos puntos del país: el Valle de la Luna, o Ischigualasto, en San Juan, y los alrededores de la Caverna de las Brujas, en Mendoza). Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y recuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, observaron una formación de extraños objetos luminosos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el cenit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” comenzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enciando algún tipo de señales a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad imprecisa”. A estar siempre de sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches siguientes.

Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron el día 8 de agosto de 1979. En realidad deberíamos decir que comenzaron un par de días antes, cuando la “idea forma” empezó a gestarse, a partir de una leyenda que ronda en el lugar con visos de verosimilitud.
Para ambientar esta historia, debemos recordar que hasta principios de la década del ’60 Sarmiento era, por su aislamiento natural e inhospitalidad, lo que se denominaba una “guarnición de castigo”, donde eran enviados soldados, suboficiales y oficiales penados por la comisión de diversos delitos y faltas, insubordinación o deserción. Fue entonces cuando se construyó otra base militar, Cobunco, en la provincia de Neuquen, que a partir de entonces pasó a ser la nueva “guarnición de castigo”, y Sarmiento se integró al conjunto de destinos militares convencionales. Creció, hasta alcanzar un número de efectivos de tres mil hombres, con dos barrios de viviendas –de oficiales y suboficiales- más las respectivas familias allí asentadas. Extendió sus límites, pero permaneció fiel al trazado original, absolutamente rodeada por el desierto.
Allá por 1954, ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscripto destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de días francos y licencias –habida cuenta de que difícilmente las tienen quienes se encuentran castigados- sus encuentros debieron ser absolutamente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
El 8 de agosto de ese año, por la noche, al conscripto de referencia le correspondía tomar guardia. Ciertas averiguaciones previas le permitieron saber que había sido destinado a lo que aún hoy se conoce como 2puesto del cementerio”, una casilla que es llamada así por estar situada en el acceso al camino que conduce al cementerio local, común a la colonia y a la guarnición. Incluso desde aquél es posible observar lápidas y cruces de éste, apenas delimitado con un sencillo alambrado. Este camino se prolonga hasta el pueblo, pero por lo general –especialmente en horas de la noche y considerando el lugar por donde pasa- no es transitado en absoluto. Era ideal, entonces, para una cita a solas. El muchacho se las arregló para hacer saber a su chica del horario que cumpliría –las guardias son de dos horas, siendo muy difícil que alguien se aparezca en el ínterin, y el propio puesto está protegido por una hilera de árboles, a salvo de miradas indiscretas- y quedaron entonces de acuerdo en encontrarse en ese punto.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro punto, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.
A la hora acordada, la joven bajó caminando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era especialmente oscura. El soldado, ya de por sí nervioso –como declaró en las investigaciones posteriores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.
Según los reglamentos, el centinela debe repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.
Y cuenta entonces la leyenda que todos los nuevos aniversarios de la muerte de la chica, su fantasma regresa al lugar clamando por su amor perdido.
Esa historia nos había sido contada a la mayoría de los soldados por campesinos del lugar, viejos suboficiales y soldados de clases anteriores. Según ellos, el “fantasma” no aparecía exactamente todos los años, pero las veces que sí lo había hecho solía ocurrir en la fecha indicada.
Debe tenerse en cuenta la naturaleza de la idiosincrasia y nivel social de muchos de los soldados allí destinados. En nuestro caso, pertenecientes a la compañía de Ingenieros 9, sumábamos doscientos hombres, de los cuales éramos solamente veinte provenientes de la Capital Federal, unos ochenta de la provincia de Buenos Aires –la mayoría habitantes de la zona rural- mientras el resto lo hacía de distintas regiones de la misma Patagonia, muchos aún nativos de las estribaciones cordilleranas. Seres humanos algunos inmersos en un permanente primitivismo, que sólo contactaban a otras personas más allá de su grupo familiar o allegados inmediatos tal vez en una oportunidad cada varios meses, cuando exigencias de la vida laboral campestre los hacían bajar hacia los poblados.
Al bajo nivel cultural y social, se sumaba en todos los casos una religiosidad rayana en las creencias más supersticiosas. Arrancados de su hábitat, se mostraban ante este nuevo y hostil mundo que comenzaban a conocer con una credulidad ingenua. Imaginen ustedes el típico perfil obtenible a partir de estos datos y comprenderán con cuánta facilidad habría de llegar a prender en estos muchachos el fuerte contenido emocional de ésta y otras historias.
El 8 de agosto de 1979, nuestra compañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en ooído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles…

Indolentemente caminaba yo por los alrededores del puesto principal de guardia, descansando de las tareas del día y hojeando distraídamente una novelita de ciencia ficción (y que con vergüenza recuerdo –para quienes me consideran un aburrido intelectual- que su título era algo así como “La Princesa Virgen de Marte Contra Los Monstruos de Ultratumba”) cuando una reflexión, digamos sociológica, me detuvo en seco: frente a mí, en uno de los camiones destinados al transporte de tropas, comenzaban a ser introducidos los soldados que irían a ocupar los distintos destinos de ronda. Todos los rostros, invariablemente, mostraban una preocupación que trataban de ocultar detrás de sonrisas forzadas por los inútiles chistes de rigor. Uno de ellos, un chubutense pequeño y moreno, habitante de las solitarias mesetas del Alto Río Senguer, fabricaba, con manos trémulas, dos trozos de madera y un piolín, un burdo crucifijo. Yo aún no lo sabía, pero en ese pequeño y simbólico gesto estaba preanunciando lo que ocurriría horas después…
Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía. Durante mi servicio militar odié, como todo otro conscripto, los toques de “diana” y de “retreta”, pero mi particular posición me permitía disfrutar de ese modesto placer que consistía en poder permanecer hasta horas avanzadas leyendo, escribiendo o tomando un café en absoluta soledad, mientras el resto de mis compañeros ya estaba durmiendo. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, camino al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.
Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escuchar nuevamente, pero ahora bastante más cerca. En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafarrancho era total. Imaginen ustedes doscientas personas, distribuídas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nadaq nos expondría tanto a ser blanco como encender las hileras de luces fluorescentes. Dos disparos levemente aislados se escucharon nuevamente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos cincuenta metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo… y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levantaba su fusil en nuestra dirección.

Rápidamente se reunió a los tres autores de los disparos y se les confinó en cuartos aislados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de éstos. Sabíamos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impidió, en primera instancia, conocer los pormenores.
Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: Exactamente a la hora 22:25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicentro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En realidad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.
El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos doscientos metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.
A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacudirse unos pajonales próximos a él, de donde surgió una forma que, munido de mayor tranquilidad, pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se repetirían en las noches siguientes: “Imaginá -me comentaba al día siguiente, en la cantina de soldados- un cono levemente truncado en la parte superior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos setenta centímetros de ancho en la base, flotando a unos treinta centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rápidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía… vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire caliente”. La aparición era demasiado clara –y sobrecogedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y continuó su ronda a la guarnición (empero, no fue observado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.

La opinión de los miliatares profesionales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a colación la cuestión de la “leyenda”) y la inexperiencia y el miedo de los otros hizo el resto.
Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo recomenzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las tres de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes… y ser mandados nuevamente a dormir.
Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejeros alemanes a cargo de nuestra compañía. Me cupo la responsabilidad de haber sido quien sugiriera, al mayor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedicación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó. Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –como opinaban ciertos hombres de armas metidos a psicólogos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sencillo que se asustaran mutuamente. Un perro carece de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaraciones, aparecía el ente, también es cierto que el miedo (o la ansiedad de ver algo) hacía que los soldados dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutardas” (gran ave de color blanco y hábitos nocturnos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.
Pero no eran únicamente soldados inexpertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos conscriptos a “tirar primero y preguntar después”. Algunos episodios fueron antológicos. Como aquella noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con ttres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los ochenta kilómetros por hora- y se desvió hacia unos matorrales que costean al lago Colgué huapí, desapareciendo de la vista.
Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia frente a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muyh próximo a una de sus paredes. El conductor del camión encendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a disparar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la seguridad de un zanjón) hasta que tomaron sus armas y asomados a una ventana, tirotearon las luces que se aproximaban. Fueron necesarios fuertes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicerfía, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.
De todas estas descripciones podemos extraer algunas conclusiones interesantes.
En primer lugar, hay cierta “materialidad” en el ente. Si bien las balas parecen no afectarle –un proyectil calibre 7.65 a pocos metros de distancia no es algo despreciable- recordemos que este ser desplazaba los pajonales y malezas a su avance. Por otro lado aparecía en los momentos de máxima tensión psicológica –de noche, en soledad y bajo la luna llena- y aún así, a lo largo de la misma se desintegraba aparentemente por momentos (recordemos que en la primera visión no fue observado en varios puntos del trayecto que debió haber recorrido) y, lo que es aún más llamativo, adquiría mayor definición cuando el perfil socio-psicológico del testigo era más bien bajo. Esto, sumado a una experiencia personal, me permite abundar en su verdadera naturaleza.
Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los suboficiales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue porque buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido voluntariamente en ninguna de las rondas de guardia.
Es así que allí estaba yo, con una temperatura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta veinte grados bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio ovejero alemán. Tomamos al animal y ambos, el suboficial y yo, nos dirigimos a paso lento directamente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las antiguas tumbas.
En determinado momento, nos sentamos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a lado, el militar y yo intercambiamos algunas palabras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.
Sorpresivamente, con un leve pero prolongado lamento, el animal irguió la cabeza y levantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.
El mismo pensamiento debe haber cruzado al unísono nuestras mentes porque, extrayendo rápidamente las pistolas de sus fundas, giramos ambos, buscando hacer puntería. Movimiento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.
Y desde esa p’osición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos veinte metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sorpresivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarswe y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.
Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuelta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado?.
Y asimismo me respondo: con toda seguridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.

Se me ocurre una hipótesis para explicar al fantasma de la guarnición: la idea-forma (ideoplastia) de un soldado –el primero- se corporizó, aunque sea esbozándose como involuntario protagonista de una ectocoloplasmosis (cuando mediante un mecanismo parapsicológico exudamos por los orificios naturales del cuerpo una sustancia –llamada “ectoplasma”- pero que adopta una forma definida), y vampirizando psíquicamente a muchos de los presentes adquirió cierta independencia psíquica durante un tiempo dado, el suficiente para que los humanos testigos se acostumbraran a sus paseos y en mayor o menor medida le perdieran el miedo –en ningún momento tuvo un comportamiento hostil- y dejara de ser permanentemente reforzado por quienes le visualizaban. Obsérvese un detalle para mí altamente significativo: cuando efectuaba una de sus habituales rondas, este ser era visto por aquellos individuos muy creyentes, crédulos o con personalidades hipersensibles (lo que también indica potenciales sensitivos extrasensoriales) y no por los soldados más escépticos o psicológicamente endurecidos (las “ovejas” y “cabras” de los experimentos parapsicológicos del doctor Rhine); aunque el trayecto del ser los tuviera como puntos de intersección de su camino. Pero aún hay más; mi análisis me permitió observar que quienes lo habían contactado de cerca, mostraban durante el día siguiente una extraña fatiga y cansancio, que no aparecía entre quienes no le habían visto (lo que no puede adjudicarse entonces al estrés que en ambos casos es similar) como si la energía psíquica de los mismos hubiera sido literalmente absorbida. En otras palabras, lo que los antiguos ocultistas medievales señalaban como característico de un egrégoro en formación.

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Carta abierta de un parapsicólogo

Publicado por Gustavo Fernández en 12-08-2009

En días que el tratamiento, ora seriamente preocupado, ora comercialmente desaprensivo, que ciertos medios de prensa hacen de lo esotérico, llama la atención que, pese a los amplios espacios dedicados a ello brille por su ausencia algún tímido intento de defensa de quienes creen haber encontrado en lo espiritualmente alternativo una forma lícita de reivindicar su albedrío. Para llenar ese vacío, y confiando -¿quizás ingenuamente?- en la tan mentada libertad de prensa que los argentinos supimos conseguir, es que escribí estas líneas.

No aliento siquiera la expectativa que cualquiera de los comunicadores sociales que lean estas reflexiones den a las mismas cabida en sus respectivos medios. Mentes más esclarecidas que la mía tendrán también mucho que opinar y, extrañamente, tal vez ellas mismas carezcan del espacio necesario. Por consiguiente, entiéndase esto como un tímido intento de llamar a la autorreflexión sobre lo que se ha teñido, de cara a la opinión pública, de amarillista frivolidad: lo esotérico.

Palabra de connotaciones mefistofélicas que, en realidad, sólo hace referencia a una forma distinta de percibir la realidad. Esoterismo, que proviene del griego “esoterykós” (“dejar salir”) es una forma de percepción de la Realidad, una filosofía que privilegia la intuición mística sin estar reñida con el conocimiento racional. Empero, se ha transformado en sinónimo de “sectario”, “manipulador” y –por qué no– satánico.

Muchos han aportado su granito de arena para que a la gente esto le suene así. Pseudosacerdotes o ministros de cultos varios que hallaron una jugosa manera de alimentar los fantasmas del vulgo para llevar agua a sus propios molinos, “especialistas en sectas” (¿Ah, sí?. ¿Y quién los especializa?) que encontraron en la convocatoria de los medios la oportunidad de decir lo suyo en medio del beneplácito generalizado, y ciertos periodistas más interesados en las orgías de escabrosas y sangrientas historias familiares, fronterizas con la locura, que en el correcto tratamiento de la información. Porque si así hubiera sido, el necesario “derecho a réplica” hubiera sido usufructuado por quienes nos sentimos espiritual e intelectualmente eclipsados por esta teatralidad del absurdo, esta frivolidad mediática.

Hablo como parapsicólogo, es decir, alguien que se ha dedicado de lleno, intelectual y laboralmente, a la investigación y aplicación, en la vida cotidiana de sus consultantes y alumnos, de hallazgos milenarios del campo de lo esotérico. Alguien que no reivindica para sí ilusorios poderes paranormales, sino que sólo entiende que en estas disciplinas, ridiculizadas pero también explotadas por los formadores de opinión cuando les conviene existe un reservorio de conocimientos que el hombre de la calle –lástima– se está perdiendo. Y como tal, la necesidad de protestar, quizás tímidamente, por el caótico manipuleo dado a este tema, es una imperiosa necesidad de coherencia.

Queda fuera de toda duda que en mi ámbito proliferan improvisados, delirantes y oportunistas. La razón es, precisamente, la zona crepuscular en que deambulamos desde el punto de vista del crédito social. La “intelligentzia” vernácula nos mira con sorna y las clases culturales –no necesariamente las socioeconómicas– más carenciadas acuden a nosotros en un extraño maridaje de necesidad y temor. Y ello, porque encuentran en el parapsicólogo, tarotista o lo que fuere, una alternativa espiritual, un orientador social que sienten carente en las instituciones religiosas convencionales. Y, desde éstas, en vez de buscar alternativas atractivas, simplemente se nos ataca. Se nos acusa desde “desviaciones del correcto camino tras la Verdad” (expresión levemente peyorativa de algunos teólogos católicos, convencidos que es bueno buscar a Dios siempre y cuando, obviamente, se acepte que su camino es el único correcto) y “ser instrumento de las fuerzas de Satanás” (al decir de los pentecostales). Por ejemplo, años atrás la forzada relación entre un centro alquímico de Buenos Aires y un sangriento crimen, sirve en bandeja ocasión para un festín troglodita. Que, por ser tal, es propio de ignorantes.

Porque suponer que la “práctica alquímica” induce al crimen –y la lectura subyacente, que debe ser prohibida– es algo tan tosco como afirmar que el fútbol induce al asesinato cuando, ciertamente, muere mucha más gente en la cancha y alrededor de ella que frecuentadores de centros esotéricos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido prohibir el fútbol. ¿Y acaso se ha prohibido la actividad de los pentecostales, después de la recordada matanza de Llonco-Luán, provincia de Neuquén, Argentina, en 1978?

¿Es lícito invitar a todo tipo de talk-shows, en exhibición infame, a un par de pobres neuróticos convencidos de tener “contactos con el más allá” manteniendo al margen a la pléyade de parapsicólogos serios e intelectualmente formados que trabajan en silencio?. ¿Por qué, sistemáticamente, se dice al público que “la parapsicología no es científica”, ocultándosele desde las cátedras universitarias que tocan el tema hasta el hecho que la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia reconoce desde 1976 a la Parapsicología como un lícito campo del conocimiento humano? ¿Por qué resulta tan fácil atacar al tarot, las runas, el I Ching, la Astrología, dejándoles en el menor de los casos un incómodo rincón como entretenimiento de frívolas reuniones sociales, en vez de estudiar en profundidad qué puede haber de cierto en ellas?

Existe un paradigma cultural dominante: aquél que afirma que lo serio es científico, y sólo lo científico es “serio”. Cuatrocientos años atrás, el paradigma dominante era el religioso, y sólo si el clero apoyaba algo podía considerarse digno de crédito. Treinta años atrás, la voz de mando entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto la tenían –obvio, cuando menos en Argentina– los militares. Y hace ochenta años, la respetabilidad de un tema era avalado si algún preclaro político de entonces le daba su espaldarazo. A veces me pregunto quiénes serán los depositarios de la verdad constituída, de aquí a quinientos años, a quiénes habremos entronizado como oráculos de-lo-que-debe-ser-creído… ¿Qué tal los poetas?

Quizás la cosa estribe no sólo en la falta de un adecuado control –en el sentido profiláctico y no represivo– de estas disciplinas (algo así supongo tendría la Organización Mundial de la Salud en cuenta cuando en 1987 propuso que se incorporara, en los países del Tercer Mundo, a los curanderos como parte de los programas de asistencia social) sino en la desunión en nuestras propias filas. Parapsicólogos que ansiosos de respetabilidad académica mirarán con desdén a las mancias adivinatorias, maestros metafísicos incómodos ante la posibilidad de ser sometidos a exámenes imparciales… Pero es aleccionador repasar la Historia y descubrir que en ocasiones, cuando una disciplina gana respetabilidad, no es a caballito de su seriedad académica sino de las adecuadas relaciones públicas que supieron hacer sus defensores. Aún hoy, cuando veo en televisión algún psicólogo pontificar sobre las etiologías de los “defensores de brujos” no puedo dejar de sonreír al recordar que nuestro país es uno de los últimos –como en tantas otras cosas– que aún mantienen al psicoanálisis freudiano en un pedestal, donde la Psicología, sin rendir demasiados exámenes científicos, entró a la universidad siendo más un arte que una ciencia. Y si no me creen, lean al epistemólogo Mario Bunge (“Pseudociencia e ideología”, Alianza Editorial, 1985): “… el psicoanálisis sigue haciendo estragos en la cultura popular y en las semiciencias sociales (…) no contiene modelos matemáticos, ni siquiera hace normalmente uso de la estadística (…) es un gran montón de conjeturas fantásticas, ninguna de las cuales ha sido confirmada concluyentemente al cabo de un siglo (…) El psicoanalista no cumple el mandamiento científico de “Buscarás leyes con el sudor de tu fente y las utilizarás para explicar y predecir”. Al psicoanálisis no se le debe una sola ley científica y ni una sola predicción certificada. En cambio, se anima a explicarlo todo, desde las fobias y los actos fallidos hasta el arte y la guerra. Y se atreve a entrometerse en la vida privada de miles de infelices enfermos mentales (…). Un auténtico quiste en la cultura contemporánea…”.

Seguramente más de un analista que lea esto tendrá algo que decir del inconsciente de Bunge (de la “mente inconsciente”, quiero decir) porque, como ya se sabe, el análisis tiene explicaciones para todo. Y Bunge también repartió gruesa munición contra los parapsicólogos. Pero esta mención basta para señalar cómo, dentro del propio ámbito científico, la Psicología –tan respetable ella– tiene una dudosa credibilidad.

De forma tal que cuando uno de sus representantes dictamina frente a las cámaras ante la mirada arrobada del periodista que tuvo la idea de invitarlo, estamos asistiendo a la dramatización de un paradigma, y no a una exposición consensuadamente científica.

Pero los parapsicólogos, y los espiritualistas, y los ocultistas (sí, los que nos sentimos más cerca de Dios/Diosa encendiendo nuestras velas y nuestros sahumerios, pronunciando nuestras oraciones en nuestros reductos místicos, en nada asimilables a las religiones constituídas) somos, si no presentamos tecnología, gráficos y un lenguaje florido, tildados como psicóticos o mercachifles. Y mientras en las prácticas de “magia blanca” oramos por el bien de los demás, nuestras voces y nuestras fragancias espantan a quienes sospechan que andamos en “algo raro”, los mismos que cada domingo, en la iglesia, también encienden velas, también pronuncian sus letanías, también queman incienso… también hacen su propio ritual de magia blanca. Pero poderosamente institucionalizado. Y allí parece resumirse todo. Porque mientras la gente confunda “religión” (“religare”: unirse con uno mismo) con “iglesia” (que viene del griego “ekklesía”, y significa “reunión de hombres”), seguirá pensando en nosotros como “herejes”. Y, en lo particular, me enorgullece serlo, ya que, etimológicamente, significa “el que elige”. El que elige su propio camino a la Divinidad, sin la necesidad de un Hermano Mayor orwelliano que me indique la dirección.

Quizás el día que parapsicólogos, tarotistas y otros facturemos ingentes sumas publicitarias en los medios de difusión, quizás ese día, sorpresivamente, la hipócrita ecuanimidad mediática anuncie su presencia. Mientras tanto, desplazados por una frivolidad conceptual, la de una muchedumbre que compra cualquier producto predigerido que se le ofrezca en la prensa sin analizarlo mucho, sólo nos queda, como módico consuelo, recordar las palabras de Chesterton:

Cuando las mentes prácticas nos inviten

a descubrir de qué frío maquinar

el mundo hecho está,

nuestras almas responderán en las sombras:

“Tal vez sí, pero hay otras cosas…”

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OVNIs: ¿Qué oculta la Iglesia Católica?

Publicado por Gustavo Fernández en 02-08-2009

Dedicado a esos millones de espíritus caritativos, humildes y bienintencionados, feligreses católicos, sacerdotes y monjas sacrificados que siguen creyendo en un camino de Fe que construyen todos los días con sus sanas intenciones, ignorantes de los oscuros manejos de las más altas y secretas Jerarquías.

Sé que necesariamente estas reflexiones incomodarán a muchos, sin duda me ganaré la animadversión y, lo que es peor, el rechazo sin discusión ni evaluación crítica de algunos de mis lectores. Tal vez hubiera sido más sensato no escribirlo. Pero alguna vez (no hace tanto, realmente) me impuse la promesa de escribir cómo pensaba, porque creo que esa es mi razón de ser más allá de las consecuencias. Así que, simplemente, estas líneas son un intento de ser coherente conmigo mismo. Y en este tráfago de información, investigaciones y meditaciones en las que uno se ve envuelto, suelo dedicar bastanbte tiempo a clarificar las campañas de intoxicación, desinformación y ocultamiento que las más poderosas organizaciones han implementado alrededor del tema OVNI. Tan luego, ahora, es el turno de la Iglesia. Cualquiera, en realidad, aunque los argentinos debemos remitirnos indefectiblemente a la Católica. La que si bien ha tenido algunos aislados miembros interesados en la Ovnilogía –en Argentina, el jesuita Segundo Benito Reyna; en España, el padre Puig; ahora, ¿no llama la atención que sean precisamente los jesuitas los únicos que parecen interesarse en ella, estos aristócratas del conocimiento, aún vistos con resquemor histórico por otras órdenes de quienes deberían ser sus amorosos hermanos?– es evidente el disgusto que en muchos de sus frentes (carismáticos, por ejemplo) la sola mención de la palabra OVNI provoca. Una Iglesia que apoya investigaciones entre los alumnos de la escuela católica donde, a la par de evaluar el “impacto” de las múltiples creencias de la Nueva Era, ladinamente desliza la Ovnilogía entre ellas, esperando masificarlas en un solo conjunto de cara a una repercusión periodística que no ha aprendido a separar la paja del trigo. Una religión que se escandaliza de las suposiciones de que Jesús fuera un extraterrestre, que Ezequiel viera una nave espacial. Una institución que se refiere despectivamente (con un acento propio de “hermano mayor” orwelliano) sobre la necesidad de regresar a la “madre” Iglesia ante este avance de “pensamiento mágico”, como si sus rituales dominicales y sus libros de catecismo estuvieran fundamentados científicamente y abundaran en razonamientos lógicos, empíricos y objetivamente comprobables. Una Iglesia que está ocultando algo. Trataremos de descubrir qué.

Sospecho que existe un Cristianismo Esotérico, y que éste es el reservorio, debidamente codificado, de evidencias de una ciencia legada por seres extraterrestres, algunos de ellos “no materiales” (si energéticos o espirituales, discútanlo ustedes) que contactaron en distintas épocas a los humanos para provocar saltos cuánticos en la evolución de la humanidad, saltos que respondían a sus propios intereses y beneficios, saltos cuánticos cíclicamente alentados u obstaculizados por sociedades humanas con intereses muy afines a este ajedrez cósmico.

A los pies de la Virgen

Esta ciencia se expresa, a mi criterio, con un “metalenguaje”: el simbólico. Dicho de otra forma, no esperemos hallar –aunque sería bonito hacerlo– un arca sepultada bajo un radiofaro estelar donde en discos de material ultraterreno nuestros hermanos del cosmos nos leguen la enciclopedia virtual de sus conocimientos. A fin de cuentas, ese arca y ese radiofaro podría ser destruido por algún cataclismo, natural o artificial, y adiós herencia interplanetaria. Nada mejor que dejar la información a la vista: en los monumentos, en las culturas, en las costumbres, en las creencias. Quien tiene oídos para oír, que oiga. Uno de los símbolos que han llamado mi atención es la representación –varias de ellas– de la Virgen María en la iconografía católica. Independientemente del ropaje y la oración así como de la advocación que se le atribuya, es común que se encuentre dibujada con un semicírculo de doce estrellas por encima de su cabeza y de pie sobre una Luna. O una media luna, lo que es lo mismo. ¿Por qué?. ¿Ha sido sólo la febril imaginación de un artista aburrido o se nos ha querido transmitir alguna instrucción en ese dibujo?.
De siempre sabemos la erisipela que a los teólogos católicos les provoca la Astrología. La sola posibilidad de que el común de los mortales pueda conocer algo de las tendencias por venir les enerva, quizás porque su difusión le haría perder el control de las masas ignorantes, aún crédulas en que el hombre necesita intermediarios para comunicarse con Dios.

Por cierto, admitida la Astrología como probable (sí, ya sé que este artículo no era sobre la ciencia de los horóscopos; pero es necesario ser un poco interdisciplinario para comprender a dónde quiero llegar), no es peligrosa en el sentido que se le adjudica en los estamentos eclesiásticos: cualquier buen astrólogo hará especial hincapié en que la misma sólo muestra tendencias, no determinismos, y así es cuando más se debe luchar para jerarquizar la propia calidad de vida, de forma tal que el argumento de que la Astrología empujaría al ser humano a una inacción espiritual y material por creerse absolutamente en manos de un destino irreductible, es sólo una expresión de ignorancia, cuando no de insidia. Cierto es que algunos “astrólogos” juegan con la debilidad de algunos consultantes garantizando lo “providente” de sus lecturas, pero aquí la falla no está en la disciplina, sino en el cultor que la profesa; nada desagradaría más a la Iglesia que un racconto de los asesinatos, individuales y colectivos, en que por error, elección u omisión muchos de sus ministros han estado envueltos. Pero las Iglesias –todas– existen, tienen poder, sólo en función del miedo. Tomemos el caso de la Iglesia Católica, pero esta referencia podríamos hacerla extensiva a cualquiera dominante en cualquier cultura: ¿dónde reside su poder?. No en la fuerza de las armas; ese es atributo de los ejércitos. No en el dinero; ello queda en manos de los “trusts” y las multinacionales. Tampoco en el de las ideologías y sus manejos de compraventa de voluntades, exigencia de los partidos políticos. ¿Es el poder del conocimiento?. No ciertamente, salvo en el caso de los intelectuales que optan por la Iglesia creo yo más por las conveniencias o el control sobre terceros que ello les otorga. Numéricamente, las Iglesias dominan más el pensamiento de los poco instruídos (y poco pensantes, lo que es peor) que el de las sociedades esclarecidas. Tiene más fuerza entre los desesperados que entre los reflexivos. Y si hacemos abstracción de su respaldo económico (que no es poco) y su penetración histórico-cultural, su poder deviene del miedo. Desde el miedo al infierno hasta el miedo a ser mal visto en el medio social por no acatar las instrucciones de un sacerdote sobre el matrimonio, la educación de los hijos, la buena o mala convivencia con los vecinos. El poder de la Iglesia es una entelequia: es la proyección de lo que se le teme en lugar de lo que es: una sociedad de mentalidad retrógrada y fanática, que se adjudica el derecho a la única Verdad, hipócrita, militarista, más preocupada por las relaciones prematrimoniales “pecadoras” de los adolescentes que por las matanzas realizadas con armas a las que ellos mismos dieron su bendición. Y si realmente los popes eclesiásticos saben que milenariamente han venido ocultando “algo más” a la Humanidad, de allí su crítica necesidad de desalentar la curiosidad de la gente sobre las probabilidades de la vida extraterrestre. Empero, ¿dónde está ese conocimiento?.

Hay que saber leer los símbolos, insisto. La Virgen “pisa” una Luna, así como en otras imágenes pisa una serpiente: un claro ejemplo de dominación. Bien, la serpiente es el Maligno y ahí se entiende a quién domina pero, ¿y la Luna?. Pues la Luna es el símbolo de los matriarcados de la antigüedad remota, los cultos a la fertilidad de las vestales y las sibilas, la dominación del hombre por la mujer, algo apoyado por las modernas investigaciones arqueológicas. En la ciudad más antigua hasta ahora descubierta, Catal-Hüyuk, en la Anatolia, la sociedad estaba en manos de las mujeres: gobernaban, hablaban con los dioses, mandaban en el hogar. Obsérvese cómo el Catolicismo es, en cambio, una religión fuertemente machista: no sólo la mujer no puede llegar a los más altos estamentos de ella, sino que hasta el medioevo se discutía si tenía alma, que es tanto como decir si se trata de un ser humano. Su sometimiento –bíblico– al varón, su oscurantismo social, hacen del Cristianismo una religión solar. La persecución despiadada y ciertamente “diabólica” en un sentido moral de la brujería de antaño, ¿encuentra explicación en los crímenes que supuestamente se le atribuían a ésta o en que se trataba de un renacimiento de antiguos cultos paganos fuertemente feministas?. La sola posibilidad de que la mujer volviera al poder aterra a las culturas solares: hace apenas un siglo y medio, en Argentina se fusilaba a Camila O’Gorman por tener amoríos con un apasionado cura…

Detrás del símbolo “Virgen” puede subyacer otra cosa. Como un ser extraterrestre, una fuente de inteligencia allende nuestro planeta que usa ese “disfraz” para adaptarse al marco cultural dentro del cual espera manifestarse y hacerse comprensible. Que una campesina esté segura de que “la Virgen le ha hablado” nada demuestra: la percepción siempre deforma la realidad, y de hecho, nada evita suponer que esa inteligencia se presenta como desee. Creer que es lo que dice ser es, cuanto menos, un acto de ingenuidad. ¿Por qué la Virgen sólo se aparece a quienes ya creen en ella, personas que, en ocasiones, no son tan “espirituales” como para recibir un premio especial por su conducta?. Porque si la inteligencia se manifestara ante una mujer de escasa instrucción como “Khrisna” o “Buda”, no sólo no sería comprendido su mensaje, sino también sería susceptible de ser asimilada como una manifestación demoníaca. A fin de cuentas, es natural en el ser humano temer lo que se desconoce, y seguramente esa pobre mujer jamás habrá oído hablar del Baghavad Gita, pero sí de la Biblia. Ni digamos si la inteligencia apareciera con traje plateado, antenitas y en platillo volante… el aspecto que sí adopta cuando se cruza en el camino de un más o menos instruído viajante de comercio solitario en una ruta nocturna, pongamos por caso. Casi todos los ovnílogos estamos seguros de que el fenómeno “elige” a sus testigos, por lo menos, en muchas ocasiones. ¿Por qué no iba, entonces, a elegir también previamente el “guardarropas” que habría de usar para la ocasión?.

Pero también, ese símbolo, “Virgen”, encierra un secreto: su sugerencia de una puerta a las estrellas.

Por lo menos para quienes somos afectos a estos temas, no nos asombra especialmente la suposición de una conexión, por ejemplo, entre los antiguos egipcios y otros habitantes del Cosmos, y no regresaré ahora gratuitamente a los miles de evidencias acumuladas, desde la magnificencia (estética y técnica) de sus construcciones hasta los secretos de su religión. Pero lo que es particularmente interesante para este estudio, es el descubrimiento, confirmado astronómica y matemáticamente, de que la posición de las tres grandes pirámides de Gizeh se corresponde con exactitud con la posición de las tres estrellas que forman el cinturón de Orión. Tal precisión, además de los interrogantes que plantea en vista de los conocimientos necesarios para tal ubicación, ha sido discutido en el contexto de la Astroarqueología hasta el hartazgo. Esto, desde hace años, es una verdad aceptada.

Pues bien. En Francia, cinco de las más importantes catedrales góticas, según una investigación llevada a cabo en 1969 por Louis Charpentier y recientemente ampliada por Javier Sierra, reproducen a la perfección ese rombo deforme que es la constelación de Virgo. Así, la estrella Gamma Virginis está representada por la catedral de Chartres (edificada en 1194), Alfa virginis por la catedral de Reims (1211); Épsilon Virginis por Bayeaux (1206), Virginis 484 por Évreux (1248) y Zeta Virginis por Amiens (1220). La distribución sobre el mapa es exacta, y esto viene a sumar una incógnita más a las que de por sí acumula esta explosión de arte gótico, enigmas arquitectónicos, astrológicos y alquímicos.

¿Qué nos quisieron decir sus constructores?. Ciertamente, muchos investigadores suponen que detrás de ellas está el espíritu de los Templarios, por lo cual el mensaje no responde sólo a las enseñanzas vaticanas sino que hunde sus raíces en el Oriente. Pero estas catedrales (de todas formas, puestas bajo la regencia de “Nuestra Señora”, para más datos) perpetúan la enseñanza de que en ese lugar del cielo hay algo de importancia. Virgo-Virgen. Así como los egipcios suponían que en Orión estaba la entrada al Amenti, el reino de los muertos… ¿la entrada a qué suponían esos antiguos cristianos se escondía en la constelación de Virgo?.
Tengo la sospecha de que la ubicación por parte de los hombres del Nilo de un “mundo” para los muertos en un lugar específico del Cosmos sea quizás el resabio del conocimiento, deformado a través de los milenios, de que existen seres “sobrenaturales” (no necesariamente “muertos”, es decir, seres de otro plano dimensional) que viven en otros puntos del universo. Con lo cual el culto a la Virgen no sería, después de todo, mas que una codificación simbólica, fuertemente emocional e impresa en el Inconsciente Colectivo de la humanidad, para empujarnos, como una orden proveniente del fondo de los siglos, a buscar a nuestros hermanos en ese lugar del espacio cuando las condiciones estén dadas. Y las “apariciones marianas”, ya sean “explosiones simbólicas” del Inconsciente Colectivo o metamensajes enviados por una fuente inteligente exterior, nos realimentan periódicamente con una carga similar… conceptos todos sumamente peligrosos para el catolicismo, que perdería así su “exclusividad”, si esto fuera cierto, con la “madre del Señor” que no sería tal, después de todo. Casi, casi, como si un moderno teléfono celular cayera en manos de indígenas bantués y éstos, porque alguna vez le escucharon emitir extraños y maravillosos sonidos, creyeran que es en sí una manifestación divina, cuando en realidad sólo es una herramienta (cuyo funcionamiento se les escaparía por completo) para comunicarse con algo muy distinto a “eso” que sostienen reverentemente entre sus manos.

También habría que preguntarse, ya casi fronterizos con una Ovnilogía esotérica, si en realidad las “traslaciones espaciales” no se efectuarían sin “tuercas y tornillos”, es decir, a fuerza de pura mente y puro espíritu en lugar de máquinas habitables y sofisticadas tecnologías. Si esto fuera cierto, es posible que las “bases de lanzamiento” para el espíritu sean lugares donde la confluencia de factores astrológicos (esa obsesión de los antiguos para comunicarse con los dioses, siempre supeditados a determinadas fechas del año) con edificaciones potenciadoras de facetas de nuestra personalidad que aún no dominamos y apenas intuímos, sirvieran para “teletransportarse” en esencia a otros mundos. A veces me pregunto, yo, que no soy católico pero no puedo evitar sentir la “energía” de templos religiosos de toda creencia, si mis sensaciones no son como las que preceden una cuenta regresiva…

¿Y si de pronto los seres humanos pudiéramos bilocarnos, o transportarnos telepáticamente a otros mundos habitados a través de lugares y fechas especiales?. Y si ciertas catedrales provocaran ese efecto, tan distinto a aquél para el cual los sórdidos libros de Historia quieren hacernos creer que fueron construídas?. ¡Qué golpe para la Iglesia Católica, desplazada en un santiamén de su autoproclamado papel de intermediarios con Dios a una cachonda NASA metafísica!.

Escribe Javier Sierra: “Según un tratado fechado en el siglo I y llamado el Koré Kosmou, y perteneciente a los llamados escritos herméticos, Isis dio cuenta a su hijo Horus de cómo el dios de la sabiduría Toth reveló “los grandes misterios del cielo” en una serie de libros que un día serían descubiertos por los hombres. Aparentemente, el descubrimiento de esos libros no se produjo nunca, pero bien es cierto que durante el dominio árabe de Egipto y durante el Renacimiento corrió el rumor de que los textos de Toth –al que los griegos llamaron Hermes– comenzaron a circular en manos de iniciados. Es incluso probable que lo que descubrieran los templarios en el solar del antiguo Templo de Salomón fueran parte de esos libros, tal vez las célebres Tablas de la Ley de Moisés, que él mismo pudo haber robado de Egipto antes del Éxodo. Hipótesis aparte, uno de esos libros inspirados en los escritos de Toth-Hermes se redactó precisamente en España. Nos referimos a un tratado de magia conocido como Picatrix, fechado en torno al siglo XII, y en el que su autor recoge un método para fabricar talismanes siguiendo un complejo sistema de vigilancia de las estrellas. Los talismanes de los que habla el Picatrix son mucho más que medallitas; se trata de supertalismanes en forma de edificios y hasta de ciudades, que imitan ciertas estrellas del firmamento para obtener de ellas todo su “poder”. Su autor, Abul Kasim Maslama, propuso incluso edificar una ciudad que tuviera en cuenta esas correlaciones con estrellas para elaborar así una fabulosa fuente de poder”.

Ejercicio para el intelecto de mis lectores: consíganse un mapa del Vaticano y ya verán las conclusiones que pueden obtener.
Agreguemos aquí algo de mi propia cosecha: en mi ensayo “¿Fue Moisés yerno de Akhenatón y “esposo” de Tutankhamón?” cabe entroncar la posibilidad que plantea Sierra: si Moisés huyó de Egipto llevándose ya las Tablas de la Ley, sería sencillo fabricar un supuesto “encuentro con Dios” en el monte para hacer aparecer las Tablas como algo original. Es posible, entonces, que Moisés, el egipcio, supiera del origen extraterrestre de estos conocimientos y eligiera a un pueblo derrengado y sin esperanzas para perpetuar una religión y, a través de una etnia, una filiación cósmica. Pero el Jehová bíblico poco parece tener que ver con Dios, es posible –y remito a ese ensayo– que el “segundo Moisés”, el yerno del pastor, conociera un dios menor, sangriento, llamado “Jehová” y lo entronizara, siendo absorbido como símbolo y fetiche por el pueblo errante. La historia siempre la escriben los vencedores: tanto es posible que el dios que se impuso no fuera el Dios de Amor cósmico que intuimos (cabe preguntarse entonces: ¿a quién o a qué estamos adorando?), como que el pueblo de Israel o, cuanto menos, algunos de sus jerarcas a través de los tiempos, tengan conciencia de esta “paternidad” interplanetaria más que sobrenatural y por razones más que religiosas, cósmicas, sobrevivan en una pureza racial más propia de especímenes en cuarentena o de… cadenas de experimentos genéticos con fines últimos que se nos escapan.

La jerarquía católica y la hebrea, ambas, deben conocer esta hilación, en el caso, quizás improbable, quizás no, de que resulte ser algo más que un delirio personal. Habría entonces un mutuo “pacto de silencio”, o, tal vez, una extorsión recíproca que los conmina a ocultar estas evidencias a ambas feligresías.

Creo asimismo que la Iglesia (o, cuanto menos, muchos de sus cerebros) conocen estas y otras implicancias. Saben sin duda que muchas de sus prácticas tienen raíces egipcias como la elevación de la hostia durante la misa, una práctica de los sacerdotes de Akhenatón, o el movimiento en forma de la cruz de la misma simbolizando los cuatro puntos cardinales. Otra similitud con el cristianismo es el uso del pez como símbolo, que se usó en los días de Cristo. Véase el siguiente pasaje de tiempos faraónicos: “Estamos ahora en el signo del Carnero, su opuesto es el signo de Libra, un horizonte que representa la balanza. Pero cuando el Sol se levante en el signo del Pez, el Pez será el signo del nuevo evangelio y el signo que estará frente a él será el de la mujer virgen”.

En el centro de la cámara subterránea o “cámara del caos” ubicada bajo la Gran Pirámide se encuentra un foso conectado al Nilo. ¿Con qué objeto?. Suponiendo que la pirámide y todo su sistema subterráneo de galerías estuvo al servicio de iniciaciones esotéricas, podemos continuar especulando que el ritual comenzaría con un baño purificador en el Nilo y luego de superar diversas pruebas se llegaría a la cámara de la iniciación. De aquí a vislumbrar el tardío bautismo por inmersión hebreo –y el bautismo por agua asperjada del cristianismo– hay sólo un paso. Claro que al masivo público ignaro que asiste a las representaciones dramáticas del mundo espiritual que es toda liturgia –Catolicismo incluido– le está vedado estos conocimientos reveladores, pues conocimiento es igual a libertad, y quien es libre no necesita intermediarios con la Divinidad.

No estoy pensando en naves extraterrestres con escalerillas, ventanillas, controles de mando y luces de posición. Estoy pensando en “naves” como vehículos de pura energía o naturaleza espiritual, para seres que han trascendido las limitaciones del cuerpo físico. Es en este contexto, entonces, que la estrella de Belén es un OVNI. Alguna vez adscribí a la idea astronómica de una conjunción planetaria, por otra parte, existente en aquellas fechas. Hoy, pausadamente, releo este pasaje bíblico:
Mateo, capítulo 2: “Y como fue nacido Jesús en Bethlehem de Judea en días del rey Herodes, he aquí que unos magos vinieron del Oriente a Jerusalem, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?, porque su estrella hemos visto en Oriente y venimos a dorarle. Y oyendo esto el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalem con él. Y convocados todos los príncipes de los sacerdotes y los escribas del pueblo, les preguntó dónde habría de nacer el Cristo. Y ellos dijeron: “En Bethlehem de Judea, porque así está escrito por el profeta”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, entendió de ellos diligentemente el tiempo del aparecimiento de la estrella. Y enviándolos a Bethlehem, dijo: “Andad allá, y preguntad con diligencia por el niño, y después que lo halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y lo adore”.
Obsérvese que nadie más en el pueblo, entonces, había visto la “estrella”, y evidentemente Herodes se extrañó porque nada sabía de este extraño fenómeno. Esto invalida tanto la hipótesis del “meteorito” –ya que el recorrido de los magos excede con mucho la duración de éste– como toda otra hipótesis astronómica que no hubiera pasado desapercibida en una época en que los fenómenos cósmicos eran muy tenidos en cuenta como anunciadores de épocas difíciles. Así queda claro el aspecto “local” del fenómeno; por ende su tamaño reducido y su baja altura de “vuelo”.

Como ya vimos, el mismo Cristianismo le debe mucho a la cultura del Nilo. El Nilo. Un río que, según los expertos, tiene tal talla e importancia y atraviesa zonas tan desérticas que es geológicamente imposible que se haya abierto cauce por sí mismo según se le conoce, puesto que en más de mil kilómetros de tórrido desierto no recibe nuevos afluentes. Seguramente, otro legado –ignominiosamente olvidado– de una cultura que lo concibió como “canal” antes que aceptarlo como “río”. Una cultura que, según cálculos detallistas, tuvo en su época de apogeo más oro que el que en todos los siglos posteriores ha sido extraído de todas las minas en todo el mundo, lo que sólo puede explicarse si además estos geniales constructores hubieran sido poderosos y reales alquimistas. Un pueblo que, a mi criterio, recibió influencia extraterrestre a principios del advenimiento del primer faraón propiamente “humano”, Menes I, también llamado “El tinita”, precedido por una casta de dioses y semidioses gobernantes, hecho que ocurrió alrededor del año 3.000 A.C, coincidentemente, la misma fecha que, en otro calendario (el 4 Ahau 8 Cumku del Bactum 13) fue señalada por los mayas como del comienzo de su Era. Posiblemente seres de Sirio, con un líder llamado (o interpretado) como Enoch. La Historia, sagrada o profana, no lo olvidó: mientras que la Biblia nos habla de su profeta Enoch, quien habría existido entre el 3875 y el 3504 A.C. (el texto dice, específicamente, que vivió 365 años, esto no puede ser otra cosa que un símbolo para expresar un mito solar; el del Eterno Retorno), aun cuando leemos que Caín en tierras desérticas (¿Egipto?) construyó una ciudad de ese nombre (la relación Enoch = Sol supone que hubo una remotísima Heliópolis). Luego, sobrevienen las leyendas que lo hacen constructor de la Gran Pirámide (no físicamente, sino como “iniciador” de sus posteriores constructores, por eso los egipcios llamaban a la Gran Pirámide “Pilar de Enoch”), y se le devociona a través del Ciclo del Fénix (otra vez la imagen del eterno Retorno) o Año de Años, un período de 1.461 años vinculado al movimiento cíclico de la estrella Sirio. Sirio, conocida como “Sothis” (“Perro”) entre los egipcios, un punto cósmico de tanta importancia que ha sido perpetuado hasta en el Tarot (el Arcano número 18 muestra uno o dos perros ladrándole al cielo). Y casualmente encontramos un Tenoch, según la mitología mexica, como uno de los cuatro primeros hombres del mundo, creado por los dioses luego de la muerte del Sol.
(Continuará)

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